“El psicoanálisis es el heredero de los derechos humanos”

Colette Soler

“Es importante para mí hablar en un lugar así porque es un lugar de memoria y que intenta conservar la memoria de las víctimas. Entonces, siempre es algo importante en la historia, en general, y también en el psicoanálisis luchar contra el olvido. Efectivamente lo intentamos y luchamos, pero hay que decir que no es fácil”, dice Colette Soler en la entrevista exclusiva con Página 12, poco antes de viajar a Buenos Aires. “Hace unos días escuché a un historiador que dijo algo muy fuerte: ‘Enseñamos la historia, pero la historia no enseña nada puesto que las sociedades son siempre al tiempo presente’. Creo que es un deber no olvidar de generación en generación. El psicoanálisis, que apareció a principios del siglo pasado en Europa, más precisamente en Viena, es el heredero de los derechos humanos”, agrega Soler.

–Claro, porque el psicoanálisis siempre estuvo en contra de cualquier totalitarismo…

–Absolutamente. El totalitarismo hace imposible al psicoanálisis porque en el psicoanálisis recibimos la palabra  de cada sujeto, sea cualquiera su sexo, edad, estructura. Entonces, es algo que pertenece a la valoración del individuo en los derechos humanos.

–¿Cómo puede colaborar el psicoanálisis con la memoria histórica?

–El psicoanálisis opera a nivel individual y trabaja con la memoria de cada uno. Hay que decir que entre la memoria de cada uno y la memoria de la historia colectiva, hay lazos, no hay un corte. Es cierto que en los sujetos la memoria de lo que pasó en la generación anterior está siempre presente. Y, especialmente, los individuos heredan una memoria de las desgracias de las generaciones anteriores.

–Vamos a sus inicios. ¿Cómo lo recuerda a Jacques Lacan?

–En realidad, hay dos aspectos diferentes de mis recuerdos. Tengo el recuerdo de él, como mi analista, ligado a mi análisis. Tengo recuerdos de momentos en que Lacan estaba muy presente, pero con el tiempo la memoria de Lacan como mi analista se fue diluyendo y me queda la memoria de mi análisis. Cuando terminé mi análisis hubiera dicho lo contrario, pero con el tiempo fue así.

–¿Y como formador?

–Formador es una palabra que no usaría con Lacan. Quizás es un problema de idioma, pero para mí “formador” evoca al “educador”. Lacan no era del todo un educador. Era alguien que producía una enseñanza, que hacía presentación de enfermos. Y al enseñar, Lacan era para mí toda una fuente continua de nuevas preguntas porque era una enseñanza difícil en la que uno necesitaba tiempo para apropiarse de lo que él decía. Era una fuente de preguntas, pero al mismo tiempo siempre estaba la percepción de que se decía algo. También Lacan fue un ejemplo de alguien que no cedía. Por ejemplo, lo vemos en el momento en el cual fue excluido de la Asociación Internacional de Psicoanálisis (IPA), cuando empezó su seminario Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. No se detuvo nunca con todos los episodios sucesivos de dificultades institucionales. A este nivel, es un ejemplo para mí.

–Después de más de 35 años de la muerte de Lacan, ¿cree que hay una relectura de su obra en el campo psi?

–Creo que con el correr del tiempo y el trabajo de diversas personas después de Lacan, hay una asimilación de su enseñanza, pero parcial, no completa. Los últimos años de su enseñanza, después de los 70, no son todavía bien captados ni sus fundamentos son bien entendidos.

–¿A qué atribuye que aún hoy el psicoanálisis genere odios tan fuertes?

–Hay que decir dos cosas: el odio al psicoanálisis empezó con el psicoanálisis. Se puede recordar que fue calificado de “ciencia judía” por los antisemitas, también de “ciencia burguesa” desde la izquierda, y ahora de “no científico” por la ciencia del cognitivismo. La crítica y el odio fueron desde siempre, pero quizás ahora se escucha más porque el psicoanálisis es más popular: se conoce en todas partes, se ve en los medios y, entonces, las voces que odian el psicoanálisis se escuchan más todavía. Pero es el signo de que el psicoanálisis no está muerto porque no se odia lo que ya desapareció.

–¿Y qué tiene para ofrecer el psicoanálisis en este mundo globalizado?

–Puede ofrecer la cosa más preciosa porque los sujetos adaptados a la globalización somos todos, en cierta medida. Estamos adaptados al capitalismo y compartimos el deseo que funda el capitalismo, un deseo de ganancia de dinero y de gozar de los objetos producidos. A ese nivel, somos todos parecidos. El psicoanálisis ofrece al sujeto la posibilidad de descubrir y asumir lo que es como sujeto singular, no parecido a los demás.

–¿Encuentra un incremento de angustia en el siglo XXI? ¿La depresión sería el factor más notorio en esta época?

–Hay todo un discurso sobre la depresión actual. La depresión implica no tener ganas, no tener la chispa, no tener el deseo de continuar y de actuar. La depresión le importa más al mundo capitalista porque les impide trabajar a los sujetos. Se tiran en la cama y no quieren trabajar más. El discurso común enfatiza más la depresión. Se enfatiza menos la angustia que la depresión, pero me parece que la angustia está más presente porque no impide trabajar ni desempeñarse en las actividades. A veces, acompaña en el trabajo.

–¿Qué es lo que deshace los lazos sociales en la era de la comunicación digital?

–Cuando hablamos de lazo social, hablamos de lazo de cuerpos, de convivencia de los cuerpos. Y la comunicación digital no es una comunicación de cuerpos sino de palabras o de escritos a distancia. Sucede que cuanto más los lazos reales se deshacen, más la comunicación digital se desarrolla. Es una pequeña compensación. Los sujetos que se encuentran solos, aislados, sin deseo, ¿qué hacen? Van a la comunicación: mandan mensajes, van a ver la pantalla. Es una compensación, no una causa.

–¿Hay un incremento del pensamiento de que nada vale la pena, que los sujetos no saben cómo darle rumbo a sus vidas y, en consecuencia viven en el sinsentido? ¿El psicoanálisis, a su vez, les ayuda a entrar en una búsqueda del sentido?

–Sí, hay muchos sujetos que ahora tienen el sentimiento del sinsentido. Pero, ¿qué es lo que produce el sentimiento de sinsentido? Sobre este punto hay una frase maravillosa de Freud: cuando un sujeto empieza a interrogarse sobre el sentido de la vida es que se trata de un enfermo del deseo. Lo que da sentido a la vida del hablante es el deseo. Cuando se desea algo con firmeza no se percibe el sinsentido de la vida, al contrario: el deseo es la vida del sujeto. Entonces, podemos decir que el sinsentido tiene algo que ver con el capitalismo, en cierta manera. Pero para entenderlo hay que mirarlo desde el lado del deseo.

–¿El psicoanálisis puede producir un cambio en el deseo del sujeto?

–Es cierto. No cambia todo el psicoanálisis, pero al menos puede tocar el deseo de dos maneras: primero, permitir a un sujeto reapropiarse su propio deseo y actuarlo. El segundo cambio, si seguimos a Lacan respecto de lo que dice sobre la producción del analista en un análisis, a veces se puede producir el deseo nuevo del psicoanalista. Ese es un cambio importante.

–Ya habló del deseo ¿Y en cuanto al amor? ¿Cómo nota, a grandes rasgos, la actual configuración de las relaciones afectivas?

–Las configuraciones actuales están menos determinadas por el discurso. En la época clásica, las formas del amor eran bien modeladas. Cada discurso daba una definición de lo que era el amor. Ahora, el capitalismo no se ocupa del amor de ninguna manera porque se ocupa sólo de lo que se compra y de lo que se vende. Las formas son múltiples y más contingentes. Dependen más del encuentro, de la coyuntura. Es difícil decir si es un logro o una pérdida.

–¿Por qué cree que hay parejas que llevan años de convivencia y no saben bien por qué?

–No se sabe nunca por qué uno ama al otro. La elección del amor surge del inconsciente y nunca uno puede decir: “Lo amo” o “La amo” por “tal y tal razón”. Pero eso es un poco diferente de la duración de las parejas porque en las que duran varios años, cuando se festejan los cincuenta años de un matrimonio, no son solamente cincuenta años de amor. Hay otros factores sociales que inciden. Me parece que hay una evolución en dirección de un carácter más efímero de las parejas. Atendí a una jovencita en análisis que me decía: “Oh, seguro voy a intentar al menos tener una familia, un hombre, un niño, al menos para algunos años. No sé cuántos: siete, ocho o diez”. Lo pensaba así. Hubo una época en la cual una jovencita soñaba con el amor de por vida. Ahora, se sueña con el amor por un tiempo.

–¿El amor del siglo XXI carece, entonces, de modelos?

–Es lo que quería decir. Carece de modelo instituido. Lo que Lacan llama “el verdadero amor” es algo que se desarrolla fuera de los discursos establecidos, en el margen de los discursos establecidos. Entonces, habría que distinguir los amores que encuentran un modelo socializante y los amores míticos.

–El domingo pasado se celebró en la Argentina el Día de la Madre. ¿Cree que el capitalismo hace un comercio del amor?

–Sí. Si bien decía que el capitalismo no se ocupa del amor, se ocupa de lo que vende. Entonces, están el Día del Padre, del Niño, de los Abuelos. Efectivamente, hay una explotación del gusto que los humanos tienen por el amor. El capitalismo lo explota, pero no se ocupa de sostener el amor. Explota lo que se encuentra.

–¿Por qué definió como “narcinistas” a los sujetos que se dedican a sus satisfacciones propias en cualquier campo que sea: profesional, amoroso, sexual?

–Es una condensación de las palabras “narcisismo” y “cinismo”. El narcisismo consiste en ocuparse de sí mismo. El cinismo consiste en dedicarse a su propio goce. Lo que subrayé fue que el cinismo actual no es el antiguo. El antiguo era un cinismo que tenía un alcance político, como sucedía en los tiempos del emperador Alejandro. El actual no tiene un alcance político. Los sujetos no tienen más causas colectivas para dedicarse. El cinismo actual es por falta de causas. Los sujetos se dedican a sus pequeñas cosas, a sus logros, a sus beneficios.

–¿Por qué el deseo no llega a ser algo patológico si todos se quejan del mismo: el deseo insatisfecho en la histeria, el deseo imposible del obsesivo, el deseo masoquista del perverso?

–El deseo tiene una doble cara. Por un lado, el deseo es la vida del sujeto, la vida que la muerte soporta. Deseamos porque somos faltantes en tanto que seres hablantes. Entonces, es la forma de vida, no del cuerpo, pero del sujeto. Al mismo tiempo, hay una destructividad porque el deseo es algo que, al mismo tiempo, fuerza al sujeto. Uno, a veces, puede asumir su deseo, pero éste fuerza al sujeto. Entonces, hay una doble cara. Ahora, si usted habla del deseo insatisfecho, imposible y masoquista, eso designa una forma de deseo ligado a una sintomatología precisa. No designa un objeto en sí mismo pero sí un modo de goce. En cada estructura encontramos un deseo específico, pero siempre ligado a un modo de goce. El goce no es algo que necesariamente satisfaga.

–A diferencia de Freud, ¿Lacan respondió la pregunta “¿Qué quiere una mujer?”?

–Sí, podemos decir que respondió algo. Freud no respondió pero tuvo el mérito de plantear la pregunta, porque después de años para aplicar el Edipo en la mujer, Freud dijo: “No sabemos qué quiere una mujer”. Era una confesión de su fracaso para contestarla. Lacan retomó la pregunta de Freud e intentó decir algo nuevo sobre las mujeres y planteó la diferencia a nivel del goce

2017

Eco y Narciso John William Waterhouse
Eco y Narciso, 1903, John William Waterhouse

Fuente: Página 12

Doppelgänger (Dos sueños)

Mercedes Ávila

 

Me encuentro en un lugar en el que hay una persona que tiene la habilidad de cambiar su apariencia física con sólo tocar la piel de otro. Toma la forma del otro, del que es tocado. Se presenta ante mí y hablamos. No sé si esa es su forma original, no importa.
Almorzamos en un salón comedor con otras personas, en mesas largas con bancos, nos sentamos uno junto al otro.
Al final del almuerzo me dice que está muy agotado y que debe descansar. Entonces, súbitamente, se quita la remera y toca uno de mis brazos. Su cuerpo comienza, gradualmente, a transformarse en el mío. Le pido que por lo menos se cubra, pues me veo a mí misma desnuda y pienso que otros podrán verme desnuda en el salón.
Lo que veo no me desagrada, eso me sorprende. Veo mi propio cuerpo desde afuera. Nunca me ha gustado mi cuerpo, siempre me ha parecido un poco deforme…

*

Regreso al barrio en el que pasé mi adolescencia. Todo ha cambiado, las calles y las casas.
Estoy en un auto con chofer. Al doblar la esquina puedo ver la casa de una de mis tías, en el patio hay filas de sillas colocadas para recibir gente en una fiesta.
Me angustio porque no me han invitado. Pienso, luego, que no me han invitado porque nunca voy, porque yo nunca me acerco. Le pido entonces al chofer que nos vayamos y él hace un giro con el automóvil. Una de mis primas me ve y se acerca.
Mi prima y yo tenemos el mismo nombre, el mismo sobrenombre y la misma profesión. (En la vida real y en el sueño).
Ella me dice que me quede y le respondo que no me han invitado. Lloro y continúo angustiada.
Ella vuelve a decir que me quede. Respondo que no, que me voy.
Agrega: “No sé cómo podés vivir la vida así”, a lo cual respondo: “Siempre he vivido así”.
En el medio de la angustia, en la conversación con mi prima, se escucha una voz, clara, externa, sola, que dice: ¿qué se satisface con tanto sufrimiento? La angustia desaparece.
Despierto.

*

Los dos sueños traen al doble: de la imagen, que remite a la frase: “Sos igual a tu madre”, y el doble de lo simbólico, el nombre. Pero se agrega un tercer elemento: la voz que cuestiona la satisfacción y, al hacerlo, la corta de raíz. Esa voz que se escucha con claridad es externa, pero íntima. Hay una operación de sustitución que se produce de un sueño al otro, con la extracción última de la posición del sujeto frente a la voz.
“La voz me ordena” fue una frase que extrajo el análisis al hablar de la relación con la madre. El llamado se escuchaba como un deber. Esta frase cambió su sentido con la introducción de una pausa que pudo crearse a partir del sueño. La voz pasó de ser un agente exterior, a indicar la posición del sujeto frente a ella: de la orden al orden.
El sueño pone de manifiesto el carácter independiente de la voz. La voz no tiene intenciones, no es ni buena ni mala, sólo está ahí. Está viva, y se vive con ella y a pesar de ella. Esto produce efecto inmediato, pues el sufrimiento anticipado deja de tener sentido, ya no hay satisfacción allí. Y de hecho el sufrimiento puede tener su lugar y su momento justos. Se delimitan las coordenadas del fantasma, se pasa de escuchar a la voz en ciertas figuras privilegiadas de la vida (y confundirlas con ellas) a aislar la voz como función, como tope frente al no hay.
Es sólo por medio del análisis y su dispositivo que se da lugar a una ficción que no confunde. Pasaje de la ficción familiar de “la que obedece”, la que engaña, a la ficción advertida del orden del mundo.

*

Un psicoanalista es ante todo analizante, un analista sólo se desprende de su propio análisis, como fruta madura que cae al suelo. Hablar de la propia experiencia con el psicoanálisis es la única herramienta de transmisión.
La elucubración teórica es gris, y la experiencia es la que sale de los grises. No por nada a Freud le gustaba citar a Goethe: “Toda teoría es gris caro amigo, y verde es el árbol de oro de la vida”. Abogar por que el psicoanalista no pusiera en juego su análisis sin el aval del Otro es, derechamente, antipsicoanalítico.

Dante Gabriel Rossetti_- How They Met Themselves (1860-64 circa)
Dante Gabriel Rossetti_- How They Met Themselves , 1864. The Fitzwilliam Museum

 

La «libertad de elección»

Gustavo Dessal

Hoy en día nos parece inaudito concebir que los hombres y las mujeres de Occidente puedan fundar sus vínculos en algo que no sea el deseo, el amor, la satisfacción erótica, o cualquier otro modo de nombrar la libertad de elección (incluso cuando esa “libertad”, por supuesto, esté totalmente hipotecada al inconsciente). Sin embargo, los testimonios históricos demuestran que esta idealización del amor no era lo habitual en el pasado, cuando los vínculos se justificaban en la necesidad de afrontar la lucha por la subsistencia mediante un reparto definido de los roles y las obligaciones, y la comunión de trabajo ocupaba el espacio social que hoy es patrimonio de la comunión sentimental. Desde nuestra perspectiva actual estos factores pueden resultar extraños, pero debemos tomar en cuenta los inmensos beneficios subjetivos que suponía para nuestros antepasados el hecho de sentirse parte de una tradición que establecía de forma rígida e inobjetable los semblantes considerados legítimos. La tradición y el discurso que la expresaba ofrecían al mismo tiempo protección, estabilidad e identidad interior. Ello implicaba sentirse parte de un todo, que alejaba la vivencia de la soledad, la incertidumbre y el desamparo de la vida. Con el paso a la sociedad moderna y el consiguiente proceso de individuación, es decir, de desprendimiento del sujeto de los lazos históricamente desarrollados que lo sometían a las creencias religiosas y sociales, surge por primera vez en la historia el sentimiento de una soledad interior nunca antes experimentada. Existe una contrariedad que, hasta cierto punto, puede considerarse como la matriz del malestar contemporáneo del amor. Por una parte, y a falta de referentes exteriores sólidos y consistentes, muchos sujetos tienden a buscar en el terreno íntimo de la relación amorosa un asidero para el sentido existencial que se desdibuja. Pero por otra, la complicidad con el semejante que de ello habría de esperarse se da de bruces con el imperativo de la autorrealización, un ideal que el discurso actual eleva al grado superlativo. Lejos de que el se convierta en el complemento imaginario que da sentido a lo insoportable del vivir, el resulta ser a menudo el obstáculo a mi autorrealización, el impedimento para que mi yo alcance el significado pleno que, en todos los mensajes que me rodean, soy cada vez más estimulado a desarrollar. Lo que podríamos denominar el espíritu o la mentalidad contemporánea propone la satisfacción de las aspiraciones del yo como irrenunciables, y una auténtica moral del narcisismo (eso que llaman la autoestima, significante que se ha vuelto indispensable en el vocabulario cotidiano) se instala no sólo como un derecho sino también como una obligación ineludible. Desde luego, los psicoanalistas consideramos que los síntomas contemporáneos del amor no hacen más que renovar una falla originaria de la estructura, el fabuloso lapsus que el lenguaje comete en materia de sexo. Pero podemos aprender algunas cosas sobre el modo en que el inconsciente balbucea hoy en día los embrollos de la vida amorosa. La ideología que el discurso social fomenta en torno a la necesidad de tomarse a sí mismo como bien soberano es, por un lado, una fórmula relativamente eficaz para encubrir las nuevas modalidades de servidumbre que el capitalismo impone en las reglas del mercado; y por otro, la promesa de que todo está sometido a los dictámenes de nuestra elección. La vida concebida como una infinita sumatoria de decisiones personales se aleja definitivamente de la creencia en una narración de índole superior que, a título de tradición, iglesia o ideología política, podía servir como marco de referencia universal donde disolver la particularidad subjetiva. En la actualidad el sujeto es forzado a concebirse como artífice de su propio destino, y se lo intima a resolver de forma personal incluso los desarreglos cuyo origen se encuentra en causas que lo trascienden por completo. Debe, por tanto, trabajar doblemente, puesto que la libertad de la que ahora disfruta lo volvería sospechoso de incapacidad para alcanzar la felicidad que se ha puesto a su disposición. Paradojas de un tiempo en que la irresponsabilidad subjetiva convive con el mensaje de una culpabilidad sin atenuantes.

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Francesco Hayez, Il bacio, 1859.  http://www.artspecialday.com

2018


Fuente: Gustavo Dessal


Agradecemos a Gustavo Dessal su generosidad por compartir sus artículos en la Red.

La estructura ha atribuido a lo femenino el coraje y a lo masculino la cobardía

Jacques-Alain Miller

Por supuesto, está el coraje de las mujeres, de seres que con respecto a la referencia fálica no tienen nada que perder. Eso puede dar un coraje sin límite que se encuentra en las mujeres, no se encuentra en los hombres. También las puede hacer feroces, mujeres que para proteger lo más precioso -como ocurre cuando uno no tiene nada para defender-, ante lo más precioso que encuentran, están preparadas para ir hasta el final sin detenerse y para luchar como quieran. También el sentimiento de un handicap puede conducir a la posición de víctima, de queja o de miedo, pero es en la mujer donde se observa la inversión súbita del miedo en el coraje sin límite cuando se toca lo que se debe respetar, y se puede ver, al extremo, a la más miedosa de las mujeres convertirse de repente en una heroína.

La cobardía fundamental de los hombres es que están embarazados de algo que tienen que proteger, eso puede despertar en ellos la ferocidad del dueño amenazado de robo, pero es a los hombres a quienes les gusta hablar, negociar, dialectizar, todo eso para proteger lo que hay que proteger, muy distinto del hablar. De tal manera que en la lucha por puro prestigio, el invento de Hegel, puede parecer que finalmente, si se sexualiza esta lucha, los hombres salen amos y las mujeres se someten; no es así, es el hombre, aunque puede parecer mandar, el esclavo, el siervo. Él es siervo porque, de manera estructural, el que sale siervo de esa lucha es el que debe proteger algo, supuestamente su vida en Hegel. Cuando en esta condición el sujeto femenino ya ha perdido todo y no tiene nada que proteger y se encuentra en la posición estructural del amo, que Lacan reconoce cuando llama a eso capricho, el capricho supuestamente de la madre, que significa que la voluntad despreciada como insensatez se encuentra del lado de la mujer -y que traté este año en mi curso de desarrollar la función errática de la voluntad en la mujer-, las mujeres gozan de su voluntad y es así como entran en la metáfora paterna con lo que Lacan llama el deseo de la madre. El Deseo de la Madre es el capricho, es decir, la voluntad sin reglas, mientras que el Nombre-del-Padre es la autoridad pero en la medida que depende de reglas. Y por eso hay un desfasaje: el hombre amo-siervo se inscribe en el discurso del amo, es decir, los amos hombres son siempre solamente amos de siervos, son falsos amos, como lo denunciara Nietzche. Cuando la dominación femenina se desprende de un discurso histérico, es decir, de una posición de un amo sin reglas que denuncia al falso amo, él mismo siervo de las reglas. Es decir, para ubicarse como brújula en la cuestión del coraje, hay que tener opinión, fundarse sobre la relación entre el coraje y la castración. El coraje siempre se ubica cuando podemos situar el franqueamiento de la barrera del horror a la feminidad. Hay coraje cuando se franquea esta barrera. Este horror a la feminidad lo tienen los dos sexos pero más los hombres que las mujeres.
Entonces también hay una cobardía de las mujeres en el horror a la feminidad, que tiene que ver con proteger su imagen y eventualmente la belleza de su imagen, como última protección antes del horror de la castración. Eso  que es atacado en el análisis, esta barrera que constituye el culto a la imagen bella, a lo que una supuestamente quiere ser para al menos un hombre -que también hace al culto a la imagen- es lo que regularmente hace más difícil para las mujeres que para los hombres la palabra pública. La palabra en público significa sacrificar algo de la protección de la imagen, del fetiche de la imagen.
La de los hombres es la cobardía bien escondida, son tan cobardes que esconden la cobardía misma, es decir que van a luchar en otro lugar que en la relación de los sexos; en el campo del saber polemizan, subrayan errores de tipografías en las tesis o, más avanzados, cuando están realmente inquietos sobre su virilidad, se vuelven militares. Es lo que el joven Lacan señaló de la manera más precisa cuando tenía cuarenta y seis años en su texto “La psiquiatría inglesa y la guerra”. Hace esta anotación: “El valor viril que expresa el tipo más acabado de la formación tradicional del oficial entre nosotros -y la tradición militar francesa tiene su peso importante- me ha parecido en muchas ocasiones como una compensación de lo que nuestros ancestros habrían llamado cierta debilidad en la cama”. Es decir que es buscar las insignias de oficiales de la virilidad precisamente para huir del otro campo de batalla, del campo de batalla fundamental, del campo de batalla de hombre y mujeres. De tal manera que el coraje sexual es lo mismo que el coraje epistémico, es afrontar el otro sexo en la medida en que lo femenino es el sexo Otro también para las mujeres. Como dice Lacan, la mujer es otra para ella misma.

madre de plaza de mayo discutiendo con policia
Madre de la Plaza de Mayo discutiendo con policías, 1982, fotografía de Jorge Sánchez

Jacques-Alain Miller: Conferencias porteñas, Tomo 3, Paidós, Buenos Aires, 2010, página 67.

Como el mar, ha de recomenzar siempre

Jacques Lacan

Fragmento de “El acto psicoanalítico”¹

Por este paso se advierte que aquí de quien hay que decir si es saber, es del sujeto.
¿Al término de la tarea que se le asignó, sabe el psicoanalizante “mejor que nadie” la destitución subjetiva a la que esta tarea ha reducido a quien se la ordenó? O sea: ese en sí del objeto a que, en este término, se evacua en el mismo movimiento con que cae el psicoanalizante por haber verificado en ese objeto la causa del deseo.
Allí hay saber adquirido, pero ¿de quién?
¿A quién le paga el precio de la verdad cuyo incurable es, en su límite, el sujeto tratado
¿Se concibe a partir de este límite un sujeto que se ofrezca a reproducir aquello de que ha sido liberado?
¿Y si eso mismo lo somete a hacerse producción de una tarea que no puede prometer sin suponer el propio señuelo que para él es ya insostenible?
Pues a partir de la estructura de ficción con que se enuncia la verdad, va a hacer de su propio ser pasto de producción de un… irreal.
No hay menos destitución subjetiva por prohibirse este pase que, como el mar, ha de recomenzar siempre.

La ola
La gran ola de Kanagawa – Katsushika Hokusai

¹Jacques Lacan: “El acto psicoanalítico”, en Reseñas de enseñanza, Buenos Aires, Manantial, 2010, página 48.

El goce del psicoanalista

Seminario 2018

Programa o justificación

Alessandro_Allori_-_Odysseus_questions_the_seer_Tiresias
Odiseo interroga al augur Tiresias – Alessandro Allori – 1580

 

Hay un movimiento necesario. Que será, además, necesario siempre. Los humanos despertamos siempre simplemente para volver a dormirnos. Ese movimiento necesario, que lo será siempre, es el movimiento que va de la erudición solemne a la invención subversiva. Este movimiento es extremo en el psicoanálisis como en la poesía, al punto que la erudición solemne, polo al que se deslizará siempre el no-querer-saber que nunca dejará de dominarnos, es la negación misma tanto del psicoanálisis como de la poesía. El psicoanálisis y la poesía son invención subversiva o no son. El retorno a Freud de Lacan no era otra cosa que sacar a Freud de la pendiente de la erudición solemne propiciada por el no-querer-saber que somos. Ese retorno, por supuesto, es esforzado con el tiempo a volverse, una vez más, erudición solemne, pero ocurre algo: el esfuerzo contrario deja una marca que no nos permite volver atrás de la misma manera. Lo mismo ocurre en los movimientos de un psicoanálisis. Hay un esfuerzo espontáneo y continuo por el no-querer-saber pero en un psicoanálisis ocurre que, al mismo tiempo, esforzándonos en contra de ese esfuerzo espontáneo, hay marcas irreversibles que, aunque no evitan regresar al no-querer-saber, sí evitan regresar a puntos previos a esas marcas. Esto, por supuesto, requiere esfuerzos que son siempre singulares.

Retornos a Lacan se pregonan, de tanto en tanto, por todos lados. Pero suelen pregonarse desde la repetición momificada de la erudición solemne. Cuando se intentan, sólo se hace desde esa erudición vacía. Y hay que entender que la erudición en sí misma no es vacía: la oquedad surge al no ponerla al servicio de la invención subversiva.

Se nos terminaron los Lacanes. El primero, el último, el muy último, el ultimísimo. Quizá nos quedan el póstumo, el redivivo y el apócrifo (este último no sería bien recibido pero se regaría por allí con la rapidez de un virus). Estas divisiones de la enseñanza de Lacan han sido fructíferas. Sirvieron para evitar el anquilosamiento al que nos lleva la pendiente del no-querer-saber, pero nos esforzamos continuamente en convertirlo todo en erudición solemne. Si nos atrevemos a poner la erudición posible, mayor o menor, al servicio de la invención subversiva, aparecen cosas que, en un primer momento, son rechazadas. Todo lo que nos esfuerza en contra del no-querer-saber es, de entrada, rechazado.

Si nos atrevemos a algo más, aparecen cosas como el goce del psicoanalista. Si ponemos en serie lo que Freud llamaba abstinencia, el esfuerzo de formalización del deseo del psicoanalista, la lógica del acto psicoanalítico y la declaración lacaniana de que el psicoanalista no goza en su acto, lo que encontramos al final es la posibilidad de formular la existencia del goce del psicoanalista que debe formalizarse. Lo ha entrevisto un psicoanalista europeo en un congreso de la AMP hace algunos años. Generó revuelo en el momento, pero el revuelo fue característico de la época: duró poco y fue cubierto rápidamente con defensivo silencio. Varios años antes de ello, lo habíamos mencionado en cursos de outsider en una ciudad completamente marginal, y fue saludado, por los pocos que lo oyeron, con una sorpresa que rápidamente también se convirtió en olvido.

Una de las formas de llevar la erudición solemne hacia el lado de la invención subversiva, es decir, de mantener vivos al psicoanálisis y a la poesía, es, por ejemplo, intentar formalizar el goce del psicoanalista. Furiosamente. El revuelo que hicieron alrededor del psicoanalista que lo mencionó de pasada estaba enteramente fundado en la declaración aquella de que el psicoanalista no goza en su acto. Saber leer es no comprender demasiado rápido la superficie de las palabras. Es por comprender demasiado rápido que se arman las etimologías más absurdas, como el argentino al cual en Italia le piden la manteca y al oír la palabra burro comprende demasiado rápido y termina en cómica situación que es, además, metáfora de sí mismo. Que el psicoanalista no goza en su acto no es lo que invalida la posible formalización del goce del psicoanalista sino lo que la hace imperiosamente necesaria. El movimiento que complementara el deseo del psicoanalista con el goce del psicoanalista es imperiosamente necesario. Pero, para ello, antes, la invención de la furia. La furia inhumana, la furia subversiva, la furia imposible.

El problema fundamental ante el cual nos enfrentamos es que la época esfuerza hacia el goce y la teoría psicoanalítica, en manos de hombres que poco se esfuerzan en ser contemporáneos (en el sentido de salirse de su propio tiempo), terminan ensalzando el goce desenfrenado del cinismo materialista al cual empuja el discurso capitalista hipermoderno. Fue sintomática una de las tantas jornadas que ocurren en todas las ciudades casi todo el tiempo: lo que se vio allí es que los que se dicen psicoanalistas se están olvidando del deseo. El deseo, impedido por la configuración del discurso capitalista hipermoderno, está siendo impedido también teóricamente por los que, por carencia de furia, no se atreven a ser contemporáneos y terminan siendo ciegos hijos de su tiempo. Todos lo somos, por supuesto: el problema no es ser hijos de su tiempo, el problema es la ceguera. Por esto formular el goce del psicoanalista será el resultado de un recorrido por los conceptos que hemos mencionado antes: de la abstinencia a la formalización del deseo del psicoanalista a la lógica del acto psicoanalítico al goce del psicoanalista que no goza en su acto.

*

Pasemos a la pregonada libertad del capitalista, al ensalzado libre mercado. No es casual esa conjunción de palabras: la libertad queda unida, subrepticiamente, al mercado. ¿Pero esto qué quiere decir? Se trata del fantasma fundamental de la hipermodernidad, y él transforma el malestar en la cultura, situado con precisión por Freud, malestar que tiene un núcleo irreductible del cual debemos hacernos cargo, en el infierno hipermoderno que tiene su mejor retrato en el libro de Huxley titulado, con gran acierto, Un mundo feliz. Un mundo de goce superyoico, hiperhedonista, en el cual el homo felix, como lo llama el italiano Recalcati, disocia la libertad de la ética y confunde el deseo con el capricho alocado del goce que lo quiere todo y, además, lo quiere ya. El destino del deseo más allá de la ley de la palabra es el goce mortífero que lo quiere todo desentendiéndose del hecho de que, como seres hablantes, estamos agujereados en lo más íntimo de nosotros mismos. Y en este punto se sitúa la sutileza que separa al analizado, que responde al agujero con un “¿y?” que no lo detiene, del cínico que cree haberse liberado de todo ideal simplemente porque “todos los ideales están cubiertos de mierda”. Es la posición del neoliberal que recurre a la despolitización del hombre para reivindicar una libertad disociada de la ética, que es, al mismo tiempo, la reivindicación de la posibilidad individual de gozar “a muerte” sin la intrusión del Otro. El resultado en el ámbito social es, por supuesto, la desigualdad extrema de derechos. Y para entender del todo el funcionamiento de esto es necesario captar en toda su amplitud el concepto lacaniano de goce. Notemos que ese “sin intrusión del Otro” del cínico homo felix neoliberal lejos está de la inexistencia del Otro que se desprende del final de un psicoanálisis. El homo felix hipermoderno, engolosinado con el goce, engocinado, como dijo un analizante, puede volver de su infierno del goce sólo a través del deseo. Pero del deseo verdadero, un deseo anudado a la ley de la palabra, que por eso no confunde la salvación con los objetos de consumo, un deseo ético que se hace cargo del agujero que somos. Ello nos permite pasar del consumidor consumido al sujeto del deseo.

Hay una anécdota que suele ser útil a la hora de mencionar el saber perderse necesario para llevar un psicoanálisis hasta sus últimas consecuencias. La neurosis es estar demasiado orientado. Falsamente orientado, por supuesto.

Un colega se había contactado con nosotros porque quería una copia de un documental al cual le habíamos agregado, en forma casera, los subtítulos al castellano. Nos indicó su dirección y decidimos, a modo de paseo, alcanzarle una copia del documental. Era una calurosa tarde de sábado y, de tanto en tanto, llovía. Viajamos. Buscamos la casa de este colega pero la tarea se hizo difícil, no encontramos con facilidad la dirección y, además, el sentido de las calles nos fue obligando a un largo rodeo que más nos alejaba de su casa que acercarnos a ella. De repente, entonces, terminamos en una calle llena de pozos, cercados a un costado por la vía ferroviaria y, al otro, por una hilera de casas encimadas y humildes. Nos perdimos. Era difícil buscar la manera de cruzar de nuevo las vías hacia el otro lado, avanzamos lentamente sin resultado alguno, encerrados en aquella calle llena de pozos y, súbitamente, nos encontramos con un letrero que indicaba la subida próxima a una autovía. “Autovía a Luján”, decía. “¿Y si vamos a Luján?”, dijimos, y sin dudarlo ni siquiera un segundo tomamos la autovía y el paseo nos llevó hasta esa ciudad extraña que es Luján. Y fue un buen paseo. Pero fue un buen paseo porque nos perdimos. Después nos enteramos, además, que aquel colega se había olvidado que estábamos yendo a entregarle el documental y que, por eso, no estaba en su domicilio. ¿Qué habría ocurrido si hubiéramos estado más orientados? La neurosis es llegar a una meta esperando cierto resultado que no ocurre en vez de perderse y terminar en Luján.

Es que el encuentro con la verdad del propio deseo se da sólo si nos perdemos, si fracasamos. Por supuesto que se trata de perderse y de fracasar de la buena manera. Sobre lo que esto echa luz es que la experiencia de un psicoanálisis es enteramente contraria al ideal (que se vende a sí mismo como ausencia de ideal) del discurso capitalista omnipresente de la hipermodernidad. El meritócrata exitoso del narcisismo de la imagen, ensalzado por el discurso capitalista, es alguien que no sabe perderse ni sabe lidiar con el fracaso. Al discurso capitalista esto, además, le conviene: el pobre es pobre porque no fue capaz de autoengendrarse como se debe. Sólo el psicoanálisis y la poesía pueden detener esta deriva. Pero ello es de una enorme dificultad, porque no son el psicoanálisis y la poesía sino el psicoanalista y el poeta, uno por uno, éticamente en acto. Y la mejor demostración de esa dificultad está dentro del psicoanálisis mismo, pues la vía de la responsabilidad ética es obstaculizada incluso teóricamente ensalzando cierto cinismo materialista que se acomoda al desdibujamiento del Otro de la época hipermoderna. De esa forma, se confunde fácilmente la libertad del deseo con el libertinaje del goce que responde al mandato superyoico, aborrece lo imposible y niega el inconsciente desde el peor lugar: desde dentro del psicoanálisis. Pero no podría ser de otra manera: los que más se defenderán de lo que el psicoanálisis tiene para decir serán los que más se acercarán a ello. Hay una sola forma de evitarlo: la furia ética.

Mercedes Ávila
Sebastián Digirónimo

(2018)


“El sexo trae problemas”

Marcelo Barros

Un documental de televisión presentaba testimonios de mujeres y de hombres de diversos lugares del mundo acerca de lo que cada uno de ellos entendía por el amor. Entre tantos relatos, recuerdo el de una mujer rusa. Su testimonio presentó una diferencia notable con los demás, porque en lugar de hablar de las delicias del amor y las sabidurías de la tolerancia, ella contó con singular vehemencia cómo se enojaba a veces con su compañero: “Me enfado con él y empiezo a decirle que es completamente fastidioso que estemos casados. Somos muy diferentes y resulta imposible entendernos. Le digo que no entiendo cómo pudimos decidir estar juntos siendo tan distintos. Tenemos caracteres diferentes, intereses diferentes, educaciones diferentes, venimos de familias muy diferentes, nuestros estratos sociales, incluso, son diferentes. Y de pronto, hago un breve silencio, me quedo pensando por un instante, lo miro y digo: ¡hasta somos de sexos diferentes! En ese momento los dos nos echamos a reír”.

Sexos diferentes. ¿Qué significa eso? ¿Qué estatuto tiene esa diferencia? El primer juicio que emitimos ante otro sujeto, dice Freud, es el de si se trata de una mujer o de un varón. Lacan sostiene que el destino de los seres hablantes es repartirse entre hombres y mujeres, aunque advierte que no sabemos lo que son el varón y la mujer. La diferencia que los separa, esa espada que duerme entre ambos, trae consecuencias decisivas para el destino de cada uno de ellos y para el fruto de su equívoca unión. Sus efectos ocupan esencialmente a la experiencia analítica como factor perturbador en todo vínculo, incluso donde la elección de objeto es homosexual o para quien pretende no amar a nadie más que a sí mismo, como en el delirio megalómano. Hasta en el ideal andrógino y la reivindicación de múltiples sexualidades alternativas, que mal disimulan la promoción del sexo único, está presente, porque se trata de la pretensión narcisista de ser el falo. Ella se opone a una ley de la castración que determina la repartición de modos de goce –no de roles, ni géneros– y que impugna la ilusión de autodeterminación, tan cara al capitalismo y la sociedad liberal.

El estatuto de la diferencia sexual no es de la misma naturaleza que todas las demás diferencias que la mujer del relato enumeró. No está fundada en la naturaleza. El progresismo exige hoy erradicar la palabra “sexo” y aludir a una construcción social que se califica como “género”, denominación que corta las amarras biológicas de la diferencia sexual para reconocerle su linaje de contingencia histórica. Concebida en estos términos, la diferencia de géneros sería similar a las otras que nuestra mujer moscovita enumeraba en su prolongada queja, algo determinado por la educación y la política que sostienen ideales, dividen roles y producen subjetividades. ¿Qué sería esta diferencia si no es algo natural y tampoco fuera una construcción aprendida y que podríamos modificar siguiendo una determinada política de educación?

Freud comprobó que, más allá de todas las concepciones científicas y filosóficas que prevalecían en su época, el pueblo tenía razón al sostener que los sueños tenían un sentido que podía ser interpretado. En la cuestión sexual las cosas no son muy distintas. Si en cierto sentido la concepción psicoanalítica de lo sexual se aleja de la idea popular acerca de la sexualidad, el saber popular guarda también la intuición de que hay algo que no anda entre los varones y las mujeres. Por más que se reciclen los contratos que aspiran a mantenerlos en buen orden, juntos o separados, el “sexo” trae problemas.

La concepción de la naranja tan redondita debería ser tenida como mucho más política y filosófica que popular. La política, toda política, incluso la que querría decretar el amor libre, aspira al contrato y a una convivencia entre los sexos bajo términos variables según las ideologías, pero que siempre se fundan en el desconocimiento de una realidad sexual contraria a los designios del orden social. La política aspira a un orden determinado que se presenta como totalidad, incluso allí donde se pretende anárquica. No hace falta ser psicoanalista para entender de qué se queja nuestra protagonista cuando habla del malentendido crónico en el que ella y su hombre están embrollados. La disparatada unión de esos sexos diferentes aparece en una dimensión cómica que alude a una imposibilidad. De todas las diferencias que ella había mencionado, es la última la que se revela sorpresivamente como la causa que subyacía al malestar depositado sobre las demás. Acaso esos otros motivos de conflicto serían conciliables si no fuera por ese último, que es irreductible. La diferencia de sexos no es referida como la de la hembra y del macho de una misma especie, aunque esa circunstancia sea en parte cierta. Tampoco como si se tratara de dos clases sociales, o dos condiciones civiles en conflicto, aunque eso también sea, en parte, cierto. Lo dice como refiriéndose a especies distintas o a habitantes de planetas mutuamente extraños.

La metáfora no es excesiva ni caprichosa. El falo, tal como el psicoanálisis de la orientación lacaniana lo entiende, nos recuerda al “cono del silencio” que aparecía en algunos episodios de la serie televisiva El Superagente 86. Era un dispositivo destinado a preservar la seguridad de las conversaciones entre el espía y su jefe. Pero el aparato funcionaba infaliblemente mal y sólo servía para incomunicar a los protagonistas. Lo interesante es que el héroe no podía abstenerse de usarlo. El sexo es como un teléfono roto del que no podemos abstenernos, ni siquiera allí donde nos pensamos como abstinentes. Y el problema no es que está roto, sino que funciona así. Lo mismo podríamos decir del síntoma, y por eso la sexualidad humana tiene un carácter esencialmente sintomático.

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La idea de un aparato al que compulsivamente se recurre para establecer una relación que se ve obstaculizada por el recurso al aparato mismo nos remite a la función del falo en el sistema del significante y su incidencia en la relación entre hombres y mujeres.

El falo determina a la mujer como castrada, porque no lo tiene, aunque ese carecer de él es el modo específico por el cual ella se vincula con él. Una mujer se vincula con el falo conflictivamente, sintomáticamente, bajo la forma de lo que no tiene. Para el varón la relación con el falo no es menos conflictiva; sólo que su problema reside en tenerlo y no saber cómo disponer de él. El hombre también se encuentra castrado en el recurso al falo porque, si bien está presente en el cuerpo de él, lo está como algo separado de su sistema de saber. Es esto a lo que se refiere Lacan con el tramposo término de “goce absoluto”. Absoluto no significa un goce superlativo; absoluto quiere decir, como su etimología lo indica, que es algo separado del sistema del sujeto. Lo tiene, pero no dispone de un saber que le permita hacer con eso.

Y esta es la verdad de la sexualidad. Hemos de reconocer en sus destinos, en los puertos a los que nos arrastra la nave del deseo, mucho más un tropiezo que un resultado. Esto es verdad incluso allí donde el desenlace ha sido feliz, donde el agente Smart llega a cumplir con éxito la misión a pesar de haber entendido mal la orden impartida. Lacan no deja de decir que un hombre se enamora de una mujer por azar, que es lo mismo que decir por error, y que es también por ese azar y por ese error que “la especie humana” se reproduce. La cosa “sale”. Muchas veces sale bien, y hasta parece que el teléfono no está roto y que nos entendemos. Pero la risa viene cuando después descubrimos que lo que salió bien fue un efecto que no guardaba ninguna relación con lo que creímos que era su causa. Es en virtud de todo esto que podemos adherir a la sentencia Tunc bene navigavi cum naufragium feci, “pese a todo, navegaba bien cuando naufragué”. El falo es una función media y no mediadora, por ser lo que está en el medio del hombre y la mujer sin asegurar una relación entre ellos, y más bien siendo la garantía de su no-relación, el obstáculo con el que cada uno se enfrenta a su modo y que lo enajena del otro.

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El rapto de las sabinas (1799) de Jacques-Louis David

* Texto extraído de La condición femenina (Ed. Grama).


Fuente: Página 12
Imágenes: Don Adams / El rapto de las sabinas, de Jacques-Louis David