Consentir a un engaño necesario

Presentación de El hombre sin forma de Sebastián Digirónimo

Rodrigo S. Airola

Rodrigo Airola (2)


Mi presencia esta tarde-noche sólo se explica por aquello que vengo a denunciar, y es lo siguiente: fui víctima de un engaño. Como escuchan: me han tendido una trampa. No ignoro que puede sonar algo paranoico, pero voy a tratar de hacerme entender. Para ello debo, en primer lugar, remontarme un año atrás en el tiempo y traerles lo que fue quizá el primer indicio de esta maniobra. En esta misma institución, en ocasión de una de las tantas actividades de formación que compartimos los integrantes de la Red, Mercedes, y recuerdo su rostro severo, esos ojos repentinos que se clavaron en mí, y aquella frase inequívoca que me lanzó: “Vos vas a presentar El hombre sin forma”. Así, sin más, como suena… ¿Por qué esas palabras, ese tono intransigente?, nunca me había hablado así, ¿y por qué no me lo pedía Sebastián –que, a fin de cuentas, era el presunto autor del libro? Tuve la sensación de estar ingresando en una zona enrarecida… Sólo recuerdo que no me pronuncié al respecto. Estaba algo perplejo. “Vos vas a presentar El hombre sin forma”. Se imaginarán que ya por la forma que tomaba dicha “invitación”, literalmente irresistible, yo no podía menos que sospechar que había en esta demanda como mínimo poca tolerancia a un “veo”, “dejámelo pensar”, ninguna vacilación era aceptable. Su voz en extremo resuelta abría en mí como correlato una insidiosa desconfianza. Como verán, una situación delicada. (Un paréntesis: Al escribir estas líneas no puedo imaginar exactamente el público al que me dirijo, pero seguramente hay entre ellos al menos uno que no puede saber que he tenido alguna vez un par de pesadillas en las que Mercedes era una figura, para decirlo rápido, protagónica, y amenazante.) De cualquier manera, en este caso el supuesto estado de vigilia y un gesto que en concreto me resultaba por demás gratificante, contribuyeron a mis esfuerzos por intentar olvidar lo demás. (Otro paréntesis: mientras escribo esto asocio rápidamente “Misery”, la novela de Stephen King… libros, escritura, pesadilla, demandas, no me gusta nada haber asociado eso).81VvBLFev9L

Todo parecía indicar el éxito de mi defensa, hasta que hace un par de meses atrás, leo, como quien es sorprendido igual que en las películas esas que uno ya sabe que la entidad va a salir abruptamente y sin embargo uno igual se asusta, bueno, así, en un grupo de whatsapp: “Mercedes: Rodrigo, te recuerdo que vos vas a presentar El hombre sin forma”… un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, ¿de dónde salía aquella demanda insistente? Ni siquiera me dice “Ro”, siempre me trata de “Ro”, pero con este asunto apelaba al distante “Rodrigo”, al “te recuerdo”, a “vas a presentar”… había en todo esto algo demasiado maternal como para no resultar siniestro. Esa vez decidí seguirle la corriente, “si no puedes contra ellos (y está visto que yo no podía), úneteles”, dicen. Bien. Con la mecánica entereza que la virtualidad me permitía simular, respondo: “Será un placer”. (Imagino mi tarea no sólo como una más de aquellas pesadillas sino también como situada en un lugar homólogo al encargo que recibe el protagonista de Misery. Me río por la ocurrencia, pero como el caminante nocturno de Freud, no por eso veo más claro.)

Pero ese era sólo el comienzo. La urgencia por escapar del clima de pesadilla que comenzaba a inundar toda esta situación me condujo, torpemente, a adentrarme cada vez más en ella: me dispuse a leer y releer el libro que debía obligatoriamente presentar, y más me ocupaba en él más percibía la emboscada que maliciosamente me habían preparado. ¿Cuál era la trampa? La respuesta es sencilla: el libro que debo presentar, El hombre sin forma, no está hecho para ser presentado. Ojo que no digo, para vengarme, que el libro sea impresentable. Lejos de eso, el libro es sencillamente maravilloso. Pero su presentación es imposible. Este libro resiste toda presentación. Mi descargo hoy, mi denuncia, intentarán dar cuenta de esta imposibilidad.

Pero antes otra digresión. Aclaro que no creo conocer mucho de la persona que da en llamarse Sebastián Digirónimo. A excepción de algunos detalles más o menos triviales como que se ve con innecesaria frecuencia inclinado a hacer “chistes” con los sonidos de las palabras o que sufre sobremanera cada vez que tiene que visitar al odontólogo… cosas, como verán, nada extraordinarias. Por el contrario, estoy seguro de haber compartido con el autor de El hombre sin forma un tiempo cuya densidad e importancia me resultan inestimables. Espero que me sigan en este último rodeo –y disculpen el sesgo personal. Hace ya casi una década tuve en mis manos una revista que publicaba una institución psicoanalítica  que ya no existe. La revista prometía en su tapa un tema: “síntoma y escritura”. Uno de los textos llamó particularmente mi atención, se titulaba “Hacia la escritura sin firma o qué es leer”, y lo escribía este tal Digirónimo que yo no había oído nombrar antes. Comenzaba así (cito, muy breve): “Cuando una conferencia o charla o lo que fuere, es común echar sobre la mesa títulos y laureles antes de toda palabra enunciada. Ello implica abusar del saber supuesto, evitando con ello llegar a los abismos del saber expuesto”, podría seguir, pero sólo me interesa que capturen algo del tono… ¡los abismos del saber expuesto! Ese artículo, el lugar desde el cual hablaba este autor, disruptivo, provocador, pero sin abandonar rigurosidad ni cierto aire poético, me provocaron tal impacto que al terminar de leerlo volví directamente al índice a ver si, como me había parecido, había otros textos del mismo personaje. Efectivamente, dos textos más, que lejos de decepcionar esa primera impresión la reforzaron. Creía haber encontrado ahí algo verdaderamente original, y eso más allá del contenido. Tiempo después, sin proponérmelo –al menos no conscientemente- me encontraría con dicho psicoanalista en persona, en lo que fue al mismo tiempo –y sobre todo- un reencuentro con el autor de aquellos artículos, dado que no tardé mucho en corroborar que “eso” que había capturado mi atención lectora se reproducía ahora en su trasmisión oral con idéntica forma –subrayo la palabra forma-, exacta enunciación, en los diferentes dispositivos que compartí a través de los años desde entonces hasta hoy: supervisiones, espacios de lectura, de comentario de textos, en fin, diversos dispositivos de formación y trasmisión del psicoanálisis.

Hace unos días, mientras intentaba preparar este comentario, tuve ocasión de volver a encontrarme también con estas palabras de Lacan al comienzo del Seminario 20, cito: “no hay ningún impase –dice Lacan frente a su auditorio- entre mi posición de analista y lo que aquí hago”.

En estos dos reencuentros mencionados, con la frase de Lacan dirigida a sus oyentes, y el otro, el que supuso corroborar que había un autor que podía soportar los dispositivos más diversos y encontrar en ellos igual expresión, en ambos reencuentros identifico un denominador común: es posible que no haya distancia entre la posición del analista y la trasmisión de un psicoanálisis. Eso, que siempre supe que debería ser así, sólo ahora, encarnado, cobraba la consistencia suficiente para ser distinguido de cualquier eslogan. El hombre sin forma es la prueba ejemplar de esto que intento cernir, que para mí tiene el carácter de un descubrimiento, y lo tiene cada vez que lo redescubro. Por esto, presentar El hombre sin forma es una tarea imposible. Y al mismo tiempo tengo ahora la íntima convicción de que ya no puedo escapar de ella.

Hasta ahí las digresiones personales. Pero la pesadilla para mí sigue…

Retomo, y avanzo a pesar de todo: El hombre sin forma no puede presentarse porque es una demostración en acto, todo el libro, el libro como un todo, su estructura, el modo en que son tratados los múltiples temas que disecciona, el lugar inédito desde el cuál aborda los contenidos más diversos, todo el libro está escrito para ser experimentado, para ser vivido, el libro todo es una experiencia en sí misma, como lo es un análisis llevado hasta sus últimas consecuencias, como debería serlo también una sola sesión de psicoanálisis, o el encuentro con un poema de verdad, con un verso de verdad, con una palabra auténtica.

Es imposible presentar este libro porque describirlo sería infinito, categorizarlo sería estúpido, enumerarlo empobrecerlo, reflexionar acerca de él un desperdicio, e intentar resumirlo una empresa destinada a un fracaso indigno. Porque hay fracasos dignos. Y se podrían hacer todas esas cosas juntas y aún así lo esencial quedaría intocado. Porque lo que el autor propone es una travesía, una invocación, una apuesta incomparable, que no reconoce más destinatario que aquel que se atreva a estar a la altura de eso mismo que el autor despliega. El autor soporta en, con y por su escritura un recorrido que al mismo tiempo que se efectúa, se demuestra y se convierte en un desafío arrojado al viento. Un desafío que no contempla la cobardía.

¿Pero qué dijimos hasta ahora del libro? Nada. Aquello que late desde el comienzo hasta el final de este Hombre sin forma no hay manera de decirlo. ¿La Furia?, ¿Debería escribir acerca de la furia? ¿Digo: “Furia dos puntos, tomen nota”? Lo dije al comienzo: es una tarea imposible. Porque lo que se nombra como “furia” y se define –paradójicamente- infinidad de veces, no es un concepto, es una tempestad, o mejor: un tornado, algo que convierte en migajas todo aquello que merece ser destruido. La furia sólo puede contagiarse, y dicho contagio sólo puede ocurrir uno por uno, en acto. Es lo que en el primer número de esta saga –recordemos que El hombre sin forma  es un Nuevo elogio de la furia que sucede a el Elogio de la furia-, decía que es lo que en este primer libro el autor desprende de lo que llama la “enfermedad de Flaubert”, una enfermedad que consistiría en “adquirir la capacidad de ver la estupidez humana y no poder ya soportarla”. Esta es la condición de la furia. ¿Y entonces qué es la furia?

Quien escribe o eso que escribe este libro se propuso la tarea más ambiciosa de todas y no apela a estériles promesas, ni admite la posibilidad de postergar sus propósitos, se lanza desde la primera página con una convicción innegociable, cito: “no es lo mismo escribir una tesis de doctorado o maestría o lo que fuere sobre el psicoanálisis, que escribir una tesis sintomática a través de un psicoanálisis.”, y al enunciarla ya se está escribiendo eso que se postula: se está escribiendo en el título de cada uno de los apartados, en cada epígrafe, en la manera en que se estructuran los párrafos, en los temas que escoge, en el ritmo que le imprime a las palabras, eso se expresa ahí todo el tiempo, sin respiro, a cada paso. Desde el momento que se consiente mínimamente a encontrarse con este autor la furia arremete, te empuja en su interior y es muy difícil soltarse. Como trasfondo la pregunta que se realimenta sin tregua: ¿Qué es un psicoanálisis orientado?

¿Dije algo del libro ya? No, ya lo dije, me engañaron, y sólo puedo dar rodeos desesperados en esta que es mi pesadilla: la de tener que presentar un libro imposible de presentar. Cuando se presenta algo o alguien se apela a algunos nombres, imágenes, referencias a las que se les supone alguna estabilidad y sobre todo la posibilidad de ser reconocidas. “Hola, mi nombre es tal, soy así, vengo de allá”. El hombre sin forma es irreconocible, no nos sirven los parámetros con los que contamos. Y sin embargo está allí. Su presencia es indudable. Pero no puede ser puesto en serie. El hombre sin forma inventa sus coordenadas y emerge de ellas para encontrarse con un lector dispuesto a ir siempre más allá de lo que creía saber, se trata de andar con paso firme, sin hacer pie y sin ahogarse por un océano embravecido. Imposible, ya lo dije. Pero ahí está el libro, hagan la prueba.

¿Cómo se hace para hablar de un texto que está escrito desde el silencio que se extrajo del lenguaje, y se dirige –con el lenguaje- hacia el silencio que habita, aún, un poco más allá de cada universo sobre el que se posa? Un autor que se propone con su mirada silenciar lo que sobra, acallar el sentido perezoso, parasitario, glotón. Y extraer de los ruidos circundantes, del ruido habitual, el común a todos, el espontáneo, el cómodo, el del sentido, extraerle una lógica, una melodía. La melodía que le corresponde. Su música. Esa que estaba ahí sin que se la oyera, bastaba sumergirse para extraerla, afinar el oído de verdad, atreverse y hacerlo con la determinación suficiente, pero sobre todo dejarse tomar por ello. Y para eso, el autor insiste, se requiere: un psicoanálisis verdadero. El hombre sin forma para mí es una tesis sobre esto: sobre cómo proceder para traer a la superficie las melodías dormidas, saturadas. Pero no es un manual de instrucciones ni nada que se le parezca –es más bien lo contrario de ello-, es una tesis en acto. Acallar el propio ruido es condición. Y es imposible. Sin embargo el autor no retrocede. Como lo hace el poeta de verdad. Aunque es imposible. Pero la música está ahí, puede escucharse, requiere un esfuerzo singular.

Avanzo entre abstracciones, más o menos imprecisas, más o menos desordenadas. Lo sé. Ya lo saben. Pero en el fondo no queremos saber, este libro lo expone con claridad. El ruido, que es sentido, siempre juega al servicio de la defensa. Porque los seres hablantes no quieren saber. El saber mismo es no querer saber, ¿no querer saber acerca de qué? El autor exclama una y otra vez que somos seres que por habitar el lenguaje no queremos saber nada de lo real, de un real que tiene muchos nombres: somos sustancia gozante, hay lo femenino, hay la muerte, No hay relación sexual, hay dos goces, estamos solos… elijan el que quieran, son todos distintos pero nos espantan desde el mismo lugar y con la misma fuerza. Y frente a eso: dos caminos. En eso el autor es de una insistencia incansable: o la ira o la furia, o retroceder o avanzar, pretender desentenderse o querer saber, sentido o poesía. Hay sólo dos, el primero es fácil, cómodo, pero tortuoso. El segundo requiere un psicoanálisis verdadero, mirar a los ojos la propia pesadilla, inventar con ello un sueño advertido de su imposibilidad, acceder a la lectura verdadera, devenir poeta.

Cargo con la sensación, lo reitero, de no haber dicho aún nada del libro que debo presentar, nada de eso que considero esencial al libro, al autor que se confunde con él. De ese grito que habita en cada una de sus páginas, un grito cristalino y contundente, una exclamación impostergable, una exigencia irrenunciable que, sin embargo, no espera nada. El hombre sin forma, como una cinta de Moebius, se basta a sí mismo, y sin embargo… se ofrece a cualquiera. ¿Cómo presento lo que no puede presentarse? ¿Digo que este libro no se priva de Borges, ni Shakespeare, que en él no faltan las citas a las Sagradas escrituras, al Dante, o a los griegos, que no le escapa a la filosofía ni a los poetas mayores de cualquier época?, ¿digo que en todas y cada una de esas -y tantas otras- innumerables referencias el autor aplica idéntico procedimiento de lectura, y lo mismo hace con diversas situaciones cotidianas, problemáticas sociales, culturales, políticas?, ¿que va, en todos los casos, como un cirujano con su instrumento a realizar la precisa incisión que permite extraer eso que se dice más allá de las intenciones?, ¿que va a la carga una y otra vez, y hay que contener la respiración junto con él -porque él lo hace- y arranca lo que se entromete entre él y aquel hueso?, ¿y qué queda de ello? Por lo menos tres cosas: una trasmisión de lo que leer verdaderamente debería ser; un estilo que se expresa en acto, que –créanme- se padece o se degusta –o ambas al mismo tiempo- pero que ha sido cuidadosa, y artesanalmente depurado y no admite el permanecer indiferente; y por supuesto también desechos… sí, el autor tampoco esconde sus desechos, los restos de esta travesía furiosa…

Sigo metido en mi pesadilla, pero también es cierto que ya no intento escapar. De cualquier manera, sigue retumbando bajito: Vos vas a presentar el Hombre sin formaRodrigo, te recuerdovos vas a… No importa, avanzo. En uno de los capítulos del libro nuestro autor, que –con soltura- va de lo íntimo a lo público, de la coyuntura actual a los diversos pasados imaginables, en este caso refiere a una escena de su infancia que me interesa particularmente, no voy a contar los pormenores, sólo figúrense lo siguiente: está este niño de apenas dos años y su padre dentro de un auto, esperan a su madre. El padre insiste en que su hijo pronuncie de manera “correcta” una palabra, el nombre de una calle. El niño lo hace, convencido de que cuando pronuncia la palabra de su boca surge eso que el padre le está demandando. Su padre sin embargo lo corrige e insiste una y otra vez incluso cambiando de método –no importa eso-, hasta que por fin el niño pronuncia la tan requerida palabra, y todos contentos, como dice el autor. Hasta ahí. Lo que me interesa de este episodio es lo que el autor dice a continuación, cito: “Hoy no recuerdo cómo viví su presión. ¿Habrá estado en juego, con ese niño tan pequeño, el profesor impaciente, o habrá puesto en juego algo más?”. No sabría cómo decir esto sin ser impreciso pero ese “algo más” –que el autor se pregunta si estuvo en juego en su padre- me parece hecho de la misma madera que este otro “algo más” que insisto en definir como lo esencial de este Hombre sin forma imposible de presentar, y sin lo cual todo lo demás no tiene ningún valor. Por supuesto, que es un “algo más” sin “profesor impaciente”, un “algo más” furioso…

kathy-bates-misery

Comencé hablando de mi engaño, de una pesadilla que evocaba otras, y apareció Misery… y pienso en aquel personaje que imaginó Stephen King, encerrado en aquella habitación perdida en el aislamiento perpetuo de los bosques de Maine. ¿Cómo sé que no voy a despertar finalmente allí añorando esta otra pesadilla: la de un psicoanalista que es obligado por una voz vestida de mujer a presentar un libro imposible de presentar?, ¿acaso no es mejor esa que aquella otra del novelista: la de un escritor que es obligado por una voz de apariencia femenina a escribir ese capítulo final que se le presenta como imposible? Nuestro autor nos empuja a no subestimar la estructura real de la ficción, nos muestra cómo dicho real importa más que cualquier realidad. ¿No alcanza, por ejemplo, con tomar en serio el significante ‘Misery’ para escuchar en sus resonancias aquello que sugiere? Dejo esa, mi pregunta, ahí. Y, agrego, que el problema con las pesadillas es que empujan espontáneamente a despertar, y este empuje nos sumerge en otra ensoñación al servicio de no querer saber. ¿Qué hacer entonces? El autor de El hombre sin forma nos exhorta a tomar la ficción en serio, comprometiéndonos a darle todo el valor a los semblantes, y por lo tanto no ceder a la pendiente fácil que lleva a la comprensión, al falso despertar. No retroceder. Y esto a pesar de que es imposible. Adentrarse con furia en el infierno singular. Volverse amo y señor de ese hábitat inhabitable que es, paradójicamente, y por estructura, absolutamente refractario de alojar cualquier clase de amo y señor. En algún lugar el mismo autor escribió un axioma: “no atentar contra la ambigüedad de los vocablos”. El hombre sin forma se expresa en y por ese axioma.

Vale decir que esta escritura surge de la furia y al mismo tiempo es la condición de la furia. Pienso al hombre sin forma, ya no al libro –aunque también, porque significante y libro se continúan uno en el otro-, como figuraría al ser hablante despojado de los ropajes del Otro; nuestro autor, para forjarse como tal, como un autor furioso, debió transformar progresivamente todos los sentidos iracundos en desechos. Pero, aunque resulte impensable, El hombre sin forma estuvo siempre ahí, sólo había que inventarlo, es decir leerlo. Saber escucharlo. Mientras escribo esto pienso en el-hombre-sin-forma escrito con guiones, un significante solo, el-hombre-sin-forma todo junto, y me evoca rápidamente aquel artículo que mencioné -que fue mi primer encuentro con el autor (“Hacia la escritura sin firma o qué es leer”)- y no puedo evitar decir que el-hombre-sin-forma también podría ser el-hombre-sin-firma. Me pregunto qué me lleva a pensar este significante como lógicamente situado en el punto impensable del encuentro del cuerpo con el lenguaje. Quizá porque el-hombre-sin-forma lleva adherido en su reverso el silencio que el autor reivindica.

Para finalizar, hay un movimiento correlativo que puede leerse en esta enunciación que se intentó, más o menos inútilmente, presentar, una correlación inherente a la furia: es la que existe entre un esfuerzo de precisión inédito, creciente, y una posición en acto advertida de lo imposible. Parafraseando al autor: es por dejar de creer que todo puede decirse que el psicoanalista, que es poeta, puede alcanzar una escritura pura. El hombre sin forma se ofrece como una demostración de ello. Pero hay que dejarse engañar. De la buena manera. Por el lenguaje, por sus ficciones. Atreverse a lo imposible. Consentir y dejarse agujerear por la manera en que el significante nos determina, que es también hacer la experiencia de lo irreductible de un goce único, y así, hacer un uso, cada vez, que encuentre su singular amalgama con un deseo igualmente original. Un deseo furioso.

Al comienzo hablé de una mirada, de una insistencia, de una voz y una demanda, también hablé de una tarea imposible, y de un engaño. Decidí avanzar por esa misma senda. Me pregunto ahora, habiendo llegado hasta aquí, si no había en mí, desde antes de todo ello, un deseo, latente, íntimo, muy profundo, de estar esta noche, con todos ustedes, presentando este libro que me atraviesa de principio a fin. Los invito a dejarse atravesar también por él, es un libro fantástico.

El hombre sin forma tapa


Para no olvidarlo

Miquel Bassols

Hace falta la chispa de la transferencia para que la experiencia del inconsciente se haga realidad y encienda su reguero de pólvora. Es una chispa que, en el instante mismo, siempre se muestra como un encuentro contingente, pero que se demuestra también como necesario visto un tiempo después. Hay que añadir algo de lo imposible de soportar, lo que solemos llamar «síntoma», para que esta mezcla tenga efectos eruptivos, de verdadera pasión por el saber. O también, lo que puede resultar más complicado, de pasión por la verdad sin saber porqué.
Es lo que me ocurrió contando dieciséis años, cuando el país se debatía contra su propia oscuridad a finales del franquismo y yo con la mía a finales de un bachillerato nada apacible. La imagen que viene ahora para cifrar este encuentro, el que actuó de precipitante de la mezcla, procede de un regalo familiar, el regalo hecho por una hermana, un verdadero regalo: un ejemplar de la Psicopatología de la vida cotidiana de Sigmund Freud en la edición española de Alianza Editorial. Era una edición de bolsillo con una sugerente ilustración de tapa: el dibujo a tinta negra de una mano con el dedo índice levantado y un hilo rojo con un nudo atado a media altura.
Un nudo para no olvidarse.
¿Para no olvidarse de qué? Había que abrir el libro para empezar a saberlo. Y el lector empezó a saberlo, a leer con pasión, sin saber porqué: Signorelli, la sexualidad y la muerte, aliquis, las mujeres y las generaciones, el olvido de los nombres y las palabras extranjeras, la pluralidad del sentido, el equívoco y los recuerdos infantiles, el olvido colectivo y los puentes de palabras, el goce sexual y las leyes fonéticas, la fe de los padres y la repetición, el estilo y el sinsentido, lo interior y lo exterior, el síntoma y el encuentro con lo nuevo… Cada cosa llevaba por un camino u otro al nudo de la propia historia y del propio malestar.
psicopatologia de la vida cotidiana AlianzaSin embargo, el amor al saber conducía entonces en primer término al lugar donde se suponía que ese saber estaba, a la universidad, la de psicología si se trataba de seguir los nudos del hilo rojo en cuestión: Great Expectations, como decía el título de una pieza de jazz que acompañaba esas lecturas. Bastaron unos meses para experimentar la desilusión más descorazonadora y casi perder el hilo en las grandes expectativas. ¿Qué tenían que ver las «dos sigmas de separación de la media de adaptación», el «condicionamiento palpebral» o la «sinapsis neuronal» con aquel nudo que se había formado para mí entre el síntoma, el saber y la verdad? Y además, esa apariencia de falsa ciencia con la que se revestía una ideología sostenida muchas veces desde la impostura, aunque fuera con algunos gestos progresistas, ¿cómo podía ni tan siquiera considerar la existencia de ese nudo con el que me las veía desde hacía un tiempo? Salvo honrosas excepciones, el discurso general iba del eclecticismo más diluido al reduccionismo empirista más banal. Casi nada que hablara de psicoanálisis y, cuando se hacía, era más bien para confinarlo en los anales de la historia de la psicología. Digamos al pasar que la cosa no es hoy, treinta años después, muy distinta. En aquel momento, aquella caída de los ideales de saber tuvo la virtud de hacerme interesar por la epistemología, por las condiciones con las que un saber se constituye y se propone como ciencia, por el estudio del lenguaje y de las lenguas, y de empezar a buscar fuera de aquel medio universitario una relación con el saber más viva y verdadera.
Una cita leída al vuelo como exordio en un libro crítico con la psicología académica, aconsejado por una de aquellas excepciones universitarias, sigue hoy subrayada en rojo: «La psicología es vehículo de ideales: la psique no representa más que el padrinazgo que la hace calificar de académica. El ideal es siervo de la sociedad». La cita, tan explosiva para mí en aquel contexto como precisa en la actualidad, iba firmada por un tal Jacques Lacan y quedó como hilo conductor de las lecturas de ese primer año de Universidad. Era un hilo a la espera de un nuevo nudo, que no tardaría mucho tiempo en formarse. La frase tocaba de lleno el corazón del síntoma: la servidumbre de los ideales transmitidos en la historia familiar, el rechazo de esos ideales que acuciaban un deseo difícil de escuchar, cuando no imposible de decir, un «padrinazgo» que delataba la orfandad del deseo, el malestar de ese deseo ante cualquier academicismo de impostura.
Digamos que la apariencia de ciencia con la que se revestía la psicología académica era entonces menos pretenciosa: las TMC de la época decían mejor, aunque con igual brutalidad, lo que las TCC de hoy piensan camuflar bajo el nombre de «Terapias Cognitivo Conductuales»: eran puras y meras «Técnicas de Modificación de la Conducta». Las contradicciones eran, sin embargo, fecundas para quien supiera escucharlas con cierta inquietud: a la vez que se aconsejaba la lectura y la ideología autoritaria de Walden 2 de Skinner, se comentaba el crudo impacto de La Naranja Mecánica de Kubrik; a la vez que se proponía la modificación de la conducta fóbica por medio de técnicas de implosión confrontando sistemáticamente al sujeto con el objeto fóbico, se flirteaba con el progresismo de Cooper y Laing en el tratamiento de la locura.
Lo heteróclito del panorama no escondía sin embargo el proyecto general, que ya tomaba la forma de programa universitario, de ignorar y hacer ignorar al psicoanálisis en los departamentos de la psicología científica. En el despacho de al lado, los «Psicodinámicos» que hoy diluyen el nombre y la experiencia del psicoanálisis en el eclecticismo de las psicoterapias aconsejaban entonces, lisa y llanamente, no leer a Jacques Lacan: demasiado difícil, demasiado abstracto, demasiado intelectual, demasiado incomprensible, demasiado… Y uno, que siguiendo el hilo rojo de la letra se había encontrado ya con aquella máxima de José Lezama Lima, «Sólo lo difícil es estimulante», no podía no encontrarse ya con el texto de Jacques Lacan.
Fue un encuentro en compañía de algún otro que cultivaba igualmente lo difícil y lo estimulante en la conversación amistosa y fue también un encuentro en la soledad de la lectura. Fue un encuentro mediado por alguien que había sido tocado también por ese texto, en otro país y momento, el psicoanalista argentino Oscar Masotta, que había iniciado en Barcelona y otras ciudades de España un trabajo de lectura y de impulso de un movimiento que sería después el crisol para una escuela lacaniana en el país. Sin esta coyuntura, hecha de intersticios y de fracturas, no habría habido para mí encuentro con la disciplina freudiana, con la experiencia y con el discurso del psicoanálisis. Supe ya entonces que esas condiciones son de estructura y que, por lo mismo, un encuentro así no podrá sumirse ni organizarse nunca en las formas universitarias del saber, que su propia naturaleza y su transmisión implican la existencia de lo intersticial para hacerlo habitable.
El encuentro con el texto de Jacques Lacan fue así lo más parecido a una experiencia traumática, un encuentro como a destiempo, con lo súbito incomprensible, pero realizado a la vez de un modo lento, con el paciente destello de lo que no se comprende pero toca lo más íntimo del ser, lo más ignorado de uno mismo. ¿Cómo un texto podía subvertir de tal manera el sentido común y producir efectos tan estimulantes, exigir un trabajo tan opaco a veces, tan a tientas, y ofrecer finalmente un relámpago tan certero, tan directo y de consecuencias tan singulares como pragmáticas? No, no había nada de «intelectual» en todo aquello, ese texto llamaba a la acción sobre el sujeto en su singularidad más íntima e irreductible, la incluía en su lógica de un modo que ninguna teoría ni ideario «revolucionario» podía ni imaginar. Tardes y tardes de conversaciones, noches y noches de lecturas, mañanas y mañanas de levantarse a tientas y con un sentimiento de fractura subjetiva que llegaba en sus resonancias a cada rincón de la vida. A la vez, había que escuchar de algún avispado y futuro ejecutivo del mundo «psi» que todo eso eran retóricas vacías, piruetas en el aire cuando el mundo real de la enfermedad y la locura exigía acciones concretas, verificables sólo en la empiria objetivada del laboratorio conductual y científico.
¿Pero qué había de más real que esa división subjetiva que yo mismo encarnaba? ¿Qué había de más concreto y verificable que ese efecto de la letra y del significante sobre el sentido vacilante de la vida en el que algo de la locura y su estructura misma se hacían evidentes? De ese real y de esos efectos podían deducirse las leyes de una clínica mucho más rigurosa que cualquier descripción empírica de lo observable.
Ése era el nudo, el nudo para no olvidar, el nudo que había que defender con una pasión por la verdad que muchas veces hacía estragos en uno mismo. Tiempo después, esa pasión por la verdad se demostraba como un verdadero obstáculo para poder operar con el sujeto de la experiencia analítica. Pero faltaba entonces ver cómo hacer y deshacer ese nudo, cómo rehacerlo para explicárselo a uno mismo y explicarlo a otro.
De ahí a estirarse en un diván había un paso, el que exige dar el sufrimiento del síntoma para empezar un análisis. Y la experiencia de estirarse en un diván y hablar al Otro –«hay que volver a aprender a hablar», recuerdo haber dicho al inicio– empezó a cambiar muy pronto el pathos de la verdad por cierta alegría en el gay saber y por unos efectos de formación en los que encontré el deseo del analista, es decir, el deseo de ocupar esa extraña posición que es la del analista. Las consecuencias de este pasaje no fueron, por supuesto, extraídas de un día para otro. Tres períodos de análisis con tres analistas distintos –a la tercera fue la vencida, de trece años, y fuera de mi país– y una implicación constante en el movimiento psicoanalítico tejieron los hilos. El nudo, para no olvidarse, está formado ahora por la experiencia analítica y mi vínculo de trabajo con la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis, que hace presente el discurso del psicoanálisis en España en el marco de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, la que impulsó y sigue orientando con su deseo Jacques-Alain Miller.
Hoy sé que le debo a esa experiencia haber podido librarme del efecto mortificante de aquellos síntomas, pero también haber podido encontrar un modo de decir que toque y pueda tratar la división subjetiva, la que había sufrido con toda mi pasión, dándole un lugar más digno. Es esta una experiencia que nunca podrá reducirse a una adquisición de saber, una adquisición que, es cierto, no deja de producirse de múltiples formas una vez encontrado ese deseo inédito del analista y haber operado con él en la práctica. «Un modo de decir» es lo que Jacques Lacan formalizó con el Discurso del analista, es también un estilo de vida que parte de lo que no tiene forma para formarse en la singularidad de cada ser que habla, es también lo que cada psicoanalista debe hacer hoy presente para estar a la altura de la subjetividad de su época.
La experiencia analítica me ha enseñado, sin embargo, que tal modo de decir, extemporáneo en relación con los ideales de la época, sólo subsiste en la medida en que fracasa de la buena manera, sin llegar a la suficiencia de su éxito, que sólo obtiene su lugar y sus verdaderas consecuencias sobre lo real en su «no dejar de no conseguirlo». Era la idea, más bien antiexitista, de Jacques Lacan: «Si el psicoanálisis tiene éxito, se extinguirá hasta no ser más que un síntoma olvidado»¹. El psicoanalista, más que nadie, sabe la importancia de lo fallido para hacer posible el tratamiento del sujeto y no borrarlo de lo real con la solución más rápida y eficaz.
Para no olvidarlo, conviene defender hoy la experiencia del psicoanálisis de su reducción a un saber evaluable según los criterios generales de la eficacia utilitarista.

lure_wave2_905
Beili Liu -Señuelos- http://www.beililiu.com

¹ Jacques Lacan, «La tercera», en Intervenciones y Textos 2, Editorial Manantial, Buenos Aires, 1988, p. 85.


Fuentes:
Miquel Bassosl: «Para no olvidarlo», en Desescrits, 2005.
Jacques-Alain Miller, Bernard-Henri Levy (Comp.): La regla del juego – Testimonios de encuentros con el psicoanálisis, Gredos, Madrid, 2008, página 31.

Pascal Quignard sobre su libro Las solidaridades misteriosas

 

Pascal Quignard

“Destruir el secreto individual tiene un objetivo político”
Entrevista de José María Ridao

– Las solidaridades misteriosas parece una novela construida a partir de varios contrastes. Claire es traductora, habla un sorprendente número de lenguas y, sin embargo, solo se reconoce en el silencio y en la soledad.

PQ: -Claire es un personaje en el que he querido representar a una mujer que se deja absorber completamente. Está sola, es cierto, pero lo que la caracteriza, lo que mejor la define, es que es increíblemente porosa. No creo que la persona que escribe un texto sea mejor juez que la que lo lee. Esos contrastes a los que usted se refiere, ¿cómo explicarlos? Creo que nuestra inserción en la naturaleza es más importante, más determinante que el lenguaje a la hora de dar forma a lo que somos. Claire tiene una excepcional habilidad para las lenguas, habla quince, dieciséis, más incluso, pero aquello que tiene que comunicar a través de ellas es menos auténtico que lo que experimenta ante el paisaje. Tiene necesidad de estar sola para no hablar, para entrar en una relación profunda con la naturaleza. No estoy seguro de que el lenguaje que sirve para comunicar sea más profundo que esa relación con el paisaje.

– Es posible observar otro contraste entre la psicología sutil de los personajes y la brutalidad de las cosas que suceden en el mundo que les rodea. Incendios, suicidios, accidentes.

PQ: -Habrá personas con suerte en cuya vida no suceda nada parecido. Pero, por desgracia, las cosas así son frecuentes. La diferencia con lo que he escrito hasta ahora es que los personajes de Las solidaridades misteriosas mantienen buena relación entre ellos. Y en cuanto a lo que sucede a su alrededor, creo que son hechos que se producen en la vida real, y que no siempre se pueden resolver de manera fácil. Se trata de historias de pueblo, personas que, por ejemplo, se proponen matar al gato del vecino. Incluso historias más desgraciadas.

– Algunas de las que aparecen en su novela son tragedias.

PQ: -Son hechos violentos, son hechos desagradables. Pertenezco a una familia de músicos, y durante mucho tiempo conservé instrumentos usados por varias generaciones de mis antepasados. Cuando me los robaron, tuve razones más que suficientes para desesperarme. Pero no lo hice.

– Se lo pregunto de otra manera. Parece que los estados de ánimo de sus personajes no guardaran relación con lo que sucede a su alrededor.

PQ: -Quizá sea difícil entender para los más jóvenes lo que voy a decirle, pero es cierto. Quienes nacieron después de la guerra y no conocieron en primera persona sus desastres no tendrían razones para padecer las angustias de quienes sí los vivieron. Y, sin embargo, se apoderó de ellos un duelo inexplicable, como si los hechos y la manera de sentirlos no estuvieran sincronizados. He hecho psicoanálisis durante muchos años, pero no sé cómo explicarlo. Quienes nacimos después de la guerra vivimos nuestra infancia entre ruinas, y no es normal vivir la infancia entre ruinas. Tengo una enorme necesidad del pasado para crearme un territorio, porque comencé con el pasado. Ya de niño lo pensaba.

– Una especie de duelo retardado.

PQ: -Todo lo que escribo tiene que ver con eso. Se pierde a la mujer a la que más se ha amado y no se siente nada. Siete años después, nos sentamos y comenzamos a llorar. No creo que los efectos psicológicos sean directos, inmediatos.

– En Las solidaridades misteriosas, solo se conoce hacia el final lo que pasó con la familia de Paul y Claire.

PQ: -Creo que es algo que no solo les sucede a ellos. En su vida, como en la mía, nuestros padres y nuestros abuelos nos mienten hasta el último momento. De la vida de nuestros antepasados no conocemos nada. Se nos cuentan historias por nuestro bien; historias conformes a las buenas costumbres, a la moral. Al final, siempre hay algo trascendental que permanece oculto.

– Es frecuente que los hijos tengan dificultad para imaginar a sus padres en las mismas situaciones que ellos viven.

PQ: -Son escenas y situaciones que se nos escapan porque somos concebidos después, y en esa concepción hay azar y hay retraso. La escena de la que surgimos, por ejemplo. Jamás podremos tener la visión del cuerpo del que somos fruto. Es triste pero también extraordinario. Creo que las pinturas más bellas surgen de esta imagen imposible. Y los libros, también. Quizá todas las artes.

– Las referencias a la actualidad son numerosas en su novela. No se trata tanto de fechas, que también aparecen, como de la crisis económica o los escándalos de la Iglesia. Y aquí un nuevo contraste: la relación entre un broker y un sacerdote.

PQ: -Es cierto. El contraste es muy fuerte. Pero no lo planifiqué. Si Paul, el personaje que se dedica a las finanzas, no hubiera tenido miedo del peligro que acechaba no lo habría abandonado todo. Tengo amigos en el mundo de las finanzas que estaban asustados antes de que estallara la crisis.

– Pero es el sacerdote quien provoca la decisión de Paul.

PQ: -No puedo ocultar que de vez en cuando, cuando veo las iglesias cerradas por temor a los robos o por cualquier otra razón, me acuerdo de los tiempos en los que uno podía entrar libremente y recogerse. Cada vez más, me gusta volver a esas iglesias y reencontrar el silencio, incluso el olor, que recuerda un poco al de los bosques. Por descontado, me molesta el poder de la Iglesia, pero siento una contradicción profunda y real, una especie de culpabilidad, no con respecto a Dios, sino hacia el hecho de que esas iglesias no sigan siendo un lugar sagrado. No sé si llego a explicarme.

– En su novela, aparece un obispo que no es intransigente. Se contenta con que los pecadores sean discretos.

PQ: -No sé si recuerda que, en Rojo y negro, Stendhal describe a Julien Sorel como alguien que no tiene una fe demasiado sólida. En realidad, ningún personaje la tiene. Lo que existe es una especie de condescendencia.

– En su relación con esas iglesias parece haber nostalgia.

PQ: -Claro que la hay. La nostalgia se encuentra en todo lo que he escrito. La sociedad puede confiscar nuestra vida privada y, sin embargo, deberíamos mantener un secreto absoluto acerca de ella. Ser absolutamente discretos. No lo digo en el sentido de que debamos abstenernos. Al contrario, es necesario hacer y, además, ser discretos. Porque pienso que hay un objetivo político en destruir el secreto individual por parte de una sociedad dominadora. Defiendo el secreto individual.

– Defiende, según entiendo, una frontera radical entre lo público y lo privado.

PQ: -El cristianismo sabía trazar esa frontera. Nuestra sociedad, no. En eso consistía el buen cristianismo: sed discretos, no expongáis vuestros secretos en público.

– ¿Cuáles son los mecanismos a través de los cuales la sociedad dominadora interfiere en el secreto individual?

PQ: -Muchos, los abogados, los policías, la seguridad social, la educación. Claro que los avances en sanidad y educación son extraordinarios, pero no hay que olvidar que el conocimiento que el Estado llega a adquirir de los individuos a través de esos avances equivale a haberle entregado nuestro ser.

– ¿Y el sensacionalismo, la prensa rosa, el espectáculo?

PQ: -En ese terreno las cosas no han cambiado mucho. Desde Suetonio siempre se ha tenido acceso a todas esas historias de la gente poderosa. No, no es eso. El problema para mí es entregar el alma al Estado, eso es lo que encuentro condenable.

– Pero, ¿cuál sería la alternativa?

PQ: -Estoy contento de haber tenido las responsabilidades profesionales que tuve, en la música y en la edición. Pero también estoy contento de haberlo dejado radicalmente hace años. Arranqué los cables para que dejaran de sonar los timbres. Y es que nuestra manera de vivir, como la manera de sentir de Claire o de Paul, tampoco está sincronizada con lo que pasa alrededor. El Estado absoluto está muerto, la nación absoluta, también. Es verdad que se puede contemplar desde un ángulo distinto: menos mal que el Estado como lo había pensado Hegel, ese Estado total, ha desaparecido, porque era otra locura.

– ¿Por qué dimitió de la dirección del festival de música de Versalles y de su puesto en la editorial Gallimard?

PQ: -Si acepté esas responsabilidades fue para demostrarme a mí mismo que podía asumir el contrato social, estar y tratar con gente. Lo hice con la música en el festival de Versalles y lo hice también en el mundo de la edición. La vida es breve y, en mi caso, dediqué mucho tiempo, demasiado, a luchar contra mi deseo de soledad. Pensé que ya había sacrificado bastante a la vida social. Con un sufrimiento añadido, además.

– ¿Un sufrimiento añadido?

PQ: -El de tener que emitir juicios constantemente. Siempre traté de hacerlos con total honestidad intelectual. Pero eso no impedía que me preguntara: en realidad, ¿quién está hablando a través de mí cuando yo digo que algo está bien o que algo está mal? No es seguro que al tomar la decisión de abandonar se deje el sitio a otros que sean mejores; aunque fuera así, consolarse con esa idea no hace que nuestros juicios estén mejor fundados. Imagínese, ahora puedo leer sin necesidad de juzgar si los libros están bien o están mal.

– En Las solidaridades misteriosas también se relata una huida de la vida social, la de Claire y Paul. Y en ambos casos sus amores no son, por así decir, convencionales.

PQ: -La novela trata de desentrañar el lazo que une a esos dos hermanos, no tanto analizar sus amores respectivos. En el caso de Claire y su historia de infancia, ella no soporta la idea del adulterio. Como él no quiere elegir, Claire le ama pero intentando en todo momento no interponerse. En el caso de Paul, no es un amor que busque la transgresión.

– Pero no sólo hay amor hacia las personas en su novela.

PQ: -Cada uno de nosotros comienza su vida en un lugar, y ese lugar es importante. Existe una dependencia con respecto a todo lo que conocemos en los primeros momentos, los campos, los olores, la música. Existen, por otro lado, los flechazos, y el psicoanálisis vendrá a decir que son como cortocircuitos, y que esos cortocircuitos se pueden producir con personas que no nos convienen. Por mi parte, pienso que también se pueden producir flechazos con los lugares. Serán historias de amor dudosas. Inhabituales, si se quiere. Pero pueden ocurrir, y despertar una pasión más profunda que la que provocan los seres humanos. Es un amor de absorción, como el que siente Claire por el lugar donde pasó su infancia.

– Es cierto que en Las solidaridades misteriosas se describen minuciosamente los paisajes, los ruidos, los olores.

PQ: -He disfrutado escribiéndola. Mis novelas no son abstractas, la naturaleza está muy presente. Las de otros autores contemporáneos lo son más. No hace mucho participé en un programa de radio con Patrick Modiano y Jean Echenoz. Aprecio enormemente tanto el trabajo de uno como el del otro, pero considero que son más abstractos que yo. Sus novelas me parecen extraordinarias, pero la naturaleza no está presente.

– En distintas ocasiones ha señalado que su pasión por la música le ha servido para componer sus novelas.

PQ: -Hace tiempo que para tocar el piano solo conservo aquellos fragmentos de las partituras que más me gustan, ya sean correspondientes a un instrumento o a partes de la melodía. Esos fragmentos componen para mí una especie de sonata. Interpretarlos me produce un efecto hipnótico, como alguien que saltara de piedra en piedra. De algún modo, Las solidaridades misteriosas está compuesta así. Pero cada nueva novela me permite ingresar en territorios nuevos. En este caso, es ese amor de absorción por un lugar. No es un amor que se descubra ni se manifieste a través del lenguaje, sino a través de la sensualidad.


Las solidaridades misteriosas. Pascal Quignard. Traducción de Ignacio Vidal-Folch. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. Barcelona, 2012. 208 páginas. 17 euros (electrónico: 11,99).

Les désarçonnés. Volumen VII de Dernier royaume. P. Quignard. Grasset, 2012

(2012)


Fuente: El  País
Imagen: CENTQUATRE-PARIS

“El sexo trae problemas”

Marcelo Barros

Un documental de televisión presentaba testimonios de mujeres y de hombres de diversos lugares del mundo acerca de lo que cada uno de ellos entendía por el amor. Entre tantos relatos, recuerdo el de una mujer rusa. Su testimonio presentó una diferencia notable con los demás, porque en lugar de hablar de las delicias del amor y las sabidurías de la tolerancia, ella contó con singular vehemencia cómo se enojaba a veces con su compañero: “Me enfado con él y empiezo a decirle que es completamente fastidioso que estemos casados. Somos muy diferentes y resulta imposible entendernos. Le digo que no entiendo cómo pudimos decidir estar juntos siendo tan distintos. Tenemos caracteres diferentes, intereses diferentes, educaciones diferentes, venimos de familias muy diferentes, nuestros estratos sociales, incluso, son diferentes. Y de pronto, hago un breve silencio, me quedo pensando por un instante, lo miro y digo: ¡hasta somos de sexos diferentes! En ese momento los dos nos echamos a reír”.

Sexos diferentes. ¿Qué significa eso? ¿Qué estatuto tiene esa diferencia? El primer juicio que emitimos ante otro sujeto, dice Freud, es el de si se trata de una mujer o de un varón. Lacan sostiene que el destino de los seres hablantes es repartirse entre hombres y mujeres, aunque advierte que no sabemos lo que son el varón y la mujer. La diferencia que los separa, esa espada que duerme entre ambos, trae consecuencias decisivas para el destino de cada uno de ellos y para el fruto de su equívoca unión. Sus efectos ocupan esencialmente a la experiencia analítica como factor perturbador en todo vínculo, incluso donde la elección de objeto es homosexual o para quien pretende no amar a nadie más que a sí mismo, como en el delirio megalómano. Hasta en el ideal andrógino y la reivindicación de múltiples sexualidades alternativas, que mal disimulan la promoción del sexo único, está presente, porque se trata de la pretensión narcisista de ser el falo. Ella se opone a una ley de la castración que determina la repartición de modos de goce –no de roles, ni géneros– y que impugna la ilusión de autodeterminación, tan cara al capitalismo y la sociedad liberal.

El estatuto de la diferencia sexual no es de la misma naturaleza que todas las demás diferencias que la mujer del relato enumeró. No está fundada en la naturaleza. El progresismo exige hoy erradicar la palabra “sexo” y aludir a una construcción social que se califica como “género”, denominación que corta las amarras biológicas de la diferencia sexual para reconocerle su linaje de contingencia histórica. Concebida en estos términos, la diferencia de géneros sería similar a las otras que nuestra mujer moscovita enumeraba en su prolongada queja, algo determinado por la educación y la política que sostienen ideales, dividen roles y producen subjetividades. ¿Qué sería esta diferencia si no es algo natural y tampoco fuera una construcción aprendida y que podríamos modificar siguiendo una determinada política de educación?

Freud comprobó que, más allá de todas las concepciones científicas y filosóficas que prevalecían en su época, el pueblo tenía razón al sostener que los sueños tenían un sentido que podía ser interpretado. En la cuestión sexual las cosas no son muy distintas. Si en cierto sentido la concepción psicoanalítica de lo sexual se aleja de la idea popular acerca de la sexualidad, el saber popular guarda también la intuición de que hay algo que no anda entre los varones y las mujeres. Por más que se reciclen los contratos que aspiran a mantenerlos en buen orden, juntos o separados, el “sexo” trae problemas.

La concepción de la naranja tan redondita debería ser tenida como mucho más política y filosófica que popular. La política, toda política, incluso la que querría decretar el amor libre, aspira al contrato y a una convivencia entre los sexos bajo términos variables según las ideologías, pero que siempre se fundan en el desconocimiento de una realidad sexual contraria a los designios del orden social. La política aspira a un orden determinado que se presenta como totalidad, incluso allí donde se pretende anárquica. No hace falta ser psicoanalista para entender de qué se queja nuestra protagonista cuando habla del malentendido crónico en el que ella y su hombre están embrollados. La disparatada unión de esos sexos diferentes aparece en una dimensión cómica que alude a una imposibilidad. De todas las diferencias que ella había mencionado, es la última la que se revela sorpresivamente como la causa que subyacía al malestar depositado sobre las demás. Acaso esos otros motivos de conflicto serían conciliables si no fuera por ese último, que es irreductible. La diferencia de sexos no es referida como la de la hembra y del macho de una misma especie, aunque esa circunstancia sea en parte cierta. Tampoco como si se tratara de dos clases sociales, o dos condiciones civiles en conflicto, aunque eso también sea, en parte, cierto. Lo dice como refiriéndose a especies distintas o a habitantes de planetas mutuamente extraños.

La metáfora no es excesiva ni caprichosa. El falo, tal como el psicoanálisis de la orientación lacaniana lo entiende, nos recuerda al “cono del silencio” que aparecía en algunos episodios de la serie televisiva El Superagente 86. Era un dispositivo destinado a preservar la seguridad de las conversaciones entre el espía y su jefe. Pero el aparato funcionaba infaliblemente mal y sólo servía para incomunicar a los protagonistas. Lo interesante es que el héroe no podía abstenerse de usarlo. El sexo es como un teléfono roto del que no podemos abstenernos, ni siquiera allí donde nos pensamos como abstinentes. Y el problema no es que está roto, sino que funciona así. Lo mismo podríamos decir del síntoma, y por eso la sexualidad humana tiene un carácter esencialmente sintomático.

DonAdams1

La idea de un aparato al que compulsivamente se recurre para establecer una relación que se ve obstaculizada por el recurso al aparato mismo nos remite a la función del falo en el sistema del significante y su incidencia en la relación entre hombres y mujeres.

El falo determina a la mujer como castrada, porque no lo tiene, aunque ese carecer de él es el modo específico por el cual ella se vincula con él. Una mujer se vincula con el falo conflictivamente, sintomáticamente, bajo la forma de lo que no tiene. Para el varón la relación con el falo no es menos conflictiva; sólo que su problema reside en tenerlo y no saber cómo disponer de él. El hombre también se encuentra castrado en el recurso al falo porque, si bien está presente en el cuerpo de él, lo está como algo separado de su sistema de saber. Es esto a lo que se refiere Lacan con el tramposo término de “goce absoluto”. Absoluto no significa un goce superlativo; absoluto quiere decir, como su etimología lo indica, que es algo separado del sistema del sujeto. Lo tiene, pero no dispone de un saber que le permita hacer con eso.

Y esta es la verdad de la sexualidad. Hemos de reconocer en sus destinos, en los puertos a los que nos arrastra la nave del deseo, mucho más un tropiezo que un resultado. Esto es verdad incluso allí donde el desenlace ha sido feliz, donde el agente Smart llega a cumplir con éxito la misión a pesar de haber entendido mal la orden impartida. Lacan no deja de decir que un hombre se enamora de una mujer por azar, que es lo mismo que decir por error, y que es también por ese azar y por ese error que “la especie humana” se reproduce. La cosa “sale”. Muchas veces sale bien, y hasta parece que el teléfono no está roto y que nos entendemos. Pero la risa viene cuando después descubrimos que lo que salió bien fue un efecto que no guardaba ninguna relación con lo que creímos que era su causa. Es en virtud de todo esto que podemos adherir a la sentencia Tunc bene navigavi cum naufragium feci, “pese a todo, navegaba bien cuando naufragué”. El falo es una función media y no mediadora, por ser lo que está en el medio del hombre y la mujer sin asegurar una relación entre ellos, y más bien siendo la garantía de su no-relación, el obstáculo con el que cada uno se enfrenta a su modo y que lo enajena del otro.

the_intervention_of_the_sabine_women
El rapto de las sabinas (1799) de Jacques-Louis David

* Texto extraído de La condición femenina (Ed. Grama).


Fuente: Página 12
Imágenes: Don Adams / El rapto de las sabinas, de Jacques-Louis David

El misterio y el enigma

Sebastián Digirónimo

tapa-sebastian-digironimo-2016-

Emparejar la furia con la muerte nos obliga a precisar otros conceptos. Aquí, por ejemplo, enigma y misterio. Podríamos comenzar diciendo que detrás de un enigma hay un misterio que el enigma intenta ocultar. Pero esto hay que demostrarlo. La mejor manera de hacerlo es seguir los zigzagueantes movimientos del arte.
Si después de muchos años llegó Thomas De Quincey, cultor del detalle y la digresión poética, a ofrecer una nueva solución para el enigma que propone la Esfinge en «the most ancient story of the Pagan records», de pasada, nos ofrece algo más. Porque es sólo de pasada que señala que la Esfinge es, en sí misma, un misterio. «The Sphinx herself is a mystery». Es un misterio que propone un enigma. Pero no demasiados se han detenido en el misterio, y eso, quizá, por desviar la mirada hacia el enigma que propone. Debemos detenernos en esta diferencia. La diferencia que hay entre la Esfinge y el enigma que propone la Esfinge. Entre el misterio y el enigma, podemos decir ahora. El azar nos echa una mano en el camino que comenzamos ya que nos engaña con buena orientación. Suele decirse que la primera vez que alguien usó la palabra enigma fue Píndaro y que al hacerlo dijo que resuena en las feroces mandíbulas de las vírgenes. Quizá la palabra se usó antes, y quizá se usó de otra manera. O quizá se usó antes y de la misma manera que la usa Píndaro. No importa. Lo que importa es que el azar nos tiende una mano y acerca el enigma a las vírgenes.
Después de más de un siglo de psicoanálisis estamos en condiciones de saber un poco más acerca del misterio sin perdernos en el enigma. El enigma estuvo allí siempre para velar el misterio. El enigma que resuena en las feroces mandíbulas de las vírgenes resuena así para que mejor soportemos el misterio de lo femenino. Y es claro que saber de qué misterio se trata –ya lo dijimos, el misterio de lo femenino–, no es sinónimo de resolver el misterio. Podemos decir que un misterio no se resuelve, mientras que un enigma se resuelve con otro enigma (por eso De Quincey puede dar una nueva solución al enigma de la Esfinge, una solución que ni la Esfinge ni Edipo podían concebir en su momento y que surge sólo a partir de que Edipo da la primera solución). El saber es, justamente, poder plantear el misterio de buena manera. Hacerlo desaparecer, en apariencia, es convertir el misterio en enigma. Que es lo que hace la Esfinge, por otra parte: convierte el misterio que implica ella misma en el enigma que le plantea a los tebanos y que Edipo resolverá.
De Quincey pasa por nuestro camino y se pregunta cuál es el origen de la monstruosa naturaleza de la Esfinge, monstruosa naturaleza «cuyo recuerdo revive entre los hombres de tierras lejanas, en mármol etíope o egipcio». Se pregunta también cuál es el origen de su cólera contra Tebas. Y cómo es que esa cólera creció tanto hasta enemistarse con toda una nación. Y cómo fue que esa cólera colapsó ante «the echo of a word from a friendless stranger». Se ve, así, que no todas las preguntas están en el mismo plano ni tienen el mismo peso. La pregunta acerca de la cólera contra Tebas podemos, aquí, desecharla sin más (en otro lugar podría, sin embargo, interesar). La pregunta fundamental tiene que ver con la “naturaleza monstruosa” de la Esfinge: mitad animal y mitad mujer. Pero que, además, plantea un enigma y que, una vez resuelto el enigma, se precipita al mar y desaparece como misterio (y exalta del júbilo el ser hablante como Edipo al resolver el enigma sin ver lo que vendrá después). La pregunta acerca de cómo la cólera contra Tebas crece hasta enemistarse con toda una nación nos interesa por este movimiento hacia lo que podemos llamar la “globalización” del misterio. Y no debemos detenernos. El movimiento va de Tebas a la totalidad del ser humano. La cólera de la Esfinge, que no es ninguna cólera sino el horror del ser hablante, se hace global, y basta ser humano para entrever que hay misterio de la Esfinge y no querer saber nada de ello.
Como en la frase de Píndaro, las mujeres han pagado siempre el precio del misterio. Hay una estrecha relación entre esta figura de la Esfinge y el hecho histórico de cuánto tardaron las mujeres en acceder al conocimiento universitario. Está bien figurado en sus tres aspectos: mitad animal, mitad mujer y, además, plantea un enigma del cual ella misma tiene la clave. ¿Por qué deberían acceder al conocimiento las mujeres si ya tienen una clave que, además, se guardan para ellas? Esto, jamás enunciado explícitamente, ha estado en juego siempre y siempre lo estará. Los seres hablantes siempre han sentido que en cada mujer hay una Esfinge, y los seres hablantes son, por supuesto, los hombres y las mujeres. Hombres y mujeres hemos confundido siempre a las mujeres con lo femenino. Al enigma con el misterio. Y lo femenino fue siempre el misterio de la Esfinge, no el enigma que plantea (y que Edipo resuelve primero para que De Quincey resuelva después).

Edipo y la esfinge Gustave Moreau
Edipo y la esfinge – Gustave Moreau, 1864.-

Sebastián Digirónimo: Elogio de la furia, Letra Viva, Buenos Aires, 2017, página 49.

Fuente de la imagen: Wikipedia

De un encuentro afortunado

Hilario Cid Vivas

Psiquiatra, psicoanalista

En 1970, asistía a las clases de literatura que en la Facultad de Filosofía y Letras de la Facultad de Granada, impartía el profesor Juan Carlos Rodríguez. Recomendó como paradigma de lo que es la Crítica, entre otros libros, Introducción al psicoanálisis, de Freud. Estudiante de medicina y alumno interno en un hospital quirúrgico, la lectura de aquel libro cambió por completo el destino de mi vida. Descubrí que existía aquello que Freud llamaba el inconsciente. Esa perspectiva subvertía radicalmente la concepción que el ser humano puede tener de sí mismo, ubicando además en esa Otra escena, la causa de tantas cosas que hasta entonces aparecían oscuras, misteriosas o inexplicables.
Este encuentro llega en un momento clave de mi vida, pues la cirugía no colmaba mis expectativas, y aparecía en un primer plano tanto que la relación médico-paciente era un continuo malentendido como que el cuerpo, para el ser humano, era algo bastante distinto a una lección de anatomía.
Desde un primer momento, el psicoanálisis aparece para mí como una práctica. La lectura de Freud me convencía de la efectividad de lo que promovía. Lo tuve claro al poco tiempo del encuentro de la obra de Freud. Decidí ser psicoanalista. El problema fue que además de Freud,vía Althusser, se había introducido un tal Lacan. Mi decisión era la de ser un psicoanalista lacaniano.
Había que empezar como hay que empezar, o sea psicoanalizándose. No era fácil en la España de los setenta encontrar un psicoanalista. Pero que además fuese lacaniano era sencillamente imposible. Quizá hay que ser muy «ingenuo» para no darse cuenta de esto. Yo tardé diez años en darme cuenta.
Mientras tanto, hice lo que pude. Me «analicé» con quien pude, hice psiquiatría y trabajé como psiquiatra. Freud y Lacan eran las referencias en mi práctica cotidiana con mis pacientes. Y lo más interesante era que en esa práctica cotidiana el psicoanálisis funcionaba.
Había otros colegas con inquietudes parecidas y fuimos uniéndonos en grupos de trabajo que multiplicaban actividades y contactos.
Por fin me di cuenta de que Lacan existía en carne y hueso, que había formado a una gran cantidad de psicoanalistas y que yo podía seguir mi formación con discípulos directos de Lacan. Mereció la pena.
La formación de un psicoanalista exige una largo recorrido y de hecho, aunque uno lleve su análisis hasta el final, la formación de un analista es una formación continuada. Siempre se puede ir un poco más allá. El psicoanálisis, en tanto teoría, lo es de una práctica viva, en continuo movimiento. Es lo que leí en la obra de Freud y capté en la enseñanza de Lacan.
Desde que empecé a interesarme por el psicoanálisis conocí un fenómeno realmente curioso. Aun sin necesariamente haber leído nada de un psicoanálisis, aun sin haber tenido ninguna experiencia de ningún tipo con el psicoanálisis uno puede odiarlo a muerte. Podemos entender que uno haya hecho un tratamiento psicoanalítico y se sienta defraudado y se convierta en antipsicoanálisis. Incluso es bastante comprensible que tras horas y horas de estudio sobre psicoanálisis uno concluya que es un fraude, que no hay nada peor. Pero que sin tener la menor noción de la teoría o la práctica psicoanalítica uno desee que el psicoanálisis desaparezca, admitamos que es un poco fuerte. Y sin embargo es así. Y desde el principio.
Que el psicoanálisis despierte odios no impide que no cese de propagarse, y cuando parecía que podía extinguirse llegó un Lacan que le ha dado fuelle para mucho tiempo.
No sólo odio despierta el psicoanálisis. El amor es otra pasión que puede despertar. Eso me pasó en mi encuentro con la Introducción al psicoanálisis. Ese amor por el psicoanálisis me hizo entender que hay cosas a las que merece dedicar toda una vida y desear transmitirles a otros ese valor.

Tyche_Antioch_Vatican filtro
Tyche de Antioquía- Mármol, copia del original de bronce- Eutíquides, 300 A.C.

Jacques-Alain Miller, Bernard-Henri Levy (Comp.): La regla del juego – Testimonios de encuentros con el psicoanálisis, Gredos, Madrid, 2008, página 62.

Fuente de la imagen: Wikipedia

La sutileza del psicoanálisis

Jacques-Alain Miller

 

Dije sutileza, que es la palabra con la que Pascal construye el antónimo de geometría. Pascal era geómetra, incluso un genio precoz de la geometría, pero sabía al mismo tiempo que no todo es geometría, que no todo se deja tratar como matema. De este modo se aclara lo que Lacan intentó en su última enseñanza, su ultimísima enseñanza, que es un intento de flexibilizar el matema para volverlo capaz de capturar sutilezas analíticas. Se trata sin embardo de un intento desesperado porque las sutilezas, en definitiva, no se dejan matemizar.

No hay salud mental

Si hablé de sutileza no fue solo a causa de Pascal, sino debido al texto de Freud de 1933 que se titula “Die Feinheit einer Fehlhandlung” (“La sutileza de un acto fallido”).  Freud no se sentía disminuido por presentar tan tardíamente en su elaboración un acto fallido de su inconsciente, por presentarlo a la comunidad de los psicoanalistas. En efecto, él quería recordarles -muy tardíamente- que un analista sigue aprendiendo de su inconsciente y que ser analistas no los exonera de este testimonio. Ser analista no es analizar a los demás, sino en primer lugar seguir analizándose, seguir siendo analizante. Como ven, es una lección de humildad. La otra vía sería la infatuación, es decir, si el analista creyera estar en regla con su inconsciente. Nunca lo estamos.
He aquí lo que en acto de escritura Freud comunicaba a sus alumnos. Habrá que ver si estaremos en condiciones de entenderlo. La sutileza de este acto fallido, según lo califica Freud, es un lapsus calami, una divagación de la pluma, no en un mensaje dirigido a los analistas, sino en unas palabras enviadas a un joyero donde debería haber figurado dos veces la preposición para y donde, en lugar de la segunda ocurrencia, escribió el término bis, que debió tachar. Y esta tachadura fue, justamente, lo que lo motivó a escribir su texto.
Entonces, en lugar de escribir dos veces la preposición para, escribió, luego de la primera aparición, la palabra bis, y su lapsus se deja interpretar la primera vez de este modo: “Al releer esta breve inscripción advierto que contiene dos veces la palabra für [‘para’] en rápida sucesión […] Esto no queda bien y debía ser corregido. Luego se me ocurrió que al insertar el bis en lugar del für trataba de evitar esa torpeza estilística”. Esta es la primera interpretación de esta formación del inconsciente que testimonia -una nadería que vale sin embargo para ser comunicada-. Pero el lapsus se presta a una segunda interpretación, que según subraya, proviene de su hija (Freud acepta eso, que de su familia le venga una interpretación), quien le dice: “Pero si tú ya le regalaste antes a esa persona una gema semejante para un anillo. Probablemente sea ésa la repetición que quieres evitar”.
Freud admite esta interpretación familiar, pero entonces surge una tercera interpretación, que él agrega: “Busco un motivo para no regalar esa piedra, y el motivo se me presenta en la reflexión de que ya he regalado una vez lo mismo, o algo muy parecido. ¿Por qué debe ocultarse o disfrazarse esta objeción? No tardo en advertir el motivo: es que ni siquiera quiero regalar esa piedra; a mí mismo me gusta demasiado”.
Esta es la verdad del regalo: no se ofrece sino la falta que uno sabe que padecerá, no se da, de manera auténtica, más que lo que profundizará en ustedes la falta de eso de lo que se separaron. Freud lo expresa con una exquisita discreción: “¿Qué regalo sería aquel que no nos diese o procurase un poco de pena dar?”. Doy lo que no quiero dar, doy con el trasfondo de que no quiero dar, y es esta represión de un yo no quiero lo que le otorga su valor. La sutileza (die Feinheit) obedece a que la represión se  insinúa en lo que el yo emprende, obedece a esta represión misma. Y esto precisamente, lo que debe recordarse, el yo no quiero, es olvidado y constituye en última instancia la razón de ser de lo que aparece en la escena del mundo. La generosidad encuentra su fundamento en la retención, en el egoísmo, en un es para mí, que constituye propiamente lo que se deja de interpretar. Esta es la sutileza, que pasa por cosas ínfimas, en las que el análisis halló el resorte de un deseo que desmiente lo que se propone de manera abierta.
Les recomiendo la lectura de este texto breve que ocupa tres páginas en la edición francesa. Yo lo tomo como guía, como paradigma de lo que quiero desarrollar este año ante ustedes.
Ahora bien, este modesto soporte vale más que lo que triunfa en la escena del mundo y que es la terapéutica. Justamente, a ella se pretende reducir el psicoanálisis, a una terapéutica de lo psíquico, y se incita a los psicoanalistas a encontrar así la justificación de su ejercicio.
En primer lugar, se opone a esta idea un cliché filosófico que afirma que el hombre como tal es un animal enfermo, que la enfermedad no es para él un accidente, sino que le es intrínseca, que forma parte de su ser, de lo que podemos definir como su esencia. Pertenece a la esencia del hombre ser enfermo, hay una falla esencial que le impide estar completamente sano. Nunca lo está. Y no lo decimos solo porque tenemos la experiencia de los que vienen a nosotros… De esta experiencia inferimos que nadie puede estar en armonía con su naturaleza, sino que en cada uno se profundiza esta falla -no importa cómo se la designe- por ser pensante.
Luego, nada de lo que haga es natural porque reflexiona, es reflexivo. Este es un modo de decir que está alejado de sí mismo, que le resulta problemático coincidir consigo mismo, que su esencia es no coincidir con su ser, que su para sí se aleja de su en sí. Y el psicoanálisis dice algo de este sí, dice que este sí es su gozar, su plus de gozar, y que alcanzarlo sólo puede ser el resultado de una severa ascesis. Así pensaba Lacan la experiencia analítica, como el acercamiento, por parte del sujeto, a este en sí. Y su esperanza era que dicha experiencia le permitiera alcanzarlo, que pudiera elucidar el plus de gozar en que reside su sustancia. Lacan creía que la falla que vuelve para siempre al hombre enfermo era la ausencia de relación sexual, que esa enfermedad era irremediable, que nada podría colmar ni curar la distancia entre un sexo y otro, que cada uno, como sexuado, está aislado de lo que siempre quiso considerar como su complemento. La ausencia de relación sexual invalida toda noción de salud mental y de terapéutica como retorno a la salud mental.
Vemos entonces que, contrariamente a lo que el optimismo gubernamental profesa, no hay salud mental. Se opone a la salud mental -y a la terapéutica, que se supone que conduce a ella- la erótica. En otras palabras, el aparato del deseo, que es singular para cada uno, objeta la salud mental.
El deseo está en el  polo opuesto de cualquier norma, es como tal extranormativo. Y si el psicoanálisis es la experiencia que permitiría al sujeto explicitar su deseo en su singularidad, este no puede desarrollarse más que rechazando toda intención terapéutica. Así, la terapia de lo psíquico es el intento profundamente vano de estandarizar el deseo para encarrilar al sujeto en el sendero de los ideales comunes, de un como todo el mundo. Sin embargo, el deseo implica esencialmente en el ser que habla y que es hablado, en el parlêtre,¹ un no como todo el mundo, un aparte, una desviación fundamental y no adventicia. El discurso del amo siempre quiere lo mismo, el discurso del amo quiere el como todo el mundo. Y el psicoanálisis representa justamente la reivindicación, la rebelión del no como todo el mundo, el derecho a una desviación experimentada como tal, que no se mide con ninguna norma. Esta desviación afirma su singularidad y es incompatible con un totalitarismo, con un para todo x. El psicoanálisis promueve el derecho de uno solo, a diferencia del discurso del amo, que hace valer el derecho de todos. ¡Qué frágil es el psicoanálisis! ¡Qué delicado! ¡Y qué amenazado está siempre! Solo se sostiene por el deseo del analista de dar lugar a lo singular del Uno… Respecto del todos, que sin dudas tiene sus derechos -y los agentes del discurso del amo se pavonean hablando en nombre de estos-, el deseo del analista se pone del lado del Uno. Con una voz temblorosa y bajita, el psicoanalista hace valer el derecho a la singularidad.

Erato Sin Edward Poynter
Erato, Musa de la poesía. Sir Edward John Poynter (1870)

¹Parlêtre: neologismo que condensa los términos parler (hablar) y être (ser). [N. de la T.]


Jacques-Alain Miller: Sutilezas analíticas, Paidós, Buenos Aires, 2011, página 33