El goce del psicoanalista

Seminario 2018

Programa o justificación

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Odiseo interroga al augur Tiresias – Alessandro Allori – 1580

 

Hay un movimiento necesario. Que será, además, necesario siempre. Los humanos despertamos siempre simplemente para volver a dormirnos. Ese movimiento necesario, que lo será siempre, es el movimiento que va de la erudición solemne a la invención subversiva. Este movimiento es extremo en el psicoanálisis como en la poesía, al punto que la erudición solemne, polo al que se deslizará siempre el no-querer-saber que nunca dejará de dominarnos, es la negación misma tanto del psicoanálisis como de la poesía. El psicoanálisis y la poesía son invención subversiva o no son. El retorno a Freud de Lacan no era otra cosa que sacar a Freud de la pendiente de la erudición solemne propiciada por el no-querer-saber que somos. Ese retorno, por supuesto, es esforzado con el tiempo a volverse, una vez más, erudición solemne, pero ocurre algo: el esfuerzo contrario deja una marca que no nos permite volver atrás de la misma manera. Lo mismo ocurre en los movimientos de un psicoanálisis. Hay un esfuerzo espontáneo y continuo por el no-querer-saber pero en un psicoanálisis ocurre que, al mismo tiempo, esforzándonos en contra de ese esfuerzo espontáneo, hay marcas irreversibles que, aunque no evitan regresar al no-querer-saber, sí evitan regresar a puntos previos a esas marcas. Esto, por supuesto, requiere esfuerzos que son siempre singulares.

Retornos a Lacan se pregonan, de tanto en tanto, por todos lados. Pero suelen pregonarse desde la repetición momificada de la erudición solemne. Cuando se intentan, sólo se hace desde esa erudición vacía. Y hay que entender que la erudición en sí misma no es vacía: la oquedad surge al no ponerla al servicio de la invención subversiva.

Se nos terminaron los Lacanes. El primero, el último, el muy último, el ultimísimo. Quizá nos quedan el póstumo, el redivivo y el apócrifo (este último no sería bien recibido pero se regaría por allí con la rapidez de un virus). Estas divisiones de la enseñanza de Lacan han sido fructíferas. Sirvieron para evitar el anquilosamiento al que nos lleva la pendiente del no-querer-saber, pero nos esforzamos continuamente en convertirlo todo en erudición solemne. Si nos atrevemos a poner la erudición posible, mayor o menor, al servicio de la invención subversiva, aparecen cosas que, en un primer momento, son rechazadas. Todo lo que nos esfuerza en contra del no-querer-saber es, de entrada, rechazado.

Si nos atrevemos a algo más, aparecen cosas como el goce del psicoanalista. Si ponemos en serie lo que Freud llamaba abstinencia, el esfuerzo de formalización del deseo del psicoanalista, la lógica del acto psicoanalítico y la declaración lacaniana de que el psicoanalista no goza en su acto, lo que encontramos al final es la posibilidad de formular la existencia del goce del psicoanalista que debe formalizarse. Lo ha entrevisto un psicoanalista europeo en un congreso de la AMP hace algunos años. Generó revuelo en el momento, pero el revuelo fue característico de la época: duró poco y fue cubierto rápidamente con defensivo silencio. Varios años antes de ello, lo habíamos mencionado en cursos de outsider en una ciudad completamente marginal, y fue saludado, por los pocos que lo oyeron, con una sorpresa que rápidamente también se convirtió en olvido.

Una de las formas de llevar la erudición solemne hacia el lado de la invención subversiva, es decir, de mantener vivos al psicoanálisis y a la poesía, es, por ejemplo, intentar formalizar el goce del psicoanalista. Furiosamente. El revuelo que hicieron alrededor del psicoanalista que lo mencionó de pasada estaba enteramente fundado en la declaración aquella de que el psicoanalista no goza en su acto. Saber leer es no comprender demasiado rápido la superficie de las palabras. Es por comprender demasiado rápido que se arman las etimologías más absurdas, como el argentino al cual en Italia le piden la manteca y al oír la palabra burro comprende demasiado rápido y termina en cómica situación que es, además, metáfora de sí mismo. Que el psicoanalista no goza en su acto no es lo que invalida la posible formalización del goce del psicoanalista sino lo que la hace imperiosamente necesaria. El movimiento que complementara el deseo del psicoanalista con el goce del psicoanalista es imperiosamente necesario. Pero, para ello, antes, la invención de la furia. La furia inhumana, la furia subversiva, la furia imposible.

El problema fundamental ante el cual nos enfrentamos es que la época esfuerza hacia el goce y la teoría psicoanalítica, en manos de hombres que poco se esfuerzan en ser contemporáneos (en el sentido de salirse de su propio tiempo), terminan ensalzando el goce desenfrenado del cinismo materialista al cual empuja el discurso capitalista hipermoderno. Fue sintomática una de las tantas jornadas que ocurren en todas las ciudades casi todo el tiempo: lo que se vio allí es que los que se dicen psicoanalistas se están olvidando del deseo. El deseo, impedido por la configuración del discurso capitalista hipermoderno, está siendo impedido también teóricamente por los que, por carencia de furia, no se atreven a ser contemporáneos y terminan siendo ciegos hijos de su tiempo. Todos lo somos, por supuesto: el problema no es ser hijos de su tiempo, el problema es la ceguera. Por esto formular el goce del psicoanalista será el resultado de un recorrido por los conceptos que hemos mencionado antes: de la abstinencia a la formalización del deseo del psicoanalista a la lógica del acto psicoanalítico al goce del psicoanalista que no goza en su acto.

*

Pasemos a la pregonada libertad del capitalista, al ensalzado libre mercado. No es casual esa conjunción de palabras: la libertad queda unida, subrepticiamente, al mercado. ¿Pero esto qué quiere decir? Se trata del fantasma fundamental de la hipermodernidad, y él transforma el malestar en la cultura, situado con precisión por Freud, malestar que tiene un núcleo irreductible del cual debemos hacernos cargo, en el infierno hipermoderno que tiene su mejor retrato en el libro de Huxley titulado, con gran acierto, Un mundo feliz. Un mundo de goce superyoico, hiperhedonista, en el cual el homo felix, como lo llama el italiano Recalcati, disocia la libertad de la ética y confunde el deseo con el capricho alocado del goce que lo quiere todo y, además, lo quiere ya. El destino del deseo más allá de la ley de la palabra es el goce mortífero que lo quiere todo desentendiéndose del hecho de que, como seres hablantes, estamos agujereados en lo más íntimo de nosotros mismos. Y en este punto se sitúa la sutileza que separa al analizado, que responde al agujero con un “¿y?” que no lo detiene, del cínico que cree haberse liberado de todo ideal simplemente porque “todos los ideales están cubiertos de mierda”. Es la posición del neoliberal que recurre a la despolitización del hombre para reivindicar una libertad disociada de la ética, que es, al mismo tiempo, la reivindicación de la posibilidad individual de gozar “a muerte” sin la intrusión del Otro. El resultado en el ámbito social es, por supuesto, la desigualdad extrema de derechos. Y para entender del todo el funcionamiento de esto es necesario captar en toda su amplitud el concepto lacaniano de goce. Notemos que ese “sin intrusión del Otro” del cínico homo felix neoliberal lejos está de la inexistencia del Otro que se desprende del final de un psicoanálisis. El homo felix hipermoderno, engolosinado con el goce, engocinado, como dijo un analizante, puede volver de su infierno del goce sólo a través del deseo. Pero del deseo verdadero, un deseo anudado a la ley de la palabra, que por eso no confunde la salvación con los objetos de consumo, un deseo ético que se hace cargo del agujero que somos. Ello nos permite pasar del consumidor consumido al sujeto del deseo.

Hay una anécdota que suele ser útil a la hora de mencionar el saber perderse necesario para llevar un psicoanálisis hasta sus últimas consecuencias. La neurosis es estar demasiado orientado. Falsamente orientado, por supuesto.

Un colega se había contactado con nosotros porque quería una copia de un documental al cual le habíamos agregado, en forma casera, los subtítulos al castellano. Nos indicó su dirección y decidimos, a modo de paseo, alcanzarle una copia del documental. Era una calurosa tarde de sábado y, de tanto en tanto, llovía. Viajamos. Buscamos la casa de este colega pero la tarea se hizo difícil, no encontramos con facilidad la dirección y, además, el sentido de las calles nos fue obligando a un largo rodeo que más nos alejaba de su casa que acercarnos a ella. De repente, entonces, terminamos en una calle llena de pozos, cercados a un costado por la vía ferroviaria y, al otro, por una hilera de casas encimadas y humildes. Nos perdimos. Era difícil buscar la manera de cruzar de nuevo las vías hacia el otro lado, avanzamos lentamente sin resultado alguno, encerrados en aquella calle llena de pozos y, súbitamente, nos encontramos con un letrero que indicaba la subida próxima a una autovía. “Autovía a Luján”, decía. “¿Y si vamos a Luján?”, dijimos, y sin dudarlo ni siquiera un segundo tomamos la autovía y el paseo nos llevó hasta esa ciudad extraña que es Luján. Y fue un buen paseo. Pero fue un buen paseo porque nos perdimos. Después nos enteramos, además, que aquel colega se había olvidado que estábamos yendo a entregarle el documental y que, por eso, no estaba en su domicilio. ¿Qué habría ocurrido si hubiéramos estado más orientados? La neurosis es llegar a una meta esperando cierto resultado que no ocurre en vez de perderse y terminar en Luján.

Es que el encuentro con la verdad del propio deseo se da sólo si nos perdemos, si fracasamos. Por supuesto que se trata de perderse y de fracasar de la buena manera. Sobre lo que esto echa luz es que la experiencia de un psicoanálisis es enteramente contraria al ideal (que se vende a sí mismo como ausencia de ideal) del discurso capitalista omnipresente de la hipermodernidad. El meritócrata exitoso del narcisismo de la imagen, ensalzado por el discurso capitalista, es alguien que no sabe perderse ni sabe lidiar con el fracaso. Al discurso capitalista esto, además, le conviene: el pobre es pobre porque no fue capaz de autoengendrarse como se debe. Sólo el psicoanálisis y la poesía pueden detener esta deriva. Pero ello es de una enorme dificultad, porque no son el psicoanálisis y la poesía sino el psicoanalista y el poeta, uno por uno, éticamente en acto. Y la mejor demostración de esa dificultad está dentro del psicoanálisis mismo, pues la vía de la responsabilidad ética es obstaculizada incluso teóricamente ensalzando cierto cinismo materialista que se acomoda al desdibujamiento del Otro de la época hipermoderna. De esa forma, se confunde fácilmente la libertad del deseo con el libertinaje del goce que responde al mandato superyoico, aborrece lo imposible y niega el inconsciente desde el peor lugar: desde dentro del psicoanálisis. Pero no podría ser de otra manera: los que más se defenderán de lo que el psicoanálisis tiene para decir serán los que más se acercarán a ello. Hay una sola forma de evitarlo: la furia ética.

Mercedes Ávila
Sebastián Digirónimo

(2018)


“El sexo trae problemas”

Marcelo Barros

Un documental de televisión presentaba testimonios de mujeres y de hombres de diversos lugares del mundo acerca de lo que cada uno de ellos entendía por el amor. Entre tantos relatos, recuerdo el de una mujer rusa. Su testimonio presentó una diferencia notable con los demás, porque en lugar de hablar de las delicias del amor y las sabidurías de la tolerancia, ella contó con singular vehemencia cómo se enojaba a veces con su compañero: “Me enfado con él y empiezo a decirle que es completamente fastidioso que estemos casados. Somos muy diferentes y resulta imposible entendernos. Le digo que no entiendo cómo pudimos decidir estar juntos siendo tan distintos. Tenemos caracteres diferentes, intereses diferentes, educaciones diferentes, venimos de familias muy diferentes, nuestros estratos sociales, incluso, son diferentes. Y de pronto, hago un breve silencio, me quedo pensando por un instante, lo miro y digo: ¡hasta somos de sexos diferentes! En ese momento los dos nos echamos a reír”.

Sexos diferentes. ¿Qué significa eso? ¿Qué estatuto tiene esa diferencia? El primer juicio que emitimos ante otro sujeto, dice Freud, es el de si se trata de una mujer o de un varón. Lacan sostiene que el destino de los seres hablantes es repartirse entre hombres y mujeres, aunque advierte que no sabemos lo que son el varón y la mujer. La diferencia que los separa, esa espada que duerme entre ambos, trae consecuencias decisivas para el destino de cada uno de ellos y para el fruto de su equívoca unión. Sus efectos ocupan esencialmente a la experiencia analítica como factor perturbador en todo vínculo, incluso donde la elección de objeto es homosexual o para quien pretende no amar a nadie más que a sí mismo, como en el delirio megalómano. Hasta en el ideal andrógino y la reivindicación de múltiples sexualidades alternativas, que mal disimulan la promoción del sexo único, está presente, porque se trata de la pretensión narcisista de ser el falo. Ella se opone a una ley de la castración que determina la repartición de modos de goce –no de roles, ni géneros– y que impugna la ilusión de autodeterminación, tan cara al capitalismo y la sociedad liberal.

El estatuto de la diferencia sexual no es de la misma naturaleza que todas las demás diferencias que la mujer del relato enumeró. No está fundada en la naturaleza. El progresismo exige hoy erradicar la palabra “sexo” y aludir a una construcción social que se califica como “género”, denominación que corta las amarras biológicas de la diferencia sexual para reconocerle su linaje de contingencia histórica. Concebida en estos términos, la diferencia de géneros sería similar a las otras que nuestra mujer moscovita enumeraba en su prolongada queja, algo determinado por la educación y la política que sostienen ideales, dividen roles y producen subjetividades. ¿Qué sería esta diferencia si no es algo natural y tampoco fuera una construcción aprendida y que podríamos modificar siguiendo una determinada política de educación?

Freud comprobó que, más allá de todas las concepciones científicas y filosóficas que prevalecían en su época, el pueblo tenía razón al sostener que los sueños tenían un sentido que podía ser interpretado. En la cuestión sexual las cosas no son muy distintas. Si en cierto sentido la concepción psicoanalítica de lo sexual se aleja de la idea popular acerca de la sexualidad, el saber popular guarda también la intuición de que hay algo que no anda entre los varones y las mujeres. Por más que se reciclen los contratos que aspiran a mantenerlos en buen orden, juntos o separados, el “sexo” trae problemas.

La concepción de la naranja tan redondita debería ser tenida como mucho más política y filosófica que popular. La política, toda política, incluso la que querría decretar el amor libre, aspira al contrato y a una convivencia entre los sexos bajo términos variables según las ideologías, pero que siempre se fundan en el desconocimiento de una realidad sexual contraria a los designios del orden social. La política aspira a un orden determinado que se presenta como totalidad, incluso allí donde se pretende anárquica. No hace falta ser psicoanalista para entender de qué se queja nuestra protagonista cuando habla del malentendido crónico en el que ella y su hombre están embrollados. La disparatada unión de esos sexos diferentes aparece en una dimensión cómica que alude a una imposibilidad. De todas las diferencias que ella había mencionado, es la última la que se revela sorpresivamente como la causa que subyacía al malestar depositado sobre las demás. Acaso esos otros motivos de conflicto serían conciliables si no fuera por ese último, que es irreductible. La diferencia de sexos no es referida como la de la hembra y del macho de una misma especie, aunque esa circunstancia sea en parte cierta. Tampoco como si se tratara de dos clases sociales, o dos condiciones civiles en conflicto, aunque eso también sea, en parte, cierto. Lo dice como refiriéndose a especies distintas o a habitantes de planetas mutuamente extraños.

La metáfora no es excesiva ni caprichosa. El falo, tal como el psicoanálisis de la orientación lacaniana lo entiende, nos recuerda al “cono del silencio” que aparecía en algunos episodios de la serie televisiva El Superagente 86. Era un dispositivo destinado a preservar la seguridad de las conversaciones entre el espía y su jefe. Pero el aparato funcionaba infaliblemente mal y sólo servía para incomunicar a los protagonistas. Lo interesante es que el héroe no podía abstenerse de usarlo. El sexo es como un teléfono roto del que no podemos abstenernos, ni siquiera allí donde nos pensamos como abstinentes. Y el problema no es que está roto, sino que funciona así. Lo mismo podríamos decir del síntoma, y por eso la sexualidad humana tiene un carácter esencialmente sintomático.

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La idea de un aparato al que compulsivamente se recurre para establecer una relación que se ve obstaculizada por el recurso al aparato mismo nos remite a la función del falo en el sistema del significante y su incidencia en la relación entre hombres y mujeres.

El falo determina a la mujer como castrada, porque no lo tiene, aunque ese carecer de él es el modo específico por el cual ella se vincula con él. Una mujer se vincula con el falo conflictivamente, sintomáticamente, bajo la forma de lo que no tiene. Para el varón la relación con el falo no es menos conflictiva; sólo que su problema reside en tenerlo y no saber cómo disponer de él. El hombre también se encuentra castrado en el recurso al falo porque, si bien está presente en el cuerpo de él, lo está como algo separado de su sistema de saber. Es esto a lo que se refiere Lacan con el tramposo término de “goce absoluto”. Absoluto no significa un goce superlativo; absoluto quiere decir, como su etimología lo indica, que es algo separado del sistema del sujeto. Lo tiene, pero no dispone de un saber que le permita hacer con eso.

Y esta es la verdad de la sexualidad. Hemos de reconocer en sus destinos, en los puertos a los que nos arrastra la nave del deseo, mucho más un tropiezo que un resultado. Esto es verdad incluso allí donde el desenlace ha sido feliz, donde el agente Smart llega a cumplir con éxito la misión a pesar de haber entendido mal la orden impartida. Lacan no deja de decir que un hombre se enamora de una mujer por azar, que es lo mismo que decir por error, y que es también por ese azar y por ese error que “la especie humana” se reproduce. La cosa “sale”. Muchas veces sale bien, y hasta parece que el teléfono no está roto y que nos entendemos. Pero la risa viene cuando después descubrimos que lo que salió bien fue un efecto que no guardaba ninguna relación con lo que creímos que era su causa. Es en virtud de todo esto que podemos adherir a la sentencia Tunc bene navigavi cum naufragium feci, “pese a todo, navegaba bien cuando naufragué”. El falo es una función media y no mediadora, por ser lo que está en el medio del hombre y la mujer sin asegurar una relación entre ellos, y más bien siendo la garantía de su no-relación, el obstáculo con el que cada uno se enfrenta a su modo y que lo enajena del otro.

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El rapto de las sabinas (1799) de Jacques-Louis David

* Texto extraído de La condición femenina (Ed. Grama).


Fuente: Página 12
Imágenes: Don Adams / El rapto de las sabinas, de Jacques-Louis David

Lo singular, la comunidad analítica, y el caso

Jacques-Alain Miller

Desde el punto de vista de lo singular, la sesión analítica tiende en efecto a reducirse al instante, lo cual no se adecua al principio del time is money, y puede ser tachado de impostura por los que rechazan lo que atañe a la verdad. La verdad es que, para el parlêtre, el efecto de encuentro es instantáneo. Todo responde al acontecimiento, que debe ser encarnado, que es un acontecimiento corporal —según la definición que Lacan da del sinthome—. El resto, en la mayoría de los casos, son preparativos necesarios.
Pero el núcleo, el Kern —en el sentido de Freud—, del ser es este instante de la encarnación. El discurso analítico, la institución del psicoanálisis, confronta al analista con lo singular, y ¡como es insostenible! se refugia en lo particular.
Se alientan con diagnósticos y comunidades… ¡La comunidad analítica! ¡Desde que existe el psicoanálisis hay comunidad psicoanalítica! Esta acompaña a la singularidad psicoanalítica como su sombra…, es incluso lo que la empuja a la sombra. Dicha comunidad despliega sus querellas, sus divisiones, sus polémicas y patatín patatán, que ocupan el centro de la escena cuando la verdad es el abismo de lo singular. El psicoanalista reclama, para protegerse de lo singular, una asistencia que encuentra en la clase diagnóstica y en el grupo analítico -que es lo que Lacan llamó SAMCDA (Sociedad de Asistencia Mutua Contra el Discurso Analítico), pero también existen los CAMCDA (Conceptos de Asistencia Mutua Contra el Discurso Analítico)-.
Esto es algo que se ve, que se toca en todo lo que se practica como relato de casos. Un caso, como lo recordaba hace mucho tiempo, es lo que cae, y en particular, lo que cae fuera de los sistemas y fuera del matema. Cuando se lo escribe, habitualmente no se piensa más que en convertirlo en ejemplo. Hoy quizás haya pasado un poco la moda, pero el asunto consistía en dar una buena proposición de orden general, extraída de los buenos autores, y luego afirmar: ¡Justamente! Este caso verifica lo que se enunció. Y en ese movimiento de verificación la singularidad del caso se borraba de entrada: Lo esencial es que esto no desmienta la teoría. Lo esencial es que se parezca a algo. Mientras que la virtud del caso, tal como lo entiendo, es precisamente no parecerse a nada. Y este es pese a todo el camino que eligió Freud, al menos una vez, cuando destacó por lo menos un aspecto de un caso que desmiente la teoría psicoanalítica.

The anatomy lesson of Dr Nicolaes Tulp, by Rembrandt van Rijn
Lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp, Rembrant, 1632

 

Jacques-Alain Miller: Sutilezas analíticas, Paidós, Buenos Aires, 2011, página 103.
Fuente de la imagen: Wikipedia

«Porque la vida era demasiado perra…»

Gérard Miller

Psicoanalista

 

Era principios del otoño de 1972. Un mes antes, había tomado la decisión de dejar la Izquierda proletaria para la que trabajaba día y noche desde hacía un tiempo que me parecía inmemorial, y me encontraba como suspendido en el aire. Tenía veinticuatro años, todavía era estudiante y no se me ofrecía ninguna perspectiva. Como alumno de la École Normale Supérieure de Saint-Cloud, al finalizar mis estudios, yo debía cinco años de enseñanza al Estado, pero empezar a enseñar me parecía tan extravagante como volver a plantar repollos o cuidar chanchos, que era lo que, establecido en la Bretaña, había hecho durante los dos últimos años.
Sin siquiera pensar en insertarme en la profesión, decidí empezar un análisis con un psicoanalista de la École Freudienne de París, de la que mi hermano era miembro. Sentía que después de haber pasado mi juventud guerreando a los maestros, ahora tenía que, mal que bien, tratar de conducir un poco mi propia historia. No tenía elección, torturado por una sensación de urgencia que nada podía calmar. Estaba mal, al menos eso era una certeza; mejor tomarlo en serio.
Llamé a Jacques Lacan, a quien conocía desde el liceo por haberlo frecuentado en familia, y le pedí que me aconsejara un psicoanalista. Me recibió, me escuchó evocar ampliamente mi malestar, después me aseguró que me daría rápidamente los datos de uno de sus «mejores alumnos». Diez días después, como no recibí nada de parte suya, lo volví a llamar (¿quería que insista para acceder a mi demanda?) y esta vez recibí inmediatamente una pequeña tarjeta de manos de Gloria, que era su asistente. Había un nombre escrito, del que yo ignoraba todo, el de Claude Conté.
Conté vivía en París, en el fondo de una calle sin salida, en una casa privada que olía a campo. Su despacho estaba en la primera planta y, justo al lado de la sala de espera donde dos enormes perros esperaban al paciente, un loro repetía regularmente su nombre, Claude, y algunas otras palabras que le habían enseñado.
Visto desde el diván, el psicoanalista me pareció inmediatamente como un pájaro tan original como su loro, increíblemente atento y distante a la vez. Nunca estaba donde se esperaba, pero sin afectación. No buscaba la empatía y parecía desconfiar de todos los remilgos sociales. Comprendí lo que significaba para él «dirigir una cura». Consistía en primer lugar en cuidar que nada ni nadie, empezando por el psicoanalista, hiciera obstáculo a su buen desarrollo.
Como izquierdista no arrepentido, enseguida fui seducido por esta práctica que contrarrestaba de ese modo los posibles abusos de poder de los que lo ejercían. A diferencia de la religión, incluso de la política, el psicoanálisis no alentaba ninguna esperanza mesiánica, no desarrollaba ninguna concepción del mundo, ni la menor higiene de la vida válida para todos. Con él, la única esperanza era lo particular; cada uno con su evangelio.
Desde los primeros meses, la verdad fue incómoda de soportar, tan cierto como que el confort de la realidad está fundado en su desconocimiento. Contrariamente a lo que escribía Joubert en sus Pensamientos, el error tranquiliza, la verdad agita. El psicoanálisis no me pareció mimoso, y lo primeros efectos que provocó en mí, si merecía volver sobre ellos, no me proyectaron hacia el lado de la exaltación. El descubrimiento freudiano no tenía decididamente nada que ver con una epopeya del narcisismo.
Lacan no se equivocaba cuando desanimaba a quienes se acercaban a él para «¡conocerse mejor!». Eso no es suficiente. Hace falta que algo suene y dificulte e intrigue para sostener la cuesta a lo largo de las sesiones. Es necesario aspirar a que algo crucial cambie en su existencia para soportar oír la musiquita que toca su inconsciente. A partir de ese momento, adquirí la convicción, que ya no me abandonó más, de que el psicoanálisis vale la pena solamente para aquellos para quienes la vida es demasiado perra, y tienen razones para querer, un querer testimoniado por su sufrimiento, orientarse en relación con lo que los determina.
Entonces, casi veinticinco años después del final de mi propia cura, ¿qué decir de mi experiencia con el psicoanálisis como paciente? Que no libera a nadie de su inconsciente, pero que permite habitar su síntoma, ponerlo al servicio de su deseo y de su causa. Cada uno de nosotros es llevado por lo que ignora y que, sin embargo, encuentra en la repetición: ese curioso objeto causa de nuestro deseo, que nada nos garantiza que nos guste. ¿Cambiarlo? Imposible. Pero entreverlo de otra manera que no sea a través de las catástrofes con las que él sacude nuestra vida, sí, es eso lo que puede permitir una cura a quien la lleve adelante.
Gracias al psicoanálisis, diría que la vida para mí adquirió colores insospechados. El campo de los posibles se volvió más extenso y más variado a la vez. Además y sobre todo, dejé para siempre de lado el registro de la comparación en la que me encerraba mi neurosis. De allí esta divisa pospsicoanalítica que hice mía y aún hoy me acompaña: cada vida tiene un gusto que sólo gusta quien la vive, y que es incomparable.

Purpureicephalus spurius - Edward Lear
Purpureicephalus spurius, por Edward Lear

 


Jacques-Alain Miller, Bernard-Heri Levy (Comp.): La regla del juego – Testimonios de encuentros con el psicoanálisis, Gredos, Madrid, 2008, página 213.

Fuente de la imagen: Wikimedia Commons

Cuando el psicoanálisis asusta a los propios psicoanalistas

Isabelle Durand byn

Isabelle Durand

El temor suscitado por la idea misma del inconsciente, de lo real, diríamos con Lacan, está en el origen de las resistencias de las que el psicoanálisis es objeto… También, según parece, para algún analista.

¿Acaso podría ser de otra manera? ¿Cómo sorprenderse de ello cuando el mismo inventor del psicoanálisis parecía convencido, en una carta escrita a Ludwig Binswanger el 10 de septiembre de 1911, de que su destino era el de perturbar la paz en el mundo? Freud no tardó mucho en darse cuenta de que dicha paz no se vería perturbada tanto como él hubiera querido, y a causa precisamente de las resistencias estructurales al psicoanálisis. Ya en 1914, decía comprender que alguien pudiera retirarse después de una primera aproximación a las desagradables verdades analíticas, sobre todo en el caso de que su relación con el análisis no hubiese franqueado aún un cierto umbral. Pero agregaba que no hubiese pensado nunca que alguien, habiendo adquirido una comprensión sobre el psicoanálisis con cierta profundidad, pudiera nuevamente renunciar a lo que había comprendido. Incluso era posible que ese alguien eligiera deshacerse de todo lo aprendido y se defendiera como en los inicios de su análisis.

Freud constataba: “Tuve que aprender que puede suceder a los psicoanalistas exactamente lo mismo que lo que ocurre a los enfermos en análisis (1)”. Se refería a Carl Gustav Jung. Este último celebraba que las modificaciones que él había aportado al psicoanálisis habían permitido superar la resistencia de muchas personas que hasta entonces lo habían rechazado categóricamente. Pero, para Freud, no había en ello ningún motivo de gloria: para hacer desaparecer dichas resistencias, había sido necesario sacrificar las verdades adquiridas por el psicoanálisis a duras penas. En este caso preciso, Jung había puesto el factor sexual en segundo plano. Dos años antes, en 1909, Freud le había escrito: “Su suposición de que luego de mi retirada mis errores podrían ser venerados como reliquia, me resultó divertido, pero no encontró adhesión de mi parte. Pienso que, al contrario, los jóvenes se apresurarán a demoler todo lo que no esté bien anclado y clavado en mi legado (2).”

Freud, Jung, Ferenczi, Jones
Sigmund Freud, Stanley Hall, CG Jung. Fila posterior: Abraham A. Brill, Ernest Jones, Sandor Ferenczi. -Universidad de Clark, 1909-

El inconsciente asusta. Es un hecho. Además, lo que podría a primera vista parecer paradójico es justamente que asusta a los propios psicoanalistas. Recordemos la confidencia de Freud a James Jackson Putman en 1913: “Que el psicoanálisis no haya vuelto mejores, más dignos a los analistas mismos, que no haya contribuido a la formación de su carácter, sigue siendo para mí una decepción. Fue probablemente una equivocación por mi parte esperarlo. (3)”

Jacques Derrida profetizaba que el psicoanálisis no había ni siquiera nacido aún: “Si tomáramos en cuenta seria, efectiva, prácticamente al psicoanálisis, sería un terremoto casi inimaginable. Indescriptible. Inclusive para los propios psicoanalistas. (4)”

En 2009, Jacques-Alain Miller subrayaba que una pregunta que había atormentado a Lacan a lo largo de su enseñanza era: “¿Por qué [los psicoanalistas] no se dan cuenta de que, a partir Freud, nada podrá ser igual? (5)”. La razón por cual los psicoanalistas no estarán nunca a la altura del psicoanálisis parece ser, más bien, del orden de la debilidad mental que es, según Lacan en el seminario RSI, aquello de lo que ningún sujeto podrá jamás escapar a menos que elija la locura. No hay verdad sobre lo real, ya que lo real excluye al sentido (6).

J.-A. Miller añadía que ningún sujeto, por muy analizado que esté, jamás estará en regla con su inconsciente. Y cuando cree estarlo, está en la infatuación (7). Y si la práctica obliga a cerrar el inconsciente para operar, la responsabilidad del analista consiste en no perder de vista que no basta con ser incauto para no errar.

Concluyamos precisamente sobre esta llamada de Lacan a la responsabilidad: “Lo que haces, muy lejos de ser fruto de la ignorancia, está siempre determinado por algo que es saber y que llamamos el inconsciente. Lo que haces sabe – sabe: s.a.b.e. (8)- sabe lo que eres, sabe “tú”. […] Nunca nadie había osado ese veredicto del que les hago remarcar lo siguiente: la respuesta del inconsciente, es que implica el sin perdón, e incluso sin circunstancias atenuantes. […] Freud lo dice durante toda su obra (9)”.

El sin perdón freudiano fue una sacudida sísmica de gran amplitud para muchos de nosotros. E incluso si tenemos poca esperanza en un futuro mejor, es con determinación que constatamos sus réplicas. Para que esta amenaza sísmica no sea tan intensa en el interior de nosotros mismos, Lacan nos invita a continuar “en posición de analizantes de [nuestro] no quiero saber nada de eso”. Sería ésta la mejor manera de confrontarnos con la inconsistencia del Otro y así, de no retroceder ante nuestros miedos.

(2017)

Traducción por Adriana Campos.


1.- Freud S., « Contribution à l’histoire du mouvement psychanalytique », Œuvres complètes, vol. 12, PUF, p. 295.
2.- Freud S., Jung C.G., Correspondance T. I (1906-1909), Paris, Gallimard, 1973, p. 361.
3.- In L’introduction de la psychanalyse aux États-Unis: autour de James Jackson Putman, Paris, Gallimard, 1978, p. 193.
4.- Derrida J., Roudinesco E., De quoi demain…, Dialogue, Fayard Galilée, Paris, 2001, p. 290.
5.- Miller J.-A., « Curso de la orientación lacaniana, Vida de Lacan, ( 2009-2010), clase del 26 de mayo 2010, inédito.
6.- Cf. Lacan J., El Seminario, libro XXIV, « El fracaso del Un-desliz es el amor” (1976-1977), Clase del 14 diciembre 1976, inédito.
7.- Miller J.-A., “Sutilezas analíticas” Los cursos psicoanalíticos de Jacques-Alain Miller, Buenos Aires, Paidós, 2011, p. 33.
8.- NT: Lacan lo deletrea y subraya aquí el equívoco por homofonía entre sait (sabe) y c’est (es).
9.- Lacan J., El Seminario, libro XXI, « Los desengañados se engañan » (1973-1974), clase del 11 de diciembre 1973, inédito.
10.- Lacan J., El Seminario, libro XX, Aún, Buenos Aires, Paidós, 2007, p. 9.

Fuente: Lacan Quotidien


 Agradecemos a Isabelle Durand por permitirnos publicar su artículo en el blog de la Red.

La fase final del análisis

Colette Soler

Colette Soler

Fragmentos del primer encuentro del seminario “El fin y las finalidades del análisis” ¹ dictado en 2011, en Buenos Aires


La cuestión del análisis terminado

[Lacan] Él exigió un fin y tuvo  diversos motivos para eso. En principio lo exigió por una razón (creo que logré captarla), y es que las finalidades del análisis —o sea su ética, eso a lo que apunta— dependen  del fin,  ya sea que se lo considere posible o no.

(…) Así es que no hay doctrina del fin de análisis en Freud. Y por eso es lógico  que el análisis del analista no le parezca más finalizado que otro, o incluso más breve. De allí su propuesta de que convendría retomarlo periódicamente.
Desde el inicio de su enseñanza, Lacan se mostró insatisfecho con esa idea. Creo que si Lacan planteó el final como algo exigible es porque él mismo fue analizante, lo que no fue el caso de Freud a pesar de lo que se denomina su “autoanálisis”. Que haya un fin identificable es una exigencia analizante.

(…) Al final de su enseñanza, habiendo puesto en evidencia la función del inconsciente-lalengua, real, y la no-relación/proporción sexual, se podría decir que introdujo una ética del síntoma: un análisis orientado hacia lo real, denunciando el riesgo de que el psicoanálisis se convierta en una religión del deseo.

(…) Hasta El atolondradicho, cuando Lacan decía “real” se trataba de lo real de lo simbólico —modo en que reformuló la represión originaria de Freud: lo imposible de formular o de escribir—. Pero lo real que inscribió en el nudo borromeo es otra cosa: es un real completamente fuera de lo simbólico, que implica un fuera de sentido radical, y que Lacan a veces identificó incluso con el campo de la vida, del goce del cuerpo viviente —a punto tal que esté no es sin lalengua: se trata del goce del cuerpo viviente del hablante.

El deseo de no saber

(…) ¿Por qué Lacan no siguió esos desarrollos y jamás se mostró entusiasta ante esa curiosidad infantil? Creo que en este tema Freud se dejó embaucar, aunque su mérito sea el de haber captado que esas preguntas eran inseparables del saber y del goce.
¿Qué supone que quieren saber los niños? Freud cree en esas preguntas y supone que querrían saber lo que ocurre en la cama de sus padres, saber algo acerca del goce del que están excluidos pero que igual aparece representado en sus teorías sexuales infantiles a partir de los goces pulsionales a los que sí tienen acceso: mirar, comer, ensuciar… En síntesis, de todos los goces pulsionales que los humanos tienen en común y a partir de los cuales han fabricado todo un bestiario. ¿Y por qué, entonces, los niños no se contentan con las respuestas y prefieren continuar preguntando, es decir constituyendo un sujeto supuesto saber del sexo? Se trata de lo contrario de un deseo de saber.

(…) Si hubiera un deseo de saber referido a lo real del goce, cuando la experiencia de goce se presenta —esas cosas entrevistas o entreoídas, experimentadas en el cuerpo propio, que definen al trauma según Freud— el sujeto… ¿no debería responder con un ¡Eureka! entusiasta? ¡Finalmente sabe, sabe lo que no se dice  ni se imagina! Pero no, hay horror. El horror al saber es interno al trauma, es por otra parte lo que explica por qué la variable individual, ética, desempeña allí su papel —y Freud lo captó—. A la vez es posible percibir que las preguntas de los niños no traducen un deseo de saber en la medida en que éste sólo puede apuntar a lo real. Al contrario, esas preguntas portan un deseo de simbólico, un deseo de palabras, de escenarios… O dicho de otro modo: un deseo de semblantes.

(…) Resulta difícil entonces pensar que el deseo del analista pueda tener su precursor en la curiosidad infantil. La curiosidad infantil, por lo contrario, puede ser precursora de la demanda analizante, porque quien llega al análisis hace un llamado al significante y al sujeto supuesto saber, similar al del niño curioso y, como aquel, desconoce su horror al saber.
Lo imposible de saber y las consecuencias del saber sólo se descubren verdaderamente en el análisis, a partir de la transferencia que postula un “yo sabré puesto que el Otro sabe”. Es una esperanza… Pero habiendo comenzado a saber mediante la producción de los S1, finalmente se descubre que no se alcanza un S2 (un saber que sería la última palabra), y que los significantes disponibles sólo programan el goce castrado —el término es de Lacan—. El horror responde a lo real, a los efectos de la estructura. EL trayecto va entonces de la espera decepcionada al horror, ese horror sobre el que Lacan pone el acento desde los años ’70.
Querría realizar dos señalamientos. Se trata de una curiosa promesa para hacerle al mundo: ¡vamos a decepcionar su espera de transferencia hasta el horror! Sería mucho peor que el tope freudiano si esta fuera la última palabra. Y luego, el otro punto: situado este horror… ¿por qué el sujeto no emprende inmediatamente la fuga y, más aún, por qué increíblemente a menudo quiere convertirse en analista?

Una satisfacción que no engaña

“El espejismo de la verdad, del que sólo cabe esperar la mentira (…) no tiene otro término que la satisfacción que marca el final del análisis.” ²

(…) Según Lacan, y es como su testamento, el espejismo no puede detenerse por la producción de ninguna conclusión articulada, por ningún matema. Sólo se detiene porque aparece una satisfacción nueva que pone fin a la satisfacción requerida por las dos insatisfacciones. Esta satisfacción no es un factor de fin entre otros, sino el único -si seguimos a Lacan-. “No hay otro término”, afirmó. Entonces no se trata de una satisfacción que resulte de una fórmula de conclusión, como todas esas de las que Lacan habló hasta ese momento, sino una satisfacción que vale como conclusión y que pone término al proceso en acto; y que además es urgente producir para que el analizante salga de los tormentos de la doble insatisfacción-gozante.

(…) Entonces, experimentar el embrollo es adquirir un saber acerca de la estructura, incluso un saber hacer-ahí, pero dejar de gozarlo no depende de la estructura. ¡Eso es lo novedoso! Lo novedoso de Lacan respecto de su propia enseñanza, y realmente mucho más cercano a la experiencia que todo lo que se ha elucubrado —especialmente en la AMP— acerca del fin mediante una fórmula o matema del fin. Digamos que es una satisfacción que no engaña. Retomo aquí la expresión que Lacan aplicó a la angustia. Es una satisfacción propia de la experiencia analítica, testimonio de que se le ha puesto término al espejismo.

(…) Entonces, si el fin no depende ineluctablemente de las coerciones de la estructura… ¿quién dirá entonces que es posible? Y bien, los únicos que pueden dar testimonio de ello son quienes lo han experimentado, porque para quienes no lo experimentaron está aún en cuestión. Y es una de las razones del dispositivo del pase: permitirnos escuchar aquello que podemos llamar los testimonios del fin posible.

(…) El inconsciente fuera de sentido no está fuera del goce, sus Unos son gozados, y la palabra de verdad está saturada de gocentido [joui-sens], goce del sentido. Entonces, en la fase final donde el analizante se balancea entre verdad y real, son esas dos satisfacciones las que se conjugan en una satisfacción específica, propia de cada uno. Hay coherencia entre las dos nuevas formulaciones: el inconsciente como goce del significante y los afectos de fin. El fin es un cambio de goce.

¿Urgencia de satisfacción?

Cambiar de goce no es renunciar al goce. Asumir la pérdida del duelo y cambiar de goce son dos cosas diferentes. Sería necesario dejar de decir que el fin es una elisión, una negativización del goce. El analizado no es el héroe de la renuncia al goce, a pesar del nuevo deseo del analista. No es del todo la idea de Lacan del ’76: un goce cesa ciertamente, pero en provecho de otro. Lacan nos acostumbró a pensar el deseo en oposición al goce, y a funcionar con un esquema mental un poco elemental que puede formularse así: a menos goce, más deseo. Pero lo que el texto dice con todas las letras es lo siguiente: un goce, el que marca el fin, pone fin a otro, el que sostenía el proceso. Y esto nos obliga, o debería obligarnos a pensar el deseo del analista no sólo en términos de negativización de goce. Por otra parte, Lacan pudo decir a propósito del analista —y mucho antes del año 1976— que habría que preguntarle, cito de memoria, qué del goce lo determina.


¹Colette Soler: “La fase final del análisis” en El fin y las finalidades del análisis, Letra Viva, Buenos Aires, pp. 11-35

²Jacques Lacan: “Prefacio a la edición inglesa del Seminario 11” en Otros Escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 600.


El psicoanálisis en la era de la hiperconectividad

Hiperconectados-EOL
Afiche de Hiperconectados – XXV Jornadas EOL, 2016

Diálogo entre Fernando Peirone, investigador de la Unsam y estudioso del impacto de las TIC¹ en la cultura actual, con Ricardo Seldes, presidente de la jornada anual de la EOL que lleva el título “Hiperconectados, los psicoanalistas frente a los lazos virtuales”, director de la EOL y miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.

Por Fernando Peirone

–El avance de la llamada “Era de la información” está modificando muchas prácticas culturales que hasta hace poco parecían afianzadas. ¿Con el psicoanálisis pasa lo mismo? ¿Cuál es el impacto que la hiperconectividad tiene en la práctica psicoanalítica?

–El discurso analítico está enraizado en la hipermodernidad, y esto nos remite a la subjetividad de la época que, a partir de los avances de la ciencia y las técnicas que la soportan, inciden con sus innovaciones en los modos de gozar de los seres hablantes. En este sentido, trabajar sobre los hiperconectados nos lleva a interrogarnos una vez más sobre el quehacer del analista y su posición frente al inconsciente, a la interpretación, la transferencia y el acto. A elucidar las soluciones singulares que construyen los analizantes frente al aislamiento, la desconexión del mundo real, y los estragos subjetivos profundos que esto conlleva. Nos interesa debatir los modos en que el discurso analítico y la práctica analítica inciden en la relación del sujeto con la pulsión. Qué inventivas, qué descubrimientos, qué experiencias clínicas tenemos los analistas frente a lo real de los lazos virtuales.

–Hace un tiempo, el psicoanalista Ricardo Rodulfo decía que hoy los pacientes van proponiendo formatos de consulta que se apoyan en lo no presencial, pero que muchas veces son propuestas que tensionan con el “aquí y ahora” que constituía a la situación analítica ortodoxa. ¿Cómo se lleva el psicoanálisis lacaniano con esas innovaciones? ¿Hay un límite para las variaciones que demandan las nuevas prácticas culturales o son ellas las que terminan adecuando a la práctica psicoanalítica?

–El tema de las demandas me parece uno de los más sensibles de la práctica analítica. El primer Lacan ya decía “no responder a la demanda” y eso quería decir, entre otras cosas, hay que dejar hablar, hay que hacer hablar para poder llegar a lo que cada uno silencia. El psicoanálisis lacaniano es el que más ha innovado en los standards, sin embargo el avance de las tecnologías y las nuevas modalidades de goce nos exigen que demos una respuesta que, sin desconocer los recorridos, vaya más allá de la tradición. La hiperconectividad nos lleva a interrogarnos, por ejemplo, sobre los vínculos con el analista fuera de la sesión, Facebook, Messenger, WhatsApp. Sobre si es recomendable o no analizar por Skype. Porque la intermediación de cualquiera de los gadgets dificulta el momento de pagar, cuando se deja oír un suspiro, un murmullo, un bostezo, cuando se hace preciso poner palabras en lugar de un silencio. Y en ese sentido, una cosa es reinventar el psicoanálisis para cada uno de los pacientes que nos consulta y otra es banalizar la práctica.

–¿Cuál es el enfoque del psicoanálisis ante la dependencia compulsiva que generan el celular y las aplicaciones con interacción online? ¿Cómo se desactiva esa compulsión en un mundo que pondera la hiperconexión?

–Por lo general, los primeros que sufren la dependencia compulsiva son los padres de los chicos que no se quieren levantar de “la compu” ni para ir al baño. Es evidente que la hiperconexión produce un tipo de satisfacción que anula cualquiera de las otras, como suele ocurrir con las adicciones. El dispositivo tiene la función de taponar algo, quizás la angustia, y cuando falta la angustia no se siente la necesidad de cambiar. Entonces su interrupción, porque por ejemplo se agotó la batería, produce aburrimiento, desgano. Falta el objeto en el bolsillo, como decía Lacan. Y no hay chance de desactivar esa compulsión, o cualquier otra, si el sujeto que es su propio clínico no la habita con sufrimiento sino con plena satisfacción.

–Hace poco, un colega que tiene una muy buena formación en ciencias sociales y que puede explicar con solvencia la vida moderna, me mandó por whatsapp un video de 10 segundos en el que se ve a dos niños sentados en el piso y jugando con la compu. En un audio posterior, me dijo: “Esos son mis hijos. Están jugando online con pibes que están en México, Estados Unidos y Sudáfrica. Cuando yo era chico, mi viejo tenía referencias que le permitían saber cómo era el mundo en el que vivía, también le permitían saber lo que estaba bien y lo que estaba mal, y dónde debía poner un límite. Pero yo frente a esto no sé lo que está bien ni lo que está mal; y tampoco sé dónde debo poner un límite, básicamente porque no puedo abarcar ni comprender el mundo con el que interactúan”. ¿Cuánto afecta al psicoanálisis un mundo que, por la transformación cultural en curso, presenta tantas dificultades para ser descifrado y administrado?

–En principio yo diría ¡cuánto afecta a las familias y en particular cuánto afecta a los padres; pero lo voy a decir en una forma menos equívoca: cuánto afecta al Padre. Porque hablamos de la declinación del padre, es decir de los ideales, de aquello que orientaba. Y en este punto hay que poner la mirada en la ciencia, porque la ciencia se ha inmiscuido en nuestras vidas. Digo esto porque una de las funciones que le era eminente al padre ha sido degradada por el discurso de la ciencia. Ese discurso, que nos ha llevado a la manipulación de la procreación, también hizo que muchos dispositivos tecnológicos escapen a la voz del padre. En este sentido es muy esclarecedor el planteo de Miller cuando se pregunta justamente por la relación de los niños y de los adolescentes con el saber. Antes, dice, el saber era depositado en los adultos y estaba mediado por esos seres hablantes que eran los educadores y los padres; pero en la actualidad está disponible a simple demanda de Google, Wikipedia o equivalentes, sin ninguna mediación. El saber era un objeto que había que ir a buscar al campo del Otro, había que extraerlo del Otro por vía de la seducción, de la obediencia o de la exigencia, lo que implicaba pasar por una estrategia con el deseo del Otro. Hoy el saber está en el bolsillo, no es más el objeto del Otro. Y su contrapartida es que los hombres ya no saben cómo ser padres, pasan de la completa permisividad a una rigidez inexorable. Es muy válido, entonces, preguntarse con Miller cuál es la incidencia del mundo virtual en esos saberes.

–¿El campo psi experimenta alguna dificultad interpretativa o de desacompasamiento frente a algunos procesos subjetivos actuales, como el que perciben –por caso– las ciencias sociales respecto de ciertas desclasificaciones culturales de la época actual? ¿Cómo aborda la EOL esta situación epocal: lo discute en el interior de la organización, intercambia impresiones con otras escuelas del mundo psi, participa de espacios interdisciplinarios?

–Si tomamos en cuenta la última enseñanza de Lacan y las innovaciones que posteriormente propuso Miller acerca de los Inclasificables en la clínica y las psicosis ordinarias, hemos avanzado. Esto nos permitió que una gran cantidad de pacientes que antes no eran tratables por el psicoanálisis tengan una chance, con suplencias efectivas, para su forclusión esencial. El tratamiento de las urgencias subjetivas y los nuevos síntomas que se presentan, impulsiones, neoconversiones no histéricas, son tratados por el psicoanálisis lacaniano en pie de igualdad.

–Según un estudio realizado por la Universidad de Oxford, la palabra que más se usó mundialmente en 2015, no fue una palabra, fue un emoticón (el de la risa). Este y otros indicios marcan una fuerte hegemonía de la comunicación visual en detrimento de la cultura escrita. Como si nos estuviéramos desplazando progresivamente del patrón lógico (logos) que caracterizó a occidente durante más de 2500 años, hacia un patrón icónico que trastroca las narrativas con que damos cuenta del mundo de la vida. ¿Cuál es la percepción que tiene el psicoanálisis de este proceso? ¿Percibe que esta prevalencia de la imagen tiene alguna influencia en la constitución de la subjetividad –por ejemplo– de los niños?

–Como dice Jorge Alemán, el psicoanálisis separa subjetividad de sujeto, en tanto el sujeto del inconsciente nunca es el resultado de una construcción histórica. Hecha esta aclaración, podemos preguntarnos: ¿De dónde obtienen poder las imágenes? Y la respuesta es: de las palabras. Todas la redes sociales, incluidas Instagram y Snapchat, están tramadas por los significantes, que son más puros porque en general prescinden del auxilio de la voz. Aun así es verdad que esas imágenes que pululan por doquier deben producir algún efecto en los niños. Si tomamos en cuenta a los llamados “nativos digitales”, podríamos tratar de captar que sucede con los adolescentes. Quizás la mayor incidencia del mundo virtual sea la fantasía de una especial extensión del universo de lo posible, de mundos posibles abiertos a todo tipo de imaginarios.

–La “extimidad” es un concepto de la tradición lacaniana que refiere aquello que siendo propio e íntimo del sujeto genera un cierto extrañamiento por la externalidad de su procedencia. Pero hace poco, en el libro La intimidad como espectáculo, Paula Sibilia efectúa una nueva acepción para referir la tendencia a exhibir la intimidad que se desarrolló con las redes sociales. ¿Es posible establecer alguna relación entre la exteriorización de la intimidad que plantea Sibilia y esa idea de que “lo íntimo está en el exterior, como un cuerpo extraño” que plantea Jacques-Alain Miller?

–Extimidad es una palabra inventada por Lacan y fue dicha en su seminario sobre la ética de 1958. La retoma Miller para hacer referencia al goce que al sujeto contemporáneo se le hace extraño. Lo más íntimo es lo más rechazado. Dicho esto, y si tenemos en cuenta que hay una erótica del espacio y una del tiempo, la del espacio perturba las relaciones de distancia, lo más próximo se vuelve distante y ese es el fundamento del Complejo de Edipo, ya que desde el punto de vista libidinal los objetos más próximos de la familia son los que se vuelven más inaccesibles. Lo mismo podría decirse del tiempo. Pero en la era digital la existencia con respecto al tiempo y al espacio cambia fundamentalmente. La evitación de los sujetos, encantados por las pantallas, respecto del encuentro de los cuerpos produce un mundo que podemos caracterizar como de “todos fóbicos”. Se quiere exhibir todo pero seguramente para esconder lo que menos se soporta ver. Se pretende decirlo todo porque, por estructura, no-todo puede decirse.

–Se podría decir que el sujeto lacaniano –permítame una lectura libre y simplificadora– es un impulso incompleto o inesencial que se construye a través de los significantes que lo nombran y aquellos con los que se identifica. Desde esta perspectiva, ¿qué lectura hace de los desdoblamientos de sí mismos que realizan (sobre todo) los jóvenes en las redes sociales, a través de innumerables usuarios que muchas veces sostienen personalidades diferentes? ¿Han observado algunas consecuencias patológicas propias de estos desdoblamientos? ¿Qué relación tiene con eso que algunos autores llaman “sujeto multitudinario?

–Efectivamente el sujeto se mueve siguiendo el desplazamiento del significante, y éste lo agita. Y esa multiplicidad de usuarios en una sola persona, si no se trata de un fenómeno psicótico, es un simulacro (palabra que tiene la misma raíz que semblante: similis). Todo lo que es discursivo no puede plantearse sino como de simulacro (o semblantes) y son éstos los que intentan tratar lo real en juego. El semblante hace creer que hay algo allí donde no hay, y bien sabemos que a través de los fantasmas los sujetos pueden estar en cualquier parte y de cualquier manera. La vida digital con los avatares permite ver en la pantalla algo que sólo los sueños deja traslucir, un goce imaginario fundamentalmente narcisista, que repite sin cesar la misma caricatura. En todo caso podemos decir que esa multiplicidad de “yo” de los multiusuarios suelen demostrar un problema en las identificaciones, algo de lo que el psicoanálisis puede ocuparse en forma adecuada. Quizás podría decirse que esos individuos gozan de la posición del “ni-ni”.

–¿Dónde queda el cuerpo en esta suerte de postergación o subordinación instrumental al que es sometido por la virtualización y las nuevas prácticas comunicacionales?

–El cuerpo tal como lo propone Lacan a partir del estadio del espejo, su dimensión esencialmente imaginaria, es la que aparecería en juego en todas las plataformas virtuales. El cuerpo está en la foto de perfil, las selfies, los videos. En fin, es lo imaginario del cuerpo lo que está en juego. Para la realidad virtual no se trataría de algo distinto. Es la imagen del cuerpo, el avatar, a partir de la cual se organiza asimismo la experiencia del mundo. Pero es también Hillary Clinton parada en una tarima y un grupo de seguidoras de espaldas a ella, retratándose con ella de fondo. Parecen más un grupo de fans de una popstar que cuadros políticos o de gente que asume la política como causa de lo social-común. ¿Sólo se trata de un hecho narcisista? ¿Cual es la verdad que hay detrás de las selfies? Mi hipótesis es que estamos ante el fenómeno de los sujetos desinhibidos o neo-desinhibidos, desbrujulados, que ante la falta de los ideales, de la caída del padre, suplen con una imagen compuesta su cercanía a quien mejor los representa.

–¿Cuál es el lugar del psicoanálisis, en un tiempo histórico que algunos autores llaman poshumanista?

–Si el poshumanismo quiere decir del reino de las máquinas, el psicoanálisis no es un humanismo, ni nunca lo fue. Sin embargo puedo intentar responder a la pregunta en forma indirecta, de través de Alan Turing, el que produjo la famosa máquina que descifró el código Enigma de los nazis y creó la primera computadora. Turing planteaba que la inteligencia artificial es eficaz si una máquina logra no solamente pensar sino también engañar, hacerse pasar por humano. Este principio es el que usa el “captcha” cuando entramos en una página web y la máquina hace preguntas para definir si el otro es humano o es otra máquina (para pasar la barrera alcanza con leer algunos números de una foto o letras sueltas). Podemos seguir con la ciencia ficción desde Inteligencia artificial en un camino inverso hasta Neuromante de Gibson, el creador del cyberpunk, en donde las personas intentaban unir sus goces propios con los del otro con un gadget llamado simestim. El verdadero problema no radica ahí sino cuando los hombres empiezan a creerse que su cuerpo, especialmente su cerebro es una máquina, en especial una máquina de aprender. Es el problema que plantean las TCC (terapias cognitivas) cuando de esa manera desconocen in situ la dimensión del sujeto. Quizás podamos inventar un breve pero profundo slogan que dé cuenta de la diferencia que plantea el psicoanálisis para los seres hablantes: ¡Sujetos sí! ¡Máquinas jamás!

(2016)


¹ Tecnologías de la Información y Comunicación.


Fuente: Página 12