Tres contra uno: hay un psicoanálisis

 

Sebastián Digirónimo

Me toca el lugar más fácil y el más difícil. Es el más fácil porque tengo como parámetro lo que dijeron los demás en sus exposiciones. Es el más difícil por lo mismo, porque tengo como parámetro lo que dijeron los demás en sus exposiciones. ¿Cómo decir una vez más sin repetir? Si uno mira con cuidado toda la enseñanza de Lacan, va a descubrir que está marcada siempre por esta pregunta, y el resultado es un intento por decir cada vez mejor lo que no puede decirse. Esto implica improvisar trabajosamente entre la repetición y la invención, que no es un término, este último, que pudiéramos tomar a la ligera. La obra de Freud se puede leer de la misma manera. Ese improvisar trabajosamente entre la repetición y la invención es el espacio de un psicoanálisis.

Dicho esto, vamos a empezar de nuevo con un epígrafe tomado del prólogo de la obra de Octavio Paz de 1956 titulada La hija de Rappaccini: «Mi nombre no importa. Ni mi origen. En realidad no tengo nombre, ni sexo, ni edad, ni tierra. Hombre o mujer; niño o viejo; ayer o mañana; norte o sur; los dos géneros, los tres tiempos, las cuatro edades y los cuatro puntos cardinales convergen en mí y se disuelven. Mi alma es transparente: si os asomáis a ella, os hundiréis en una claridad fría y vertiginosa; y en su fondo no encontraréis nada que sea mío. Nada, excepto la imagen de vuestro deseo, que hasta entonces ignorabais».

Queda claro que este epígrafe tiene que ver con lo que podría esperarse de un psicoanalista, salvo aquello primero de “en realidad no tengo nombre”, porque de un psicoanálisis, que es de donde surge un psicoanalista, surge también un nombre. Mi nombre es Furia, palabra que en sí misma no dice nada, es necesario oponerla a ira y no importan tampoco demasiado cuáles son esas palabras sino el pasaje de una a la otra. Ira es lo que había antes, Furia lo que queda después. ¿Antes y después de qué? De un psicoanálisis. No del psicoanálisis sino de un psicoanálisis.

Partimos desde aquí, entonces, hacia ese lugar que ya anticipé en los encuentros anteriores diciendo que el psicoanálisis no existe. En seguida tenemos que precisar qué querría decir esa afirmación: lo que hay es, como dijimos recién, un psicoanálisis. Uno por uno, en su singularidad. Un psicoanálisis que, por otra parte, debe ser demostrado y no simplemente postulado. Esto nos lleva a tener que precisar la noción de experiencia que está en juego en un psicoanálisis, que es enteramente análoga a la que está en juego en la poesía y que contradice punto por punto la noción del sentido común. La experiencia psicoanalítica, como la experiencia poética, nada tiene que ver con la acumulación de vivencias, se trata más bien de un atreverse a entrar en un ámbito desconocido en el más radical de los sentidos, pues ese desconocido es directamente incognoscible, aunque con él se puede hacer otra cosa que no es conocerlo. No rechazar el inconsciente en el sentido del psicoanálisis es hacerse cargo de su definición más radical que podríamos señalar ahora con esa paradoja de un saber no sabido (por nadie, además). Está en boga entre los practicantes del psicoanálisis una distinción que les parece muy útil a la hora de pensar lo impensable de un psicoanálisis y que es la distinción entre inconsciente transferencial e inconsciente real. Puede ser útil, sí, pero esa misma distinción esconde la fórmula que deberíamos sostener con fuerza: el inconsciente es real o no es. Real en sentido lacaniano, como expresión del radical no-hay. No vamos a profundizar más por allí, en otro lugar ya dijimos que esa dicotomía se vuelve mucho menos peligrosa si la convertimos en un tríptico: inconsciente salvaje, inconsciente transferencial e inconsciente real. Su precisión queda para otro momento, sólo señalemos que es necesaria. De hecho, el problema de la dicotomía que tanto les agrada a los practicantes es su aparente comprensibilidad.

Experiencia, entonces. Pero experiencia en un sentido muy específico. Y experiencia a demostrar, pero ello también en un sentido muy específico: en sentido lógico, como se demuestra un teorema, y, además, en acto y a nadie.

De allí partimos, aunque ese punto de partida implica ya todo un recorrido acerca de lo que no es un psicoanálisis. No es un juego intelectual, mucho menos un ornamento narcisista para el mero pavoneo. Contrario a eso, lo que dijimos y que contradice punto por punto al supuesto sentido común que funciona siempre sólo como obstáculo epistemológico, usando esa noción tan fructífera de Bachelard: una experiencia a demostrar.

De lo otro, sin embargo, se ve por todos lados, y sería interesante interrogar los motivos, porque ello nos llevaría rápidamente a toparnos con un punto clave que podemos llamar, con guiones, no-querer-saber-nada-de-eso. Precisar la forma de ese no-querer-saber es clave, y lo es en el interior de esa experiencia a demostrar. Preguntarse todo el tiempo, en el diván, ¿cuál es mi no-querer-saber? El mío, singular, único. Me acuerdo de un practicante que decía, en una charla, que él iba por la calle preguntándose por el goce de los demás, y que eso es lo que debía hacer un psicoanalista. No, lo que debe hacer es preguntarse por el propio goce, en posición analizante, sabiendo que ese goce es, además, único e inconmensurable, y si quiere lo puede hacer yendo por la calle, eso no importa, si estamos en la buena posición el diván lo llevamos con nosotros, como una especie de caracol psicoanalítico. Y todo ello sabiendo únicamente que el propio no-querer-saber está allí, y que lo estará siempre. Preguntarse por él empuja hacia la divisa de un psicoanálisis orientado: el famoso (por repetido, no por ejecutado) ¡atrévete a saber!

El practicante que eso decía es un psicoanalista muy reconocido, sobre todo lo era en la década del noventa, aunque hoy lo sigue siendo. Hay otra anécdota que apunta hacia el mismo lugar y nos sirve. Tenemos un problema que suele no verse siquiera. Hay que hacer un esfuerzo por situar, en el buen lugar, el análisis propio (eso implica situar en el buen lugar la noción de experiencia). Si no lo situamos en el buen lugar, lo que se nos escapa es el no-querer-saber y nos deslizamos entonces de un psicoanálisis llevado hasta sus últimas consecuencias, al psicoanálisis que no existe. Y todo esto sin advertirlo siquiera. Ocurre espontáneamente, por más que se repita que lo fundamental en la formación de un psicoanalista es su propio análisis, hay prejuicios que, en acto, nos hacen situarlo en el mal lugar. Y eso quiere decir que hay que hacer un esfuerzo más, un esfuerzo que es de lectura verdadera, que es la que empuja hacia la escritura. Claramente no hablamos de las meras acciones de leer y escribir como quien lee y escribe la lista del supermercado, es un poco más complejo. Podemos tomar un ejemplo relacionado con ese psicoanalista. El otro día leía un libro suyo en el cual se publicó uno de sus cursos-seminarios. Si se lo lee con cuidado, se verá que oscila todo el tiempo entre lo que se sostiene con la palabra y algo que se escribe pero que contradice esa palabra que se había dicho. Y ello se relaciona estrechamente con el mal lugar dado al propio análisis. ¿Qué ocurre entonces sin que se lo perciba? Que el no-querer-saber toma el mando y con ello nos deslizamos, sin advertirlo, hacia el no hacernos cargo de lo real, incluso diciendo que tomamos un camino hacia lo real y su clínica. Tomemos un único ejemplo de ese libro para ejercer la lectura en acto. Dice allí, correctamente, que “no hay teoría ni práctica que pudiera agotar el encuentro y el desencuentro del parlêtre con lo real”. Tal vez convendría decir sólo desencuentro e incluso inadecuación, pero está bien. Sin embargo, dice algo que contradice en acto esta misma declaración si se la sabe leer, y eso hace que, generalmente, pasara desapercibido y que el deslizamiento hacia el no-querer-saber se hiciera furtivo. Dice: “aun siendo psicoanalistas, con muchos años de análisis a cuestas, los del propio análisis incluidos”, y sigue la frase después de este prolegómeno. Y en eso solo ya se deslizó lo que hay que saber leer y ya se contradijo en acto la otra afirmación correcta. Implica un prejuicio común, que nos acecha desde lo más hondo de nosotros mismos, así que probablemente les pasará desapercibido hasta que no lo señalemos con atención. Ese prejuicio común, tan difícil de romper, es el siguiente: un psicoanalista es alguien que atiende pacientes. No, un psicoanalista es, como señaló Lacan alguna vez, alguien de quien se espera un psicoanálisis. Pero vamos a leerlo con cuidado: ello implica alguien que llevó su propio análisis hasta sus últimas consecuencias, y de estos no hay tantos como se cree. Volvamos a la frase de este reconocido practicante, eso que agrega al final, “los del propio análisis incluidos”, hace que se sitúe el análisis propio como algo secundario, y el prejuicio se desliza desapercibido tanto para el que articula la frase como para el que la oye. Los “muchos años de análisis a cuestas” son, fundamentalmente, los del propio análisis, pero es peor todavía, porque la cronología es secundaria, y no son años, es otra cosa, es precisión, es poesía, es escritura. Está lleno de gente que dice “tengo veinte años de análisis” (y ese tengo ya es una clave de alarma) y, en acto, se manifiesta que, en todo caso, tiene veinte años de concurrir a sesiones en las cuales no se pasa casi nunca más allá del gozoso parloteo, del blablablá que no mueve en nada el amperímetro de la relación con el no-querer-saber propio. Y el problema es que esto se desliza con el mayor de los mutismos. El prejuicio halaga el narcisismo: “somos psicoanalistas porque atendemos pacientes, a diferencia de todos los que no lo son”, y, prejuicio análogo: “y lo somos porque leímos a Freud y a Lacan” (y a Winnicott, y a Melanie Klein, y a Ferenczi y al que fuera). ¿Seguro que los leímos? Leer no es la acción de pasar los ojos por la letra impresa, leer es pasar la palabra a escritura y eso sólo ocurre poniendo en su lugar el propio análisis y sabiendo que él empieza a existir cuando se lo lleva hasta sus últimas consecuencias.

Antes dijimos psicoanálisis orientado. La palabra orientado, que acabamos de usar, implica dos cosas juntas: una dirección, que es de la historia a la poesía, del sentido al sin-sentido, de la palabra al silencio que pasó por la palabra y que suele resumirse con una frase que se repite pero que no debe comprenderse: hacia lo real. Pero también implica lo opuesto a desorientado. No se trata de una orientación entre otras, es la orientación, hacia el hacernos cargo en acto del radical no-hay.

Ya en este punto surge un problema que está presente desde Freud hasta aquí. Freud mismo lo formula con sus términos: ¿cómo conciliar lo infinito de ese no-querer-saber (interminable en el vocabulario de Freud) con el término posible de un psicoanálisis, con su conclusión? Nos va a interesar, desde aquí, la relación que hay entre la repetición circular, en bucle, y el corte. El camino de un psicoanálisis, desde este punto de vista, es ese: de la repetición de lo mismo al corte.

Pero volvamos al no-querer-saber. George Steiner, en el prólogo de La poesía del pensamiento, señala que “tal vez, en nuestra breve historia evolutiva, aún no hayamos aprendido a pensar. Puede que la etiqueta homo sapiens, excepto para unos cuantos, sea una jactancia infundada”. Pero es peor que eso: tenemos que postular que no habrá nunca algo así como “aprender a pensar”; lo que habrá siempre es no-querer-saber. El homo sapiens está horrorizado y lo estará siempre. Percussas pavore hominum. Pero si bien el horrorizado no-querer-saber es lo que habrá siempre, también puede haber un empuje contrario a él. Por supuesto, destinado a perder, pero, ¿y?

Ese empuje implica un esfuerzo de escritura que es un esfuerzo de poesía. Es sabido que Platón rechazaba dos cosas en las que él mismo estaba sumergido: la poesía y la escritura. Lo que ocurre es que no se mira con cuidado ese rechazo y sólo se lo repite casi como lugar común. Lo que Platón temía, tanto de la escritura como de la poesía, es la autocomplacencia de lo que llamamos, con Lacan, comprensión y que es algo bien específico. Estamos todo el tiempo en peligro de comprender, a punto de ceder a esa autocomplacencia propiciatoria del no-querer-saber. En ese punto Platón estaba orientado, su problema comienza por la suposición, que sostiene todo el tiempo, de que el desvío de la comprensión puede evitarse. Pues bien, no se puede. El no-querer-saber manda. Pero sí puede mitigarse su efecto, justamente haciendo el esfuerzo de pasar la palabra a escritura y la narración a poesía, que es exactamente lo que el mismo Platón hizo. Como señaló Roland Barthes en una conferencia que dictó en Italia en 1974, si la escritura va más allá de la palabra es porque ella es la verdad del lenguaje (y no de la persona del autor). Y hay dos experiencias que son, en acto, la demostración de esto: la de la poesía y la de un psicoanálisis. Eso mismo que decía Barthes puede decirse, con Octavio Paz, de la siguiente manera: los poetas no tienen biografía, su obra es su biografía. El camino de un psicoanálisis, de la biografía a la poesía, de la historia a la poesía, de la narración a la poesía, tiene que ver con esto.

La poesía es esfuerzo de precisión. ¿Por qué? Porque no atenta contra la ambigüedad de los vocablos (como sí lo hace, por ejemplo, la neurosis obsesiva, muchas veces en el consultorio, cuando postula que “lo que quise decir es x” –la respuesta que suelo dar es “no importa lo que quisiste decir, importa lo que decís sin querer”). No atentar contra la ambigüedad de los vocablos es hacerse cargo de que no hay sinonimia absoluta y ello permite escribir al pie de la letra. Sí, la ambigüedad no negada es precisión, y sólo la poesía lo sabe. Y el psicoanálisis, pero no el que no existe, no la disciplina intelectual: un psicoanálisis en acto, singular, escrito, ético, llevado hasta sus últimas consecuencias, demostrado y poético. Y eso está al alcance de todos, sólo que, llegado allí, el todos se desvanece y nos queda la singularidad no-toda del estilo. Y es por ello por lo que podemos sostener, al mismo tiempo, lo que decía Freud y que suele ser mal entendido: un psicoanálisis no es para todos. Para todos y psicoanálisis no van juntos, no pueden ir juntos. O psicoanálisis o para todos. Se excluyen. Un psicoanálisis es adueñarse en acto del propio estilo, y, como señaló Mallarmé, hay ritmo desde que hay estilo. Por eso un psicoanálisis implica un esfuerzo de poesía a ser demostrado en acto, no postulado y sólo enunciado teórica e intelectualmente.

Por supuesto que ello puede hacerse. Hay ejemplos, se puede decir exactamente todo lo que estamos diciendo con la mera intención de negar la castración. No es una cuestión de enunciados, sino de posición de enunciación, pero para distinguir ambas cosas hay que saber leer.

Un psicoanálisis, entonces, y ¿qué es un psicoanálisis? Es ese empuje incansable contra el inextinguible no-querer-saber. Hasta se puede decir que es un empuje imposible contra la naturaleza misma del parlêtre. Eso es lo que hace a su fragilidad. A que se sostenga sólo de eso que Lacan llamó deseo del analista, que es formalizable y que no debe confundirse con el deseo a secas del sujeto. Pero no sirve de nada formalizarlo intelectualmente, hay que hacer su experiencia. ¿Dónde nace? En el diván, haciéndose cargo del propio no-querer-saber, llevando la solución espontánea y salvaje que instauramos ante el no-hay, que llamamos sinthome espontáneo, que es defensivo, a ese otro sinthome, que llamamos analítico, inventado en el camino de un análisis y que implica el perturbar la defensa hasta sus últimas consecuencias y hacerse al final un nombre. Como el poeta. Lo escribió bien María Zambrano: “como el poeta no busca, sino que encuentra, no sabe cómo llamarse”, esto antes, decimos nosotros, “tendría que adoptar el nombre de lo que lo posee”, sigue Zambrano, “de lo que lo toma allanando la morada de su alma, de lo que lo arrebata”. Y adoptar no es suficiente, agregamos, encarnar ese nombre singular. Esto no ocurre repitiendo lo que dijeron Freud y Lacan, sino imitando en acto su posición ante lo real, que es de Freud, de Lacan, de Unamuno, de Sócrates, de los verdaderos poetas, que son los que se atreven a otra cosa que el no-querer-saber espontáneo. Borges señalaba que un maestro es alguien que nos muestra cómo enfrentarnos al universo, digamos, mejor, a lo real, pero no basta con ser discípulo, hay que atreverse a ser maestro, en soledad y silencio. Retomemos algo que está escrito en otro lugar: porque callo después de haber pasado por la palabra es que escribo. Hay algo más que el desnudo no-querer-saber que, en realidad, jamás está desnudo sino vestido y disfrazado con aplastante sentido, y podemos atrevernos a ese algo más.

En otro lugar lo llamé coraje de la experiencia y alguien preguntó por qué mencionar al coraje al hablar del psicoanálisis. La respuesta es que si no mencionamos al coraje y, sobre todo, si no lo ponemos en acto, el psicoanálisis no existe. Por supuesto que se puede delirar teóricamente, se puede también hacer estragos atendiendo pacientes; esos estragos son, fundamentalmente, dados por jugar la partida del no-querer-saber de a dos. Y ello puede ocurrir porque hay al menos tres niveles en un psicoanálisis pero que no tienen los tres el mismo peso. El nivel fundamental es el nivel de la ética, en el cual un psicoanálisis debe diferenciarse de la filosofía. Después está el nivel del saber, en el cual un psicoanálisis debe diferenciarse de la ciencia. Y por último está el nivel clínico, en el cual un psicoanálisis debe diferenciarse de la psiquiatría. Si el nivel de la ética falla en acto no ocurre esa triple diferenciación y el psicoanálisis, entonces, no existe.

Subrayamos, entonces, una vez más, la importancia de poner el propio análisis en su lugar. Los poetas lo supieron siempre. Por ejemplo, otra vez, Borges. El joven Borges que, en su libro de 1926 del cual luego renegó hasta el final (al punto de eliminarlo de su obra completa ­–tres libros eliminó, que igual se consiguen: El idioma de los argentinos, Inquisiciones y El tamaño de mi esperanza, que es ese libro de 1926), allí escribió que “pienso que las palabras hay que conquistarlas, viviéndolas”. El mejor lugar para ello es un psicoanálisis, donde ese vivir las palabras es pasarlas a escritura. Pero hay que atreverse a ello, y una de las formas de no atreverse es venerar a los poetas como si fueran seres especiales, inalcanzables para el común mortal. Tal vez nos conviene citar a Emerson, “si un hombre quiere hacer algo bien, debe acercarse a ello desde una posición más elevada”. El que considera al poeta como algo inalcanzable ya se acerca a la poesía de la mala manera y no está en grado de adueñarse de las palabras viviéndolas. Un esfuerzo de poesía es eso, específico, difícil, quizá imposible, no basta mentarlo para ejercerlo. Un esfuerzo de poesía es en acto y contra el no-querer-saber. Hay muchos, sin embargo, que postulan haber llevado el propio análisis hasta sus últimas consecuencias cuando, en realidad, ese análisis ni siquiera comenzó. Podemos llamarlo el antipsicoanálisis. Es lo más común.

Porque lo que hay ya lo dijimos: no-querer-saber perpetuo, incansable, infinito, pero en algún lugar hay también uno que le dice no al ruido, al parloteo vacío, al zumbido que aturde, al horror y, desde la soledad y el silencio que no niegan la muerte, se atreve a una invención. El psicoanálisis no hay. Si nos atrevemos, puede haber un psicoanálisis.


Presentado en «Tres contra uno», el 27 de junio de 2020, en la plataforma Zoom.

Tomás Sánchez. Isolate, 2001

Curso teórico-clínico anual 2022

El análisis propio, la supervisión y la teoría como herramientas indispensables para la formación de un psicoanalista.

El psicoanálisis es una experiencia. Es indispensable entender esto. ¿Qué significa? Que no es un juego intelectual. Quien se nombre psicoanalista debe pasar por la experiencia del encuentro con el inconsciente, en su propio análisis y con los pacientes que escuchara portando el semblante de psicoanalista. También debe poner en eje su práctica, el deseo del analista, y ello sólo se logra por medio de la supervisión. Eso es lo que se espera, lo que se fomenta, lo que se anhela. Pero no siempre se logra.

El psicoanálisis no es una teoría, no es un juego de representaciones y retruécanos ni axiomas. Es una disciplina que exige no retroceder con cada paso que se da. Ello genera un imposible de soportar porque, así como no hay técnica, no hay ser del analista. ¿Cómo ser analista? ¿Cómo devenir psicoanalista? Animándose a ser uno. Uno entre otros, arriesgándose a crear un estilo propio.

En 1913 Freud comparó la práctica del psicoanálisis con el aprendizaje de las reglas del ajedrez:

«Quien pretenda aprender por los libros el noble juego del ajedrez, pronto advertirá que sólo las aperturas y los finales consienten una exposición sistemática y exhaustiva, en tanto que la rehúsa la infinita variedad de las movidas que siguen a las de apertura. Únicamente el ahincado estudio de partidas en que se midieron grandes maestros puede colmar las lagunas de la enseñanza. A parecidas limitaciones están sujetas las reglas que uno pueda dar para el ejercicio del tratamiento psicoanalítico»[1].

De dicha cita podemos extraer dos puntos que usaremos para ilustrar cierta orientación con respecto al psicoanálisis: 

El primero es que no hay técnica, a pesar de que se pueden establecer con claridad el comienzo y el final, no hay técnica. 

Segundo, que las “partidas en que se midieron los grandes maestros” no son otras que las que se obtienen en la misma práctica clínica. Y no son las partidas que se ganan, sino aquellas en las que se pierde, porque sólo con el error se aprende, sobre todo, y más que en ningún otro lugar, en el psicoanálisis.

[1] Sigmund Freud (1913): “Sobre la iniciación del tratamiento” en Obras Completas, tomo XII, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1996, página 125


El curso teórico clínico-anual 2022 tendrá duración de marzo a diciembre, a razón de tres encuentros por mes, los sábados de 11hs a 13hs.
Dos encuentros serán para trabajar textos del programa anual y el tercero será dedicado al seminario sobre Clínica de la psicosis no desencadenada, que es para los participantes de segundo año, pero está abierto para los ingresantes y se recomienda hacerlo.

La modalidad es virtual, por medio de la plataforma Zoom. Los encuentros no son grabados.

El costo del curso es de pesos argentinos $3500 o U$S 20 por mes. No se cobra matriculación.

La actividad comienza el 5 de marzo de 2022.

Para ingresar al curso se debe solicitar una entrevista de admisión a redpsi.info@gmail.com

Estamos enfermos de la ausencia de relación sexual

Jacques-Alain Miller

Lacan creía que la falla que vuelve para siempre al hombre enfermo era la ausencia de relación sexual, que esa enfermedad era irremediable, que nada podía colmar ni curar la distancia entre un sexo y otro, que cada uno, como sexuado, está aislado de lo que siempre quiso considerar como su complemento. La ausencia de relación sexual invalida toda noción de salud mental y de tratamiento terapéutico como retorno a la salud mental.

Vemos entonces que, contrariamente a lo que el optimismo gubernamental profesa, no hay salud mental. Se opone a la salud mental —y a todo tratamiento terapéutico, que supone que conduce a ella— la erótica. En otras palabras, el aparato del deseo, que es singular para cada uno, objeta la salud mental.

El deseo está en el polo opuesto de cualquier norma, es como tal extranormativo. Y si el psicoanálisis es la experiencia que permitiría al sujeto explicitar su deseo en su singularidad, este no puede desarrollarse más que rechazando toda intención terapéutica.


Instagram: @Stupidart1

Jacques-Alain Miller: Sutilezas analíticas, Paidós, Buenos Aires, página 35.

No como todo el mundo

 

Jacques-Alain Miller

 
«El deseo implica esencialmente en el ser que habla y es hablado, en el parlêtre, un no como todo el mundo , un aparte, una desviación fundamental y no adventicia. El discurso del amo siempre quiere lo mismo, el discurso del amo quiere el como todo el mundo. Y el psicoanálisis representa justamente la reivindicación, la rebelión del no como todo el mundo, el derecho a una desviación experimentada como tal, que no se mide por ninguna norma. Esta desviación afirma su singularidad y es incompatible con un totalitarismo, con un para todo x. El psicoanálisis promueve el derecho de uno solo, a diferencia del discurso del amo, que hace valer el derecho de todos. ¡Qué frágil es el psicoanálisis! ¡Qué delicado! ¡Y qué amenazado está siempre! Sólo se sostiene por el deseo del analista de dar lugar a lo singular del Uno…
Respecto del todos, que sin dudas tiene sus derechos – y los agentes del discurso del amo se pavonean hablando en nombre de estos–, el deseo del analista se pone del lado del Uno. Con una voz temblorosa y bajita el psicoanalista hace valer el derecho a la singularidad. »

 
 
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Jacques-Alain Miller: Sutilezas analíticas, Paidós, Buenos Aires, página 36.

Para amar es preciso hablar

Jacques-Alain Miller

Entonces, para la pareja del parlêtre femenino hay dos axiomas que debemos guardar en el espíritu si no queremos ser embrutecidos. Primero, para amar es preciso hablar, el amor es inconcebible sin la palabra, justamente porque amar es dar lo que no se tiene y no se puede dar lo que no se tiene a no ser hablando, porque es hablando que damos nuestra falta en ser. Tanto mejor cuando hablamos de amor, pero no es de manera alguna necesario, ya que hay mujeres que se satisfacen muy bien si la pareja las critica, con tal de que él hable. El verdadero problema del lado femenino es forzar el hombre a hablar, en lugar de mirar televisión, leer el diario, o ir al partido de fútbol. Las más inteligentes van con ellos al fútbol. Además para el hombre es mejor hablar, porque  si él no habla va a ser ella quien lo haga y para reclamarle que hable. Segundo axioma, para gozar es preciso amar. Ésta es verdaderamente una exigencia del lado femenino y podría escribir la secuencia: hablar, amar, gozar. Del lado femenino, no se puede gozar sino del habla, con preferencia del habla de amor.


Jacques Alain Miller: El hueso de un análisis, Tres Haches, Buenos Aires, 1998, página 79.

Imagen de Aykut Aydogdu

Notas sobre la supervisión

Gustavo Dessal

Para ocupar la posición del analista se requieren una serie de condiciones, que son la consecuencia de la experiencia a la que el practicante se ha sometido en su propio análisis. Dicha experiencia tiene que haber producido una pérdida: la renuncia a todo fantasma de dominio del saber. Esta asunción de la castración del Otro se traduce en una herida narcisista. Implica, como lo expresa Lacan en su lección del 17 de diciembre de 1969 [1], abandonar “…la idea de que de alguna forma o en algún momento, aunque sea como una esperanza en el futuro, el saber pueda constituir una totalidad cerrada…”
Uno de los problemas relacionados con la supervisión es la posibilidad de que el analista en posición de supervisor trate, de manera inconsciente, de restaurar esa pérdida, de aliviar esa herida narcisista ocupando el lugar de amo del saber, o de un meta-saber. La posición del supervisor supone el riesgo de jugar el papel de ser el Otro del Otro. Eso se ve reforzado por el hecho de que el practicante pone al supervisor en el lugar del sujeto supuesto saber, es decir, hay una tendencia a establecer una transferencia que no es fácil de distinguir de aquella que se desarrolla en un análisis. Prueba de ello es que no es inusual que el practicante pueda convertir el control en una sesión analítica, es decir, pasar del inconsciente del sujeto del caso a su propio inconsciente. Pero la cuestión es aún más compleja. En lo que acabo de decir, se puede suponer que podría existir una línea divisoria muy precisa entre el practicante y el caso. En realidad, tenemos que partir de algo muy elemental: preguntarnos qué es aquello que se lleva a un control. Incluso una pregunta mucho más simple: ¿por qué supervisamos? No hay una única respuesta a esa pregunta, pero me parece que una de las razones frecuentes es que la demanda de supervisión surge cuando el practicante experimenta alguna clase de incomodidad con el caso. Esa incomodidad está relacionada con algo que sobrepasa al practicante, algo que conmueve su posición en la escucha. De allí la importancia que tiene localizar ese punto en la supervisión. En otras palabras, del mismo modo en que es fundamental investigar qué es lo que ha desencadenado una demanda de análisis, es imprescindible descubrir qué es lo que mueve a una demanda de supervisión.
La supervisión no es un encuentro entre un maestro y su discípulo. Su objetivo principal es despejar el obstáculo, la resistencia del analista. Es en ese sentido que la supervisión puede enseñar algo, que es distinto a la idea de que es el supervisor quien enseña. El supervisor puede, sin duda, añadir algo. Algo en referencia al diagnóstico, la dirección de la cura, pero su función principal es la que permitir que el practicante pueda restablecer su posición respecto de su propio acto, dado que finalmente es el sentimiento de estar sobrepasado por su acto lo que desencadena el pedido de supervisión. Quiero detenerme un poco en la importancia de sentirse sobrepasado por el acto analítico. Para ello me voy a servir de una observación de Lacan en la lección del 14 de noviembre de 1962 al comienzo de su seminario sobre la angustia: “El analista que entre en su práctica no está excluido de sentir, gracias a Dios, aunque presente muy buenas disposiciones para ser un psicoanalista, en sus primeras relaciones con el enfermo en el diván alguna angustia”. [2] ¿Por qué Lacan considera que la angustia puede ser un signo positivo de la posición del analista? Les ofrezco una interpretación: porque la angustia está muy próxima al no-saber. La posición del analista implica estar en condiciones de sostener una determinada relación con el no-saber. De un modo análogo, es preciso que el practicante no permanezca instalado en la comodidad del automaton. El analista bien instalado en su lugar, el analista que no está un poco descentrado de su lugar, puede favorecer una estática inercial en la cura del analizante. La demanda de supervisión parte de allí, tiene su origen en la incomodidad saludable que impide que la práctica se vuelva somnolienta.
No hay muchas referencias de Lacan al tema de la supervisión. Al menos no hay las suficientes como para deducir una doctrina lacaniana de la supervisión. Quién sabe, tal vez Lacan no estaba interesado en promover una doctrina de la supervisión. En la lección del 18 de noviembre de 1975 del seminario 23 [3] , hay una observación muy curiosa que Lacan hace respecto de las personas que supervisan con él. Por una parte, considera que los analistas se comportan como rinocerontes. El rinoceronte, Albrecht Dürer Rinoceroscomo sabemos, es un animal torpe y miope. Por otra, dice que él encara la supervisión en dos etapas. Hay una primera etapa en la que él se muestra de acuerdo con todo lo que los practicantes hacen. No les cuestiona absolutamente nada. No es una actitud paternalista, del tipo “aprende de tus errores por ti mismo”. Esta primera etapa consiste en no alimentar en el supervisante la idea de que lo que está en juego en la supervisión es la obtención de un saber. Más tarde vendrá la segunda etapa, que Lacan describe así: “La segunda etapa consiste en jugar con ese equívoco que podría liberar el sinthome[4]. En efecto, la interpretación opera únicamente por el equívoco: “Es preciso que haya algo en el significante que resuene” [5]. Esto es absolutamente enigmático. ¿Qué es esa interpretación de la que habla Lacan en ese contexto, el de la segunda etapa que se lleva a cabo con los practicantes que supervisan con él? ¿Se trata de la interpretación que el supervisor hace del caso y que trata de conmover el goce anudado con el síntoma del analizante? Seguramente podemos responder que sí. Pero también puede suceder que la interpretación produzca una resonancia en el analista. Cuando esa interpretación da en el blanco le permite al analista encontrar las coordenadas que lo guían de nuevo hacia la posición de semblante del objeto causa del deseo en la transferencia. En ese sentido, el control opera más como una rectificación de la posición en la transferencia que como una transmisión de saber. Es fundamental subrayar que la supervisión no proporciona una acumulación de saber. No sabré más por supervisar cien veces que si superviso diez. No es eso lo que está en juego, porque se trata del deseo del analista y de su “saber hacer”. Ese “saber hacer” no es una información o conocimiento, no es un saber referencial que se almacena, puesto que tanto la sesión analítica como el control remiten a un acontecimiento que es siempre singular, que siempre cuenta como uno.
Tenemos una idea clásica de la supervisión:

S1-S2

En la supervisión orientada por la enseñanza de Lacan debemos pensar en estos términos:

S1 y S2 14

¿Qué significa esto? Que el problema de la supervisión es cómo evitar que la demanda se satisfaga mediante una respuesta que alimente el fantasma del saber del analista como un saber que progresa. Por supuesto, interferir el vector que va de S1 a S2 no significa que la dificultad que el analista trae a la supervisión permanezca igual. Es preciso encontrar el modo de deshacer el nudo, para lo cual hay que tener siempre presente que lo que ha creado ese nudo no es un déficit de saber.
Como parte de la formación, la supervisión puede tener efectos analíticos en el practicante, y estimular la posibilidad de dar un paso más en su propio análisis. En mi experiencia personal como supervisante los mejores controles que he tenido fueron aquellos que me sirvieron para descubrir algo nuevo en mi proceso de análisis. Cuando me sitúo en la posición de supervisar a otros, siempre tengo en mente un principio básico: nadie conoce al analizante más y mejor que su analista. Por eso, en general confío en lo que hacen los analistas que supervisan conmigo. Confío en que han hecho un recorrido analítico, y que van a apoyarse fundamentalmente en eso. Por eso mi papel se limita a despertarlos un poco cuando caen bajo la hipnosis de la comprensión, que es una pendiente por la que es muy fácil deslizarse.
Hay otro aspecto de la supervisión que me gustaría traer. Es necesario supervisar también para que el practicante elabore su sentimiento de culpabilidad. Ese sentimiento, que como sabemos está ligado con el superyó, interviene en la dirección de la cura al menos de dos modos principales. Por una parte, cuando el analista toma a su cargo el peso de la queja del paciente de que no hay progresos terapéuticos. A menudo los practicantes se identifican con esa demanda. En tales casos la supervisión es muy útil para clarificar eso, para no enredarse en la agresividad transferencial. Por otra parte, y esto es algo que vemos muchas veces especialmente en los que inician su práctica, la culpa se manifiesta en el hecho de no poder sostener una posición de silencio. Inconscientemente creen que su función tiene que justificarse, y que la justificación consiste en el imperativo superyoico de que tienen que interpretar, que el paciente no puede marcharse con las manos vacías, o, mejor dicho, con los oídos vacíos. La supervisión puede ser el lugar donde tratar esa culpa, o al menos traerla a la luz para que luego se elabore en el análisis.
Quiero traer ahora un ejemplo, algo que dejó una marca fundamental en mi formación analítica: la primera vez que supervisé un caso. De esa primera vez extraje una enseñanza inolvidable, algo que algunos años más tarde encontré leyendo el seminario 3 de Lacan, donde al inicio dice algo así como: “Absténganse de comprender”. Se trataba de una joven paciente que me había contado un sueño. En el sueño, su madre estaba subida al tejado de una casa. La paciente está junto a la casa, mirando a su madre. De repente, la madre tropieza y cae. Su cuerpo se queda inmóvil en el suelo. Le relaté el sueño al supervisor, y la interpretación que hice de él: el deseo de muerte de la madre. El supervisor frunció el ceño y me preguntó en qué me basaba para hacer esa interpretación. “En que la madre se cae del tejado y se muere”, respondí. “Su paciente no dijo eso. Ha dicho que veía la caída de su madre”. En efecto, que la madre se caiga del lugar en donde está no significa que haya muerto. Sólo ha caído. El significante del sueño, que señala la angustia, es la caída. El supervisor, al hacer resonar el equívoco del significante “caer”, me permitió internalizar el consejo de Lacan: no se trata de comprender. Comprender es una de las maneras en las que se manifiesta el fantasma de domino del saber.
Es muy importante notar que la función principal de la supervisión no es resolver una urgencia, sino crear un espacio donde poder pensar, a posteriori, las consecuencias del acto analítico. La demanda de auxilio para evitar la pérdida de un paciente produce una distorsión de aquello que debería suceder en una supervisión. Introduce la demanda de un saber mágico, que reclama la omnipotencia, como si se pudiese encontrar la interpretación salvadora. Por supuesto, no estoy sugiriendo que la supervisión no pueda a veces ser muy útil en este sentido, pero no puede ser por defecto aquello en lo que se base.
En el Acta de Fundación de su Escuela, Lacan afirma que el análisis del psicoanalista tiene efectos sobre toda la práctica del sujeto que en él se compromete. El control se impone, por lo tanto, en el momento mismo en que esos efectos se manifiestan en dicha práctica, con el objetivo de proteger al paciente de esos efectos. ¿Cómo entender esto? Es muy interesante ese lado de la cuestión. La supervisión es abordada aquí por Lacan como una tarea fundamentalmente ética, que apunta no tanto al practicante como al paciente. Lo que está en juego es la necesidad de preservar al analizante, de evitar que sea afectado por los efectos que se producen en el análisis del analista.
El control tiene sin duda un valor epistémico. Ese valor no se corresponde con una enseñanza en el sentido de la transferencia de un saber del supervisor al supervisante. La ganancia de saber que se produce en la supervisión proviene del hecho de que contar un caso y el impasse que ha provocado la demanda tiene en sí mismo un efecto de interpretación. El relato constituye una elaboración de saber.
También hay una dimensión estrictamente clínica. Allí la cuestión diagnóstica puede parecer esencial, pero no lo es tanto. Por supuesto, el diagnóstico tiene toda su importancia. Conviene saber qué sujeto es aquel a quien recibimos. Pero importa mucho más es la dimensión ética. El control es una práctica que se apoya fundamentalmente en la ética del psicoanálisis. Cómo preservar el deseo del analista, el deseo que está implicado en su acto, que no es un deseo subjetivo, de la incidencia del discurso corriente, del discurso en el que el practicante está inevitablemente incluido a pesar de que su propio análisis tiene que reducir todo lo posible esa incidencia.
¿Cómo conciliar la supervisión con el principio de que el analista se autoriza por sí mismo? Porque hay una etapa en la cual el practicante solicita un control porque en el fondo lo que está en juego es una demanda de autorización. “Quiero saber si lo estoy haciendo bien o no”. Eso es lo que Lacan trataba de evitar dando la razón a los rinocerontes. Solo en un segundo tiempo, cuando el practicante alcanza una destitución del SSS del supervisor (lo cual es un efecto de su propio análisis), es cuando la supervisión se convierte en el espacio donde poner a prueba los efectos de subjetivación del deseo del analista.


[1] Lacan, J.: El reverso del psicoanálisis, Paidós, Barcelona, 1992, página 31.

[2] Lacan, J.: La angustia, Paidós, Buenos Aires, 2006, página 13.

[3] Lacan, J.: El sinthome, Paidós, Buenos Aires, 2006, página 17.

[4] Op. Cit.: página 17.

[5] Ibid.

Publicado originalmente con el mismo título en Freudiana 89/90

Agradecemos a Gustavo Dessal por su generosidad.

Vanidad, Frank Cadogan Cowper, 1907

Principios rectores del acto analítico

Por Éric Laurent

Preámbulo
Durante el Congreso de la AMP en Comandatuba, en el 2004, la Delegada General presentó una «Declaración de principios» ante la Asamblea General. Luego los Consejos de las Escuelas hicieron llegar los resultados de sus lecturas, de sus observaciones y señalamientos. Después de ese trabajo, presentamos ahora, ante la Asamblea, estos Principios que les pedimos adopten.



Primer principio: El psicoanálisis es una práctica de la palabra. Los dos participantes son el analista y el analizante, reunidos en presencia en la misma sesión psicoanalítica. El analizante habla de lo que le trae, su sufrimiento, su síntoma. Este síntoma está articulado a la materialidad del inconsciente; está hecho de cosas dichas al sujeto que le hicieron mal y de cosas imposibles de decir que le hacen sufrir. El analista puntúa los decires del analizante y le permite componer el tejido de su inconsciente. Los poderes del lenguaje y los efectos de verdad que este permite, lo que se llama la interpretación, constituyen el poder mismo del inconsciente. La interpretación se manifiesta tanto del lado del psicoanalizante como del lado del psicoanalista. Sin embargo, el uno y el otro no tienen la misma relación con el inconsciente pues uno ya hizo la experiencia hasta su término y el otro no.


Segundo principio: La sesión psicoanalítica es un lugar donde pueden aflojarse las identificaciones más estables, a las cuales el sujeto está fijado. El psicoanalista autoriza a tomar distancia de los hábitos, de las normas, de las reglas a las que el psicoanalizante se somete fuera de la sesión. Autoriza también un cuestionamiento radical de los fundamentos de la identidad de cada uno. Puede atemperar la radicalidad de este cuestionamiento teniendo en cuenta la particularidad clínica del sujeto que se dirige a él. No tiene en cuenta nada más. Esto es lo que define la particularidad del lugar del psicoanalista, aquel que sostiene el cuestionamiento, la abertura, el enigma, en el sujeto que viene a su encuentro. Por lo tanto, el psicoanalista no se identifica con ninguno de los papeles que quiere hacerle desempeñar su interlocutor, ni con ningún magisterio o ideal presente en la civilización. En ese sentido, el analista es aquel que no es asignable a ningún lugar que no sea el de la pregunta sobre el deseo.


Tercer principio: El analizante se dirige al analista. Pone en el analista sentimientos, creencias, expectativas en respuesta a lo que él dice, y desea actuar sobre las creencias y expectativas que él mismo anticipa. El desciframiento del sentido no es lo único que está en juego en los intercambios entre analizante y analista. Está también el objetivo de aquel que habla. Se trata de recuperar junto a ese interlocutor algo perdido. Esta recuperación del objeto es la llave del mito freudiano de la pulsión. Es ella la que funda la transferencia que anuda a los dos participantes. La fórmula de Lacan según la cual el sujeto recibe del Otro su propio mensaje invertido incluye tanto el desciframiento como la voluntad de actuar sobre aquel a quien uno se dirige. En última instancia, cuando el analizante habla, quiere encontrar en el Otro, más allá del sentido de lo que dice, a la pareja de sus expectativas, de sus creencias y deseos. Su objetivo es encontrar a la pareja de su fantasma. El psicoanalista, aclarado por la experiencia analítica sobre la naturaleza de su propio fantasma, lo tiene en cuenta y se abstiene de actuar en nombre de ese fantasma.


Cuarto principio: El lazo de la transferencia supone un lugar, el «lugar del Otro», como dice Lacan, que no está regulado por ningún otro particular. Este lugar es aquel donde el inconsciente puede manifestarse en el decir con la mayor libertad y, por lo tanto, donde aparecen los engaños y las dificultades. Es también el lugar donde las figuras de la pareja del fantasma pueden desplegarse por medio de los más complejos juegos de espejos. Por ello, la sesión analítica no soporta ni un tercero ni su mirada desde el exterior del proceso mismo que está en juego. El tercero queda reducido a ese lugar del Otro.
Este principio excluye, por lo tanto, la intervención de terceros autoritarios que quieran asignar un lugar a cada uno y un objetivo previamente establecido del tratamiento psicoanalítico. El tercero evaluador se inscribe en esta serie de los terceros, cuya autoridad sólo se afirma por fuera de lo que está en juego entre el analizante, el analista y el inconsciente.


Quinto principio: No existe una cura estándar ni un protocolo general que regiría la cura psicoanalítica. Freud tomó la metáfora del ajedrez para indicar que sólo había reglas o para el inicio o para el final de la partida. Ciertamente, después de Freud, los algoritmos que permiten formalizar el ajedrez han acrecentado su poder. Ligados al poder del cálculo del ordenador, ahora permiten a una máquina ganar a un jugador humano. Pero esto no cambia el hecho de que el psicoanálisis, al contrario que el ajedrez, no puede presentarse bajo la forma algorítmica. Esto lo vemos en Freud mismo que transmitió el psicoanálisis con la ayuda de casos particulares: El Hombre de las ratas, Dora, el pequeño Hans, etc. A partir del Hombre de los lobos, el relato de la cura entró en crisis. Freud ya no podía sostener en la unidad de un relato la complejidad de los procesos en juego. Lejos de poder reducirse a un protocolo técnico, la experiencia del psicoanálisis sólo tiene una regularidad, la de la originalidad del escenario en el cual se manifiesta la singularidad subjetiva. Por lo tanto, el psicoanálisis no es una técnica, sino un discurso que anima a cada uno a producir su singularidad, su excepción.


Sexto principio: La duración de la cura y el desarrollo de las sesiones no pueden ser estandarizadas. Las curas de Freud tuvieron duraciones muy variables. Hubo curas de sólo una sesión, como el psicoanálisis de Gustav Mahler. También hubo curas de cuatro meses como la del pequeño Hans o de un año como la del Hombre de las ratas y también de varios años como la del Hombre de los lobos. Después, la distancia y la diversificación no han cesado de aumentar. Además, la aplicación del psicoanálisis más allá de la consulta privada, en los dispositivos de atención, ha contribuido a la variedad en la duración de la cura psicoanalítica. La variedad de casos clínicos y de edades en las que el psicoanálisis ha sido aplicado permite considerar que ahora, en el mejor de los casos, la duración de la cura se define «a medida». Una cura se prolonga hasta que el analizante esté lo suficientemente satisfecho de la experiencia que ha hecho como para dejar al analista. Lo que se persigue no es la aplicación de una norma sino al acuerdo del sujeto consigo mismo.


Séptimo principio: El psicoanálisis no puede determinar su objetivo y su fin en términos de adaptación de la singularidad del sujeto a normas, a reglas, a determinaciones estandarizadas de la realidad. El descubrimiento del psicoanálisis es, en primer lugar, el de la impotencia del sujeto para llegar a la plena satisfacción sexual. Esta impotencia es designada con el término de castración. Más allá de esto, el psicoanálisis con Lacan, formula la imposibilidad de que exista una norma de la relación entre los sexos. Si no hay satisfacción plena y si no existe una norma, le queda a cada uno inventar una solución particular que se apoya en su síntoma. La solución de cada uno puede ser más o menos típica, puede estar más o menos sostenida en la tradición y en las reglas comunes. Sin embargo, puede también remitir a la ruptura o a una cierta clandestinidad. Todo esto no quita que, en el fondo, la relación entre los sexos no tiene una solución que pueda ser «para todos». En ese sentido, está marcada por el sello de lo incurable, y siempre se mostrará defectuosa.
El sexo, en el ser hablante, remite al «no todo».


Octavo principio: La formación del psicoanalista no puede reducirse a las normas de formación de la universidad o a las de la evaluación de lo adquirido por la práctica. La formación analítica, desde que fue establecida como discurso, reposa en un trípode: seminarios de formación teórica (para-universitarios), la prosecución por el candidato psicoanalista de un psicoanálisis hasta el final (de ahí los efectos de formación), la transmisión pragmática de la práctica en las supervisiones (conversaciones entre pares sobre la práctica). Durante un tiempo, Freud creyó que era posible determinar una identidad del psicoanalista. El éxito mismo del psicoanálisis, su internacionalización, las múltiples generaciones que se han ido sucediendo desde hace un siglo, han mostrado que esa definición de una identidad del psicoanalista era una ilusión. La definición del psicoanalista incluye la variación de esta identidad. La definición es la variación misma. La definición del psicoanalista no es un ideal, incluye la historia misma del psicoanálisis y de lo que se ha llamado psicoanalista en distintos contextos de discurso.

La nominación del psicoanalista incluye componentes contradictorios. Hace falta una formación académica, universitaria o equivalente, que conlleva el cotejo general de los grados. Hace falta una experiencia clínica que se trasmite en su particularidad bajo el control de los pares. Hace falta la experiencia radicalmente singular de la cura. Los niveles de lo general, de lo particular y de lo singular son heterogéneos. La historia del movimiento psicoanalítico es la de las discordias y la de las interpretaciones de esa heterogeneidad. Forma parte, ella también, de la gran Conversación del psicoanálisis, que permite decir quién es psicoanalista. Este decir se efectúa en procedimientos que tienen lugar en esas comunidades que son las instituciones analíticas. El psicoanalista nunca está solo, sino que depende, como en el chiste, de un Otro que le reconozca. Este Otro no puede reducirse a un Otro normativizado, autoritario, reglamentario, estandarizado. El psicoanalista es aquel que afirma haber obtenido de la experiencia aquello que podía esperar de ella y, por lo tanto, afirma haber franqueado un «pase», como lo nombró Lacan. El “pase” testimonia del franqueamiento de sus impases. La interlocución con la cual quiere obtener el acuerdo sobre ese atravesamiento, se hace en dispositivos institucionales. Más profundamente, ella se inscribe en la gran Conversación del psicoanálisis con la civilización. El psicoanalista no es autista. El psicoanalista no cesa de dirigirse al interlocutor benevolente, a la opinión ilustrada, a la que anhela conmover y tocar a favor de la causa analítica.

Traducción: Carmen Cuñat


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Francesco Queirolo, «El desengaño» (detalle de la red)


Fuente: AMP Blog