Joker o elogio del abstenerse en siete pasos

Mercedes Ávila
Sebastián Digirónimo

 

  1. Los hombres conocemos las tentaciones, y ellas son para nosotros un problema. Pero luego se añade a él un problema más, que son las medias tintas. Si vamos a ceder a la tentación, mejor hacerlo bien y llevar las cosas hasta el extremo. El paradigma de ello es Eva. Su error, en el jardín del Edén, no fue morder el fruto prohibido y ceder así a la tentación, el error fue quedarse a mitad de camino y no atreverse a comer todos los frutos que el árbol ostentaba en sus vivas ramas. De ese modo, todo saber está siempre al servicio del no querer saber nada.

  2. Hay una tentación que siempre pone a prueba a los psicoanalistas y, como Eva, a ella sucumben y lo hacen a medias tintas. Darle un mordisco a un fruto del árbol de la vida no es sinónimo de sabiduría, y el engaño nos aleja de la ignorancia sabia. Con la película Joker, sin embargo, la cosa va más allá de los que se dicen psicoanalistas y ocurre con casi todos los espectadores. La película, distinta en ello a la mayor parte de las películas que se producen al mismo tiempo que esta (nótese el producen, completamente distinto del crean), genera un efecto automático que no ha sido leído por la mayor parte de los psicoanalistas por sucumbir ellos mismos a ese efecto: genera una irrefrenable voluntad interpretativa. Y la interpretación no es sinónimo sin más de sabiduría, y mucho menos su carácter ilimitado, que nos aleja irremediablemente de la ignorancia sabia que alguien que se dice psicoanalista debería sostener en acto.

Ocurre que, al ceder a la tentación de la interpretación irrefrenable, se hace imposible la buena pregunta, que tiene como objeto a esa misma interpretación: ¿por qué ocurre ese irrefrenable impulso por comentar la película, por explicársela uno mismo, con las herramientas que cada uno tuviera? Es una observación que cada cual puede hacer con facilidad, basta detenerse en el lugar adecuado para oír lo que los espectadores dicen al salir de la sala del cine. No pueden dejar de interpretar la película y a su protagonista. Y si no quiere uno tomarse el trabajo de ir hasta el cine más cercano, le basta entrar a cualquiera de las redes sociales actuales para descubrir el mismo efecto. Al parecer, el espectador de la película, después de verla, no puede callarse.

  1. Es claro que la película genera, casi espontáneamente, una identificación entre el espectador y el protagonista. Se pueden tratar de entender las características específicas de esa identificación, pero, en primera instancia, nos interesaría más su destino que sus características. Dónde esa identificación va a parar.

El consumidor consumido actual se identifica necesariamente con el protagonista porque el escenario que genera el discurso capitalista ubicuo es el mundo gozosamente hostil que enloquece al protagonista de la película. Uno de los destinos de esa identificación es, por eso mismo, el rechazo, porque no rechazarla empujaría sin transición a poner en entredicho el mismo discurso capitalista, y el consumidor consumido promedio no se atreve a ello por una falta ética que nada tiene que ver con las estructuras clínicas. Una forma de ejercer ese rechazo es la sobreinterpretación, la interpretación sin límites ante la cual claudicaron muchos de los que se dicen psicoanalistas haciendo una lectura psicopatológica forzada del personaje protagonista de la película. Pero también hay otras formas. Pero conviene concentrarse en el motivo del rechazo, que es, repetimos, que la subjetividad, empujada por el discurso capitalista a ultranza y ubicuo, está siempre al borde de la producción de un Joker en cada uno de nosotros mismos, y en ello nada importa la estructura clínica (la lectura psicopatológica del personaje es sólo una forma de defensa ante esto).

  1. No es lo mismo usar una obra de arte para explicar un poco mejor las complicaciones del encuentro entre la carne y el lenguaje que abusar de ella forzándola, deformándola, reduciéndola a la chatura de algunas ideas o conceptos que, además, la mayor parte de las veces, también están deformados y forzados por la chatura de un intérprete que, en términos llanos, “no se la aguanta”. Hay que evitar ser el intérprete precoz que eyacula a lo loco sus interpretaciones.

Hay una tentación que siempre pone a prueba a los psicoanalistas, y esta tentación se manifiesta especialmente alrededor de las artes: es la tentación de la interpretación. Y por ella hay infinitas interpretaciones de libros, películas, fotografías, pinturas, esculturas y cualesquiera manifestaciones artísticas. Creen seguir siempre las huellas de Freud y de Lacan, y casi siempre empiezan sus exégesis afirmando que “el artista nos precede”. Pero la interpretación tiene un límite. La interpretación habla siempre más del intérprete que de la obra, sobre todo cuando es apresurada y ayuna de toda abstinencia (y cuando está fundada en una cultura raquítica roza los bordes de lo grotesco).

Los psicoanalistas deberían ser los primeros en saber que la interpretación es siempre del lector, y fueron, sin embargo (y lo siguen siendo), los primeros en creer que la interpretación es del psicoanalista y no del analizante. Y cometen ese error al mismo tiempo que repiten aquello de la humildad que el psicoanálisis debería enseñarle al psicoanalista.

La película Joker, como se sabe, dirigida por Todd Phillips y protagonizada de excelente manera por Joaquin Phoenix, es la historia del origen y nacimiento supuesto de un villano de historietas, el famoso Joker, también conocido en Argentina como “El Guasón”. La película sobresale entre el cúmulo de otras olvidables producciones (no creaciones) actuales. De entrada, es una historia bien contada, y ello la diferencia en una época que sobrevalora los efectos especiales y las escenas de acción que se alargan interminablemente hasta hacerse aburridas (todo lo contrario de aquello que buscarían en principio). Esta película, en cambio, se centra sobre todo en el cuidado narrativo y en la fuerza de la actuación, y, entre ambas cosas, convocan constantemente a la interpretación. Una pregunta buena sería por qué y desde dónde. Queda claro que conmueve al espectador de tal manera que es muy difícil resistirse a la tentación de convertirla en un mensaje, que en general se le endilga al director, al guionista (en este caso director y guionista son la misma persona), o incluso al actor. Esa tentación es extremadamente problemática, porque empuja a convertir la escritura en mensaje, y el movimiento que debería hacerse es el contrario: convertir un mensaje en escritura, que es el movimiento de un psicoanálisis.

  1. Que un psicoanálisis fuera el movimiento que va del mensaje a la escritura vuelve excesivamente problemático el hecho de que los psicoanalistas salieron en masa (psicoanalista y masa deberían excluirse) a explicar, a poner sentido, a tratar de decir algo sobre la película y, en los casos peores, a revelar las verdades recónditas que el espectador común no podría, según los criterios de esos mismos psicoanalistas, descubrir. Paradójicamente, sin embargo, esas verdades no parecen alejarse de las verdades que el espectador promedio también profiere apenas abandona la sala del cine. En suma, nadie se resiste y todos salen a explicar, a poner sentido, a tratar de decir algo, como si no soportaran quedarse en silencio con lo que han visto.

Se abren dos preguntas paralelas. En general, ¿por qué ese empuje a llenar de sentido el silencio que se produce después de la expectación? Y, en particular, ¿por qué los psicoanalistas deberían decir algo? Y no sólo sobre la película sino sobre muchas otras cosas también.

Al parecer, la época de la evaluación ubicua es también la época de la explicación irresistible y con necias pretensiones de exhaustividad.

  1. Podría pensarse, sin interpretarla, que la película Joker es, en sí misma, una interpretación, pero no es un mensaje para interpretar. Indudablemente llama a la interpretación, sí, pero interpretarla sería un error pues ella es en sí misma una interpretación. Nos señala, ciertamente, eso que no anda en cada uno de nosotros, y hace aparecer ante nuestros ojos el Joker posible que llevamos dentro. Nos señala nuestra incómoda comodidad en la época que nos toca en suerte y nos dice con claridad “usted se ha equivocado”.

La risa del personaje, incontenible, compulsiva y sufriente, tiene la misma forma que las interpretaciones que surgen no menos incontenibles, compulsivas y, sí, sépanlo o no, sufrientes. Justamente ha sido esa risa el objeto privilegiado de gran parte de las interpretaciones.

En medio de un naufragio, de noche, a bordo de los desbandados botes salvavidas, seguramente se oirían, de tanto en tanto, risas parecidas, y quizá también alguna que otra interpretación eyaculada por un eventual problemático intelectual de turno que no puede abstenerse.

  1. Italo Calvino, al pensar en Octavio Paz, señaló algo que nunca debería olvidarse: el verdadero intelectual, que jamás tendría que dejar de esforzarse en ser poeta, es el que nos recuerda el pasado recordable (hay también pasado olvidable) y, para lograrlo lucha contra lo cotidiano, contra lo demasiado sabido, contra el lugar común actual, contra todo lo olvidable que todavía no es pasado pero que, mucho más importante, nos impide pensar lo nuevo, que suele, además, ser análogo a lo clásico (el pasado recordable).

Sin saber abstenerse, todo ello es imposible. Y sin saber abstenerse no se puede estar a la altura de la época, como les gusta recordar llamando en causa el nombre de Lacan. O abstención o nadería, y se trata sencillamente de una elección ética.

(2020)


 


Consentir a un engaño necesario

Presentación de El hombre sin forma de Sebastián Digirónimo

Rodrigo S. Airola

Rodrigo Airola (2)


Mi presencia esta tarde-noche sólo se explica por aquello que vengo a denunciar, y es lo siguiente: fui víctima de un engaño. Como escuchan: me han tendido una trampa. No ignoro que puede sonar algo paranoico, pero voy a tratar de hacerme entender. Para ello debo, en primer lugar, remontarme un año atrás en el tiempo y traerles lo que fue quizá el primer indicio de esta maniobra. En esta misma institución, en ocasión de una de las tantas actividades de formación que compartimos los integrantes de la Red, Mercedes, y recuerdo su rostro severo, esos ojos repentinos que se clavaron en mí, y aquella frase inequívoca que me lanzó: “Vos vas a presentar El hombre sin forma”. Así, sin más, como suena… ¿Por qué esas palabras, ese tono intransigente?, nunca me había hablado así, ¿y por qué no me lo pedía Sebastián –que, a fin de cuentas, era el presunto autor del libro? Tuve la sensación de estar ingresando en una zona enrarecida… Sólo recuerdo que no me pronuncié al respecto. Estaba algo perplejo. “Vos vas a presentar El hombre sin forma”. Se imaginarán que ya por la forma que tomaba dicha “invitación”, literalmente irresistible, yo no podía menos que sospechar que había en esta demanda como mínimo poca tolerancia a un “veo”, “dejámelo pensar”, ninguna vacilación era aceptable. Su voz en extremo resuelta abría en mí como correlato una insidiosa desconfianza. Como verán, una situación delicada. (Un paréntesis: Al escribir estas líneas no puedo imaginar exactamente el público al que me dirijo, pero seguramente hay entre ellos al menos uno que no puede saber que he tenido alguna vez un par de pesadillas en las que Mercedes era una figura, para decirlo rápido, protagónica, y amenazante.) De cualquier manera, en este caso el supuesto estado de vigilia y un gesto que en concreto me resultaba por demás gratificante, contribuyeron a mis esfuerzos por intentar olvidar lo demás. (Otro paréntesis: mientras escribo esto asocio rápidamente “Misery”, la novela de Stephen King… libros, escritura, pesadilla, demandas, no me gusta nada haber asociado eso).81VvBLFev9L

Todo parecía indicar el éxito de mi defensa, hasta que hace un par de meses atrás, leo, como quien es sorprendido igual que en las películas esas que uno ya sabe que la entidad va a salir abruptamente y sin embargo uno igual se asusta, bueno, así, en un grupo de whatsapp: “Mercedes: Rodrigo, te recuerdo que vos vas a presentar El hombre sin forma”… un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, ¿de dónde salía aquella demanda insistente? Ni siquiera me dice “Ro”, siempre me trata de “Ro”, pero con este asunto apelaba al distante “Rodrigo”, al “te recuerdo”, a “vas a presentar”… había en todo esto algo demasiado maternal como para no resultar siniestro. Esa vez decidí seguirle la corriente, “si no puedes contra ellos (y está visto que yo no podía), úneteles”, dicen. Bien. Con la mecánica entereza que la virtualidad me permitía simular, respondo: “Será un placer”. (Imagino mi tarea no sólo como una más de aquellas pesadillas sino también como situada en un lugar homólogo al encargo que recibe el protagonista de Misery. Me río por la ocurrencia, pero como el caminante nocturno de Freud, no por eso veo más claro.)

Pero ese era sólo el comienzo. La urgencia por escapar del clima de pesadilla que comenzaba a inundar toda esta situación me condujo, torpemente, a adentrarme cada vez más en ella: me dispuse a leer y releer el libro que debía obligatoriamente presentar, y más me ocupaba en él más percibía la emboscada que maliciosamente me habían preparado. ¿Cuál era la trampa? La respuesta es sencilla: el libro que debo presentar, El hombre sin forma, no está hecho para ser presentado. Ojo que no digo, para vengarme, que el libro sea impresentable. Lejos de eso, el libro es sencillamente maravilloso. Pero su presentación es imposible. Este libro resiste toda presentación. Mi descargo hoy, mi denuncia, intentarán dar cuenta de esta imposibilidad.

Pero antes otra digresión. Aclaro que no creo conocer mucho de la persona que da en llamarse Sebastián Digirónimo. A excepción de algunos detalles más o menos triviales como que se ve con innecesaria frecuencia inclinado a hacer “chistes” con los sonidos de las palabras o que sufre sobremanera cada vez que tiene que visitar al odontólogo… cosas, como verán, nada extraordinarias. Por el contrario, estoy seguro de haber compartido con el autor de El hombre sin forma un tiempo cuya densidad e importancia me resultan inestimables. Espero que me sigan en este último rodeo –y disculpen el sesgo personal. Hace ya casi una década tuve en mis manos una revista que publicaba una institución psicoanalítica  que ya no existe. La revista prometía en su tapa un tema: “síntoma y escritura”. Uno de los textos llamó particularmente mi atención, se titulaba “Hacia la escritura sin firma o qué es leer”, y lo escribía este tal Digirónimo que yo no había oído nombrar antes. Comenzaba así (cito, muy breve): “Cuando una conferencia o charla o lo que fuere, es común echar sobre la mesa títulos y laureles antes de toda palabra enunciada. Ello implica abusar del saber supuesto, evitando con ello llegar a los abismos del saber expuesto”, podría seguir, pero sólo me interesa que capturen algo del tono… ¡los abismos del saber expuesto! Ese artículo, el lugar desde el cual hablaba este autor, disruptivo, provocador, pero sin abandonar rigurosidad ni cierto aire poético, me provocaron tal impacto que al terminar de leerlo volví directamente al índice a ver si, como me había parecido, había otros textos del mismo personaje. Efectivamente, dos textos más, que lejos de decepcionar esa primera impresión la reforzaron. Creía haber encontrado ahí algo verdaderamente original, y eso más allá del contenido. Tiempo después, sin proponérmelo –al menos no conscientemente- me encontraría con dicho psicoanalista en persona, en lo que fue al mismo tiempo –y sobre todo- un reencuentro con el autor de aquellos artículos, dado que no tardé mucho en corroborar que “eso” que había capturado mi atención lectora se reproducía ahora en su trasmisión oral con idéntica forma –subrayo la palabra forma-, exacta enunciación, en los diferentes dispositivos que compartí a través de los años desde entonces hasta hoy: supervisiones, espacios de lectura, de comentario de textos, en fin, diversos dispositivos de formación y trasmisión del psicoanálisis.

Hace unos días, mientras intentaba preparar este comentario, tuve ocasión de volver a encontrarme también con estas palabras de Lacan al comienzo del Seminario 20, cito: “no hay ningún impase –dice Lacan frente a su auditorio- entre mi posición de analista y lo que aquí hago”.

En estos dos reencuentros mencionados, con la frase de Lacan dirigida a sus oyentes, y el otro, el que supuso corroborar que había un autor que podía soportar los dispositivos más diversos y encontrar en ellos igual expresión, en ambos reencuentros identifico un denominador común: es posible que no haya distancia entre la posición del analista y la trasmisión de un psicoanálisis. Eso, que siempre supe que debería ser así, sólo ahora, encarnado, cobraba la consistencia suficiente para ser distinguido de cualquier eslogan. El hombre sin forma es la prueba ejemplar de esto que intento cernir, que para mí tiene el carácter de un descubrimiento, y lo tiene cada vez que lo redescubro. Por esto, presentar El hombre sin forma es una tarea imposible. Y al mismo tiempo tengo ahora la íntima convicción de que ya no puedo escapar de ella.

Hasta ahí las digresiones personales. Pero la pesadilla para mí sigue…

Retomo, y avanzo a pesar de todo: El hombre sin forma no puede presentarse porque es una demostración en acto, todo el libro, el libro como un todo, su estructura, el modo en que son tratados los múltiples temas que disecciona, el lugar inédito desde el cuál aborda los contenidos más diversos, todo el libro está escrito para ser experimentado, para ser vivido, el libro todo es una experiencia en sí misma, como lo es un análisis llevado hasta sus últimas consecuencias, como debería serlo también una sola sesión de psicoanálisis, o el encuentro con un poema de verdad, con un verso de verdad, con una palabra auténtica.

Es imposible presentar este libro porque describirlo sería infinito, categorizarlo sería estúpido, enumerarlo empobrecerlo, reflexionar acerca de él un desperdicio, e intentar resumirlo una empresa destinada a un fracaso indigno. Porque hay fracasos dignos. Y se podrían hacer todas esas cosas juntas y aún así lo esencial quedaría intocado. Porque lo que el autor propone es una travesía, una invocación, una apuesta incomparable, que no reconoce más destinatario que aquel que se atreva a estar a la altura de eso mismo que el autor despliega. El autor soporta en, con y por su escritura un recorrido que al mismo tiempo que se efectúa, se demuestra y se convierte en un desafío arrojado al viento. Un desafío que no contempla la cobardía.

¿Pero qué dijimos hasta ahora del libro? Nada. Aquello que late desde el comienzo hasta el final de este Hombre sin forma no hay manera de decirlo. ¿La Furia?, ¿Debería escribir acerca de la furia? ¿Digo: “Furia dos puntos, tomen nota”? Lo dije al comienzo: es una tarea imposible. Porque lo que se nombra como “furia” y se define –paradójicamente- infinidad de veces, no es un concepto, es una tempestad, o mejor: un tornado, algo que convierte en migajas todo aquello que merece ser destruido. La furia sólo puede contagiarse, y dicho contagio sólo puede ocurrir uno por uno, en acto. Es lo que en el primer número de esta saga –recordemos que El hombre sin forma  es un Nuevo elogio de la furia que sucede a el Elogio de la furia-, decía que es lo que en este primer libro el autor desprende de lo que llama la “enfermedad de Flaubert”, una enfermedad que consistiría en “adquirir la capacidad de ver la estupidez humana y no poder ya soportarla”. Esta es la condición de la furia. ¿Y entonces qué es la furia?

Quien escribe o eso que escribe este libro se propuso la tarea más ambiciosa de todas y no apela a estériles promesas, ni admite la posibilidad de postergar sus propósitos, se lanza desde la primera página con una convicción innegociable, cito: “no es lo mismo escribir una tesis de doctorado o maestría o lo que fuere sobre el psicoanálisis, que escribir una tesis sintomática a través de un psicoanálisis.”, y al enunciarla ya se está escribiendo eso que se postula: se está escribiendo en el título de cada uno de los apartados, en cada epígrafe, en la manera en que se estructuran los párrafos, en los temas que escoge, en el ritmo que le imprime a las palabras, eso se expresa ahí todo el tiempo, sin respiro, a cada paso. Desde el momento que se consiente mínimamente a encontrarse con este autor la furia arremete, te empuja en su interior y es muy difícil soltarse. Como trasfondo la pregunta que se realimenta sin tregua: ¿Qué es un psicoanálisis orientado?

¿Dije algo del libro ya? No, ya lo dije, me engañaron, y sólo puedo dar rodeos desesperados en esta que es mi pesadilla: la de tener que presentar un libro imposible de presentar. Cuando se presenta algo o alguien se apela a algunos nombres, imágenes, referencias a las que se les supone alguna estabilidad y sobre todo la posibilidad de ser reconocidas. “Hola, mi nombre es tal, soy así, vengo de allá”. El hombre sin forma es irreconocible, no nos sirven los parámetros con los que contamos. Y sin embargo está allí. Su presencia es indudable. Pero no puede ser puesto en serie. El hombre sin forma inventa sus coordenadas y emerge de ellas para encontrarse con un lector dispuesto a ir siempre más allá de lo que creía saber, se trata de andar con paso firme, sin hacer pie y sin ahogarse por un océano embravecido. Imposible, ya lo dije. Pero ahí está el libro, hagan la prueba.

¿Cómo se hace para hablar de un texto que está escrito desde el silencio que se extrajo del lenguaje, y se dirige –con el lenguaje- hacia el silencio que habita, aún, un poco más allá de cada universo sobre el que se posa? Un autor que se propone con su mirada silenciar lo que sobra, acallar el sentido perezoso, parasitario, glotón. Y extraer de los ruidos circundantes, del ruido habitual, el común a todos, el espontáneo, el cómodo, el del sentido, extraerle una lógica, una melodía. La melodía que le corresponde. Su música. Esa que estaba ahí sin que se la oyera, bastaba sumergirse para extraerla, afinar el oído de verdad, atreverse y hacerlo con la determinación suficiente, pero sobre todo dejarse tomar por ello. Y para eso, el autor insiste, se requiere: un psicoanálisis verdadero. El hombre sin forma para mí es una tesis sobre esto: sobre cómo proceder para traer a la superficie las melodías dormidas, saturadas. Pero no es un manual de instrucciones ni nada que se le parezca –es más bien lo contrario de ello-, es una tesis en acto. Acallar el propio ruido es condición. Y es imposible. Sin embargo el autor no retrocede. Como lo hace el poeta de verdad. Aunque es imposible. Pero la música está ahí, puede escucharse, requiere un esfuerzo singular.

Avanzo entre abstracciones, más o menos imprecisas, más o menos desordenadas. Lo sé. Ya lo saben. Pero en el fondo no queremos saber, este libro lo expone con claridad. El ruido, que es sentido, siempre juega al servicio de la defensa. Porque los seres hablantes no quieren saber. El saber mismo es no querer saber, ¿no querer saber acerca de qué? El autor exclama una y otra vez que somos seres que por habitar el lenguaje no queremos saber nada de lo real, de un real que tiene muchos nombres: somos sustancia gozante, hay lo femenino, hay la muerte, No hay relación sexual, hay dos goces, estamos solos… elijan el que quieran, son todos distintos pero nos espantan desde el mismo lugar y con la misma fuerza. Y frente a eso: dos caminos. En eso el autor es de una insistencia incansable: o la ira o la furia, o retroceder o avanzar, pretender desentenderse o querer saber, sentido o poesía. Hay sólo dos, el primero es fácil, cómodo, pero tortuoso. El segundo requiere un psicoanálisis verdadero, mirar a los ojos la propia pesadilla, inventar con ello un sueño advertido de su imposibilidad, acceder a la lectura verdadera, devenir poeta.

Cargo con la sensación, lo reitero, de no haber dicho aún nada del libro que debo presentar, nada de eso que considero esencial al libro, al autor que se confunde con él. De ese grito que habita en cada una de sus páginas, un grito cristalino y contundente, una exclamación impostergable, una exigencia irrenunciable que, sin embargo, no espera nada. El hombre sin forma, como una cinta de Moebius, se basta a sí mismo, y sin embargo… se ofrece a cualquiera. ¿Cómo presento lo que no puede presentarse? ¿Digo que este libro no se priva de Borges, ni Shakespeare, que en él no faltan las citas a las Sagradas escrituras, al Dante, o a los griegos, que no le escapa a la filosofía ni a los poetas mayores de cualquier época?, ¿digo que en todas y cada una de esas -y tantas otras- innumerables referencias el autor aplica idéntico procedimiento de lectura, y lo mismo hace con diversas situaciones cotidianas, problemáticas sociales, culturales, políticas?, ¿que va, en todos los casos, como un cirujano con su instrumento a realizar la precisa incisión que permite extraer eso que se dice más allá de las intenciones?, ¿que va a la carga una y otra vez, y hay que contener la respiración junto con él -porque él lo hace- y arranca lo que se entromete entre él y aquel hueso?, ¿y qué queda de ello? Por lo menos tres cosas: una trasmisión de lo que leer verdaderamente debería ser; un estilo que se expresa en acto, que –créanme- se padece o se degusta –o ambas al mismo tiempo- pero que ha sido cuidadosa, y artesanalmente depurado y no admite el permanecer indiferente; y por supuesto también desechos… sí, el autor tampoco esconde sus desechos, los restos de esta travesía furiosa…

Sigo metido en mi pesadilla, pero también es cierto que ya no intento escapar. De cualquier manera, sigue retumbando bajito: Vos vas a presentar el Hombre sin formaRodrigo, te recuerdovos vas a… No importa, avanzo. En uno de los capítulos del libro nuestro autor, que –con soltura- va de lo íntimo a lo público, de la coyuntura actual a los diversos pasados imaginables, en este caso refiere a una escena de su infancia que me interesa particularmente, no voy a contar los pormenores, sólo figúrense lo siguiente: está este niño de apenas dos años y su padre dentro de un auto, esperan a su madre. El padre insiste en que su hijo pronuncie de manera “correcta” una palabra, el nombre de una calle. El niño lo hace, convencido de que cuando pronuncia la palabra de su boca surge eso que el padre le está demandando. Su padre sin embargo lo corrige e insiste una y otra vez incluso cambiando de método –no importa eso-, hasta que por fin el niño pronuncia la tan requerida palabra, y todos contentos, como dice el autor. Hasta ahí. Lo que me interesa de este episodio es lo que el autor dice a continuación, cito: “Hoy no recuerdo cómo viví su presión. ¿Habrá estado en juego, con ese niño tan pequeño, el profesor impaciente, o habrá puesto en juego algo más?”. No sabría cómo decir esto sin ser impreciso pero ese “algo más” –que el autor se pregunta si estuvo en juego en su padre- me parece hecho de la misma madera que este otro “algo más” que insisto en definir como lo esencial de este Hombre sin forma imposible de presentar, y sin lo cual todo lo demás no tiene ningún valor. Por supuesto, que es un “algo más” sin “profesor impaciente”, un “algo más” furioso…

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Comencé hablando de mi engaño, de una pesadilla que evocaba otras, y apareció Misery… y pienso en aquel personaje que imaginó Stephen King, encerrado en aquella habitación perdida en el aislamiento perpetuo de los bosques de Maine. ¿Cómo sé que no voy a despertar finalmente allí añorando esta otra pesadilla: la de un psicoanalista que es obligado por una voz vestida de mujer a presentar un libro imposible de presentar?, ¿acaso no es mejor esa que aquella otra del novelista: la de un escritor que es obligado por una voz de apariencia femenina a escribir ese capítulo final que se le presenta como imposible? Nuestro autor nos empuja a no subestimar la estructura real de la ficción, nos muestra cómo dicho real importa más que cualquier realidad. ¿No alcanza, por ejemplo, con tomar en serio el significante ‘Misery’ para escuchar en sus resonancias aquello que sugiere? Dejo esa, mi pregunta, ahí. Y, agrego, que el problema con las pesadillas es que empujan espontáneamente a despertar, y este empuje nos sumerge en otra ensoñación al servicio de no querer saber. ¿Qué hacer entonces? El autor de El hombre sin forma nos exhorta a tomar la ficción en serio, comprometiéndonos a darle todo el valor a los semblantes, y por lo tanto no ceder a la pendiente fácil que lleva a la comprensión, al falso despertar. No retroceder. Y esto a pesar de que es imposible. Adentrarse con furia en el infierno singular. Volverse amo y señor de ese hábitat inhabitable que es, paradójicamente, y por estructura, absolutamente refractario de alojar cualquier clase de amo y señor. En algún lugar el mismo autor escribió un axioma: “no atentar contra la ambigüedad de los vocablos”. El hombre sin forma se expresa en y por ese axioma.

Vale decir que esta escritura surge de la furia y al mismo tiempo es la condición de la furia. Pienso al hombre sin forma, ya no al libro –aunque también, porque significante y libro se continúan uno en el otro-, como figuraría al ser hablante despojado de los ropajes del Otro; nuestro autor, para forjarse como tal, como un autor furioso, debió transformar progresivamente todos los sentidos iracundos en desechos. Pero, aunque resulte impensable, El hombre sin forma estuvo siempre ahí, sólo había que inventarlo, es decir leerlo. Saber escucharlo. Mientras escribo esto pienso en el-hombre-sin-forma escrito con guiones, un significante solo, el-hombre-sin-forma todo junto, y me evoca rápidamente aquel artículo que mencioné -que fue mi primer encuentro con el autor (“Hacia la escritura sin firma o qué es leer”)- y no puedo evitar decir que el-hombre-sin-forma también podría ser el-hombre-sin-firma. Me pregunto qué me lleva a pensar este significante como lógicamente situado en el punto impensable del encuentro del cuerpo con el lenguaje. Quizá porque el-hombre-sin-forma lleva adherido en su reverso el silencio que el autor reivindica.

Para finalizar, hay un movimiento correlativo que puede leerse en esta enunciación que se intentó, más o menos inútilmente, presentar, una correlación inherente a la furia: es la que existe entre un esfuerzo de precisión inédito, creciente, y una posición en acto advertida de lo imposible. Parafraseando al autor: es por dejar de creer que todo puede decirse que el psicoanalista, que es poeta, puede alcanzar una escritura pura. El hombre sin forma se ofrece como una demostración de ello. Pero hay que dejarse engañar. De la buena manera. Por el lenguaje, por sus ficciones. Atreverse a lo imposible. Consentir y dejarse agujerear por la manera en que el significante nos determina, que es también hacer la experiencia de lo irreductible de un goce único, y así, hacer un uso, cada vez, que encuentre su singular amalgama con un deseo igualmente original. Un deseo furioso.

Al comienzo hablé de una mirada, de una insistencia, de una voz y una demanda, también hablé de una tarea imposible, y de un engaño. Decidí avanzar por esa misma senda. Me pregunto ahora, habiendo llegado hasta aquí, si no había en mí, desde antes de todo ello, un deseo, latente, íntimo, muy profundo, de estar esta noche, con todos ustedes, presentando este libro que me atraviesa de principio a fin. Los invito a dejarse atravesar también por él, es un libro fantástico.

El hombre sin forma tapa


El analista y los semblantes

Jacques-Alain Miller

 

Para ubicar la posición del analista con respecto a los semblantes hay que descartar la confusión del analista con el Nombre-del -Padre, pero la teoría del sujeto supuesto saber no es suficiente tampoco. Hay que ir hasta la hiancia en la cual la posición del analista está suspendida. Apenas Lacan pronunció su “Proposición del 9 de octubre de 1967…” frente a su Escuela, cuando ya se puso a escribir un pequeño escrito que se llama “La equivocación del sujeto supuesto saber”. La palabra “equivocación” no traduce de manera adecuada la palabra francesa méprise, con la que Lacan trata de dar un equivalente de la palabra alemana vergriffen. Hay que volver al sentido propio de la palabra prise, “captura”, “toma”, “presa”. Es lo que hay en alemán Begriff, que hemos traducido por “concepto”.
Un concepto es lo que pone la mano sobre algo para capturarlo. Lo ilustramos por un círculo. Eso es la prise, méprise o vergriffen, que se refiere a lo que escapa a ese esfuerzo de captura. “Equivocación” traduce una vertiente semántica de méprise, que en francés es la de sentido común. Pero Lacan hace escuchar la etimología de méprise. En castellano podríamos referirnos al escaparse o al escapismo del sujeto supuesto saber. Si Lacan pone en evidencia, luego de la introducción del pase, la méprise del sujeto supuesto saber, es por cuanto considera que el analista está determinado por la estructura de la méprise del sujeto supuesto por saber. Por eso, el problema con el analista (podría ser un título para una conferencia) consiste en que está determinado por algo que escapa. Lo cual se encuentra en todos los niveles de su práctica, así como en los de su posición subjetiva, y se hace evidente en las impasses constitutivas de su existencia en grupo.
¿Cuál es la estructura de la méprise del sujeto supuesto saber? ¿Cuál es esa estructura que determina la posición del analista, su posición de sujeto en la experiencia en cuanto que inscriba en lo real, es decir, en cuanto que se marca en su acto mismo, en ese acto que tiene efectos, y efectos que no son sólo de semblantes, efectos que son reales?
Para entender a qué apunta Lacan, pensemos en todos los que tienen la suerte de no estar determinados por esa estructura, aquellos que sí están determinados por la captura de un saber. Es más fácil trabajar duro para obtener una licencia, un diploma superior, luego un diploma súper superior y por fin el diploma que dice que no hay más diploma después.
Es un placer trabajar para obtener una competencia que se puede verificar y que se traduce por un dominio de tal o cual materia. ¡Cómo domina su materia ese profesor! Tiene respuestas para todo. Quizás antes de salir de su casa esté completamente agitado, porque tal vez conserve en sí mismo una percepción de su no saber, pero ¿quién lo puede adivinar, escuchando esa supuesta boca de oro, que domina el tema por arriba, por debajo, por todos lados? Es agradable dedicarse a una materia donde se puede capturar el saber. Se lo puede hacer con el psicoanálisis como disciplina cultural, como un montón de páginas escritas o transcriptas, con la historia del psicoanálisis, con el comentario de textos fundamentales. Pero, en la experiencia analítica, la relación con el saber no es de captura, sino de imposibilidad de toda captura. Lo que define como tal al inconsciente es que uno no logra capturarlo. Y si escapa, no es por una simple huida, o porque uno se haya engañado. Escapa como tal. No es por la incompetencia de uno que se escapa. No es porque se encuentre más allá. Hay saberes así, que se escapan porque son saberes más allá, saberes de los dioses. Pues no, de ningún modo, en el psicoanálisis se trata de un saber al que uno puede acceder, pero… solamente engañándose. Es un saber al que uno puede acceder mediante la méprise, solamente en el momento de una falla, cuando uno no está a la altura. Ahí, precisamente, como regalo, gratis (y es tan difícil aceptar regalos gratis para algunos sujetos), “como regalo gratis de tu error, de tu engaño, de tu indignidad, ahora para ti se descubre ese saber”. De modo que para capturarlo, hay que se dupe, engañado. Hay que cometer el error para tener el regalo divino de acceder a ese saber. En cambio, el desengañado es incapaz de la méprise, y es por eso que la sorpresa no es un calificativo que se agregue a ese saber, sino que no puede advenir, salvo por efracción y sorpresa.
Por lo tanto, no puede haber licenciatura del  inconsciente. Intentan hacer una licenciatura de psicoanálisis, pero por el momento la impostura universitaria no ha logrado proponer una licenciatura del inconsciente. (Quién sabe si no le estaré dando la idea a alguno.) De manera que, en la noción de semblante de sujeto supuesto saber, hay una méprise a propósito del saber en cuestión. El sujeto supuesto saber es la méprise que cubre la méprise. Hace creer que hay un sujeto que sabe, que domina ese saber del inconsciente, cuando la definición misma de ese saber supone que ningún sujeto lo sabe, que ninguno está, por decir así, a la altura del inconsciente. Con seguridad, el analista no. A veces, cuando es un impostor, lo hace creer, pero la infatuación del analista es algo que lo desautoriza de manera evidente. La infatuación es ese semblante que adopta el analista cuando hace creer que lo sabe de antemano. ¿Qué significa la infatuación sino  que nada me va a sorprender, pues ya estuve en ese lugar antes que tú pudieses llegar a él? Por eso una Escuela sin notables sería una ambición digna del discurso analítico. El engaño del sujeto supuesto saber consiste en restablecer al sujeto en el lugar mismo donde no tiene nada que hacer, en el lugar donde hay una hiancia, donde hay ese agujero en el saber. Ese lugar, a veces, el analista lo cubre y se cubre con ese ropaje, de modo que en el mismo momento en que no aparecen sino significantes que deben leerse, se atribuyen a Dios. Es el ejemplo que da Lacan: cuando aparecen los significantes Mane, Thecel, Phares, inmediatamente se dice que Dios los ha escrito. El agujero es tapado en el mismo momento en que está en evidencia. Es así como en inconsciente está recubierto dos veces: por el sujeto supuesto saber, y por el Nombre-del-Padre.
La infatuación designa una enfermedad profesional del analista, en cuanto se identifica con el sujeto supuesto saber. Se toma por él. Es el semblante propio del analista hacer semblante de ya conocer. Por eso se puede decir que al respecto el analista es engañado por sus analizantes. Así como Marcel Duchamp hizo esa obra extraordinaria, “La casada desnudada por sus solteros“, se debería imaginar una obra de arte, “El analista engañado por sus analizantes”, mostrando al analista vestido por sus analizantes. No es que todo lo que tenga puesto sobre sí haya sido adquirido de ese modo, pero hay una ropa que no hay que comprar, y que no hay que dejarse regalar: el vestido de sujeto supuesto saber. Se observa que el analista quiere ese ropaje, y a veces prefiere quedarse en el círculo reducido donde le ponen esa prenda maravillosa, por miedo a ser desnudado, en un conjunto más grande, por sus colegas y los analizantes de sus otros colegas. Por eso hay que admitir que una Escuela no puede ser el todo de la practica analitica, pero debe ser un lugar donde se dé la suerte de quedar al desnudo al entrar. Al modo del frontispicio antiguo: “Nadie entra en la Escuela si no está desnudo”.


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Francisco de Goya, La maja vestida, 1795-1800
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Francisco de Goya, La maja desnuda, 1795-1800

Jacques-Alain Miller (1991): “El analista y los semblantes” en Conferencias Porteñas, tomo 2, Paidós, Buenos Aires, 2009, páginas 118 -121.
Imágenes: Wikipedia

Gestapo/ geste à peau: una historia de la práctica de Lacan

Mercedes Ávila

¿Cómo es posible por medio de lo simbólico tocar lo real?
Este es un extraordinario ejemplo de la práctica del psicoanálisis relatado por Suzanne Hommel, quien se analizó con Lacan en 1974.
Es parte del film de Gérard Miller “Rendez-vous chez Lacan” (2011).
El soporte fílmico nos engaña, rápidamente uno cree comprender. La importancia de la experiencia que relata Hommel no radica, como se podría pensar, en que el psicoanalista era Lacan, ni tampoco en la caricia que realiza. La importancia está en lo que la imagen no capta, la posición del analista. Analista que está al acecho y no retrocede.
Hommel habla de un hecho traumático que se repite, la intervención del analista rompe con ello pues logra la ambigüedad significante donde no la había. Introduce un nuevo elemento que destruye lo anterior, pues a partir del gesto, Gestapo no será nunca más Gestapo. Es a través del sonido que se produce la ruptura gestapo / geste à peau, el gesto en el cuerpo lo certifica: no es lo mismo uno que otro, aunque suenen igual.
Pero nada de esto hubiera sido posible si allí no hubiera habido un analizante y un psicoanalista.
¿Cuántas personas dan caricias y ello no cambia en nada la posición ante el sufrimiento de quien las recibe? Es que no se trata de la caricia sino de otra cosa, el analizante consiente la interpretación, le da lugar. Y está el analista que no retrocede frente al sufrimiento, e interpreta.
De nuevo: hay que evitar las dos lecturas superficiales y erróneas, esto no sucede ni porque Lacan era Lacan ni porque hay en juego una caricia. Esto sucede porque hay psicoanálisis.


 

Como el mar, ha de recomenzar siempre

Jacques Lacan

Fragmento de “El acto psicoanalítico”¹

Por este paso se advierte que aquí de quien hay que decir si es saber, es del sujeto.
¿Al término de la tarea que se le asignó, sabe el psicoanalizante “mejor que nadie” la destitución subjetiva a la que esta tarea ha reducido a quien se la ordenó? O sea: ese en sí del objeto a que, en este término, se evacua en el mismo movimiento con que cae el psicoanalizante por haber verificado en ese objeto la causa del deseo.
Allí hay saber adquirido, pero ¿de quién?
¿A quién le paga el precio de la verdad cuyo incurable es, en su límite, el sujeto tratado
¿Se concibe a partir de este límite un sujeto que se ofrezca a reproducir aquello de que ha sido liberado?
¿Y si eso mismo lo somete a hacerse producción de una tarea que no puede prometer sin suponer el propio señuelo que para él es ya insostenible?
Pues a partir de la estructura de ficción con que se enuncia la verdad, va a hacer de su propio ser pasto de producción de un… irreal.
No hay menos destitución subjetiva por prohibirse este pase que, como el mar, ha de recomenzar siempre.

La ola
La gran ola de Kanagawa – Katsushika Hokusai

¹Jacques Lacan: “El acto psicoanalítico”, en Reseñas de enseñanza, Buenos Aires, Manantial, 2010, página 48.

El misterio y el enigma

Sebastián Digirónimo

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Emparejar la furia con la muerte nos obliga a precisar otros conceptos. Aquí, por ejemplo, enigma y misterio. Podríamos comenzar diciendo que detrás de un enigma hay un misterio que el enigma intenta ocultar. Pero esto hay que demostrarlo. La mejor manera de hacerlo es seguir los zigzagueantes movimientos del arte.
Si después de muchos años llegó Thomas De Quincey, cultor del detalle y la digresión poética, a ofrecer una nueva solución para el enigma que propone la Esfinge en «the most ancient story of the Pagan records», de pasada, nos ofrece algo más. Porque es sólo de pasada que señala que la Esfinge es, en sí misma, un misterio. «The Sphinx herself is a mystery». Es un misterio que propone un enigma. Pero no demasiados se han detenido en el misterio, y eso, quizá, por desviar la mirada hacia el enigma que propone. Debemos detenernos en esta diferencia. La diferencia que hay entre la Esfinge y el enigma que propone la Esfinge. Entre el misterio y el enigma, podemos decir ahora. El azar nos echa una mano en el camino que comenzamos ya que nos engaña con buena orientación. Suele decirse que la primera vez que alguien usó la palabra enigma fue Píndaro y que al hacerlo dijo que resuena en las feroces mandíbulas de las vírgenes. Quizá la palabra se usó antes, y quizá se usó de otra manera. O quizá se usó antes y de la misma manera que la usa Píndaro. No importa. Lo que importa es que el azar nos tiende una mano y acerca el enigma a las vírgenes.
Después de más de un siglo de psicoanálisis estamos en condiciones de saber un poco más acerca del misterio sin perdernos en el enigma. El enigma estuvo allí siempre para velar el misterio. El enigma que resuena en las feroces mandíbulas de las vírgenes resuena así para que mejor soportemos el misterio de lo femenino. Y es claro que saber de qué misterio se trata –ya lo dijimos, el misterio de lo femenino–, no es sinónimo de resolver el misterio. Podemos decir que un misterio no se resuelve, mientras que un enigma se resuelve con otro enigma (por eso De Quincey puede dar una nueva solución al enigma de la Esfinge, una solución que ni la Esfinge ni Edipo podían concebir en su momento y que surge sólo a partir de que Edipo da la primera solución). El saber es, justamente, poder plantear el misterio de buena manera. Hacerlo desaparecer, en apariencia, es convertir el misterio en enigma. Que es lo que hace la Esfinge, por otra parte: convierte el misterio que implica ella misma en el enigma que le plantea a los tebanos y que Edipo resolverá.
De Quincey pasa por nuestro camino y se pregunta cuál es el origen de la monstruosa naturaleza de la Esfinge, monstruosa naturaleza «cuyo recuerdo revive entre los hombres de tierras lejanas, en mármol etíope o egipcio». Se pregunta también cuál es el origen de su cólera contra Tebas. Y cómo es que esa cólera creció tanto hasta enemistarse con toda una nación. Y cómo fue que esa cólera colapsó ante «the echo of a word from a friendless stranger». Se ve, así, que no todas las preguntas están en el mismo plano ni tienen el mismo peso. La pregunta acerca de la cólera contra Tebas podemos, aquí, desecharla sin más (en otro lugar podría, sin embargo, interesar). La pregunta fundamental tiene que ver con la “naturaleza monstruosa” de la Esfinge: mitad animal y mitad mujer. Pero que, además, plantea un enigma y que, una vez resuelto el enigma, se precipita al mar y desaparece como misterio (y exalta del júbilo el ser hablante como Edipo al resolver el enigma sin ver lo que vendrá después). La pregunta acerca de cómo la cólera contra Tebas crece hasta enemistarse con toda una nación nos interesa por este movimiento hacia lo que podemos llamar la “globalización” del misterio. Y no debemos detenernos. El movimiento va de Tebas a la totalidad del ser humano. La cólera de la Esfinge, que no es ninguna cólera sino el horror del ser hablante, se hace global, y basta ser humano para entrever que hay misterio de la Esfinge y no querer saber nada de ello.
Como en la frase de Píndaro, las mujeres han pagado siempre el precio del misterio. Hay una estrecha relación entre esta figura de la Esfinge y el hecho histórico de cuánto tardaron las mujeres en acceder al conocimiento universitario. Está bien figurado en sus tres aspectos: mitad animal, mitad mujer y, además, plantea un enigma del cual ella misma tiene la clave. ¿Por qué deberían acceder al conocimiento las mujeres si ya tienen una clave que, además, se guardan para ellas? Esto, jamás enunciado explícitamente, ha estado en juego siempre y siempre lo estará. Los seres hablantes siempre han sentido que en cada mujer hay una Esfinge, y los seres hablantes son, por supuesto, los hombres y las mujeres. Hombres y mujeres hemos confundido siempre a las mujeres con lo femenino. Al enigma con el misterio. Y lo femenino fue siempre el misterio de la Esfinge, no el enigma que plantea (y que Edipo resuelve primero para que De Quincey resuelva después).

Edipo y la esfinge Gustave Moreau
Edipo y la esfinge – Gustave Moreau, 1864.-

Sebastián Digirónimo: Elogio de la furia, Letra Viva, Buenos Aires, 2017, página 49.

Fuente de la imagen: Wikipedia

*La tontería colectiva (sobre el fool y el knave)

LacanJacques Lacan

*Título que le hemos dado al fragmento

En la medida en que una materia delicada como la de la  ética es inseparable hoy en día de lo que se llama una ideología, me parece oportuno realizar aquí algunas precisiones acerca del sentido político de ese vuelco de la ética del que somos responsables, nosotros, los herederos de Freud.
Hablé pues de los tontos de capirote. Esta expresión puede parecer impertinente, hasta afectada de cierta desmesura. Quisiera dar a entender aquí de qué se trata a mi parecer.
Hubo una especie de época, ya lejana, justo al inicio de nuestra Sociedad, recuerden ustedes, en que se habló , a propósito del Menón de Platón, de los intelectuales. Querría decir al respecto cosas masivas, pero creo que deben ser esclarecedoras.
Existen, como se observó entonces, y desde hace mucho tiempo, el intelectual de izquierda y el intelectual de derecha. Querría darles al respecto fórmulas que, por tajantes que puedan parecer en una primera aproximación, pueden servirnos de todo modos para iluminar el camino. Sot [tonto y también bufón en francés] o incluso demeuré [retardado], término bastante bonito por el cual siento cierta inclinación, son palabras que sólo expresan de forma aproximada cierta cosa para la cual —ya retornaré a ella— la lengua y la elaboración de la literatura inglesa, me parece, proporcionan un significante más preciso. Una tradición que comienza con Chaucer, pero que se expande plenamente en el teatro de la época de Isabel, se centra alrededor del término fool.
El fool es un inocente, un retardado, pero de su boca salen verdades, que no sólo son toleradas, sino que además funcionan, debido al hecho de que ese fool está revestido a veces con las insignias del bufón. El valor del intelectual de izquierda, en mi opinión, consiste en esa sombra feliz, en esa foolery fundamental.
Le opondría la calificación de algo para lo cual la misma tradición nos proporciona un término estrictamente contemporáneo y empleado de manera conjugada —les mostraré si tenemos tiempo, los textos, que son abundantes y carentes de ambigüedad—, el de knave.
El knave se traduce en cierto nivel de su empleo por valet, pero es algo que va más lejos. No es cínico, con lo que esa posición entraña de heroico. Es hablando estrictamente lo que Stendhal llama le coquin fieffé [un villano consumado], es decir, el Señor Todo-el-Mundo, pero un Señor Todo-el-Mundo con más decisión.
Todos saben que cierto modo de presentarse que forma parte de la ideología del intelectual de derecha es, muy precisamente, el proponerse como lo que efectivamente es, un knave, en otra palabras no retrocede ante las consecuencias de lo que se llama el realismo, es decir, cuando es necesario, confiesa ser un canalla.
Esto sólo interesa si se considera el resultado de las cosas. Después de todo un canalla bien vale un tonto, al menos para la diversión, si el resultado de la constitución de una tropa de canallas no culminase infaliblemente en la tontería colectiva. Esto es lo que vuelve tan desesperante en política a la ideología de derecha.
Pero observemos lo que no se ve suficientemente —por un curioso efecto de quiasma, la foolery, que da su estilo individual al intelectual de izquierda, culmina muy bien en una knavery de grupo, en una canallada colectiva.
Esto que les propongo para que lo mediten, tiene, no se los disimulo, el carácter de una confesión. Entre ustedes, quienes me conocen entrevén mis lecturas, saben qué hebdomadarios quedan en mi gabinete. Lo que más me hace gozar, lo confieso, es la faz de canallada colectiva que allí se revela— esa disimulada astucia inocente, incluso esa tranquila impudicia, que les hace expresar tantas verdades heroicas sin querer pagar su precio. Gracias a lo cual lo que en primera página se afirma como el horror de Mamón, termina en la última, ronroneando de ternura a ese mismo Mamón.
Freud quizá no era un buen padre, pero en todo caso no era ni un canalla ni un imbécil. Por eso se pueden decir de él estas dos cosas, desconcertantes en su vínculo y en su oposición —era humanitario— ¿quién al recorrer sus escritos lo cuestionaría? y debemos tener en cuenta, por más desacreditado que esté el término por la canalla de derecha, que por otra parte, no era un retardado, de tal suerte que se puede decir también, y contamos con los textos, que no era un progresista.
Lo lamento, pero éste es un hecho, Freud no era en grado alguno progresista e incluso hay en él, en este sentido, cosas extraordinariamente escandalosas. El escaso optimismo acerca de las perspectivas abiertas por las masas está bien hecho seguramente para chocar bajo la pluma de uno de nuestros guías, pero es indispensable señalarlo para saber dónde se está ubicado.
Verán a continuación la utilidad de estas observaciones que les pueden parecer burdas.
Uno de mis amigos y paciente, un día tuvo un sueño que llevaba la huella de no sé qué sed que le dejaban las formulaciones del seminario y en el que alguien, refiriéndose a mí, gritaba: —¿Pero por qué no dice lo verdadero sobre lo verdadero?
Lo cito, pues es una impaciencia que sentí se expresaba en muchos, por vías muy diferente de la de los sueños. Esta fórmula es verdadera hasta cierto punto —quizá no digo lo verdadero sobre lo verdadero. ¿Pero no han observado ustedes que al querer decirlo, ocupación principal de aquellos a los que se llama metafísicos, sucede que, de lo que verdadero no queda demasiado? Esto es justamente lo que hay de escabroso en esta pretensión. Ella nos hace caer fácilmente en el registro de la canallada. ¿No existe también cierta knavery, metafísica ella, cuando alguno de nuestros modernos tratados de metafísica hace pasar, al abrigo del estilo de lo verdadero sobre lo verdadero, cosas que verdaderamente no deberían pasar de modo alguno?
Me contento con decir lo verdadero en su primer estadio y con andar paso a paso. Cuando digo que Freud es humanitario pero no progresista, digo algo verdadero. Intentemos encadenar y dar otro paso verdadero.

Jan Matejko, Stańczyk
Stańczyk en un baile en la corte de la Reina Bona tras la pérdida de Smolensk, de Jan Matejko

Jacques Lacan: El seminario, Libro 7 La ética del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 2007, página 220.
Fuente de la imagen: Wikipedia