El analista y los semblantes

Jacques-Alain Miller

 

Para ubicar la posición del analista con respecto a los semblantes hay que descartar la confusión del analista con el Nombre-del -Padre, pero la teoría del sujeto supuesto saber no es suficiente tampoco. Hay que ir hasta la hiancia en la cual la posición del analista está suspendida. Apenas Lacan pronunció su “Proposición del 9 de octubre de 1967…” frente a su Escuela, cuando ya se puso a escribir un pequeño escrito que se llama “La equivocación del sujeto supuesto saber”. La palabra “equivocación” no traduce de manera adecuada la palabra francesa méprise, con la que Lacan trata de dar un equivalente de la palabra alemana vergriffen. Hay que volver al sentido propio de la palabra prise, “captura”, “toma”, “presa”. Es lo que hay en alemán Begriff, que hemos traducido por “concepto”.
Un concepto es lo que pone la mano sobre algo para capturarlo. Lo ilustramos por un círculo. Eso es la prise, méprise o vergriffen, que se refiere a lo que escapa a ese esfuerzo de captura. “Equivocación” traduce una vertiente semántica de méprise, que en francés es la de sentido común. Pero Lacan hace escuchar la etimología de méprise. En castellano podríamos referirnos al escaparse o al escapismo del sujeto supuesto saber. Si Lacan pone en evidencia, luego de la introducción del pase, la méprise del sujeto supuesto saber, es por cuanto considera que el analista está determinado por la estructura de la méprise del sujeto supuesto por saber. Por eso, el problema con el analista (podría ser un título para una conferencia) consiste en que está determinado por algo que escapa. Lo cual se encuentra en todos los niveles de su práctica, así como en los de su posición subjetiva, y se hace evidente en las impasses constitutivas de su existencia en grupo.
¿Cuál es la estructura de la méprise del sujeto supuesto saber? ¿Cuál es esa estructura que determina la posición del analista, su posición de sujeto en la experiencia en cuanto que inscriba en lo real, es decir, en cuanto que se marca en su acto mismo, en ese acto que tiene efectos, y efectos que no son sólo de semblantes, efectos que son reales?
Para entender a qué apunta Lacan, pensemos en todos los que tienen la suerte de no estar determinados por esa estructura, aquellos que sí están determinados por la captura de un saber. Es más fácil trabajar duro para obtener una licencia, un diploma superior, luego un diploma súper superior y por fin el diploma que dice que no hay más diploma después.
Es un placer trabajar para obtener una competencia que se puede verificar y que se traduce por un dominio de tal o cual materia. ¡Cómo domina su materia ese profesor! Tiene respuestas para todo. Quizás antes de salir de su casa esté completamente agitado, porque tal vez conserve en sí mismo una percepción de su no saber, pero ¿quién lo puede adivinar, escuchando esa supuesta boca de oro, que domina el tema por arriba, por debajo, por todos lados? Es agradable dedicarse a una materia donde se puede capturar el saber. Se lo puede hacer con el psicoanálisis como disciplina cultural, como un montón de páginas escritas o transcriptas, con la historia del psicoanálisis, con el comentario de textos fundamentales. Pero, en la experiencia analítica, la relación con el saber no es de captura, sino de imposibilidad de toda captura. Lo que define como tal al inconsciente es que uno no logra capturarlo. Y si escapa, no es por una simple huida, o porque uno se haya engañado. Escapa como tal. No es por la incompetencia de uno que se escapa. No es porque se encuentre más allá. Hay saberes así, que se escapan porque son saberes más allá, saberes de los dioses. Pues no, de ningún modo, en el psicoanálisis se trata de un saber al que uno puede acceder, pero… solamente engañándose. Es un saber al que uno puede acceder mediante la méprise, solamente en el momento de una falla, cuando uno no está a la altura. Ahí, precisamente, como regalo, gratis (y es tan difícil aceptar regalos gratis para algunos sujetos), “como regalo gratis de tu error, de tu engaño, de tu indignidad, ahora para ti se descubre ese saber”. De modo que para capturarlo, hay que se dupe, engañado. Hay que cometer el error para tener el regalo divino de acceder a ese saber. En cambio, el desengañado es incapaz de la méprise, y es por eso que la sorpresa no es un calificativo que se agregue a ese saber, sino que no puede advenir, salvo por efracción y sorpresa.
Por lo tanto, no puede haber licenciatura del  inconsciente. Intentan hacer una licenciatura de psicoanálisis, pero por el momento la impostura universitaria no ha logrado proponer una licenciatura del inconsciente. (Quién sabe si no le estaré dando la idea a alguno.) De manera que, en la noción de semblante de sujeto supuesto saber, hay una méprise a propósito del saber en cuestión. El sujeto supuesto saber es la méprise que cubre la méprise. Hace creer que hay un sujeto que sabe, que domina ese saber del inconsciente, cuando la definición misma de ese saber supone que ningún sujeto lo sabe, que ninguno está, por decir así, a la altura del inconsciente. Con seguridad, el analista no. A veces, cuando es un impostor, lo hace creer, pero la infatuación del analista es algo que lo desautoriza de manera evidente. La infatuación es ese semblante que adopta el analista cuando hace creer que lo sabe de antemano. ¿Qué significa la infatuación sino  que nada me va a sorprender, pues ya estuve en ese lugar antes que tú pudieses llegar a él? Por eso una Escuela sin notables sería una ambición digna del discurso analítico. El engaño del sujeto supuesto saber consiste en restablecer al sujeto en el lugar mismo donde no tiene nada que hacer, en el lugar donde hay una hiancia, donde hay ese agujero en el saber. Ese lugar, a veces, el analista lo cubre y se cubre con ese ropaje, de modo que en el mismo momento en que no aparecen sino significantes que deben leerse, se atribuyen a Dios. Es el ejemplo que da Lacan: cuando aparecen los significantes Mane, Thecel, Phares, inmediatamente se dice que Dios los ha escrito. El agujero es tapado en el mismo momento en que está en evidencia. Es así como en inconsciente está recubierto dos veces: por el sujeto supuesto saber, y por el Nombre-del-Padre.
La infatuación designa una enfermedad profesional del analista, en cuanto se identifica con el sujeto supuesto saber. Se toma por él. Es el semblante propio del analista hacer semblante de ya conocer. Por eso se puede decir que al respecto el analista es engañado por sus analizantes. Así como Marcel Duchamp hizo esa obra extraordinaria, “La casada desnudada por sus solteros“, se debería imaginar una obra de arte, “El analista engañado por sus analizantes”, mostrando al analista vestido por sus analizantes. No es que todo lo que tenga puesto sobre sí haya sido adquirido de ese modo, pero hay una ropa que no hay que comprar, y que no hay que dejarse regalar: el vestido de sujeto supuesto saber. Se observa que el analista quiere ese ropaje, y a veces prefiere quedarse en el círculo reducido donde le ponen esa prenda maravillosa, por miedo a ser desnudado, en un conjunto más grande, por sus colegas y los analizantes de sus otros colegas. Por eso hay que admitir que una Escuela no puede ser el todo de la practica analitica, pero debe ser un lugar donde se dé la suerte de quedar al desnudo al entrar. Al modo del frontispicio antiguo: “Nadie entra en la Escuela si no está desnudo”.


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Francisco de Goya, La maja vestida, 1795-1800
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Francisco de Goya, La maja desnuda, 1795-1800

Jacques-Alain Miller (1991): “El analista y los semblantes” en Conferencias Porteñas, tomo 2, Paidós, Buenos Aires, 2009, páginas 118 -121.
Imágenes: Wikipedia

Comentario de un fragmento de «El psicoanálisis y su enseñanza»

Mercedes Ávila

«El cuadro de su práctica no es tan sombrío felizmente. Alguien ante quien se repite siempre en el momento fijado sobre la muralla el fenómeno de la inscripción de las palabras “Mane, Thecel, Phares”, aunque estuviesen trazados en caracteres cuneiformes, no puede ver indefinidamente en ellos solamente festones y astrágalos. Incluso si lo dice como se lee en el poso del café, lo que leerá no será nunca tan estúpido, con tal de que lea, aunque fuese como Monsieur Jourdain sin saber lo que es leer.»[1]

Este fragmento entraña un entrecruzamiento con la cultura, en el sentido clásico del término, es decir, cultura como expresión de la más alta elaboración humana; por ello es necesario señalar que es posible tomar varios caminos a la hora de examinar las palabras de Lacan: uno es seguir lo que las citas mencionan, por ejemplo, recorrer el libro de Daniel, que es el pasaje de las escrituras en el que aparecen las palabras “Mane, Thecel, Phares”, y ubicarse en la historia que se relata. Otro camino posible es la lectura de la cita en el contexto en que es citada, el sentido cambia. Una tercera posibilidad es la de combinar los caminos antes mencionados y en el cruce de ellos fundar la lectura, es decir, tomar la cita y su contenido y leerla toda dentro del contexto en que es indicada.

Lacan habla de un fenómeno que se repite, es decir hay un primer momento de ver; luego un segundo momento, en el que se presenta la exigencia del leer. ¿Leer qué? ¿Cómo leer? Pero, sí o sí, leer. Afortunadamente, lo que ha de leerse insiste.
En su contexto, la resistencia del analista es la pieza de la que se trata aquí, en esa pequeña revolución copernicana que Lacan consuma al afirmar que la resistencia es del analista y no del analizado; pero en el fragmento hay otras cosas además. Lacan no sólo menciona la resistencia del analista sino que describe cierta posición frente a la práctica: no ver festones y astrágalos, saber leer.
El fragmento se relaciona con la crítica a la psicología del Yo, que había desarrollado la práctica psicoanalítica en un polo imaginario, en la que paciente y analista juegan a un juego de espejos. Una práctica que dejaba de lado al descubrimiento quizá fundamental de Freud: el inconsciente.
Páginas antes del segmento, Lacan se refiere a ello:

«Todo otro lugar para el analista lo lleva a una relación dual que no tiene más salida que la dialéctica de desconocimiento, de denegación y de enajenación narcisista a propósito de la cual Freud machaca en todos los ecos de su obra que es asunto del yo.

Ahora bien, es en la vía de un refuerzo del yo donde el psicoanálisis de hoy pretende inscribir sus efectos, por un contrasentido total sobre el resorte por medio del cual Freud hizo entrar el estudio del yo en su doctrina, a saber a partir del narcisismo y para denunciar en él la suma de las identificaciones imaginarias del sujeto.»[2]

Como más adelante veremos, el personaje de Monsieur Jourdain (fruto de la pluma de Molière), es la imagen viva (valga el doble sentido) del yo y de la postura que tomaron los practicantes de la psicología del Yo.
La cita de la escena bíblica es aquella que cuenta que el rey Baltasar, no temeroso de Dios, festejó un banquete en el que mandó a traer las copas sagradas que fueron robadas de un templo israelí; repentinamente apareció una mano en una de las paredes del palacio, y escribió esas palabras que ninguno de los sabios del rey supo interpretar ni ver siquiera como palabras. La reina, entonces, recordó a Daniel y a su capacidad de interpretación, e intervino para que lo llamaran. Daniel se presentó e interpretó lo escrito. “Mane, Thecel, Phares” fueron, para Daniel, la expresión de la amenaza divina que había recaído sobre Baltasar: tu reino ha sido medido, pesado y dividido. Esa misma noche Baltasar murió y su reino fue dividido entre otros. Pero la interpretación no es lo que importa, el acento está en el hecho de interpretar: en el pasar por el sentido sin agotarlo.
Y luego de haber entendido que es necesario leer, la pregunta se desliza nuevamente, insiste tal vez como ese fenómeno que se repite en el muro: ¿leer qué? y ¿cómo leerlo? Es entonces que nos vemos llevados a plantear no sólo el problema de la práctica psicoanalítica sino también de su formación, la enseñanza del psicoanálisis.

Algunas posibilidades:

  • Posición epistemológica: frente a los hechos, leerlos o no leerlos (confundir palabras con adornos arquitectónicos en una pared.) Y al leerlos, hacerlos hechos.

  • Posición clínica: resistencia del analista. El caso de Ernst Kris y el “hombre de los sesos frescos.” ¿De qué depende la lectura clínica?

  • Las palabras “Mane, Thecel, Phares” fueron las de la advertencia de Dios al rey Baltasar. Basando la lectura del párrafo en una lectura de la cita y del contexto en que es mencionada, ¿podemos pensarlo como una metáfora de la ceguera del analista, la cual advierten el acto y el acting-out? Ceguera paradójica, porque se constituye al agotarse en el momento de ver.

  • Monsieur Jourdain: es el paradigma del parecer. Pretender, aparentar ser algo que no se es. Es el yo y su función fundamental puestos en acto.
  • El problema de la formación y de la enseñanza: el estilo.

Posición epistemológica

La posición epistemológica se refiere a los conocimientos del psicoanalista y su ceguera, creada por esos mismos conocimientos. Gastón Bachelard lo dice claramente cuando crea la noción de obstáculo epistemológico. La experiencia, que en la obra de Bachelard tiene dos sentidos claros y que aquí la tomamos sobre todo en el sentido del conocimiento previo, es el primer obstáculo. Bachelard afirma que todo conocimiento se construye por oposición a conocimientos anteriores.

En psicoanálisis no hay experiencia previa (o la experiencia previa no funciona de la misma manera que en otras disciplinas y técnicas), y es importante recordarlo. Ningún paciente es igual a otro, cada caso es único. El psicoanálisis como disciplina exige que cada psicoanalista esté atento todo el tiempo a aquello que se le presenta, porque los fenómenos no se repiten de igual forma dos veces (aunque insisten), y tampoco son el mismo fenómeno en un paciente y en otro. El fenómeno que menciona Lacan que se repite todo el tiempo es, acaso, el empuje de lo inconciente, que aparece. Ver, pero ver que es una cifra que debe leerse.

Posición Clínica

El fenómeno que se repite es mirado o es leído. Pero, ¿de qué depende la lectura? ¿La lectura depende de los conocimientos, de la formación, de la práctica o de la ética? Poner en tensión la ética con los otros tres conceptos puede ser un camino interesante.

Recordemos cierta analogía que usa H. J. Paton para explicar la propuesta de Immanuel Kant con respecto al problema del conocimiento y la experiencia: el ejemplo de las gafas azules.

«Supóngase que todos los seres humanos naciesen con gafas de cristales azules; que estos anteojos formasen parte de nuestro órgano visual, de tal manera que quitárnoslos equivaldría a arrancarnos a la vez los ojos; y supongamos, además, que no nos diésemos cuenta de que tenemos puestos tales anteojos. Entonces ocurriría que todo lo que viésemos se nos aparecería azul, lo cual nos llevaría a suponer, no que las cosas las “vemos” azules, sino que realmente “son” azules. (…) De este  modo conocer no sería ya mero reflejar las cosas, sino operar sobre ellas, transformándolas.»[3]

En el caso del psicoanálisis, cada psicoanalista tendrá puestas sus gafas azules, que le impiden leer. Si lo pensamos en el contexto de la psicología del Yo, el fragmento nos puede imponer una idea, la del caso de Ernst Kris y su paciente, el famoso “hombre de los sesos frescos.” Kris se enfrentó con un fenómeno que se repetía: su paciente, luego de cada sesión, pasaba por los restaurantes cercanos y buscaba en las vidrieras el menú, y en él, su plato preferido. Kris no supo leer lo que ocurría, o en todo caso lo supo leer con sus gafas azules: las de la práctica que profesaba. Las gafas azules son las del yo.

El acting-out del paciente de Kris puede ser pensado como una advertencia, una señal para esa ceguera que ve demasiado (y por eso no lee.)

El psicoanalista debe, a la manera de Odín, sacrificar uno de sus ojos, para poder leer sin que el acto de mirar lo ciegue.

Ver o leer

En los actos de ver y leer encontramos el movimiento de pasaje de un polo imaginario a un polo simbólico. Podríamos afirmar que es el mismo pasaje que distingue a la práctica de la psicología del Yo de la práctica lacaniana (freudiana) del psicoanálisis.

Monsieur Jourdain es el ejemplo que Lacan toma para señalar el problema de la necesidad de leer. Y es este personaje el que más nos hace pensar en la imagen y la postura.

Monsieur Jourdain es un burgués que gracias a cierta prosperidad económica lleva una buena vida, pero en su ambición frecuenta la nobleza, pretendiendo convertirse en parte de ella. Por ese motivo hace todo por aparentar ser otra cosa. El hombre es un ignorante, cuya cualidad reside en el aparentar; en su característica se destaca como un representante legítimo del yo y la función de desconocimiento del mismo, pero también puede servir como representante de aquellos psicoanalistas que apoyaban su práctica en la imagen, no sólo como forma de interpretación sino como forma de presentarse ante sus pacientes.

El uso del personaje de Molière toma las formas de la paradoja. Porque es el yo, es la apariencia y el desconocimiento, pero al mismo tiempo es alguien que lee aunque no sepa qué quiere decir eso que lee. La paradoja se despeja al pensar en la intersubjetividad del acto psicoanalítico.

El problema de la enseñanza y la formación: el estilo

Con lo afirmado antes, ingresamos en el problema de la formación del psicoanalista, que es fundamental para la orientación de su práctica. Todo El psicoanálisis y su enseñanza recorre el problema. Tomemos, por ejemplo, la mención de la institución internacional que Freud mismo fundó, y la enseñanza en esos institutos.

«La enseñanza en esos institutos no es más que una enseñanza profesional y, como tal, no muestra en sus programas ni plan ni mira que rebase los sin duda loables de una escuela de dentistas (la referencia ha sido no sólo aceptada sino proferida por los interesados mismos): en la materia sin embargo de que se trata, esto no llega más arriba que la formación del enfermero calificado o de la asistencia social, y quienes introdujeron allí una formación usual y felizmente más elevada por lo menos en Europa, siguen recibiéndola de un origen diferente.»[4] 

La cita ha sido tal vez exagerada, pero es necesario trascribirla por entero, pues expresa magistralmente el problema de la formación. El psicoanálisis, como disciplina, exige su fundación permanente, cada psicoanalista debe crear el psicoanálisis de nuevo en su práctica y en su formación.

Lacan resuelve el problema de la enseñanza, en estos años, con la cuestión del estilo. En las últimas líneas dice:

«Todo retorno a Freud que dé materia a una enseñanza digna de ese nombre se producirá únicamente por la vía por la que la verdad más escondida se manifiesta en las revoluciones de la cultura. Esta vía es la única formación que podemos pretender transmitir a aquellos que nos siguen. Se llama: un estilo.» [5]

El párrafo sobre el que se ha desarrollado este trabajo es un representante claro de ese estilo: Lacan habla en forma cifrada, enigmática. Exige un movimiento de parte del lector para que éste se detenga y se pregunte qué dice Lacan, y por qué lo dice de esa forma. Exige leer, en contra de ver.

Pero el estilo encierra un problema, que es tal vez el mismo problema con el que se encontró Freud con respecto a la transmisión del psicoanálisis: hay algo de la práctica que resiste, que se escapa, y no hay forma de transmitirlo. Freud tomó el camino de la explicación clara, detallada. Lacan, en ese momento, 1957, tomó el camino de lo enmarañado, para que el lector trabaje y descubra el sentido de lo que se dice en forma particular (o que descubra, acaso, que no hay sentido común.)

El peligro que acecha a las dos formas de transmisión es el de la lectura cabalística, que supone que lo escrito es divino y, como tal, perfecto, y, además, que encierra miles de sentidos e interpretaciones. La lectura cabalística puede dar lugar a la repetición vacía de frases, sin indagar su sentido (y la repetición implica la ilusión de que hay un sentido común); o puede dar lugar a la ausencia de crítica; otra consecuencia es el abuso de la interpretación; pero la causa se origina siempre por el mismo motivo: lo escrito es divino, cada letra fue escrita por Dios. Claro vemos que aquí hay entonces un doble problema, no sólo el de cómo transmitir sino el de a quiénes dirigir el mensaje. Lacan menciona algo al respecto:

«Creo pues que aquí Freud obtuvo lo que quiso: una conservación puramente formal de su mensaje, manifiesta en el espíritu de autoridad reverencial en que se cumplen sus alteraciones más manifiestas. No hay, en efecto, un dislate proferido en el insípido fárrago que es la literatura analítica que no tenga cuidado de apoyarse con una referencia al texto de Freud, de suerte que en muchos casos, si el autor no fuera, además, un afiliado de la institución, no se encontraría más señal de la calificación analítica de su trabajo.»[6] 

El problema de practicar el psicoanálisis es que no basta con mencionar a Freud para que lo que se haga sea psicoanalítico. Cuando Lacan presenta este escrito frente a la sociedad de filosofía, se había desarrollado una práctica psicoanalítica que se llamaba a sí misma freudiana, pero que en sus actos desconocía a lo inconciente. La vía del yo había desviado el camino. Agreguemos que tampoco basta mencionar a Lacan.

 (2007)

Colaboración y revisión: Sebastián Alejandro Digirónimo

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El festín de Baltasar, Rembrandt -1635-

Bibliografía

  • La formación del espíritu científico, Buenos Aires, Siglo Veintiuno editores, 1999.

  • Carpio, Adolfo (1974): Principios de filosofía, Buenos Aires, Glauco editores, 1995.

  • Kris, Ernst (1951): “Psicología del yo e interpretación en la terapia psicoanalítica”, en The psichoanalytic Quartely, XX, I, enero 1951, páginas 15-30.

  • Lacan, Jacques (1957): “El psicoanálisis y su enseñanza”, en Escritos 1, Buenos Aires, Siglo Veintiuno editores, 1996.

  • Poquelin, Jean-Baptiste “Molière” (1670): “El burgués ennoblecido”, en Obras Completas, Madrid, Editorial Aguilar, 1957.

  • Scholem, Gershom (1960): La cábala y su simbolismo, Buenos Aires, Siglo Veintiuno editores, 1998.

  • La Biblia: Daniel 5, 5-29.


[1] Jacques Lacan (1957): El psicoanálisis y su enseñanza en Escritos 1, Buenos Aires, Siglo Veintiuno editores, 1991, página 437.
[2] Op. Cit. página 436.
[3] Adolfo P. Carpio (1974) Principios de filosofía, Buenos Aires, Glauco editores, 1995, página 231.
[4] Jacques Lacan (1957): El psicoanálisis y su enseñanza en Escritos 1, Buenos Aires, Siglo Veintiuno editores, 1991, página 438.
[5] Op. Cit. página 440. [6] Op. Cit. página 439.


Fuente: Letras – Poesía – Psicoanálisis
Imagen: Wikipedia

Admitir un sujeto

Mercedes Ávila

Al practicar psicoanálisis en una institución es indispensable examinar lo institucional y su relación –o la ausencia de relación– con la clínica y la teoría psicoanalítica, y a su vez poder delimitar, si es posible, efectos psicoanalíticos en la institución.
Se creería que las entrevistas de admisión institucional difieren radicalmente de aquellas entrevistas que se llevan a cabo con un paciente en la práctica privada. He aquí algunos axiomas para considerar si hay diferencias entre ambas y cuáles podrían ser las consecuencias de ello.

  • Primer axioma: si hay psicoanalista, hay admisión de un sujeto.

Las entrevistas preliminares son un ejercicio necesario de puesta en forma de la demanda de un sujeto para avalar –o no– el comienzo de un análisis. Toda entrevista, entonces, es una entrevista de admisión, y en ellas no sólo se aspira admitir un sujeto en un análisis sino –y sobre todo– se aspira la admisión de un sujeto del inconsciente por parte del paciente.
El paciente se dirige a la institución con una demanda. Salvo casos excepcionales, no es una demanda de análisis, y por ello es necesario que se encontrara con un psicoanalista. Un psicoanalista no deja de advertir que la institución funciona como un velo entre él y quien consulta, y no responde a la demanda, abriendo así las puertas de otro lugar.
Una entrevista de admisión en una institución implica el desafío de encontrar un sujeto en aquel que consulta y que solicita que alguien más –en este caso el entrevistador­­­– lo autorice en su demanda; implica, para el paciente, la oportunidad de encontrarse con el psicoanálisis y, para el entrevistador, de dar cuenta de la práctica psicoanalítica. La institución, entre ambos, es un velo acerca del cual es necesario estar advertidos.
El psicoanalista, en la admisión, sabiendo que no será él quien tomará en análisis al sujeto, debe trabajar en un límite: aquel que ofrece la oportunidad para instalar una resignificación, una pregunta, un hueco, y la puerta que abre el espacio que le corresponderá a quien fuera el futuro psicoanalista del paciente. Bordeando ese límite no señalado se instala una práctica, que, sin embargo, siempre tiene como meta buscar y encontrar al sujeto.
No responder a la demanda es un desafío constante: no basta declarar que no se responde a la demanda para no responderla. El psicoanálisis es un discurso que se sostiene en un acto.

  • Segundo axioma: El psicoanalista sólo puede sostener su acto dentro de la ética del psicoanálisis.

La premisa que dirige cada entrevista es fundar una base para la transferencia con el psicoanálisis. Se busca la admisión del sujeto. Es importante mantener la ambigüedad del término: no se trata de la admisión de un paciente a la institución. La admisión es otra cosa, mucho más profunda que eso.
La dicotomía psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado se presenta, pues, como falsa y es una puerta de entrada al retroceso ante el deseo del analista. Todo psicoanálisis es puro –aunque se pudiera sostener con fuerza que todo psicoanálisis es aplicado–, se sabe que los efectos terapéuticos son un resultado añadido. El mero acto de hablar constituye ya un alivio. Si sólo se buscara alojar el sufrimiento y calmarlo, no habría lugar para el psicoanálisis; la práctica no se distinguiría de la sugestión y el psicoanálisis no se distinguiría de la psicoterapia. Si se respondiera a la demanda, no habría psicoanálisis posible. En el marco de la institución es todavía más importante estar todo el tiempo advertidos de ello, porque el velo de la institución puede hacer perder el horizonte al cual debería apuntarse. Se sabe que el psicoanálisis no recorre el camino del “para todos”, sino el camino de “para cada uno.” El solo hecho de autorizar al sujeto en su desviación deseante constitucional implica otorgar calma con respecto al sufrimiento, pero la meta es otra. Esa otra meta implica una responsabilidad mayor. El psicoanálisis es mucho más responsable que la terapia y, por supuesto, que la caridad.
La ética del psicoanalista sostiene la práctica. El psicoanalista no avala cualquier demanda, se abstiene de saber el bien del sujeto. El psicoanálisis es una práctica solitaria. El psicoanalista está solo. Únicamente el deseo del analista funda la práctica y le otorga un lugar a lo singular de cada sujeto.
Miller señala lo siguiente: “¡qué frágil es el psicoanálisis, qué delgado, qué amenazado está siempre! No se mantiene, no se sostiene más que por el  deseo del analista  de hacer su lugar a lo singular, a lo singular del Uno. El deseo del analista se pone del lado del Uno, en relación con el “todos.” El “todos” tiene sus derechos, sin duda, y los agentes del discurso del amo se pavonean hablando en nombre del derecho de todos. El psicoanálisis tiene una voz temblorosa, una voz muy pequeña para hacer valer el derecho a la singularidad.” En el marco de una institución esa fragilidad se acentúa por el velo que la institución implica. El psicoanalista debe estar más advertido que nunca de lo que implica el psicoanálisis. Todo el tiempo.
Es claro que la institución funciona como un punto de referencia, como el centro del laberinto. La institución es un medio para trabajar por el psicoanálisis, y la forma de recibir a cada sujeto da cuenta de ello. Pero este saber queda del lado del psicoanalista. Es él quien, con su práctica, hace existir al psicoanálisis, y por ello su carga es distinta. Ante cada sujeto que consulta, es el psicoanalista el que debe dar el paso ético y no retroceder ante él.

  • Tercer axioma: psicoanálisis o caridad

La elección es precisa y tajante, como la elección entre dos mundos que se excluyen mutuamente. O psicoanálisis o caridad. No hay medias tintas. Se sabe que no se puede servir a dos amos al mismo tiempo. No hay soluciones de compromiso. Y si las hay tienen un nombre: síntomas. Y cuando no se hace la elección de forma precisa y tajante aparecen los síntomas, también en la institución. La clave está en no retroceder.

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Pandora, de John William Waterhouse, 1896.

Publicado en Revista Litura no todo psicoanálisis, n° 2, octubre 2010.

La estructura ha atribuido a lo femenino el coraje y a lo masculino la cobardía

Jacques-Alain Miller

Por supuesto, está el coraje de las mujeres, de seres que con respecto a la referencia fálica no tienen nada que perder. Eso puede dar un coraje sin límite que se encuentra en las mujeres, no se encuentra en los hombres. También las puede hacer feroces, mujeres que para proteger lo más precioso -como ocurre cuando uno no tiene nada para defender-, ante lo más precioso que encuentran, están preparadas para ir hasta el final sin detenerse y para luchar como quieran. También el sentimiento de un handicap puede conducir a la posición de víctima, de queja o de miedo, pero es en la mujer donde se observa la inversión súbita del miedo en el coraje sin límite cuando se toca lo que se debe respetar, y se puede ver, al extremo, a la más miedosa de las mujeres convertirse de repente en una heroína.

La cobardía fundamental de los hombres es que están embarazados de algo que tienen que proteger, eso puede despertar en ellos la ferocidad del dueño amenazado de robo, pero es a los hombres a quienes les gusta hablar, negociar, dialectizar, todo eso para proteger lo que hay que proteger, muy distinto del hablar. De tal manera que en la lucha por puro prestigio, el invento de Hegel, puede parecer que finalmente, si se sexualiza esta lucha, los hombres salen amos y las mujeres se someten; no es así, es el hombre, aunque puede parecer mandar, el esclavo, el siervo. Él es siervo porque, de manera estructural, el que sale siervo de esa lucha es el que debe proteger algo, supuestamente su vida en Hegel. Cuando en esta condición el sujeto femenino ya ha perdido todo y no tiene nada que proteger y se encuentra en la posición estructural del amo, que Lacan reconoce cuando llama a eso capricho, el capricho supuestamente de la madre, que significa que la voluntad despreciada como insensatez se encuentra del lado de la mujer -y que traté este año en mi curso de desarrollar la función errática de la voluntad en la mujer-, las mujeres gozan de su voluntad y es así como entran en la metáfora paterna con lo que Lacan llama el deseo de la madre. El Deseo de la Madre es el capricho, es decir, la voluntad sin reglas, mientras que el Nombre-del-Padre es la autoridad pero en la medida que depende de reglas. Y por eso hay un desfasaje: el hombre amo-siervo se inscribe en el discurso del amo, es decir, los amos hombres son siempre solamente amos de siervos, son falsos amos, como lo denunciara Nietzche. Cuando la dominación femenina se desprende de un discurso histérico, es decir, de una posición de un amo sin reglas que denuncia al falso amo, él mismo siervo de las reglas. Es decir, para ubicarse como brújula en la cuestión del coraje, hay que tener opinión, fundarse sobre la relación entre el coraje y la castración. El coraje siempre se ubica cuando podemos situar el franqueamiento de la barrera del horror a la feminidad. Hay coraje cuando se franquea esta barrera. Este horror a la feminidad lo tienen los dos sexos pero más los hombres que las mujeres.
Entonces también hay una cobardía de las mujeres en el horror a la feminidad, que tiene que ver con proteger su imagen y eventualmente la belleza de su imagen, como última protección antes del horror de la castración. Eso  que es atacado en el análisis, esta barrera que constituye el culto a la imagen bella, a lo que una supuestamente quiere ser para al menos un hombre -que también hace al culto a la imagen- es lo que regularmente hace más difícil para las mujeres que para los hombres la palabra pública. La palabra en público significa sacrificar algo de la protección de la imagen, del fetiche de la imagen.
La de los hombres es la cobardía bien escondida, son tan cobardes que esconden la cobardía misma, es decir que van a luchar en otro lugar que en la relación de los sexos; en el campo del saber polemizan, subrayan errores de tipografías en las tesis o, más avanzados, cuando están realmente inquietos sobre su virilidad, se vuelven militares. Es lo que el joven Lacan señaló de la manera más precisa cuando tenía cuarenta y seis años en su texto “La psiquiatría inglesa y la guerra”. Hace esta anotación: “El valor viril que expresa el tipo más acabado de la formación tradicional del oficial entre nosotros -y la tradición militar francesa tiene su peso importante- me ha parecido en muchas ocasiones como una compensación de lo que nuestros ancestros habrían llamado cierta debilidad en la cama”. Es decir que es buscar las insignias de oficiales de la virilidad precisamente para huir del otro campo de batalla, del campo de batalla fundamental, del campo de batalla de hombre y mujeres. De tal manera que el coraje sexual es lo mismo que el coraje epistémico, es afrontar el otro sexo en la medida en que lo femenino es el sexo Otro también para las mujeres. Como dice Lacan, la mujer es otra para ella misma.

madre de plaza de mayo discutiendo con policia
Madre de la Plaza de Mayo discutiendo con policías, 1982, fotografía de Jorge Sánchez

Jacques-Alain Miller: Conferencias porteñas, Tomo 3, Paidós, Buenos Aires, 2010, página 67.

Como el mar, ha de recomenzar siempre

Jacques Lacan

Fragmento de “El acto psicoanalítico”¹

Por este paso se advierte que aquí de quien hay que decir si es saber, es del sujeto.
¿Al término de la tarea que se le asignó, sabe el psicoanalizante “mejor que nadie” la destitución subjetiva a la que esta tarea ha reducido a quien se la ordenó? O sea: ese en sí del objeto a que, en este término, se evacua en el mismo movimiento con que cae el psicoanalizante por haber verificado en ese objeto la causa del deseo.
Allí hay saber adquirido, pero ¿de quién?
¿A quién le paga el precio de la verdad cuyo incurable es, en su límite, el sujeto tratado
¿Se concibe a partir de este límite un sujeto que se ofrezca a reproducir aquello de que ha sido liberado?
¿Y si eso mismo lo somete a hacerse producción de una tarea que no puede prometer sin suponer el propio señuelo que para él es ya insostenible?
Pues a partir de la estructura de ficción con que se enuncia la verdad, va a hacer de su propio ser pasto de producción de un… irreal.
No hay menos destitución subjetiva por prohibirse este pase que, como el mar, ha de recomenzar siempre.

La ola
La gran ola de Kanagawa – Katsushika Hokusai

¹Jacques Lacan: “El acto psicoanalítico”, en Reseñas de enseñanza, Buenos Aires, Manantial, 2010, página 48.

El goce del psicoanalista

Seminario 2018

Programa o justificación

Alessandro_Allori_-_Odysseus_questions_the_seer_Tiresias
Odiseo interroga al augur Tiresias – Alessandro Allori – 1580

 

Hay un movimiento necesario. Que será, además, necesario siempre. Los humanos despertamos siempre simplemente para volver a dormirnos. Ese movimiento necesario, que lo será siempre, es el movimiento que va de la erudición solemne a la invención subversiva. Este movimiento es extremo en el psicoanálisis como en la poesía, al punto que la erudición solemne, polo al que se deslizará siempre el no-querer-saber que nunca dejará de dominarnos, es la negación misma tanto del psicoanálisis como de la poesía. El psicoanálisis y la poesía son invención subversiva o no son. El retorno a Freud de Lacan no era otra cosa que sacar a Freud de la pendiente de la erudición solemne propiciada por el no-querer-saber que somos. Ese retorno, por supuesto, es esforzado con el tiempo a volverse, una vez más, erudición solemne, pero ocurre algo: el esfuerzo contrario deja una marca que no nos permite volver atrás de la misma manera. Lo mismo ocurre en los movimientos de un psicoanálisis. Hay un esfuerzo espontáneo y continuo por el no-querer-saber pero en un psicoanálisis ocurre que, al mismo tiempo, esforzándonos en contra de ese esfuerzo espontáneo, hay marcas irreversibles que, aunque no evitan regresar al no-querer-saber, sí evitan regresar a puntos previos a esas marcas. Esto, por supuesto, requiere esfuerzos que son siempre singulares.

Retornos a Lacan se pregonan, de tanto en tanto, por todos lados. Pero suelen pregonarse desde la repetición momificada de la erudición solemne. Cuando se intentan, sólo se hace desde esa erudición vacía. Y hay que entender que la erudición en sí misma no es vacía: la oquedad surge al no ponerla al servicio de la invención subversiva.

Se nos terminaron los Lacanes. El primero, el último, el muy último, el ultimísimo. Quizá nos quedan el póstumo, el redivivo y el apócrifo (este último no sería bien recibido pero se regaría por allí con la rapidez de un virus). Estas divisiones de la enseñanza de Lacan han sido fructíferas. Sirvieron para evitar el anquilosamiento al que nos lleva la pendiente del no-querer-saber, pero nos esforzamos continuamente en convertirlo todo en erudición solemne. Si nos atrevemos a poner la erudición posible, mayor o menor, al servicio de la invención subversiva, aparecen cosas que, en un primer momento, son rechazadas. Todo lo que nos esfuerza en contra del no-querer-saber es, de entrada, rechazado.

Si nos atrevemos a algo más, aparecen cosas como el goce del psicoanalista. Si ponemos en serie lo que Freud llamaba abstinencia, el esfuerzo de formalización del deseo del psicoanalista, la lógica del acto psicoanalítico y la declaración lacaniana de que el psicoanalista no goza en su acto, lo que encontramos al final es la posibilidad de formular la existencia del goce del psicoanalista que debe formalizarse. Lo ha entrevisto un psicoanalista europeo en un congreso de la AMP hace algunos años. Generó revuelo en el momento, pero el revuelo fue característico de la época: duró poco y fue cubierto rápidamente con defensivo silencio. Varios años antes de ello, lo habíamos mencionado en cursos de outsider en una ciudad completamente marginal, y fue saludado, por los pocos que lo oyeron, con una sorpresa que rápidamente también se convirtió en olvido.

Una de las formas de llevar la erudición solemne hacia el lado de la invención subversiva, es decir, de mantener vivos al psicoanálisis y a la poesía, es, por ejemplo, intentar formalizar el goce del psicoanalista. Furiosamente. El revuelo que hicieron alrededor del psicoanalista que lo mencionó de pasada estaba enteramente fundado en la declaración aquella de que el psicoanalista no goza en su acto. Saber leer es no comprender demasiado rápido la superficie de las palabras. Es por comprender demasiado rápido que se arman las etimologías más absurdas, como el argentino al cual en Italia le piden la manteca y al oír la palabra burro comprende demasiado rápido y termina en cómica situación que es, además, metáfora de sí mismo. Que el psicoanalista no goza en su acto no es lo que invalida la posible formalización del goce del psicoanalista sino lo que la hace imperiosamente necesaria. El movimiento que complementara el deseo del psicoanalista con el goce del psicoanalista es imperiosamente necesario. Pero, para ello, antes, la invención de la furia. La furia inhumana, la furia subversiva, la furia imposible.

El problema fundamental ante el cual nos enfrentamos es que la época esfuerza hacia el goce y la teoría psicoanalítica, en manos de hombres que poco se esfuerzan en ser contemporáneos (en el sentido de salirse de su propio tiempo), terminan ensalzando el goce desenfrenado del cinismo materialista al cual empuja el discurso capitalista hipermoderno. Fue sintomática una de las tantas jornadas que ocurren en todas las ciudades casi todo el tiempo: lo que se vio allí es que los que se dicen psicoanalistas se están olvidando del deseo. El deseo, impedido por la configuración del discurso capitalista hipermoderno, está siendo impedido también teóricamente por los que, por carencia de furia, no se atreven a ser contemporáneos y terminan siendo ciegos hijos de su tiempo. Todos lo somos, por supuesto: el problema no es ser hijos de su tiempo, el problema es la ceguera. Por esto formular el goce del psicoanalista será el resultado de un recorrido por los conceptos que hemos mencionado antes: de la abstinencia a la formalización del deseo del psicoanalista a la lógica del acto psicoanalítico al goce del psicoanalista que no goza en su acto.

*

Pasemos a la pregonada libertad del capitalista, al ensalzado libre mercado. No es casual esa conjunción de palabras: la libertad queda unida, subrepticiamente, al mercado. ¿Pero esto qué quiere decir? Se trata del fantasma fundamental de la hipermodernidad, y él transforma el malestar en la cultura, situado con precisión por Freud, malestar que tiene un núcleo irreductible del cual debemos hacernos cargo, en el infierno hipermoderno que tiene su mejor retrato en el libro de Huxley titulado, con gran acierto, Un mundo feliz. Un mundo de goce superyoico, hiperhedonista, en el cual el homo felix, como lo llama el italiano Recalcati, disocia la libertad de la ética y confunde el deseo con el capricho alocado del goce que lo quiere todo y, además, lo quiere ya. El destino del deseo más allá de la ley de la palabra es el goce mortífero que lo quiere todo desentendiéndose del hecho de que, como seres hablantes, estamos agujereados en lo más íntimo de nosotros mismos. Y en este punto se sitúa la sutileza que separa al analizado, que responde al agujero con un “¿y?” que no lo detiene, del cínico que cree haberse liberado de todo ideal simplemente porque “todos los ideales están cubiertos de mierda”. Es la posición del neoliberal que recurre a la despolitización del hombre para reivindicar una libertad disociada de la ética, que es, al mismo tiempo, la reivindicación de la posibilidad individual de gozar “a muerte” sin la intrusión del Otro. El resultado en el ámbito social es, por supuesto, la desigualdad extrema de derechos. Y para entender del todo el funcionamiento de esto es necesario captar en toda su amplitud el concepto lacaniano de goce. Notemos que ese “sin intrusión del Otro” del cínico homo felix neoliberal lejos está de la inexistencia del Otro que se desprende del final de un psicoanálisis. El homo felix hipermoderno, engolosinado con el goce, engocinado, como dijo un analizante, puede volver de su infierno del goce sólo a través del deseo. Pero del deseo verdadero, un deseo anudado a la ley de la palabra, que por eso no confunde la salvación con los objetos de consumo, un deseo ético que se hace cargo del agujero que somos. Ello nos permite pasar del consumidor consumido al sujeto del deseo.

Hay una anécdota que suele ser útil a la hora de mencionar el saber perderse necesario para llevar un psicoanálisis hasta sus últimas consecuencias. La neurosis es estar demasiado orientado. Falsamente orientado, por supuesto.

Un colega se había contactado con nosotros porque quería una copia de un documental al cual le habíamos agregado, en forma casera, los subtítulos al castellano. Nos indicó su dirección y decidimos, a modo de paseo, alcanzarle una copia del documental. Era una calurosa tarde de sábado y, de tanto en tanto, llovía. Viajamos. Buscamos la casa de este colega pero la tarea se hizo difícil, no encontramos con facilidad la dirección y, además, el sentido de las calles nos fue obligando a un largo rodeo que más nos alejaba de su casa que acercarnos a ella. De repente, entonces, terminamos en una calle llena de pozos, cercados a un costado por la vía ferroviaria y, al otro, por una hilera de casas encimadas y humildes. Nos perdimos. Era difícil buscar la manera de cruzar de nuevo las vías hacia el otro lado, avanzamos lentamente sin resultado alguno, encerrados en aquella calle llena de pozos y, súbitamente, nos encontramos con un letrero que indicaba la subida próxima a una autovía. “Autovía a Luján”, decía. “¿Y si vamos a Luján?”, dijimos, y sin dudarlo ni siquiera un segundo tomamos la autovía y el paseo nos llevó hasta esa ciudad extraña que es Luján. Y fue un buen paseo. Pero fue un buen paseo porque nos perdimos. Después nos enteramos, además, que aquel colega se había olvidado que estábamos yendo a entregarle el documental y que, por eso, no estaba en su domicilio. ¿Qué habría ocurrido si hubiéramos estado más orientados? La neurosis es llegar a una meta esperando cierto resultado que no ocurre en vez de perderse y terminar en Luján.

Es que el encuentro con la verdad del propio deseo se da sólo si nos perdemos, si fracasamos. Por supuesto que se trata de perderse y de fracasar de la buena manera. Sobre lo que esto echa luz es que la experiencia de un psicoanálisis es enteramente contraria al ideal (que se vende a sí mismo como ausencia de ideal) del discurso capitalista omnipresente de la hipermodernidad. El meritócrata exitoso del narcisismo de la imagen, ensalzado por el discurso capitalista, es alguien que no sabe perderse ni sabe lidiar con el fracaso. Al discurso capitalista esto, además, le conviene: el pobre es pobre porque no fue capaz de autoengendrarse como se debe. Sólo el psicoanálisis y la poesía pueden detener esta deriva. Pero ello es de una enorme dificultad, porque no son el psicoanálisis y la poesía sino el psicoanalista y el poeta, uno por uno, éticamente en acto. Y la mejor demostración de esa dificultad está dentro del psicoanálisis mismo, pues la vía de la responsabilidad ética es obstaculizada incluso teóricamente ensalzando cierto cinismo materialista que se acomoda al desdibujamiento del Otro de la época hipermoderna. De esa forma, se confunde fácilmente la libertad del deseo con el libertinaje del goce que responde al mandato superyoico, aborrece lo imposible y niega el inconsciente desde el peor lugar: desde dentro del psicoanálisis. Pero no podría ser de otra manera: los que más se defenderán de lo que el psicoanálisis tiene para decir serán los que más se acercarán a ello. Hay una sola forma de evitarlo: la furia ética.

Mercedes Ávila
Sebastián Digirónimo

(2018)