Estamos aquí para todo lo contrario: para saber

 
 
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Lacan en Italia / Roma / 1974. Fotografía de Fausto Giaccone
El 13 de abril de 1901 nació Jacques Lacan.
Para celebrar, compartimos un fragmento de su seminario:
 
«Esa mano que se tiende hacia el fruto, hacia la rosa, hacia el leño que de pronto se enciende, su gesto de alcanzar, de atraer, de atizar, es estrechamente solidario de la maduración del fruto, de la belleza de la flor, de la llamarada del leño. Pero cuando en ese movimiento de alcanzar, de atraer, de atizar, la mano ha ido ya hacia el objeto lo bastante lejos, si del fruto, de la flor, del leño, surge entonces una mano que se acerca al encuentro de esa mano que es la tuya y que, en este momento, es tu mano que queda fijada en la plenitud cerrada del fruto, abierta de la flor, en la explosión de una mano que se enciende, entonces, lo que ahí se produce es el amor.»
 
Todo eso puede parecer muy lindo. Pero con el amor no hay que engañarse, lo más importante es lo que viene después:
 
«La estructura que está en juego no es de simetría ni de retorno. Por otra parte, no hay tal simetría, porque si la mano se tiende, lo hace hacia un objeto. La mano que surge al otro lado es el milagro. Pero no estamos aquí para organizar milagros. Estamos aquí para todo lo contrario: para saber.»
 
 
 
Il bacio. Versión de Ege Islekel

Jacques Lacan, Seminario 8 La transferencia, Paidós, Buenos Aires, 2003, página 65.

Antes del fuego

Novedad editorial

Compartimos con mucha alegría la publicación del libro «Antes del fuego», de Sebastián A. Digirónimo, colega y miembro fundador de la Red Psicoanalítica.


«El libro que el lector tiene en sus manos no es un libro para ser leído. Esta frase, que se repite con demasiada liviandad, se aplica en este caso con toda la fuerza de la verdad.

Los relatos y cuentos que conforman Antes del fuego hablan en otra lengua, con palabras que no existen, con una voz que no es la moderna, actual, pero tampoco es antigua. Es una voz de la que hay que apropiarse.

 Al sumergirse en la lectura se descubre que las historias de sus protagonistas desafían al tiempo. La bondad, la maldad, la justicia, la humanidad misma no tienen horas.

Uno de los personajes de estos relatos declara que «Dios sabe, desde la eternidad, lo que cada hombre hará libremente por necesidad del universo. Me parece que allí está el secreto funda­mental».

Podemos suponer que todo está escrito, como el hecho de que hoy, en este mismo momento, el lector tiene este libro en sus manos y está leyendo estas líneas. Pero también podemos suponer lo contrario.

Antes del fuego propone salirse del tiempo, visitar brevemente habitaciones ajenas, espiar por la cerradura de una puerta otras vidas posibles. Por ello no es un libro sólo para ser leído, sino que es un desafío para quien desee explorar lo indescifrable de las decisiones del ser humano.

Este libro es ceniza sólida. Antes del fuego, pero fuera del tiempo.»

Mercedes Ávila (contratapa)

Sobre la rudeza o dulzura del psicoanalista

Mercedes Ávila
Sebastián Digirónimo

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Ewoud De Groot, Call of the loon, 2012. https://www.ewoud.nl/

En el filme de Gérard Miller “Rendez-vous chez Lacan” (2011) podemos escuchar distintos testimonios sobre la práctica de Lacan, podemos conocer, en parte, al Lacan psicoanalista a través del relato de sus propios analizantes.
Entre los testimonios se destaca el de Antonio Di Ciaccia, quien, junto con otros entrevistados, en dos minutos de metraje relatan lo difícil que era sostener un análisis con Lacan.
Di Ciaccia dice que Lacan “te sostenía con una mano y te sacudía con la otra… pero te sostenía.”
Muchos creen, erróneamente, que un análisis debe ser un lugar cómodo, entendiendo lugar cómodo como un espacio en el que se va a dar testimonio y se espera consuelo y perdón. Eso en todo caso sería un confesionario. Un análisis es otra cosa. Es el lugar de la inhumanidad, pero hay que definir con precisión qué quiere decir ello. Desde ya, no implica que el psicoanalista deba ser cruel.

Lacan daba una mano para poder sostener y, simultáneamente, tironeaba con la otra. ¿Qué enseñanza nos ofrece este ejemplo? Que un psicoanálisis no debe dar lugar a la comodidad ni al estancamiento ni al regodeo en el sufrimiento.
Porque si bien hay que darle lugar al malestar, alojarlo, como dicen muchos abusando del término, porque ello es un paso imprescindible en los inicios de un análisis, no hay que caer en la trampa de esperar el momento adecuado para intervenir como psicoanalista y darle por fin lugar al análisis, eso debe ocurrir desde el primer momento ya que no quita lo anterior. El analista no es un sádico, es inhumano. No goza en su acto, pero tampoco pierde la oportunidad de hacer existir al psicoanálisis.
Los testimonios señalan bien esa oscilación entre la rudeza y la dulzura: había siempre algo que permitía soportar el malestar y continuar hacia el horizonte del psicoanálisis, hasta que el malestar y el sujeto mismo se transformaran en otra cosa.

2021

Fin de 2020 – ¡Feliz 2021!

Este año ha sido un año especial, nos ha impulsado a buscar otros modos de encuentro y ha presentado nuevos desafíos.

Esta nueva propuesta nos ha intrigado y nos ha puesto a trabajar sobre ello. ¿Cómo transmitir el psicoanálisis? Y la respuesta no se hizo esperar, pues bien, como lo hemos hecho desde siempre: desde la posición analizante, desde el saber expuesto, desde el discurso analítico, la experiencia se contagia.

La Red ahora incursionó en la virtualidad, por ello desde ahora nuestras actividades están disponibles a todos aquellos que quieran participar desde cualquier lugar del mundo.

Seguramente habrá más cambios, y más desafíos, pero desde la Red Psicoanalítica queremos desearles un buen fin de año y un excelente comienzo de 2021.

Por más desafíos y más encuentros.

2021

Notas sobre la supervisión

Gustavo Dessal

Para ocupar la posición del analista se requieren una serie de condiciones, que son la consecuencia de la experiencia a la que el practicante se ha sometido en su propio análisis. Dicha experiencia tiene que haber producido una pérdida: la renuncia a todo fantasma de dominio del saber. Esta asunción de la castración del Otro se traduce en una herida narcisista. Implica, como lo expresa Lacan en su lección del 17 de diciembre de 1969 [1], abandonar “…la idea de que de alguna forma o en algún momento, aunque sea como una esperanza en el futuro, el saber pueda constituir una totalidad cerrada…”
Uno de los problemas relacionados con la supervisión es la posibilidad de que el analista en posición de supervisor trate, de manera inconsciente, de restaurar esa pérdida, de aliviar esa herida narcisista ocupando el lugar de amo del saber, o de un meta-saber. La posición del supervisor supone el riesgo de jugar el papel de ser el Otro del Otro. Eso se ve reforzado por el hecho de que el practicante pone al supervisor en el lugar del sujeto supuesto saber, es decir, hay una tendencia a establecer una transferencia que no es fácil de distinguir de aquella que se desarrolla en un análisis. Prueba de ello es que no es inusual que el practicante pueda convertir el control en una sesión analítica, es decir, pasar del inconsciente del sujeto del caso a su propio inconsciente. Pero la cuestión es aún más compleja. En lo que acabo de decir, se puede suponer que podría existir una línea divisoria muy precisa entre el practicante y el caso. En realidad, tenemos que partir de algo muy elemental: preguntarnos qué es aquello que se lleva a un control. Incluso una pregunta mucho más simple: ¿por qué supervisamos? No hay una única respuesta a esa pregunta, pero me parece que una de las razones frecuentes es que la demanda de supervisión surge cuando el practicante experimenta alguna clase de incomodidad con el caso. Esa incomodidad está relacionada con algo que sobrepasa al practicante, algo que conmueve su posición en la escucha. De allí la importancia que tiene localizar ese punto en la supervisión. En otras palabras, del mismo modo en que es fundamental investigar qué es lo que ha desencadenado una demanda de análisis, es imprescindible descubrir qué es lo que mueve a una demanda de supervisión.
La supervisión no es un encuentro entre un maestro y su discípulo. Su objetivo principal es despejar el obstáculo, la resistencia del analista. Es en ese sentido que la supervisión puede enseñar algo, que es distinto a la idea de que es el supervisor quien enseña. El supervisor puede, sin duda, añadir algo. Algo en referencia al diagnóstico, la dirección de la cura, pero su función principal es la que permitir que el practicante pueda restablecer su posición respecto de su propio acto, dado que finalmente es el sentimiento de estar sobrepasado por su acto lo que desencadena el pedido de supervisión. Quiero detenerme un poco en la importancia de sentirse sobrepasado por el acto analítico. Para ello me voy a servir de una observación de Lacan en la lección del 14 de noviembre de 1962 al comienzo de su seminario sobre la angustia: “El analista que entre en su práctica no está excluido de sentir, gracias a Dios, aunque presente muy buenas disposiciones para ser un psicoanalista, en sus primeras relaciones con el enfermo en el diván alguna angustia”. [2] ¿Por qué Lacan considera que la angustia puede ser un signo positivo de la posición del analista? Les ofrezco una interpretación: porque la angustia está muy próxima al no-saber. La posición del analista implica estar en condiciones de sostener una determinada relación con el no-saber. De un modo análogo, es preciso que el practicante no permanezca instalado en la comodidad del automaton. El analista bien instalado en su lugar, el analista que no está un poco descentrado de su lugar, puede favorecer una estática inercial en la cura del analizante. La demanda de supervisión parte de allí, tiene su origen en la incomodidad saludable que impide que la práctica se vuelva somnolienta.
No hay muchas referencias de Lacan al tema de la supervisión. Al menos no hay las suficientes como para deducir una doctrina lacaniana de la supervisión. Quién sabe, tal vez Lacan no estaba interesado en promover una doctrina de la supervisión. En la lección del 18 de noviembre de 1975 del seminario 23 [3] , hay una observación muy curiosa que Lacan hace respecto de las personas que supervisan con él. Por una parte, considera que los analistas se comportan como rinocerontes. El rinoceronte, Albrecht Dürer Rinoceroscomo sabemos, es un animal torpe y miope. Por otra, dice que él encara la supervisión en dos etapas. Hay una primera etapa en la que él se muestra de acuerdo con todo lo que los practicantes hacen. No les cuestiona absolutamente nada. No es una actitud paternalista, del tipo “aprende de tus errores por ti mismo”. Esta primera etapa consiste en no alimentar en el supervisante la idea de que lo que está en juego en la supervisión es la obtención de un saber. Más tarde vendrá la segunda etapa, que Lacan describe así: “La segunda etapa consiste en jugar con ese equívoco que podría liberar el sinthome[4]. En efecto, la interpretación opera únicamente por el equívoco: “Es preciso que haya algo en el significante que resuene” [5]. Esto es absolutamente enigmático. ¿Qué es esa interpretación de la que habla Lacan en ese contexto, el de la segunda etapa que se lleva a cabo con los practicantes que supervisan con él? ¿Se trata de la interpretación que el supervisor hace del caso y que trata de conmover el goce anudado con el síntoma del analizante? Seguramente podemos responder que sí. Pero también puede suceder que la interpretación produzca una resonancia en el analista. Cuando esa interpretación da en el blanco le permite al analista encontrar las coordenadas que lo guían de nuevo hacia la posición de semblante del objeto causa del deseo en la transferencia. En ese sentido, el control opera más como una rectificación de la posición en la transferencia que como una transmisión de saber. Es fundamental subrayar que la supervisión no proporciona una acumulación de saber. No sabré más por supervisar cien veces que si superviso diez. No es eso lo que está en juego, porque se trata del deseo del analista y de su “saber hacer”. Ese “saber hacer” no es una información o conocimiento, no es un saber referencial que se almacena, puesto que tanto la sesión analítica como el control remiten a un acontecimiento que es siempre singular, que siempre cuenta como uno.
Tenemos una idea clásica de la supervisión:

S1-S2

En la supervisión orientada por la enseñanza de Lacan debemos pensar en estos términos:

S1 y S2 14

¿Qué significa esto? Que el problema de la supervisión es cómo evitar que la demanda se satisfaga mediante una respuesta que alimente el fantasma del saber del analista como un saber que progresa. Por supuesto, interferir el vector que va de S1 a S2 no significa que la dificultad que el analista trae a la supervisión permanezca igual. Es preciso encontrar el modo de deshacer el nudo, para lo cual hay que tener siempre presente que lo que ha creado ese nudo no es un déficit de saber.
Como parte de la formación, la supervisión puede tener efectos analíticos en el practicante, y estimular la posibilidad de dar un paso más en su propio análisis. En mi experiencia personal como supervisante los mejores controles que he tenido fueron aquellos que me sirvieron para descubrir algo nuevo en mi proceso de análisis. Cuando me sitúo en la posición de supervisar a otros, siempre tengo en mente un principio básico: nadie conoce al analizante más y mejor que su analista. Por eso, en general confío en lo que hacen los analistas que supervisan conmigo. Confío en que han hecho un recorrido analítico, y que van a apoyarse fundamentalmente en eso. Por eso mi papel se limita a despertarlos un poco cuando caen bajo la hipnosis de la comprensión, que es una pendiente por la que es muy fácil deslizarse.
Hay otro aspecto de la supervisión que me gustaría traer. Es necesario supervisar también para que el practicante elabore su sentimiento de culpabilidad. Ese sentimiento, que como sabemos está ligado con el superyó, interviene en la dirección de la cura al menos de dos modos principales. Por una parte, cuando el analista toma a su cargo el peso de la queja del paciente de que no hay progresos terapéuticos. A menudo los practicantes se identifican con esa demanda. En tales casos la supervisión es muy útil para clarificar eso, para no enredarse en la agresividad transferencial. Por otra parte, y esto es algo que vemos muchas veces especialmente en los que inician su práctica, la culpa se manifiesta en el hecho de no poder sostener una posición de silencio. Inconscientemente creen que su función tiene que justificarse, y que la justificación consiste en el imperativo superyoico de que tienen que interpretar, que el paciente no puede marcharse con las manos vacías, o, mejor dicho, con los oídos vacíos. La supervisión puede ser el lugar donde tratar esa culpa, o al menos traerla a la luz para que luego se elabore en el análisis.
Quiero traer ahora un ejemplo, algo que dejó una marca fundamental en mi formación analítica: la primera vez que supervisé un caso. De esa primera vez extraje una enseñanza inolvidable, algo que algunos años más tarde encontré leyendo el seminario 3 de Lacan, donde al inicio dice algo así como: “Absténganse de comprender”. Se trataba de una joven paciente que me había contado un sueño. En el sueño, su madre estaba subida al tejado de una casa. La paciente está junto a la casa, mirando a su madre. De repente, la madre tropieza y cae. Su cuerpo se queda inmóvil en el suelo. Le relaté el sueño al supervisor, y la interpretación que hice de él: el deseo de muerte de la madre. El supervisor frunció el ceño y me preguntó en qué me basaba para hacer esa interpretación. “En que la madre se cae del tejado y se muere”, respondí. “Su paciente no dijo eso. Ha dicho que veía la caída de su madre”. En efecto, que la madre se caiga del lugar en donde está no significa que haya muerto. Sólo ha caído. El significante del sueño, que señala la angustia, es la caída. El supervisor, al hacer resonar el equívoco del significante “caer”, me permitió internalizar el consejo de Lacan: no se trata de comprender. Comprender es una de las maneras en las que se manifiesta el fantasma de domino del saber.
Es muy importante notar que la función principal de la supervisión no es resolver una urgencia, sino crear un espacio donde poder pensar, a posteriori, las consecuencias del acto analítico. La demanda de auxilio para evitar la pérdida de un paciente produce una distorsión de aquello que debería suceder en una supervisión. Introduce la demanda de un saber mágico, que reclama la omnipotencia, como si se pudiese encontrar la interpretación salvadora. Por supuesto, no estoy sugiriendo que la supervisión no pueda a veces ser muy útil en este sentido, pero no puede ser por defecto aquello en lo que se base.
En el Acta de Fundación de su Escuela, Lacan afirma que el análisis del psicoanalista tiene efectos sobre toda la práctica del sujeto que en él se compromete. El control se impone, por lo tanto, en el momento mismo en que esos efectos se manifiestan en dicha práctica, con el objetivo de proteger al paciente de esos efectos. ¿Cómo entender esto? Es muy interesante ese lado de la cuestión. La supervisión es abordada aquí por Lacan como una tarea fundamentalmente ética, que apunta no tanto al practicante como al paciente. Lo que está en juego es la necesidad de preservar al analizante, de evitar que sea afectado por los efectos que se producen en el análisis del analista.
El control tiene sin duda un valor epistémico. Ese valor no se corresponde con una enseñanza en el sentido de la transferencia de un saber del supervisor al supervisante. La ganancia de saber que se produce en la supervisión proviene del hecho de que contar un caso y el impasse que ha provocado la demanda tiene en sí mismo un efecto de interpretación. El relato constituye una elaboración de saber.
También hay una dimensión estrictamente clínica. Allí la cuestión diagnóstica puede parecer esencial, pero no lo es tanto. Por supuesto, el diagnóstico tiene toda su importancia. Conviene saber qué sujeto es aquel a quien recibimos. Pero importa mucho más es la dimensión ética. El control es una práctica que se apoya fundamentalmente en la ética del psicoanálisis. Cómo preservar el deseo del analista, el deseo que está implicado en su acto, que no es un deseo subjetivo, de la incidencia del discurso corriente, del discurso en el que el practicante está inevitablemente incluido a pesar de que su propio análisis tiene que reducir todo lo posible esa incidencia.
¿Cómo conciliar la supervisión con el principio de que el analista se autoriza por sí mismo? Porque hay una etapa en la cual el practicante solicita un control porque en el fondo lo que está en juego es una demanda de autorización. “Quiero saber si lo estoy haciendo bien o no”. Eso es lo que Lacan trataba de evitar dando la razón a los rinocerontes. Solo en un segundo tiempo, cuando el practicante alcanza una destitución del SSS del supervisor (lo cual es un efecto de su propio análisis), es cuando la supervisión se convierte en el espacio donde poner a prueba los efectos de subjetivación del deseo del analista.


[1] Lacan, J.: El reverso del psicoanálisis, Paidós, Barcelona, 1992, página 31.

[2] Lacan, J.: La angustia, Paidós, Buenos Aires, 2006, página 13.

[3] Lacan, J.: El sinthome, Paidós, Buenos Aires, 2006, página 17.

[4] Op. Cit.: página 17.

[5] Ibid.

Publicado originalmente con el mismo título en Freudiana 89/90

Agradecemos a Gustavo Dessal por su generosidad.

Vanidad, Frank Cadogan Cowper, 1907

La transferencia develada

Marie-Hélène Brousse

¿Cómo encontré la disciplina freudiana? Pensándolo bien, se impone una diferencia entre el conocimiento y el encuentro: el psicoanálisis era un objeto de la cultura al que yo había tenido acceso. Pero el encuentro propiamente dicho, ¿cómo definirlo? Como el momento en que ese objeto (de saber) produjo un efecto en la persona que yo era. Tuvo lugar para mí en un juego de palabras que hizo un amigo sobre mi nombre: efecto de sorpresa y de enigma; en resumen , efecto de división. No hay encuentro con el psicoanálisis que no pase por la experiencia subjetiva.
Después, hubo el encuentro con un analista y la experiencia de esa aventura que es una cura. Enseguida tuve claro que ésta es una experiencia del decir preciso y riguroso. Pero lo que me preocupaba era la transferencia. Ponía el saber de los libros en el centro del dispositivo analítico y, en mi análisis, no lo veía por ningún lado. Muchas veces escuchaba a mi alrededor hablar de amor y de odio, veía cómo se desplegaban todas las modalidades del lazo, in vivo. En mi lazo con mi analista, nada de todo eso. La calma chicha. Sin embargo, lo había elegido yo, por su nombre y su discreción justamente. Pero de él yo no quería otra cosa que el ejercicio de su función. Lo quería funcionario del análisis. Hoy que soy analista, me doy cuenta al escribir estas líneas que la transferencia estaba, y bien que estaba, bajo la forma de ese «yo no quiero saber nada». Estaba en la asociación imposible entre el nombre, o sea lo contrario del profesional anónimo, y la discreción, aquí modo encarnado del silencio.
Sin embargo, los libros, es decir, la teoría analítica, tenían razón. Después de una sesión, en la escalera, como estricta consecuencia de un encadenamiento asociativo apareció ante mí el resorte de la transferencia: mi analista, ese hombrecillo tranquilo, discreto y silencioso, encarnaba para mí, el Santo Padre, el Dios clamoroso de la Biblia, el Dios de Abraham. A este Otro, le temía más que a nada, su palabra era un rayo… Todavía recuerdo la risa formidable que solté en esa escalera parisina que parecía una jaula. Mi analista era el imperativo de la demanda contenida en toda palabra. Si yo no lo veía por ninguna parte, es porque era ese todo, el cuadro general del mundo amenazador en el que vivía. Todas las particularidades de mi relación con los otros, que organizaban mis síntomas, respondían a ese partenaire interior del que había que, costara lo que costara, guardar distancia.
Haber experimentado eso no sólo tuvo efectos terapéuticos inmediatos, sino que modificó radical y profundamente mi concepción de las relaciones con los seres hablantes. No existen relaciones entre los seres humanos que no estén organizadas por la transferencia. Se despliegue bajo su forma imaginaria o simbólica, ella es la gran organizadora, ella es real. Organiza las respuestas y los actos del sujeto sin saberlo. Sin embargo, en los diferentes discursos en los que somos tomados, no aparece de ese modo, sino que sin cesar es objeto de maniobras: de sugestión, de influencia, de denegación, por ser el resorte de cualquier poder sobre el Otro. La evidencia y la formulación de las modalidades que adopta para cada sujeto es la condición del poder que un sujeto puede tomar de sus propios actos, la condición para convertirse en el agente de su destino.
Solamente el dispositivo analítico pone al analista en la obligación de renunciar al poder que le da la transferencia para operar. Es lo que permite que se devele. Un análisis produce, por ese hecho, consecuencias éticas y políticas en el sujeto.
La puesta al desnudo de la transferencia o, por el contrario, el velo mantenido sobre él, constituye una línea divisoria entre el psicoanálisis, por una parte, y las otras formas de discurso que siguen encontrando en eso las raíces de su poder sobre los sujetos, ya sea sin querer saberlo, como en el caso del discurso de la ciencia, o en pleno conocimiento de causa, en el de la política.
El odio que suscita hoy el psicoanálisis tiene su origen en la revelación, por la transferencia, del poder dado al Otro, que se produce para todo analizante en su cura. Las distintas técnicas de gestión de los seres humanos no quieren separarse (¡por el bien de los sujetos, evidentemente!). Lacan lo formula admirablemente en un texto escrito después de la Segunda Guerra Mundial: «En este siglo, el desarrollo que habrá de los medios para actuar sobre el psiquismo, una manipulación concertada de las imágenes y de las pasiones de la que ya se ha hecho uso con éxito contra nuestro juicio, nuestra resolución, nuestra unidad moral, serán la ocasión de nuevos abusos de poder».1 Es más que nunca de actualidad.

¹ Jacques Lacan, en Otros escritos. 

escaleras


Bernard Henri-Lévy, Jacques-Alain Miller (Comp.): La regla del juego, Editorial Gredos, Madrid, 2008, página 50.

Concurrencia 2021

¿Qué hace un psicoanalista? ¿Qué es el psicoanálisis?

En 1913 Freud comparó la práctica del psicoanálisis con el aprendizaje de las reglas del ajedrez:
«Quien pretenda aprender por los libros el noble juego del ajedrez, pronto advertirá que sólo las aperturas y los finales consienten una exposición sistemática y exhaustiva, en tanto que la rehúsa la infinita variedad de las movidas que siguen a las de apertura. Únicamente el ahincado estudio de partidas en que se midieron grandes maestros puede colmar las lagunas de la enseñanza. A parecidas limitaciones están sujetas las reglas que uno pueda dar para el ejercicio del tratamiento psicoanalítico»[1]

De dicha cita podemos extraer dos puntos que usaremos para ilustrar cierta orientación con respecto al psicoanálisis:
Primero es que no hay técnica. A pesar de que se pueden establecer con claridad el comienzo y el final: no hay técnica.
Segundo, las “partidas en que se midieron los grandes maestros” no son otras que las que se obtienen en la misma práctica clínica. Y no son las partidas que se ganan, sino aquellas en las que se pierde, porque sólo con el error se aprende.

Esta actividad propone un espacio en el que pueda ponerse a trabajar el error propio con el fin de obtener un saber. El objetivo es que la formación sea personalizada, que cada pregunta e inquietud pueda ser respondida en un lugar de trabajo íntimo y confiable, alentando el discurso analítico y la posición analizante de cada practicante.
Pensada como un espacio mínimo, de cupo limitado, para favorecer el intercambio, la concurrencia funciona bajo la modalidad del saber expuesto y sosteniéndose en todo momento en el discurso analítico, apunta a un encuentro con lo fundamental del psicoanálisis: todos somos novatos frente a cada caso.

Se propone un año de trabajo con un programa teórico que establece temas de investigación y lectura fundamentales, y en cada encuentro se convoca a los participantes a tomar la palabra sobre la práctica y las dificultades que la misma presenta.
Con la finalización de la actividad y la presentación de un trabajo escrito, el concurrente podrá solicitar, si así lo desea, el ingreso como miembro de la Red Psicoanalítica.

A cada interesado se le realizará una entrevista de admisión. Los encuentros serán virtuales, cuatro sábados al mes, de 11hs a 13hs.
La actividad es arancelada y comprende el período febrero-diciembre 2021. No requiere matriculación, pero al momento de la inscripción se debe abonar el mes de febrero por anticipado.
Dirigido a estudiantes avanzados en Lic. en Psicología o profesionales con interés en la clínica psicoanalítica lacaniana.


[1] Sigmund Freud (1913): “Sobre la iniciación del tratamiento” en Obras Completas, tomo XII, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1996, página 125.

 

Inscripción a partir del 15 de noviembre de 2020.
Para más información: redpsi.info@gmail.com