«Nunca dispondremos de píldoras de la felicidad»

Entrevista a José María Álvarez, por Ana GaiteroJosé María Álvarez

José María Álvarez es psicoanalista miembro de la Asociación Mundial de
Psicoanálisis, doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona y especialista en Psicología Clínica del Hospital Universitario Río Hortega de Valladolid, donde reside. Es autor de más de setenta publicaciones sobre psicopatología y psicoanálisis y de algunos libros, como La invención de las enfermedades mentales y Estudios sobre la psicosis.
Compagina la clínica en el servicio público de Salud Mental de Sacyl con la consulta privada. Es coordinador del Seminario del Campo Freudiano en Castilla y León y uno de los fundadores de la Otra psiquiatría , así como miembro del trío Alienistas del Pisuerga, desde el que han recuperado textos fundamentales de los clásicos de la psicopatología inéditos en castellano.

—¿Algún día habrá esas pastillas de la felicidad?

—Por desgracia, no existen las pastillas para la felicidad. Por desgracia, además, nunca dispondremos de píldoras de la felicidad. La felicidad no es un estado, sino momentos, a menudo efímeros.

—¿Ni pastillas, ni felicidad?pidorasdefelicidad1

—Aunque es una aspiración muy loable, la felicidad no está en el programa de los logros posibles del hombre. La condición humana y la felicidad describen trayectorias asintóticas. Por eso decía que, aunque mejoremos las pastillas, la felicidad se nos escapará como agua entre las manos.

—¿Estamos pasando de la mitificación de los fármacos como remedio para todos los trastornos anímicos a su maldición?

—Aún estamos lejos de maldecir los medicamentos. Hay mucho negocio en juego para que eso pueda darse. Creo que nadie en su sano juicio renegaría de los fármacos. Bien usados, son saludables. Mal usados, como su nombre indica, son veneno. Ahora bien, considerar, como se hace a menudo, que los psicofármacos son el único tratamiento en las dolencias anímicas, es un grave error. También es un grave error descartarlos. Creo que ese tipo de opiniones extremas las tienen quienes no bregan a diario con el sufrimiento humano.

—¿El uso de fármacos ha reducido los trastornos?

—Desde más de medio siglo se ha generalizado paulatinamente la creencia en los psicofármacos, a los que se considera el único o el principal remedio para las alteraciones psíquicas. A mi manera de ver, eso es falso. Es falso puesto que cuantos más y mejores medicamentos tenemos, el número de enfermos y enfermedades mentales se ha multiplicado. Y se ha multiplicado tanto, que hoy día es difícil encontrar a alguien a quien no colgarle un diagnóstico psicopatológico, es decir, alguien que no necesite tratamiento farmacológico o psicológico. Este hecho invita a pensar que hay algo turbio en todo este mundo de la salud mental.

—El exceso de confianza en los fármacos para remediar depresiones, ansiedad y trastornos similares ¿resta a la persona capacidad de respuesta para buscar su bienestar?

—Yo creo que sí. La excesiva «medicalización» y «psicologización» de las desgracias y sufrimientos acaba por hacernos más débiles. Cuando se protege demasiado a alguien se le convierte en un indefenso y en un pusilánime. Si un antiguo, un medieval o un renacentista se asomara a nuestro tiempo, le horrorizaría comprobar que para nosotros la tristeza es una enfermedad y que además la tratamos como tal.

—¿Estaban más acertados que en el siglo XXI? ¿Qué tipo de problemas presenta la gente que acude a las consultas?

—Con respecto a esto, los hombres que nos han precedido nos superaban. Freud mismo, cuando escribió hace ya un siglo su ensayo Duelo y melancolía, señalaba en las primeras páginas que a ningún médico se le ocurriría tratar a alguien que está sufriendo un duelo, porque eso es un dolor humano y él tendrá que espabilarse para irlo solucionando. Pues bien, una buena parte de las personas que nos visitan en los Servicios de Salud Mental vienen por ese tipo de dolores. De manera que, como decía, el paternalismo y la compasión aumentan nuestra debilidad, y nos convierten en marionetas de los que mueven los hilos económicos.

—¿Qué propuestas tiene el psicoanálisis frente a las pastillas y la felicidad?

—En líneas generales, el psicoanálisis va por un camino distinto al de la psicología y psiquiatría biomédicas. Los métodos terapéuticos que proponen estas últimos están destinados a cerrar los ojos y a fomentar el no querer saber nada sobre lo que nos hace sufrir. Pero, el hecho de que uno cierre los ojos no garantiza que nuestras dramas desaparezcan. El discurso de la psiquiatría y el de la psicología clínica oficial promocionan el no pensar y el no sentir demasiado, promocionan el cambiar los pensamientos por otros positivos, el tomar tal tratamiento para seguir adelante con la vida, el trabajo, el cuidado de los hijos, para aguantar al jefe o pagar las letras de la hipoteca. Esa es una opción, sin duda muy respetable.

—¿Y el psicoanálisis?

—Por el contrario, el psicoanálisis promueve la conquista de un saber acerca de nosotros mismos, de lo que nos hace sufrir y gozar, de lo que repetimos y no nos damos cuenta, de aquello con lo que nos engañamos y acaba pasándonos factura y haciéndonos más desgraciados, aunque le echemos la culpa a otro. La conquista, en definitiva, de un saber que sea liberador, aunque eso lleve tiempo, soledad y sufrimiento, y necesite cierta valentía.

—¿Cuáles son los malestares de nuestro tiempo y nuestra sociedad? ¿Lo sufren igual hombres o mujeres?

—Seguramente la depresión, la llamada depresión. Cuando hablo de depresión me refiero a las formas neuróticas o distímicas de depresión, no a las grandes depresiones o melancolía. En cierta medida, estas depresiones de andar por casa muestran el fracaso del deseo, es decir, el bajar los brazos ante las adversidades de la vida y el renunciar a solucionar los problemas que se nos plantean por el mero hecho de vivir. En este sentido, quien se deprime ha fracasado. Y para curarse tiene que volver a meterse en los problemas de la vida, recuperar las aspiraciones que tuvo o inventar otras nuevas, es decir, tiene que hacer de su insatisfacción el motor y no el obstáculo de la vida.

—¿Qué influencia tiene la sociedad en la que vivimos en estas formas de depresión?

—También la depresión supone, desde un punto de vista sociológico, un fracaso: un fracaso del modelo que se nos ha vendido como felicidad, es decir, tener muchas cosas para ser felices y descubrir que cuanto más tenemos más en falta estamos.

No es la primera vez que José María Álvarez viene a León. Ya lo hizo en otra ocasión para presentar en el hospital psiquiátrico Santa Isabel su libro Estudio sobre la psicosis. La mayoría de sus publicaciones combinan el psicoanálisis con la psicopatología clásica y se ocupan en especial de la locura y sus temas esenciales, como las alucinaciones, los polos de la psicosis y el delirio; también de los grandes maestros de psicosis, sobre todo Schreber, Aimée, Wagner y Joyce; y de los problemas tradicionales de la psicopatología, como la melancolía, la paranoia y la histeria. Sus intereses están prefijados desde su tesis doctoral sobre la paranoia, perspectiva desde la que ha analizado la subjetividad, la psicosis y la terapéutica de la locura.

(2016)

Fuente: Diario de León

La decadencia del verso amoroso y el incremento de la anorexia

Entrevista a Silvia Ons, por Pablo Chacón

-¿Qué es la anorexia, que al parecer incumple con el abuso aunque es compulsiva? Es difícil entender por qué es más habitual entre mujeres que hombres.
-La anorexia surge generalmente durante la adolescencia, en el sexo femenino, y se ha incrementado en los últimos años en los países capitalistas. Casuística que invita a la indagación sobre la relación existente entre esta afección, la sexualidad femenina en la adolescencia y el capitalismo. Dice Freud que la neurosis alimentaria paralela a la melancolía, es la anorexia: La famosa anorexia nerviosa de las niñas jóvenes me parece una melancolía en presencia de una sexualidad no desarrollada… Pérdida de apetito en lo sexual, pérdida de libido. Freud no acentúa tanto la oralidad en sí misma, sino la melancolización ante sexualidad incipiente. Lo perturbador es el sexo. ¿Por qué es más frecuente en las mujeres? El factor desencadenante que encontré en mi clínica, puede aislarse con bastante precisión y se recorta en torno a una frase, proveniente en general de un hombre que exalta el nuevo cuerpo de la púber. Tal exclamación pone en evidencia el valor de goce de las pletóricas carnes, hiere el pudor, quiebra los velos. A diferencia del piropo, que viste al cuerpo de metáforas, las denominadas groserías lo desnudan. El epíteto resalta el lugar de la joven como objeto sin la mediación del verso amoroso. El desenlace sigue una secuencia regular; en lo sucesivo la muchacha intentará hacer desaparecer las turgencias del cuerpo que provocaron esa manifestación de goce. Imposible no retrotraernos a la conferencia sobre el piropo que (Jacques-Alain) Miller pronunció en Venezuela. El piropo no opera mediante una referencia directa a la relación sexual, apunta, de manera lateral, a elementos secundarios y subalternos. La alusión resalta el brillo de la belleza, juega con el sinsentido que atrae como tal significaciones mucho más amplias que las que la descripción pura podría proporcionar. Lo que lo separa de la grosería es su carácter de agudeza. ¿No se verifica acaso una correlación entre la decadencia del verso amoroso y el incremento de la sintomatología anoréxica? Cristina Piña relata el pavoroso encuentro de Alejandra Pizarnik con la ciudad de Nueva York, a través de una carta que la poeta dirigió a su amiga Ivonne Bordelois:

7 de mayo de 1969
Empiezo con N. York. De su ferocidad intolerable no necesito enseñarte nada. Vos habrás sentido como yo que allí el poema debe pedir perdón por su existencia. El poema, el amor, la religión, la comunión, todo lo que sea belleza sin finalidad ni provecho visibles…

Una joven anoréxica describe su decepción en una disco de la siguiente manera: te miran y sólo te miran, ni siquiera son capaces de versearte. El verso con el que los varones abordan a las mujeres tiene -aún en su aspecto degrado- afinidad homofónica con la poesía. Y la declinación de ambos corre paralela en estos tiempos.

–Bulimia nerviosa. Entiendo que así la diagnostican. ¿Cómo pensás que la publicidad, ahora menos que antes, contribuyó a su difusión en un mundo donde la tercera parte no tiene redes cloacales, los hambrientos son multitud y existen más de doscientos millones de obesos?
-La bulimia forma parte de los nuevos síntomas típicos de la época a tal punto que el término no aparece en la obra de Freud y solo una vez en la de Lacan. Quizás los famosos atracones alternados a veces con comportamientos anoréxicos nos hablen de una contemporaneidad signada por excesos y restricciones. Es que el capitalismo avanzado es en verdad bulímico ya que se nutre de una exacerbación de la falta y de los objetos que podrían colmarla. Vemos cómo sus dos ingredientes -rechazo del amor y ofertas permanentes para el consumo- se vinculan con lo que Lacan planteó respecto a este síntoma. Es bastante frecuente que las mujeres apelen a la comida cada vez que una decepción conmueve sus vidas. Así se produce un circuito infernal en el que la frustración se compensa con una ingesta angustiante que luego puede dar lugar al vómito o al laxante. El bulímico no es el que gusta de la comida, no es el sibarita que come regularmente más de lo aconsejado aumentando de peso; el bulímico es quien sufre de episodios de una ingesta desmesurada, violenta, descontrolada. Tal desborde va acompañado de culpa y de angustia; no se trata del gusto por comer sino de una compulsión imperiosa. La pérdida de la mesa familiar en el estado actual del capitalismo está asociada tanto con la anorexia como con la bulimia. Comer con otros, compartir vivencias, respetar la tradición hace que el alimento quede mediatizado por palabras; cuando esto falta aparece en forma cruda, ocasionando estos desórdenes. Es en soledad que la anoréxica cuenta las calorías, es en secreto que la bulímica sufre sus atracones. Los imperativos de goce están ligados con una temporalidad asociada a la velocidad que, paradójicamente, produce un agotamiento del tiempo. Es que no dan tiempo, impelen, suprimen la espera. Estas coordenadas tienen una gran incidencia en el síntoma bulímico.

La bulimia nunca es reductible a una compensación del amor que se frustra, ya que lleva consigo un núcleo singular de goce mostrando lo indómito de una pulsión desregulada. Nótese, al respecto, que es propia de países que han resuelto el problema de la alimentación. Porque no es lo mismo en las zonas donde la comida casi no existe y lo que está en juego es la supervivencia. Pero en el caso de estar resuelto, puede verse que la pulsión oral es imposible de domesticar. En los Estados Unidos, en el lapso de una generación, se ha multiplicado el número de personas obesas. La población en riesgo está formada sobre todo por mujeres de cualquier clase social en países industrializados como USA, América Latina en general, la Unión Europea, Canadá, Australia, Japón, Nueva Zelanda y Sudáfrica.

-Dos representaciones: Delphine De Vigan, protagonista de Días sin hambre; Stendhal, su alter ego, en Rojo y negro. ¿Cómo juega la anorexia en una mujer y en un hombre de épocas distintas? ¿Puede hablarse de anorexia?
-Acuerdo con De Vigan, escritora, ex anoréxica, en no reducir la anorexia a un producto de la moda con su estética; hay, sin duda alguna, una búsqueda de una espiritualidad que rechaza el cuerpo y quizás ello conecta a las anoréxicas de todos los tiempos. Cabe aquí recordar al Filebo de Platón, evocar su curioso ejemplo: el deseo puro del placer puro de la pura blancura. Esa pura blancura es el blanco sobre el que nada aparece, ningún rasgo, ningún atractivo, ninguna figura. El deseo puro es el deseo blanco, es decir, aquel que rechaza el color que -para los chinos- es la sexualidad misma.

–¿Puede entenderse la anorexia según el sistema de las adicciones? Si es así, ¿cómo sería?
-Se trata de una adicción muy particular: adicción a la nada, afirmación del deseo de nada. Si bien la búsqueda de una espiritualidad conecta a las anoréxicas de todos los tiempos, considero que las modificaciones producidas en el lugar del amo inciden en la frecuencia de la sintomatología histérica. Ese sitio es ocupado cada vez más por el discurso capitalista, en el que la apropiación del plus de gozar no está obstaculizado por barrera alguna. El saber se consuma en la producción del objeto para obturar la división subjetiva. Jorge Alemán asevera que la técnica realiza un movimiento que no respeta a nadie ni a nada, ya que todo pretende ser alcanzado por la voluntad de goce. Pienso a la anorexia de hoy en día como la respuesta de algunas jóvenes histéricas a este imperativo: el sujeto insiste en afirmar su división subjetiva, rechazando al objeto que pretende colmarla. Se afana en albergar la nada, espacio del deseo puro. Una mujer ya no como síntoma de un hombre sino como síntoma del capitalismo. Dice Lacan que lo que caracteriza al discurso capitalista es el rechazo del amor y de la castración. Notablemente, esto se vincula con lo que señala acerca de la madre de la anoréxica: aquella que confunde el don de su amor con el don de sus cuidados. Es decir, aquella que suministra demasiada comida en lugar de amor. ¿No son acaso los objetos de consumo profusamente disponibles, los equivalentes de la papilla asfixiante? Se podría pensar que el otro de la anoréxica es el discurso capitalista, ella muestra la verdad de ese discurso: el sujeto bajo el imperativo del consumo, se consume.

Campaña You are not a sketch -Brasil-
Campaña contra la anorexia «You are not a sketch» -Brasil-

-René Girard habla de un deseo mimético. ¿Qué pensás?
-Para Girard, el origen de la violencia deriva de un deseo mimético, provocador de crisis y de rivalidad. Si los deseos no tuviesen esa característica, se encontrarían fijados permanentemente en objetos predeterminados, emparentándose con el instinto. El deseo elige sus objetos gracias a la mediación de un modelo, y tal mímesis es potencialmente divisiva. No deseamos lo que nos parece bueno, sino lo que otros desean. Vemos entonces surgir un nuevo fenómeno de masas en el que los sujetos se identifican ya no por tener un ideal común sino ciertas inclinaciones que -insisto toman mayor fuerza al ser confesadas y colectivizadas.

Hay páginas en Internet que alientan desenlaces letales, como morir, como no comer; tales páginas son fácilmente exploradas por esos muchachos que no se desprenden de la computadora, llamados kikikomori en Japón. El signo de alarma fue mayor para la opinión pública cuando la concreción de la muerte programada por Internet, trascendió el país de Oriente, llegando al Reino Unido. O, reflexiónese, para ilustrar, en las frecuentes cavilaciones de algunos adolescentes acerca de la identidad sexual, esas dudas son prontamente sofocadas cuando lo que antes era una fantasía es considerado indicador de una certera preferencia sexual. Más allá de Internet, en nuestra contemporaneidad, lo que le ocurre a un sujeto es pronto subsumido a una supuesta identidad del ser; para dar alguno de los múltiples ejemplos: si una chica piensa en demasía en una amiga, es por ser lesbiana; si come mucho dulce, bulímica; si experimenta cambios anímicos, bipolar. Eclipsando los matices de las cosas tales nominaciones borran su misterio y hacen que muchas veces, lo que antes podía ser para un sujeto un pensamiento, una conducta esporádica o una fantasía se torne prontamente una clave que responde a lo que sería la real identidad. Y cuando un sujeto está desorientado -algo habitual en estos momentos- se aferrará tanto más a aquello que le daría un supuesto ser. Ciertamente, hay que pensar también la anorexia de acuerdo a estas coordenadas.

(2014)

Fuente: Télam


Silvia Ons

Es autora de Una mujer como síntoma de un hombre, Comunismo sexual y Todo lo que necesitas saber sobre psicoanálisis, los dos últimos publicados por la editorial Paidós. Es analista de la Escuela de Orientación Lacaniana (EOL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).

Antoni Vicens: «El pase desmiente la novela familiar del neurótico»

Entrevista a Antoni Vicens sobre su libro Lenta, precipitadamente. Una experiencia psicoanalítica, editado por la UNSAM en la serie Tyché.

lenta-precipitadamente-antoni-vicens-432101-MLA20277754505_042015-F

-¿Cuál es la diferencia entre el testimonio del pase y la novela familiar del neurótico?
– (Jacques) Lacan definió bien el pase, y la concreción de su procedimiento está en los distintos reglamentos. El resto lo van decidiendo los nuevos analistas de la Escuela tal como son nominados. El pase desmiente la novela familiar del neurótico. Si en ésta el neurótico se construye una familia que le sea más familiar que la propia, en el pase aparece lo unheimlich de aquella familia -del tipo que sea- en la que se constituyeron sus primeros objetos de deseo y de amor. La novela familiar implica un desacuerdo con la propia familia; en el pase se obtiene un así la quise: no hay Otro del Otro.

-Hay momentos que el libro se lee como una novela. Pero nunca como una educación de las pasiones. ¿Cómo logró ese efecto?
-Las pasiones no se educan; lo que uno aprende es a aceptarlas como guía de la existencia, de la creación, del circuito de los dones.

¿Qué diferencia estructural hay entre el pase y una suerte de revelación mística?
-La revelación mística comporta una declaración de lo inefable y de lo infinito. El pase se hace con explicaciones. Aún sabiendo que nunca se llega al final, el testimonio del pase se hace dentro de los límites de la existencia como finita. Es lo que Lacan denominó en los primeros tiempos de su enseñanza como la subjetivación de la propia muerte. Aunque sí tienen en común algún tipo de amor en la ausencia del Otro.

-La pregunta anterior la relaciono con algunas páginas de Carlos Castaneda o de René Daumal. Por momentos pareciera el discurso de alguien lastrado de las escorias del yo de las que hablaban uno y otro.
-No conozco lo suficiente esas referencias que cita para poder responderle.

-¿Cuánto tiempo de análisis es necesario antes de pedir el pase? Como estas cosas no se cuentan cronológicamente, supongo que es una pregunta conjetural. Pero usted dirá.
-Los pasantes suelen decir que el análisis mismo les llevó al momento de dar testimonio, y que era ese momento y no otro.

-Quien haya hecho el pase, ¿se transformará necesariamente en psicoanalista?
-No conozco ningún caso en que no haya sido así. Y sucede a menudo que el pasante es alguien que tiene ya una experiencia como psicoanalista. El objetivo fundamental del pase es obtener un saber sobre el paso de psicoanalizante a psicoanalista. Del saber que obtengamos sobre ese paso depende el porvenir del psicoanálisis.

(2014)

Fuente. Télam


Antoni Vicens
Vive en Barcelona, es miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP). En la actualidad es presidente de la ELP y titular de Filosofía en la Universidad Autónoma de Barcelona.

Marie-Hélène Brousse: «La paz es un sueño; la guerra, una pesadilla»

Doctora en psicoanálisis, profesora en la Marie-Hélène BrousseUniversidad de París VIII, agregada en
Filosofía, también se considera feminista. Es miembro de la Escuela de la Causa Freudiana de París (ECF), y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP.) Publicó una compilación titulada El psicoanálisis a prueba de la guerra.

-Si no existe guerra sin discurso, ¿qué cambió -además de las teorías de Freud- entre la primera y la segunda guerra, y después, durante la llamada guerra fría y luego, después del 11-S?

–Cambió el discurso. Bajo la presión de distintos elementos, el reino de un significante amo (S1) se acaba: en lo real, con los avances de la ciencia; en lo simbólico, con los enfrentamientos, como dice Lacan, con discursos minoritarios. Lo imaginario acompaña estos cambios con los procesos de rivalidad y competencia (concurrence.) Lacan llama a estos momentos de cambio crisis de la pregunta por la verdad. Los avances de la doxa, es decir, los cambios en el discurso del amo, se producen en esos momentos de crisis, respecto a la verdad de un momento histórico. La guerra fría se reduce a dos tipos de verdades enfrentándose, compitiendo hasta que uno se impone. La caída del muro de Berlín marcó la victoria del discurso del capitalismo. Después del 11-S, se manifiesta la subida de otro discurso, presentándose como religioso, challenger del capitalismo. Por ejemplo, hay bancos musulmanes con sus propios valores y reglas. No fueron víctimas de la crisis bancaria de las subprimes por tener otras reglas en relación con el uso del dinero. Uno de esos bancos acaba de instalarse en Alemania. Los turcos instalados en Alemania eligen esos bancos. El discurso amo no es sino un modo de goce que se considera el único posible.

-Los mercados comunes, la segregación, ¿han crecido, objetivamente, desde que Lacan hablara de ello, o es un movimiento de la época que el propio Lacan dedujo?

-En efecto, lo que dice Lacan en los sesenta se verifica totalmente. Lo universal es la consecuencia lógica del imperio del Uno; incluso cuando se modifica este Uno, pasando del Padre y su evaporación al imperio de otro Uno, esencialmente el Uno del discurso matemático. La mayor universalidad, en la economía global, en el saber -el de la ciencia-, en la difusión de la información tanto como en la de los objetos mercantiles, eso es lo que produce mayor segregación. Pero una segregación voluntaria, la de las minorías, que se constituyen a partir de una referencia a unos supuestos orígenes (siempre perdidos) o a cualquier modo de goce. La segregación ahora es un modo de gobernabilidad: como tal, se llama diversidad y se agrega, interpretando, al principio de Igualdad de los Derechos Humanos de las Luces.

-En cualquier caso, ¿por qué la guerra, más allá de los sujetos, importa al psicoanálisis?

-La guerra importa al psicoanálisis desde la primera guerra mundial. Fue con los traumatizados de entonces que Freud cambió su topología. La guerra cumplió, para Freud, la misma función de objeción al principio de placer que la pesadilla. En la guerra se puede estudiar el lazo entre lo simbólico y lo real. La paz es un sueño; la guerra, una pesadilla. La guerra entonces despierta el nudo entre real y lenguaje, que de manera mítica, Freud llamo pulsión de muerte.

-¿Puede preguntarse un analista si ahora se vive mejor que antes (digamos, antes de la invención de los sistemas inmunológicos), sin caer en una obviedad?

–Para un analista, el único valor es apuntar a los ideales de vida de cada sujeto en su singularidad. Del lado de la objetividad, es decir, bajo criterios precisos (duracion de la vida, dolor físico, etcétera), se puede hablar de mejoría. Pero no se puede del lado del sujeto y de su modo de goce.

-El mito fáustico (vivir más tiempo a cambio de vaya a saber qué), ¿es un deseo que organiza la existencia del viviente? Si lo fuera, ¿por qué cree usted que es así?

–Lo que organiza la vida de un serhablante es el lenguaje; vive en él, es su realidad, de la cual no puede salir; el serhablante es un efecto de significantes sin sentido; el lenguaje es el lugar de las satisfacciones y de los objetos. Este Otro lo considera completo y le permite pensarse así también. El psicoanálisis, como experiencia de discurso, permite descubrir que este Otro en el cual creemos es incompleto, inconsistente. La muerte en este sentido funciona como una figura fundamental de lo real, como dice Lacan en el Seminario 21: como límite de las palabras. Lacan, en la conferencia de Lovaina, acentúa esta función de límite de la muerte. Límite a los goces de la lengua y de la palabra. Es un límite que puede producir un mito.

Eugene Delacroix -The liberty leading the people-1830

-Finalmente, le pido una pequeña reflexión sobre su participación en las reuniones que organizó la ONU respecto a las mujeres, el género y el empoderamiento en el siglo XXI.

-Bueno, se trató de una Babel de discursos. Cada uno en su delirio. El sexo, reducido al género, que opera identificaciones simbólicas e imaginarias. El empoderamiento de las mujeres, en estrategias para poseer el falo, que como Lacan dice en el Seminario 5, no le falta a las mujeres. Y la solución a la guerra de los sexos, pues más género. La inclusión es el significante que reemplaza a la fraternidad de la revolución francesa de 1789.

2401_02b
Banksy -Sobre Francia y el trato que les brinda a los refugiados-

 

(2015)

Fuente: Télam

Encuentro y silencio

Por Jorge Forbes

El mejor relato de un análisis con Jacques Lacan fue hecho por Pierre Rey. Se llama «Una temporada con Lacan«, una temporada que duró diez años. Pierre Rey era periodista y escritor. Nació en el sur de Francia, en 1930, y murió en julio de 2006, a los setenta y seis años de edad, de cáncer, en París. Quien no lo conoce, tal vez se acuerde de un film famoso sobre Onassis, interpretado por Anthony Quinn y Jacqueline Bisset -«El magnate griego» de 1978-, film que fue inspirado en uno de sus mayores éxitos literarios: El griego.

Desde que leí su libro sobre Lacan, en 1989, cuando fue lanzado, quedé con curiosidad de conocer a su autor, y, al mismo tiempo, a su personaje. Eso finalmente ocurrió por azar. Yo almorzaba un día en París con un amigo, Antoine Gallimard, editor de Rey, cuando nos encontramos y fuimos presentados. Mi interés por conversar con él era comprensible, no tanto lo opuesto; quizás fue el hecho de encontrarse con un brasilero que había ido a Francia a formarse en la Escuela de su analista, que era amigo de su editor, no sé, el hecho es que la conversación se lanzó fácilmente y desde aquél día nos volvimos progresivamente grandes amigos a pesar, también, de la diferencia de edad y de las experiencias de vida, lo que nunca, sin embargo, fue resaltado en nuestras innumerables conversaciones. Como dice François Leguil, un amigo psicoanalista que presenté a Pierre, lo mágico de conversar con él consistía en que en poco tiempo él te hacía sentir la persona más interesante del mundo. Todos sabían que sus amigos más próximos eran Picasso, Dalí, Anouk Aimée, Michel Legrand, y por ahí seguía la lista. Hacer parte de esa serie, decía Leguil, aún sólo por un momento, no dejaba de ser bueno. La generosidad afectiva de Pierre Rey era increíble. Él era una lección de amistad.
Ya desde 2004 se notaba una caída física impresionante en Pierre que, a pesar de la edad y contrariando los hábitos sedentarios de los escritores, era un deportista aplicado, lo que le confería un aire más joven y una disposición envidiable. Preguntado, él siempre negaba cualquier enfermedad, disfrazando siempre que podía su dificultad para comer con las disculpas más diversas.
Fue cerca de junio de 2006, la última vez que vi a mi amigo. Estaba hacía una semana en París, y no conseguía encontrarlo; cada vez, surgía un impedimento de última hora. Finalmente, yendo al aeropuerto a tomar el avión de vuelta para Sao Paulo, manejando un auto alquilado, consigo hablarle al teléfono. Su voz susurrante mal me dejó entender la terrible frase: «Je souffre». De pronto le dije: «Ah, ¡no! Voy a sentir tu falta», a lo que él contestó bien a su estilo: «Y yo ya estoy sintiendo la tuya.»
Ahí, le pedí que esperase al menos hasta agosto, cuando yo debería volver, para vernos. Él me respondió que no se iba a dar. Le dije, entonces, que iría a verlo en aquél momento, aún estando a un kilómetro del aeropuerto -era su preocupación -y arriesgando perder el vuelo. Di media vuelta. Él me dijo: «no hagas esa locura». Yo: «Ya la hice». Él, riendo: «Yo habría hecho lo mismo. Sin duda, lo mismo».
Dejé el auto en doble fila en el medio de la Rue du Faubourg Saint Honoré, donde él vivía, y subí corriendo hasta su departamento en la punta del edificio. Me atendió su mujer, que me hizo entrar inmediatamente en su cuarto. Encontré una sombra de lo que él había sido. Hablamos poco -era para él un esfuerzo enorme hablar nos restringimos a las amenidades, futuros no vividos, poco del pasado, nada de la enfermedad, o casi nada para ser más exacto, a no ser de lo incómodo que se sentía en estar en aquélla posición.
Nos despedimos comedidamente, sin mayores expresiones afectivas. Cuando yo ya llegaba al ascensor, lo oigo, con gran esfuerzo, llamarme. Vuelvo y él me pide: «Jorge, como sos un buen psicoanalista (él fue muy gentil con eso), ayudame a interpretar un sueño. En estas últimas tres noches tuve tres sueños importantes. Primero, soñé que corría la maratón. Fue fácil para mí comprenderlo, al final, habiendo hecho gimnasia la vida entera, es normal que yo sueñe en correr una maratón, lejos de la inmovilidad a la que fui reducido. Segundo, ayer, soñé que estaba en un enorme banquete. También es fácil de entender para quien adoraba comer y que fui reducido a estos tubos.»
Yo oía todo con atención, sin decir ninguna palabra. «Ahora, hoy, tuve un tercer sueño que no consigo entender y, además, a diferencia de los otros, me angustió. Yo soñé que estaba en este cuarto y tenía ratas por todas partes, en las paredes, en el techo, debajo de la cama, en la cama». Preocupado, le pregunté en francés, lengua con la que siempre nos comunicábamos: -¿Dijiste ratas? -«Sí», me respondió, des rats (en francés), rats (en inglés), rats par tout«. Respiré hondo y le respondí: «Pierre, ese sueño es tan fácil de ser comprendido como los otros, los rats aluden al Rat Pack, que andan queriendo compañía.» Yo apostaba que Pierre habiendo vivido en Los Ángeles, y siempre en el medio artístico, no podría dejar de saber que Rat Pack es como se intitulaban los amigos Frank Sinatra, Dean Martin, Sammy Davis Jr., y algunos pocos más. Ese inolvidable grupo de talentosos granujas que descolló en Las Vegas y cuyo recuerdo y estampa aún puede verse en celuloide. Pierre cayó en una cómica carcajada, dentro de lo posible, y me dijo: «Yo sabía que vos eras un gran analista y que ibas a entender mi sueño.» Nos despedimos, salí corriendo, tomé el avión.
Un mes después llama el teléfono en mi casa, era el hijo de Pierre, Stéphane, que me dice: «Estoy llamándolo para comunicarle en primer lugar, a pedido de mi padre, que él acaba de morir. Él me pidió que le diga que fue a encontrarse con el Rat Pack. ¿Usted entiende qué rayos él quiso decir con eso?, porque nosotros no entendemos de qué se trata.»
Respondí con media sonrisa de tristeza: «Entiendo».

(2010)


Rat Pack


Fuente (original en portugués): Jorge Forbes
Fuente: Página 12

Tu Yo no es tuyo, Miquel Bassols

bassols
Miquel Bassols

En el orden simbólico cuyos cambios estamos experimentando en el presente siglo, esta voz parece resonar cada vez con más fuerza en cada rincón del planeta… y más allá*. Es la época anunciada por Internet y por Facebook, donde las identidades vuelan y cambian de lugar más rápidamente de lo que podría decirse o imaginarse. Es la época de los MUD (multiuser domains), de la multiplicación de avatares —significante también multiuso—, en realidades, o ventanas, diversas. Y la ventana llamada realidad no es necesariamente la que más puede interesarle a este Yo desmultiplicado que goza de la no identidad consigo mismo. Para su ración de goce puede pasarse muy bien de esa llamada realidad, a pesar de los síntomas que lo acucien en su falta irremediable de identidad. Entonces:

—Tu yo no es tu Yo.

Y, sin embargo, la reivindicación de un Yo más fuerte e independiente, más autónomo, a pesar de más anónimo, se hace hoy totalmente compatible con su desmultiplicación. Es lo que verificamos como una exigencia de identificación llevada hasta los mayores extremos del control social. Hay razones de estructura para ello y las veremos aquí. Pero enseguida constatamos la extensión progresiva de un campo abonado para los viejos espejismos del Yo y de sus artificios: tu yo no es tu Yo, tampoco es tuyo, necesitas autoayuda, coaching, corrección de algún error cognitivo[1]. El Otro te dirá entonces quién es tu Yo o, en el mejor de los peores casos, de quién es. Por el momento, la ciencia ha hecho ya posible que algunas secuencias de tu ADN estén patentadas, y que no puedas disponer de ellas… sin pagar un precio a determinar por el Otro. Pero también, por la misma razón, ese Yo podrá muy bien decir que él no es el responsable de sus actos y de sus elecciones, que lo son sus genes, los del Otro.

Sí, también es ésta la voz de la ciencia contemporánea:

—Tu yo no es tuyo.

Tu yo es del Otro que se hace existir en el gen o en la neurona. Ese tu Yo anida, aunque tal vez un poco diseminado, entre las circunvoluciones del cerebro coloreado que estamos a punto de cartografiar en su totalidad. Solo que allí mismo donde empezábamos a localizar tu Yo, resulta que también estamos detectando, con los mismos colores, lo que tú llamas “Tú”, tu Otro tan exterior como íntimo a la vez. Sorpresa entonces: la ciencia contemporánea no hace más que toparse con el fantasma del Yo —llamado también “conciencia”,— en cada rincón donde había localizado lo más real de su objeto: en la física, en la biología, y sobre todo en las llamadas neurociencias. Lo veremos también aquí. Como señalaba J.-A. Miller en su Curso, “lo neuro-real es lo que está llamado a dominar los próximos años”[2]. Nuevo significante amo para todo uso, lo neuro ha venido a significar supuestamente lo más real del ser, aunque sea un real ya pasado varias veces por el cedazo de lo simbólico.

Cerebro (National Geographic)
Cerebro (National Geographic)

Pero entonces, de este simbólico agujerado por lo real, sin otra imagen que el vacío que habita y carcome al Yo, ¿quién se ocupa de este simbólico? En una época, Lacan pensó que el psicoanálisis —ciencia conjetural—, encontraría su lugar en la ciencia con una referencia de su experiencia a las ciencias del lenguaje. El inconsciente estructurado como un  lenguaje se localizaba en lo simbólico, registro donde se distingue y se separa muy bien al Yo y sus espejismos del sujeto del inconsciente y su verdad. De ahí la máxima que marcó esta época en el psicoanálisis:

— Tú no eres tu Yo.

Es cierto: desde la perspectiva del Ello freudiano, no solo tú, como sujeto, no eres tu Yo sino que, a consecuencia de ello, eres un sujeto dividido. Eres un sujeto dividido al que le falta el ser, pero sin Otro posible en el que puedas resolver esta división ni esta falta —vano sueño que prometen realizar terapias de aspecto científico—. La experiencia analítica te presta en realidad una apariencia, un semblante decimos también, de ese Otro en la función de un objeto singular que el analista sostiene durante cierto tiempo. Es el famoso objeto a en el que finalmente encuentras la razón de que tu yo no sea tuyo, así como la razón de tus síntomas. Con este objeto a, Lacan pudo reformular el imperativo ético freudiano: “Donde ello era, Yo —como sujeto— debo llegar a ser”.

—¿Tú eres, entonces, tu objeto a?

Una ciencia del objeto a, este hubiera sido tal vez un destino para el psicoanálisis. La idea posterior de Lacan de que la lógica era una ciencia de lo real y que el psicoanálisis debía seguir su referencia, es también una vía a explorar. Pero el problema se complica si seguimos esta lógica en la enseñanza de Lacan tal como Jacques-Alain Miller la ha mostrado y la sigue elucidando. La idea de que habría una ciencia de lo real parece entonces más bien una quimera, una futilidad de la que es necesario seguir los impasses para aislar aquello que no cesa de no escribirse en ella. Condición indispensable para aislar lo real propio del psicoanálisis, lo real que se hace presente en el síntoma. Por este sesgo, tú eres más bien tu síntoma.

Me parece que es por esta vía, vía de impasse siempre sintomático, vía de desencuentro, incluso de malentendido, que debemos seguir investigando el lugar de lo real del psicoanálisis en la ciencia de nuestros días. En esta perspectiva, ha sido para mí un acicate el trabajo desarrollado en el Laboratorio de la Universidad Jacques-Lacan sobre “Psicoanálisis y criterios de cientificidad”, trabajo que seguimos en Barcelona con el asesoramiento de Guy Briole y Vicente Palomera. Varios puntos tratados aquí tienen su origen en este marco de trabajo.

De hecho, una vez localizado el lugar de extimidad que lo real del psicoanálisis ocupa en la ciencia de nuestro tiempo, una serie de textos —algunos más antiguos, otros más recientes—, se ordenaron para venir a formar parte del sumario que ofrezco a la lectura. Fue la amable invitación de Florencia Dassen la que me animó a dar forma de libro a este recorrido de discontinuidades. Su ordenación ni es ni pide, pues, una lectura cronológica: permite los saltos de los que guste la lectura, las idas y vueltas necesarias y las referencias recíprocas entre capítulos.

*Prefacio del libro: Tu Yo no es tuyo (Lo real del psicoanálisis en la ciencia) en la editorial Tres Haches (Buenos Aires.)tuyonoestuyo

(2011)


Fuente: Desescrits


[1] MAMI (Métodos de Autocoerción Mental Inducida) sería, en realidad, el nombre más adecuado para muchas de las terapias que hoy se ofrecen con un sello científico. Ver Miller, J.-A. en Jacques Lacan, Le Sinthome, du Seuil, Paris 2005, p. 158.

[2] Miller, J.-A. (2007-2008), curso del 16 de enero de 2008.

El retorno del péndulo, de Z. Bauman y Gustavo Dessal

Entrevista a Gustavo Dessal, por Pablo Chacón

En El retorno del péndulo, el sociólogo polaco Zygmunt Bauman y el psicoanalista argentino Gustavo Dessal arman un contrapunto como para pensar cuestiones clave del mundo contemporáneo, teniendo como horizonte el concepto de liquidez del primero articulado con las hipótesis de Sigmund Freud y de Jacques Lacan del segundo.

Publicado por el Fondo de Cultura Económica, el subtítulo reza sobre el psicoanálisis y el futuro del mundo líquido, conceptos que suponen una desarticulación de época o bien la entrada en otra.

Bauman nació en Poznan en 1925, es profesor emérito de Sociología en las 0809_bauman_fontevecchia_entrevista_g4.jpg_1853027552Universidades de Leeds y de Varsovia; es premio Príncipe de Asturias 2010 y autor de más de una veintena de títulos.


Gustavo Dessal

Dessal nació en Buenos Aires en 1952, es escritor, miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP). Es docente del Instituto del Campo Freudiano en España.


-Para empezar, ¿cómo se produjo tu contacto con Zygmunt Bauman? ¿Conocías sus libros?

-Desde que cayó en mis manos Amor líquido, me convertí en un entusiasta seguidor de la obra de este hombre excepcional. Un sociólogo que escribe como poeta, un tipo auténticamente comprometido con aquello de lo que habla. Hace un par de años Bauman dictó un seminario de verano en la Universidad Menéndez Pelayo de Santander. Lamentablemente no pude asistir, pero gracias a una persona de mi amistad y confianza pude obtener su correo electrónico para proponerle una entrevista acerca de su relación con la obra de Sigmund Freud, a quien no deja de citar en casi todos sus libros. Para mi sorpresa, su respuesta fue inmediata y positiva, plena de generosidad y confianza en alguien que para él era un completo desconocido. Así se inició un intercambio de correos y de textos. Lo que comenzó siendo una entrevista, se convirtió en un diálogo sobre temas que son objeto de estudio tanto para la sociología como para el psicoanálisis. Y en esa conversación por escrito pudimos encontrar puntos de convergencia.

-El concepto de lo líquido,  que podría equivaler a la decadencia de la autoridad o de la imago paterna, ¿pensás que Bauman lo inventó orientado por esa misma idea o bien por una ausencia de referencias en el mundo social que desemboca, creo que inevitablemente, en Freud?

-Me gustaría recordar que aunque el concepto de lo líquido es posiblemente aquello que más se asocia al nombre de Zygmunt Bauman, no es ese su único mérito. Su obra Modernidad y Holocausto, por ejemplo, es posiblemente uno de los tratados más lúcidos sobre el tema del antisemitismo, y al mismo tiempo una anatomía de la relación consustancial entre el progreso científico-técnico y la barbarie. Allí no encontramos aún el concepto de lo líquido. Me dirijo ahora a tu pregunta concreta. Bauman utiliza conceptos y categorías sociológicas y filosóficas, y abreva en las fuentes freudianas. De modo explícito se considera tributario de Emanuel Levinas, y no tiene ningún empacho en reconocer que la obra de Lacan le supone una oscuridad en la que no ha tenido la oportunidad de internarse. Por lo tanto, creo que vincular la declinación de la imago paterna al concepto de liquidez ha sido una hipótesis a la que me he atrevido de forma personal, para ver hasta qué punto era posible encontrar una congruencia entre ambas cosas. La liquidez de Bauman es un modo de tratar la disolución de las grandes estructuras ideológicas que durante siglos dieron forma y solidez al orden social. La invención lacaniana del Nombre del Padre es algo verdaderamente extraordinario, posiblemente uno de los conceptos más lúcidos desde que Marx revelase la función de la plusvalía y Freud descubriera el inconsciente. Los intelectuales están aún muy lejos de haber percibido su significado. Crear un concepto que arroja una inmensa luz tanto sobre la clínica del ser hablante, como en el campo social e histórico -¡todo eso con un solo significante!- y explicar al mismo tiempo uno de los resortes fundamentales del discurso del amo durante siglos, es a mi entender una auténtica proeza intelectual.

-Tus intervenciones parecen acomodar o poner en orden los conceptos de principio de realidad y principio de placer, introduciendo la cuestión de la pulsión de muerte y el goce. El libro, entonces, se vuelve, digamos, pesimista. ¿Cómo piensan Bauman y vos este asunto de cara al siglo XXI?

-No querría que los lectores sacaran una conclusión pesimista de este libro, pero sin duda uno no puede evitar todos los posibles deslizamientos y evocaciones que una obra despierta en quien la recibe. Más aún: creo que un autor debe asumir la responsabilidad de todo aquello que suscita en los lectores, aunque ellos le devuelvan un sentido que no había tenido la intención de transmitir. Aquí vale el principio lacaniano de que uno siempre recibe su propio mensaje en forma invertida, por lo tanto no vale el argumento No es eso lo que quería decir. No obstante, me gustaría que el pesimismo de Bauman y el del psicoanálisis de Freud y Lacan no se leyesen como una actitud de derrota frente a la fatalidad de la historia o de la condición humana. Más bien debería interpretarse como un arma de resistencia frente a la perversidad de un optimismo que ha hecho del progreso una profesión de fe. Después de Auschwitz, la confianza ciega en el progreso es una posición obscena, inmoral, a todas luces inaceptable. En ese sentido, prefiero alinearme con el pesimismo, siempre y cuando -insisto- se considere una palanca para seguir avanzando en la lucha por la vida, por la dignidad humana, por los valores que contribuyen a resistir los embates de un sistema que degrada nuestra existencia.

-André Green piensa que vivir infectado por la pulsión de muerte es complicado. ¿Cuál es tu idea al respecto, en un momento que en vastos sectores del planeta retorna el ama a tu prójimo como a ti mismo?

-No conozco ese pensamiento de André Green, por lo tanto no me atrevo a opinar sobre eso. Si se refiere a que no es lo único que debemos tomar en cuenta tanto en el aspecto del sujeto individual como colectivo, estoy perfectamente de acuerdo. Freud nos legó su dualismo Eros-Thánatos, lo cual implica que no podemos ni debemos descuidar el hecho de que la pulsión de muerte no posee una autonomía absoluta. Por supuesto, existen fenómenos clínicos y acontecimientos sociales en los que reconocemos su primacía, su inquietante protagonismo. Pero es un error (y no sé si es eso a lo que André Green tal vez se refiere) que los psicoanalistas nos convirtamos en propagadores del terror intelectual. La pulsión de muerte, en tanto concepto, debe estar al servicio de arrancarnos de la ingenuidad de confiar que el bien es soberano, y que el placer comanda todos nuestros actos. Pero no hay razón para transformarla en un tema morboso. Nadie puede negar la lucidez de Paul Virilio, para tomar un ejemplo, pero sus reflexiones destilan un goce muy particular… ¿Ama a tu prójimo como a ti mismo? Quizás estoy equivocado, pero creo que el imperativo actual es mucho más sencillo de enunciar: Ámate.

-Creo que es una preocupación común a ambos. Las redes sociales, imposible desconocer sus beneficios. De lo que no se habla demasiado es de sus zonas oscuras: encierro, paranoia, aislamiento, ausencia del cara a cara. En ese sentido, ¿el péndulo tiene retorno, y cuál sería, si lo hubiera porque creo es imposible ignorar a ese nuevo actor?

-En una conferencia que dictó en Madrid, le escuché decir a Bauman cosas muy afinadas -y por eso divertidas- sobre las redes sociales. Recuerdo que hizo reír a un público de más de trescientas personas cuando dijo que no podía comprender cómo había gente que en Facebook tenía centenares de amigos ( incluso miles), y él en sus 89 años apenas había conseguido juntar unos pocos… Pero su observación más interesante -cada vez más evidente en la clínica actual- es el hecho de que hay mucha gente puede vivir casi solo en el mundo on-line. Esas personas suelen hallar muchas dificultades para moverse en la vida off-line ¡Y eso es absolutamente cierto! No es necesario ponernos en el ejemplo extremo de aquellos sujetos psicóticos que encuentran en el ciberespacio la única posibilidad de alojar algo de su ser (lo cual es una de los tantos beneficios de Internet). Cada vez es más habitual, por ejemplo, que las parejas se formen, se seduzcan, se exciten, se peleen y se rompan a través del chat o del mensaje de texto, o el WhatsApp. Comenzamos a darnos cuenta de que las redes sociales y la comunicación virtual (más allá de sus ventajas, que están fuera de cualquier discusión) permiten que la presencia se ausente, si me permites expresarlo de ese modo. Todos los días los analistas recibimos a hombres que ya no se atreven a decir ciertas cosas a las mujeres en vivo y en directo, y se refugian en la protección del chat, la video conferencia, o sistemas semejantes.

-Al paradigma disciplinario, del control, del espectáculo, se le suma ahora el del   cansancio. El cansancio físico como parte de un cansancio ontológico. ¿Cuál es tu posición al respecto, se trata de un nuevo estado de excepción, de un síntoma o de un estado de la época, o de eso todo junto?

-Es muy interesante tu pregunta, porque me remite a algo misterioso, surgido en los últimos tiempos, y que la medicina ha diagnosticado como síndrome de fatiga crónica. Eso no existía antes, o al menos los casos no eran lo suficientemente numerosos como para justificar una categoría especial. Para el psicoanálisis, un cuadro semejante no es más que algo a interrogar, es decir, que no sabemos a priori lo que vamos a encontrarnos cuando escuchamos a un sujeto que nos habla de eso. Tal vez una psicosis encubierta, o estabilizada en ese fenómeno, tal vez una forma más sofisticada de la histeria clásica. Pero en cualquier caso, no deja de ser muy sugerente que esto se presente con una frecuencia cada vez mayor. Tal vez el cansancio ontológico al que te refieres, sea el efecto secundario de esa liquidez que ha contaminado a la sociedad. La precariedad existencial a la que estamos cada vez más sometidos (pese a las brumas de la felicidad con las que el marketing nos envuelve todos los días), hace la vida muy agotadora de llevar.

(2014)


Fuente: Télam