Sobre el estilo en psicoanálisis

Mercedes Ávila

El estilo, lo singular, lo intransferible

Comencemos tomando las palabras que George-Louis Leclerc, conde de Buffon, pronunció en su “Discurso sobre el estilo”, en 1753:

«Las obras bien escritas serán las únicas que pasarán a la posteridad: el caudal de los conocimientos, la singularidad de los hechos, la novedad misma de los descubrimientos, no son garantía segura de inmortalidad.

Si las obras que los contienen no tratan sino de nimiedades, si están escritas sin gusto, sin nobleza y sin talento, perecerán, porque los conocimientos, los hechos y los descubrimientos se escapan fácilmente, se desplazan y huyen hasta ser empleados por manos más hábiles. Estos son exteriores al hombre; en cambio, el estilo es el hombre mismo. El estilo no puede, pues, ni robarse ni transferirse ni alterarse; si es elevado, noble, sublime, el autor será igualmente admirado en todos los tiempos, pues solo la verdad es duradera y aun eterna. Así, un estilo bello no lo es, en efecto, sino por el número infinito de verdades que presenta.»

Si es estilo es el hombre mismo, y no puede ni robarse, ni transferirse ni alterarse, entonces el estilo apunta a algo que no se repite ni se puede imitar bien, el estilo apunta a lo singular. Monterroso lo señala correctamente al notar que un gran estilo puede imitarse pero ello es enteramente inútil, pues se convierte en algo demasiado fácil y demasiado evidente. Pensemos en todos los que hay en el psicoanálisis tratando de imitarlo a Lacan: nada hay más patético. Podemos aprovechar una diferencia que propone Leclerc entre forma y contenido. Es necesario que retengamos esta distinción, porque es una distinción que aplicamos en psicoanálisis cuando hablamos de vaciar el sentido.

¿Por qué tenemos que hablar del estilo? ¿Qué es el estilo?  Hay que ir más allá del sentido común. El término estilo proviene del latín stilus que era el punzón con el cual se escribía antiguamente en tablas enceradas. El estilo, entonces, deja una marca, escribe, pero también se escribe.

Freud en su artículo “Sobre psicoterapia” toma a Leonardo Da Vinci y la oposición entre el trabajo del artista per la via di porre y per la via del levare, siendo este último ejemplo del camino del psicoanálisis. Per la via del levare es la técnica que aplican los escultores, la de quitar el exceso, en el mármol, por ejemplo, para que emerja la forma verdadera de la obra, esa técnica, paradójicamente es la misma del estilo, del punzón que quita el exceso sobre la superficie lisa.

Pero en psicoanálisis hay un problema que encierra el estilo, y lo podemos ver claramente en la trasmisión: tenemos dos ejemplos paradigmáticos, uno es Freud, el otro fue Lacan.

Freud fue claro en su escritura, amante de la prosa, recibió el premio Goethe por ello. Lacan, en cambio, tomó un camino enmarañado, oscuro. Ninguno fue entendido.

Ambos querían transmitir su experiencia, sus descubrimientos. Uno con la expectativa, tal vez, de que ser claro era lo mejor, el otro, en cambio, con los resultados de la mala lectura que se hizo de la obra de Freud, inventa una forma rebuscada de hacer participar al lector en la construcción del texto.

Podemos pensar que no hay un arquetipo del estilo, sino que se inventa un estilo, en acto, cada vez. Aquí tenemos que sostener la pregunta: ¿una vez alcanzado un estilo, el mismo permanece? ¿O es necesario convocarlo cada vez?

Pero, más allá de estas preguntas, vemos que el problema no es el estilo en sí mismo, aunque éste pudiera contribuir en la generación de claridad, o confusión, el problema reside en la posición ética del lector.

Tenemos que apuntar a la construcción de un estilo-ético. ¿Habrá otro estilo?

La posición ética del lector es que la hace que de cualquier estilo se pueda convertir una lectura en una lectura cabalística, de la escritura de Dios y su palabra sagrada, y que por ello deba interpretarse al infinito, o también que, justamente por haber sido escrito por Dios, a eso escrito no se le haga crítica alguna (para entender ambos ejemplos basta escuchar o leer los axiomas lacanianos que circulan por todas partes y lo que se dice de ellos.)

También podría ocurrir que de un estilo se genere otro estilo, el propio.

Entonces vemos que, de lo que puede plantearse como un problema inicial: ¿cómo transmitir?, rápidamente aparece otro problema: ¿cómo lograr una posición ética del lector?

Entonces, ¿con qué estilo se ha de transmitir en psicoanálisis? ¿Qué estilo sería el adecuado para alentar una posición ética del lector? ¿Existe algo así? Bueno, podríamos pensar en un estilo de transmisión de la falta, de la exposición, de la posición analizante, con la experiencia que uno obtiene en el propio análisis. Trabajar en un espacio en el que el juego esté permitido, en el que uno pueda autorizarse a divagar con seriedad. Ése fue el estilo de Freud, también fue el de Lacan.

En la práctica analítica, en todos sus niveles, encontramos siempre el mismo movimiento inicial: trabajar con lo que no hay. Como analizante, como analista, como integrante de cualquier lugar en el que haya encuentro con otros practicantes, como ser hablante, se repite siempre la misma estructura, como en los fractales.

Hay una relación íntima entre la creación de un estilo, y la práctica analítica. Siempre se repite lidiar con lo que no hay, porque sencillamente no hay; y una y otra vez… y eso es insoportable.

Hay que desterrar la idea de que un analista es el que atiende pacientes. Eso no es un analista, un analista es que logra alcanzar otra relación con su propia falta y, por lo tanto, otra relación con el propio goce (y deseo, y síntoma).

La invención de un estilo es la invención que se espera lograr al final de un análisis.

Saber supuesto, saber expuesto, acto

El que toma la palabra expone, y se expone.

Cualquiera, enfrentado al acto de tomar la palabra, debe tomar una decisión: encantarse en el lugar del saber supuesto, o soportar el lugar del saber expuesto. Justo antes de hablar aparece la vacilación sobre lo que se dice: ese es el vértigo del acto.

El lugar del saber supuesto es el del apoyo en los papeles, por así decir, es escudarse en lo escrito, en las citas, en las verdades escritas a lo largo de los siglos, el lugar del saber expuesto es el lugar de la invención a partir del no-saber, es decir, hablar como quien quiere descubrir algo nuevo, sin saber si se podrá lograr. Para descubrir hay que arriesgar, hay que hablar a partir de lo que no se sabe.

«Lo que tortura a algunos analistas, que pueden funcionar muy bien como tales, es decir, respecto del sujeto supuesto saber, es tener que exponer su saber. Temen, en ese momento, sentirse desnudos, tontos. Saben que el saber que pueden exponer es mínimo. Es tanto más pequeño que el que les es supuesto, que hay toda una doctrina acerca de que el analista no debe hablar, ni debe exponerse en las salas, porque, justamente, podría herir ese saber supuesto. Al fin resulta que el saber supuesto es tan supuesto que nadie lo puede ver. Es bastante reciente, y gracias a Lacan, que los analistas han tenido que comenzar a exponerse. En París se produjo un escándalo cuando Lacan abrió su Seminario, como si los seminarios tuviesen que ser reservados. Reservados de manera que, así fuesen mejores o peores, desde afuera se pueda suponer que los analistas intercambian y producen entre sí los secretos de la humanidad. Es un riesgo exponer. No es algo fácil sino, más bien, bastante difícil de elaborar. Por eso hay tensión entre el saber supuesto y el saber expuesto, y la Escuela, en el sentido de Lacan, es el lugar mismo de esa tensión. Es el lugar donde esa falla puede aparecer[1]

Hay en estos dichos de Miller todo lo que mencionamos sobre la posición ética, pero tenemos que hacer una salvedad porque se puede observar por todos lados el malentendido: la Escuela no es un lugar meramente físico, la Escuela se crea en acto.

En todo esto que hablamos se presenta algo que concierne al acto: “El que no arriesga no gana” reza el dicho, que, sin embargo, oculta algo más, muy importante: el que no arriesga, pierde, siempre pierde.

Antes mencionamos la posición ética del lector. Vamos a reducir esa frase a la posición ética, que es lo que nos interesa, porque es una posición ética necesaria que luego se podrá poner en juego en todos los ámbitos. Y es una posición ética propia, lo cual quiere decir que no se puede imponer a otro.

Quiero remarcar esto: no se puede imponer. Este es un problema, ¿es un problema?

Un capítulo de la serie Black Mirror, titulado “Hated in the Nation”, muestra un hacker que programa un grupo de abejas robóticas para matar personas. Las abejas robóticas, que remplazaban a las abejas naturales, que se usaban para polinizar las plantas (y para otras cosas que luego se descubrirán) y que pasaban desapercibidas mientras cumplían su función, se convierten súbitamente en una amenaza.

Hated in the nation Black Mirror

A lo largo del capítulo se descubre el motivo del hacker: su manifiesto apunta a que la gente se haga responsable de sus dichos en línea y que sientan el peso de las palabras. Es decir, el hacker señala de una manera brutal que lo que se dice tiene consecuencias y hace volver las expresiones de muerte que profería la gente ligeramente bajo la forma de muerte real sobre uno mismo.

La propuesta es interesante, pero tiene un error: el hacker los obliga a hacerse responsables y por eso mismo es que no logra que efectivamente haya un efecto subjetivo de responsabilidad en cada muerto, porque a partir de ese momento, con su muerte real, cada muerto pasa a ser una víctima.

Lo que vemos con este ejemplo es que no puede obligarse a nadie a hacerse responsable, es un acto que sólo el sujeto puede atribuirse y ese acto es fundacional. Así como lo es el acto de leer. Es una posición ética.

Entonces, de nuevo: ¿cómo transmitir al psicoanálisis? ¿cómo lograr un efecto de transmisión? No hace falta que recordemos a Freud con lo de las profesiones imposibles porque se ha vuelto proverbial y se repite por todos lados, pero tomemos ese punto fundamental: lo imposible. Y justamente porque es imposible es que vale la pena ir hacia allí. El psicoanálisis no ofrece garantías en ningún momento: es un paso que se da sin saber si hay suelo.

Nuevamente: ¿cómo, entonces, transmitir el psicoanálisis?: Por medio de un estilo, ¿cómo?: Poniéndose en juego, porque sólo poniéndose en juego se puede producir un efecto contagio, mostrando en acto que podemos hacernos cargo de lo imposible y atrevernos a saber desde allí. Ese contagio lleva a que el otro quisiera saber también, que quisiera descubrir su estilo: el suyo, singular, único, intransferible e inimitable.

Corradini La Pudicizia
Antonio Corradini, La Pudicizia, 1752.

 

 

Presentado en “Tres contra uno”, el 27 de junio de 2020, en la plataforma Zoom.


 

[1] Jacques-Alain Miller: “El concepto de escuela”. Disponible en el sitio Asociación Mundial del Psicoanálisis.

Publicado por

Mercedes Ávila

Psicoanalista. Escritora.

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