Por qué el psicoanálisis no es revolucionario sino subversivo

Por Pablo Chacón

En Punto cenit (ediciones Diva), el psicoanalista francés Jacques-Alain Miller reunió una serie de artículos –propuestos y ordenados por sus colegas locales Silvia Tendlarz y Carlos Gustavo Motta– que pivotean sobre las nociones de real en la época del Otro que no existe, la de la crisis contemporánea de las identificaciones que empuja al sujeto a un plus de goce y a una existencia que muchos consideran, perdida la referencia paterna por imperio de la certidumbre científica, desamparada o extraviada. El yerno de Jacques Lacan se sostiene en un texto de éste, “El triunfo de la religión”, para estudiar la innovación frenética del malestar en la cultura y sus consecuencias en la clínica del uno por uno.

Acostúmbrate, hijo, al desierto.
Joseph Brodsky

Poco menos de un año atrás, el psicoanalista francés Eric Laurent decía en Buenos Aires que con el régimen de certeza de la ciencia, la noción de autoridad paterna (característica del mito edípico freudiano) había quedado definitivamente desplazada. “En el mundo de la técnica, que es el nuestro, en el cual todo tiene que tener una función, el psicoanalista no es alguien que se ofrece como una herramienta útil (…) El psicoanalista trata de dirigirse a lo inútil de cada uno (…) Es imposible separarse de esa parte oscura que nos habita; esa parte desdichada, maldita, como la llamaba Georges Bataille. El psicoanalista tiene esa distancia sobre el discurso de la utilidad. Y tratar de transformar eso que no va en algo que vale es una tarea”.

La técnica avanza en la época de la inexistencia del Otro, sin control más que el ejercido por los comités de ética, retrasados siempre respecto de aquellos avances.

En estos textos, Miller, por otra vía retoma esa cuestión: en lugar de la falta en el Otro como constituyente de un sujeto, aparece un Otro sin falta que no se las ve con sujetos sino con objetos. Es una época de complicaciones del lazo social. El siglo XXI es la época del Otro que no existe, la del “ascenso al zenith” del objeto a, fórmula que Lacan usa por primera vez en Radiofonía (1974), y que su yerno, pasados los años bautiza “Punto cenit”, para hablar de las sucesivas mutaciones en el campo de la política, la religión y el propio psicoanálisis.

“Alcanzaría con el ascenso al zenith social del objeto llamado por mí pequeño a, por el efecto de angustia que provoca el vaciamiento con el que lo produce nuestro discurso, al faltar a su producción”, había dicho el autor de los Escritos. “La promoción del plus de goce que señala Lacan cobra sentido a partir del eclipse del ideal, desde donde se suele explicar la crisis contemporánea de la identificación”, completa Miller.

En la entrevista que abre el libro, éste despeja varias cuestiones. Frente al supuesto escepticismo político del psicoanalista, Miller no duda.

¿El hecho de decirse psicoanalista implica necesariamente una elección política?

Photo_JAM_400x400“Pero sí. Quien practica el psicoanálisis debe lógicamente querer las condiciones materiales de esta práctica. Lo primero es la existencia de una sociedad civil en sentido propio, distinta del Estado (…) El psicoanálisis no existe ahí si no se lo puede ironizar, poner en cuestión los ideales de la ciudad, sin tener que tomar la cicuta. Ella es entonces incompatible con todo orden de tipo totalitario que junta en las mismas manos la política, lo social, la economía e incluso lo religioso. Ella tiene la partida ligada con la libertad de expresión y con el pluralismo”.

A fines de los 60, el psicoanálisis apareció como portador de un ideal revolucionario. ¿Piensa usted que sea posible disociar el psicoanálisis del uso político que se hace? La intervención política del psicoanálisis, ¿está implicada en su doctrina? ¿El psicoanálisis se inscribe como una ideología reaccionaria?

“Le responderé rápidamente. El psicoanálisis, ¿revolucionario o reaccionario? Es un Jano. Políticamente es un señuelo. ¿Se hace de él hoy en día un uso político explícito? En los debates de la sociedad se le hace decir lo que está a favor y en contra. ¿Qué es que está implicado a través de su doctrina? Que un psicoanalista está ahí para hacer psicoanálisis, accesoriamente para hacer avanzar el psicoanálisis, y para expandirlo en el mundo, y si interviene en los debates públicos con ese fin, está muy bien.

“Revolucionario, el psicoanálisis por cierto no lo es. Durante la época en que todavía se hablaba de revolución, hacia 1968, Lacan evocaba la revolución de las órbitas celestes. Una revolución está hecha para volver al punto de partida. El psicoanálisis es llevado a poner en valor lo que puede llamar las invariantes antropológicas más que a ubicar esperanzas en los cambios de orden político (…) El psicoanálisis no es revolucionario, sino que es subversivo, lo que no es lo mismo, y por razones que yo he esbozado, a saber: que va en contra de las identificaciones, los ideales, los significantes amo. Por otra parte, todo el mundo lo sabe. Cuando ustedes ven a alguno de sus próximos en análisis, temen que dejen de honrar a su padre, a su madre, a su esposo y al buen Dios.

“Con este hecho, los psicoanalistas no sólo no son militantes, salvo a veces, y no necesariamente para su felicidad, la del psicoanálisis, sino que más bien son llevados a decepcionar a los militantes (…) El derecho natural, que se perpetuaba bajo formas diversas desde antaño, ha recibido el impacto. Junto con los daños sensacionales que el psicoanálisis hizo en la tradición se unieron, como por milagro, las posibilidades inéditas ofrecidas a través del progreso de la biología, la procreación asistida, el desciframiento del genoma humano, la perspectiva de que el hombre se vuelva él mismo un organismo genéticamente modificado”.

La diferencia entre revolución y subversión resulta inédita, tanto como el gran angular puesto sobre las invariantes antropológicas, sin descartar la suerte política de la práctica de acuerdo a los diversos regímenes políticos y a la caída de los ideales y del Nombre-del-Padre, que por cierto, genera una desorientación ideológica que redunda en grupos de pertenencia, labilidad electoral, grupos de intereses desenmascarados y anacronismos por izquierda y por derecha.

“El Nombre-del-Padre no es más lo que era. Hace largo tiempo que aleteaba. Balzac hubiera dicho desde el regicidio francés, desde la desaparición de la sociedad del orden, y del coqueteo planteado hacia los asuntos del mundo planteados por el capitalismo, como lo previó el Manifiesto comunista. Lacan notaba ya en 1938, como un hecho adquirido, el declive social de la imago paterna; luego, en los 50, el complejo de Edipo no podría indefinidamente mantenerse en nuestras sociedades. Estamos en eso”.

El ascenso al cenit del objeto a provoca cambios desde hace años en las conductas, las orientaciones y elecciones sexuales porque se terminó la época de las identificaciones fuertes y la represión para dar paso a un horizonte permisivo, quizá tanto o más regulado que el anterior pero incontrolable cuando algo de lo real es tocado.

Antes que un mundo de deseo, éste es el mundo del goce. Y esa disyunción no implica necesariamente una mejora aunque sí un empuje a entender las mutaciones y la multiplicación de desorientaciones y estilos de vida, a riesgo de caer en arbitrariedades, fundamentalismos o explosiones de violencia, de género y de las otras.

El psicoanalista argentino Ricardo Nepomiachi destaca que entre otras consecuencias de la época aparece “lo que podemos calificar como ‘un tipo particular de degradación de la vida subjetiva’. Un tipo cuyos ejemplares son reflejo de nuestras sociedades laicas, democráticas y capitalistas que impugnan la autoridad de la enunciación y en las que reinan el saber y los productos de la ciencia. Se trata de un reino en el que se ofrece como ideal reducir la palabra a un enunciado sin enunciación, en el que no se reconoce a la excepción que haga posible transmitir la legitimidad, y es en esa medida en que el sujeto queda desamparado y sin posibilidad de encontrar una orientación en la vida y fundar un lazo social”.

Este es uno de los puntos donde la angustia juega su juego.

“El psicoanálisis –explica Lacan en una conferencia de prensa en Roma, también en 1974 –se ocupa muy especialmente de lo que no anda bien. Por eso, se ocupa de esa cosa que conviene llamar por su nombre –debo decir que hasta ahora soy el único que la llamó con este nombre: lo real. Esta es la diferencia entre lo que anda y lo que no anda, lo que anda es el mundo, y lo real es lo que no anda (…) De esto se ocupan los analistas, de manera que, contrariamente a lo que se cree, se confrontan mucho más con lo real que los científicos. Sólo se ocupan de eso. Están forzados a sufrirlo, es decir, a poner el pecho todo el tiempo. Para ello es necesario que estén extremadamente acorazados contra la angustia”.

Miller lo dice a su manera.

“Si se me concede que el goce se ha vuelto un factor de la política, ¿el psicoanálisis conservaría la misma distancia sarcástica en relación (a la política) que durase la edad de las ideologías? No creo que pueda hacerlo. Lo privado se ha vuelto público. Eso es un gran movimiento, un destino de la modernidad, y el psicoanálisis ha sido llevado a ello, para lo mejor y para lo peor.”

(2012)

Fuente: Revista Ñ

Lacan, su enseñanza y su persona

 

La conversación de aquellas dos jóvenes giraba en torno a la difamación de la que Lacan era todavía objeto treinta años después de su muerte. La primera me reprochaba mi silencio sobre «una repugnante mezcolanza de inmundicias», la segunda «una complacencia que habrá permitido a las modernas Erinias sentirse autorizadas a decir cualquier cosa sobre aquel a quien Lacanperseguían con un odionamoramiento implacable y eterno». Si ambas amazonas me comunicaron sin dificultad su avidez febril por arrancar la túnica de Neso que consumía a Hércules, ¿cómo no iba a tener su deseo, convertido en mío, algo de perplejidad? Yo a Lacan lo había conocido, lo había frecuentado, lo había tratado durante dieciséis años, y sólo dependía de mí dar un testimonio. ¿Por qué haberme callado? ¿Por qué no haber leído nada de esa literatura?
Estudiando su enseñanza, redactando sus seminarios, siguiendo la estala de su pensamiento, había descuidado a su persona. Preferir su pensamiento, olvidar su persona, era lo que él deseaba que se hiciera, al menos eso decía, y yo le había tomado la palabra. Sin duda, por método, siempre tuve el cuidado de referir sus enunciados a su enunciación, de cuidar siempre el lugar del Lacan dixit, pero eso no era de ningún modo ocuparse de su persona. Por el contrario, no decir ni una palabra de su persona era la condición para apropiarme de su pensamiento, apropiar mi pensamiento al suyo, quiero decir, universalizar su pensamiento, operación donde lo tuyo y lo mío se confunden y se anulan.
Me había interesado en elaborar algo que, del pensamiento de Lacan —palabra que le daba risa— pudiera transmitirse a todos, sin pérdida, o con la menor pérdida posible, y que así cada uno podía hacer suyo. Esta vía era la que él llamaba, mediante un uso que le era propio, el matema. Ahora bien, esta vía implica por sí misma cierta desaparición del sujeto y una borradura de la persona. No conceder ninguna importancia a la personalidad singular de Lacan era, pues, algo que caía por su propio peso. Yo la indicaba en mis cursos, pero era para sustraerla, para dejarla caer, para sacrificarla, por así decir, al esplendor del significante. Al hacerlo, me sentía partícipe de aquel tiempo futuro que, en vida, él anhelaba, aquel en el que su persona ya no haría de pantalla a lo que enseñaba. En suma, la vía del matema me había conducido a guardar silencio cuando habría tenido que hacer algo que mis dos jóvenes amigas llamaban defenderlo.
Defenderlo, sin embargo, era algo que ya había hecho cuando estaba vivo, y hasta el final, cuando estaba acorralado, y después cuando estaba ya en las últimas. ¿Para qué hacerlo una vez muerto? Una vez muerto se defendía muy bien él solo —con sus escritos, con su seminario, que yo redactaba. ¿No bastaba esto para hacer ver el hombre que era?
Sollers me insistía para que consiguiera de Lacan que se dejara filmar en su seminario. Hubiera sido un documento para la historia y, sin duda, un vehículo para propagar la fe verdadera. Ahí estaba para él el verdadero Lacan. Yo sonreía, muy decidido a no pedírselo a Lacan, seguro como estaba de que él me desalentaría. En la escena del seminario, es cierto que Lacan concedía algo de cara al teatro pero, a su manera de ver, era finalmente para que eso pase, es que tenía que decir, en el momento de decirlo. Su apariencia, esa ninfa, no era algo a perpetuar. Era una concesión hecha a la «debilidad mental» de ese parlêtre (ser que habla) que hacía cautivar por medio de alguna «obscenidad imaginaria» para que retuviera algo del tema. Él decía que sólo lo entenderían al fin, en el sentido de comprenderlo cuando hubiera desaparecido.
Abordaba cada una de las sesiones del seminario como si tuviera que llevar a cabo una actuación, pero en aquella época las actuaciones no se grababan. Ya movilizar a una estenotipista para transcribir un curso era en aquellos tiempos algo extraño, algo que en la Sorbonne no se hacía. Con todo, incluso cuando se vieron aparecer los primeros pequeños magnetófonos, que se multiplicaron pronto alrededor del pupitre de Lacan, la estenotipista siguió allí, como un testimonio de siglos pasados.
Ya Jenofonte, según dicen, había utilizado este arte para trascribir las palabras de Sócrates.

Jacques- Alain Miller: Vida de Lacan, Madrid, Gredos, 2011, página 9.


 

¿Hay una edad ideal para el análisis?

Pierre Rey

 

Pierre Rey
Pierre Rey, fotografía de Yann Gamblin

Desde que Freud lo inventó, se discurrió larga y copiosamente acerca de la edad ideal para comenzar un análisis: cuando sea, y ya mismo, no bien el sufrimiento y el deseo dispongan su urgencia. Por sí sola, la perspectiva de morir menos idiota debería hacer tabula rasa de cualquier vacilación.
Excepto una reserva: hay un riesgo.
Cuando llega a su término, el análisis confronta a cada cual con su deseo: precisamente por estar develado, uno sabrá que su desenlace fue feliz. «Feliz» no quiere decir en medida alguna el advenimiento de un nirvana en que de pronto se allanarían las dificultades de la vida y se alcanzaría una zona fuera de turbulencias en que todo tomaría el sabor soso del paraíso.
Al contrario. Una vez descubierto, el deseo puede causar estragos. A los veinte años, cuando todavía no se ha construido nada, nadie intenta destruir nada. A los cuarenta, su vida ya está «hecha» —y es más que perceptible: antes que eso, mejor sería estar des-hecho— cargado de familia, abrumado por las trampas del éxito que van echando raíces, y esclavo de los mil y un esclavos de su empresa; el Señor Presidente-de-lo-que-diantres-sea va a percibir que, quién sabe, su verdadero deseo no era presidir no importa qué, tener una mujer, hijos, una posición social, un prestigio profesional, etc., sino, de suponer que su destino se encuentre en otro sitio, romper el círculo en que oscuramente él sabe que se apelmaza lo que le resta de vida.
Si todavía tiene la suficiente fuerza interior para seguir su lógica y acceder a ella, para luego decidir, ante el encuentro de todo lo que le había enseñado su código cultural en el cual ya estaban inscritos, sin que lo supiera, su sitio y la trayectoria de su itinerario, de por fin vivir su propio deseo, él habrá de partir, pagando la eventualidad de su salvación a expensas de la maldición de los suyos, el oprobio general, y una descalificación en la escala social.
Ese es el precio posible.
De allí surge la paradoja del análisis: como libera, condena. Al hacer volver a la vida, mata.
Al saberlo, cada cual queda en libertad de comprometerse si lo desea, sin olvidar que su última meta es el registro de una ética, no de una moral. Y después de leer lo anterior cada cual queda en libertad de aportar su propia respuesta a la pregunta «¿Hay una edad ideal para el análisis?» Después de todo, cuando uno lo concluye, a veces quizá descubre en él que lo que uno deseaba era precisamente lo que tiene.
Puede ser, pero tengo mis dudas.
¿En sí la pregunta no implica el malestar ligado al deseo de cualquier replanteo general? ¿Qué iría uno a hacer a un diván, si no fuera para volverse otro, es decir uno mismo?
Lo primero que se desprende de ello es una pérdida de la inocencia respecto del sonido huero de las vaguedades, desde el momento en que todo consiste en generosidad, caridad o libertad: ya no se puede hacer de cuenta que no se sabe que en ese juego los dados están trucados.
Y a cuántos habré visto lavar sus culpas con una acción pública, a la cabeza de marchas que surcan las calles, con pancartas entre loas a la no violencia y la paz en este u otro sitio, que apenas llegan a sus casas llenan salvajemente de magullones a sus hijos, golpean a sus mujeres y muelen a patadas al perro. Generosidad aplicada a la conciencia universal y diluida hasta el grado cero del enunciado que la sustenta.
Imposible no ver el sadismo que se oculta tras el discurso acerca de la caridad, el poder detentado por sobre quien no tiene nada, gracias a un puñado de pan, un colchón para pasar la noche, un tazón de sopa. En cuanto a la libertad, reivindicada por todos como el más preciado de los bienes, ¿verdaderamente quién la desea? Quien puede asumir riesgos mientras secretamente la mayoría aspira a una posición jerárquica dentro de un grupo donde las relaciones se entablan a través de las órdenes dadas o recibidas, aquel que, de oficio, saca del juego el pensamiento —mi jefe decide en mi lugar— y excluye la responsabilidad: no soy yo, es el Otro.
¿Qué Otro? Tal Otro…
Cimentada sobre los riesgos que implica, la libertad —decir mierda o gritar «no»— requiere mayores cosas y sólo pertenece a aquellos que lo merecen porque, para conseguirla, están dispuestos a dejar la vida.
—¡Estoy harto, harto, harto!
—¿De qué?
—¡De no hacer lo que quiero!
Entró a mi oficina sin golpear.
Unos cuarenta y cinco años, quizá. Seguramente tomó algo para darse ánimo.
—¿Y qué querrías hacer?
—Crear  dirigir un servicio de rewriting.
Concedido.
Duda un momento. La carga de la cólera que había ido incubando para enfrentarme —no es contra mi persona sino contra la función que desempeño— es demasiado violenta para disiparse de un segundo a otro.
—¡No se me paga lo suficiente!
—¿Cuánto ganas?
—Ocho mil.
—¿Y cuánto querrías?
—Diez mil.
—Pongamos quince. ¿Te va bien?
Sale caminado para atrás. Aturdido. Él había ido a restregar sus sueños contra la realidad. En un instante, se hicieron realidad. Está acorralado. ¿Cómo sigue eso? Una semana más tarde, su mujer, muy inquieta, va a anunciarme que él desapareció. Dos días después, se le vuelve a ver el pelo: después del éxito de su entrevista, fue a llenarse de alcohol a un hotel de las afueras. Nunca más hará la menor alusión a su promoción o al aumento.

Pierre Rey: Una temporada con Lacan, Letra Viva, Buenos Aires, 2005, página 200.

La pregunta de la época es: ¿Qué vas a hacer hoy para gozar más?

Entrevista a Éric Laurent, eric8por Héctor Pavón

No todos los días un lacaniano habla sin límites. Por eso esta entrevista tiene algo de excepcional. Lo es, básicamente, porque Eric Laurent, psicoanalista francés, combina sus múltiples saberes para interpretar la sociedad más allá del diván. Laurent estuvo en Buenos Aires y dio una conferencia en el Instituto Clínico de Buenos Aires; presentó el seminario de Jacques-Alain Miller titulado Extimidad y se reunió con sus discípulos locales. Ex presidente de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, es uno de los psicoanalistas más prestigiosos del mundo lacaniano franco argentino.

Las jornadas de la Escuela de Orientación Lacaniana que usted presidió en Buenos Aires llevaron como título “El amor y los tiempos del goce”. ¿A qué se refiere esta expresión?

Significa que el discurso amoroso se modifica a medida que algo de lo real se desplaza en la civilización. El goce es la palabra que designa el hecho. Alude al hecho de que para el sujeto parlante la experiencia del placer siempre incluye un más allá del principio de placer, como decía Freud. Es decir, uno se engancha con algo y puedo incluso pasar a una adicción con la comida, el sexo, el trabajo, la tele, la pantalla, el juego. Un modo de adicción que va mucho más allá del placer. Y es esta zona que designa el goce. Y como estamos en una época de post-liberación sexual, en referencia a la llamada liberación sexual que tuvo lugar en los 70 y con la que hubo un cierto alivio del peso de las prohibiciones, estamos ahora en una experiencia que incluye esto y que nos da una cierta época de pornografía generalizada, más o menos chic, estetizada, con una oferta de representaciones del sexo mucho más amplia que lo que había antes. Así, el sujeto contemporáneo tiene que levantarse cada mañana preguntándose a sí mismo qué va a hacer para gozar más.

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Porn por Tom Nulens

¿Y qué hace el sujeto ante semejante demanda?

Al tener que decidir qué va a hacer para que su vida tenga más placer y más goce se desplaza el discurso amoroso que se vuelve una barrera contra los excesos del goce. Y a medida, precisamente, que existe este empuje superyoico, tipo “qué haces tú para gozar más”, cada vez que el sujeto está enfrentado con esto, para protegerse, el discurso amoroso viene a poner una barrera: que no se puede gozar del todo del objeto amado, y que hay una cierta barrera: la de la dificultad de reconciliar amor y goce, del pudor, la admiración, respeto.

Eso también implica reinventar una época. Para el psicoanálisis, ¿esta época tiene un nombre?

Es la época del otro que no existe; una cierta descreencia en el otro como tal. Y al mismo tiempo, surgen procedimientos de remiendos con cierto corpus moral o legal, o ética, en el cual se confunde o se mezclan el nivel de prescripción legal y de prescripción moral. Que son como estos procedimientos de remiendo del agujero que se ha generado.

Usted hablaba del goce como adicción, o viceversa. ¿Allí entran síntomas sociales como los de la bulimia y la anorexia?

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Karl Lagerfeld /Fuente de la imagen: WHATSTRENDY.NET

Para que se produzca esta epidemia, primero hay que salir de la escasez, del hambre. Una vez que se sale de la necesidad, la pregunta es qué voy a hacer para gozar más. Inmediatamente dice que no hay que vivir para comer. Y vivir para comer puede ser también vivir para rechazar lo que te proponen comer. Karl Lagerfeld decía: “tenemos que exigir de la moda que tengan modelos que tengan un peso normal y no estas anoréxicas”. Pero al mismo tiempo sostenía: “nadie quiere ver mujeres gordas”. Surge un conjunto de cosas que van desde las prescripciones médicas, dietéticas, el discurso de la higiene, la industria de la moda. Todo esto construye un circuito pulsional muy amplio, que va mucho más allá de lo que era completamente taponado por las prohibiciones, del modo de vivir tradicional.

(2011)

Fuente: Clarín

La operación del síntoma

Jean-Louis Gault
Psiquiatra, psicoanalista

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Máscara de hierro


Freud nos ha hecho descubrir una dimensión del síntoma a la que sólo da acceso la experiencia psicoanalítica. Por mi parte, hice la experiencia de esta exigencia clínica la primera vez que encontré al doctor Lacan en persona.
Cuando iba para su consultorio, no sabía que iba a pedirle un análisis. Le había llamado por teléfono, me había propuesto una cita para el día siguiente, y he aquí que me recibía con una exquisita delicadeza. Era yo la persona a quien esperaba. Fui a verlo para presentarle un trabajo que había terminado poco tiempo antes y que quería regalarle. Se trataba de mi tesis de medicina. Había tomado como tema de estudio la cuestión de la palabra y su ambigüedad, tema que había explorado a partir del descubrimiento freudiano del inconsciente y rudimentos de la enseñanza de Lacan, con los que comenzaba a familiarizarme. Yo pensaba que mis cogitaciones tenían el objetivo de retener la atención del propio Lacan.
Ahora bien, después de dejarme exponer el motivo de mi visita, se dirigió a mí para preguntarme:  «Usted es médico, ¿no es cierto?». Le respondí que en efecto lo era. ¿Por qué me preguntaba eso? —pensaba yo—, ¿acaso esta tesis no lo probaba lo suficiente? Agregó: «Usted sabe lo que es un síntoma, ¿no es cierto?». Asentí. Yo creía saber en efecto lo que era un síntoma, por haberlo aprendido en la Facultad de Medicina. Prosiguió: «¿Puedo permitirme hacerle una pregunta?». Le dije que podía. Me preguntó entonces: «¿Usted tiene síntomas?».
La pregunta me sorprendió. No me esperaba para nada una interrogación personal tan directa. No estaba allí para eso. Había ido para recoger su opinión sobre mi trabajo, y quería entrevistarlo en profundidad sobre las paradojas de la palabra, cuyos principios había descubierto leyéndolo. Había tenido más suerte de la que esperaba, y lo notaba a mi pesar. Lacan, al interrogarme sobre mis síntomas, me hacía descubrir el reverso de la demanda que me había llevado hasta el 5 de la calle de Lille.
Al entrar a su despacho, antes de sentarme frente a él, había puesto en sus manos el volumen de la famosa tesis doctoral que estaba tan orgulloso de presentarle. Lacan no lo había agarrado y sin siquiera dignarse a echarle una ojeada, aunque no fuera más que al título de la cubierta, me lo había devuelto sin una palabra, indicándome con la mirada el sillón que me tendía los brazos.
La larga espera que había precedido a ese momento acababa de conocer en un instante su epílogo. Yo había vuelto a agarrar la tesis, y de golpe todo eso me pareció lejano. Me encontraba ante el doctor Lacan que me preguntaba si tenía síntomas. Respondí sin una sombra de duda. Tenía un catálogo listo, y cuando comencé a describir los que más me hacían sufrir en ese momento, inicié mi análisis con él.
Salí perturbado de esta primera sesión. Aferrado al ideal paterno del silencio estoico frente al sufrimiento, había aprendido a callar toda queja personal y, a la manera del filósofo que admiraba, avanzaba enmascarado sobre la escena del mundo. La audacia de Lacan había dado razón de esta postura, él había conseguido aflojar la máscara de hierro, y la verdad había abierto la boca. No podía creerlo. Desde ese momento ya no me detendría e iría a hablarle cada semana hasta el día anterior a su desaparición, en septiembre de 1981.
Repensando más tarde en lo que había sido esa primera entrevista, medí lo que Lacan quería decir cuando definió el psicoanálisis como la operación del síntoma. El psicoanálisis, como procedimiento terapéutico opera, es cierto, sobre el síntoma y pretende con eso modificarlo para aliviar al sujeto, pero hay una segunda operación, que es la que ejerce el mismo síntoma en el interior del dispositivo de palabra que constituye la experiencia analítica como tal. El síntoma despliega allí su acción y desarrolla sus efectos.
Es el análisis el que, por su acción, hace entrar al síntoma en el diálogo analítico. Lacan me había hecho una demostración ejemplar interrogándome, contra toda previsión, sobre mis síntomas. Por esa razón también el analista soporta la operación del síntoma, dado que para analizarlo e interpretarlo es necesario que el mismo analista participe en su constitución.
En el psiconálisis, el síntoma no es una realidad objetiva que el analista podría observar desde el exterior, como puede hacerlo el médico frente a los síntomas de la medicina. Hay, pues, una dificultad en la medicina para reconocer, abordar y tratar cierta categoría de síntomas que no responden a los criterios de la observación científica objetiva. Estos síntomas los encontramos en el psicoanálisis.
Debemos a Freud el haber aislado cierta categoría de síntomas que se desarrollan únicamente en esta realidad transindividual —la realidad del discurso— que él llamó «transferencia». Le ha dado su dignidad a ciertos síntomas que no pueden ser vistos en una imagen del cerebro, pero que, sin embargo, hacen sufrir y son susceptibles de desarrollar un poder de acción considerable en la relación con el otro. Basta pensar en los fenómenos de identificación que pueden desencadenar sorprendentes epidemias de síntomas y hacer temblar el cuerpo social. Tomando la iniciativa de interrogarme sobre mis eventuales síntomas, Lacan actualizaba al mismo tiempo una realidad hasta ese momento obstinadamente callada y que permanecía para mí mismo desconocida, y de la que él aceptaba asumir por una parte la carga. El enunciado de mis síntomas había respondido a la pregunta que Lacan me había hecho. Dando curso a su pregunta, yo había dado mi acuerdo para tomar por cuenta mía lo que saldría a la luz. El síntoma del que se queja en análisis se inscribe en esa realidad de discurso que se despliega en el lazo del sujeto con el otro. Ese síntoma del sujeto no puede ser revelado por un equipo técnico, como puede hacerse en medicina cuando se trata de un síntoma del organismo. Se expresa en la palabra y sólo puede abordarse por la palabra.
Al someterse a la operación del síntoma, que él mismo ha desencadenado, el analista complementa el síntoma del sujeto, se convierte en una parte de ese síntoma y termina siendo el partenaire-síntoma del sujeto. Lacan dio el primer paso en esa dirección invitándome a hablar de mis síntomas. A partir de ese momento dejaba de ser el famoso Jacques Lacan, director de l’Ecole Freudienne de París, personaje idealizado hacia el que me llevaba una transferencia masiva y al que iba a ver para que reconociera el valor de mi trabajo. Se despojaba de esos trastos para convertirse en un personaje enigmático que hundía su mirada en mí. Perdía su identidad para transformarse en algo que yo no conocía. Penetraba en el interior de preciosos síntomas hasta entonces celosamente protegidos, los molestaba, y se transformaba en una parte de mi ser. Por su pregunta, por responderle, me llevaba a alzar el velo que cubría la parte íntima de mi persona para encarnar ese trozo rechazado de mí mismo. Alojado en lo más íntimo de ese núcleo del ser más inaccesible a él mismo, sin embargo, sentado halló, frente a mí, preguntándome, se me hacía extrañamente éxtimo.
Arrancándome de la satisfacción silenciosa de mis síntomas, Lacan hacía saltar un primer cerrojo, volvía a poner el deseo sobre sus rieles, la vida encontraba sus derechos, la aventura podía comenzar.

 


Bernard Henri-Lévy, Jacques-Alain Miller (Comp.): La regla del juego, Editorial Gredos, Madrid, 2008, página 121.

Ya-Nadie y vociferación

Jacques-Alain Miller

«Todo el mundo es loco, es decir, delirante.» Hablando de esta frase terminaré el curso de este año, en el que me dejé llevar por lo que tenía a mi alcance. Lo que perdiera en sistematicidad, pensé, lo ganaría en autenticidad. Tengo la sensación de haber estado por momentos más cerca de aquello que me ocupaba. Y concluir con este «todo el mundo es loco» me da la clave, el título de este año. ¡En hora buena!

Esta frase es de Lacan, pero, como lo dije la última vez, fue proferida desde ninguna parte, desde un no lugar, desde la nulibiedad para actualizar un neologismo que pueden encontrar en los Escritos, inventado por Lacan al referirse a un texto de Jorge Luis Borges.

Nulibiedad

Reconocí la última vez en este lugar aquel del Ya-Nadie. Y ese también hubiese podido ser el título de este año, ya que de alguna forma, yo fui eso este año, Ya-Nadie. Acepté ser atravesado por el momento y me serví de ello. Fui fiel , sin demasiado aparato, a aquello que me pasaba por la cabeza, como debe hacerlo todo analizante digno de este nombre, es decir, conforme a su definición y a su estatuto. Ya-Nadie, ¡qué personaje! Entre paréntesis es un nombre del sujeto, del sujeto tachado, pero con un acento particular puesto en su relación natal con el goce. Ya-Nadie es un personaje que aun no formaba parte del casting lacaniano, sin embargo, podría decir que es el portavoz de Lacan.
Aquello que Lacan llamaba su enseñanza y que yo retomé en forma repetida hasta borrar el nombre de libros, de obras, de trabajos, de teorías. Lo dije después de Lacan, pero con una insistencia unívoca: la enseñanza de Lacan. Enfatiza que su trabajo sea un work in progress, según la expresión de James Joyce, un trabajo en curso, en el que las conclusiones, por tan afirmadas que sean, siempre son transitorias. Hablamos de las tesis de Lacan solo por razones de comodidad a la hora de enseñarlo en el Departamento de Psicoanálisis, ese espacio que promoví en la universidad.
Aunque nunca de manera definitiva, hablé se su enseñanza. Esto es lo que tenemos que revisar ahora al comentar la frase «todo el mundo es loco», puesto que la enseñanza no sale indemne de este comentario, en tanto ataca la posibilidad misma de un matema del psicoanálisis. Lo cual muestra el aspecto patético del camino recorrido por Lacan. Al decir esto, estoy retomando la misma expresión asignada por él  en este texto al nombre de Freud. Esta enseñanza —ya que desde el comienzo de este curso la llamé así— es aquello que se dice, se profiere, se profesa, se vocifera. Y para vociferar hay que tener un cuerpo, hay que dar de su persona y no solamente de su sujeto, esta enseñanza se vocifera desde  el lugar de Ya-nadie.
Allí es, diría hoy, donde Lacan se plantó. Y lo que revienta en este último texto ya estaba allí a la espera de desarrollar sus consecuencias y sus estragos desde el momento en que Lacan tomó la palabra. Palabra es un término que en realidad apaga el estallido que comporta la palabra vociferación. La vociferación le añade a la palabra el valor, la dimensión, el peso de la voz, es decir, lo que viene de sobra en lo que llamamos tan amablemente la relación del analista con el analizante. El término relación permite disimular aquello de lo que se trata, esta frase permite restituirlo. El lugar de Ya-Nadie es seguramente el lugar del sujeto, pero concebido, nombrado, en tanto redondel quemado de la maleza del goce.
Y tomar la palabra, el simple hecho de hablar, es ya repercutir, hacer rodar, esa parte extraída en la maleza que es el objeto a como voz. Habría que añadir que la voz va más lejos que el objeto a, al estar siempre bajo la sospecha de solo ser un semblante de goce debido al aparato del significante. El lugar del Ya-Nadie es el lugar del sujeto pero designado desde antes, si así se puede decir, desde antes que el significante desenrolle sus volutas capciosas des las que les doy aquí el ejemplo al forzar la elocuencia. Esas volutas capciosas que hacen olvidad que ahí donde se sufre, se goza.
Se dice que escuchar es una política, un medio de dominación, ya nada más común, incluso cuando se interpreta lo que se escucha, cuando lo que se dice se interpreta como significado de otra cosa, significando más, significando algo que está dejado de lado. El psicoanálisis está lo suficientemente expandido como para que haya clínicos que escuchen interpretando. Pero la frase «todo el mundo es loco» apunta a eso que, como analista, se trata de escuchar en lo que se enuncia en la boca del paciente, lo que se vocifera del lugar de Ya-Nadie. Y la vociferación no es un enunciado. Un enunciado , a su vez, no es una proposición. Una proposición puede ser dicha verdadera o falsa, o si se quiere ampliar el binarismo, contradictoria o paradójica. Fundamentalmente, una proposición está subordinada a la matriz de lo verdadero y lo falso. Un enunciado, por el contrario, es un hecho, no un valor. Pero un enunciado está subordinado a la matriz binaria del enunciado y de la enunciación, que forma un par.
Hoy diré que la vociferación, que acabo de colocar como el tercer término después de la proposición y el enunciado, supera la división del enunciado y la enunciación, que es enunciado y enunciación como indivisibles; que, a diferencia del enunciado, la vociferación no se suspende, no se distancia de quien la pronuncia, incluso cuando no hay semejante quien, no se distancia de donde se pronuncia. es decir que incluye su punto de emisión.
A pensarlo, esto significa recordar que lo que consideramos como enunciados de Lacan sólo tienen instancia justa desde aquel lugar en el que se dijeron. Lacan lo recordaba una y otra vez, a menudo bajo la forma de la reivindicación, del quejarse del plagio y del robo, cuando se tomaban sus dichos como enunciados para deformarlos, enseñarlos en su nombre, lo cual se hace hoy día a gran escala, y algo tengo que ver con ello. Pero va mucho más allá de la queja o de la reivindicación, significa pedir que aquello que hemos recibido como su enseñanza tenga estatuto de vociferación. Es así que nos acercamos a lo que podría llamar «cómo escuchar a Lacan.» Hay una vociferación que debemos entender como dicha desde el lugar de Ya-Nadie, una vociferación que sirve para orientar —para retomar así un término del que hice el título general de este curso desde que lo empecé antaño y con los años que de acumulan— la escucha psicoanalítica y que pone esta práctica aparte a tal punto que me vi obligado por momentos a señalar su inhumanidad. En efecto, no es humanista, aunque pueda hacerse valer como una parodia del humanismo, que me gustaría mostrarles al terminar, si llego.

Jacques-Louis David – The Death of Socrates, 1787

Jacques-Alain Miller: Todo el mundo es loco, Buenos Aires, Paidós, página 331.

 

La «acción analítica»

Jacques-Alain Miller

¿De qué se trata en «La dirección de la cura y los principios de su poder»?
Para empezar, podemos decir que se trata de la acción analítica, entendida como la acción del psicoanalista. Ese texto es el testimonio de un analista que trata de pensar lo que hace en su práctica, sin prejuicios, en su autenticidad. Y eso implica primero, para un analista, reconocer que se queda  una parte oscura, de misterio, para él mismo, en los efectos que produce. Puede ser en los mejores casos lo que estimula a los analistas a pensar y a repensar de manera interminable el psicoanálisis. Uno se puede burlar de los analistas, es una de las cosas más fáciles en el mundo —sus analizantes se burlan del analista, ¿cómo no?—; se puede burlar de los analistas en grupo, que repiten de manera interminable las referencias de Freud y de Lacan, again and again, buscando una verdad que escapa en esa repetición. Pero se puede también tener respeto por esa repetición que a veces traduce el sentimiento que se queda para ellos mismos, en su propia acción, en los propios efectos que produce, algo que los traspasa. Y eso es también lo específico de lo que llamamos el inconsciente gracias a Freud y a Lacan, porque después de Freud se había olvidado el concepto mismo de inconsciente. Parecía un concepto arcaico de Freud y en la psicología del yo era muy poco utilizado y descartado. Lo que llamamos inconsciente es algo con lo cual no hay una buena comprensión, no tiene, el analista tampoco, manera de entenderse bien con el inconsciente, no es un amigo leal, un compañero al lado del cual uno puede sentirse cómodo; al lado del Dr. Mansur me siento muy cómodo, pero al lado de su propio inconsciente uno no se siente muy cómodo. Freud ha presentado el inconsciente como algo que siempre traiciona al sujeto; el lapsus, el acto fallido, son manifestaciones de traición. El inconsciente es traidor y cada uno desconfía del suyo.
Esto hace también a la dificultad de improvisar charlas en el ámbito del psicoanálisis: la audiencia no perdona al conferencista, psicoanalista, sus eventuales lapsus, lo que hace de eso cada vez una partida con su propio inconsciente. Además, cuando es en otra lengua que la lengua materna, tiene también su dificultad. Pueden referirse al texto  de Lacan, cap. IV. «encontrar la comprehensión, en contra de entender», para desvalorizar el hecho de entender, y eso es un tema fundamental por cuanto, finalmente, uno no entiende el inconsciente. Se repiten cosas pero eso no constituye una comprehensión. Entonces, en este texto, Lacan siempre presenta proposiciones asertivas, pero hay que captar también el patetismo de su búsqueda, aunque no lo pone él mismo en evidencia.
¿Qué hace exactamente el analista? Ésa es su pregunta a él mismo. ¿Qué debe hacer para obrar conforme a la esencia del psicoanálisis? Hay cierta paradoja al centrar la pregunta sobre la acción del analista, porque si hay en el mundo un personaje que no parece hacer mucho, es el analista, a tal punto que hay como un aspecto, un aura de pereza alrededor del analista; no parece trabajar. Incluso, muchos años después de este texto, Lacan dirá: bien, evidentemente el paciente trabaja, el analista hace el acto analítico, pero el trabajo analítico lo hace el paciente, el analista en cierto modo lo pone a trabajar. Cuando vemos un cirujano o un trapecista, trabaja; el analista es más complicado, nos obliga a repensar lo que es el trabajo. En cierta medida el analista no hace nada y pueden encontrar, en las primeras páginas de ese texto también, la teoría que retoma Lacan del no hacer del analista. Lacan mismo en textos anteriores ha teorizado el no hacer del analista, que para lograr mantenerse en el no hacer y, eventualmente, en el no decir, es necesaria una formación; porque la agitación corporal, la compasión, ir a buscar al otro, dar un consejo, moverse, ver al otro, pegarle, acariciarlo, todo eso produce cierto placer al ser humano; se puede entender que hay una forma superior del no hacer que es como el colmo de una formación, y que solamente a los ignorantes parece una pereza común. Lacan busca referencias en las sabidurías orientales. Por ejemplo, en su texto anterior que se llama «Variantes de la cura tipo», se refiere a la vía del analista, la vía es el tao, habla del parentesco que hay entre el tao y la posición analítica del no-hacer. Pueden encontrar en el cap. I de este texto, punto V, la comparación que hace Lacan entre el análisis y el bridge y dice que el analista se apoya en lo que se llama en el bridge «el muerto»; en textos anteriores Lacan compara al analista con el muerto del juego, y habla de la caracterización de la posición del analista. Pero en cierta medida en este texto Lacan habla contra esa teoría del él mismo; es decir no se satisface con la idea de la posición analítica como una posición de no hacer y, al contrario, elabora como novedad una teoría de la acción analítica, más allá de la descripción de la posición analítica como de un no hacer, con la idea de que el analista, en su modo propio de no hacer, revela algo de la verdad de cada acción humana. Ahora bien, este texto no es de teoría pura y en realidad el analista no es un contemplativo; en eso por lo menos se distingue del taoísta o del filósofo «al estilo de Platón» como contemplativo. Y el analista no es un contemplativo, porque el inconsciente no se contempla, porque ya no se queda inmóvil suficiente tiempo para que uno lo pueda contemplar; se mueve, como el deseo: un momento acá, otro momento allá. Y es difícil casarse con el deseo; uno se casa con una persona del otro sexo, pero no se casa con el deseo, y a veces confundir las dos cosas produce algunos problemas.
No es un contemplativo y en este texto Lacan trata de elaborar la teoría de la «praxis analítica», el término que vuelve también en el título del capítulo IV del texto cuando se pregunta: «¿Cómo actuar?», y responde: «con su ser.» Pero «¿cómo actuar?» es la pregunta del texto. Por supuesto, trata de ubicar esa acción con referencia a una estructura muy precisa que no aparece de manera evidente en el texto, que hay que recomponer, cosa que haremos. La expresión «la acción analítica» se encuentra varias veces en el texto. A veces hay que leer un poco a Lacan como se leyeron los jeroglíficos, y también como Freud descifró el inconsciente, es decir, estando atento a las repeticiones. «La acción analítica» entonces es una preocupación, una expresión que vuelve regularmente en este texto; por ejemplo, en el capítulo V, punto 16, tercer y cuarto parágrafos, ahí, en la última parte del texto, Lacan dice: «Es increíble que ciertos rasgos que sin embargo desde siempre han saltado a los ojos de la acción del hombre como tal no hayan sido aquí sacados a la luz por el análisis.» Y después describe cómo percibe la acción humana a partir del punto de vista analítico: «Nos referimos a aquello por lo cual esa acción del hombre es la gesta que toma apoyo en su canción. Esa faceta de hazaña, de realización, de resultado estrangulado por el símbolo […] aquello en fin por lo cual se habla de un paso al acto, ese Rubicón cuyo deseo propio está siempre camuflado en la historia en beneficio de su éxito, todo aquello a lo que la experiencia de lo que el analista llama el acting-out le da un acceso casi experimental, puesto que él domina todo su artificio, el analista lo rebaja en el mejor de los casos a una recaída del sujeto, en el peor a una falta del terapeuta.»
Se queda uno estupefacto ante esa falsa vergüenza del analista ante la acción en la que se disimula sin duda una verdadera —una verdadera vergüenza—, «la que tiene de una acción, la suya —la acción analítica—, una de las más altas cuando desciende a la abyección.» Resulta difícil seguirlo cuando se lo lee o escucha por primera vez, estoy tratando de ver o de sentir si perciben el sentido. Lo voy a tomar solamente como testimonio, que es realmente lo que está en las últimas páginas del texto, nodal, un hilo conductor en la lectura de ese texto de Lacan, la preocupación por la acción y el cómo de la acción analítica, que parece un no-hacer, que devela algo de la acción humana. Ese tema Lacan lo va a continuar muchos años después en un seminario que se llama «El acto analítico» y ese seminario complementa esta «Dirección de la cura…» La preocupación por la acción humana es anterior en Lacan y, la ha estudiado en lo que llama «sofisma de los tres prisioneros», en «El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Un nuevo sofisma.» Ese análisis del tiempo lógico es sobre la estructura de la acción humana, porque demuestra, mediante el sofisma, que si los personajes del cuento no actúan, nunca van a poder descubrir la verdad. Deben actuar sin saber la verdad para poder descubrirla; es decir , deben actuar, precipitar una conclusión sin tener la conclusión lógica ya hecha. Por eso habla de tiempo lógico, porque introduce un factor temporal en la búsqueda de la verdad. Hay que anticipar con la acción la posesión de la verdad y después verificar esa certeza en una precipitación. En ese texto de 1944, «El tiempo lógico…», es decir, catorce años antes de «La dirección de la cura», Lacan escribe: «La verdad se manifiesta avanzando sola en el acto que engendra su certidumbre.» La verdad depende de un acto, eso es lo que trata de demostrar. «Inversamente el error, como confirmándose en su inercia y engarzándose difícilmente para seguir la iniciativa conquistadora de la verdad.» Una verdad que va conquistando, y más allá del saber que detenta antes.
El texto «La dirección de la cura…» de manera velada se apoya en ese tiempo lógico, en esa doctrina de la acción, del acto, que anticipa sobre el saber que uno detenta y que abre el camino conquistador de la verdad. Uno no puede solamente someterse a la realidad. La verdad es de un orden , un registro distinto y en cierto modo superior a la realidad.»

(1992)

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Herbert James Draper, Ulises y las sirenas. 1909


Jacques-Alain Miller: Conferencias porteñas, tomo 2, Buenos Aires, Editorial Paidós, página 177.

Imagen: Wikipedia