Lo que el psicoanálisis me enseñó

Antonio Di Ciaccia
Psicoanalista

Antonio Di Ciaccia.

La madre superiora de una orden de clausura me llama por teléfono. Desea que vea a una nueva «vocación» para su monasterio. Antes de la admisión, en el transcurso de la reunión capitular, las monjas se habían hecho algunas preguntas en relación con este pedido. La madre superiora había entonces apelado a monseñor, esperando de su parte una aclaración que pudiera orientarla sobre cómo seguir. Éste había propuesto que la joven candidata realizara unos tests psicológicos. Las religiosas pensaron en presentarme el «caso», confiadas en los buenos resultados «personales y sociales» que ya habían constatado en otra situación difícil en que una joven monja había armado alguna gresca en el monasterio «porque el Cristo le hablaba y le decía qué hacer».
Hice notar a la madre superiora que mi intervención había consistido en un trabajo clínico que atañía a la religiosa misma y al discurso que me había remitido. Si eso había seguido un resultado positivo para la comunidad monástica, me alegraba, pero la cura había tenido otro objetivo: concernía solamente a ese sujeto, a esa hermana precisamente. Mi trabajo no fue evaluarla ni juzgarla apta para tal o cual vocación. Eso había permitido que pudiera encontrarse en su propio discurso. Haciéndolo, el Cristo había empezado a hablarle menos; después terminó callando. Y esto había tranquilizado a la comunidad entera. «Querida madre superiora —le dije—, en relación con el caso de la candidata que usted me propone ver, no podría seguir un camino distinto. De todos los caminos que propone la psicología no conozco otro que el freudiano. Por otra parte, usted sabe muy bien cómo arreglárselas para evaluar una vocación sin utilizar tests psicológicos. No pierda su saber trocándolo por otros bienes, aun cuando  éstos muestren aspectos científicos. ¿Qué puntuación habrían obtenido en un test de personalidad un san Agustín o un san Jerónimo, tan pesadamente afligidos en su carne? ¿Y santa Hildegarda de Bingen o santa Teresa de Ávila, tan presas en un mundo fuera de lo común? ¿Y el papa Inocencio III no tuvo razón al confiar en su sueño para detectar en san Francisco de Asís al polarizador de un movimiento de hermanitos medio espirituales y medio locos?» La madre superiora, dama de una gran inteligencia, asintió, y dejó los tests para monseñor.

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Éxtasis de Santa Teresa, Bernini.  http://www.stj500.com/

Esta breve historia que me sucedió hace poco no podía no recordarme una situación más antigua, la mía. Como he contado en otra parte,¹  mi encuentro con el psicoanálisis se produjo también sobre el fondo de una cuestión religiosa. Frente a un sufrimiento agudo ligado a la elección que había hecho (hacerme religioso y sacerdote), había conseguido encontrar en el psicoanálisis no sólo un alivio a mi tormento, sino una verdadera salida por un agujero inesperado. Y eso sin compromiso alguno.
Para decir las cosas de la manera más justa, hablar de un encuentro con el psicoanálisis no es nunca exacto, porque si hay encuentro, es con un psicoanalista, ese del que un sujeto puede llegar  decir: es el mío. Es el mío, exclusivamente el mío, aunque muchas veces sea, el pobre o la pobre, el analista de algunos otros. Ese a quien vamos a investir con las insignias de nuestro inconsciente se convierte rápidamente, poco tiempo después de los primeros encuentros, en alguien privado. Privado porque es el nuestro. Tan nuestro que parece que estuviera allí desde siempre. Pero privado también, porque está, si es verdaderamente un analista, siempre en otra parte. De hecho, todo eso no tiene ninguna importancia sino para subrayar que el psicoanálisis, para que funcione, debe estar encarnado. Pero esta encarnación debe escapar como la peste a todo abuso de poder, so pena de rebajar el psicoanálisis al nivel de cualquier práctica de sugestión.
En lo que a mí respecta, resumiría la cuestión en estos términos: ¿cómo permanecer fiel a mi pasión, a pesar de los cambios que, por la cura analítica, se habían operado en mi existencia?
Para eso sirvió mi análisis. Primo, aceptarme por lo que yo era, sin adornarme ni precaverme con ilusiones, las mías o las de alguien cercano. Secundo, advertir que el objeto de mi deseo —que era también eminentemente el deseo de los otros, principalmente el de mi madre— no  tenía nada que ver con lo que le causaba ese deseo. Tertio, si bien el objeto del deseo podía volverse caduco, el objeto que lo causaba no había caducado en absoluto: por el contrario, la causa que alimentaba la pasión deseante se ejercía a pesar de la contingencia del objeto. Quarto, para alcanzar ese objeto que causaba el deseo, debía pasar por una verdadera renuncia: renunciar a todo lo que se presentaba bajo alguna marca susceptible de recubrir un agujero. Ese agujero que es el mío. Ese agujero es un lugar sin etiquetas, sin objetos fútiles, un lugar sin nombre. Sin embargo, no es simplemente un vacío. Porque un agujero es un vacío con un borde. Y el psicoanálisis —mi psicoanálisis— me sirvió para hacer el recorrido de ese agujero, para explorar sus bordes hasta el punto de poder habitar, sin ninguna angustia ese lugar vacío: para, simplemente, estar allí.
Lo que el psicoanálisis me ha enseñado es que ese agujero, ese agujero sin nombre y que no conozco, es, sin embargo, lo más precioso que tengo. Porque allí soy extraño a mí mismo, siempre extranjero, trascendente diría, sin por ello ser de ningún modo divino, sino simplemente un ser mortal.
Desde ese lugar vacío puedo escuchar a un sujeto que me habla. Pero también desde este lugar vacío puedo amarlo como mi prójimo. «Porque en él, este lugar es el mismo», como dice Lacan.² Y finalmente desde ese lugar vacío puedo amarme como siendo, para mí mismo, mi propio prójimo.

 

Jacques-Alain Miller, Bernard-Heri Levy (Comp.): La regla del juego – Testimonios de encuentros con el psicoanálisis, Gredos, Madrid, 2008, página 92.


¹. Antonio Di Ciaccia, «L’homme qui voulait être pape» en Qui sont vos psychanalystes?, Seuil, París, 2002.

². J. Lacan, Le triomphe de la Réligion, predecido por Discours aux catholiques, Seuil, París, 2005 ⌈Trad. Cast.: El triunfo de la religión: precedido del Discurso a los católicos, Paidós, Buenos Aires, 2006.]

La lámpara de Edison

Pauline Prost
Psicoanalista

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En El racionalismo aplicado Gastón Bachelard nos ofrece una hermosa imagen de corte epistemológico: la humanidad, dice, ha producido luz siempre por medio de técnicas e combustión, haciendo arder algo; el genio de Edison es haber inventado el medio para dar luz impidiendo que arda una materia: en el vacío, el filamento titila pero no se consume. En ello se puede encontrar la alegoría, el emblema de la revolución freudiana.
El inconsciente freudiano no es el inconsciente de siempre, dice Lacan. ¿Por qué? ¿De qué fuente bebían los humanos, qué fuego atizaban para iluminar su camino en la existencia? Puede arriesgarse esta respuesta: el inconsciente se apagaba en el amor.
«Al principio era el amor». Amor al amo, variante del amor al padre, en las sociedades autoritarias y en las religiones, amor al saber, bajo el régimen de la Sabiduría y, más tarde, de la Ciencia, amor por la Verdad finalmente, acorralando el saber en sus fallas y sus límites, en los momentos de subversión, colectiva o individual. Cada uno de los momentos de la Historia, que Lacan llama universos de discurso, encuentran el limite donde se consume el deseo, y dejan el lugar a un nuevo amor. Freud se adelanta en la escena donde flamea la histérica, figura eminente de la subversión, y, nuevo Edison, inventa el lugar vacío donde ella titila y traza el camino de un saber inédito.

Lo ídolos y el completamente -otro

En la caravana del mundo, la escena analítica cual tabernáculo del Éxodo, es una tienda vacía. En este espacio despejado, si no deshabitado, la queja, la demanda, los remordimientos y la angustia pueden desplegar su letanía evitando los dos escollos de todo diálogo: la pregunta y la respuesta. Si el otro, en efecto, me pregunta, me interroga, él me impone, bajo el velo de su interés, sus esperas, sus referencias, su vocabulario. La pregunta, a fortiori, el cuestionario, es siempre hipócrita, porque aunque aparenta ignorar, es a partir de lo que se sabe que se pregunta, a partir de lo que parece importante, útil, sensato. Por eso toda pregunta, y ésa es su astucia, contiene ya su respuesta. Al sujeto que llega con su pregunta «¿Qué debo hacer?» o «¿Quién soy yo?», el análisis le ofrece tan sólo una respuesta: tú puedes saber, con un saber que nadie más que tú detentas, pero que solamente puede  enunciarse con una palabra, dirigida a otro que se convierte en testigo de ella, palabra en la que cada uno hace entrar sus maneras de decir, sus imágenes, sus sueños, su historia, procediendo a una «puesta en intriga» de su vida. Ningún diagnóstico, psicológico o médico, puede desposeer al sujeto de esta dramaturgia singular en la que, al construir su épos, el sujeto no puede compararse con ningún otro.
Porque el análisis desidentifica. Toda identificación es un esfuerzo por vestirse con los oropeles de otro, tomar prestado su hábito, su prestancia, sus certezas. El análisis cura para siempre de la supuesta consistencia del otro. El sujeto desidentificado sabe ver la división, la falla, escapando a la fascinación celosa por quien se ofrece en la brillantez del espejo.
Por eso el psicoanálisis está a contracorriente de todos los ofrecimientos de ayuda al desarrollo de sí, del aprendizaje de la autonomía, del vademécum del «saber seducir o saber imponerse», ser amado u obedecido, doble impasse de la demanda, doble fracaso del deseo. La abdicación del sujeto, bajo la apariencia de «desarrollo personal», toma su forma más monstruosa en la práctica del coaching, en el cual el sujeto delega en el experto, ángel de la guarda, daimon o suplente, doble, el cuidado de su existencia.

Pasajero clandestino

Intempestivo, inactual, a contracorriente de cualquier intención de normalización, el psicoanálisis sufre las consecuencias en la opinión pública, y muchas veces las desencadena, al revelar y asumir lo que se esconde detrás del llamado a los semblantes de la conformidad: la búsqueda de goce, el individualismo, la aspiración a un «ser sí mismo» sin límites ni trabas, llamado ciego pero tanto más insistente en una singularidad refractaria al lazo social, a los grandes ideales de identidad como han sido la religión, la política o la familia. Ese lazo social inencontrable se busca paradójicamente en la «comunicación», «la transparencia», la exhibición de sí.
El psicoanálisis tiene el privilegio de ir hasta el fondo de esta lógica de lo único. Sabe y hace apreciar a quien se compromete que el «sí» tiene cierta relación con el goce imposible de compartir. Aprende a no dejarse engañar por el llamado del otro «que me comprende», porque por haber ido hasta el fondo de los poderes de la palabra, escapando de la impostura del «lo he comprendido», él sabe que, sobre eso que le es más cercano, hay un imposible de decir que abre el campo a lo que es para hacer.
Al filo de una palabra que descubre la obligación escondida bajo su aparente libertad, la cura analítica depura la voluntad de decir, disipa el espejismo de cualquier elucidación. La ascesis del análisis, su lentitud, su eternización a veces, testifican la dignidad de la palabra, su valentía interpretativa, sus efectos de sorpresa, de creación, de poesía, difiriendo sin cesar y haciendo retroceder al infinito el punto en el que el sujeto es liberado de la pasión por hacerse comprender.
Solamente el silencio atento del otro, invitando al sujeto a recorrer sin descanso los meandros de su historia, a utilizar sus significaciones hasta los límites del sinsentido, ofrece a cada uno el acceso a su punto de silencio, reserva y recelo de su voluntad de vivir, que lo hace apto para acoger todos los ruidos del mundo.


Jacques-Alain Miller, Bernard-Heri Levy (Comp.): La regla del juego – Testimonios de encuentros con el psicoanálisis, Gredos, Madrid, 2008, página 246.

La esperanza en los genes

Mercedes Ávila

Hay noticias que ya no asombran porque se repiten todos los días. Sin embargo no deben tomarse a la ligera.
Actualmente -en realidad desde hace ya muchos años, pero ahora quizá con más fuerza que antes- se asiste a un movimiento de busca de respuestas en los genes. Todas las esperanzas del porvenir del hombre se hallan puestas en el código y su desciframiento, en entender qué se esconde en el engranaje genético y claro, en las posibilidades de modificar ese código esquivo, para alcanzar ya sea la perfección, la felicidad, la inmortalidad, en todo caso los ideales de los que buscan en el laberinto del código.
¿A qué llevará todo eso? Tal vez a Un mundo feliz, tal como lo imaginaba Aldous Huxley. En el punto en el que estamos es difícil no pensar en ello.
Algunos psicoanalistas se han pronunciado al respecto. Por ejemplo Jacques-Alain Miller en El futuro del Mycoplasma Laboratorium. Lo que señala allí es importante, pues habla de una posición ética frente a todo lo que vendrá y frente a todo lo que está ocurriendo.
En estos días, en un periódico español se ha publicado la siguiente noticia: «El genetista James Watson afirma que la inteligencia no es igual en todas las razas» (El título de la nota periodística fue modificado. Originalmente rezaba: «El genetista James Watson afirma que los blancos son más inteligentes que los negros.»)
El conocimiento acerca de los genes aparentemente no traerá liberación, sino suplicio. Seguramente todo seguirá mal pero, ¿cuándo las cosas han ido bien con el hombre?
Podríamos ser optimistas, en el sentido original de ese término, y aquí yo deseo serlo. Creo que el sujeto prevalecerá. Es inevitable, tal vez incluso ocurra como lo describen en las reiterativas películas que cada año se producen, sobre todo en la actual capital de la industria cinematográfica. En ellas se habla siempre del futuro del hombre y hay en esos mundos imaginados máquinas que son casi humanas o que, por lo menos, intentan serlo. Y entonces esas máquinas hablan y piensan y hasta sienten… y ellas devienen los sujetos en un mundo de hombres que son meros consumidores (con suerte.) Pero es sólo un sueño porque a las máquinas les faltará siempre algo: la sexualidad.
Y es justo lo que hace vanas las esperanzas de los que buscan poder alcanzar sus ideales a través del código. La relación-proporción sexual no puede ser inscrita, y por tanto no está oculta en ningún código genético esperando ser descifrada. Es la intrusa en el cuerpo y viene de otro lugar, no de la biología. Y basta sólo saber eso para tener otra esperanza: que el sujeto se imponga.
Tal vez la esperanza en los genes sea, como en aquel relato de Villiers de L’Isle Adam, sólo una tortura para los genetistas y los biólogos, y también para todos los hombres. Claro que ellos, como hombres de ciencia, no llegarán nunca a saberlo. Es la poesía la que lo sabe. El secreto está en el lenguaje.
Unas líneas de Borges ilustran a los que sueñan con descifrar y reconstruir a través de sus ideales.

Y mientras cree tocar enardecido
el oro aquel que matará la Muerte,
Dios, que sabe de alquimia, lo convierte
en polvo, en nadie, en nada y en olvido. [1]

josephwright-alchemist
Joseph Wrigth, 1771. El alquimista, en busca de la piedra filosofal, descubre el fósforo y ruega por el éxito y la conclusión de su obra como era la costumbre de los antiguos astrólogos alquimistas

2007

[1]Jorge Luis Borges (1958): «El Alquimista«, El otro, el mismo, en Obras Completas, Tomo II, Barcelona, Emecé, 1996.

Fuente: Letras – Poesía – Psicoanálisis

Las palabras no fallan -Sobre Virginia Woolf-

English novelist and critic Virginia Woolf (1882 - 1941).   (Photo by George C Beresford/Getty Images)
Virginia Woolf (1882 – 1941). (Photo by George C Beresford/Getty Images)

Mercedes Ávila
Sebastián A. Digirónimo

La BBC de Londres realizó, en el año 1937, una serie radial titulada “Words fail me.” Una de las participantes de esa serie fue Virginia Woolf.  El artículo titulado “Craftsmanship” nació como resultado de esa serie, y luego fue publicado en el libro The death of the moth and other essays, ello en el año 1942.

Actualmente, por una de las bondades de la tecnología, podemos acceder a esa grabación radial, y ello la rescató del encierro y del olvido, que siempre nos acecha a todos. Basta escribir en la computadora el nombre de Virginia Woolf, y entre los miles de resultados encontraremos su propia voz.

Escuchar la voz de Woolf puede encender la fe poética e invitar a pensar en la relación que las palabras tienen con los hombres, con esos seres que, extrañamente, para bien y para mal, hablan.

Woolf habla del inglés como de un idioma viejo, que le dio la oportunidad a los poetas de inventar palabras. Y es ciertamente un idioma hecho por la poesía, pese a que en la actualidad algunos creyeran que fue hecho para los negocios; un idioma que recibió (y aceptó) influencias de todos lados. Y las recibió y las hizo suyas (que es lo que más importa.) Hecho por los poetas, entonces, pero a medida que avanza en su hablar, Woolf revela que las palabras funcionan solas, exigen respeto, se mezclan entre ellas independientemente de la voluntad de quien desee usarlas. Restringir esa libertad las arruina. Sin embargo, ¿son las dos afirmaciones opuestas? Los poetas son los que hacen los idiomas, pero en los poetas habla la poesía, que es decir el lenguaje mismo en su forma más pura. Dice Woolf, por ejemplo: «The splendid word incarnadine, for example – who can use that without remembering multitudinous seas? (…) Words belong to each other, although, of course, only a great poet knows that the word incarnadine belongs to multitudinous seas.» Luego agrega: «Think what it would mean if you could teach, or if you could learn the art of writing. Why, every book, every newspaper you’d pick up, would tell the truth, or create beauty.» Inevitablemente surge la pregunta: ¿se puede enseñar el arte de escribir? ¿Puede aprenderse el arte de escribir? En estos tiempos en lo que todo parece estar al alcance la mano, en el que se cree que “impossible is nothing”, como reza una publicidad, las palabras siguen siendo un obstáculo. Ellas, más que nunca, muestran que hay imposible, y que hay algo que no puede enseñarse porque su transmisión queda librada a algo más que la voluntad de quien habla.

Woolf las describe como salvajes, que funcionan solas, y se rebelan, llega incluso a afirmar que son “vagabundos irreprochables” a los cuales es inútil imponer cualquier ley. Y las palabras son salvajes, y se rebelan, y nosotros vivimos entre ellas como extraños que no saben a qué lugar pertenecen. Woolf nota que hay un cierto desprecio por las palabras, y esa falta de amor por ellas se delata en la falta de un gran novelista, un gran crítico, un gran poeta. Ella lo afirmó en 1937, nosotros podemos afirmarlo hoy, quizá con más fuerza todavía. Se escucha en su voz la queja por la falta de respeto para con esas ninfas volátiles, como si ellas pudieran ser usadas sin ton ni son, como si fueran una herramienta que se usa a disposición y antojo; sin embargo, esta poetisa sabe que los usados somos nosotros, como lo supieron siempre todos los poetas y como, más importante todavía, lo sintieron (Borges diría “en la carne y en la sangre.”)

¿El desprecio por las palabras hace que tengan menos efecto sobre nosotros?, ¿las anula?, ¿nos libera de ellas? Es quizá la ilusión del imposible is nothing la que lleva a ese desprecio a todas luces inútil.

Cualquier ser humano siente que hay algo entre él y el lenguaje –entre él y las palabras– que no funciona del todo. El poeta es quien se atreve a hacer algo con eso, pero esto indica que todos los seres hablantes podrían ser poetas, que para ello basta sólo con atreverse (que no es poca cosa.) Y como bien menciona Woolf, no se trata de disponer de diccionarios, o por lo menos no sólo de eso. Las palabras están encerradas en libros, en diccionarios, conjugando en su soledad la posibilidad de la obra perfecta, la posibilidad de transmitir lo inefable… sin embargo no están allí. No basta conocer las palabras para lograr de ellas algo más de lo que otros han logrado. Es la misma fantasía que se presenta en quien espera que el corrector de cualquier procesador de textos hiciera por él un gran escrito, una gran obra. Está en juego aquí la ilusión que se manifiesta en la palabra producción. De repente todos hablan de la producción de textos, como si la producción hablara de la obra artística. Pero una obra artística no se produce, se crea. Se producen cosas en serie, y la obra artística es todo lo contrario de la serie, es siempre única si es obra de arte.

Volvamos a las palabras. Woolf dice que están en la mente, nosotros creemos que no están en ningún lugar. Creemos que a veces, cuando algo extraordinario se produce, ellas acuden en nuestra ayuda para transmitirlo; y muchas otras veces sólo nos revelan que no alcanzan, y que es necesario inventar.

El psicoanálisis implica, como la poesía, usar las palabras para inventar algo nuevo, sin ellas no se llega a ningún puerto, pero si sólo nos quedamos con ellas nos estancamos. Las palabras son, al mismo tiempo, condición de posibilidad y obstáculo para un psicoanálisis. Despreciar las palabras no sirve. Hay que atreverse a crear una vez, y otra, y otra. Como los poetas.


Publicado en Revista Litura no todo psicoanálisis, n° 3, octubre 2011


Fuente: Letras-Poesía-Psicoanálisis


El aprendizaje de saber perder

Jorge Alemán Lavigne
Filósofo, psicoanalista

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Jorge Alemán Lavigne -fotografía de Marta Jara- (modificada)

¿Cómo saber cuándo alguien se encuentra con una disciplina? Un encuentro que merezca ese nombre es siempre portador de las marcas de lo imprevisible. Todo lo importante nos llega de modo imprevisto, pero lo imprevisto necesita tiempo para prepararse. En este caso lo imprevisible se fue preparando a partir de distintas escenas, escenas que de algún modo introducían una orientación hacia un cierto tipo de psicoanálisis. En primer lugar algunos sueños y pesadillas de la infancia, pues de manera muy temprana supe, de modo espontáneo, sin reflexión y sin indicación de nadie, que esos sueños concernían a lo más crucial de mi vida. especialmente me impactaba el carácter «ultraclaro», la extraña nitidez de algunos sueños y el tiempo que le llevaba a la vigilia reponerse de ese impacto. De un modo prerreflexivo, intuí que si algo no se puede significar y se presenta a nosotros con una opacidad radical y a la vez, sin saber por qué, nos concierne, esto exige que intentemos ponerlo en palabras o por escrito o narrarlo para alguien. Y esto lo empecé a intentar desde mi adolescencia. Por ello, siento haber tenido un presentimiento muy primario de lo «real lacaniano», en particular, a partir de sentir que podía intentar pensar algunas cosas por mi cuenta y descubrir que pensar sin obsesionarse es una especie de felicidad.
También el hecho de que mi escritura fuese ilegible desde el punto de vista caligráfico, y que muchas veces el profesor devolviera un examen sin haberlo leído despertó en mí una gran atracción por las inscripciones en paredes, la letra impresa, los neologismos de la lengua, el argot de la calle y los diversos puntos de fuga de la gramática. En este sentido, antes de empezar la cura analítica, la experiencia del inconsciente me llegó a través del poema que «el» habla por sí misma desliza en la lengua sin saberlo.
Luego, en la adolescencia, la militancia política incluyó en el centro de la propia existencia una nueva aporía, una cuestión indecidible de gran calado, a saber, por un lado la «causa revolucionaria» demandaba una entrega incondicional donde obviamente una desventura personal siempre tenía que ser irrelevante con respecto a la marcha ineluctable y necesaria de la historia. Pero, por otra parte, en la cura analítica, en su propio discurrir, fui abriéndome en cambio a mi propia «finitud», a las cosas importantes que nos alcanzan de un modo contingente, a los traumas que se repiten, a los dilemas que sólo se resuelven con una elección sin garantías; en suma, a todo aquello que sólo uno debe saber si es capaz de soportar o no. Esta aporía, esta tensión inaugural entre la lógica interna de un proceso histórico y la exigencia ética del propio deseo, de distintas maneras aún insiste en todos mis proyectos. Me apasiona en la disciplina freudiana la relación de conjunción y disyunción entre la marcha de la civilización y la experiencia subjetiva.
¿Qué le debo al psicoanálisis? Haber aprendido a saber perder. ¿Qué es la vida para el que no sabe perder? Pero saber perder es siempre no identificarse con lo perdido. Saber perder sin estar derrotado. Le debo al psicoanálisis entender la vida como un desafío en el que uno no puede sentirse víctima; en definitiva, el psicoanálisis me ha enseñado que uno debe entregarse durante toda una vida a una tarea imposible: aceptar las consecuencias imprevisibles de lo que uno elige.
Por otra parte, a diferencia de otras disciplinas o corrientes del pensamiento más propicias para dejarse seducir con los espejismos intelectuales del saber, lo que más me importa en el psicoanálisis es su honestidad con respecto a una verdad que nunca puede ser dominada por el saber, el psicoanálisis es una experiencia de pensamiento donde el saber queda «desidealizado», pero que nos advierte de la infatuación que implica identificarse con la verdad. Su honestidad mayor radica en verificar siempre que es posible e imposible en una experiencia humana con otro. Sin coartadas nos abre a la impotencia o imposibilidad que toda auténtica empresa de transformación pone en juego irremediablemente.


Jacques-Alain Miller, Bernard-Henri Levy (Comp.): La regla del juego – Testimonios de encuentros con el psicoanálisis, Gredos, Madrid, 2008, página 21.

Incesantemente

Judith Miller

Filósofa, presidenta de la Fundación del Campo Freudiano

Rio de janeiro, 07/06/2011. Personagem: Judith MillerFoto: Guillermo Giansanti
Rio de janeiro, 07/06/2011. Judith Miller Foto: Guillermo Giansanti

Yo me di cuenta de que había nacido en la poción mágica el día en que, a los seis años, tuve que rellenar la ficha del comienzo de clases donde debía consignarse la profesión de los padres: pychanalyste con sus dos «y» y su «ch» me hizo envidiar a mis compañeritos cuyos padres eran médicos.
Antes enredarme que renunciar. Fue mi elección para otras fichas en otros años.
El gusto de esa poción siempre ha sido de una incierta certeza, porque siempre se repetía en un contrapunto. Muy pronto tuve eco de las exigencias de esa disciplina rara, al punto de ser excepcional. En el movimiento analítico tan absorbente para sus protagonistas había una «princesa» que era temible. Recuerdo la tensión que produjo su llegada al 5 de la calle de Lille, en los primerísimos comienzos de los años cincuenta. Era como un hada mala, poderosa e incómoda, seguramente por las ojeras que tenía, las mismas que llevaban algunos cuyos nombres me eran familiares sin poder en todos los casos ponerles un rostro.
Después vino la ruptura, múltiple y destructora de amistades. Impresionante para una niña de un poco más de diez años. No me provocó una gran conmoción, porque entendí que era «liberadora de los jóvenes». De ese tiempo, conservé la idea de que debería cuidar de no encontrarme en la posición de Anna, que, como hija de Freud que fue, contribuía a dar lustre a su invento.
En esos mismos años, aprendí poco a poco que lo más importante era aquello que todavía se llamaba los «pacientes». Entre esas personas frente a las que lo correcto era la mayor discreción (evitar cruzarse con ellos, o hacer ruido en las horas en que estaban allí, no mirarlos), estaban los «jóvenes». Ese calificativo nunca me sorprendió, aunque tuvieran edad de tener hijos. En el momento de la «escisión», instalamos las sillas en el salón para quienes venían a propósito del Seminario sobre la transferencia. Seminario al que yo asistiría a pedido mío, con aceptación inmediata de mi padre, cuando pasó a dictarlo en el hospital Sainte-Anne.
Esa audacia estaba relacionada con una pura contingencia: un estudiante, entusiasta, me había recomendado que fuera a escuchar a alguien maravilloso, el doctor Lacan. Difícil decirle que me hablaba de mi padre (yo no llevaba su nombre). Pero indispensable saber si yo también… A mí también me maravilló: siendo estudiante de filosofía, nunca había escuchado hablar de Platón de esa manera, cada línea, cada palabra de su texto se tomaba en cuenta, y saltaban los tapones de «la teoría de las Ideas» y otras sandeces. Debería releer todo mejor, o mejor leer, por fin.
Mientras tanto, entre los pacientes, algunos comenzaron a resultarme muy conocidos porque «andaban tan mal» que a veces era yo quien les respondía cuando llamaban a todos los sitios donde tuvieran posibilidad de poder encontrar a su analista. Algunos de ellos me han hecho constatar las mutaciones que puede producir un analista. Jamás olvidaré mi sorpresa al reconocer en la persona del vendedor muy dispuesto de un comercio del Boul′mich* a quien en varias ocasiones había venido en plena noche a llamar a la puerta del departamento donde yo vivía para saber cuándo y qué tan pronto podría ver a mi padre. Mucho más allá de la anécdota, también otros recuerdos hacen que se entienda lo que quiere decir que el psicoanálisis es una praxis.
También vino el tiempo en que aprendí que las rupturas son el precio que se debe pagar para que esta praxis no sea ni poción mágica ni anestesia. Llega el congreso de Estocolmo. Desde ese momento quedo advertida de que el psicoanálisis puede desaparecer, y que su existencia depende de su dinamismo. Es histórico  como el inconsciente y, como él, en movimiento porque es inventivo. Prueba de lo que tienen de único la experiencia de la cura y el acto del analista.
Nunca he hecho esta experiencia. Las mejores y las peores razones son, sin duda, el hecho de que yo he nadado siempre en su elemento, que no tiene nada de mágico, sin haber probado su sal. Continué viendo sus efectos. Por muy temibles que éstos sean para el consuelo de los canallas, son demasiado decisivos para demasiadas vidas que no serían más que tristes destinos enredados en identificaciones sofocantes como para no querer salvaguardar sus condiciones de posibilidad. Esos efectos están relacionados con la particularidad inconmensurable de la poesía propia de cada uno. Por muy mediata que sea la experiencia que tengo de eso, sigo contribuyendo con decisión a que la clínica analítica persevere en su devenir y que permanezca animada por el deseo que ella supone. Si no existiera la experiencia del diván, ¿habría vivido soñando?¿Yo soy de esos, descritos por Lacan y en lo que cada uno de los que lo han escuchado puede reconocerse, que «se abandonan hasta ser presa de esos espejismos por los que su vida, desperdiciando la oportunidad, deja escapar su esencia, por lo que su pasión se juega, por lo que su ser, en el mejor de los casos, consigue alcanzar apenas ese poco de realidad, afirmada nada más que por no haber sido desilusionado nunca»?
Los conflictos que mantienen vivo al psicoanálisis me han indicado periódicamente cuál  era la pesadilla ortopédica que amenazaba: la desaparición de un lazo social inédito, que renueva incesantemente el trabajo del inconsciente, y la supresión de una experiencia que, fuera de las condiciones espacio-temporales kantianas, no es por eso menos transmisible. Sin los recursos de lo que Jean-Claude Milner designaba recientemente como «dislocación», las nuevas generaciones estarían condenadas a un condicionamiento salvaje, entre títere y desheredado, que ve Rilke en el habitante de ciudad de su siglo.
Lo que cotidianamente aprendo de la práctica tanto privada como institucional, en el sentido estricto y en el sentido amplio, confirma mi elección. También en los últimos tres días he recibido testimonios. A una joven amiga decidida a dejarse librada a las manipulaciones más penosas para tener un hijo se la exime de su propósito por el solo hecho de haber decidido ver a un analista. Ese joven esquizofrénico que, al salir de la presentación de su caso ante un auditorio de clínicos, interroga al responsable del equipo con el cual ha podido encontrar la justa distancia respecto de las voces perturbadoras: «¿He hablado bien?». Efectivamente, cada una de sus palabras, medida, elegida, a lo largo de una hora, estaba marcada por la delicada atención que hacía posible su  entrada en un modo de vida nuevo. Finalmente, la lectura de una recopilación de algunos de los informes de una enseñante, muy buena con las lecciones de su análisis, pudo producir en alumnos que sufren, me convencía de que la puesta a prueba de la clínica de lo «social» que ha tomado como iniciativa el Centro Interdisciplinario sobre el Niño (CIEN) y otras comunidades de investigación, estaba bien fundada.
Me atrevo a pensar que la explosión actual en los barrios periféricos, donde resuena el grito que conduce sin falta a una voluntad de formateo segregativo, evidenciará la pertinencia del psicoanálisis para sacar a cada «uno» del ciclo infernal de la pulsión de muerte. Emprenderla hoy contra el psicoanálisis participa de una lógica de exclusión de las cuales las peores son portadoras de vocaciones no solamente mortíferas.
Los analistas están en condiciones de proponer acogerlos. Su presencia asegura el único lazo social susceptible de aflojar el atenazamiento obsceno de la destrucción superyoica. El camino es estrecho como para que, desprendido de amor, no vire hacia el odio y permita a cada cual ejercer la responsabilidad de su síntoma. De lo inesperado a la sorpresa de las invenciones singulares que produce el discurso analítico, espero activamente que no cese de inventarse y reinventarse de poéticas resistencias a la pendiente segregativa de nuestra sociedad.
Que todo lo que se arguya en su desfavor constituya su atractivo y su potencia.

*Boulevard Saint Michel.

Jacques-Alain Miller, Bernard-Heri Levy: La regla del juego – Testimonios de encuentros con el psicoanálisis, Gredos, Madrid, 2008, página 215.

Imagen: Guillermo Giasanti- Blog

El psicoanalista: del deseo al goce

Mercedes Ávila


Andrew Wyeth - Christina’s World2
Andrew Wyeth – Christina’s World- 1948

En 1977 Lacan dijo: “queda el interrogante de lo que puede empujar a alguien, sobre todo después de un análisis, a hystorizarse por sí mismo.”[1]

En el momento en que un parlêtre accede a devenir en analizante brota cierta posibilidad de querer saber sobre cómo está implicado en aquello que le ocurre. Consiente, en parte inadvertidamente, en devenir analista, que es también analista de sí mismo. Ése es el comienzo, ése es el germen. Todo el análisis consiste en hacer germinar esa semilla.

Podemos pensar, entonces, que el deseo del psicoanalista es un deseo que nace en el consentimiento del acto analítico de la entrada de un análisis. Es importante entender que al hablar del psicoanalista no estamos hablando de una profesión, ni de alguien que escucha personas, sino de una posición advertida frente al goce y a lo único del goce propio. Un analista es, como señaló Miller, siempre analizante[2]. Se olvida todo el tiempo que no se puede establecer de antemano el alcance de un análisis. La más tajante y radical subversión de Lacan es la más difícil de soportar: no hay análisis didáctico, es decir, no hay nada especial en el lugar del psicoanalista más que el consentimiento del analizante llevado hasta sus últimas consecuencias.

Entonces, el psicoanálisis, tal como lo propone Lacan, no se trata de un grado, una jerarquía o una adquisición de conocimiento, sino que se trata de una disciplina que aspira a cambiar la relación del ser humano con su goce, apunta a descubrir lo inclasificable del goce propio. Un goce advertido de lo inconmensurable del goce, es decir, que se sabe único. Por ello, desde allí, se sabe que el otro goza distinto, y entonces en el encuentro con el otro no está el ruido de fondo del propio goce. El camino analizante es aprender a escucharse para por fin poder escuchar al otro sin la interferencia de lo propio. Y allí el psicoanalista.

El deseo del analista se trata de un querer-saber distinto al saber[3], que se opone al no-querer-saber estructural de todo ser humano.

Aquel que inicie un análisis no puede establecer de antemano el alcance que tendrá el mismo, y será cuestionado en sus deseos. Si persiste, llegará hasta tocar su forma de goce, y si ese nuevo deseo lo impulsa hasta el final, la conclusión a la que arribará es la demostración lógica de su propio análisis por medio del pase. Es así que el pase no tiene únicamente importancia como dispositivo dentro de la Escuela, sino que es también una herramienta de demostración lógica y válida que un propio analizante puede usar para dar por terminado su propio análisis. Desde esta perspectiva, un verdadero final de análisis implica necesariamente el pase, porque sólo en el pase se pone en juego la demostración lógica de ese final. Sin el paso del pase no hay conclusión lógica.

Pero hay más. El deseo del analista, llevado hasta el final en el análisis, comporta un nuevo goce[4]. En su acto, el analista es vacío, no goza. Pero fuera, en su vida, sí. Ése goce, tocado por el propio análisis y que puede llevar a la práctica del psicoanálisis, tiene incidencias. Se escucha en los testimonios de pase, abre la práctica, la saca de los estándares, le aplica el sello de la singularidad. Alguien que inicia un análisis al final ya no es alguien sino Uno.

Frente a la pregunta del inicio, entonces, ¿qué empujaría a alguien a querer hystorizar?, que no es otra que: ¿por qué alguien querría ser psicoanalista?, la mejor respuesta es, por supuesto, ¿por qué no? Y es que está mal formulada porque se trata de pasar del alguien al Uno.

De la pregunta de Lacan al principio podríamos llegar a estas otras de Miller, para hacerlas resonar: «¡Qué frágil es el psicoanálisis! ¡Qué delicado! ¡Y qué amenazado está siempre! ¡Sólo se sostiene por el deseo del analista de dar lugar a lo singular del Uno…»[5]


[1] Jacques Lacan (1977): “Prefacio a la edición inglesa del Seminario 11”, en Otros Escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, página 600.

[2] Jacques-Alain Miller: Sutilezas analíticas, Paidós, Buenos Aires, 2011, página 33.

[3] Margarita Álvarez Villanueva(2015): “El deseo del analista un recorrido conceptual” en www.elblogdemargaritaalvarez.com

[4] AA.VV:“El pase, actualidad del pase”, en El orden simbólico en el siglo XXI, Grama, Buenos Aires, 2012, página 312.

[5] Jacques-Alain Miller: Sutilezas analíticas, Paidós, Buenos Aires, 2011, página 36.


Trabajo presentado en las XXV Jornadas Nacionales de Carteles de la EOL, 2016.