Notas sobre la supervisión

Gustavo Dessal

Para ocupar la posición del analista se requieren una serie de condiciones, que son la consecuencia de la experiencia a la que el practicante se ha sometido en su propio análisis. Dicha experiencia tiene que haber producido una pérdida: la renuncia a todo fantasma de dominio del saber. Esta asunción de la castración del Otro se traduce en una herida narcisista. Implica, como lo expresa Lacan en su lección del 17 de diciembre de 1969 [1], abandonar “…la idea de que de alguna forma o en algún momento, aunque sea como una esperanza en el futuro, el saber pueda constituir una totalidad cerrada…”
Uno de los problemas relacionados con la supervisión es la posibilidad de que el analista en posición de supervisor trate, de manera inconsciente, de restaurar esa pérdida, de aliviar esa herida narcisista ocupando el lugar de amo del saber, o de un meta-saber. La posición del supervisor supone el riesgo de jugar el papel de ser el Otro del Otro. Eso se ve reforzado por el hecho de que el practicante pone al supervisor en el lugar del sujeto supuesto saber, es decir, hay una tendencia a establecer una transferencia que no es fácil de distinguir de aquella que se desarrolla en un análisis. Prueba de ello es que no es inusual que el practicante pueda convertir el control en una sesión analítica, es decir, pasar del inconsciente del sujeto del caso a su propio inconsciente. Pero la cuestión es aún más compleja. En lo que acabo de decir, se puede suponer que podría existir una línea divisoria muy precisa entre el practicante y el caso. En realidad, tenemos que partir de algo muy elemental: preguntarnos qué es aquello que se lleva a un control. Incluso una pregunta mucho más simple: ¿por qué supervisamos? No hay una única respuesta a esa pregunta, pero me parece que una de las razones frecuentes es que la demanda de supervisión surge cuando el practicante experimenta alguna clase de incomodidad con el caso. Esa incomodidad está relacionada con algo que sobrepasa al practicante, algo que conmueve su posición en la escucha. De allí la importancia que tiene localizar ese punto en la supervisión. En otras palabras, del mismo modo en que es fundamental investigar qué es lo que ha desencadenado una demanda de análisis, es imprescindible descubrir qué es lo que mueve a una demanda de supervisión.
La supervisión no es un encuentro entre un maestro y su discípulo. Su objetivo principal es despejar el obstáculo, la resistencia del analista. Es en ese sentido que la supervisión puede enseñar algo, que es distinto a la idea de que es el supervisor quien enseña. El supervisor puede, sin duda, añadir algo. Algo en referencia al diagnóstico, la dirección de la cura, pero su función principal es la que permitir que el practicante pueda restablecer su posición respecto de su propio acto, dado que finalmente es el sentimiento de estar sobrepasado por su acto lo que desencadena el pedido de supervisión. Quiero detenerme un poco en la importancia de sentirse sobrepasado por el acto analítico. Para ello me voy a servir de una observación de Lacan en la lección del 14 de noviembre de 1962 al comienzo de su seminario sobre la angustia: “El analista que entre en su práctica no está excluido de sentir, gracias a Dios, aunque presente muy buenas disposiciones para ser un psicoanalista, en sus primeras relaciones con el enfermo en el diván alguna angustia”. [2] ¿Por qué Lacan considera que la angustia puede ser un signo positivo de la posición del analista? Les ofrezco una interpretación: porque la angustia está muy próxima al no-saber. La posición del analista implica estar en condiciones de sostener una determinada relación con el no-saber. De un modo análogo, es preciso que el practicante no permanezca instalado en la comodidad del automaton. El analista bien instalado en su lugar, el analista que no está un poco descentrado de su lugar, puede favorecer una estática inercial en la cura del analizante. La demanda de supervisión parte de allí, tiene su origen en la incomodidad saludable que impide que la práctica se vuelva somnolienta.
No hay muchas referencias de Lacan al tema de la supervisión. Al menos no hay las suficientes como para deducir una doctrina lacaniana de la supervisión. Quién sabe, tal vez Lacan no estaba interesado en promover una doctrina de la supervisión. En la lección del 18 de noviembre de 1975 del seminario 23 [3] , hay una observación muy curiosa que Lacan hace respecto de las personas que supervisan con él. Por una parte, considera que los analistas se comportan como rinocerontes. El rinoceronte, Albrecht Dürer Rinoceroscomo sabemos, es un animal torpe y miope. Por otra, dice que él encara la supervisión en dos etapas. Hay una primera etapa en la que él se muestra de acuerdo con todo lo que los practicantes hacen. No les cuestiona absolutamente nada. No es una actitud paternalista, del tipo “aprende de tus errores por ti mismo”. Esta primera etapa consiste en no alimentar en el supervisante la idea de que lo que está en juego en la supervisión es la obtención de un saber. Más tarde vendrá la segunda etapa, que Lacan describe así: “La segunda etapa consiste en jugar con ese equívoco que podría liberar el sinthome[4]. En efecto, la interpretación opera únicamente por el equívoco: “Es preciso que haya algo en el significante que resuene” [5]. Esto es absolutamente enigmático. ¿Qué es esa interpretación de la que habla Lacan en ese contexto, el de la segunda etapa que se lleva a cabo con los practicantes que supervisan con él? ¿Se trata de la interpretación que el supervisor hace del caso y que trata de conmover el goce anudado con el síntoma del analizante? Seguramente podemos responder que sí. Pero también puede suceder que la interpretación produzca una resonancia en el analista. Cuando esa interpretación da en el blanco le permite al analista encontrar las coordenadas que lo guían de nuevo hacia la posición de semblante del objeto causa del deseo en la transferencia. En ese sentido, el control opera más como una rectificación de la posición en la transferencia que como una transmisión de saber. Es fundamental subrayar que la supervisión no proporciona una acumulación de saber. No sabré más por supervisar cien veces que si superviso diez. No es eso lo que está en juego, porque se trata del deseo del analista y de su “saber hacer”. Ese “saber hacer” no es una información o conocimiento, no es un saber referencial que se almacena, puesto que tanto la sesión analítica como el control remiten a un acontecimiento que es siempre singular, que siempre cuenta como uno.
Tenemos una idea clásica de la supervisión:

S1-S2

En la supervisión orientada por la enseñanza de Lacan debemos pensar en estos términos:

S1 y S2 14

¿Qué significa esto? Que el problema de la supervisión es cómo evitar que la demanda se satisfaga mediante una respuesta que alimente el fantasma del saber del analista como un saber que progresa. Por supuesto, interferir el vector que va de S1 a S2 no significa que la dificultad que el analista trae a la supervisión permanezca igual. Es preciso encontrar el modo de deshacer el nudo, para lo cual hay que tener siempre presente que lo que ha creado ese nudo no es un déficit de saber.
Como parte de la formación, la supervisión puede tener efectos analíticos en el practicante, y estimular la posibilidad de dar un paso más en su propio análisis. En mi experiencia personal como supervisante los mejores controles que he tenido fueron aquellos que me sirvieron para descubrir algo nuevo en mi proceso de análisis. Cuando me sitúo en la posición de supervisar a otros, siempre tengo en mente un principio básico: nadie conoce al analizante más y mejor que su analista. Por eso, en general confío en lo que hacen los analistas que supervisan conmigo. Confío en que han hecho un recorrido analítico, y que van a apoyarse fundamentalmente en eso. Por eso mi papel se limita a despertarlos un poco cuando caen bajo la hipnosis de la comprensión, que es una pendiente por la que es muy fácil deslizarse.
Hay otro aspecto de la supervisión que me gustaría traer. Es necesario supervisar también para que el practicante elabore su sentimiento de culpabilidad. Ese sentimiento, que como sabemos está ligado con el superyó, interviene en la dirección de la cura al menos de dos modos principales. Por una parte, cuando el analista toma a su cargo el peso de la queja del paciente de que no hay progresos terapéuticos. A menudo los practicantes se identifican con esa demanda. En tales casos la supervisión es muy útil para clarificar eso, para no enredarse en la agresividad transferencial. Por otra parte, y esto es algo que vemos muchas veces especialmente en los que inician su práctica, la culpa se manifiesta en el hecho de no poder sostener una posición de silencio. Inconscientemente creen que su función tiene que justificarse, y que la justificación consiste en el imperativo superyoico de que tienen que interpretar, que el paciente no puede marcharse con las manos vacías, o, mejor dicho, con los oídos vacíos. La supervisión puede ser el lugar donde tratar esa culpa, o al menos traerla a la luz para que luego se elabore en el análisis.
Quiero traer ahora un ejemplo, algo que dejó una marca fundamental en mi formación analítica: la primera vez que supervisé un caso. De esa primera vez extraje una enseñanza inolvidable, algo que algunos años más tarde encontré leyendo el seminario 3 de Lacan, donde al inicio dice algo así como: “Absténganse de comprender”. Se trataba de una joven paciente que me había contado un sueño. En el sueño, su madre estaba subida al tejado de una casa. La paciente está junto a la casa, mirando a su madre. De repente, la madre tropieza y cae. Su cuerpo se queda inmóvil en el suelo. Le relaté el sueño al supervisor, y la interpretación que hice de él: el deseo de muerte de la madre. El supervisor frunció el ceño y me preguntó en qué me basaba para hacer esa interpretación. “En que la madre se cae del tejado y se muere”, respondí. “Su paciente no dijo eso. Ha dicho que veía la caída de su madre”. En efecto, que la madre se caiga del lugar en donde está no significa que haya muerto. Sólo ha caído. El significante del sueño, que señala la angustia, es la caída. El supervisor, al hacer resonar el equívoco del significante “caer”, me permitió internalizar el consejo de Lacan: no se trata de comprender. Comprender es una de las maneras en las que se manifiesta el fantasma de domino del saber.
Es muy importante notar que la función principal de la supervisión no es resolver una urgencia, sino crear un espacio donde poder pensar, a posteriori, las consecuencias del acto analítico. La demanda de auxilio para evitar la pérdida de un paciente produce una distorsión de aquello que debería suceder en una supervisión. Introduce la demanda de un saber mágico, que reclama la omnipotencia, como si se pudiese encontrar la interpretación salvadora. Por supuesto, no estoy sugiriendo que la supervisión no pueda a veces ser muy útil en este sentido, pero no puede ser por defecto aquello en lo que se base.
En el Acta de Fundación de su Escuela, Lacan afirma que el análisis del psicoanalista tiene efectos sobre toda la práctica del sujeto que en él se compromete. El control se impone, por lo tanto, en el momento mismo en que esos efectos se manifiestan en dicha práctica, con el objetivo de proteger al paciente de esos efectos. ¿Cómo entender esto? Es muy interesante ese lado de la cuestión. La supervisión es abordada aquí por Lacan como una tarea fundamentalmente ética, que apunta no tanto al practicante como al paciente. Lo que está en juego es la necesidad de preservar al analizante, de evitar que sea afectado por los efectos que se producen en el análisis del analista.
El control tiene sin duda un valor epistémico. Ese valor no se corresponde con una enseñanza en el sentido de la transferencia de un saber del supervisor al supervisante. La ganancia de saber que se produce en la supervisión proviene del hecho de que contar un caso y el impasse que ha provocado la demanda tiene en sí mismo un efecto de interpretación. El relato constituye una elaboración de saber.
También hay una dimensión estrictamente clínica. Allí la cuestión diagnóstica puede parecer esencial, pero no lo es tanto. Por supuesto, el diagnóstico tiene toda su importancia. Conviene saber qué sujeto es aquel a quien recibimos. Pero importa mucho más es la dimensión ética. El control es una práctica que se apoya fundamentalmente en la ética del psicoanálisis. Cómo preservar el deseo del analista, el deseo que está implicado en su acto, que no es un deseo subjetivo, de la incidencia del discurso corriente, del discurso en el que el practicante está inevitablemente incluido a pesar de que su propio análisis tiene que reducir todo lo posible esa incidencia.
¿Cómo conciliar la supervisión con el principio de que el analista se autoriza por sí mismo? Porque hay una etapa en la cual el practicante solicita un control porque en el fondo lo que está en juego es una demanda de autorización. “Quiero saber si lo estoy haciendo bien o no”. Eso es lo que Lacan trataba de evitar dando la razón a los rinocerontes. Solo en un segundo tiempo, cuando el practicante alcanza una destitución del SSS del supervisor (lo cual es un efecto de su propio análisis), es cuando la supervisión se convierte en el espacio donde poner a prueba los efectos de subjetivación del deseo del analista.


[1] Lacan, J.: El reverso del psicoanálisis, Paidós, Barcelona, 1992, página 31.

[2] Lacan, J.: La angustia, Paidós, Buenos Aires, 2006, página 13.

[3] Lacan, J.: El sinthome, Paidós, Buenos Aires, 2006, página 17.

[4] Op. Cit.: página 17.

[5] Ibid.

Publicado originalmente con el mismo título en Freudiana 89/90

Agradecemos a Gustavo Dessal por su generosidad.

Vanidad, Frank Cadogan Cowper, 1907

Gustavo Dessal: El delirio de medir

Gustavo Dessal

Si hasta ahora hemos podido referirnos a la Historia del Pensamiento, la debilidad del pensar contemporáneo da paso a otra Historia, no completamente nueva, pero que asume rasgos inéditos: la Historia del Cuerpo. El siglo XXI inaugura un nuevo paradigma del cuerpo, que ya no es exaltado por la pasión cristiana sino convertido en uno de los objetivos prioritarios de la industria posmoderna de la felicidad.
Desde los albores de la humanidad, la felicidad ha sido un objeto de la reflexión filosófica, es decir, un concepto abordado con los instrumentos del pensamiento, sometidos ellos mismos a la relatividad de las épocas, las ideologías y los condicionamientos culturales. En las últimas décadas la tendencia comienza a cambiar, y la felicidad ya no es un objeto disputado por el debate político, ético o psicológico, sino que  se ha convertido en un campo de experimentación y análisis científico.
La aspiración consiste en suponer que los instrumentos de la ciencia y la técnica pueden ponerse al servicio de la construcción de un modelo objetivo de felicidad, una felicidad que no dependa de lo que el sujeto siente, sino que se propague como una fórmula apoyada en funciones inobjetables, no sometidas a las variabilidades culturales, subjetivas o locales, sino elevadas a la categoría de una verdad absoluta, respaldada por el conocimiento pretendidamente científico, término que ha ido cobrando la sacralidad que hasta no mucho tiempo era sólo patrimonio de las religiones. Haciendo gala de una extraordinaria clarividencia, el revolucionario francés Saint Just (uno de los protagonistas de la Revolución Francesa) llegó a proponer que la felicidad era una cuestión política, adelantándose casi doscientos años al pensamiento biopolítico actual.
No obstante, las transformaciones de la cultura se suceden a un ritmo vertiginoso, y la felicidad va siendo rápidamente colonizada como un objetivo de la ciencia, o más específicamente de la técnica. Y dado que la satisfacción es inconcebible sin la dimensión del cuerpo (incluso en aquellas satisfacciones que suelen considerarse propiamente sublimadas o intelectuales), ahora se trata de concentrarse en él, de exaltarlo, pero no a través de la promoción perversa del dolor y la llaga, de la concupiscencia y el pecado, sino como destinatario de la promesa de bienestar supremo. El discurso contemporáneo ha abonado el terreno para cultivar la ideología de la salud, a fin de hacerle rendir los frutos que alimenten los dictámenes del mercado. Todas las piezas de la maquinaria neoliberal se han puesto en funcionamiento, alentadas por el evangelio de la seguridad, que no solo se ocupa de la prevención de los atentados terroristas sino también de los enemigos que asaltan nuestro organismo.
La vida sana es una grandiosa industria que demuestra la extraordinaria plasticidad del capitalismo, su inédita astucia para obtener plusvalía mediante un cambio permanente de estrategia, conforme a las necesidades del momento. En los Estados Unidos McDonald’s va desapareciendo poco a poco, y en su lugar florecen nuevas cadenas que nos atan a la servidumbre de la comida sana, ecológica y limpia. El fracking y la minería a cielo abierto, sin escatimar todo el cianuro necesario, conviven con las empresas eco friendly dedicadas a reparar esos daños, y todas tienen muchos accionistas en común. Pero ahora hay una convergencia cada vez mayor en la venta de la prosperidad corporal, por el bien de los usuarios y la alegría de muchas corporaciones. El negocio del cuerpo busca la justa medida de los goces que le convienen, y la eternidad ya no pertenece al reino de los cielos, sino al esfuerzo denodado de la ciencia por regalárnosla aquí en la tierra. Por supuesto, el lector sabrá apreciar el carácter figurado de esta última frase, puesto que en este mundo no se regala nada, todo se compra y se vende, sin desestimar al mismo tiempo la innegable democratización de la técnica, que pone el bienestar cada vez más al alcance de los bolsillos poco abultados.
Fumar y ser gordo no sólo es malo para la salud. Lo es, y afirmo no formar parte del contraterrorismo que propaga la idea de que el cáncer de pulmón, la diabetes y las enfermedades coronarias son un invento de la Big Pharma para vendernos sus productos. Pero estar sano no sólo es ahora  un objetivo razonable, sino un imperativo moral, un propósito que debe conseguirse por todos los medios, porque la enfermedad y la muerte ya no tienen cabida en la mentalidad contemporánea.
En los últimos años, un grupo de informáticos, periodistas e investigadores, han puesto en marcha un importante movimiento que posee ya ramificaciones en todo el mundo: Quantified Self  (El yo cuantificado), que agrupa a miles de personas dedicadas al selftracking, un neologismo que se traduce más o menos como autorastreo. Con la ayuda de toda clase de instrumentos técnicos de medición que pueden llevarse cómodamente en el cuerpo (relojes, pulseras, brazaletes, sensores térmicos y acelerómetros), los adeptos al Quantified Self dedican gran parte de su tiempo a medirlo todo: el ritmo cardíaco, la presión sanguínea, el número de pasos andados, las características del sudor.

Forget me not: investigación de Lam Thuy Vo, sobre la relación de una mujer con sus ex a través de sus archivos de e-mail. (Quantifiedself)

La filosofía es muy simple: todo aquello que puede medirse, debe ser medido. O como lo expresa Gary Wolf, uno de los fundadores del movimiento: “Se trata de una prueba que comienza por una persona muy importante: tú mismo.” Desde luego, la sacralización del yo no es algo que Gary Wolf haya inventado. Su mérito, junto con el de sus colegas, consiste en promover una presunta objetivación del narcisismo. Todas las constantes que se evalúan, no sólo implican para ellos la búsqueda de la salud física, sino que suponen la posibilidad de encontrar el algoritmo de la felicidad. El propósito último es la gigantesca acumulación de datos que presuntamente nos ayudarán a construir un mapa personalizado de cada organismo, y a penetrar en los pliegues secretos donde se inician los mecanismos del humor, los yacimientos escondidos que fabrican la química de nuestros estados de ánimo, emociones y deseos.

Investigación de Shelly Jang: Can You See That I Was Falling In Love? Shelly usó GMvault para, a través de 5 años de conversaciones en Google Chat, “buscar señales que demuestren que amo a mi esposo y a nadie más.” (Quantifiedself)

En su artículo  The measured man  (El hombre medido) Mark Bowden, figura destacada del periodismo norteamericano, narra la saga de Larry Smarr,  uno de los héroes más aclamados por el movimiento Quantified Self. Astrofísico, padre fundador de las investigaciones que condujeron a la creación de Internet, este genio laureado con todos los honores internacionales a los que un científico puede aspirar abandonó hace años el rastreo del cosmos para dirigir su enfoque hacia un universo  más apasionante e infinito: la materia fecal. Larry mide diariamente todos los marcadores orgánicos de su cuerpo: temperatura, ritmo cardíaco, presión arterial, análisis de sangre y de orina, pero su pasión fundamental se centra en sus propios excrementos, de los que extrae muestras permanentes que envía a los laboratorios para guardarlas más tarde en un gran congelador.
Citémosle, puesto que sus palabras, pese a referirse a sus desperdicios, no tienen por el contrario desperdicio alguno:
¿Se ha preguntado alguna vez -dice dirigiéndose al periodista- la riqueza de información que hay en su caca? Hay alrededor de cien mil millones de bacterias por gramo. Cada bacteria posee un ADN cuya longitud  promedio es aproximadamente de diez megabases, digamos que un millón de bytes de información. Eso significa que la materia fecal humana tiene una capacidad de datos de aproximadamente cien mil terabytes de información acumulada en cada gramo. Eso es infinitamente más información de la que contiene el chip de su smartphone o su PC. De modo que la caca es muchísimo más interesante que un ordenador. Larry habla con indisimulado entusiasmo sobre su caca, y no tiene reparos en abrir su congelador para mostrar las miles de muestras que almacena. Larry, posiblemente sin saberlo, no sólo es el hombre medido, sino la metáfora viva del núcleo más profundo del capitalismo: una sistema cósmico, un universo cerrado y regido por fuerzas incontrolables, que gira alrededor de un núcleo central: la mierda.
Larry acumula mierda, pero enseña que la mierda no sólo es riqueza, oro puro, como Freud supo demostrarlo al echar luz sobre la equivalencia entre el dinero y las heces, sino también una fuente inagotable de datos. Caca=datos=dinero, es la fórmula final y definitiva de la civilización contemporánea, donde todo (incluida la caca) es mercancía aprovechable y negociable, sin olvidarnos de que en el conjunto se incluye a los seres humanos como desechos potenciales o realizados, según las circunstancias. En el gran manicomio global, el cuerpo pude ser secuestrado para experimentos farmacológicos (de los que Mengele fue el pionero indiscutible) o puesto en el circuito de la salud compulsiva. La diferencia depende en gran parte del lugar donde a cada cuerpo le ha tocado nacer.
El músculo financiero es un fabuloso esfínter virtual que retiene, acumula o evacúa, según los ritmos poderosos del mercado. Larry mide los índices de su cuerpo con más ahínco y rigurosidad que los Down Jones, Nasdaq, Nikkei o Ibex 35, pero la esencia es la misma: la acumulación de capital y de mierda, indistintos en su materialidad informativa.
Por fortuna, en el manicomio global no faltan algunas voces reflexivas. El doctor H. Gilbert Welch, profesor de medicina en el Dartmouth Institute for Health Policy and Clinical Practice (Instituto Dartmouth de Política Sanitaria y Práctica Clínica) escribió un libro titulado Overdiagnosed: making people sick in the pursuit of health  (Sobrediagnóstico: cómo enfermar a la gente en la búsqueda de la salud) en el que se muestra escéptico sobre las nuevas tecnologías aplicadas a la promoción delirante de la salud. Los datos no son información. La información no es conocimiento. Y desde luego, el conocimiento no es sabiduría. Es probable que Welch no haya leído a Lacan, pero no lo ha necesitado para afirmar que aunque suene contradictorio, la anormalidad es normal. Toda medición del cuerpo necesariamente acabará por hallar algo que va mal. La esencia de la vida es la variabilidad. El monitoreo constante es una receta para todos que nos juzga como enfermos. De ese modo, se promueve el intervencionismo. Y el intervencionismo, aclara, nunca está exento de riesgos. La sociedad que nunca jamás se empeñó tanto y tan obsesivamente en la prevención de los riesgos, está sórdidamente empujada hacia un horizonte que los multiplica, creándose de este modo un movimiento circular que nadie sabe cómo detener.
Kevin Ashton, un informático británico del MIT, creó el término Internet de las cosas para designar la red que vincula objetos físicos (cosas) provistos de componentes electrónicos, sensores y conectividad, capaces de intercambiar datos entre sí y con un operador a distancia. Por cosas se entiende una gran variedad de dispositivos, desde monitores cardíacos implantados en el cuerpo, biochips insertados en personas o animales, sistemas de termostato o lavavajillas activados y monitorizados desde el teléfono móvil. Pero por si acaso nos faltaba alguna cosa por medir, controlar y vigilar en el panóptico de la red, el mercado ya lo ha encontrado mucho antes que usted lo imagine.
La compañía Sproutling, con sede en San Francisco, agotó los pedidos de sus monitores para bebés antes de que salieran a la venta. Una suave banda elástica que se coloca en uno de los tobillos del bebé mide la temperatura, el ritmo cardíaco y respiratorio, los movimientos cuando duerme, y es incluso capaz de predecir en cuánto tiempo el niño habrá de despertarse, a fin de que sus padres puedan planificar mejor sus tareas. Todo ello queda registrado y llega de inmediato a la pantalla de un dispositivo móvil IOS o Android que los progenitores revisan constantemente. Los padres -en especial los primerizos- son el blanco fundamental y explícito de estos nuevos objetos de consumo bendecidos por el credo de la seguridad. Cada vez que un dato evidencia algo anómalo, suena una alarma. La frecuencia de falsos positivos es tan grande, que muchos padres viven angustiados durante el día y no logran dormir por la noche, produciéndose el efecto exactamente contrario al esperado: que el Internet de las cosas contribuya a aumentar la inquietud de los tecnoprogenitores, en lugar de aliviarla.
El fantasma que se agita en el fondo de esta moderna locura de control (que incluye el uso de pañales inteligentes que analizan la orina del bebé y envían los datos de los marcadores bioquímicos al smartphone) es el temor al síndrome de muerte súbita, una enfermedad de causa desconocida, y que para la que ningún dispositivo de control preventivo posee la más mínima utilidad. Para colmo, los bebés perfectamente normales tienen variaciones cardíacas y respiratorias frecuentes que obsesionan a los padres, obligándolos a aumentar la frecuencia con la que -presa de la angustia latente- consultan sus pantallas, literalmente desbordados con datos que exceden por completo la capacidad de ser comprendidos, analizados y transformados en una intervención sensata.
Los médicos son por ahora escépticos respecto de la utilidad de estos aparatitos, puesto que incluso los monitores hospitalarios dotados de una tecnología cien veces más sofisticada suelen enviar datos erróneos o falsas alarmas. Sin embargo, los fanáticos del selftracking, no conformes con rastrearse a sí mismos, admiten en su site Quantifiedbabies su obsesión por rastrear a nuestros pequeños (sic). Su lema, expuesto en la página de inicio, reza: “Somos padres que nos cuantificamos a nosotros mismos, empleando todos los instrumentos, desde Fitbit a Withings. Queremos aplicar el mismo rigor [sic] a aquellos que no pueden aplicárselo a sí mismos: nuestros hijos.”
En el año 2004, el psicoanalista francés Jaques-Alain Miller y el filósofo Jean Claude Milner publicaron el libro ¿Desea usted ser evaluado?, en el que analizaban y advertían sobre la verdadera voluntad aniquiladora de la subjetividad que subyace a la ideología de la medición absoluta. Kevin Gaut, Julia Nacsa y Marcel Penz, investigadores de la Universidad de Umea en Suecia, crearon un experimento denominado Baby Lucent para estudiar los peligros potenciales generados por los dispositivos para bebés: el aumento de la angustia en los padres, la inhibición de lo que consideran intuición parental y el incremento de la distancia entre padres e hijos. Durante los años cincuenta, siguiendo las huellas del descubrimiento freudiano, Lacan propuso una teoría para demostrar que lo específicamente humano de la comunicación entre el bebé y la madre (entendiéndose aquí por madre cualquier figura que cumpla dicha función) es el proceso por el cual el grito del bebé, provocado por el estímulo de una necesidad orgánica, es decodificado por el adulto, es decir, transformado en un significado humano, subjetivo, y por lo tanto encriptado según el modo en que es traducido por el receptor.
Este pasaje del grito a su encriptación significativa, lejos de realizarse según un patrón de análisis algorítmico de datos, se procesa conforme al inconsciente de la madre, lo cual da lugar a la mayor equivocación de la existencia: que la respuesta que el bebé obtiene le reserva siempre una satisfacción fallida. Pero la paradoja consiste en que de no mediar esa falla originaria los seres hablantes no tendríamos deseos, puesto que los deseos son el residuo reactivo que sedimenta como resultado de esa frustración inevitable, y que forma el lecho vital de todo sujeto humano, el verdadero y constante motor de búsqueda.
A pesar de los esfuerzos de Miller y Milner, la respuesta a la pregunta que dio título a su brillante ensayo es:  Sí. Todos queremos ser evaluados, medidos, tasados, confiados a la supuesta infalibilidad de los datos, las cifras, las estadísticas, la falsa objetividad con la que se pretende “iluminar” los rincones opacos y sutiles del ser hablante. Aunque es pronto para aventurarse, no podemos descartar que el Internet de las cosas, en su aspiración por obtener una lectura del grito primario limpia y libre de las impurezas del deseo de la madre, pueda ser un factor determinante en la causalidad de la psicosis infantil. Lo que sí es posible afirmar sin temor a equivocarse, es que el triunfo de la religión previsto por Lacan no proviene de una reacción al sinsentido del discurso científico-técnico. Ese discurso es ahora la religión, la única y la verdadera.

(2015)

Fuente: Télam

 

Gustavo Dessal
Es psicoanalista y escritor. Formado en Buenos Aires y París, pertenece a la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Ha sido profesor invitado en distintas universidades como la Complutense de Madrid, País Vasco, Granada, Murcia y Barcelona. Desde 1982 reside en Madrid en donde practica la clínica y dicta seminarios y conferencias.
Entre ha publicado numerosos libros y novelas, entre las que se encuentran Principio de incertidumbre y Clandestinidad, y relatos agrupados bajo los títulos: Operación Afrodita y Más líbranos del bien.
En 2014 publicó El retorno del péndulo, junto a Zygmunt Bauman.