La ternura de los terroristas*

*Fragmento de Cartas a la opinión ilustrada. Título de la tercera carta


Jacques-Alain Miller

Un terrorista es un idealista. Es un loco, no un canalla.
Poco faltó sin duda para que quien le habla hubiera conocido la suerte de Feltrinelli, el artificiero torpe que voló cerca de un poste. En ese caso se justifican las palabras de Lacan según las cuales «el error de buena fe es entre todos el más imperdonable» (Escritos, p. 837).
Este efecto de escala invertida proviene de la misma inspiración que el inmortal ensayo de Thomas de Quincey, Del asesinato considerado como una de las bellas artes, donde puede leerse: «Por poco que un hombre se deje llevar hacia el asesinato, rápidamente empezará a beber y a infringir el sabbath, y de allí caerá en la descortesía y la indolencia».
La paradoja lacaniana expresa la esencia misma del freudismo en su salubridad. La manera de obrar del inconsciente  les prohíbe, en efecto, invocar su buena fe, su buena intención, su alma bella. «No quise esto» no vale la absolución. Sí, lo que hiciste, o que resulta de lo que hiciste, lo quisiste, porque lo que quisiste no lo sabes. Te lo enseñan las consecuencias. El hombre está condenado a no saber más que a posteriori lo que quiso.
La ética de la intención es buena chica, hace del sujeto siempre un inocente, salvo si se duda, como Kant, de que alguna vez una buena intención, absolutamente buena, haya aparecido en el mundo. El inconsciente quiere una moral más viril: no podrás considerarte liberado de las consecuencias involuntarias de tu tontería. Hay más cosas en tu voluntad y en tu corazón, Horacio, de lo que soñó tu filosofía (id est la filosofía de todo el mundo).
Se repiten las palabras de Lacan, «No cedas en tu deseo», y se grita «¡Al homicida! ¡Al asesino! ¡Atentado contra la moral pública!», se alborota la población, se llama sobre él como antes sobre Freud la censura de los conformistas. Lacan dice exactamente, en mi versión del seminario La ética del psicoanálisis (Paidós, 1991, p. 379): «Propongo que de la única cosa de la que se puede ser culpable, al menos en la perspectiva analítica, es de haber cedido en su deseo».
Ya antes demostré, y recordé en Le Monde, que Lacan se hace eco aquí del Freud de El malestar en la cultura, según el cual «cada renuncia a la pulsión –’a la satisfacción pulsional’– se vuelve una fuente dinámica de la conciencia moral, cada nueva renuncia aumenta la severidad y la intolerancia de esta». Lo que significa que según Freud, y contrariamente a lo que querría el sentido común, el sentimiento de culpabilidad inconsciente nunca es tan vivo como cuando el sujeto sacrifica su goce al ideal moral. Así el superyó se nutre de las renuncias mismas que él exige. Freud presenta esta observación como el aporte específico de la clínica psicoanalítica a la cuestión de la ética. El haber cedido en su deseo de Lacan traduce y transpone a la vez el  Triebverzitch de Freud.
Era también la intuición de Nietzsche, a quien citaba recientemente. El genial filósofo psicótico, hijo del pastor de Röcken, como Cioran, depresivo insomne, era hijo del sacerdote ortodoxo de Rasinari, imputaba al «training de la penitencia y de la redención» lo que llamaba «el delirio colectivo de aquellos fanáticos de la muerte, cuyo horrible grito Evviva la morte» condenaba (Genealogía de la moral, III, 21, p. 374 de la edición de Aguilar, 1932).
Asimismo el inconsciente no quiere decir: todos víctimas.
El inconsciente quiere decir: tus intenciones amables, tus ideas que son tus prostitutas, todo eso es un disfraz, una façade [fachada], dice Freud (en francés en el texto). Son las consecuencias las que pesan, y de las que eres responsable. Descifra tu inconsciente (imperativo ético), porque lo que no quisiste, lo que no sabes se recordará en tu contra. Es la dura ley de Freud, la terrible lex freudiana.
Se piensa que la doctrina psicoanalítica exonera a la humanidad, que el determinismo inconsciente redime a cada hijo de vecino, que Freud es el nuevo redentor, que les condona sus pecados. Inconsciente = castigo imposible. Es así como se interpreta el freudismo al público: al revés. Este hecho no incrimina a Freud ni al común de los periodistas sino a los freudianos, incapaces de igualarse al pensamiento de que el inconsciente quiere decir todo lo contrario: que soy responsable más allá de donde mi conciencia extienda su imperio. Sólo Lacan escribe, y sigue siendo incomprendido: «De nuestra posición de sujeto somos siempre responsables. Llamen a eso terrorismo donde quieran» (Escritos, p. 837).availu
Me di cuenta sólo el año pasado, al leer a un colega argentino muerto demasiado pronto, el admirable Javier Aramburu, de que Lacan no hacía aquí más que dar el estilo Saint-Just, el estilo André Breton, a un brevísimo texto de Freud de 1925, «Die sittliche Verantwortung für den Inhalt der Träume» (trad. castellana: «La responsabilidad moral por el contenido de los sueños», en Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1987, t. XIX, pp. 133-136).
Los viejos bolcheviques, lejos de ser los hombres sin falla de la leyenda dorada de la Revolución, parecían bastante afectados a los ojos del clínico. La mayoría, neuróticos rematados, que arriesgaban locamente su vida y eran curiosamente cobardes en el momento decisivo, quienes creían en Papá Noel y perdían la cabeza con el primer desengaño; histéricos perdidos que querían que se los ame, que pescaban cumplidos; obsesivos desconfiados, que dudaban, embarulladores, o incluso gozadores a corto plazo.
Stalin era de un temple totalmente distinto. Ningún escrúpulo, ninguna decencia. Sin vacilación, sin falta en ser. El hombre de acero, el perfecto canalla, intocable, cerrado sobre sí mismo, «calmo monolito caído en este bajo mundo por  una oscura catástrofe».

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Póster de propaganda. Texto: «La dulzura de Stalin brilla en el futuro de nuestros niños»

El esplendor del canalla, su particular brillo maléfico proviene de que no posee alteridad: el canalla no acepta ni al Otro con mayúscula, que no es más que ficción, ni a los otros, que no valen nada. No se trata de narcisismo, porque a Narciso le hace falta la escena y el espectador. Tampoco podemos  llamarlo cinismo, elevada ascesis espiritual e higiénica. Sería más bien un autismo político, para hablar como los amigos Lefort.  Miren a Stalin en la reunión del Comité Central que destituyó el 9 de septiembre de 1940 a su protegido Avdeenko, el viejo minero del Dombass (pp. 594 y 595 del libro de Marie).
Se le pueden reprochar muchas cosas a Stalin, pero hay que decir algo en su favor: no fue dañado por su nacimiento, comenzó por ser seminarista, como Julien Sorel, pero nunca, nunca fue un terrorista. Entiéndanme bien: organizó el Gran Terror, reclutó terroristas, hizo padecer hambre al pueblo, fue un despoblador, pero nunca fue uno de esos terroristas que ponen su vida en juego, es decir, que aceptan perderla por un significante ideal, como lo fue Julien.
Stalin -Koba en aquella época- se hizo pasar por el organizador de la manifestación sangrienta se Batum, puerto del Mar Negro, en marzo de 1902, a continuación del cierre de la refinería Rothschild. Barbusse lo describe «como un blanco que encabezaba la manifestación». «En lo tocante al blanco -escribe Marie-, nadie lo vio, salvo un comisario de policía cuyo testimonio rechazaron los jueces» (p. 69).
Nada más lejos del canalla que el terrorista que da su vida para tomar la de otros. El principio subjetivo del terrorismo no se distingue del de la anorexia. «Quería un cuerpo de ángel», me dijo en el almuerzo la antigua anoréxica, que no hace más que picotear. Sí, de ángel exterminador.
Más vale, ¿no es cierto?, la démocrassouille¹, como dicen los fachos.
La verdadera cuestión es saber por qué el psicoanálisis no echa raíces en tierra del Islam. Sería necesario, sin embargo, para desecar el goce mortífero del sacrificio.

Comenzada el 19 de septiembre, terminada el 30

(2001)


Jacques-Alain Miller: Cartas a la opinión ilustrada, Paidós, Buenos Aires, 2002, página 126.


¹Démocrassouille es una condensación de los términos démocratie (democracia) y souiller (manchar) [N.de la T.]

La civilización como fracaso: foto sin shop

Gustavo Dessal

En un texto escrito especialmente para la agencia Télam, el escritor y psicoanalista argentino Gustavo Dessal, radicado en España desde 1982, reflexiona sobre algunos efectos de la cultura de la imagen, cuando en nuestras sociedades, huérfanas del sentido de la tragedia, se enfrentan, sin desear, menos a la brutalidad del dolor que a una “ignorancia” que lo promueve y promociona, y que lo hace circular como valor de cambio y de uso.
Por Pablo E. Chacón

Aylan Kurdi, de tres años, muerto en la playa de Bodrum
Ayer era solo la imagen de un niño sirio de tres años, pero hoy sabemos su nombre. Se llamaba Aylan. En el naufragio, a su padre se le escapó de las manos, y de esas manos se escapó la vida del niño y también la del padre, a quien más le habría valido morir en vez de convertirse en el espectro de un superviviente. No cualquier muerte es el límite absoluto: Lacan sugirió que es la de un hijo. La varia boca del mar, que es infinita, tuvo al menos la piedad de devolverlo intacto, con su ropa compuesta, su mejilla apoyada sobre la arena blanda, como si durmiese. Los hombres no tuvieron esa compasión.

Desde el ángulo que esa foto fue tomada, casi no vemos el rostro de Aylan. Vemos, en primer plano, las suelas de sus zapatillas. La crónica del mundo se escribe en los libros, y también en las suelas de unas zapatillas, solo que esta vez el relato se interrumpió demasiado pronto. No sin razón Borges calificó de universal la historia de la infamia: porque no conocemos la fecha de su inicio, pero estamos seguros de su eternidad. Todos los días se añade una página, del mismo modo que todos los días mueren miles de niños y nos hundimos un palmo más en la ignominia.

Continuando con el repaso del espanto, leo que los medios de prensa discuten sobre la conveniencia o no de publicar la foto. Notable y docto debate, en una época donde la obscenidad de la imagen se ha convertido en un valor sagrado. La prensa del país que hace unos meses se partía el pecho por la defensa de la libertad de expresión, ayer manifestó contención y pudor en sus portadas. El argumento es compartido por muchos: no comerciar con el dolor. Por supuesto. ¿Por qué dar especial relieve a esta tragedia cuando centenares se suceden diariamente sin que una foto las registre? Tal vez exista una objeción válida a este atendible argumento. Porque de tanto en tanto necesitamos un uno. No el Uno de la unificación, el de la totalidad, o el de la globalización, sino el uno que podemos extraer de un conjunto. Desgraciadamente, una montaña de cadáveres, una sucesión interminable de horrores, acaba por reactivar la función más primaria de los sentidos: la función de no querer saber. ¿Acaso no es eso lo que Lacan enseñaba cuando solía recordar las palabras del Eclesiastés: Tienen ojos para no ver, oídos para no escuchar? Por eso hemos necesitado la foto del niño judío con los brazos en alto, detenido junto a su familia por las SS, y también la foto de Kim Phuc, la niña vietnamita de nueve años que corre desnuda quemada por el napalm, esa foto que abrasó la conciencia de una buena parte del pueblo estadounidense. Hemos necesitado esas fotos -y otras tantas- porque tienen la propiedad de desencadenar un efecto de identificación, sin el cual el otro es solo un número vacío, invisible en la contabilidad de las víctimas, o el espejo negro de lo peor de nosotros mismos, que nos obliga a apartar la mirada.

Kim Phuc
«Napalm girl» de Nick Ut, 1972

Freud refundó la condición humana, y la situó en el sorprendente espacio de la infancia. Si Shakespeare inventó al ser humano, según la famosa y provocadora afirmación de Harold Bloom, Freud inventó al niño. La infancia freudiana no es un período evolutivo. Es la subjetividad misma que perdura inalterable a lo largo de la vida, suspendida por siempre del hilo del desamparo radical. Aylan es el retrato de una derrota, la fotografía de la civilización como fracaso irremediable, el que se muestra cuando lo real hace trizas el velo ilusorio del progreso. Lacan advirtió que el hombre ha perdido el sentido de la tragedia. En su lugar, es la tragedia del sentido lo que se apodera de la colectividad humana. Que actualmente el sentido haya alcanzado su nivel crítico en el fratricidio islámico, es un avatar histórico: los otros monoteísmos también aportarán su veneno, como siempre han sabido hacerlo.

Por fortuna, la hipocresía no ha llegado esta vez a la playa turca, y no veremos una nueva foto de los mandatarios europeos desfilando tomados del brazo mientras una multitud de imbéciles aplaude embargada de emoción y patriotismo a los defensores de la libertad. Esa otra foto, que bien podría ser la cubierta del catálogo de la Europa teratológica, ha servido para una cosa distinta: recordarnos que existen distintas calidades de víctimas y de muertos, que hay crímenes que ofenden a la Humanidad, y masacres que en cambio se consideran actos de legítima defensa.

Como tantos otros, Aylan no ha podido cumplir el sueño de alcanzar la Tierra Prometida. ¡Qué mueca grotesca de la Historia! Hoy el Paraíso tiene su sede central en Alemania.

 

(2015)

Fuente: Télam

«La época vive una fascinación por la violencia contra uno mismo y contra los otros»

Entrevista a Éric Laurent, por Pablo E. Chacón

—Agitación de lo real¹ es un título inquietante. ¿Cómo entenderlo respecto a la cuestión del cuerpo?

-Bueno, espero que sea un título unheimlich (inquietante). Se trata de despertar la atención sobre un punto que Lacan hizo para esclarecer ciertas aporías en Freud. En Freud, la zona de contacto entre la ciencia y el psicoanálisis era el funcionamiento de la economía libidinal. Después de 1920,  la economía del deseo tenía como horizonte a la pulsión de muerte y un nivel cero de energía -esto es, el principio del Nirvana, como decía Sabina Spielrein. Esta perspectiva permitía sostener la hipótesis de la vigencia de la segunda ley de la termodinámica, que introduce la inercia entrópica como horizonte energético final. Así, esa hipótesis definía algo como un real en el psicoanálisis. Lacan, a su vez, intentó definir la pulsión de muerte a partir de lo que tiene lugar en la experiencia analítica, sin introducir hipótesis suplementarias. Primero mostró que se podían ignorar aspectos vitales pensados como imaginarios, de la pura repetición significante. En la enseñanza de Lacan (tal como dice Jacques-Alain Miller) aquel fue uno de los paradigmas del goce.
Y siguió: trató (y consiguió) aislar un modo de repetición que no fuera la repetición significante. Definió al Uno del goce que se repite en el horizonte de la experiencia analítica pero que no obedece a las leyes de la repetición significante, y tampoco a la lógica del fantasma. Ese horizonte aparece en los análisis de larga duración. Y esa repetición diagrama un universo sin ley, sin necesidad, que Lacan pensó como encuentro con la contingencia. De esto trata la agitación de lo real. No del imaginario del movimiento browniano que obedece a las leyes de la mecánica estadística sino del encuentro de los cuerpos con la contingencia del goce que introduce la consideración del sinthome.

—La dietética, la pedagogía, el biopoder, la genética, etcétera. ¿De qué manera esas prácticas, esos saberes, tocan al cuerpo del sujeto del discurso de la ciencia?

-En el Seminario 19, Lacan hace observaciones muy llamativas sobre esto. Por ejemplo, constata que el conocimiento del cuerpo es obtenido primero por la sabiduría de quienes querían aliviarse de la presión del deseo. Son las prácticas que se centraron en la hygiene como principio fundamental del conocimiento de sí. El souci de soi, como decía (Michel) Foucault, permitió la elaboración de un saber sobre el goce a través del control del cuerpo. Y que no tuvo lugar sólo en la filosofía griega, que en la variedad de sus escuelas, siempre tuvo una dimensión de técnica del cuerpo ; también en la religión judaica, en la cual el Qohelet es un libro de sabiduría. Atenas y Jerusalén se encuentran en la perspectiva del saber higiénico.
La otra vía de conocimiento del cuerpo, que no se controla con la hygiene, es la enfermedad. Capturado por la enfermedad, el cuerpo revela posibilidades de sufrimiento y de salvación impensables. Pero la alianza entre la medicina y la ciencia ha inventado una nueva experiencia de la enfermedad, que pone al cuerpo en un aparataje inédito, con técnicas cada vez más sofisticadas. El verdadero cuerpo biónico no es tanto el cuerpo sano que sueña extender el poder de sus órganos: es el cuerpo enfermo que se transforma en objeto de experimentación, de  nuevas generaciones del mismo medicamento, y/o de máquinas de control y suplencia que componen nuevos organismos. Claro que esto diseña experiencias inéditas de goce corporal de las cuales existen cada vez más testimonios, en los análisis, en los relatos literarios del atravesamiento de una enfermedad potencialmente letal. Las reacciones del cuerpo, su resiliencia tanto como su abandono, tienen un efecto sorpresa que inclina a la medicina contemporánea a salir de la simple consideración sobre los grandes números, la Evidence Based Medicine, para atender una perspectiva de la singularidad. Esta perspectiva moviliza a la genética y a los saberes sobre el cuerpo en un horizonte que trata de encarnar, de hacer presente lo más rápido posible la empresa eponímica de digitalizacion del mundo que es Google. Sus últimas jornadas de estudio tenían como título Hacer retroceder la muerte.
El psicoanálisis nombra otro saber sobre el goce: de la repetición del síntoma y del fantasma hacia la contingencia del síntoma.

—¿Existe una diferencia entre el sujeto, capturado por el discurso de la ciencia, y lo real que agita a ese sujeto, ese real que se presenta como inasimilable, irrepresentable, imposible de mensurar?

-Esa diferencia fue definida por Lacan como una respuesta. Propuso un sujeto respuesta a lo real. Decirlo así implica separarse de las concepciones previas del sujeto. Por ejemplo, el sujeto supuesto por el existencialismo consideraba la reciprocidad imaginaria del y el Yo como una dimensión fundamental: el sujeto era una respuesta al otro fundamental, una suerte de hermano inteligible desde el principio ético de no hacer al otro lo que no quieres que te hagan. Lacan cambia esa perspectiva fundando el sujeto con relación a lo que usted bien define como inasimilable, irrepresentable, imposible de mensurar. Se trata de un sujeto más vinculado con su angustia que a su prójimo. A condición de considerar que la angustia no es angustia de la muerte sino angustia frente al goce articulado de lo vivo, angustia frente al deseo del Otro.

—Cuando se dice todos solos, todos autistas, todos adictos, ¿qué se quiere decir estrictamente, si se piensan esos sintagmas desde el psicoanálisis?

-Si se piensan esos sintagmas desde el psicoanálisis, aparecen como aporías. En un primer nivel, se puede decir que trazan un horizonte común, esto es, cómo se vive la pulsión en la época del discurso de la civilización. En la época del individualismo de masa, existe un registro de soledad para todos que la puede explorar incluso la sociología. La sociología describe a un sujeto encerrado en modos de vivir múltiples pero solitarios, con lazos líquidos hacia el otro (Zygmunt Bauman), relaciones vacías, efímeras con el otro de la hipermodernidad (Gilles Lipovetsky) o al refugio de la performance adictiva hasta el cansancio de sí mismo (Alain Ehrenberg) que pueden llevar a la melancolía, al delirio báquico o al terrorismo. Este horizonte común está subvertido por Lacan cuando enuncia: Todo el mundo es loco, es decir, delira, porque reenvía a la manera singular con la cual cada uno delira en este común. En este sentido, el sujeto del delirio singular es una respuesta a lo real que testimonia de otra experiencia que la que describen los sociómanos de Philippe Sollers.

—¿Es posible que el sujeto del común (del que habla Toni Negri), bajo estas condiciones, sea capaz de pensar una política emancipatoria, teniendo en cuenta los reparos que Lacan tenía al respecto?
-Definir al sujeto a partir de lo común es partir de una noción del todo que la experiencia analítica no anula pero pone en cuestión. En ese sujeto del común hay algo demasiado vinculado con el (sujeto) husserliano de la fenomenología. Así, se piensa la experiencia del mundo posible a partir de una presencia de evidencias mudas, compartidas como axiomas silenciosos de la experiencia y de la continuidad de la existencia. Es lo que el psiquiatra alemán Wolfgang Blankenburg postuló como las evidencias que definen el sentido común.
Su obra describe lo que sucede clínica y fenomenológicamente cuando se pierde la evidencia natural. En su segunda tópica, Freud también englobó al Yo en función de un Todo transmitido -subraya Lacan- por el sociólogo Gustave Le Bon y su teoría de las masas. Las hipótesis de  Massenpsychologie und IchAnalyse (Psicología de las masas y análisis del yo) son criticadas por Lacan desde sus principios. Es conveniente partir de la experiencia del no-todo, el aparato de goce de uno, su síntoma, su fantasma, el delirio singular. Es desde ese punto que se puede considerar un uso no masificante de las identificaciones. Esta dimensión de la cosa se hace evidente cuando se revisa la experiencia del sujeto femenino. Algunas feministas hablan de sororidad como los hombres de fraternidad. Otras subrayan que la originalidad de la posición femenina es la preocupación por el otro, el care, palabra inglesa difícil de traducir en todas sus acepciones. Pero Lacan encontró otra manera de presentar la originalidad de la relación femenina con la identificación. Dijo que las mujeres no tienen la misma tendencia a la identificación narcisista que los hombres porque pueden ser el síntoma de otro cuerpo. Esa alteridad es abierta por el desplazamiento del objeto, punto crucial de lo que Freud aisló como una de las particularidades del Edipo femenino. Entonces, las mujeres no tienen la misma relación que los hombres con la experiencia de la identificación y del Todo. Cuando (Jacques-Alain) Miller habla de la feminización del mundo, esa dimensión aparece cada vez más como un componente de las políticas del todo, sea en la multiplicidad de los modos de vivir la pulsión, o en el pasaje de los derechos humanos a los derechos uno por uno, que implica una desacralización de lo universal.

—Finalmente, en la película Das experiment, de Oliver Hirschbiegel, ¿existiría alguna clave para entender por qué el psicoanálisis de orientación lacaniana está condenado a sobrevivir en este mundo que decidió sepultar la relación del sujeto con su finitud, y se entregó a la acción-reacción del cognitivismo social?
-Sin dudas. Hirschbiegel tiene una sensibilidad especial para explorar la emancipación de las formas del Todo.  Últimamente se interesó por la princesa Diana Spencer como objeto de experimentación social, el uso que ella hizo de su posición de excepción en relación con un todo, la figura de Princess of the People, como la llamó el responsable de las comunicaciones del ex premier Tony Blair. Hirschbiegel inició su carrera concentrándose en la novela de Mario Giordano , Black Box, inspirada en el experimento de psicología social de Philip Zimbardo en la Universidad de Stanford, California, en agosto de 1971. Wikipedia presenta así la cuestión: El experimento de la cárcel de Stanford es un conocido estudio psicológico acerca de la influencia de un ambiente extremo, la vida en prisión, en las conductas desarrolladas por el hombre, dependiente de los roles sociales que desarrollaban (cautivo, guardia). Fue llevado a cabo en 1971 por un equipo de investigadores liderado por Philip Zimbardo de la Universidad Stanford. Se reclutaron voluntarios que desempeñarían los roles de guardias y prisioneros en una prisión ficticia. Sin embargo, el experimento se les fue pronto de las manos y se canceló en la primera semana. Las preocupaciones éticas que envuelven a los experimentos famosos a menudo establecen comparaciones con el experimento de Milgram, que fue llevado a cabo en 1963 en la Universidad de Yale por Stanley Milgram, un antiguo amigo de Zimbardo. El estudio fue subvencionado por la Armada de los Estados Unidos, que buscaba una explicación a los conflictos en su sistema de prisiones y en el del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos. Zimbardo y su equipo intentaron probar la hipótesis de que los guardias de prisiones y los convictos se autoseleccionaban, a partir de una cierta disposición que explicaría los abusos cometidos frecuentemente en las cárceles. Los participantes fueron reclutados por medio de anuncios en los diarios y la oferta de una paga de 15 dólares diarios por participar en la simulación de una prisión. De los 70 que respondieron al anuncio, Zimbardo y su equipo seleccionaron a los 24 que estimaron más saludables y estables psicológicamente. Los participantes eran predominantemente blancos, jóvenes y de clase media. Todos eran estudiantes universitarios. El grupo de 24 jóvenes fue dividido aleatoriamente en dos mitades: los prisioneros y los guardias. Más tarde los prisioneros dirían que los guardias habían sido elegidos por tener la complexión física más robusta, aunque en realidad se les asignó el papel mediante el lanzamiento de una moneda y no había diferencias objetivas de estatura o complexión entre los dos grupos. La prisión fue instalada en el sótano del departamento de psicología de Stanford, que había sido acondicionado como cárcel ficticia.
Acá tenemos una experiencia fuerte de relación entre identificación y goce, o un goce de la identificación que conduce  a los sujeto hombres a no a ser síntomas de otro cuerpo sino el estrago de esos cuerpos. En La batalla del autismo recuerdo la experiencia, en la década anterior, de Stanley Milgram, en Yale: se trataba de evaluar el grado de obediencia de un individuo a una autoridad que considera legítima y analizar los procesos de sumisión a la autoridad, en especial cuando ésta induce a acciones que plantean problemas de conciencia al sujeto. Esta experiencia estaba destinada a saber hasta qué intensidad de electroshocks estaban dispuestos a llegar unos adultos para castigar a otros cuando prescribía el castigo en cuestión (y cuyos efectos eran simulados por actores sin que los participantes lo supieran). De quienes se prestaron, muy pocos se resistieron a intensificar el daño. Francia no es el único país donde se ha reflexionado sobre las consecuencias de efectivizar órdenes absurdas de una autoridad convertida en superyoica, obscena y feroz.
Ahora bien, la repetición del resultado de estas experiencias operan como el revés hard de los desplazamientos de la sensibilidad actual. Películas como Zero Dark Thirty hacen participar sin distancia de sesiones de tortura por el bien común. Y como éxito de librería está Cincuenta sombras de Grey, que da una idea del interés de la época en una supuesta verdad, superior al dolor, como experiencia de goce en el cuerpo. Roman Polanski también captó esto con su Venus à la fourrure. La entrega a la acción-reacción del cognitivismo social, como usted dice, no testimonia un rechazo del sujeto sino una manera contemporánea de vivir la pulsión, en sintonía con la fascinación epocal de la violencia contra uno mismo y contra los otros.


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Judit decapitando a Holofernes, Artemisia Gentileschi. 1612-1613.

(2013)


¹ 6ta. edición del ENAPOL, que lleva el título de Hablar con el cuerpo. La crisis de las normas y la agitación de lo real.

Fuente: Télam

Restauración del diván social

Miquel Bassols, entrevistado por Mario Goldenberg

Miquel BassolsEn el mes de abril (de 2014) se realizó el IX Congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP) –en el Palais des Congrès de Paris– que designó a Miquel Bassols Puig, psicoanalista catalán, como su nuevo presidente. Bassols es un agudo analista y curioso intelectual que venía de ocupar la vicepresidencia de la AMP. Lleva adelante un muy interesante y blog personal, llamado Desescrits sobre psicoanálisis lacaniano, en el que se pueden encontrar comentarios de libros, ponencias, entrevistas y demás, tanto en español como en catalán. A fines de noviembre, invitado por la Escuela de la Orientación Lacaniana, estará en Buenos Aires. En esta entrevista revisa la importancia que han tenido la ciencia, la religión y la violencia en el pasado y en el futuro del psicoanálisis.

–Hay una diferencia de abordaje en la problemática de la ciencia y la religión en Freud y Lacan. En su obra El porvenir de una ilusión (1927), Freud apuesta al progreso de la ciencia y la extinción de la religión. Sin embargo, Lacan tomó un recorrido distinto, plantea que la religión es inagotable, indestructible, y que puede haber cierta vertiente cientificista que intente sustituir a la religión. ¿Cómo lo interpreta usted?

–Sí, Lacan situó muy bien a la ciencia, a la religión, a la magia y al psicoanálisis a partir de las cuatro causas aristotélicas. Pero es cierto que, Freud partió de un horizonte cientificista para el psicoanálisis, intentando localizar el psicoanálisis en la ciencia de su tiempo. Pero estamos en un momento distinto. Por supuesto que después de la enseñanza de Lacan el psicoanálisis está en otro momento, pero la ciencia misma está en otro momento. Después de la Segunda Guerra, claramente, lo que se ha dado en llamar las tecnociencias –es una palabra que tal vez pueda discutirse– pero que indica algo, indica que ha habido un cambio de lugares en el mismo discurso de la ciencia, y lo que era un deseo de saber, un deseo supuesto de saber, se ha convertido en un deseo de poder, fundamentalmente. Y es un tema de debate en la ciencia misma actual. Pero, sobre todo yo diría que lo propio de la tecnociencia es que ha producido nuevos objetos, que sí, han venido al lugar del objeto religioso. No sólo podemos decir que, como se ha comentado, la ciencia ha venido al lugar de la religión, a dar el lugar de un sujeto supuesto saber o de un sujeto supuesto creer , fundamentalmente sobre algunos asuntos vinculados directamente sobre la vida de los seres humanos, sino que la producción de nuevos sujetos por la tecnociencia, vamos a decirlo así, ha elevado algunos objetos a la dignidad de la cosa sagrada.

–De lo divino…

–La cosa divina. Uno de esos objetos, sin duda alguna hoy, es lo que las neurociencias han elevado el objeto más enigmático, que es el cerebro mismo. Y se puede hablar, yo diría, de la elevación del cerebro al objeto, al cénit, al cénit social que la ciencia está proponiendo actualmente. Hasta el punto de que se cae, en lo que algunos han llamado “la falacia mereológica”, es decir, por ejemplo, que el cerebro piensa, o que el cerebro sabe, o que las células saben, o que la neurona sabe lo que hay que hacer. Y cuando no lo sabe muy bien hay que corregirla porque denota algún problema. Ahí está el efecto nuevo, un efecto más radical que el que podía haber en los tiempos de Freud, y es un efecto de sugestión, pero también de promoción de nuevos objetos que vienen a un lugar que antes ocupaba el objeto religioso, el objeto divino. Entonces hay una nueva creencia, hay una creencia nueva de la ciencia y hay una nueva creencia en la autoridad de la ciencia, que también está entrando en sus dificultades porque no hay sujeto supuesto creer que en un momento determinado no entre en crisis. Lo sabemos por el psicoanálisis precisamente, y creo que estamos en ese momento. Estamos en un momento muy interesante donde esos objetos están revelando su otra faz, detrás del semblante de objeto religioso; están haciendo aparecer efectos cada vez más difíciles de soportar por los seres mismos que hablan.

–Pero hay un matiz con relación a la religión y a la ciencia que está en la conferencia de prensa, del 29 de octubre de 1974 en el Centre Culturel Français de Roma, donde Lacan señala que la religión triunfará. Dice que la ciencia produce un real tan arrasador, que hace más necesaria la religión como refugio de sentido.

–Exacto. A más avance de la ciencia, más presión de la ciencia. Y lo mismo ocurre con el sentido religioso.

–A finales de los 90, se empezó a hablar del retorno a la religión.

–Exactamente, es un fenómeno conocido al que los individuos no son ajenos, se conoce muy bien. Y algunos además manejan, explícitamente, muy claramente, las dos referencias. Y es muy difícil, yo diría, mantener un ateísmo en el campo de la ciencia, a diferencia de lo que podía ocurrir en otros momentos, ese sería un tema para desarrollar. En todo caso, lo importante es en esta coyuntura cómo el psicoanálisis se maneja. Lacan decía que, si el psicoanálisis vencía en esta lucha por el sentido, se terminaba, iba a su extinción. Es muy interesante esa posición de Lacan, porque indica que en esa coyuntura donde ciencia y religión pueden anudarse de una manera cada vez más clara, el psicoanálisis es el discurso que puede hacer aparecer el sinsentido. El sinsentido que aparece en lo real. El real propio que elabora la experiencia analítica, y que finalmente a nosotros mismos nos plantea un problema, cómo manejar el saber distinto de la creencia. Es un tema clásico en la lógica, saber y creer.

Saber y creer , es un título de Hinttika, al que Lacan se refiere en su seminario en algún momento, y que implica que separando esos dos registros –que la ciencia a veces no puede separar, ni la religión– podamos hacer aparecer el real propio del inconsciente, del inconsciente que llamamos real, como aquello que escapa a la creencia y a la producción total de sentido. Es una tarea para el discurso analítico del siglo XXI.

–¿Qué ocurre en Brasil, donde hay un cruce entre psicoanálisis, psicoterapia y religión, y donde se está produciendo un intento por reglamentar al psicoanálisis?

–Para mí es algo totalmente inédito, desconocido. Y esto hasta que en la última reunión de consejo de la AMP apareció el tema. Parece que hay un efecto, una coalescencia, que hay que estudiar. Un fenómeno particular, no sé si es sólo en Brasil o también otros lugares donde se produce esa aleación entre psicoterapia, religión, y cierta referencia científica también. Pero sin duda hay que poder mantener la especificidad del psicoanálisis sabiendo que no hay regulación posible de la transferencia. Hay que saber que la transferencia siempre es sorpresiva: es el encuentro singular de cada sujeto con un real que no se puede normativizar ni programar, ni por el discurso universitario o el discurso del protocolo médico o psicoterapéutico.

–Su texto para la Organización de las Naciones Unidas sobre la violencia contra las mujeres, tuvo un impacto muy favorable e importante en la Argentina. Lo han leído centros sobre la violencia de género y me interesa que pueda decir un poco más qué puede aportar el psicoanálisis para el tratamiento de estos fenómenos de violencia que tienen que ver más con la época actual, porque las formas de violencia han variado.

–Es una epidemia.

–Sí. La violencia familiar, la violencia escolar, la violencia contra las mujeres, dejando de lado lo criminal…

–Es una epidemia. Además mi hipótesis es que es una epidemia que se contagia por identificación y que, según cómo se trate el problema, es lo que estamos verificando, según cómo se trate el problema, se aumenta la epidemia.

–¿También por lo mediático?

Woman picking flowers, John William Waterhouse
Woman picking flowers, John William Waterhouse

–Por lo mediático. Creo que hay un efecto de este tipo y según cómo se trate el problema aumenta el efecto epidémico. Al menos en España es lo que está ocurriendo ante la sorpresa de todos los dispositivos que se han puesto en marcha para tratar lo que ya se da como un efecto de epidemia, especialmente de la violencia contra las mujeres. ¿Qué es lo que el psicoanálisis debe decir y debe aportar para esta problemática? En primer lugar, yo sitúo siempre, y en el texto que presentamos en la ONU lo presentamos así. Hay tres lugares donde la segregación culturalmente se ha operado de la manera más drástica. Esos tres lugares son la infancia, la locura y lo femenino, o la femineidad. La femineidad como alteridad de un goce que no se puede localizar en los parámetros fálicos del universo global y masculino, en primer lugar. ¿Qué podemos decir del psicoanálisis, que es una experiencia precisamente singular en cada sujeto, de tratamiento de lo que es la segregación del goce más íntimo para cada uno? ¿Cómo situarse frente a eso que es lo más ignorado del goce propio, que es lo que hay de loco, de niño y de femenino en cada sujeto, que es segregado por estructura? Porque cuanto más se ignore esa zona fundamental del ser que habla, más aparece la violencia como respuesta a esa segregación. Y eso aparece en lo singular de cada caso, pero también aparece como Freud muy bien anticipó en Psicología de las masas , como reducible a la psicología individual. En los términos de la psicología de las masas, eso aparece traducido en fenómenos de masa como fenómenos de violencia grupal que cada vez están siendo más notorios en distintas partes del mundo. En Europa por supuesto, en América, es un fenómeno que toma formas distintas según los lugares, pero que responde, sin duda, a una lógica de la segregación del goce como lo insoportable, lo no incluible dentro del principio del placer. Eso hay que desarrollarlo en la experiencia analítica distinguiendo principio de placer y goce. El goce como lo que está más allá del principio del placer. Pero lo que sí vemos, es que esos tres objetos, esos tres estatutos del sujeto reducidos a objeto, que son, la infancia, la femineidad y la locura, son objeto de la segregación en la violencia mayor, y lo siguen siendo. Incluso en las sociedades donde el estado del bienestar está supuestamente asegurado, estamos viendo el retorno feroz de esos fenómenos de segregación y violencia. El psicoanálisis lo que puede aportar, es precisamente una elaboración, una distinción clara entre principio de placer y goce, mostrando que la relación no es tan simple, y que el intento de desvictimizar esos lugares tiene también una contrapartida. Victimizarlos tiene otra. Pero la partida debe jugarse en otros términos. Seguramente va a ser un tema de un próximo encuentro, precisamente a partir de ese término crucial que debe saberse declinar a partir del psicoanálisis, que es el lugar de la víctima en las sociedades modernas, que toma lugares cada vez más trágicos, en efecto.

–Es interesante que en la institución escolar donde la violencia es global y es epidémica, están estos tres términos: los niños, lo femenino –por el lado del encuentro con el otro sexo en los adolescentes–, y también estos fenómenos de locura que estallan.

–Cada vez más frecuente. Además con el añadido de que se está patologizando este tipo de posiciones. En la clínica actual, sostenida por una orientación más biologicista, se está patologizando ciertas respuestas del sujeto, que tratadas de esta forma, no se retroalimentan de esta manera. Lo que vemos es que el efecto de diagnosticar de hiperactivo a un niño, lo destina muchas veces a una posición de segregación, que va a responder con violencia.

–Sí, además la lectura del bullying es una lectura fantasmática de victimario y víctima, no responsabiliza y no lee eso como síntoma.

Toda la problemática es cómo sintomatizar, en el buen sentido de la palabra, no como un trastorno sino como un malestar del que el sujeto pueda hacerse responsable, sacarlo de esa posición de víctima y poder hacerlo responsable de su posición. Es en efecto algo que da otra salida a esos fenómenos cada vez más crecientes en el ámbito escolar y social.

(2014)

Fuente:
Revista Ñ

La lámpara de Edison

Pauline Prost
Psicoanalista

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En El racionalismo aplicado Gastón Bachelard nos ofrece una hermosa imagen de corte epistemológico: la humanidad, dice, ha producido luz siempre por medio de técnicas e combustión, haciendo arder algo; el genio de Edison es haber inventado el medio para dar luz impidiendo que arda una materia: en el vacío, el filamento titila pero no se consume. En ello se puede encontrar la alegoría, el emblema de la revolución freudiana.
El inconsciente freudiano no es el inconsciente de siempre, dice Lacan. ¿Por qué? ¿De qué fuente bebían los humanos, qué fuego atizaban para iluminar su camino en la existencia? Puede arriesgarse esta respuesta: el inconsciente se apagaba en el amor.
«Al principio era el amor». Amor al amo, variante del amor al padre, en las sociedades autoritarias y en las religiones, amor al saber, bajo el régimen de la Sabiduría y, más tarde, de la Ciencia, amor por la Verdad finalmente, acorralando el saber en sus fallas y sus límites, en los momentos de subversión, colectiva o individual. Cada uno de los momentos de la Historia, que Lacan llama universos de discurso, encuentran el limite donde se consume el deseo, y dejan el lugar a un nuevo amor. Freud se adelanta en la escena donde flamea la histérica, figura eminente de la subversión, y, nuevo Edison, inventa el lugar vacío donde ella titila y traza el camino de un saber inédito.

Lo ídolos y el completamente -otro

En la caravana del mundo, la escena analítica cual tabernáculo del Éxodo, es una tienda vacía. En este espacio despejado, si no deshabitado, la queja, la demanda, los remordimientos y la angustia pueden desplegar su letanía evitando los dos escollos de todo diálogo: la pregunta y la respuesta. Si el otro, en efecto, me pregunta, me interroga, él me impone, bajo el velo de su interés, sus esperas, sus referencias, su vocabulario. La pregunta, a fortiori, el cuestionario, es siempre hipócrita, porque aunque aparenta ignorar, es a partir de lo que se sabe que se pregunta, a partir de lo que parece importante, útil, sensato. Por eso toda pregunta, y ésa es su astucia, contiene ya su respuesta. Al sujeto que llega con su pregunta «¿Qué debo hacer?» o «¿Quién soy yo?», el análisis le ofrece tan sólo una respuesta: tú puedes saber, con un saber que nadie más que tú detentas, pero que solamente puede  enunciarse con una palabra, dirigida a otro que se convierte en testigo de ella, palabra en la que cada uno hace entrar sus maneras de decir, sus imágenes, sus sueños, su historia, procediendo a una «puesta en intriga» de su vida. Ningún diagnóstico, psicológico o médico, puede desposeer al sujeto de esta dramaturgia singular en la que, al construir su épos, el sujeto no puede compararse con ningún otro.
Porque el análisis desidentifica. Toda identificación es un esfuerzo por vestirse con los oropeles de otro, tomar prestado su hábito, su prestancia, sus certezas. El análisis cura para siempre de la supuesta consistencia del otro. El sujeto desidentificado sabe ver la división, la falla, escapando a la fascinación celosa por quien se ofrece en la brillantez del espejo.
Por eso el psicoanálisis está a contracorriente de todos los ofrecimientos de ayuda al desarrollo de sí, del aprendizaje de la autonomía, del vademécum del «saber seducir o saber imponerse», ser amado u obedecido, doble impasse de la demanda, doble fracaso del deseo. La abdicación del sujeto, bajo la apariencia de «desarrollo personal», toma su forma más monstruosa en la práctica del coaching, en el cual el sujeto delega en el experto, ángel de la guarda, daimon o suplente, doble, el cuidado de su existencia.

Pasajero clandestino

Intempestivo, inactual, a contracorriente de cualquier intención de normalización, el psicoanálisis sufre las consecuencias en la opinión pública, y muchas veces las desencadena, al revelar y asumir lo que se esconde detrás del llamado a los semblantes de la conformidad: la búsqueda de goce, el individualismo, la aspiración a un «ser sí mismo» sin límites ni trabas, llamado ciego pero tanto más insistente en una singularidad refractaria al lazo social, a los grandes ideales de identidad como han sido la religión, la política o la familia. Ese lazo social inencontrable se busca paradójicamente en la «comunicación», «la transparencia», la exhibición de sí.
El psicoanálisis tiene el privilegio de ir hasta el fondo de esta lógica de lo único. Sabe y hace apreciar a quien se compromete que el «sí» tiene cierta relación con el goce imposible de compartir. Aprende a no dejarse engañar por el llamado del otro «que me comprende», porque por haber ido hasta el fondo de los poderes de la palabra, escapando de la impostura del «lo he comprendido», él sabe que, sobre eso que le es más cercano, hay un imposible de decir que abre el campo a lo que es para hacer.
Al filo de una palabra que descubre la obligación escondida bajo su aparente libertad, la cura analítica depura la voluntad de decir, disipa el espejismo de cualquier elucidación. La ascesis del análisis, su lentitud, su eternización a veces, testifican la dignidad de la palabra, su valentía interpretativa, sus efectos de sorpresa, de creación, de poesía, difiriendo sin cesar y haciendo retroceder al infinito el punto en el que el sujeto es liberado de la pasión por hacerse comprender.
Solamente el silencio atento del otro, invitando al sujeto a recorrer sin descanso los meandros de su historia, a utilizar sus significaciones hasta los límites del sinsentido, ofrece a cada uno el acceso a su punto de silencio, reserva y recelo de su voluntad de vivir, que lo hace apto para acoger todos los ruidos del mundo.


Jacques-Alain Miller, Bernard-Heri Levy (Comp.): La regla del juego – Testimonios de encuentros con el psicoanálisis, Gredos, Madrid, 2008, página 246.

La sesión analítica (y el principio de utilidad directa)

Jacques-Alain Miller

 

No sería excesivo decir que el psicoanálisis tomó el relevo de la poesía y consumó, a su manera, un reencantamiento del mundo. Reencantar el mundo, ¿no es lo que se lleva a cabo en cada sesión de psicoanálisis? En una sesión analítica nos abstraemos de toda evaluación de utilidad directa. La verdad es que no sabemos para qué sirve una sesión. Contamos nuestras vidas, damos un lugar a lo que podríamos denominar nuestra autobiografía, salvo que no la escribimos: la contamos la narramos. Es la autobionarración, si me permiten, con lo que esto entraña de autoficción -en la actualidad pretenden convertir esto en un género literario, en parte deudor de la práctica del psicoanálisis. Cada sesión de análisis -con lo que implica de contingencia, es decir, de azar y de miseria- afirma, sin embargo, que lo que vivo merece ser dicho.
En este aspecto, una sesión de análisis no es nada; se extrae del curso de la existencia para formular lo que podemos cuando estamos asfixiados, liberando una hora para conseguir hablar antes de que el ritmo de la existencia vuelva a atraparnos. No obstante, por poco que sea, una sesión sirve para desmentir el principio de utilidad directa. Es la confianza en una utilidad indirecta, una utilidad misteriosa, una causalidad que nos costaría mucho detallar, una causalidad acerca de la cual ignoramos por qué canales pasa, pero que en definitiva se impone. En cada sesión de análisis hay confianza en la utilidad indirecta.

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Madame Récamier por Jacques-Louis David en 1800

En este sentido, una sesión de análisis siempre es un esfuerzo de poesía, un espacio de poesía que el sujeto se reserva en medio de una existencia, la suya, que está determinada, gobernada, por la utilidad directa -hoy en día, ésa es la situación de todos.
Ahora bien, ¿que significa poesía? La poesía no es asunto de talento. Cuando tiene lugar bajo la forma de una sesión analítica, poesía significa que no me  preocupo por la exactitud, que no me preocupo por la concordancia de lo que digo con lo que otros creen, ni tampoco con lo que puedo transmitirles. La sesión de análisis es un lugar donde puedo despreocuparme de la búsqueda de lo que es común. No es, por ejemplo, el caso de un curso donde, al contrario, debo encontrar palabras para hablar a cada uno de los que están aquí. Cuando nos propulsamos en la vida social, dependemos de lo que es común. En una sesión de análisis, podemos abstraernos de ello, no nos ocupamos de lo que es común -ni de lo común a todos, ni de lo común a varios, ni de lo común a algunos. Podemos concentrarnos en lo que nos es propio, y llegamos a decirlo a uno solo, a decirlo mediante la lengua -lo cual implica ya compartirlo. Lo decimos a otro mediante la lengua, pero a uno solo. En una sesión de análisis, no hablamos a el analista, sino a mi analista, le hablamos  él, a alguien extraído del montón. Con él tenemos ese lazo que es la lengua, y la lengua es de todos, pero el destinatario es único.
Si no es éste, es otro. Cuando el analista muere -ello ocurre-, ¡pues bien!, tomamos a otro. Él no es irremplazable. Pero sin dudas es uno, uno que está allí para aceptar, ya que eso es lo fundamental que hace, aloja, dice , acusa recibo en nombre de la humanidad, acusa recibo en nombre de quienes hablan. El analista no está allí para acusarme, ni para juzgarme, sino para acusar recibo. Y, por el solo hecho de acusar recibo, me disculpa. En efecto, quienes entran en análisis son los culpables. Por ello mismo, cabe decir que son inocentes que se creen culpables, pero en definitiva son quienes están bajo el yugo de una ley lo bastante abstracta e ilegible como para que el hecho de ajustarse a ella no exculpe a nadie. Ésta es la aberración propia de los tiempos modernos, que se caracterizan por haber dado a luz a una ley que jamás podemos ajustarnos a ella, por lo cual aún hace falta la mediación de uno a quien confiamos para poder «irnos en paz» hasta la próxima sesión.
¿Cómo no percatarse de que una sesión de análisis es una suerte de paréntesis -nada más, pero nada menos-, un paréntesis en la existencia minutada del sujeto contemporáneo consagrado a la utilidad directa? La sesión analítica es un espacio de goce que escapa a la ley del mundo, pero que también permite que esta ley del mundo ejerza su reinado, pues le proporciona un cobijo, un respiro, una pausa, mientras prosigue esa incansable extracción de plusvalías que, según se cree, justifica que existamos.


Jacques-Alain Miller: Un esfuerzo de poesía, Paidós, Buenos Aires, 2016, página 159.


Tiempos modernos (escena de la fábrica)


La esperanza en los genes

Mercedes Ávila

Hay noticias que ya no asombran porque se repiten todos los días. Sin embargo no deben tomarse a la ligera.
Actualmente -en realidad desde hace ya muchos años, pero ahora quizá con más fuerza que antes- se asiste a un movimiento de busca de respuestas en los genes. Todas las esperanzas del porvenir del hombre se hallan puestas en el código y su desciframiento, en entender qué se esconde en el engranaje genético y claro, en las posibilidades de modificar ese código esquivo, para alcanzar ya sea la perfección, la felicidad, la inmortalidad, en todo caso los ideales de los que buscan en el laberinto del código.
¿A qué llevará todo eso? Tal vez a Un mundo feliz, tal como lo imaginaba Aldous Huxley. En el punto en el que estamos es difícil no pensar en ello.
Algunos psicoanalistas se han pronunciado al respecto. Por ejemplo Jacques-Alain Miller en El futuro del Mycoplasma Laboratorium. Lo que señala allí es importante, pues habla de una posición ética frente a todo lo que vendrá y frente a todo lo que está ocurriendo.
En estos días, en un periódico español se ha publicado la siguiente noticia: «El genetista James Watson afirma que la inteligencia no es igual en todas las razas» (El título de la nota periodística fue modificado. Originalmente rezaba: «El genetista James Watson afirma que los blancos son más inteligentes que los negros.»)
El conocimiento acerca de los genes aparentemente no traerá liberación, sino suplicio. Seguramente todo seguirá mal pero, ¿cuándo las cosas han ido bien con el hombre?
Podríamos ser optimistas, en el sentido original de ese término, y aquí yo deseo serlo. Creo que el sujeto prevalecerá. Es inevitable, tal vez incluso ocurra como lo describen en las reiterativas películas que cada año se producen, sobre todo en la actual capital de la industria cinematográfica. En ellas se habla siempre del futuro del hombre y hay en esos mundos imaginados máquinas que son casi humanas o que, por lo menos, intentan serlo. Y entonces esas máquinas hablan y piensan y hasta sienten… y ellas devienen los sujetos en un mundo de hombres que son meros consumidores (con suerte.) Pero es sólo un sueño porque a las máquinas les faltará siempre algo: la sexualidad.
Y es justo lo que hace vanas las esperanzas de los que buscan poder alcanzar sus ideales a través del código. La relación-proporción sexual no puede ser inscrita, y por tanto no está oculta en ningún código genético esperando ser descifrada. Es la intrusa en el cuerpo y viene de otro lugar, no de la biología. Y basta sólo saber eso para tener otra esperanza: que el sujeto se imponga.
Tal vez la esperanza en los genes sea, como en aquel relato de Villiers de L’Isle Adam, sólo una tortura para los genetistas y los biólogos, y también para todos los hombres. Claro que ellos, como hombres de ciencia, no llegarán nunca a saberlo. Es la poesía la que lo sabe. El secreto está en el lenguaje.
Unas líneas de Borges ilustran a los que sueñan con descifrar y reconstruir a través de sus ideales.

Y mientras cree tocar enardecido
el oro aquel que matará la Muerte,
Dios, que sabe de alquimia, lo convierte
en polvo, en nadie, en nada y en olvido. [1]

josephwright-alchemist
Joseph Wrigth, 1771. El alquimista, en busca de la piedra filosofal, descubre el fósforo y ruega por el éxito y la conclusión de su obra como era la costumbre de los antiguos astrólogos alquimistas

2007

[1]Jorge Luis Borges (1958): «El Alquimista«, El otro, el mismo, en Obras Completas, Tomo II, Barcelona, Emecé, 1996.

Fuente: Letras – Poesía – Psicoanálisis