Culpa, vergüenza y perdón

Por José R. Ubieto

Original sin and expulsion from the Garden of Eden – Giovanni Battista Piranesi

La culpa tiene diversas causas, la primera es la que los clásicos resaltaron: el dolor de existir. Aún sin haber pedido venir al mundo, paradójicamente, nos sentimos culpables de habitarlo. Freud habló luego del sentimiento de culpa por gozar y transgredir los límites, sea bajo la forma de una compulsión, una infidelidad o un desafío.

Lacan añadió otra vertiente de la culpa, más compleja pero más actual, ahora que los límites se difuminan: la culpa por no gozar lo suficiente, por no ser felices con todos los objetos que pueblan nuestra existencia.

El mito del padre edípico, agente de la prohibición, ya no sirve para explicar el hecho de que uno se siente culpable de gozar poco, lo que obliga al sujeto a hacerse cargo de esa falta sin poder culpar al otro castrador de esa insuficiencia. El goce está limitado al hombre por su condición de ser hablante -ya Hegel se refirió al lenguaje como asesinato de la cosa- y la respuesta a esta falta de gozar es la culpa que deviene así estructural. El nothing is impossible, lema global, vela esa imposibilidad con su ilusoria promesa.

Culpa secreta y causa del imperativo superyoico que exige de nosotros un esfuerzo más y un sacrificio que hoy toma formas diversas, muchas de ellas ligadas a la gestión xtreme de los cuerpos. Informaciones recientes de The New York Times nos hablan de que el 35 por ciento de los estudiantes universitarios toman psicoestimulantes para combatir el estrés de los periodos de exámenes y circunstancias similares. Otros consumos compulsivos (tóxicos, cibersexo, comida) muestran como ese empuje al «¡Goza!» (Enjoy!) certifica que lo que no está prohibido es obligatorio, en la búsqueda imposible de ese goce perdido cuya culpa (falta) no cesa de agitar al sujeto.

El reverso de todo ello es la prevalencia actual de la angustia como pathos. Basta como muestra los 500.000 soldados americanos (de los dos millones desplazados a Iraq y Afganistán) que padecen secuelas graves postraumáticas.

Diversidad de la culpa a la que corresponden también modos distintos de tratarla. Uno es el autocastigo, fijación a un síntoma que nos produce malestar consciente si bien implica un alivio de esa culpa inconsciente. ¿Cuántos varones infieles se hacen castigar por ello de diferentes maneras? ¿Cuántos conductores demasiado veloces se hacen multar o limitar por otros motivos?

Otro modo clásico, y hoy de renovada actualidad, es pedir perdón y mostrar arrepentimiento. Lo practican políticos, líderes religiosos, empresarios e incluso países enteros. Algunos -no todos- añaden a la petición los signos de otro afecto: sentir vergüenza por sus actos. Otra manera de dar salida a la culpa, que implica un grado de subjetivación mayor que el simple perdón.

Que extrañas suenan hoy las palabras de Vatel, cocinero del Gran Condé: «Señor, no sobreviviré a esta desgracia. Tengo honor y una reputación que perder». Pronunciadas como preludio de su posterior suicidio, al no poder cumplir con sus obligaciones en el festín con el que el príncipe quería seducir al rey francés, evocan el afecto de la vergüenza.

Pretender hacerse perdonar por los daños causados implica la existencia de un discurso moral, teñido de religiosidad, que busca más la absolución del pecador que su rectificación efectiva. El problema es que esa petición de perdón no es seguro que confronte al sujeto con su responsabilidad. Y si no lo hace sabemos que la única consecuencia posible será la repetición de ese exceso. Es lo que la clínica nos enseña: cuando un sujeto no elabora la culpa respondiendo de sus actos, queda entonces fijado a la búsqueda de ese perdón sin que su posición se modifique lo más mínimo. La responsabilidad queda entonces del lado del Otro que es quien puede/debe perdonar.

«Lo que tú haces sabe lo que eres», aseveración de Lacan que indica que un sujeto ético no es aquel que se disculpa sino el que testimonia de lo íntimo de su ser que se halla comprometido en sus actos y decide qué hacer con ello, lo cual no va sin una pérdida, sea en bienes, en imagen, en afectos. Cuando el sujeto no consiente a esa pérdida, y si además se trata de un personaje público, el mensaje que transmite es la impunidad por el goce obtenido.

(2014)

Fuente: La Vanguardia


José R. UbietoJose R Ubieto

Es psicólogo clínico y psicoanalista. Miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis y de la Asociacón Mundial de Psicoanálisis.

El origen de la monstruosidad

Entrevista a Jorge Bafico, por Mora Cordeu

El libro El origen de la monstruosidad indaga en el mal siguiendo el itinerario trazado por nueve asesinos seriales famosos -dos de ficción, Hannibal Lecter y Dexter- cuyos crímenes no pueden ser inscritos en un patrón general sino que a a partir de historias diferentes y formas diversas irrumpe el lado más oscuro de la naturaleza humana.

En la entrevista, el psicoanalista mencionó el rol cumplido por el ex agente de FBI Robert Ressler en los años 70

– ¿Cuál fue el principal aporte de Ressler?
– Ressler introdujo el concepto de un perfil psicológico específico del asesino serial y partió de la idea de que sus comportamientos, precursores del asesinato, siempre han estado presentes, desde la infancia, y lo relaciona directamente a la falta de amor, con historias marcadas por problemas de adaptación social y de abuso infantil. Basado en un protocolo que realizó a 36 de los asesinos más importantes de Estados Unidos, llegó a algunas conclusiones sorprendentes. La más importante para nosotros es la que plantea que el problema del asesino en serie es un problema de amor. En este punto no se aleja de lo que planteamos los psicoanalistas: somos producto de nuestra historia.

– ¿Cómo ha ido evolucionando el estudio de la psicopatología moderna? Los casos elegidos en el libro ¿apuntan a ejemplificar la diversidad de la monstruosidad, la imposibilidad de definirla?
– Exactamente, el concepto de asesino en serie es un verdadero problema desde el punto de vista psicopatológico ya que no es claro de que estructura psicopatológica se trata. Algunos autores lo ubican en las perversiones, otros en las psicopatías y otros en las psicosis. Lo que si están de acuerdo la mayoría de los investigadores es que se trata de un problema del mal.

– Ustedes afirman que no hay una patología del asesino serial como piensa Ressler ¿Les interesa remarcar que no es posible establecer un patrón general?
– No hay un patrón general. A través de lo trabajado podemos decir que no existe un perfil del asesino serial, cada caso analizado fue diferente, con diferentes historias de vida y con diferentes subjetividades. A priori se podría pensar que encontraríamos asesinos al estilo del personaje de ficción Hannibal Lecter. Sin embargo, nos encontramos que solo dos encierran características parecidas: el norteamericano Ted Bundy (Burlington, 1946-ejecutado en 1989) y el colombiano Luis Alfredo Garavito (Genova, Colombia,1957).
Muchos de los casos que hemos visto, como el de John Wayne Gacy (Chicago, 1942- ejecutado en 1994), Jeffrey Dahmer (Wisconsin, 1960-fallecido en 1994); Ed Gein (Wisconsin, 1906-fallecido en 1984) y Albert Fish (1870, Washington, ejecutado en 1936), basculan entre la perversión y la psicosis, eso que llaman «montajes perversos» o «montajes psicopáticos», pero que en el fondo responden a una estructura psicótica. Además presentan dis­tintos tipos de psicosis, que pueden o no estar asociadas a la perversión: desde las psicosis «extraordinarias» -con desencadenamiento de la psicosis, como el caso de Richard Chase (California, 1950-se suicidó en 1980) o David Berkowitz (Brooklyn, 1953), hasta las psicosis que pueden llamarse «incalificables», como las de Gacy y Dahmer. Son psicosis, pero no presentan síntomas típicos. No hubo desencadenamiento ruidoso, ni alucinaciones ni delirios ni trastornos en el lenguaje o en el pensamiento, como sí ocurre en las psicosis delirantes agudas, donde la persona hace un corte abrupto con la realidad.
El inclasificable presenta una sintomatología casi imperceptible. El caso de Dahmer y Gacy, y el personaje de la ficción Dexter, protagonista de la serie televisiva por ejemplo, son paradigmáticos. El psicoanalista argentino Manuel Zlotnik plantea que los inclasificables son sujetos que pueden pasar por cambios muy abruptos en su vida y no preguntarse nada al respecto. También pueden llevar una vida chata, gris, sin ningún tipo de accidente, y tampoco hacer nada al respecto. No se preguntan por nada, no entran en conflictos morales -como podrían entrar los neuróticos- no hay mucha elucubración por saber y hay poca implicación subjetiva.

– ¿Alguien se puede convertir en un asesino serial sin haber sido abusado de niño u otros ejemplos mencionados? ¿Es posible que el mal se despierte sin previo aviso, sin condiciones favorables para ello?
– Bajo determinadas circunstancias podemos sacar lo peor de nosotros, podemos descompensarnos, angustiarnos, inhibirnos, y en algunos casos, bajo determinadas condiciones podemos llegar a matar de esta manera. En pocas palabras: somos complejidades singulares.

– ¿Que herramientas permiten analizar mejor esas subjetividades atravesadas por una locura monstruosa?
– Creo que el psicoanálisis es una buena herramienta. La clínica psicoanalítica se fundamenta en una clínica del detalle y no de la claridad fenomenológica. Lacan, por ejemplo, indicaba que lo significativo no era la acumulación de hechos, sino el recorte de uno solo con sus correlaciones; llamaba a esto pequeñas particularidades de un caso. Se trataría de reconocer la estructura aun en los más imperceptibles elementos, en los más sutiles y en los que, por lo general, pueden pasar desapercibidos, de algunos detalles para poder interrogarnos sobre la subjetividad singular de cada uno de estos asesinos. Digo asesinos, no seriales, porque la «serialidad» es bien diferente en cada uno de ellos.

– Ante un tiempo donde se observa una crisis de valores éticos y morales ¿avizora que el panorama a de la monstruosidad puede incrementarse?
– Por supuesto. No nos olvidemos que cada época caracteriza y desarrolla un tipo particular de discurso que atraviesa y construye la subjetividad de quienes la viven. A esto algunos le llaman «subjetividad de época» y las características que la constituyen no se pueden determinar como algo fijo y homogéneo, sino como una construc­ción dinámica y variable.
La subjetividad con­temporánea, tal como se manifiesta en el cine y en la series de televisión, poseería algunas de las ca­racterísticas definitorias de la hipermodernidad y en eso el significante de asesino en serie es uno de los protagonistas.
Dada las condiciones en el mundo globalizado y con las posibilidades de penetración cultural que brinda el desarrollo tecnológico, el discurso cinematográfico y el de las series de televisión, particularmente el de los Estados Unidos, se ha convertido en uno de los modos más extendidos de discursividad social.
Drácula, Frankenstein y otros monstruos de antaño han sido sustituidos por un fenómeno mucho más terrorífico: el asesino serial, un hombre que podríamos encontrar en cualquier esquina. Y que se ha convertido en uno de los personajes más recurrentes en la ficción contemporánea y en el protagonista de un marco genérico que lleva su nombre: la ficción de asesinos en serie. Su capacidad para asustar es grande, ya que no se trata de un ser ficticio ni sobrenatural, existe en el mundo real. Son además asesinos anónimos que se esconden entre nosotros y pasan como vecinos, compañeros de trabajo e incluso amigos o familiares. Sus asesinatos suelen ser atroces y matan además por motivos que sólo son relevantes en la mente del asesino y, por lo tanto, sus víctimas son personas inocentes que han tenido la mala suerte de cruzarse en su camino.

(2016)

Fuente: Télam
Fuente: TUportalRTV

Todo el mundo es loco, Jacques-Alain Miller según Dessal

Entrevista a Gustavo Dessal por Pablo E.  ChacónGustavo Dessal

-¿Qué intenta Jacques-Alain Miller diciendo que -de alguna manera- estamos todos locos?

-Es la tradición pascaliana retomada por Miller, siguiendo un hilo que recorre toda la obra de Lacan. Pascal decía algo semejante. Aseguraba que la locura es consustancial a la condición humana, pero distinguía la locura de todo el mundo de la locura de uno solo. Es decir, un modo brillante de no olvidar que dentro de la locura universal del hombre existe también la singularidad del psicótico, que es otra cosa, aunque forme parte de la familia del universal. Para Freud el arquetipo humano fue el neurótico, el sujeto que mejor encarna el descubrimiento del inconsciente.
El neurótico es el ser atrapado en su inconsciente, alienado a un yo que desconoce esa segunda escena que transcurre a sus espaldas y que condiciona su vida, que la determina la mayoría de las veces en contra del bienestar. Lacan partió de otra experiencia. Era psiquiatra, y para él la locura fue su primera escuela, la forja donde acuñó paulatinamente su teoría. Lacan llegó a la raíz del asunto cuando postuló una concepción inédita del lenguaje, una concepción que estaba implícita en la obra de Freud pero que nadie había comprendido antes. Me refiero al hecho de romper la unión ilusoria entre el significante y el significado. Un acto sencillo, que incluso se refleja en una escritura cuya simpleza parece inspirada en alguna filosofía oriental.
Una letra S mayúscula, debajo una barra como la que se utiliza cuando se escribe una fracción, y debajo de la barra una letra s minúscula. Eso es el alma de la palabra: la barra que separa la materialidad fónica de su significado. Antes de Lacan, se creyó que esas dos dimensiones de la palabra formaban una unidad. Si yo digo la palabra mujer, por ejemplo, parece obvio que eso remite a un sujeto del género femenino. La materialidad varía según las lenguas, pero el significado no cambia. Puedo decir woman, o donna o femme. En todo caso, el objeto al que remite parece ser el mismo. Sin embargo no es así. La palabra mujer no tiene un significado absoluto y universal. Remite a lo que en psiquiatría denominamos significación personal, es decir, que el significado es variable, y depende del sujeto que pronuncia la palabra, ya sea como emisor o como receptor.
Esa independencia del significado respecto del significante (la diversidad material según las distintas lenguas), es la propiedad mágica y maldita del lenguaje humano: la posibilidad de que una palabra pueda significar otra cosa, más allá de su sentido inmediato. Es la condición de lo poético, y si el ser hablante está siempre un poco loco, es porque es eminentemente un ser poético, es decir, que fabrica significados cuando habla, sin saber en verdad lo que está diciendo. Esto puede parecerle al profano una forma extravagante de comprender el lenguaje, pero es así como funciona. Es por eso que alguien puede decir soy una mujer dentro de un cuerpo de hombre. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que cuando se nombra a sí mismo, los términos mujer y hombre designan para él significados personales, que no pueden comprenderse a la luz del sentido común. No se trata de un caso especial.
Es tan solo un ejemplo de tantos que demuestran lo que la experiencia analítica saca a la luz: que nadie sabe lo que está diciendo cuando habla, y que el psicoanálisis se dedica a explotar esa propiedad humana, el sinsentido que habita en todo lo que decimos, y que conduce a que la comunicación humana no sea un intercambio recíproco de mensajes comprensibles, sino un malentendido crónico disfrazado de un entendimiento aparente. Todos estamos locos porque no existe la realidad, en el sentido universal del concepto, sino la ficción en la que cada uno vive, y que está fabricada por el significado personal que le damos a las palabras. La cosa se complica mucho cuando es preciso añadir que en verdad nadie sabe cuál es ese significado. Creemos saber lo que estamos diciendo, pero no tenemos ni idea.
Diga cualquier cosa, lo primero que le venga a la cabeza. Esa es la regla de la asociación libre que funda el método psicoanalítico. El sujeto opone una verdadera resistencia a seguir esa regla, puesto que lo conducirá irremediablemente a su locura personal, a enredarse los pies diciendo cosas que no quería decir, que no pensaba decir, que no sospechaba que podría llegar a decir. La psicosis es la demostración magnificada de que el lenguaje y su significado nos arrastra y nos extravía.

-A esta altura de su producción (y del despliegue de las escuelas de la AMP), ¿cuál considerás que ha sido el aporte decisivo a la elucidación del último Lacan?

-Miller fue clarividente. Con poco más de veinte años, tuvo la intuición de que Lacan era mucho más que un psicoanalista genial. Comprendió que estaba en presencia de alguien que estaba cambiando la forma de entender lo humano, que estaba a punto de empujar el descubrimiento de Freud incluso un poco más allá. Miller vio eso y no lo dejó escapar. Dedicó toda su vida a descifrar la obra de Lacan, a impedir que con su doctrina sucediese algo semejante a lo que ocurrió con Freud, cuyos discípulos fueron disolviendo la potencia de su descubrimiento. Miller supo muy pronto que ese riesgo estaba en juego con la obra de Lacan, y supongo que Lacan, conociendo el antecedente de lo que había pasado con Freud, necesitaba alguien que intentase evitar algo semejante.
Lacan también tuvo una suerte de iluminación. No faltaban personas inteligentes, incluso geniales entre sus seguidores. Sin embargo, confió en un joven que ni siquiera poseía una verdadera formación analítica en los comienzos, que provenía de la filosofía y la lógica, y que desde luego no era un practicante. ¿Te imaginas lo que eso debe de haber supuesto en aquella época? ¿Que un muchacho se convirtiera en el heredero intelectual del maestro? Pues ese muchacho supo ver más lejos que todos los que se disputaban esa herencia. Captó como ningún otro la lógica de los divinos detalles (expresión que Miller tomó de Nabokov) para leer el texto lacaniano, y extraer el oro puro de ese psicoanálisis. Gracias al establecimiento del  Seminario de Lacan, y también a través de sus numerosos cursos, Miller transmitió algo fundamental: la obra lacaniana es un corpus en el que todas sus partes son indispensables. No hay nada que desechar, puesto que se trata de una doctrina que repele la idea de progreso.
El último Lacan es tan valioso como el primero, o el del medio. El concepto de goce no supera al concepto de deseo. Miller nos ha privado definitivamente de la ilusión de que uno puede quedarse con la parte final, y que lo anterior puede descartarse. O al revés, tenemos el ejemplo de los lacanianos de la IPA, la Asociación Psicoanalítica Internacional, que toman una sección del corpus lacaniano, y se deleitan con lo imaginario y lo simbólico. Lo real les parece una rareza poco aprovechable para la práctica clínica. Lo decisivo, retomando tu pregunta, es precisamente llevar hasta sus últimas consecuencias una elaboración sobre el concepto de lo real que aún no ha concluido. El último Lacan es solo el principio de una investigación que Miller ha inaugurado, y que debe proseguir. No está demostrado que nosotros estemos a la altura de ese desafío, pero lo intentamos.

-¿Podría decirse de éste que es un curso más político que otros o es poner a la política, sobre todo a la política del psicoanálisis, en un lugar subordinado?

-Los cursos de Jacques-Alain Miller obedecen siempre a una política. Ninguno más que otro. En algunos casos esa política está más explicitada, en otros no tanto, pero siempre se encuentra. Esa política sigue una lógica doble: por una parte, pulsar a la comunidad analítica y causarla, provocarla, despertarla de la tentación de creer que ha entendido a Lacan. Y por otra parte, acercar siempre el psicoanálisis al tiempo contemporáneo, a la problemática que afecta en cada momento histórico al sujeto del inconsciente. No olvidemos que Miller proviene de la militancia política de línea dura, y eso ha dejado su marca. Esa marca no se refiere ya a una política en el sentido ideológico, sino a la importancia de lo político como trasfondo de los hechos clínicos. Lo que Freud y Lacan descubrieron son elementos estructurales de la subjetividad, aquí y en Tasmania. Pero debemos leerlos a contraluz del malestar en la civilización, que está íntimamente ligado con lo político.

-A la luz de este curso, ¿cómo ves al futuro del psicoanálisis en los años próximos, teniendo en cuenta, particularmente, el relanzamiento (no sé si oscurantista) de la religión?

-La religión es siempre oscurantista. No obstante, cuando hablamos de religión es importante distinguir dos vertientes que han estado siempre en pugna en Occidente. Por una parte, una rama del cristianismo que concibe la historia como una pugna permanente, infinita, entre el bien y el mal. Por otra, la visión milenarista de que la historia tiene un propósito, que es el triunfo del bien sobre el mal.
La primera la encontramos en San Agustín, la segunda en la Revolución Rusa, el Tercer Reich, pero también en la administración Bush y el Estado Islámico. La idea de que el mal podrá ser definitivamente erradicado ha sido paradójicamente la fuente de las ideologías y los regímenes más espantosos. Marx  despachó demasiado deprisa la cuestión de la religión, al calificarla de opio del pueblo, pero no porque su metáfora fuese equivocada, sino por la ingenuidad de creer que gracias al materialismo histórico sería fácil que el pueblo abandonase su adicción al opio. Su propia consideración de la historia está -pese a lo que creía- contaminada de este milenarismo. Ya sabemos que las cosas no salieron como Marx las imaginó. Freud tuvo una visión más aguda.
No retrocedió ante el reconocimiento del mal como erradicable de la condición humana, de allí su concepto central de la pulsión de muerte. Comprendió que la religión obedece al miedo cósmico, como decía el filósofo ruso Mijaíl Bajtín: el sentimiento de fragilidad y desamparo originario. Freud consideró que Dios es la proyección sublimada de la nostalgia por el padre protector, la imago paterna que deja una huella en la vivencia infantil. Lacan supo ver que esa imago había iniciado un declive que llega a nuestros días bajo la forma de lo que Zigmunt Bauman calificó con el concepto de lo líquido. Muy sucintamente: un mundo en el que la carretera principal está cortada, y la gente anda extraviada por caminos comarcales y sendas perdidas. ¿Cómo nos orientamos en la actualidad? Con los celulares. Lo digo en un sentido figurado, pero no del todo. Los objetos de la técnica son asideros que sirven para no perdernos por completo.
La caída de las grandes ideologías se sustituye por la multiplicación de las aplicaciones, pequeños genios mágicos que utilizamos para parchear los agujeros de la existencia. La investigación de Miller ahonda en una afirmación muy fuerte de Lacan: el sentido es la debilidad mental del hombre. Fabricamos sentido permanentemente. Antes esa fábrica estaba regulada por las directrices superiores, si me permites la alegoría. Ahora cada uno fabrica a su antojo, todo vale y nada sirve sino para sumergirnos aún más en ese goce tonto que da contenido a nuestras pequeñas miserias de la vida cotidiana.
Sufrimos de un exceso de sentido, y a la vez tenemos la sensación de que nos falta un Sentido con mayúsculas. El psicoanálisis procura liberarnos de ese tormento de darle significado a todo, librarnos del goce de vivir en la historieta que nos contamos cada día para justificar nuestra vida. Un psicoanálisis sirve entre otras cosas para detenerse menos en el sentido y pasar al acto, al acto transformador, al acto que opera y nos vuelve operativos para obrar. Pero tenemos en contra muchas cosas: entre ellas, la velocidad que se instaura en el tiempo subjetivo. Las personas no aguantan ni un minuto, y prefieren encomendarse a la medicación o a las promesas de felicidad inmediatas y sin esfuerzo. Eso fracasa, la ciencia no cumple sus promesas, y la religión triunfa porque acecha siempre. Sus representantes son como esos vendedores de elixires mágicos, alrededor de los cuales se agolpa la muchedumbre ávida de milagros inmediatos. Llevo una existencia asquerosa en un mundo de mierda, solía repetir un paciente mío. Esa frase es el lema bajo el cual viven hoy en día cientos de millones de seres humanos, que no pueden esperar ni un segundo más en la cola de la esperanza. Para ellos la religión es un recurso mucho más alentador que el psicoanálisis. No podemos llegar a toda esa gente, pero haríamos bastante con lograr que los psicoanalistas no convirtamos nuestra disciplina en una religión alternativa, y que nuestras instituciones no acaben por asemejarse a las iglesias.

-Quiero decir, ¿no corre el psicoanálisis el albur de convertirse en una práctica para élites?

-El psicoanálisis está sometido a toda clase de riesgos, como cualquier otra práctica. La orientación lacaniana tiene una ventaja, lo cual no exorciza los peligros, pero al menos es un paso importante. La disolución de los estándares analíticos que Lacan promovió, ha permitido que el psicoanálisis sea una práctica donde el método y la técnica se adaptan al usuario, y no al revés. Cada paciente constituye un desafío. Hay que inventar para él el dispositivo de encuentro que convenga a su singularidad. Eso quiere decir que debe ser compatible con su condición social, sus ingresos, o su modo de gozar. No cobramos tarifa única, como el taxi o la nafta. Ni exigimos cultura para emprender un análisis. Sólo exigimos el requisito de un síntoma, es decir, que vengan a pedir ayuda para quitarse de en medio esa porquería que les importuna la vida. No es mucho pedir. Cada uno pagará por eso lo que pueda.

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The Garden Of Earthly Delights (Detail) Hieronymus Bosch

(2015)

Fuente: Télam 

«Lacan propone un amor con reglas para que sea posible un amor menos tonto»

Entrevista a Carmen González Taboas sobre su libro Un amor menos tonto, por Pablo E. Chacón

 

El libro, publicado por la editorial Grama, es un compilado erudito pero de lectura amable, que poco le debe a cierta jerigonza psi. González Taboas es miembro de la Escuela de Orientación Lacaniana (EOL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).

-¿Por qué razón elegiste el Seminario 21?
-Había escrito antes Mujeres, con el Seminario 20, Aún, otro seminario sobre el amor. Deseaba seguir en ese surco de Lacan, lo cual no era fácil pues el seminario 21, «Los no incautos yerran», no ha sido establecido ni traducido (corre una traducción que no facilita las cosas). Trabajé en su traducción; cada una de las clases me ponía en la proximidad de un Lacan apasionado, intenso; «no soy yo, es el discurso al que sirvo». En este seminario Lacan habla de los desastres del amor, cuando al amor se lo sueña parecido a una fusión milagrosa de dos que hacen uno. Los sexos humanos no se aparean, cada uno entra en la conjunción sexual con sus fantasías y sus goces; por eso no hay relación-proporción sexual; ignorar el bache de los goces que nos separan y alentar ilusiones de eternidad conduce al desastre (ejemplo: los femicidios.) Lacan propone en cambio un amor más real; no es cualquier amor sino un amor con reglas (reglas que no existen, que los amantes tendrán que reinventar cada vez) para que sea posible un amor menos tonto.

-Hablás de «los desastres del amor». Es cierto. Sucede. El psicoanálisis ¿puede inmunizar a un sujeto de caer, o de volver a caer bajo ese embrujo?
-Es una pregunta divertida porque contiene los elementos de la respuesta. El psicoanálisis ni inmuniza, ni cura, ni ayuda, ni garantiza, ni salva, ni hace ninguna otra cosa. Lacan dijo alguna vez: si no hubiera existido Polonia no habría polacos. Si Freud no hubiese descubierto el psicoanálisis (la tierra extranjera en cada uno de nosotros), no existirían los psicoanalistas. En el lugar del analista se juega, por la transferencia, el acceso al inconsciente donde se traman los embrujos. Los desastres del amor, los dolores o los fracasos de la vida amorosa se repiten; siempre un nuevo embrujo puede arrebatar al individuo, inmerso en sus imaginaciones, sin poder llevar a ellas una mirada más lúcida. ¿Para qué ver a un analista? Para eso, para llevar la mirada al deseo inconsciente que nos fabrica los objetos inexistentes e imposibles. Hará falta el tiempo del análisis (la apuesta de cada uno) para reconocerse en los propios engaños y en los beneficios de goce que de ahí se extraen.

-¿Por qué «un amor menos tonto’? ¿Es que hay amores tontos? ¿Cuál sería la diferencia, al menos desde la orientación lacaniana?
-El enamoramiento, decía Freud, es un cierto estado patológico que puede pasar como una ráfaga, o cobrar la dimensión del acontecimiento amor. Hay amores locos, trágicos, dramáticos, imposibles. Amores que se vuelven ineludible tormento del espíritu (en la «Divina Comedia», Dante imaginó el infierno de los amantes como un abrazo eterno). Si el amor irrumpe, impredecible, contingente, dice Lacan, queremos atraparlo, soñarlo necesario con promesas y garantías de eternidad; de ahí sale un «embrujado» por el espejismo de un destino, es ella, es él. En este seminario, ¿quiénes son los que yerran (los que se equivocan)?: los no incautos del inconsciente. Es decir, si no le buscan a los desastres del amor su trama inconsciente se equivocan. Se equivocarán, porque el amor se anuda para cada uno a partir de una lógica de la sexuación. La lógica común, la «normalidad», hace agua. Desborda de ella la poesía, las artes, el capricho, lo raro, todo lo cual la complica, fastidia, contradice, enfurece. Lacan lo llama goce femenino (que no es sólo de las mujeres) rechazado por quien juzga desde la supuesta normalidad dictada por el lenguaje. El amor menos tonto es un amor más real, que suple (hace un lazo) donde una fractura real (necesaria) separa los goces de uno y el del otro.

-¿Cómo explicar, en breve síntesis, las diferencias entre el inconsciente freudiano y el inconsciente lacaniano, el del último Lacan?
-No podría tratarlo en términos de semejanzas y diferencias. Quizás es una divisoria que no existe. Freud abrió lo que llamaba la «zona de las larvas», el inconsciente de las palabras, en cuya trama de goce y deseo se forman los síntomas. Por eso, a partir de los dichos del paciente, la interpretación de las formaciones del inconsciente producía efectos terapéuticos. Freud vislumbró más, pero los analistas se apegaron a la interpretación, en lo cual Lacan vio que se redoblaba el trabajo interpretativo del propio inconsciente (lapsus, chiste, sueños). En lugar de abrir en el inconsciente las vías hacia las inercias del goce silencioso que mortifica los cuerpos, esa vía se cierra con más palabras. Por eso no hay un inconsciente freudiano y un inconsciente lacaniano, hay un inconsciente palabrero y una travesía que lleva de las palabras a la fijeza de la letra, es decir, lo que en cada uno es un modo a veces insoportable de gozar-sufrir.

-¿Y cómo sería una ‘República de analistas’?
-Es simple. En este seminario, Lacan menciona a los científicos de siglo XVII que inventaban la ciencia moderna (Fermat, Descartes, Pascal, padre e hijo, Desargues, Huygens); sus trabajos y ellos mismos se comunicaban mucho, a veces viajando entre países. Lacan invita a los analistas a continuar la búsqueda de un psicoanálisis capaz de tocar lo real que afecta a los cuerpos y escapa a las palabras. Para eso escribió sus matemas, transitó la topología (una geometría no plana) y después la topología de los nudos. La República de los analistas es el conjunto de los dispositivos de Escuela (el cartel, el análisis, el pase) cuya función es mantener, no sin las palabras, la abertura de lo que puede ser aplastado por las palabras.

(2016)


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The storm, de Pierre Auguste Cot. 1880

Fuente: Télam

«La época del todo político, en la cual la política daba respuestas a las preguntas sobre el sentido, está terminada»

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Campaña electoral – Isaac Cordal, Berlín 2011-

Entrevista a Éric Laurent

– El congreso internacional de 2012 se centró en el orden simbólico. Este, que empieza en unos días (2014), tal como indicó Jacques-Alain Miller, sobre un real. Sin embargo, en ambos casos se incluye la perspectiva siglo XXI. ¿Cuáles serían las diferencias respecto al siglo pasado?

– La diferencia esencial con el siglo pasado es que estamos en una época de triunfo de los poderes del cálculo; entramos en the digital age. Como dijo Jacques-Alain Miller, esto fue anunciado por Lacan en su fórmula Hay l’ Uno, en francés Y’a dlun. Con esta contracción, quienes piensan que el individualismo democrático de masa está fundamentado sobre el uno del cuerpo, se equivocan. Lo nuevo es la manera con la cual los cuerpos se articulan con el uno del cálculo. Esto se puede ver en el libro de los responsables de Google , Jared Cohen y Eric Schmidt, The new digital age, como en Big Data, de Viktor Mayer-Schönberger y Kenneth Niel Cukier. Ambos exploran cómo la acumulación de los cálculos cambian nuestra relación con el mundo. El horizonte del cálculo es una utopía. Un mundo puramente calculable, sin nada que pueda quedar afuera. Si nada escapa al cálculo, estaríamos en un mundo sin contingencia, un mundo sin Real. El psicoanálisis propone, al revés de esta utopía, el reconocimiento de un real: un real vinculado con el hecho de que la relación sexual como tal no se puede calcular.

– Precisamente, uno de los últimos seminarios de Miller en castellano se titula El ultimísimo Lacan. ¿Qué hay más allá de ese ultimísimo?

–  Las consecuencias clínicas que hay que explorar. La articulación de los cuerpos con el cálculo de las máquinas permite el sueño de una transparencia total del uso de los cuerpos. Se sueña un yo cuantificado, quantified self. Pero esta articulación con las máquinas, con los smartphones, que pueden saber todo del funcionamiento del cuerpo, sólo sostienen el discurso del superyó contemporáneo. Un superyó a medida que nos grita ¡Goza!, o «Tenés que mejorar tu performance.» El goce se revela aún más como lo que escapa al cálculo. Lo que huye.

– El discurso de la ciencia, ¿en qué relación cree usted está con las infinitas variantes de la religión (incluso laicas) y con cierto agotamiento epocal de las formas republicanas de la política?

– El discurso de la ciencia nos promete the theory of everything. Lo que hay de común con las promesas del Big Data es el sueño de un mundo completamente simbolizado, pero sin sentido. El sentido es de lo que se ocupa la religión. Es la nueva complementariedad entre ciencia y religión. No fue siempre así. En el siglo XVII, cuando surgió la ciencia, era considerada un peligro para las creencias. Ya no es el caso.
La época del todo político, en la cual la política daba respuestas a las preguntas sobre el sentido, está terminada. Las religiones laicas que cumplían esa función son cosas del siglo XX. El individualismo de masa no permite más estas creencias absolutas. Hay una fragmentación de los modos de vivir la pulsión. Pero subsisten trozos de común. El problema de la política mundial, como dice Paul Krugman, es saber si la concentración oligárquica del capital no pone en peligro todo el espacio de lo común. Parece que la política ha perdido su poder de regulación. Hay una llamada a un más allá de la política. Es un síntoma de la época.

(2014)

Fuente: Télam


Éric Laurent

Psicoanalista. Fue analizante de Jacques Lacan. Del 2006 al 2010 presidió la Asociación Mundial del  Psicoanálisis, cuya acta de fundación se firmó en Buenos Aires el 3 de enero de 1992.
Entre sus libros figuran  El goce sin rostro, La batalla del autismo, Ciudades analíticas, Psicoanálisis y salud mental, Lost in cognition, El sentimiento delirante de la vida y Los objetos de la pasión.


«La angustia puede tomar forma de actos violentos a nivel de la escuela»

Entrevista a César Mazza, por Verónica Casasola

Vinculado desde hace tiempo con el psicoanálisis, César Mazza es un reconocido especialista cordobés que en las últimas horas brindó una serie de conferencias en Salta. Con un valioso aporte en el estudio del tratamiento que mantiene al discurso inconsciente como base, el analista dialogó con El Tribuno. El avance de temas como la equidad de género, escolaridad y el análisis visto como una herramienta que no debe limitarse a un determinado grupo social, constituyeron algunos de los puntos más sobresalientes de la charla.

¿Todos somos objeto de psicoanálisis? La gente cree algunas veces que solo es para los locos…
(Risas) No, ya no… por suerte no. No está contraindicado en nadie, lo que ocurre es que el psicoanálisis invierte la posición de objeto del ser humano. Lo que haría un análisis es que tomaría esa posición y la daría vuelta, es decir que el sujeto dejaría de ser objeto de su sufrimiento o destino, es decir de cómo fue predestinado en su ambiente familiar y podría hacer otra cosa o algo más interesante de su vida.

¿Existen contextos o situaciones que impulsan o motivan a un mayor malestar?
No necesariamente, porque si tomamos el caso de una subjetividad que se llama la paranoia, en las grandes catástrofes encuentra una estabilización. Eso no se puede generalizar, no hay generalizaciones, es uno por uno. Tal vez existe alguien que encuentra una posibilidad inventiva de responder en una crisis y que antes no lo podía hacer. La crisis social en si misma no explicaría la causa del malestar de nadie.

¿Existen aspectos que caracterizan a los argentinos en tema de psicoanálisis?
Es muy difícil responder esa pregunta, pero lo que sí podemos decir es que lo que se tiene en cuenta es el archivo como un contexto de comparación. Hay una mentalidad que en un punto es una ficción, una mentalidad media y donde yo diría que esa mentalidad juega en cada paciente y en cada uno respecto de sus ideales. Creo que en un punto existe una cierta capa media donde ese ideal mira siempre a una capa más alta, es decir que está el sueño de vivir como si se tuviera un poder adquisitivo mayor y eso forma parte por supuesto de una ilusión, la ilusión siempre es un factor político. Es usada políticamente. Hay un imperativo social editado y fomentado por la publicidad y por los grandes medios de comunicación de que teniendo un determinado estándar de consumo se llegará a un estado de felicidad. Sin dudas es algo que el psicoanálisis desmontará, porque la angustia, lo que ocurre en el cuerpo, desarma cualquier ideal.

¿Qué efectos produce la angustia?
La angustia desarma a un sujeto y entonces hay algo que empuja y que en esos casos es muy importante la respuesta que se le da para que ese empuje no conduzca a una persona hacia lo peor. Es muy importante que pueda acudir a un psicoanalista en esos momentos de urgencia.

¿Cómo calificaría la realidad del psicoanálisis?
El psicoanálisis ya cumplió unos cien años y su capacidad de respuesta se va innovando permanentemente. Actualmente podemos dar una perspectiva si se quiere universal, europea, norteamericana, argentina y en especial lo que puede ser el contexto de cada ciudad.

¿Qué temas cree que se incorporaron en el último tiempo?
La orientación lacaniana a la que pertenezco va dando respuestas a nivel conceptual y tiene consecuencias a nivel práctico clínico sobre distintas problemáticas actuales, ya sea los problemas vinculados con los movimientos de género, la nueva participación que tienen las mujeres en la vida social a través de toda una legislación y modificación jurídica de sus derechos. Otro aspecto podría ser lo vinculado con las respuestas que da el psicoanálisis a situaciones de angustia que toman distinta envoltura formal. Esa situación de angustia, puede tomar la forma de la toxicomanía, de actos violentos a nivel de las escuelas y a nivel de la vida comunitaria.

¿Qué opina sobre el concepto de que el psicoanálisis es limitado a ciertos grupos?
El psicoanálisis es una instalación móvil y el analista es un objeto nómada donde es susceptible de desplazarse en distintos contextos. No se trata del cliché de que el analista está en su consultorio con una buena decoración de interiores o está en una sala de hospital solamente detrás de un escritorio, sino que puede intervenir por ejemplo en el ámbito escolar, de una interconsulta, en una terapia intensiva, intermedia.

¿Cómo se hace para trasladar a la sociedad una práctica que se cree es para gente con dinero?
Se puede tomar una referencia de Jacques Lacan con un gran texto del año 1958, que se llama «La dirección de la cura y los principios de su poder». Allí este autor remarca que a veces un paciente demanda tratamiento teniendo una idea de como será el tratamiento de acuerdo a la difusión cultural que ha recibido del psicoanálisis.

¿De qué o quién depende eso?
Está en las organizaciones analíticas hacer una difusión, una extensión de la propuesta analítica de tal forma que la opinión pública se entere de que hay un acceso al tratamiento. En el caso de la institución a la que pertenezco, EOL (Escuela de Orientación Lacaniana), tiene una red asistencial en la que los analistas atienden determinadas problemáticas sociales de una forma accesible. También tengo conocimiento de que en esta ciudad también hay un espacio de atención analítica.

¿Cree que existe falta de reconocimiento en la labor que realizan los psicólogos en ámbitos como educación y salud?
Muchos practicantes del psicoanálisis se inician haciendo integraciones escolares y lo que hay que considerar es cómo se las arreglan para que su intervención no caiga en saco roto. Por supuesto que la intervención valdrá y las consecuencias que puedan llegar a tener van más allá del lugar asignado por un presupuesto o una política de Estado, es la capacidad de intervenir sobre ese niño, maestra, cuerpo docente que va tener su eficacia. Un Estado debe darle un presupuesto a la educación y la salud mayor a lo que siempre tiene. Los recursos vinculados con estos ámbitos pertenecerían al orden de lo necesario. El psicoanálisis siempre aparecerá en la grieta del sistema.

¿Existen proyectos en torno a la integración del psicoanálisis en todos los estratos?
No sé si tanto como proyecto pero sí la inclusión de psicoanalistas en el ámbito jurídico y en el ámbito médico. Existe por ejemplo un intento de actuar en los pacientes que piden una intervención quirúrgica de cambio de sexo. Ahí hay una primera aproximación de inclusión de practicantes de psicoanálisis en esos equipos. Todavía no se saben los resultados, pero se va haciendo individualmente en cada practicante.

¿Cómo ve el futuro del tratamiento?
Lo interesante es que el psicoanálisis depende de cómo se hagan las cosas. No de la universidad ni del Estado, sino de las organizaciones psicoanalíticas y de los propios analistas. Lo es en la medida en como se trabaje, la seriedad y el compromiso que se tenga.

(2014)

Fuente: El tribuno


 

César Mazza

Es profesor en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), codirector de la revista Exordio, miembro de la Escuela de Orientación Lacaniana (EOL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP). En 2015 ha publicado La lectura y sus dobles, en ediciones El Espejo.

Gozar con impunidad

Miquel Bassols
Miquel Bassols

Por Miquel Bassols

Los vínculos inconscientes que existen entre la corrupción y los sentimientos de culpa son paradójicos y fuente de toda suerte de hipocresías. Son tan secretos que terminan por ser secretos para cada uno. La historieta contada por el cómico americano Emo Philips lo resume muy bien: «Cuando era pequeño solía rezar cada noche para tener una bicicleta. Un día me di cuenta de que Dios no funciona así, de modo que robé una y recé para que me perdonara.» Así de paradójica es la relación del sujeto de nuestro tiempo con el goce y con la culpa. El cinismo del argumento no excluye la mísera verdad escondida en la operación: mejor creer en la absolución de la culpa, en la impunidad del goce inmediato, que en el deseo que me haría merecer por mí mismo este objeto de goce. Es una ecuación que el psicoanálisis descubre en los entresijos del sentimiento de culpa: sólo la certeza y la constancia de un deseo me hacen responsable de un goce que nunca obtendré de manera impune.

Es sin duda una de las razones por las que, según los rankings internacionales, los países con menos corrupción son los más influidos por la tradición luterana, una tradición que no confía en modo alguno en una simple confesión de los pecados para lograr la absolución y la impunidad del goce. Es una tradición que ha criticado duramente la costumbre del tráfico de indulgencias -la compra del perdón-, principio de toda corrupción. No hay goce impune, responde el sentimiento de culpa al argumento utilitarista del cómico americano, tu deseo de bicicleta tiene un precio que no puedes negociar.

Si a este argumento añadimos la creencia en la reciprocidad del goce -si el otro lo hace, también puedo hacerlo yo- la lógica del virus de la corrupción está asegurada hasta en el mejor de los mundos posibles.

No es de extrañar entonces que todos los historiadores del fenómeno de la corrupción lo conciban como un hecho irreductible e inherente al ser humano, en todas las sociedades y culturas, a veces como un mal menor, a veces como el principio mismo de su funcionamiento. La corrupción sería así «un fenómeno inextirpable porque respeta de forma rigurosa la ley de reciprocidad», tal como indica Carlo Brioschi en su Breve historia de la corrupción. Siguiendo esta ley, no hay ningún favor desinteresado y gozar de una prebenda quedará siempre justificado. A la vez, esta ley de reciprocidad autoriza a cada uno a gozar de lo que otro goza sin sentirse culpable por ello.

A partir de aquí, todo parece una cuestión de grado, de la mayor o menor suposición del goce del otro, del mayor o menor intercambio recíproco de prebendas, de más o menos concesiones para obtener el objeto de goce, esa bicicleta que cada uno exige como derecho propio. La creencia en el Otro que perdona y en el Otro que contabiliza el goce está en el principio del mercantilismo y de una parte de los vínculos sociales. En realidad, es una creencia tan religiosa como cualquier otra.

En nombre de esta creencia puede admitirse toda corrupción como algo relativo al tiempo y a la realidad en la que vivimos. ¿Quién se atrevería a sostener hoy, por ejemplo, como políticamente correcta la frase del gran Winston Churchill: «Un mínimo de corrupción sirve como un lubricante benéfico para el funcionamiento de la máquina de la democracia». Sólo una cuestión de grado la distingue de las afirmaciones que sostenía hace poco Luis Roldán, ejemplo de corrupción de la sociedad española de nuestro tiempo, en una contundente entrevista: «La corrupción era y es estructural». Es, me dirán, sólo un problema de lenguaje, de la significación que demos a las palabras para sentirnos más confortables en la justificación intelectual del fenómeno de la corrupción. Pero entonces, será más cierta todavía aquella afirmación de Jacques Lacan: «El más corruptor de los conforts es el confort intelectual, del mismo modo que la peor corrupción es la del mejor». Lo que quiere decir también que la primera corrupción a la que cedemos es la corrupción del lenguaje que modula y determina nuestros deseos.

Porque a todo esto: ¿por qué y para qué quería usted una bicicleta?

Niño con bicicleta Fototeca de Xiloca

 

(2016)

Fuente: Página 12

(Bassols se refiere a situación española, pero puede aplicarse a muchos otros ámbitos y países.)