«Porque la vida era demasiado perra…»

Gérard Miller

Psicoanalista

 

Era principios del otoño de 1972. Un mes antes, había tomado la decisión de dejar la Izquierda proletaria para la que trabajaba día y noche desde hacía un tiempo que me parecía inmemorial, y me encontraba como suspendido en el aire. Tenía veinticuatro años, todavía era estudiante y no se me ofrecía ninguna perspectiva. Como alumno de la École Normale Supérieure de Saint-Cloud, al finalizar mis estudios, yo debía cinco años de enseñanza al Estado, pero empezar a enseñar me parecía tan extravagante como volver a plantar repollos o cuidar chanchos, que era lo que, establecido en la Bretaña, había hecho durante los dos últimos años.
Sin siquiera pensar en insertarme en la profesión, decidí empezar un análisis con un psicoanalista de la École Freudienne de París, de la que mi hermano era miembro. Sentía que después de haber pasado mi juventud guerreando a los maestros, ahora tenía que, mal que bien, tratar de conducir un poco mi propia historia. No tenía elección, torturado por una sensación de urgencia que nada podía calmar. Estaba mal, al menos eso era una certeza; mejor tomarlo en serio.
Llamé a Jacques Lacan, a quien conocía desde el liceo por haberlo frecuentado en familia, y le pedí que me aconsejara un psicoanalista. Me recibió, me escuchó evocar ampliamente mi malestar, después me aseguró que me daría rápidamente los datos de uno de sus «mejores alumnos». Diez días después, como no recibí nada de parte suya, lo volví a llamar (¿quería que insista para acceder a mi demanda?) y esta vez recibí inmediatamente una pequeña tarjeta de manos de Gloria, que era su asistente. Había un nombre escrito, del que yo ignoraba todo, el de Claude Conté.
Conté vivía en París, en el fondo de una calle sin salida, en una casa privada que olía a campo. Su despacho estaba en la primera planta y, justo al lado de la sala de espera donde dos enormes perros esperaban al paciente, un loro repetía regularmente su nombre, Claude, y algunas otras palabras que le habían enseñado.
Visto desde el diván, el psicoanalista me pareció inmediatamente como un pájaro tan original como su loro, increíblemente atento y distante a la vez. Nunca estaba donde se esperaba, pero sin afectación. No buscaba la empatía y parecía desconfiar de todos los remilgos sociales. Comprendí lo que significaba para él «dirigir una cura». Consistía en primer lugar en cuidar que nada ni nadie, empezando por el psicoanalista, hiciera obstáculo a su buen desarrollo.
Como izquierdista no arrepentido, enseguida fui seducido por esta práctica que contrarrestaba de ese modo los posibles abusos de poder de los que lo ejercían. A diferencia de la religión, incluso de la política, el psicoanálisis no alentaba ninguna esperanza mesiánica, no desarrollaba ninguna concepción del mundo, ni la menor higiene de la vida válida para todos. Con él, la única esperanza era lo particular; cada uno con su evangelio.
Desde los primeros meses, la verdad fue incómoda de soportar, tan cierto como que el confort de la realidad está fundado en su desconocimiento. Contrariamente a lo que escribía Joubert en sus Pensamientos, el error tranquiliza, la verdad agita. El psicoanálisis no me pareció mimoso, y lo primeros efectos que provocó en mí, si merecía volver sobre ellos, no me proyectaron hacia el lado de la exaltación. El descubrimiento freudiano no tenía decididamente nada que ver con una epopeya del narcisismo.
Lacan no se equivocaba cuando desanimaba a quienes se acercaban a él para «¡conocerse mejor!». Eso no es suficiente. Hace falta que algo suene y dificulte e intrigue para sostener la cuesta a lo largo de las sesiones. Es necesario aspirar a que algo crucial cambie en su existencia para soportar oír la musiquita que toca su inconsciente. A partir de ese momento, adquirí la convicción, que ya no me abandonó más, de que el psicoanálisis vale la pena solamente para aquellos para quienes la vida es demasiado perra, y tienen razones para querer, un querer testimoniado por su sufrimiento, orientarse en relación con lo que los determina.
Entonces, casi veinticinco años después del final de mi propia cura, ¿qué decir de mi experiencia con el psicoanálisis como paciente? Que no libera a nadie de su inconsciente, pero que permite habitar su síntoma, ponerlo al servicio de su deseo y de su causa. Cada uno de nosotros es llevado por lo que ignora y que, sin embargo, encuentra en la repetición: ese curioso objeto causa de nuestro deseo, que nada nos garantiza que nos guste. ¿Cambiarlo? Imposible. Pero entreverlo de otra manera que no sea a través de las catástrofes con las que él sacude nuestra vida, sí, es eso lo que puede permitir una cura a quien la lleve adelante.
Gracias al psicoanálisis, diría que la vida para mí adquirió colores insospechados. El campo de los posibles se volvió más extenso y más variado a la vez. Además y sobre todo, dejé para siempre de lado el registro de la comparación en la que me encerraba mi neurosis. De allí esta divisa pospsicoanalítica que hice mía y aún hoy me acompaña: cada vida tiene un gusto que sólo gusta quien la vive, y que es incomparable.

Purpureicephalus spurius - Edward Lear
Purpureicephalus spurius, por Edward Lear

 


Jacques-Alain Miller, Bernard-Heri Levy (Comp.): La regla del juego – Testimonios de encuentros con el psicoanálisis, Gredos, Madrid, 2008, página 213.

Fuente de la imagen: Wikimedia Commons

«El psicoanálisis es un sobreviviente»

Entrevista a Silvia Ons

por Pablo E. Chacón

5410b5e47aaab_324x527En «Todo lo que necesitas saber sobre psicoanálisis», la psicoanalista y ensayista Silvia Ons parte de la imposibilidad lógica del título de su libro para advertir sobre los riesgos que acechan a su práctica y para aprender de los impasses que revelan la verdad de los nuevos síntomas.

¿Cómo es escribir un libro que tiene ese título, menos por su ambición totalizante sino justamente por lo contrario?

Esa es la pregunta que me formulé cuando la editorial me propuso este título, que forma parte de una colección: Todo lo que necesitas saber sobre…ciencia, Malvinas, economía, etc. Inmediatamente, en el prólogo, cuestiono la idea de todo, tan opuesta al espíritu del psicoanálisis, pero acepto el desafío ya que me interesa la difusión del mismo y la extensión que esta colección posibilita. Es imposible reunir en un libro todo lo que se necesita saber sobre el psicoanálisis; ni en un libro ni en centenares, ni a lo largo de una vida consagrada a su estudio, ya que nunca habrá todo. Pero además hay un saber que los sujetos captan en su análisis que es el del propio inconsciente no escrito en los libros; así, la clínica confronta con lo que no se sabe, con lo que sorprende, con lo imposible de totalizar. Hay una trasmisión del psicoanálisis que se realiza a través de la experiencia analítica y de lo que enseñan las formaciones del inconsciente. La experiencia analítica enriquece a la teoría y hace que esta no sea terreno clausurado, depósito intocable, conjunto cerrado. Quizá por ello Lacan dice que el analista debe reinventar el psicoanálisis cada día, nutriéndolo con la semilla de la clínica. Sin embargo, vale el esfuerzo por ubicar algunos conceptos para aclarar la temática al lector. Se trata, para mí, de un empeño que obedece al estado actual de la divulgación de esta teoría y también al estado actual del malestar en nuestra civilización.

¿En qué se diferencia el libro, aparte de las cuestiones más obvias, de alguno de los diccionarios de psicoanálisis que andan dando vueltas?

Se trata efectivamente de un diccionario que se diferencia de los conocidos por varias razones. La más relevante es que puede ser leído por un público amplio, es decir no solo por psicoanalistas; sin embargo, ello no implica una banalización de los conceptos, hay claridad en su exposición y al mismo tiempo rigor. He tratado de definir los conceptos más significativos de manera clara, desbrozando lo esencial y no ahorrando por ello la lectura de las fuentes. En cada término figuran las definiciones necesarias trazadas por Freud y por Lacan y también mi propia enunciación en la manera de enfocarlas.

El libro no pierde de vista el horizonte de la época. ¿Cómo trabajaste esa cuestión?

Efectivamente, otra de sus diferencias con los diccionarios vigentes es que incluyo temáticas vinculadas con los síntomas de la época como las anorexias, bulimias, adicciones, violencia, pánico, sujetos sin brújula, etc. Muchas veces se acusa a los analistas de no mantenerse en su campo, incurriendo en análisis sociológicos, al explorar los fenómenos sociales de su tiempo. Sin embargo, fue Lacan quien se refirió al síntoma social, y fue también Freud quien no dudó en caracterizar a su cultura como neurótica. Tanto Freud como Lacan querían franquear los marcos a los que el psicoanálisis puede quedar confinado si no se lo inscribe en la cultura. Tanto uno como otro sabían que tal empresa no era posible sin una exégesis de su tiempo. Pero cierto trecho histórico separó sus respectivas enseñanzas. Freud decía que se podía hablar de culturas neuróticas, con la salvedad que en la neurosis individual se cuenta con el contraste que separa al enfermo de su entorno, aceptado como normal mientras que, en una masa afectada de manera homogénea falta ese trasfondo. Es interesante tal observación, ya que ella nos lleva a advertir que los sujetos inmersos en una comunidad pierden criterios para localizar los puntos sintomáticos de su tiempo. Lacan, en cambio, caracterizó a su época como forclusiva, y no tanto como represiva, diciendo que lo que distingue al capitalismo es el rechazo Verwefung de todos los campos de lo simbólico de la castración y del amor. Y no dudó en afirmar que es el psicoanálisis quien les daría alojamiento. Se trataría aquí de una forclusión producida por un sistema social. Lacan no retrocede a la hora de diagnosticar una época y sus mecanismos, incluso en utilizar aquellos que extrae de las estructuras clínicas. No es indiferente que Freud hable de una cultura neurótica, dándole, en este sentido, un valor a la represión mientras que Lacan se refiera a un mecanismo que tradicionalmente caracterizó a la psicosis. La primera se corresponde con la época victoriana que hizo que Lacan dijese que de no existir la reina Victoria, no hubiera existido el psicoanálisis, mientras que la segunda corresponde al capitalismo tardío, en la cual necesariamente la cultura incide en los síntomas que los pacientes traen al consultorio.

Además de los psicoanalistas, como autora ¿pensaste en un público más amplio, pensás en un público más amplio?

Usualmente, la trasmisión del psicoanálisis, además de efectuarse en la misma experiencia analítica, se realiza en lugares específicos, grupos o instituciones consagradas conformadas por psicoanalistas o aspirantes, mientras que su divulgación a la comunidad queda -salvo excepciones- en manos de quienes simplifican sus conceptos. Muchas veces el psicoanálisis corre el riesgo de quedar confinado a una jerga, que pierde su relación con la clínica, y a una propagación periodística donde se banaliza lo esencial. Hace años que mi deseo es llegar a círculos que trasciendan los marcos de la capilla analítica. Anhelo que no se funda solo en una cuestión epistémica, ya que creo que el psicoanálisis es un aporte fundamental en nuestra civilización. Sus marcas han trazado poderosamente el siglo pasado; sus influencias en la cultura se expandieron de manera ubicua. El teatro, el cine, la literatura, la filosofía, el arte y la vida de las personas supieron de su impronta. Y su peso fue paralelo al de las distintas resistencias que siempre lo acompañaron: el psicoanálisis es un sobreviviente. Pero las incidencias de un saber, aun en su efectividad, no indican necesariamente qué es lo más profundo que este atesora, y hay que volver una y otra vez para que no pierda su pujanza. Siempre recuerdo que Jorge Alemán hace ya quince años dijo que el psicoanálisis debía cambiar su narrativa para sobrevivir, deseo que mi narrativa se inscriba en ese cambio.

Después del Congreso de París, ¿el psicoanálisis está bien de salud?

Interesante pregunta que me lleva a formular otra: los psicoanalistas, ¿están bien de salud? Lacan quería que los psicoanalistas estuviesen siempre en el banquillo de los acusados en el sentido de someterse día a día a la prueba de verificar si están a la altura del psicoanálisis. Dijo incluso que de tener que elegir entre el psicoanálisis y los psicoanalistas, optaba por el psicoanálisis. Quizá sea bueno pensar que los psicoanalistas están mal de salud ya que tienen síntomas que pueden obstaculizar el trabajo analítico, pero eso es bueno: los lleva a someterse a la prueba. El fracaso no es una mala palabra para el psicoanálisis así como las resistencias del paciente son una brújula que permite que nos orientemos acerca de que en esos puntos hay algo importante. La buena salud de los psicoanalistas sería fatal para el psicoanálisis ya que los privaría de la necesidad del control, de la revisión de sus acciones, no hay analista consumado y nunca se está más allá del control. La práctica del psicoanálisis implica siempre el control y de ello se trató -entre otras cosas- muy especialmente en este Congreso.

¿Qué desafíos teórico-prácticos están en la mira hoy? ¿Cuáles destacarías?

Volviendo al Congreso, cuyo tema ha sido ¿Qué real para el siglo XXI? se ha considerado la incidencia de lo real sobre la evolución del mundo en el que vivimos y en sus consecuencias sobre nuestra manera de pensar el psicoanálisis en el siglo XXI.
Este siglo está afectado por dos factores históricos relevantes: el desarrollo tecnológico y el capitalismo y ello -como dice Jacques-Miller- afecta la estructura más profunda de la experiencia humana. Nuevas formas de procreación y de identificaciones sexuales ponen sobre el tapete nuestra manera habitual de pensarlas, al punto tal que Mónica Torres en su ponencia afirmó que estas maneras inéditas no pueden inscribirse en las fórmulas de la sexuación propuestas por Lacan. Pero no solo son estos cambios y los nuevos síntomas los que interpelan a los psicoanalistas sino las nuevas creencias que ponen en jaque a la necesaria creencia en el síntoma para que pueda haber análisis. Dicho de otra manera: es la tecnología la que ocupa el lugar del Dios que ha muerto, es la creencia en la ciencia como nuevo Dios y en sus productos, es la industria farmacológica la que ofrece “ soluciones” tendientes a olvidarse del síntoma y de la verdad que este conlleva. En los últimos tiempos, el pensamiento de Sigmund Freud ha sido objeto de crecientes críticas.
Podría decirse que las impugnaciones al psicoanálisis lo acompañan desde sus propios orígenes. Pero al período de las resistencias iniciales le sucedió otro de amplia difusión y aceptación general logradas muchas veces, también hay que decirlo, a expensas del rigor.
La impiadosa visión negativa y el encarnizamiento pasional testimonian que la potencia revulsiva del pensamiento de Freud sigue intacta y sus ideas resultan indigestas para una sociedad no menos hipócrita que la suya. Más sutilmente hipócrita, sin duda. Si se trata de suprimir síntomas molestos, poner lo más rápidamente posible a un sujeto en condiciones de retomar el automatismo ciego de la vida actual, reintegrarlo al mercado como productor exitoso y sobre todo, como consumidor voraz e insaciable, reactivando sus apetencias, es plausible que el tratamiento psicoanalítico no sea el camino más indicado. Mejor antidepresivo o una reeducación cognitivista. Lacan se preguntaba si el psicoanálisis rendiría sus armas frente a los impasses crecientes de la civilización. Quedará en manos de los analistas ese destino y es mejor que pensemos en nuestra mala salud para proteger a nuestra doctrina. El real del siglo XXI también nos afecta pero como dice Hölderlin en el peligro crece lo que nos salva, pero hay que divisarlo.

Chaiselongue

(2014)

Fuente: Télam

Los miedos de los niños

Presentación, por Judith Miller (fragmentos)

Rio de janeiro, 07/06/2011. Judith Miller
Foto: Guillermo Giansanti

Un paso

¿De qué se trata? De proteger a los niños de las buenas intenciones y varias prevenciones de las cuales son objeto en la actualidad. En efecto, estas están al servicio del amo y, por consiguiente, son perfectamente conformistas. Por otra parte, ciegas frente a lo hecho a medida, tan sujetas a  «La» norma como están, unas y otras se convierten por cierto en medidas «sociales» de las cuales mucho ciudadanos se espantan.
Al mismo tiempo, y a las pruebas me remito, se trata de afirmar el remanso y el momento oportuno que constituye el discurso analítico para aquellos niños que se confrontan con un real que los obstaculiza con dificultades aparentemente insuperables.
Como sus mayores, y sin duda más que ellos, muchos de estos niños no sabrían encontrar una salida frente a los embrollos de lo real sin dirigirse a quien se formó para responder y escuchar uno por uno a quienes se encuentran en el impasse. Los niños hoy se ven condenados a una de estas alternativas: resistir o ceder. De lo cual resulta la angustia asegurada para algunos, o las sujeciones de otros a nombres de «trastornos», cuya enumeración, si no tuvieran resultados estragantes, daría risa.
Muchos padres reclaman estas «buenas intenciones». En un primer momento, tranquilizan, pero, a su término, se descubre a qué calvario llevan a padres e hijos. Sólo habrá un trastorno auténtico para cada cual en tanto pueda continuar experimentándolo, escapando a un condicionamiento programado capaz de ocultar repeticiones, desplazamientos y singularidad.
En efecto, estas buenas intenciones hacen oídos sordos a las pruebas que inevitablemente atraviesa casa niño. Prevén sin vergüenza su destino en nombre del «desarrollo normal»: por todos los medios, niños y jóvenes se verán reducidos cueste lo que cueste, y del modo más económico posible, a los decretos del experto, o serán pasados por la picadora de las medidas preventivas. La sospecha se generaliza bajo la lupa de los tests, cuya crueldad sorprende (véase, por ejemplo, el test denominado  Dominique interactif).

Un nombre

Quienes trabajan en las instituciones que albergan sujetos en extrema necesidad, y en aquellas que los niños frecuentan ordinaria o excepcionalmente -escuelas, guarderías, consultorios médicos, centros recreativos, instancias judiciales- aguardan las enseñanzas extraídas de la práctica analítica. ¿Cuántos bajan los brazos ante los atolladeros indigeribles de sus buenas voluntades? ¿Cuántos sufren en vano? ¿Cuántos ya han osado permitirse salir de las vías protocolares y preprogramadas, y pudieron así descubrir las alegrías de la invención que la medida requiere y suscita? ¿Cómo no recordad que Freud ya advertía acerca de los peligros del empeño por suprimir los síntomas? «Sus fobias son acalladas a gritos en la crianza […] Luego ceden, en el curso de meses o años; se curan en apariencia. En cuanto a las alteraciones psíquicas que su curación comporte, a las alteraciones de carácter enlazadas con ella, nadie posee una intelección»¹ No somos candidatos ni candidatas a la estupidez ni a la maldad engendradas por los procedimientos que pretenden suprimir los síntomas molestos para el trajín cotidiano y la paz familiar e institucional. Debemos preocuparnos por el sufrimiento que manifiestan y por el real que enfrentan. Rechazamos las vías obsoletas, llenas de cuantificaciones pseudocientíficas con las que se emperifollan. Las sabemos estúpidas, nocivas y retrógradas.
Todo resta por inventar en nuestra época de mutación, cuyas repercusiones permanecen imprevisibles y pueden conducir al peor de los infiernos, sembrado de las mejores intenciones, es decir, a una segregación reforzada en nombre del «todos iguales». Nosotros optamos por la excepción.
La invención, la resistencia sin nostalgia y la poesía provienen del discurso del analista que esclarece los otros tres discursos, más antiguos, formalizados por Jacques Lacan.

Empujoncitos

Apuntar a la singularidad absoluta y no a la promoción de recetas universales, no es apuntar al individuo socio-biológico-genético; es delimitar el real del cual cada ser hablante es la respuesta, en su contingencia, y una elección insondable para sí mismo.

[Michel Serres] Dice qué cambios radicales en menos de un siglo crean «en nuestra época y en nuestros grupos, una grieta tan amplia que pocas miradas han dimensionado su verdadero tamaño.»² A la grieta que habitamos, la compara con la del pasaje al neolítico, con la de los albores de la ciencia griega, así como con la del comienzo de la era cristiana, la del final de la Edad Media y del Renacimiento. No sabemos cómo esta generación «Pulgarcita» aprenderá, se distraerá, trabajará o socializará, pero sabemos que estará compuesta por seres hablantes como nosotros, lo cual la preserva del peligro de robotización que le prometen siniestras alucinaciones.
Esta colección quisiera darle unos empujoncitos a cada Pulgarcita y a los suyos, que les permitan orientarse en este tiempo crítico y encontrar en él referencias. El discurso analítico se lo propone fuertemente. El lugar que ocupa un analista, por su formación, le permite abordar de otro modo que el de los padres y abuelos las preguntas a las cuales responde un niño con sus rechazos, sus aquiescencias, sus identificaciones, sus éxitos y sus ficciones. Tan concernido como esté, un analista, desde este lugar, está en condiciones de permitir al niño explorar las coordenadas del sujeto de pleno derecho que es él.


Jacques-Alain Miller y otros: Los miedos de los niños, Buenos Aires, Paidós, 2017, p.11.


¹Freud, Sigmund: «Análisis de la fobia de un niño de cinco años», en Obras completas, Amorrortu, 1980, t. X, p. 114.

²Serres, M.: «Petite Poucette», en La petite Girafe, n° 33, junio de 2011, publicación del Instituto del Campo Freudiano.

“Las guerras actuales, como las del porvenir, son guerras civiles”

Entrevista a Marie-Hélène Brousse

En El psicoanálisis a prueba de la guerra, la psicoanalista francesa Marie-Hélène Brousse -y una serie de antologados- introduce algunas ideas inquietantes, heredadas y trabajadas a partir de los textos de Freud pero más específicamente de Jacques Lacan, entre las que se destaca la que asegura que (como efecto de la mundialización) las guerras contemporáneas no son más que variaciones de una guerra civil permanente.

Por Pablo E. Chacón

El libro, publicado por la editorial Tres Haches, tiene un posfacio de Eric Laurent, y está compuesto por textos de Yolanda Arciniega, Laura Caneda, Gil Caroz, Angela González Delgado, Francis Ratier, Antoni Vicens, Jacques-Alain Miller y Gerard Wacjman, entre otros.
Brousse también es Doctora en Psicoanálisis, profesora en la Universidad de País VIII y agregada en Filosofía. Además, es miembro de la Escuela de la Causa Freudiana (ECF) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).

Seguramente usted conoce el texto de André Glucksman, El discurso de la guerra. ¿Cómo pensar ese libro, desde una orientación lacaniana, treinta y pico de años luego de haber sido escrito?

-Sin comentarios.

-Si la civilización es un dique contra la guerra, en contraposición, la pulsión de muerte trabaja contra la civilización. Esta suerte de aporía, ¿conoce algún estado de equivalencia?

-La tesis que el libro desarrolla va precisamente en contra de ese lugar común. La guerra es un logro de la civilización. No hay guerra sin discurso, sin lenguaje, sin  palabras. La guerra no es la lucha que organiza la vida animal, que es la lucha organizada por la dimensión de lo imaginario. No hay ninguna guerra humana sin la dimensión de lo simbólico, sea bajo la forma de los ideales o de los saberes. La pulsión de muerte es la civilización. En Lacan, la teoría de la pulsión permite demostrarlo claramente. La guerra es una actividad que jamás se detuvo, empezó con los primeros grupos humanos, sin discontinuidad hasta hoy. Sus formas cambiaron con el avance de los saberes técnicos y desde el siglo XVI, con los saberes científicos; también, de acuerdo al discurso del amo, a sus variaciones. Estos saberes no sólo estuvieron ligados a las guerras, pero nacieron de ellas. El discurso del amo siempre implica un empuje a ir más allá de la vida. Al menos, Lacan lee así la dialéctica del amo y el esclavo en Hegel.

-La paz es un delirio, dice alguno de sus antologados, haciéndose eco de Freud. El estado de excepción permanente, que viene de Schmitt, y pasa por Agamben, ¿es una de las mutaciones de nuestra época, o esa supuesta mutación es una ilusión que la época he vuelto más notoria?

-El texto clínico de referencia para sostener esta proposición -provocadora- es el escrito de Freud sobre el Presidente Wilson, en el cual su diagnóstico es muy claro. Podríamos decir también que la paz es un sueño, un ideal, algo que no existe en ningún lazo social.

-En el libro, el discurso del capital, como el de la guerra, parecen producir un mundo sin afuera, dónde casi todas las relaciones sociales son susceptibles de convertirse en luchas a muerte, sordas o explosivas. ¿Esto es así? ¿Desde cuándo es así? Pierre Clastres también habla de la violencia en las sociedades sin Estado. 

-Su pregunta hace un paralelo entre el discurso de la guerra y el discurso del capitalismo. Yo no creo que se puedan clasificar de la misma manera, en una misma categoría: la del discurso. Hay un discurso capitalista en el sentido lacaniano, preciso, del término discurso. Pero no hay un discurso de la guerra en este mismo sentido. La guerra no tiene un discurso propio. Siempre viene aparejada con un discurso dado, es decir, una forma del lazo social que la determina en las distintas formas que toma en función del período en la cual aparece.

-Como sea, ¿qué es lo que puede introducir el psicoanálisis de orientación lacaniana cuando las garantías del Otro no existen y cuando la masa -que ya no parece la de Freud, tampoco la de Canetti- se sigue estrellando en guerras soterradas o manejadas desde distintos gadgets, ninguno de los cuales respeta, no ya las fronteras sino los protocolos de convivencia internacional?

-La ruptura que señala  Lacan es la del desvanecimiento del Nombre del Padre, su fragmentación. La forma moderna de la guerra no es solamente una adecuación a las novedades introducidas por las tecnociencias. Lo nuevo es que las guerras actuales, como las del porvenir, son guerras civiles: como lo enfatiza Lacan en la Nota sobre el Padre,  el universalismo del Uno se debilita frente a la multiplicación de los límites, barreras, fronteras, cada vez más independientes de los territorios nacionales. Hasta producir nuevas  formas estratégicas  de la guerra que implican una definición del espacio como interpretación.

-En su opinión, ¿es posible un sistema financiero global, extorsivo, asesino, sin las recaudaciones millonarias o más que entran al mismo por medio de la industria de las drogas legales e ilegales y de la exclusión de bienes y servicios de una parte de la humanidad que queda afuera o bien se reformatea hacia el fundamentalismo?

-También sobre este punto Lacan dijo lo que está pasando hoy. Se ha abierto un período confuso donde la mayoría de las ciencias produce un real sin sentido, y son las religiones las que proponen sentidos. Es imprescindible releer el artículo de la entrevista dada por Lacan en 1974 titulado por Jacques-Alain Miller El triunfo de la religión. Y sin olvidar que estas nuevas formas, integristas, de las religiones monoteístas, no operan a partir del Nombre del Padre sino del superyó como modo único de identificación. En el texto, fundamental, de 1946, sobre la psiquiatría inglesa y la guerra, Lacan lo anuncia. El período actual de reorganización del mundo a partir del dominio del número en lugar del Nombre, implica una progresiva caída del poder de los estados frente a las empresas multinacionales  y la mutación del lazo social: del orden de la ley pasamos al orden de la función. Las guerras modernas lo demuestran.

(2015)


Fuente: Télam

La ética del psicoanálisis

Jacques-Alain Miller


Fragmento de la conferencia dictada a los docentes de psicología de la Universidad de Buenos Aires,  por invitación de la decana Sara Slapak, en 1989.


En ocasiones se imagina que fue Lacan con su supuesto intelectualismo quien introdujo en el psicoanálisis el tema de la ética, quizá porque en su juventud fue un lector apasionado de Spinoza, pero es un error pensar que el tema de la ética fue introducido en el psicoanálisis por él. Pueden remitirse al capítulo VIII de «El malestar en la cultura», donde Freud se refiere explícitamente a la ética en relación con la terapia.
No parece inmediato que un analista tengo derecho a hablar de la ética. Parece salir de su competencia, aunque es verdad que hoy la ética se cruza a veces con la ciencia, por ejemplo, el miedo colectivo que tenemos, desde hace cinco o diez años, a las investigaciones bioquímicas. Estas investigaciones que tocan la reproducción misma de la vida humana.
El miedo colectivo que tenemos al progreso de la ciencia ha producido en los gobiernos el deseo de someter a un control esas investigaciones científicas. En Francia se hace a través de lo que se llama Comité Estatal de Ética, que trata de someter el desarrollo de la ciencia a una supuesta ética que sería: no tocar a la humanidad, no tocar la reproducción de la humanidad. Así, existe la idea de que hay un bien que vale más que la investigación o la búsqueda de la verdad científica. Estamos, en este fin de siglo, en una coyuntura muy distinta de la del siglo anterior, en el cual se podía pensar que, como por un milagro, el progreso del conocimiento científico debía confluir naturalmente con el bien de la humanidad. Nosotros ahora estamos en el período del malestar en la cultura y quizá un poco más adelante, en la época del horror en la cultura.
Ahora es la supervivencia de la humanidad misma la que está en discusión por el desarrollo de la ciencia, en ese sentido, con relación a la época de Freud; ahora cuando hablamos de la ética del psicoanálisis el problema es distinto. Por el momento nadie piensa que el desarrollo del psicoanálisis amenaza la supervivencia de la especie humana. El desarrollo del psicoanálisis puede amenazar a tal o cual persona por un error terapéutico, pero por el momento nadie piensa que el psicoanálisis amenaza a la humanidad.
Un análisis no es una aventura intelectual, la praxis de un análisis es un sufrimiento, es una queja, es la declaración de un ser que quiere cambiar, y cuando esos elementos faltan, un análisis es muy difícil. Alguien que se siente bien, alguien que se siente en el colmo de sus posibilidades y que quisiera hacer un análisis para poder ser analista, por ejemplo, no daría una praxis a la experiencia. Siempre hay que esperar cuando alguien dice: «Todo va bien para mí», hay que esperar hasta el segundo, tercer encuentro. Pero la praxis del psicoanálisis es un sufrimiento y no una búsqueda intelectual. Así, es claro que nada podría autorizar al analista a acoger esa queja si él no pensara en tener los medios de remediar ese sufrimiento. De tal manera que el analista está en una posición de terapeuta, de aquel que cura, que piensa poder curar. De este modo, tanto para los discípulos de Lacan como para Lacan mismo, y para Freud seguramente, el psicoanálisis cura, el psicoanálisis es una terapia. Pero no es por esa razón que podemos excluir, pensar, que no tenemos nada que ver con la ética, y la noción misma de cura —en el sentido de lo que resulta— no en el sentido de proceso sino del resultado, que sería la curación. Si el psicoanálisis es una cura, se crea un problema con la noción de curación, que es problemática en psicoanálisis, y eso se puede entender de manera muy sencilla: la noción misma de curación es solidaria de la noción de síntoma.
El síntoma analítico no tiene objetividad, a diferencia del síntoma psiquiátrico. El síntoma analítico está fundado sobre una autoevaluación del sujeto mismo, de tal manera que a veces, regularmente, es imperceptible para los demás. El síntoma obsesivo a veces se traduce claramente en la conducta, pero puede estar también únicamente reservado a la intimidad del sujeto, su imperceptible, a diferencia de los pacientes mandados al psiquiatra. A veces hay gente mandada al análisis por los padres, por los compañeros, etcétera, y sabemos que eso crea una cuestión propia en el análisis, que cuando la llegada de un sujeto a análisis se hace por un mandato exterior, una subjetivación de ese mandato es necesaria. Freud mismo en su comentario del caso de la joven homosexual nota la dificultad propia del caso debido a ese pedido exterior, y quizás el fracaso de ese análisis tiene que ver con la modalidad misma de la entrada en la experiencia.
Se entiende que si el síntoma analítico depende de la autoevaluación del sujeto, correlativamente la curación misma está fundada sobre dicha autoevaluación. Seguramente contamos también con una evaluación por parte del analista sobre la curación del paciente, pero sucede que a pesar de que el analista puede pensar que el paciente ha sido curado, el paciente no o cree; es lo que Freud llamó la reacción terapéutica negativa, y que describe, en cierto modo, que Freud pensaba que el paciente estaba curado y que el paciente no creía estar curado, no quería ser curado.
Así, creo que esa consideración bastante elemental puede explicar muy bien las impasses de la estadística. Cada vez que voy a los Estados Unidos hay preguntas sobre las cifras de curación, los norteamericanos han hecho muchos esfuerzos costosos para evaluar el resultado de la cura psicoanalítica, y las cifras nunca caen bien, no sirven, porque los criterios de la curación en análisis son subjetivos, dependen de la palabra del sujeto, y el hecho mismo de la transferencia hace esa evaluación difícil a tal punto que si uno se pregunta de qué puede curar el psicoanálisis, qué es la curación que realmente un análisis puede probar, puede ser la curación la transferencia analítica misma, y a menudo, dejar de ver al analista es ya curarse del analista como enfermedad.
De tal manera que eso conduce quizás a pensar que no hay otra finalidad en un análisis, ni otro fundamento de la curación analítica, sino una satisfacción; que el análisis se termina cuando ha producido en el sujeto una satisfacción, que se satisface de lo que ha ocurrido. Esta satisfacción depende de la confesión, del consentimiento del sujeto; es difícil pensar un bienestar, una felicidad que no incluyera el cuerpo del sujeto mismo. Difícilmente se puede pensar que otro puede decir: «Tú eres feliz» cuando el sujeto dice lo contrario; ahí es difícil pensar una objetividad de la felicidad. Así, eso hace ya de la ética del psicoanálisis quizás un hedonismo y eso se traduciría —y ha sido traducido— como un amoralismo psicoanalítico, lo que en el momento de la emergencia del psicoanálisis parecía parte integrante de éste.


Jacques-Alain Miller: Conferencias porteñas, Paidós, Buenos Aires, 2009, Tomo I, página 253.

La ternura de los terroristas*

*Fragmento de Cartas a la opinión ilustrada. Título de la tercera carta


Jacques-Alain Miller

Un terrorista es un idealista. Es un loco, no un canalla.
Poco faltó sin duda para que quien le habla hubiera conocido la suerte de Feltrinelli, el artificiero torpe que voló cerca de un poste. En ese caso se justifican las palabras de Lacan según las cuales «el error de buena fe es entre todos el más imperdonable» (Escritos, p. 837).
Este efecto de escala invertida proviene de la misma inspiración que el inmortal ensayo de Thomas de Quincey, Del asesinato considerado como una de las bellas artes, donde puede leerse: «Por poco que un hombre se deje llevar hacia el asesinato, rápidamente empezará a beber y a infringir el sabbath, y de allí caerá en la descortesía y la indolencia».
La paradoja lacaniana expresa la esencia misma del freudismo en su salubridad. La manera de obrar del inconsciente  les prohíbe, en efecto, invocar su buena fe, su buena intención, su alma bella. «No quise esto» no vale la absolución. Sí, lo que hiciste, o que resulta de lo que hiciste, lo quisiste, porque lo que quisiste no lo sabes. Te lo enseñan las consecuencias. El hombre está condenado a no saber más que a posteriori lo que quiso.
La ética de la intención es buena chica, hace del sujeto siempre un inocente, salvo si se duda, como Kant, de que alguna vez una buena intención, absolutamente buena, haya aparecido en el mundo. El inconsciente quiere una moral más viril: no podrás considerarte liberado de las consecuencias involuntarias de tu tontería. Hay más cosas en tu voluntad y en tu corazón, Horacio, de lo que soñó tu filosofía (id est la filosofía de todo el mundo).
Se repiten las palabras de Lacan, «No cedas en tu deseo», y se grita «¡Al homicida! ¡Al asesino! ¡Atentado contra la moral pública!», se alborota la población, se llama sobre él como antes sobre Freud la censura de los conformistas. Lacan dice exactamente, en mi versión del seminario La ética del psicoanálisis (Paidós, 1991, p. 379): «Propongo que de la única cosa de la que se puede ser culpable, al menos en la perspectiva analítica, es de haber cedido en su deseo».
Ya antes demostré, y recordé en Le Monde, que Lacan se hace eco aquí del Freud de El malestar en la cultura, según el cual «cada renuncia a la pulsión –’a la satisfacción pulsional’– se vuelve una fuente dinámica de la conciencia moral, cada nueva renuncia aumenta la severidad y la intolerancia de esta». Lo que significa que según Freud, y contrariamente a lo que querría el sentido común, el sentimiento de culpabilidad inconsciente nunca es tan vivo como cuando el sujeto sacrifica su goce al ideal moral. Así el superyó se nutre de las renuncias mismas que él exige. Freud presenta esta observación como el aporte específico de la clínica psicoanalítica a la cuestión de la ética. El haber cedido en su deseo de Lacan traduce y transpone a la vez el  Triebverzitch de Freud.
Era también la intuición de Nietzsche, a quien citaba recientemente. El genial filósofo psicótico, hijo del pastor de Röcken, como Cioran, depresivo insomne, era hijo del sacerdote ortodoxo de Rasinari, imputaba al «training de la penitencia y de la redención» lo que llamaba «el delirio colectivo de aquellos fanáticos de la muerte, cuyo horrible grito Evviva la morte» condenaba (Genealogía de la moral, III, 21, p. 374 de la edición de Aguilar, 1932).
Asimismo el inconsciente no quiere decir: todos víctimas.
El inconsciente quiere decir: tus intenciones amables, tus ideas que son tus prostitutas, todo eso es un disfraz, una façade [fachada], dice Freud (en francés en el texto). Son las consecuencias las que pesan, y de las que eres responsable. Descifra tu inconsciente (imperativo ético), porque lo que no quisiste, lo que no sabes se recordará en tu contra. Es la dura ley de Freud, la terrible lex freudiana.
Se piensa que la doctrina psicoanalítica exonera a la humanidad, que el determinismo inconsciente redime a cada hijo de vecino, que Freud es el nuevo redentor, que les condona sus pecados. Inconsciente = castigo imposible. Es así como se interpreta el freudismo al público: al revés. Este hecho no incrimina a Freud ni al común de los periodistas sino a los freudianos, incapaces de igualarse al pensamiento de que el inconsciente quiere decir todo lo contrario: que soy responsable más allá de donde mi conciencia extienda su imperio. Sólo Lacan escribe, y sigue siendo incomprendido: «De nuestra posición de sujeto somos siempre responsables. Llamen a eso terrorismo donde quieran» (Escritos, p. 837).availu
Me di cuenta sólo el año pasado, al leer a un colega argentino muerto demasiado pronto, el admirable Javier Aramburu, de que Lacan no hacía aquí más que dar el estilo Saint-Just, el estilo André Breton, a un brevísimo texto de Freud de 1925, «Die sittliche Verantwortung für den Inhalt der Träume» (trad. castellana: «La responsabilidad moral por el contenido de los sueños», en Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1987, t. XIX, pp. 133-136).
Los viejos bolcheviques, lejos de ser los hombres sin falla de la leyenda dorada de la Revolución, parecían bastante afectados a los ojos del clínico. La mayoría, neuróticos rematados, que arriesgaban locamente su vida y eran curiosamente cobardes en el momento decisivo, quienes creían en Papá Noel y perdían la cabeza con el primer desengaño; histéricos perdidos que querían que se los ame, que pescaban cumplidos; obsesivos desconfiados, que dudaban, embarulladores, o incluso gozadores a corto plazo.
Stalin era de un temple totalmente distinto. Ningún escrúpulo, ninguna decencia. Sin vacilación, sin falta en ser. El hombre de acero, el perfecto canalla, intocable, cerrado sobre sí mismo, «calmo monolito caído en este bajo mundo por  una oscura catástrofe».

stalin-jamesvaughan-flickr
Póster de propaganda. Texto: «La dulzura de Stalin brilla en el futuro de nuestros niños»

El esplendor del canalla, su particular brillo maléfico proviene de que no posee alteridad: el canalla no acepta ni al Otro con mayúscula, que no es más que ficción, ni a los otros, que no valen nada. No se trata de narcisismo, porque a Narciso le hace falta la escena y el espectador. Tampoco podemos  llamarlo cinismo, elevada ascesis espiritual e higiénica. Sería más bien un autismo político, para hablar como los amigos Lefort.  Miren a Stalin en la reunión del Comité Central que destituyó el 9 de septiembre de 1940 a su protegido Avdeenko, el viejo minero del Dombass (pp. 594 y 595 del libro de Marie).
Se le pueden reprochar muchas cosas a Stalin, pero hay que decir algo en su favor: no fue dañado por su nacimiento, comenzó por ser seminarista, como Julien Sorel, pero nunca, nunca fue un terrorista. Entiéndanme bien: organizó el Gran Terror, reclutó terroristas, hizo padecer hambre al pueblo, fue un despoblador, pero nunca fue uno de esos terroristas que ponen su vida en juego, es decir, que aceptan perderla por un significante ideal, como lo fue Julien.
Stalin -Koba en aquella época- se hizo pasar por el organizador de la manifestación sangrienta se Batum, puerto del Mar Negro, en marzo de 1902, a continuación del cierre de la refinería Rothschild. Barbusse lo describe «como un blanco que encabezaba la manifestación». «En lo tocante al blanco -escribe Marie-, nadie lo vio, salvo un comisario de policía cuyo testimonio rechazaron los jueces» (p. 69).
Nada más lejos del canalla que el terrorista que da su vida para tomar la de otros. El principio subjetivo del terrorismo no se distingue del de la anorexia. «Quería un cuerpo de ángel», me dijo en el almuerzo la antigua anoréxica, que no hace más que picotear. Sí, de ángel exterminador.
Más vale, ¿no es cierto?, la démocrassouille¹, como dicen los fachos.
La verdadera cuestión es saber por qué el psicoanálisis no echa raíces en tierra del Islam. Sería necesario, sin embargo, para desecar el goce mortífero del sacrificio.

Comenzada el 19 de septiembre, terminada el 30

(2001)


Jacques-Alain Miller: Cartas a la opinión ilustrada, Paidós, Buenos Aires, 2002, página 126.


¹Démocrassouille es una condensación de los términos démocratie (democracia) y souiller (manchar) [N.de la T.]

«La cosa freudiana es el deseo»

Jacques LacanLacan

La cosa freudiana es el deseo. Así es como nosotros la enfocamos este año, por hipótesis, pero sostenidos como estamos  por la marcha  concéntrica  de nuestra búsqueda precedente.
No obstante, al articular esta fórmula nos damos cuenta de una suerte de contradicción, en la medida en que todo el esfuerzo de teorización de los analistas parece manifestarse en el sentido de hacer que el deseo pierda el acento original que sin embargo tiene -no podemos dejar de palparlo- cuando tenemos que vérnoslas con él en la experiencia analítica.
Bajo ningún concepto podemos considerar que el deseo funcione de manera reducida, normalizada, conforme a las exigencias de una suerte de preformación orgánica que llevaría por vías trazadas con antelación y a las cuales habríamos de reconducirlo cuando se aparta de ellas. Muy por el contrario desde el origen de la articulación analítica por parte de Freud, el deseo se presenta con el carácter que designa el término lust en inglés, que significa tanto codicia como lujuria. Encuentran el mismo término en alemán dentro de la expresión Lustprinzip, y ustedes saben que ésta conserva toda la ambigüedad que oscila del placer al deseo.
En la experiencia, el deseo se presenta ante todo como un trastorno. Trastorna la percepción del objeto. Tal  como nos lo muestran las maldiciones de los poetas y de los moralistas, degrada al objeto, lo desordena, lo envilece, en todos los casos lo sacude, y a veces llega a disolver incluso a quien lo percibe, es decir, al sujeto.
Encontramos ese acento, por cierto, al principio de la posición freudiana. No obstante, tal como Freud lo pone en primer plano, la Lust se articula de una manera radicalmente diferente de todo lo que antes había sido articulado acerca del deseo. El Lustprinzip se nos presenta como algo que en su fuente se opone al principio de realidad. La experiencia original del deseo resulta contraria a la construcción de la realidad. La búsqueda que la caracteriza posee un carácter ciego. En resumidas cuentas, el deseo se presenta como el tormento del hombre.
Ahora bien, todos aquellos que hasta este momento habían intentado articular el sentido de las vías del hombre en su exploración, siempre habían puesto en el principio la búsqueda, por parte del hombre, de su bien. Todo el pensamiento filosófico, a través de los siglos, jamás ha formulado una teoría moral del hombre en la cual el principio de placer, sea cual fuere, no haya sido de entrada definido y afirmado como hedonista. Esto significa que el hombre, sépalo o no, busca fundamentalmente su bien, de suerte tal que los errores y las  aberraciones de su deseo sólo pueden promoverse en la experiencia a título de accidentes.
Con Freud aparece por primera vez una teoría del hombre cuyo principio está en contradicción fundamental con el principio hedonista. Se da al placer un acento muy diferente, en la medida en que, en Freud, ese significante mismo está contaminado por el acento especial con el cual se presenta the lust, la Lust, la codicia, el deseo.
Al revés de lo que una idea armónica, optimista, del desarrollo humano podría a fin de cuentas llevarnos a suponer, no hay ningún acuerdo preformado entre el deseo y el campo del mundo. No es así como se organiza, como se compone, el deseo. La experiencia analítica nos lo enseña: las cosas van en un sentido muy diferente. Según lo hemos enunciado aquí, el análisis nos embarca en una vía de experiencia cuyo desarrollo mismo nos hace perder el acento del instinto primordial, invalida para nosotros su afirmación.
Es decir que la historia del deseo se organiza como un discurso que se desarrolla en lo insensato. Esto es el inconsciente. Los desplazamientos y condensaciones en el discurso del inconsciente son sin duda alguna lo que en el discurso en general constituyen desplazamientos y condensaciones, o sea, metonimias y metáforas. Pero aquí son metáforas que no engendran sentido alguno, y desplazamientos que no transportan ningún ser y en los cuales el sujeto no reconoce algo que se desplace.
La experiencia del análisis se ha desarrollado consagrándose a la exploración de ese discurso del inconsciente. La dimensión radical que aquí está en juego es la diacronía. En cambio, la sincronía es lo que constituye la esencia de la búsqueda que proseguimos este año. Nuestro esfuerzo va a recuperar lo tocante al deseo para situarlo en la sincronía.

Clase del 13 de mayo de 1959 (fragmento)


Jacques Lacan: Seminario 6 El deseo y su interpretación, Paidós, Buenos Aires, 2014, página 396.


El enigma de mi deseo o mi madre mi madre mi madre1929-Salvador Dali