Cuando el psicoanálisis asusta a los propios psicoanalistas

Isabelle Durand byn

Isabelle Durand

El temor suscitado por la idea misma del inconsciente, de lo real, diríamos con Lacan, está en el origen de las resistencias de las que el psicoanálisis es objeto… También, según parece, para algún analista.

¿Acaso podría ser de otra manera? ¿Cómo sorprenderse de ello cuando el mismo inventor del psicoanálisis parecía convencido, en una carta escrita a Ludwig Binswanger el 10 de septiembre de 1911, de que su destino era el de perturbar la paz en el mundo? Freud no tardó mucho en darse cuenta de que dicha paz no se vería perturbada tanto como él hubiera querido, y a causa precisamente de las resistencias estructurales al psicoanálisis. Ya en 1914, decía comprender que alguien pudiera retirarse después de una primera aproximación a las desagradables verdades analíticas, sobre todo en el caso de que su relación con el análisis no hubiese franqueado aún un cierto umbral. Pero agregaba que no hubiese pensado nunca que alguien, habiendo adquirido una comprensión sobre el psicoanálisis con cierta profundidad, pudiera nuevamente renunciar a lo que había comprendido. Incluso era posible que ese alguien eligiera deshacerse de todo lo aprendido y se defendiera como en los inicios de su análisis.

Freud constataba: “Tuve que aprender que puede suceder a los psicoanalistas exactamente lo mismo que lo que ocurre a los enfermos en análisis (1)”. Se refería a Carl Gustav Jung. Este último celebraba que las modificaciones que él había aportado al psicoanálisis habían permitido superar la resistencia de muchas personas que hasta entonces lo habían rechazado categóricamente. Pero, para Freud, no había en ello ningún motivo de gloria: para hacer desaparecer dichas resistencias, había sido necesario sacrificar las verdades adquiridas por el psicoanálisis a duras penas. En este caso preciso, Jung había puesto el factor sexual en segundo plano. Dos años antes, en 1909, Freud le había escrito: “Su suposición de que luego de mi retirada mis errores podrían ser venerados como reliquia, me resultó divertido, pero no encontró adhesión de mi parte. Pienso que, al contrario, los jóvenes se apresurarán a demoler todo lo que no esté bien anclado y clavado en mi legado (2).”

Freud, Jung, Ferenczi, Jones
Sigmund Freud, Stanley Hall, CG Jung. Fila posterior: Abraham A. Brill, Ernest Jones, Sandor Ferenczi. -Universidad de Clark, 1909-

El inconsciente asusta. Es un hecho. Además, lo que podría a primera vista parecer paradójico es justamente que asusta a los propios psicoanalistas. Recordemos la confidencia de Freud a James Jackson Putman en 1913: “Que el psicoanálisis no haya vuelto mejores, más dignos a los analistas mismos, que no haya contribuido a la formación de su carácter, sigue siendo para mí una decepción. Fue probablemente una equivocación por mi parte esperarlo. (3)”

Jacques Derrida profetizaba que el psicoanálisis no había ni siquiera nacido aún: “Si tomáramos en cuenta seria, efectiva, prácticamente al psicoanálisis, sería un terremoto casi inimaginable. Indescriptible. Inclusive para los propios psicoanalistas. (4)”

En 2009, Jacques-Alain Miller subrayaba que una pregunta que había atormentado a Lacan a lo largo de su enseñanza era: “¿Por qué [los psicoanalistas] no se dan cuenta de que, a partir Freud, nada podrá ser igual? (5)”. La razón por cual los psicoanalistas no estarán nunca a la altura del psicoanálisis parece ser, más bien, del orden de la debilidad mental que es, según Lacan en el seminario RSI, aquello de lo que ningún sujeto podrá jamás escapar a menos que elija la locura. No hay verdad sobre lo real, ya que lo real excluye al sentido (6).

J.-A. Miller añadía que ningún sujeto, por muy analizado que esté, jamás estará en regla con su inconsciente. Y cuando cree estarlo, está en la infatuación (7). Y si la práctica obliga a cerrar el inconsciente para operar, la responsabilidad del analista consiste en no perder de vista que no basta con ser incauto para no errar.

Concluyamos precisamente sobre esta llamada de Lacan a la responsabilidad: “Lo que haces, muy lejos de ser fruto de la ignorancia, está siempre determinado por algo que es saber y que llamamos el inconsciente. Lo que haces sabe – sabe: s.a.b.e. (8)- sabe lo que eres, sabe “tú”. […] Nunca nadie había osado ese veredicto del que les hago remarcar lo siguiente: la respuesta del inconsciente, es que implica el sin perdón, e incluso sin circunstancias atenuantes. […] Freud lo dice durante toda su obra (9)”.

El sin perdón freudiano fue una sacudida sísmica de gran amplitud para muchos de nosotros. E incluso si tenemos poca esperanza en un futuro mejor, es con determinación que constatamos sus réplicas. Para que esta amenaza sísmica no sea tan intensa en el interior de nosotros mismos, Lacan nos invita a continuar “en posición de analizantes de [nuestro] no quiero saber nada de eso”. Sería ésta la mejor manera de confrontarnos con la inconsistencia del Otro y así, de no retroceder ante nuestros miedos.

(2017)

Traducción por Adriana Campos.


1.- Freud S., « Contribution à l’histoire du mouvement psychanalytique », Œuvres complètes, vol. 12, PUF, p. 295.
2.- Freud S., Jung C.G., Correspondance T. I (1906-1909), Paris, Gallimard, 1973, p. 361.
3.- In L’introduction de la psychanalyse aux États-Unis: autour de James Jackson Putman, Paris, Gallimard, 1978, p. 193.
4.- Derrida J., Roudinesco E., De quoi demain…, Dialogue, Fayard Galilée, Paris, 2001, p. 290.
5.- Miller J.-A., « Curso de la orientación lacaniana, Vida de Lacan, ( 2009-2010), clase del 26 de mayo 2010, inédito.
6.- Cf. Lacan J., El Seminario, libro XXIV, « El fracaso del Un-desliz es el amor” (1976-1977), Clase del 14 diciembre 1976, inédito.
7.- Miller J.-A., “Sutilezas analíticas” Los cursos psicoanalíticos de Jacques-Alain Miller, Buenos Aires, Paidós, 2011, p. 33.
8.- NT: Lacan lo deletrea y subraya aquí el equívoco por homofonía entre sait (sabe) y c’est (es).
9.- Lacan J., El Seminario, libro XXI, « Los desengañados se engañan » (1973-1974), clase del 11 de diciembre 1973, inédito.
10.- Lacan J., El Seminario, libro XX, Aún, Buenos Aires, Paidós, 2007, p. 9.

Fuente: Lacan Quotidien


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Lo quiero todo, y lo quiero ya

Isabelle Durand

Isabellle Durand foto de Alex García by n

Cuando éramos niños, un año parecía una eternidad. Una vez llegamos a la edad adulta, los años se escurren como la arena. Y la mala noticia es que eso no se arregla con el tiempo. ¿Por qué esta sensación ? Porque somos seres parlantes y subjetivos, y el tiempo es sólo una ilusión.
El tiempo no es lineal. Cuanto más activo es uno, más distraído está, más el tiempo se estrecha, se suspende. Podemos volver a la realidad sin tomar consciencia del tiempo transcurrido. Y a la inversa, una emoción intensa puede bloquear el tiempo.
Ya Proust, en su “En busca del tiempo perdido”, aludía al desamparo que sentimos cuando el otro no responde: un retraso, una demora, una carta sin respuesta, y ese otro, cuya presencia nos parecía casi indiferente cuando creíamos poder contar con ella, se convierte de repente en el objeto de una irreprimible necesidad. En la urgencia de esta espera que no consiente al esfuerzo inherente a la paciencia, el tiempo se eterniza.
La posibilidad de la espera se sostiene de la esperanza. En el momento en el que el otro responde el tiempo, otra vez, deja de existir. ¿Deberíamos llegar a la conclusión absurda que detener el tiempo pasaría por el aburrimiento, esta pasión del alma que el autor de “Las flores del mal” llamaba “monstruo delicado” y consideraba el más horrible de nuestros vicios”? Cuando sufrimos, el tiempo nos parece infinitamente largo, y su espesor es correlativo a nuestro empeño en que termine.

Reloj de arenaVeamos que ocurre en el tiempo de los Whatsapps, de Facebook. El siglo XXI se caracteriza por una nueva relación con el tiempo. Estamos en el tiempo de un “todo, ya” que la canción de los Queen, “I want it all”, visionó en el ocaso del siglo XX.
¿Pero qué es este “todo” que se exige “ya”? Ese “todo” tiene que ver con una supuesta satisfacción absoluta. Quererlo todo es no consentir a la perdida que conlleva cualquier elección. Todo es imposible. Si elijo A, pierdo B. La urgencia tiene que ver con la impotencia que uno siente cuando no quiere asumir ese imposible. No es el tiempo lo que falta. Es la exigencia de satisfacción que es insaciable. Como paradoja, esta exigencia nos lleva ineluctablemente a la insatisfacción.
Otra consecuencia de la aceleración es que nos priva del tiempo de reflexión necesario para comprender. El tiempo de la hiperactividad generalizada está restando tiempo para mantener este diálogo interior con uno mismo ineludible para entender.
Asimismo lo instantáneo ligado a la hiperconectividad conlleva un imperativo de ubicuidad que permite que todos podamos ser localizados por cualquier persona en cualquier momento. Las barreras ya no son, pues, externas. Estamos obligados a ponérnoslas nosotros mismos ante la demanda del otro. Y los que tienen mayores dificultades en no responder a esa demanda reivindican el derecho a la desconexión, a un lugar inalcanzable en el que refugiarse.
La aceleración tecnológica tiene también como consecuencia que necesitamos menos tiempo para realizar una tarea. Entonces: ¿por qué no disponemos de más tiempo libre? La aceleración tecnológica permitiría ganar tiempo si, y solo si, la actividad quedara igual. Pero el crecimiento de la búsqueda de rendimiento es más elevado aún que la aceleración. Podemos doblar la velocidad, pero si a la vez cuadruplicamos las distancias que queremos recorrer, perdemos tiempo en vez de ganarlo. Es porque siempre queremos más tiempo del que disponemos que se genera una sensación de prisa, de urgencia, de insaciabilidad de tiempo. El deseo, por estructura, se alimenta de lo que no se tiene.
No se trata de caer en la nostalgia por tiempos pasados, pero tampoco de dejarnos engañar por la propaganda del progreso. Sabemos que cada progreso conlleva su reverso. Cada invento tecnológico será un avance o no dependiendo del uso que las personas hagamos de él. Y un “buen” uso implicará necesariamente, aunque no solamente, construir límites.

(2016)

Fuente: Blog de la ELP


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“Eres la mujer del Otro y te deseo”

Jacques-Alain Miller

Albrecht Dürer – Adam and Eve (Prado)

Eva y Adán; el primer “flechazo” de la historia humana. En realidad, tenemos datos para decir que hubo flechazo del lado de Adán, pero no sabemos si lo hubo del lado de Eva; quizás ella tuvo su flechazo más bien con la serpiente. Esto ya introduce cierta disimetría. Doy mi versión de la historia de Adán y Eva, aceptando desde ya otras posibles propuestas de interpretación. No tengo ningún dogmatismo sobre la estructura de Adán y Eva. Todos conocen la historia de la costilla a partir de la cual Dios hizo una mujer. A menudo se dice que Dios hizo a la mujer. Quizá Dios había leído a Lacan. Además –en la versión francesa de Rachi, gran comentador de textos sagrados, que traduzco al castellano– dice que Dios lleva una mujer al hombre. Es el momento de la mirada. Dios lleva a Eva a Adán, y Adán habla. Es notable. Adán se une con Eva, pero habla. Y hay que ver en qué términos se expresa. Traduzco al castellano la versión francesa de Rachi (nombre adoptado por el rabino medieval Salomo ben Isaak de Troyes), gran comentador de textos sagrados: “Aquélla, esta vez, es el hueso de mis huesos, la carne de mi carne. Aquélla, llamada mujer, porque fue extraída del hombre”. Si Dios había leído a Lacan, seguramente Adán no había leído a Freud, lo cual no le impide describir muy bien la elección de objeto llamada narcisista: su primera expresión es reconocerse a sí mismo en Eva, en lo que hay de común, de parecido entre él y ella. Se puede notar la ventaja que Adán tiene sobre nosotros, el resto de los hombres: él no podía confundir a Eva con su madre.
Pero esta ventaja tiene quizá un inconveniente, considerar a Eva como Dios, el padre; es decir que aceptó ser dirigido por ella. Ahora bien, Rachi nota que, si en la Biblia se emplea la palabra “aquella”, si se dice “esta vez”, es porque Eva no es la primera; ella, la primera mujer, tenía rivales. Para Rachi, eso implica que Adán, nuestro común padre humano, había tenido relaciones sexuales con animales, domésticos y salvajes, pero no quedó satisfecho con esas relaciones. Él no sabía que eran “contra natura”. No hay razón para pensar que la copulación de Adán con los animales fuese contra natura antes de la aparición de Eva. No quedó satisfecho con eso, dice Rachi, hasta que conoció a Eva; en ese momento, se supone que Adán está satisfecho. Eso, puede decirse, hace de Eva otra cosa que una hembra. Con su aparición, hay ya algo así como una transfiguración de la sexualidad. El hecho, no muy conocido, de que Adán tuviera aquellas relaciones con animales da un nuevo relieve a la seducción de la serpiente. Es interesante notar que, así, la sexualidad de Adán empieza por la perversión (N. de la R.: es posible que el autor aluda también al juego de palabras en francés utilizado por Jacques Lacan: perversion, père-version, “versión del padre”). Y, ¿hacia dónde se vuelve Adán sino hacia el Padre? La mujer que tendrá le llega desde el Padre, en el primer flechazo. Lo interesante también es que, claramente, ella fue desprendida del cuerpo del hombre. Resulta interesante que Adán, en el momento de verla, no haya dicho: “Prefiero la cabra”; es decir que, con la primera y hasta ese momento la única, se trata de una elección de objeto. Porque ya había otras, no humanas.
No voy a continuar con todo lo que se puede deducir de ese primer flechazo. Notamos que lo primero que interesa a Adán es que ella tiene como un pequeño aire de familia. Ese pequeño aire de familia seguramente condiciona la elección del objeto narcisista, pero también condiciona la elección de objeto “anaclítica”: es decir, cuando la elección de objeto se dirige hacia la madre. En esto, encontramos la temática desarrollada por Freud en “Contribuciones a la psicología del amor”. Y debemos decir que el carácter de amor como repetición se encuentra ya en los “Tres ensayos para una teoría sexual”, en 1905.
El rebajamiento del amor por parte de Freud parece indudable cuando uno lee lo que para él es el prototipo, Vorbild, de toda relación amorosa, de todo Liebe. El prototipo de toda relación amorosa o erótica –esta palabra es mejor traducción– es un niño que toma el pecho de su madre. Si fuese ésta la definición del amor, podríamos decir que es un rebajamiento del amor. Por excelencia se define el amor como la repetición de esa satisfacción primaria. Podemos considerar lo que hay de insatisfactorio en esta definición si la tomamos como una definición desarrollada del amor. Amar no es sólo gozar a partir de un objeto: es un cortocircuito en la definición del amor definirlo inmediatamente por la relación entre un sujeto como falto de goce y un objeto que constituye esa satisfacción; el amor desarrollado necesita que ese objeto sea encontrado en una persona; una persona, con su carácter imaginario y no puramente objetal. Esta es la ambigüedad del Liebe freudiano: por un lado, es amor; por otro, incluye el goce. El pecho, hay que decirlo, no es una persona. Por eso es tan divertida una novela de Philip Roth, el escritor norteamericano, llamada El pecho, que imagina la relación propiamente amorosa de un hombre con un pecho solo. La escritura literaria permite hablar de un pecho como de una persona y mostrar la relación amorosa del personaje con ese pecho personalizado. Vemos esto también en Gogol, en su cuento “La nariz”, que narra el encuentro de un personaje con una nariz que anda por las calles.
Personalizar el objeto o dar más importancia al objeto que a la persona: podemos decir que en esto encontramos el fetichismo.

Brillo en la nariz

Vale la pena pensar el ejemplo que presenta Freud en su artículo de 1927, donde encontramos la elección de lo que él llama allí fetiche. Nos presenta las circunstancias accidentales, contingentes, que condujeron al sujeto a esa elección que es precisamente de la nariz. Es decir, lo que Freud llama la elección del fetiche. Es muy curioso el fetiche que Freud toma como paradigma. No toma el zapato, no toma una cosa material, sino una cosa casi insustancial: un brillo sobre la nariz, el Glanz auf der nase. Esto depende de muchas cosas, es algo infinitamente fugitivo; depende de la luz o del tiempo que tenga la mujer para ponerse un poco de polvo. Y ése es el ejemplo paradigmático que toma Freud. Ese fetiche, nuestro objeto “a” como causa del deseo, se ilustra de manera abierta en ese ejemplo donde no sólo se trata de una cosa casi insustancial, o una sustancia casi inmaterial, sino que sólo depende de un juego significante. Como ustedes saben, el fetichista presentado por Freud fue educado en Inglaterra, y la frase inicial era Glance on the nose, es decir, “una mirada sobre la nariz”, y por homofonía y por el malentendido de la traducción, se produce lo que Freud llama un fetiche.
Esto demuestra la tesis lacaniana de que el significante estructura el deseo. Ese fetiche se produce por una homofonía entre dos lenguas. En el ejemplo, el fetiche es la nariz pero, como dice Freud, en cuanto desplazamiento de la nariz debajo de las faldas. En esto el fetiche freudiano es un recuerdo encubridor y constituye lo que Freud llama un sustituto del pene, no de cualquiera, sino que esa nariz debajo de las faldas es un desplazamiento, un sustituto de un pene que no existe. Esta es la paradoja: esa nariz debajo de las faldas es un murciélago que, a la luz del día, no existe sino desplazado; a la luz del día, la nariz debajo de las faldas no existe como tal. Es decir que se trata de algo que se esconde en el Otro, algo que no puede soportar la luz del día, algo que no existe sino en cuanto escondido. Y, en el momento en que se trata de verlo, no es nada más que un brillo.
Esto no es un síntoma, un fetiche no es un síntoma, no hace en absoluto mal. Un brillo sobre la nariz no es demasiado difícil de encontrar en una mujer. Los fetichistas freudianos pueden estar muy contentos porque esto les facilita el deseo. Por ejemplo, sólo es necesario obtener de una mujer que no se ponga polvo en la nariz. No sé si Adán hubiera querido a Eva con la nariz brillante. Además, el fetiche freudiano se produce entre dos significantes, es la estructura de ese malentendido la que lo produce. Todo lo que Freud, en Contribuciones a la psicología del amor, presenta como condiciones de amor se exhibe también entre dos significantes, como algo que emerge entre dos.

Madre, puta

En la primera de las “Contribuciones…”, nos ofrece la conjunción entre la significación de la madre y, para decirlo rápidamente, la significación de la puta. En su segunda contribución, nos presenta, al contrario, la disyunción entre la significación de la madre y la de la puta. Lo importante es que se trata de un juego entre dos significantes; ésta es una estructura común, donde lo que toma el lugar de causa, como objeto, siempre se produce entre dos significantes.
La temática de la condición de amor ya se presenta en el primer texto de Freud a partir de dos condiciones articuladas: la del tercero perjudicado, y las que Freud llama Dirnenhaftbarkeit, que puede traducirse como la “condición de puta”.
El perjuicio al tercero es la primera condición destacada por Freud en el tipo peculiar que nos presenta en la primera de las “Contribuciones…”. Se trata de un sujeto para el cual la Liebesbedingung, la condición amorosa, es que la mujer en cuestión sea de otro hombre. Esto se articula con la segunda condición que, dice Freud, es secundaria y no se encuentra sin la primera: que no se trata de una mujer muy fiel; es decir, que sea una mujer de mala reputación. La palabra que Freud utiliza, Dirne, se traduce como “mujer de mala reputación”, “mujer ligera”. En la ópera Carmen, por ejemplo, esto es representado en el personaje de la cigarrera mediante el humo. Mujeres ligeras, fuman y el humo representa el carácter mismo de su vida sexual. Estas son las dos condiciones. Freud da una interpretación edípica que construye a partir de la conducta del sujeto en cuestión: la sobreestimación que hace del objeto y la voluntad del sujeto de salvar a esa mujer de la pérdida. Freud, de manera extraordinaria, demuestra en el tema de la salvación el equivalente de tener un niño. No retomaré esto que ya está muy comentado.
Creo que hay otra interpretación que la puramente edípica, una interpretación más general a partir de la cual la edípica parece particularizada. Esta interpretación se vincula con el hecho de que, ya en Adán, es Dios el que le lleva a Eva; allí también la temática es la de la mujer que pertenece al Otro. Y ese otro hombre del cual Freud habla, ese tercero, no es un doble del sujeto en cuestión, al contrario, no se trata de que el sujeto tenga celos de ese hombre. Porque, y esto es fundamental, ese hombre es necesario por cuanto es el que tiene derecho a la mujer en cuestión. Ese marido, digamos, tiene el derecho de su lado y es fundamental para el sujeto estar en una relación ilegítima. El otro hombre, del cual Freud no habla, no es un doble del sujeto sino el propietario legítimo de la mujer. De tal manera que la mujer aparece como un bien, un tener de ese otro que merece ser llamado Otro, porque no es un doble del sujeto sino alguien que tiene el derecho de su lado, estando la mujer en la posición de un bien, del tener, del haber de ese hombre, su posesión.
Aquí, creo, puede leerse inmediatamente una disyunción entre el derecho y el goce. En esta configuración, la condición del acceso al goce es no tener derecho a; tener derecho a una mujer mata el goce. El libro 3 de Gargantúa y Pantagruel está ocupado enteramente por la cuestión que se plantea Panurgo: “Quiero casarme pero, si me caso, voy a ser cornudo”. Las trescientas páginas están dedicadas a esa cuestión, central: que tener derecho legal a una mujer asegura que el goce, el goce de ella, estará en otro lugar. Se ve que sólo se puede tener acceso al goce a través de la infracción a la ley. Esto tiene una vertiente positiva: el sujeto necesita la interdicción del Otro, el sujeto necesita al Otro para que el Otro pueda indicarle el camino del goce.
Ya en la condición llamada del tercero perjudicado tenemos un ternario: el sujeto, el Otro, tachado o no, según se lo considere desde el ángulo del tener o del engaño, y el objeto, presente en la persona que debe tener una relación con ese Otro. Para ser interesante, debe ser el objeto del Otro, debe ser tomado del Otro: esto es lo que le da valor. Y, a propósito de la vida erótica, no hay un término que se encuentre más en Freud que Wert, “valor”. Siempre hay que saber el valor del objeto, es decir, lo que el Otro está dispuesto a pagar por él. En otros tiempos era más fácil saberlo, por ejemplo, por una estimación en cierta cantidad de camellos, etcétera, lo cual permitía orientarse en el mundo erótico de manera clara. Tratándose de camellos, era más difícil la hiperinflación.
Es claro que en Freud no se trata sólo del papel, famoso, de la denegación, la Verneinung, del juicio de existencia, y del juicio de atribución, sino que en la vida erótica se trata de la cuestión del juicio de valor. Lacan ha desarrollado la cuestión del juicio de valor a propósito del goce mediante la oposición de valor de uso y valor de cambio. Cuando Lacan desarrolla estas dos categorías, puede apoyarse en el Wert freudiano. Freud mismo habla de Sexualwert, del valor sexual. Y siempre encontramos en Freud el término “rebajamiento”, que es un término de valor, o “sobrestimación”. La libido freudiana es el valor psíquico, a partir de lo cual puede pensarse lo que da valor.
Hice una pequeña investigación sobre la palabra Dirne (prostituta), que utiliza Freud; la hizo en realidad alguien que trabaja conmigo, Franz Kaltenbeck. Yo supuse que esta palabra se encontraría en el Fausto, de Goethe, y efectivamente se la encuentra y en un momento muy destacado. Se trata del momento en que Fausto habla por primera vez a Margarita, y dice “Meine schönes Fräulein” (“Hermosa señorita”), a lo que Margarita responde: “Yo no soy señorita ni hermosa”. Más tarde, cuando Mefistófeles la visita en casa de Marta, también la llama Fräulein, y Marta dice: “El señor te toma por una señorita”. Y ella responde: “Soy sólo una pobre jovencita…”. Esos son los términos: Fräulein (señorita), Blutjung (jovencita). Pero, cuando Margarita no está, Fausto dice en el tono más imperativo a Mefistófeles: “Escucha, debes procurarme esa Dirne”. Este es el empleo de Dirne: a la chica, le dice “Fräulein”, etcétera, y al Otro le dice: “Tú debes procurarme esa Dirne”. Hay varios otros ejemplos. Lo interesante del término, que conocemos gracias a la investigación de Kaltenbeck, es que se trata de una palabra utilizada desde el siglo XVI, que antiguamente significaba “mujer pública”, “puta”, “prostituta”.

James Tissot – Fausto y Margarita en el jardín

Freud toma el tema de Dirne como una repetición desplazada de la madre, por cuanto hay una infidelidad de la madre hacia el niño con el padre, con el partenaire sexual. Pero esto se puede leer de otra manera. Esa supuesta Dirne está sufriendo una difamación –tomo a Lacan–, la difamación de la mujer. Cuando se dice Dirne, se trata de la siguiente condición de amor: que la mujer en cuestión no sea toda para el sujeto; es una versión de la exigencia de que la mujer no sea toda para poder reconocerla como mujer.
Esta separación entre propiedad y goce es una separación entre el orden del significante, necesario para constituir el derecho, y aquello que escapa, como goce, a la captura por lo simbólico.
Es una manera de decir que, en el nivel del goce, la mujer se escapa, la mujer huye. De este modo, las mujeres son infieles, aun cuando sean fieles. Son esencialmente infieles.
Quizá sea una estupidez, una burla, una ingenuidad necesaria decirle a una mujer: “Tú eres mi mujer”. Lo único serio que se le puede decir, y esto es una generalización de lo que Freud presenta con las condiciones del tercero perjudicado y de la Dirnenhaftbarkeit es: “Tú eres la mujer del Otro, siempre, y yo te deseo por cuanto eres la mujer del Otro”. Todo lo dicho por Freud sobre la vida amorosa confluye en la temática de que la mujer, para ser reconocida, debe serlo del Otro.


* Fundador de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Texto extraído de “Mi chica y yo”, en Desde Lacan. Conferencias porteñas, que distribuye editorial Paidós.



Fuente: Página 12

¿Por qué la angustia no tiene sentido pero sí causa?

Araceli Fuentes

Psicoanalista, miembro de la ELP. Autora del libro El misterio del cuerpo hablante (Gedisa, 2016).


La angustia es el más penoso e insoportable de todos los afectos y cuando la encontramos en las consultas clínicas está ya en un estado desarrollado. Constatamos también las diferencias entre las personas a la hora de poder soportar un mayor o menor grado de angustia. A veces puede petrificarnos y otras empujarnos a un pasaje al acto, incluso al pasaje al acto suicida.
Para los psicoanalistas la angustia es esencial en la experiencia clínica porque es la vía por la que un sujeto puede aprehender algo sobre su ser de goce, es decir sobre su manera de gozar en la vida. Tanto de aquello que le hace sufrir, y de lo que él goza sin saberlo, como sobre su deseo inconsciente. Sin la angustia, no sabríamos nada sobre el deseo ni sobre el goce.
Para abordarla, el psicoanálisis no propone ningún tipo de heroísmo, se trata más bien de ‘desangustiar’ al angustiado, que no hay que confundir con desculpabilizarlo porque la culpa tiene un motivo inconsciente que hay que averiguar y sirve de poco persuadir a alguien, que se siente culpable, de su inocencia.

Durero -Melancolía I
Una certeza paradójica

Tampoco apelamos al Ideal, diciéndole al sujeto que debe superar ese estado y hacerse fuerte porque eso es totalmente ineficaz. La angustia no se deja dominar ni por el Ideal ni por el pensamiento, tampoco por la orden, ya que algo de la angustia no puede ser absorbida por el discurso.
Es como si la angustia se basase en una certeza paradójica ya que cuando le preguntamos al sujeto por sus causas no puede referirla a ningún hecho concreto ni a ninguna significación. No obstante, él sufre y algo de esa certeza se le presenta como un valor absoluto. Hay personas que, por ejemplo, tienen la certeza de ser excluidos por el otro, no tienen dudas al respecto, sólo que esta certeza es diferente de la de la angustia porque la certeza de la angustia no está relacionada con ninguna significación sino con algo que está por fuera de cualquier discurso y por ello la angustia se les impone como un afecto en el cuerpo.
Para el psicoanálisis, no se trata entonces de buscar el sentido de la angustia, que no lo tiene, sino de buscar su causa. La angustia en tanto que señal está dirigida al sujeto, señal de lo real que le advierte de algo que puede ser un peligro. La certeza y la espera de un peligro son en la angustia una y la misma cosa.

El tratamiento

Nuestro abordaje de la angustia es así distinto del de la psicología o de la medicina. Para estas disciplinas es sólo un afecto negativo a eliminar. Para el psicoanálisis, en cambio, la angustia es siempre la de un sujeto que habla y es a través de sus palabras como podremos cernir su causa. La tratamos a través del síntoma al que la angustia da paso. El síntoma sí le permite al sujeto extraer de esa certeza dolorosa un saber sobre lo que le concierne, pues en este asunto el peso recae sobre el sujeto, no sobre el Otro.
Hacer un buen uso de la angustia implica tomarla como la vía que permitirá al sujeto lograr una certeza sobre su manera de gozar y estar en la vida. Dicha certeza no podrá encontrarla solamente por medio de las palabras, será necesario también pagar una cuota de angustia. Sólo en la medida en que ese modo de gozar ha podido ser cernido, la angustia podrá ser levantada.
Ayudar a un sujeto a separarse de su angustia no lo libra de encontrarse con su síntoma, sino al contrario, es abordando y explorando ese síntoma como podrá conseguir separarse de su angustia. Es por ello que no hay soluciones milagrosas y rápidas –que sólo desplazan la angustia a otro síntoma- sino la oportunidad de una experiencia que permita al sujeto saber algo más de su funcionamiento y elegir si quiere o no ese modo de satisfacción.

2017


Fuente: La Vanguardia

El pase, entonces, se terminó

Sebastián A. Digirónimo

Comentario de la clase del 25 de marzo de 2009 del curso Sutilezas Analíticas de Jacques-Alain Miller


Primer punto es el título de la clase: “se terminó, entonces, el pase.” Es un condicional que nos remite a la lógica. Podemos leerla forma lógica de las premisas y la conclusión. Se trata, ciertamente, de una conclusión. Y de una conclusión en el sentido de la lógica.

Así se le presenta a ese analizante la cuestión del fin, pero podemos tomarlo al revés para sostener algunas cosas acerca del pase. Por eso quería, en el comentario, llegar a la fórmula inversa: “el pase, entonces, se terminó.” Esto se puede formular radicalmente de la siguiente manera: sin pase no hay fin de análisis. Hacia allí querría empujar la lectura.

Esa sería una enseñanza que podemos extraer de “Se terminó,entonces, el pase.” Pero preferiría extraer una doble enseñanza y, por tanto, un segundo punto. Ese segundo punto, que está a lo largo de todo el testimonio, encuentra su punto más alto cuando Miller señala lo del Eclesiastés: hay un tiempo para cada cosa y, por lo tanto, en un análisis no se pueden ahorrar pasos.

Punto uno, entonces, sin el pase no se termina. Esto queda bien claro en la página 206¹, cuando el analizante devenido psicoanalista señala esa frase que considera la descripción exacta de su acto hacia el pase. Dice: “no sé dónde voy, pero allí voy.” Esa frase no sólo es una definición del último paso del análisis sino una definición del análisis todo. De principio a fin el análisis debería estar marcado por un “no sé dónde voy, pero allí voy.” Esto queda mencionado con claridad al señalar el consentimiento del analizante al acto psicoanalítico. Solano comenta el testimonio y señala “cómo prueba, demuestra que esta salida del análisis y esta entrada en el pase, este pasaje de analizante a analista, no es más que una consecuencia, en el fondo, del acto analítico al cual el analizante consintió.” Entonces ahí tenemos que empujar la lectura y preguntar si, sin esta consecuencia lógica, hay acto y hay fin.

Para intentar una respuesta a estas preguntas tenemos que ir a lo básico: lo primero es la definición misma de lo que descubre el psicoanálisis y a lo que se reduce todo el mundo humano, es decir, el mundo del ser que habla. Justamente por ser hablante se abren al mismo tiempo dos dimensiones: la del saber y la del goce humano. Pero en ese mismo movimiento se descubre que ese saber es siempre menor que ese goce: eso se llama trauma. Por habitar el lenguaje → saber y goce; pero saber < goce. Es decir: hablar hace surgir un saber y un goce que están desproporcionados; no hay proporción entre ese saber y ese goce. Esto es lo que quiere decir el famoso no hay relación sexual, que es el descubrimiento del psicoanálisis. El descubrimiento de Freud es, ciertamente,el inconsciente, pero el inconsciente es, justamente, que no hay relación sexual. Agreguemos esto: Freud hace un descubrimiento y una invención (lo dice Lacan); descubre el inconsciente e inventa un modo de tratarlo, que es el dispositivo psicoanalítico.

Esto nos hace pasar al segundo punto, que tiene que ver con qué esperar de un psicoanálisis. No hay que esperar, por supuesto, la desaparición del trauma. No hay que esperar la curación de la desproporción. Más bien lo que hace el psicoanálisis es demostrar lo incurable. Lo incurable de esa desproporción (que podemos llamar también inadecuación de la verdad para ceñir lo real.) Se puede decir que el psicoanálisis no cura del inconsciente por el simple motivo que un analizado (es decir alguien que llega al fin del análisis) no deja de ser un ser hablante. Pero sí se puede esperar curarse del tratamiento espontáneo que hace el sujeto de esa desproporción incurable. Ese tratamiento espontáneo se llama neurosis (o perversión o psicosis, pero vamos a concentrarnos en la neurosis, por donde entra Freud mismo.) Ese tratamiento espontáneo implica la religión del Otro; es decir, creer en ese Otro que se supone que sabe o goza. Esa suposición es, por supuesto, el sujeto supuesto saber. (Dos ejemplos rápidos: un paciente dijo una vez: “yo creo que vos sabés qué me pasa pero no me lo decís para que yo llegue a descubrirlo solo.” Esto del lado del saber, y lo que dice es agudo pero, al mismo tiempo, neurótico. Ese “que yo llegue a descubrirlo solo” está bien, pero que hay Otro que sabe es lo que debe caer. Del lado del Otro que goza, otro paciente dijo: “yo creo que me contagió a propósito”, también, “para mí toda la gente es mala.” El colmo de esto lo roza hablando de una mujer a la cual él no quiere ver más porque él tiene cierto problema y no quiere abrumarla con eso, ella le dice que eso no le importa y que ella quiere seguir con él, sin embargo, él toma distancia de ella y, después, se queja porque la nota fría y distante y dice “me decepcionó.”)

Entonces, de lo que cura el psicoanálisis es de ese tratamiento salvaje de la desproporción que se llama neurosis y que implica la religión del Otro. Ese Otro es el parche salvaje sobre la desproporción entre saber y goce. Por supuesto que el fin del análisis implica, así, la destitución del Otro. (Hay que notar la ambigüedad de la palabra fin, que es el final, el término, pero también la meta o el objetivo.)

Vamos a lo tercero: curar la religión del Otro implica el acto. (Algunos inventan el neologismo de acteísmo, por acto y ateísmo, como el movimiento de la destitución del Otro.) Es fácil entender cómo esto lleva a la curación de la neurosis. Tomemos los dos ejemplos de aquellos pacientes y veremos que sería fácil notar que el Otro no sabe ni goza si hubieran llegado a soportar que el Otro no existe. Aquello de que el psicoanalista no se autoriza más que en sí mismo quiere decir que no se autoriza en el Otro por eso mismo, porque el Otro no existe. Y en este lugar hay que hacer una precisión: el Otro que no existe del fin del análisis no es el Otro que no existe de la época actual. El Otro que no existe de la época actual es otro desdibujado, impotente, inútil, incluso podemos tomarlo como el lugar del Otro vacío, pero el lugar sigue allí y la pasión del neurótico sigue tan vigente como siempre o, quizá, más. El Otro que no existe del fin del análisis es completamente distinto. No está desdibujado, ni es impotente, ni es un inútil, simplemente porque no está más.

Vuelvo al principio de este punto tercero. Curar la religión del Otro implica el acto. Soler habló alguna vez de la resolución de la neurosis como del fin de la vacilación neurótica sobre el Otro. Eso está muy bien por un simple motivo: fin de la vacilación es una definición del acto, quizá la mejor definición del acto.

Resumamos: 1) ser hablante y, por lo tanto, no hay relación sexual. 2) Religión del Otro como tapón salvaje del punto anterior. 3) Acto psicoanalítico.

Este resumen es un psicoanálisis en sus líneas mínimas o en sus rasgos mayores.

Después de este resumen en tres pasos, entonces, volvamos a eso que el psicoanálisis pone de manifiesto: lo incurable. Es lo incurable lo que hace llegar a la tesis de que sin el pase no hay fin de análisis. (Por supuesto, mucho más acá, en el psicoanálisis no hay “alta” –como se oye de tanto en tanto: “le di de alta” o “me dio el alta.”)

Podríamos incluso vaticinar algo: dentro de diez o quince años todos van a comenzar a decir, como algo natural que hoy les parece demasiado brusco, que sólo el pase es el que implica el fin de análisis (y que un análisis que finaliza sin que el analizante se precipitara en acto a dar el pase no es un análisis finalizado –incluso si ese analizante que hiciera el pase no fuera nunca un psicoanalista practicante.)

El punto es, por lo tanto, “el pase y lo incurable.”

Vamos a dejar a Miller de lado por un momento y concentrarnos en algo que está en el último libro de Soler. Allí ronda la tesis de que sin pase no hay fin de análisis pero no llega a decirla de lleno. Trascribo (y pongamos el acento en que a lo que dice le falta cierta radicalidad, es decir, cierta fuerza): «No basta un analizado para producir un analista: además se necesita una posición que no todo análisis produce. Es lo que Lacan desarrolla en su “Nota italiana” con consecuencias para el dispositivo del pase: si haber ceñido su “horror de saber” no ha conducido al candidato al entusiasmo, “devuélvalo a sus caros estudios”, dice Lacan. Dicho de otro modo, no será AE, analista de la Escuela. Esto es lo que distingue claramente el análisis terminado del análisis del analista. A decir verdad, esta tesis ya estaba presente desde el “Discurso de la EFP”, pero parece no haber sido leída. Ya decía Lacan: “el no analista no implica el no analizado” y, contra toda psicologización del deseo del analista que no puede funcionar como atributo, subrayaba en esa época que en lo único que hay que reparar es en el acto analítico.»

Lo que le interesa a Soler, como parte del libro que tituló Los afectos lacanianos, es ese entusiasmo que ella toma como afecto. Dice que no importa el “término del análisis en lo que al saber se refiere, sino de seleccionar según el efecto de afecto de ese saber.” Entonces cita a Lacan: “si no es conducido al entusiasmo, bien puede haber habido un análisis allí, pero de ser analista no tiene ninguna posibilidad.”

Volvamos hacia atrás. El saber tiene relación con el goce, por lo tanto el fin de análisis relacionado con el saber tiene que ver con la ética. La ética del acto analítico es lo que permite leer correctamente eso que Lacan llama entusiasmo. ¿Se trata de un afecto o hablamos de otra cosa? ¿Qué es el entusiasmo del fin de análisis? Parece estar relacionado con las dos metáforas que produce un psicoanálisis que llega al fin. Donde había un analizante aparece un psicoanalista y donde había un psicoanalista aparece la causa psicoanalítica. Esta doble sustitución, es decir esta doble metáfora, se da a un mismo tiempo. Si se separan, no hay fin de análisis verdadero. Notemos que, separadas, la primera parte tendría que ver con un análisis interrumpido en un momento avanzado pero sin eso que Lacan llama entusiasmo. El verdadero fin de análisis tiene que ver con la segunda metáfora unida a la primera. Que, podríamos decir, es más estable con respecto al acto.

Hay que radicalizar, entonces, y decir que el horizonte de todo análisis es un psicoanalista que es la superficie de decir que el horizonte de todo análisis es sustituir un psicoanalista por la causa psicoanalítica y, por lo tanto, no hay fin de análisis sin pase.

Creo que se ve la radicalidad de lo que decimos.

Otro ejemplo más. La conclusión que saca Soler en esa parte del libro es esta: «hacer de un afecto como el entusiasmo, más allá del saber adquirido, el signo del analista, es indicar que el Eureka de saber no basta, que está subestimado y que la “insondable decisión del ser” en su contingencia se pone en el candelero. Dicho de otro modo, el deseo del analista –quizá raro, a distinguir además del deseo de ser analista, que le es frecuente– no es para todo analizado.»

En esa insondable decisión del ser está el consentimiento del cual se habla en el testimonio. Pero a esto le falta algo. Primero, decir que ese debe ser el horizonte de todo análisis, aunque no se llegue allí. Pero más importante es lo siguiente: hay que considerar lo incurable. ¿Qué haría analizado del analizante sin el pase? Y esto queda más que claro en el testimonio. Es el acto hacia el pase  lo que termina con el análisis en cuestión. El “se terminó, entonces, el pase” es el motor que lleva al final, pero el final no es “se terminó” sino “el pase” (por eso “el pase, entonces, se terminó.”) Nunca se trató de una ganancia de saber, como dice esta mujer, sobre todo porque hablando así el saber no es saber sino conocimiento. El analizado, para esta frase, es alguien que se conoce más a sí mismo. Pero el saber es goce, y se trata de una nueva relación del sujeto con el goce (hay una clara diferencia entre saber sobre el goce, saber-hacer con el goce y, para peor, saber-hacer-ahí con el goce.) Con el goce, además, incurable. El entusiasmo es esa nueva relación y el pase es la única forma de verificarlo. Por ende, sin pase no hay análisis concluido y, claramente, sin pase no hay analizado, sigue habiendo analizante (por eso las dos metáforas deben ir juntas.) Esta es la conclusión radical a la cual todavía no se llega. Estamos en el umbral. Los que abren camino llegarán a ella, podemos suponer, en algunos años. Sin embargo, se trata de una conclusión lógica desprendida de lo que enseña el psicoanálisis: lo incurable (el psicoanálisis no enseña una cura sino lo incurable.) Repitamosla conclusión lógica que se desprende de aquí: sin pase no hay fin de análisis.

Para terminar podemos extraer un axioma y, al mismo tiempo, una conclusión de todo lo que venimos diciendo: el sujeto natural trabaja para lo incurable y el pase implica poner lo incurable a trabajar para la causa psicoanalítica.

Segundo punto, o segunda enseñanza, que es mucho más explícita en el testimonio, dijimos: lo que menciona Miller acerca del Eclesiastés, es decir, hay un tiempo para la siembra y un tiempo para la cosecha. Esto queda perfectamente marcado en el testimonio en la lógica de las dos interpretaciones (ambas, por supuesto, generadas por el lector, es decir, por el analizante.) Queda claro que sin la primera no habría posibilidad para la segunda. Sin el “debería haberme hablado de eso” no hay posibilidad del “usted ama demasiado a sus fantasmas.” Sin la unión S1-S2 no había posibilidad de separarlos (S1//S2) en un segundo tiempo. Llega al desierto por haber gozado hablando. Esto es lo que Tarrab señalaba como “hacia lo real pero con amor por el inconsciente” y que puede decirse “el último Lacan pero a través del primero.” Lo dice el testimonio (página 209): “lógicamente, había que pasar por el inconsciente transferencial para que la segunda interpretación pudiera surgir.” Lo que sostiene esa lógica es, claramente, el acto psicoanalítico en su doble faz señalada en el mismo testimonio: “el acto del analista, necesario al acto del analizante en su pasaje a analista.”

En la página 214 Miller señala muy bien esta cuestión (allí lo del Eclesiastés): “hay un tiempo para gozar de hablar, un tiempo en que gozar de hablar sirve a la verdad –es la condición para acceder a ésta– y hay un momento en que gozar de hablar bloquea, digamos, el acceso a lo real, aunque ha llegado la hora.” Un tiempo para la siembra y un tiempo para la cosecha. Podemos decirlo así: un momento para la verdad y un momento para su fracaso en ceñir lo real. Esos momentos están articulados por el acto psicoanalítico.

Esto tiene que ver con el concepto de ficción y, por lo tanto, con qué hacemos con lo simbólico. El que separa fiction de non-fiction no toma en serio la ficción. Tampoco la toma en serio el que cree que se puede llegar al sinthome sin pasar por el fantasma. El sinthome, que une síntoma y fantasma, no abole esos dos términos por separado. Se trata de un camino que no se puede no recorrer. De síntoma y fantasma al sinthome y retorno. El ahorrarse el trabajo de pasar por la ficción  es como querer volver de la playa sin haber ido primero a ella. Y éste, un poco burdo, es, sin embargo, un buen ejemplo. Porque justamente hay que ir y volver para descubrir que uno está, al final, en el mismo lugar, pero de otra manera.

Desde acá, volvamos por un momento al pase: un día alguien mencionó el famoso libro de Pierre Rey como ejemplo de un psicoanálisis que llega al fin sin generar un psicoanalista (en el sentido de un practicante del psicoanálisis.) La pregunta que se presentaba era, entonces, si había generado un psicoanalista o no. Podemos decir, como se dijo en ese momento, que sí. Pero también podríamos sostener lo de antes y llegar a decir, con toda la fuerza, lo contrario: que un psicoanálisis que no desemboca en el pase no llegó a su fin. Para esto vamos a tomar algo que Miller dijo en 1997: «la finalidad [del pase] es que el desprendimiento de la cura no se concluya por un desprendimiento del psicoanálisis como disciplina, porque hay algo en el funcionamiento del mismo psicoanálisis que amenaza la existencia del psicoanálisis. Hay como una pendiente interna del psicoanálisis que conduce al sujeto fuera de una comunidad analítica.» En este punto tenemos que tratar de anotar algunas cuestiones que nos marcan qué es eso que genera este resultado. Y el esclarecimiento mejor lo encontramos en su reverso. Nos preguntamos qué lleva al sujeto a entrar en una comunidad analítica y encontramos que la respuesta suele ser reconocimiento y brillo. Un psicoanálisis, en ese punto, lleva hacia el otro lado. De hecho lo primero que suelen decir muchos que no llegaron al pase, al hablar de él, es para qué haría el pase alguien que llegó al final del análisis si no le importa ya el reconocimiento. Podemos decir que quien se hace esta pregunta así, ciertamente, muestra que no llegó al pase en la pregunta misma. Volvamos a decir, entonces, que quizá un psicoanálisis que llega a su fin y no desemboca en el pase podría ponerse en duda como terminado. Y que sería conveniente ponerlo en duda. Quizá la conclusión lógica de un psicoanálisis es el pase (y sin el pase no hay conclusión lógica.) Otro párrafo: «en Lacan existía la idea que se podía dejar funcionar el discurso analítico de manera pura pero a la salida tomar de nuevo al sujeto para introducirlo en la Escuela. Es decir, no dejar el saber en un estado de suposición. La cura analítica no puede funcionar si no es con el saber en estado de saber supuesto y eso conduce al analista al desprecio del saber expuesto. En este sentido, la Escuela hace esfuerzos en contra del funcionamiento natural del psicoanálisis.» En este punto tenemos que seguir preguntándonos lo de antes: si en ese funcionamiento natural del psicoanálisis se puede hablar de un final de análisis o si para eso es necesario darle lugar a este esfuerzo que va, de alguna manera, en contra de ese funcionamiento natural o espontáneo. Y agreguemos una cosa más: «la idea de Lacan, para la Escuela, era que daría el paso al saber expuesto. En eso era fundamental su insistencia propia –la de él–de avergonzar al analista por su culto del saber supuesto. Obligarlo en contra de lo más profundo de su posición al saber expuesto.» Y esta es una tarea que debe hacerse todo el tiempo: avergonzar al psicoanalista en su culto del saber supuesto.

Volvamos al segundo punto: no se pueden ahorrar pasos en un análisis. Ante esta cuestión se ponen de manifiesto dos tendencias que siempre entran en tensión (aunque toman distintas formas a lo largo de la historia.) Un psicoanalista, con respecto a esto, hablaba alguna vez de dos tendencias erróneas dentro del psicoanálisis. Decía, además, que son dos tendencias que responden a dos grandes corrientes epistemológicas actuales. A esto le agregamos que no, que no son actuales, que son más antiguas que otra cosa y que nunca cesan de aparearse de ese modo. El psicoanálisis, como él decía, debería estar destinado a abrir una tercera vía media que, sin embargo, no va a extinguir las otras dos vías erróneas porque son, de alguna manera, estructurales. Borges las mencionaba citando a Coleridge: los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Ésas son las dos tendencias y, como se ve, responderán a dos grandes corrientes epistemológicas actuales, pero lejos están de ser novedades.

Cito: «yo destaco dos vías en este debate, cada una relacionada con dos grandes corrientes epistemológicas actuales: la positivista del real sin sentido de la ciencia y la relativista del sentido sin real de la retórica (representada, en especial, por Rorty.) La vía positivista de la ciencia sin sentido lleva a algunos psicoanalistas a desear que el psicoanálisis sea reconocido por los médicos, por los psiquiatras llamados biológicos, por los neurocientistas. Intentan así demostrar, es un ejemplo, cómo en el “Proyecto de psicología para neurólogos” Freud ya entreveía el surgimiento de los neurotransmisores –me remito a la entrevista de Etchegoyen y Miller sobre este punto.

»La vía relativista de la retórica desemboca en la idea de que hay tantos psicoanálisis como psicoanalistas; en la ideología del psicoanalista independiente del final del análisis como final de la transferencia y no de su engaño. En la conceptualización de Lacan en el “Prefacio a la edición alemana de los Escritos”, ha sido tomado por Miller recientemente como que el real del psicoanálisis tiene sentido y coloca al psicoanálisis en una tercera posición entre la ciencia y la retórica. Queda, por lo tanto, la dificultad a nuestro cargo de probar que más allá de la evidencia científica o de la acomodación utilitarista del relativismo, existe algo nuevo que el psicoanálisis ofrece al malestar en la civilización.»

Vamos a notar que al exagerar y tirar por la borda al primer Lacan, es decir al no tomar en serio la ficción, uno se alista sin notarlo del lado del positivista del real sin sentido. Y no es la respuesta buena pasarse, también sin notarlo, del lado del sentido sin real.

Tendríamos que rehacer la frase de Coleridge y decir, aunque luego hubiera que explicar la frase porque cada cual va a entender algo distinto, que los hombres nacen aristotélicos o platónicos pero pueden volverse, por el psicoanálisis, lacanianos. Y hay que entender que no basta decirse lacaniano para haberse vuelto lacaniano, y hasta podríamos decir que la demostración del haberse vuelto lacaniano es el pase y entonces sostener que, lo que vuelve lacaniano, es el final del análisis que podríamos llamar, después de todas estas vueltas, verdadero.

La Plata, 2012

Footprints-Namib-Desert-Namibia-Africa
Huellas en el desierto de Namibia

Fuente: Letras – Poesía – Psicoanálisis

¹De la edición de Paidós, Buenos Aires, 2011.

La civilización como fracaso: foto sin shop

Gustavo Dessal

En un texto escrito especialmente para la agencia Télam, el escritor y psicoanalista argentino Gustavo Dessal, radicado en España desde 1982, reflexiona sobre algunos efectos de la cultura de la imagen, cuando en nuestras sociedades, huérfanas del sentido de la tragedia, se enfrentan, sin desear, menos a la brutalidad del dolor que a una “ignorancia” que lo promueve y promociona, y que lo hace circular como valor de cambio y de uso.
Por Pablo E. Chacón

Aylan Kurdi, de tres años, muerto en la playa de Bodrum
Ayer era solo la imagen de un niño sirio de tres años, pero hoy sabemos su nombre. Se llamaba Aylan. En el naufragio, a su padre se le escapó de las manos, y de esas manos se escapó la vida del niño y también la del padre, a quien más le habría valido morir en vez de convertirse en el espectro de un superviviente. No cualquier muerte es el límite absoluto: Lacan sugirió que es la de un hijo. La varia boca del mar, que es infinita, tuvo al menos la piedad de devolverlo intacto, con su ropa compuesta, su mejilla apoyada sobre la arena blanda, como si durmiese. Los hombres no tuvieron esa compasión.

Desde el ángulo que esa foto fue tomada, casi no vemos el rostro de Aylan. Vemos, en primer plano, las suelas de sus zapatillas. La crónica del mundo se escribe en los libros, y también en las suelas de unas zapatillas, solo que esta vez el relato se interrumpió demasiado pronto. No sin razón Borges calificó de universal la historia de la infamia: porque no conocemos la fecha de su inicio, pero estamos seguros de su eternidad. Todos los días se añade una página, del mismo modo que todos los días mueren miles de niños y nos hundimos un palmo más en la ignominia.

Continuando con el repaso del espanto, leo que los medios de prensa discuten sobre la conveniencia o no de publicar la foto. Notable y docto debate, en una época donde la obscenidad de la imagen se ha convertido en un valor sagrado. La prensa del país que hace unos meses se partía el pecho por la defensa de la libertad de expresión, ayer manifestó contención y pudor en sus portadas. El argumento es compartido por muchos: no comerciar con el dolor. Por supuesto. ¿Por qué dar especial relieve a esta tragedia cuando centenares se suceden diariamente sin que una foto las registre? Tal vez exista una objeción válida a este atendible argumento. Porque de tanto en tanto necesitamos un uno. No el Uno de la unificación, el de la totalidad, o el de la globalización, sino el uno que podemos extraer de un conjunto. Desgraciadamente, una montaña de cadáveres, una sucesión interminable de horrores, acaba por reactivar la función más primaria de los sentidos: la función de no querer saber. ¿Acaso no es eso lo que Lacan enseñaba cuando solía recordar las palabras del Eclesiastés: Tienen ojos para no ver, oídos para no escuchar? Por eso hemos necesitado la foto del niño judío con los brazos en alto, detenido junto a su familia por las SS, y también la foto de Kim Phuc, la niña vietnamita de nueve años que corre desnuda quemada por el napalm, esa foto que abrasó la conciencia de una buena parte del pueblo estadounidense. Hemos necesitado esas fotos -y otras tantas- porque tienen la propiedad de desencadenar un efecto de identificación, sin el cual el otro es solo un número vacío, invisible en la contabilidad de las víctimas, o el espejo negro de lo peor de nosotros mismos, que nos obliga a apartar la mirada.

Kim Phuc
«Napalm girl» de Nick Ut, 1972

Freud refundó la condición humana, y la situó en el sorprendente espacio de la infancia. Si Shakespeare inventó al ser humano, según la famosa y provocadora afirmación de Harold Bloom, Freud inventó al niño. La infancia freudiana no es un período evolutivo. Es la subjetividad misma que perdura inalterable a lo largo de la vida, suspendida por siempre del hilo del desamparo radical. Aylan es el retrato de una derrota, la fotografía de la civilización como fracaso irremediable, el que se muestra cuando lo real hace trizas el velo ilusorio del progreso. Lacan advirtió que el hombre ha perdido el sentido de la tragedia. En su lugar, es la tragedia del sentido lo que se apodera de la colectividad humana. Que actualmente el sentido haya alcanzado su nivel crítico en el fratricidio islámico, es un avatar histórico: los otros monoteísmos también aportarán su veneno, como siempre han sabido hacerlo.

Por fortuna, la hipocresía no ha llegado esta vez a la playa turca, y no veremos una nueva foto de los mandatarios europeos desfilando tomados del brazo mientras una multitud de imbéciles aplaude embargada de emoción y patriotismo a los defensores de la libertad. Esa otra foto, que bien podría ser la cubierta del catálogo de la Europa teratológica, ha servido para una cosa distinta: recordarnos que existen distintas calidades de víctimas y de muertos, que hay crímenes que ofenden a la Humanidad, y masacres que en cambio se consideran actos de legítima defensa.

Como tantos otros, Aylan no ha podido cumplir el sueño de alcanzar la Tierra Prometida. ¡Qué mueca grotesca de la Historia! Hoy el Paraíso tiene su sede central en Alemania.

 

(2015)

Fuente: Télam

Los sujetos trágicos (Literatura y psicoanálisis)

Ricardo Piglia

Transcripción de la conferencia dictada en Buenos Aires con el auspicio de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA) el 7 de Julio de 1997.

La relación entre psicoanálisis y literatura es por supuesto conflictiva y tensa. Por de pronto, los escritores han sentido siempre que el psicoanálisis hablaba de algo que ellos ya conocían y sobre lo cual era mejor mantenerse callado. Faulkner, Nabokov, observaron que el psicoanalista quiere intervenir en aquello que los escritores, desde Homero, han convocado, con esa rutina ceremoniosa con la que se convocan las musas, en relaciones muy frágiles y siempre tocadas por la gracia. En esa relación imposible de provocar deliberadamente, en esa situación de espera tan sutil los escritores sintieron que el psicoanálisis avanzaba como un loco furioso.
Pero hay otro punto sobre el cual los escritores han dicho algo que, me parece, puede ser útil para los psicoanalistas. Nabokov y también Manuel Puig, nuestro gran novelista argentino, insistieron en algo que a menudo los psicoanalistas no perciben o no explicitan: el psicoanálisis genera mucha resistencia pero también mucha atracción; el psicoanálisis es uno de los aspectos más atractivos de la cultura contemporánea, y lo es porque todos queremos tener una vida intensa; en nuestras vidas triviales, nos gusta admitir que en algún lugar experimentamos grandes dramas, que hemos querido amar a nuestros padres y que, entonces, vivimos en un universo de gran intensidad, donde hemos logrado superar el tedio, la monotonía en la que habitualmente estamos inmersos. El psicoanálisis nos convoca a todos como sujetos trágicos; nos dice que hay un lugar en el que todos somos sujetos extraordinarios, tenemos deseos extraordinarios, luchamos contra tensiones y dramas profundísimos, y esto es muy atractivo.
Así, Nabokov veía el psicoanálisis como un fenómeno de la cultura de masas; consideraba que este elemento de atracción, donde cada uno se conecta con las grandes tragedias, las grandes traiciones, esto puede referirse a un procedimiento clásico en la cultura de masas: convocar al sujeto a un lugar extraordinario que lo saque de su experiencia cotidiana.
Y Manuel Puig decía algo que siempre me pareció muy productivo y que sin duda lo fue en la construcción de su propia obra. Decía Puig que el inconsciente tiene la estructura de un folletín. Él, que escribía sus ficciones muy interesado por la estructura de las telenovelas o los grandes folletines de la cultura de masas, había podido captar esta dramaticidad implícita en la vida de todos, que el psicoanálisis pone como centro de la experiencia de construcción de la subjetividad. En lo que llevo dicho se va planteando una suerte de relación ambigua: por un lado el psicoanálisis avanza sobre una zona íntima, de la cual el artista considera que es mejor esperar y no pensar; pero, por otro lado, el psicoanálisis se presenta como una especie de competencia: genera una especie de bovarismo, en el sentido de la experiencia de Madame Bovary, que leía aquellas novelistas rosas y quería vivirlas.
Voy a agregar dos anotaciones: sobre cómo la literatura ha usado el psicoanálisis y de qué manera el psicoanálisis ha usado la literatura. Para pensar lo primero, podemos olvidar experiencias un poco superficiales como la del surrealismo, que confundía esa espera de la gracia de la musa con un procedimiento mecánico de escritura automática: la musa es una dama suficientemente frágil como para necesitar un tratamiento más delicado que ese escribir sin pensar, dejándose llevar; es un poco ingenuo suponer que ésa sería la manera de conectarse con el inconsciente en el trabajo.

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James Joyce (Fuente: http://www.biography.com/ )

Quien sí constituyó la relación con el psicoanálisis como clave de su obra es quizás el mayor escritor del siglo XX: James Joyce. Él fue quien mejor utilizó el psicoanálisis, porque vio en el psicoanálisis un modo de narrar; supo percibir en el psicoanálisis una posibilidad de construcción formal. Es seguro que Joyce conocía bien Psicopatología de la vida cotidiana y La interpretación de los sueños: su presencia es muy visible en la escritura de Ulises y del Finnegans Wake. No en los temas: no se trataba para Joyce de refinar la caracterización psicológica. No: Joyce percibió que había ahí modos de narrar; que en la construcción de una narración, el sistema de relaciones no debe obedecer a una lógica lineal, y aquí se ubica el monólogo interior. Así Joyce utilizó el psicoanálisis de una manera notable y produjo en la literatura, en el modo de narrar, una revolución de la que es imposible volver.
Y me parece que el Finnegans Wake, que por supuesto es una de las experiencias literarias límites de este siglo, se construye en gran medida sobre la estructuración formal que se puede inferir de una lectura creativa de la obra de Freud: una lectura que no se preocupa por la temática sino por el modo en que se desarrollan ciertos modos, ciertas formas, ciertas construcciones.
Cuando le preguntaban por su relación con Freud, Joyce contestaba así: «Joyce en alemán, es Freud». «Joyce» y «Freud» quieren decir «alegría»; en este sentido los dos quieren decir lo mismo, y la respuesta de Joyce era, me parece, una prueba de la conciencia que él tenía de su relación ambivalente pero de respeto e interés respecto de Freud. Me parece que lo que Joyce decía era: yo estoy haciendo lo mismo que Freud. En el sentido más libre, más autónomo, más productivo.
Joyce mantuvo otra relación con el psicoanálisis, o por de pronto con un psicoanalista, donde, en una anécdota, se sintetiza algo de esta tensión entre psicoanálisis y literatura. Joyce estaba muy atento a la voz de las mujeres. Él salía poco, estaba mucho tiempo escribiendo, y escuchaba a las mujeres que tenía cerca: escuchaba a Nora, que era su mujer, una mujer extraordinaria; escuchándola, escribió muchas de las mejores páginas del Ulises, y los monólogos de Molly Bloom tienen mucho que ver con las cartas que él le había escrito a Nora en ciertos momentos de su vida. Digamos que Joyce está muy atento a la voz femenina.
Mientras estaba escribiendo el Finnegans Wake era su hija, Lucía Joyce, a quien él escuchaba con mucho interés. Lucía terminó psicótica, murió internada en una clínica suiza en 1962, Joyce nunca quiso admitir que su hija estaba enferma y trataba de impulsarla a realizar actividades diversas. Una de las cosas que hacía Lucía era escribir. Joyce la impulsaba a escribir textos y Lucía escribía, pero ella estaba cada vez más en situaciones difíciles, hasta que por fin le recomendaron que fuera a verlo a Jung. Ellos estaban viviendo en Suiza y Jung había escrito un texto sobre el Ulises. Joyce fue a verlo para plantearle el tema de su hija, y le dijo a Jung: «Acá le traigo los textos que ella escribe, y lo que ella escribe es lo mismo que escribo yo», porque él estaba escribiendo el Finnegans Wake, que es un texto totalmente psicótico, si uno lo mira desde esa perspectiva: es totalmente fragmentado, onirizado, cruzado por la imposibilidad de construir con el lenguaje otra cosa que no sea la dispersión. Entonces Joyce le dijo a Jung que su hija escribía lo mismo que él, y Jung le contestó: «Pero allí donde usted nada, ella se ahoga». Es la mejor definición que conozco de la distinción entre un artista y… otra cosa, que no voy a llamar de otra manera que así.

El arte de la natación

En efecto, el psicoanálisis y la literatura tienen mucho que ver con la natación. El psicoanálisis es en cierto sentido un arte de la natación, un arte de mantener a flote en el mar del lenguaje a gente que está siempre tratando de hundirse. Y un artista es aquel que nunca se sabe si va a poder nadar: ha podido nadar antes, pero no sabe si va a poder nadar la próxima vez que entre en el mar.
En todo caso, la literatura le debe al psicoanálisis la obra de Joyce. Él fue capaz de leer el psicoanálisis, como fue capaz de leer otras cosas. Joyce fue un gran escritor porque supo entender que había maneras de hacer literatura fuera de la tradición literaria; que era posible encontrar maneras de narrar en los catecismos, por ejemplo, que la narración, las técnicas narrativas no están atadas sólo a las grandes tradiciones narrativas sino que se pueden encontrar modos de narrar en otras experiencias contemporáneas; el psicoanálisis fue una de ellas.
La otra cuestión es qué le debe el psicoanálisis a la literatura: le debe mucho. Podemos hablar de la relación que Freud estableció con la tragedia, pero no me refiero a los contenidos de ciertas tragedias de Sófocles, de Shakespeare, de las cuales surgieron metáforas temáticas sobre las que Freud construyó un universo de análisis. Me refiero a la tragedia como forma que establece una tensión entre el héroe y la palabra de los muertos. En literatura, se tiende a ver la tragedia como un género que estableció una tensión entre el héroe y la palabra de los dioses, del oráculo, de los muertos, una palabra que venía de otro lado, que le estaba dirigida y que el sujeto no entendía. El héroe escucha un discurso personalizado pero enigmático, es claro para los demás pero él no lo comprende, si bien en su vida obedece a ese discurso que no comprende. Esto es Edipo, Hamlet, Macbeth, éste es el punto sobre el que gira la tragedia en la discusión literaria sobre género que empieza con Nietzsche y llega hasta Brecht. La tragedia, como forma, es esa tensión entre una palabra superior y un héroe que tiene con esa palabra una relación personal.
Esa estructuración tiene mucho que ver con el psicoanálisis, y no he visto que ello haya sido marcado más allá de la insistencia sobre lo temático: por supuesto, en Edipo hay un problema con unos padres y unas madres, en Hamlet hay un problema con una madre, en fin. Pero en Hamlet también hay un padre que habla después de muerto.
Otra forma sobre la cual pensar la relación entre el psicoanálisis y la literatura es el género policial. Es el gran género moderno; inventado por Poe en 1843, inundó el mundo contemporáneo. Hoy miramos el mundo sobre la base de ese género, hoy vemos la realidad bajo la forma del crimen; como decía Bertold Brecht, qué es robar un banco comparado con fundarlo. La relación entre la ley y la verdad constitutiva del género, que es un género muy popular, como lo era la tragedia. Como los grandes géneros literarios, el policial ha sido capaz de discutir lo mismo que discute la sociedad, de otra manera. Eso es lo que hace la literatura: discute de otra manera. Si uno no entiende que discute de otra manera, le pide a la literatura que haga cosas que mejor las hará el periodismo. La literatura discute los mismos problemas que discute la sociedad, pero de otra manera, y esa otra manera es la clave de todo. Una de estas maneras es el género policial que viene discutiendo las cuestiones entre ley y verdad, la no coincidencia entre la verdad y la ley.

Edgar Allan Poe, retrato de Oscar Halling

Poe inventa un sujeto extraordinario, el detective, destinado a establecer la relación entre la ley y la verdad. El detective está ahí para interpretar algo que ha sucedido, de lo que han quedado ciertos signos, y puede realizar esa función porque está afuera de cualquier institución. El detective no pertenece al mundo del delito ni al mundo de la ley; no es un policía. Dupin, Sherlock Holmes, el detective privado está ahí para hacer ver que la ley en su lugar institucional, la policía, funciona mal. El detective viene a poner el lugar de la verdad que no pertenece a ninguna institución donde la verdad sea legitimada.
Se plantea aquí una paradoja en la cual también estamos incluidos los argentinos hoy: cómo hablar de una sociedad que a su vez nos determina, desde qué lugar externo juzgarla si nosotros también estamos dentro de ella. El género policial da una respuesta, que es extrema: el detective, aunque forme parte del universo que analiza, puede interpretarlo porque no tiene relación con ninguna institución…, ni siquiera con el matrimonio. El detective no puede incluirse en ninguna institución social, ni siquiera la más microscópica, porque ahí donde quede incluido no podrá decir lo que tiene que decir, que es esa tensión entre la ley y la verdad.
En la tragedia un sujeto recibe un mensaje que le está dirigido, lo interpreta mal, y la tragedia es el recorrido de esa interpretación; la tragedia es el modo en que el sujeto entiende mal. En el policial, el que interpreta ha podido desligarse y habla de una historia que no es la de él, se ocupa de una cuestión que no es la de él: me parece que los psicoanalistas tienen algún parentesco con esto.

(1997)

Nota:
El artículo fue publicado luego en el año 1999, en el libro Formas Breves, del Grupo editorial Temas, en Buenos Aires; con pequeñas modificaciones, junto con otros escritos del autor.