El psicoanálisis en la era de la hiperconectividad

Hiperconectados-EOL
Afiche de Hiperconectados – XXV Jornadas EOL, 2016

Diálogo entre Fernando Peirone, investigador de la Unsam y estudioso del impacto de las TIC¹ en la cultura actual, con Ricardo Seldes, presidente de la jornada anual de la EOL que lleva el título «Hiperconectados, los psicoanalistas frente a los lazos virtuales», director de la EOL y miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.

Por Fernando Peirone

–El avance de la llamada «Era de la información» está modificando muchas prácticas culturales que hasta hace poco parecían afianzadas. ¿Con el psicoanálisis pasa lo mismo? ¿Cuál es el impacto que la hiperconectividad tiene en la práctica psicoanalítica?

–El discurso analítico está enraizado en la hipermodernidad, y esto nos remite a la subjetividad de la época que, a partir de los avances de la ciencia y las técnicas que la soportan, inciden con sus innovaciones en los modos de gozar de los seres hablantes. En este sentido, trabajar sobre los hiperconectados nos lleva a interrogarnos una vez más sobre el quehacer del analista y su posición frente al inconsciente, a la interpretación, la transferencia y el acto. A elucidar las soluciones singulares que construyen los analizantes frente al aislamiento, la desconexión del mundo real, y los estragos subjetivos profundos que esto conlleva. Nos interesa debatir los modos en que el discurso analítico y la práctica analítica inciden en la relación del sujeto con la pulsión. Qué inventivas, qué descubrimientos, qué experiencias clínicas tenemos los analistas frente a lo real de los lazos virtuales.

–Hace un tiempo, el psicoanalista Ricardo Rodulfo decía que hoy los pacientes van proponiendo formatos de consulta que se apoyan en lo no presencial, pero que muchas veces son propuestas que tensionan con el «aquí y ahora» que constituía a la situación analítica ortodoxa. ¿Cómo se lleva el psicoanálisis lacaniano con esas innovaciones? ¿Hay un límite para las variaciones que demandan las nuevas prácticas culturales o son ellas las que terminan adecuando a la práctica psicoanalítica?

–El tema de las demandas me parece uno de los más sensibles de la práctica analítica. El primer Lacan ya decía «no responder a la demanda» y eso quería decir, entre otras cosas, hay que dejar hablar, hay que hacer hablar para poder llegar a lo que cada uno silencia. El psicoanálisis lacaniano es el que más ha innovado en los standards, sin embargo el avance de las tecnologías y las nuevas modalidades de goce nos exigen que demos una respuesta que, sin desconocer los recorridos, vaya más allá de la tradición. La hiperconectividad nos lleva a interrogarnos, por ejemplo, sobre los vínculos con el analista fuera de la sesión, Facebook, Messenger, WhatsApp. Sobre si es recomendable o no analizar por Skype. Porque la intermediación de cualquiera de los gadgets dificulta el momento de pagar, cuando se deja oír un suspiro, un murmullo, un bostezo, cuando se hace preciso poner palabras en lugar de un silencio. Y en ese sentido, una cosa es reinventar el psicoanálisis para cada uno de los pacientes que nos consulta y otra es banalizar la práctica.

–¿Cuál es el enfoque del psicoanálisis ante la dependencia compulsiva que generan el celular y las aplicaciones con interacción online? ¿Cómo se desactiva esa compulsión en un mundo que pondera la hiperconexión?

–Por lo general, los primeros que sufren la dependencia compulsiva son los padres de los chicos que no se quieren levantar de «la compu» ni para ir al baño. Es evidente que la hiperconexión produce un tipo de satisfacción que anula cualquiera de las otras, como suele ocurrir con las adicciones. El dispositivo tiene la función de taponar algo, quizás la angustia, y cuando falta la angustia no se siente la necesidad de cambiar. Entonces su interrupción, porque por ejemplo se agotó la batería, produce aburrimiento, desgano. Falta el objeto en el bolsillo, como decía Lacan. Y no hay chance de desactivar esa compulsión, o cualquier otra, si el sujeto que es su propio clínico no la habita con sufrimiento sino con plena satisfacción.

–Hace poco, un colega que tiene una muy buena formación en ciencias sociales y que puede explicar con solvencia la vida moderna, me mandó por whatsapp un video de 10 segundos en el que se ve a dos niños sentados en el piso y jugando con la compu. En un audio posterior, me dijo: «Esos son mis hijos. Están jugando online con pibes que están en México, Estados Unidos y Sudáfrica. Cuando yo era chico, mi viejo tenía referencias que le permitían saber cómo era el mundo en el que vivía, también le permitían saber lo que estaba bien y lo que estaba mal, y dónde debía poner un límite. Pero yo frente a esto no sé lo que está bien ni lo que está mal; y tampoco sé dónde debo poner un límite, básicamente porque no puedo abarcar ni comprender el mundo con el que interactúan». ¿Cuánto afecta al psicoanálisis un mundo que, por la transformación cultural en curso, presenta tantas dificultades para ser descifrado y administrado?

–En principio yo diría ¡cuánto afecta a las familias y en particular cuánto afecta a los padres; pero lo voy a decir en una forma menos equívoca: cuánto afecta al Padre. Porque hablamos de la declinación del padre, es decir de los ideales, de aquello que orientaba. Y en este punto hay que poner la mirada en la ciencia, porque la ciencia se ha inmiscuido en nuestras vidas. Digo esto porque una de las funciones que le era eminente al padre ha sido degradada por el discurso de la ciencia. Ese discurso, que nos ha llevado a la manipulación de la procreación, también hizo que muchos dispositivos tecnológicos escapen a la voz del padre. En este sentido es muy esclarecedor el planteo de Miller cuando se pregunta justamente por la relación de los niños y de los adolescentes con el saber. Antes, dice, el saber era depositado en los adultos y estaba mediado por esos seres hablantes que eran los educadores y los padres; pero en la actualidad está disponible a simple demanda de Google, Wikipedia o equivalentes, sin ninguna mediación. El saber era un objeto que había que ir a buscar al campo del Otro, había que extraerlo del Otro por vía de la seducción, de la obediencia o de la exigencia, lo que implicaba pasar por una estrategia con el deseo del Otro. Hoy el saber está en el bolsillo, no es más el objeto del Otro. Y su contrapartida es que los hombres ya no saben cómo ser padres, pasan de la completa permisividad a una rigidez inexorable. Es muy válido, entonces, preguntarse con Miller cuál es la incidencia del mundo virtual en esos saberes.

–¿El campo psi experimenta alguna dificultad interpretativa o de desacompasamiento frente a algunos procesos subjetivos actuales, como el que perciben –por caso– las ciencias sociales respecto de ciertas desclasificaciones culturales de la época actual? ¿Cómo aborda la EOL esta situación epocal: lo discute en el interior de la organización, intercambia impresiones con otras escuelas del mundo psi, participa de espacios interdisciplinarios?

–Si tomamos en cuenta la última enseñanza de Lacan y las innovaciones que posteriormente propuso Miller acerca de los Inclasificables en la clínica y las psicosis ordinarias, hemos avanzado. Esto nos permitió que una gran cantidad de pacientes que antes no eran tratables por el psicoanálisis tengan una chance, con suplencias efectivas, para su forclusión esencial. El tratamiento de las urgencias subjetivas y los nuevos síntomas que se presentan, impulsiones, neoconversiones no histéricas, son tratados por el psicoanálisis lacaniano en pie de igualdad.

–Según un estudio realizado por la Universidad de Oxford, la palabra que más se usó mundialmente en 2015, no fue una palabra, fue un emoticón (el de la risa). Este y otros indicios marcan una fuerte hegemonía de la comunicación visual en detrimento de la cultura escrita. Como si nos estuviéramos desplazando progresivamente del patrón lógico (logos) que caracterizó a occidente durante más de 2500 años, hacia un patrón icónico que trastroca las narrativas con que damos cuenta del mundo de la vida. ¿Cuál es la percepción que tiene el psicoanálisis de este proceso? ¿Percibe que esta prevalencia de la imagen tiene alguna influencia en la constitución de la subjetividad –por ejemplo– de los niños?

–Como dice Jorge Alemán, el psicoanálisis separa subjetividad de sujeto, en tanto el sujeto del inconsciente nunca es el resultado de una construcción histórica. Hecha esta aclaración, podemos preguntarnos: ¿De dónde obtienen poder las imágenes? Y la respuesta es: de las palabras. Todas la redes sociales, incluidas Instagram y Snapchat, están tramadas por los significantes, que son más puros porque en general prescinden del auxilio de la voz. Aun así es verdad que esas imágenes que pululan por doquier deben producir algún efecto en los niños. Si tomamos en cuenta a los llamados «nativos digitales», podríamos tratar de captar que sucede con los adolescentes. Quizás la mayor incidencia del mundo virtual sea la fantasía de una especial extensión del universo de lo posible, de mundos posibles abiertos a todo tipo de imaginarios.

–La «extimidad» es un concepto de la tradición lacaniana que refiere aquello que siendo propio e íntimo del sujeto genera un cierto extrañamiento por la externalidad de su procedencia. Pero hace poco, en el libro La intimidad como espectáculo, Paula Sibilia efectúa una nueva acepción para referir la tendencia a exhibir la intimidad que se desarrolló con las redes sociales. ¿Es posible establecer alguna relación entre la exteriorización de la intimidad que plantea Sibilia y esa idea de que «lo íntimo está en el exterior, como un cuerpo extraño» que plantea Jacques-Alain Miller?

–Extimidad es una palabra inventada por Lacan y fue dicha en su seminario sobre la ética de 1958. La retoma Miller para hacer referencia al goce que al sujeto contemporáneo se le hace extraño. Lo más íntimo es lo más rechazado. Dicho esto, y si tenemos en cuenta que hay una erótica del espacio y una del tiempo, la del espacio perturba las relaciones de distancia, lo más próximo se vuelve distante y ese es el fundamento del Complejo de Edipo, ya que desde el punto de vista libidinal los objetos más próximos de la familia son los que se vuelven más inaccesibles. Lo mismo podría decirse del tiempo. Pero en la era digital la existencia con respecto al tiempo y al espacio cambia fundamentalmente. La evitación de los sujetos, encantados por las pantallas, respecto del encuentro de los cuerpos produce un mundo que podemos caracterizar como de «todos fóbicos». Se quiere exhibir todo pero seguramente para esconder lo que menos se soporta ver. Se pretende decirlo todo porque, por estructura, no-todo puede decirse.

–Se podría decir que el sujeto lacaniano –permítame una lectura libre y simplificadora– es un impulso incompleto o inesencial que se construye a través de los significantes que lo nombran y aquellos con los que se identifica. Desde esta perspectiva, ¿qué lectura hace de los desdoblamientos de sí mismos que realizan (sobre todo) los jóvenes en las redes sociales, a través de innumerables usuarios que muchas veces sostienen personalidades diferentes? ¿Han observado algunas consecuencias patológicas propias de estos desdoblamientos? ¿Qué relación tiene con eso que algunos autores llaman «sujeto multitudinario?

–Efectivamente el sujeto se mueve siguiendo el desplazamiento del significante, y éste lo agita. Y esa multiplicidad de usuarios en una sola persona, si no se trata de un fenómeno psicótico, es un simulacro (palabra que tiene la misma raíz que semblante: similis). Todo lo que es discursivo no puede plantearse sino como de simulacro (o semblantes) y son éstos los que intentan tratar lo real en juego. El semblante hace creer que hay algo allí donde no hay, y bien sabemos que a través de los fantasmas los sujetos pueden estar en cualquier parte y de cualquier manera. La vida digital con los avatares permite ver en la pantalla algo que sólo los sueños deja traslucir, un goce imaginario fundamentalmente narcisista, que repite sin cesar la misma caricatura. En todo caso podemos decir que esa multiplicidad de «yo» de los multiusuarios suelen demostrar un problema en las identificaciones, algo de lo que el psicoanálisis puede ocuparse en forma adecuada. Quizás podría decirse que esos individuos gozan de la posición del «ni-ni».

–¿Dónde queda el cuerpo en esta suerte de postergación o subordinación instrumental al que es sometido por la virtualización y las nuevas prácticas comunicacionales?

–El cuerpo tal como lo propone Lacan a partir del estadio del espejo, su dimensión esencialmente imaginaria, es la que aparecería en juego en todas las plataformas virtuales. El cuerpo está en la foto de perfil, las selfies, los videos. En fin, es lo imaginario del cuerpo lo que está en juego. Para la realidad virtual no se trataría de algo distinto. Es la imagen del cuerpo, el avatar, a partir de la cual se organiza asimismo la experiencia del mundo. Pero es también Hillary Clinton parada en una tarima y un grupo de seguidoras de espaldas a ella, retratándose con ella de fondo. Parecen más un grupo de fans de una popstar que cuadros políticos o de gente que asume la política como causa de lo social-común. ¿Sólo se trata de un hecho narcisista? ¿Cual es la verdad que hay detrás de las selfies? Mi hipótesis es que estamos ante el fenómeno de los sujetos desinhibidos o neo-desinhibidos, desbrujulados, que ante la falta de los ideales, de la caída del padre, suplen con una imagen compuesta su cercanía a quien mejor los representa.

–¿Cuál es el lugar del psicoanálisis, en un tiempo histórico que algunos autores llaman poshumanista?

–Si el poshumanismo quiere decir del reino de las máquinas, el psicoanálisis no es un humanismo, ni nunca lo fue. Sin embargo puedo intentar responder a la pregunta en forma indirecta, de través de Alan Turing, el que produjo la famosa máquina que descifró el código Enigma de los nazis y creó la primera computadora. Turing planteaba que la inteligencia artificial es eficaz si una máquina logra no solamente pensar sino también engañar, hacerse pasar por humano. Este principio es el que usa el «captcha» cuando entramos en una página web y la máquina hace preguntas para definir si el otro es humano o es otra máquina (para pasar la barrera alcanza con leer algunos números de una foto o letras sueltas). Podemos seguir con la ciencia ficción desde Inteligencia artificial en un camino inverso hasta Neuromante de Gibson, el creador del cyberpunk, en donde las personas intentaban unir sus goces propios con los del otro con un gadget llamado simestim. El verdadero problema no radica ahí sino cuando los hombres empiezan a creerse que su cuerpo, especialmente su cerebro es una máquina, en especial una máquina de aprender. Es el problema que plantean las TCC (terapias cognitivas) cuando de esa manera desconocen in situ la dimensión del sujeto. Quizás podamos inventar un breve pero profundo slogan que dé cuenta de la diferencia que plantea el psicoanálisis para los seres hablantes: ¡Sujetos sí! ¡Máquinas jamás!

(2016)


¹ Tecnologías de la Información y Comunicación.


Fuente: Página 12

Los miedos de los niños

Presentación, por Judith Miller (fragmentos)

Rio de janeiro, 07/06/2011. Judith Miller
Foto: Guillermo Giansanti

Un paso

¿De qué se trata? De proteger a los niños de las buenas intenciones y varias prevenciones de las cuales son objeto en la actualidad. En efecto, estas están al servicio del amo y, por consiguiente, son perfectamente conformistas. Por otra parte, ciegas frente a lo hecho a medida, tan sujetas a  «La» norma como están, unas y otras se convierten por cierto en medidas «sociales» de las cuales mucho ciudadanos se espantan.
Al mismo tiempo, y a las pruebas me remito, se trata de afirmar el remanso y el momento oportuno que constituye el discurso analítico para aquellos niños que se confrontan con un real que los obstaculiza con dificultades aparentemente insuperables.
Como sus mayores, y sin duda más que ellos, muchos de estos niños no sabrían encontrar una salida frente a los embrollos de lo real sin dirigirse a quien se formó para responder y escuchar uno por uno a quienes se encuentran en el impasse. Los niños hoy se ven condenados a una de estas alternativas: resistir o ceder. De lo cual resulta la angustia asegurada para algunos, o las sujeciones de otros a nombres de «trastornos», cuya enumeración, si no tuvieran resultados estragantes, daría risa.
Muchos padres reclaman estas «buenas intenciones». En un primer momento, tranquilizan, pero, a su término, se descubre a qué calvario llevan a padres e hijos. Sólo habrá un trastorno auténtico para cada cual en tanto pueda continuar experimentándolo, escapando a un condicionamiento programado capaz de ocultar repeticiones, desplazamientos y singularidad.
En efecto, estas buenas intenciones hacen oídos sordos a las pruebas que inevitablemente atraviesa casa niño. Prevén sin vergüenza su destino en nombre del «desarrollo normal»: por todos los medios, niños y jóvenes se verán reducidos cueste lo que cueste, y del modo más económico posible, a los decretos del experto, o serán pasados por la picadora de las medidas preventivas. La sospecha se generaliza bajo la lupa de los tests, cuya crueldad sorprende (véase, por ejemplo, el test denominado  Dominique interactif).

Un nombre

Quienes trabajan en las instituciones que albergan sujetos en extrema necesidad, y en aquellas que los niños frecuentan ordinaria o excepcionalmente -escuelas, guarderías, consultorios médicos, centros recreativos, instancias judiciales- aguardan las enseñanzas extraídas de la práctica analítica. ¿Cuántos bajan los brazos ante los atolladeros indigeribles de sus buenas voluntades? ¿Cuántos sufren en vano? ¿Cuántos ya han osado permitirse salir de las vías protocolares y preprogramadas, y pudieron así descubrir las alegrías de la invención que la medida requiere y suscita? ¿Cómo no recordad que Freud ya advertía acerca de los peligros del empeño por suprimir los síntomas? «Sus fobias son acalladas a gritos en la crianza […] Luego ceden, en el curso de meses o años; se curan en apariencia. En cuanto a las alteraciones psíquicas que su curación comporte, a las alteraciones de carácter enlazadas con ella, nadie posee una intelección»¹ No somos candidatos ni candidatas a la estupidez ni a la maldad engendradas por los procedimientos que pretenden suprimir los síntomas molestos para el trajín cotidiano y la paz familiar e institucional. Debemos preocuparnos por el sufrimiento que manifiestan y por el real que enfrentan. Rechazamos las vías obsoletas, llenas de cuantificaciones pseudocientíficas con las que se emperifollan. Las sabemos estúpidas, nocivas y retrógradas.
Todo resta por inventar en nuestra época de mutación, cuyas repercusiones permanecen imprevisibles y pueden conducir al peor de los infiernos, sembrado de las mejores intenciones, es decir, a una segregación reforzada en nombre del «todos iguales». Nosotros optamos por la excepción.
La invención, la resistencia sin nostalgia y la poesía provienen del discurso del analista que esclarece los otros tres discursos, más antiguos, formalizados por Jacques Lacan.

Empujoncitos

Apuntar a la singularidad absoluta y no a la promoción de recetas universales, no es apuntar al individuo socio-biológico-genético; es delimitar el real del cual cada ser hablante es la respuesta, en su contingencia, y una elección insondable para sí mismo.

[Michel Serres] Dice qué cambios radicales en menos de un siglo crean «en nuestra época y en nuestros grupos, una grieta tan amplia que pocas miradas han dimensionado su verdadero tamaño.»² A la grieta que habitamos, la compara con la del pasaje al neolítico, con la de los albores de la ciencia griega, así como con la del comienzo de la era cristiana, la del final de la Edad Media y del Renacimiento. No sabemos cómo esta generación «Pulgarcita» aprenderá, se distraerá, trabajará o socializará, pero sabemos que estará compuesta por seres hablantes como nosotros, lo cual la preserva del peligro de robotización que le prometen siniestras alucinaciones.
Esta colección quisiera darle unos empujoncitos a cada Pulgarcita y a los suyos, que les permitan orientarse en este tiempo crítico y encontrar en él referencias. El discurso analítico se lo propone fuertemente. El lugar que ocupa un analista, por su formación, le permite abordar de otro modo que el de los padres y abuelos las preguntas a las cuales responde un niño con sus rechazos, sus aquiescencias, sus identificaciones, sus éxitos y sus ficciones. Tan concernido como esté, un analista, desde este lugar, está en condiciones de permitir al niño explorar las coordenadas del sujeto de pleno derecho que es él.


Jacques-Alain Miller y otros: Los miedos de los niños, Buenos Aires, Paidós, 2017, p.11.


¹Freud, Sigmund: «Análisis de la fobia de un niño de cinco años», en Obras completas, Amorrortu, 1980, t. X, p. 114.

²Serres, M.: «Petite Poucette», en La petite Girafe, n° 33, junio de 2011, publicación del Instituto del Campo Freudiano.

“Eres la mujer del Otro y te deseo”

Jacques-Alain Miller

Albrecht Dürer – Adam and Eve (Prado)

Eva y Adán; el primer “flechazo” de la historia humana. En realidad, tenemos datos para decir que hubo flechazo del lado de Adán, pero no sabemos si lo hubo del lado de Eva; quizás ella tuvo su flechazo más bien con la serpiente. Esto ya introduce cierta disimetría. Doy mi versión de la historia de Adán y Eva, aceptando desde ya otras posibles propuestas de interpretación. No tengo ningún dogmatismo sobre la estructura de Adán y Eva. Todos conocen la historia de la costilla a partir de la cual Dios hizo una mujer. A menudo se dice que Dios hizo a la mujer. Quizá Dios había leído a Lacan. Además –en la versión francesa de Rachi, gran comentador de textos sagrados, que traduzco al castellano– dice que Dios lleva una mujer al hombre. Es el momento de la mirada. Dios lleva a Eva a Adán, y Adán habla. Es notable. Adán se une con Eva, pero habla. Y hay que ver en qué términos se expresa. Traduzco al castellano la versión francesa de Rachi (nombre adoptado por el rabino medieval Salomo ben Isaak de Troyes), gran comentador de textos sagrados: “Aquélla, esta vez, es el hueso de mis huesos, la carne de mi carne. Aquélla, llamada mujer, porque fue extraída del hombre”. Si Dios había leído a Lacan, seguramente Adán no había leído a Freud, lo cual no le impide describir muy bien la elección de objeto llamada narcisista: su primera expresión es reconocerse a sí mismo en Eva, en lo que hay de común, de parecido entre él y ella. Se puede notar la ventaja que Adán tiene sobre nosotros, el resto de los hombres: él no podía confundir a Eva con su madre.
Pero esta ventaja tiene quizá un inconveniente, considerar a Eva como Dios, el padre; es decir que aceptó ser dirigido por ella. Ahora bien, Rachi nota que, si en la Biblia se emplea la palabra “aquella”, si se dice “esta vez”, es porque Eva no es la primera; ella, la primera mujer, tenía rivales. Para Rachi, eso implica que Adán, nuestro común padre humano, había tenido relaciones sexuales con animales, domésticos y salvajes, pero no quedó satisfecho con esas relaciones. Él no sabía que eran “contra natura”. No hay razón para pensar que la copulación de Adán con los animales fuese contra natura antes de la aparición de Eva. No quedó satisfecho con eso, dice Rachi, hasta que conoció a Eva; en ese momento, se supone que Adán está satisfecho. Eso, puede decirse, hace de Eva otra cosa que una hembra. Con su aparición, hay ya algo así como una transfiguración de la sexualidad. El hecho, no muy conocido, de que Adán tuviera aquellas relaciones con animales da un nuevo relieve a la seducción de la serpiente. Es interesante notar que, así, la sexualidad de Adán empieza por la perversión (N. de la R.: es posible que el autor aluda también al juego de palabras en francés utilizado por Jacques Lacan: perversion, père-version, “versión del padre”). Y, ¿hacia dónde se vuelve Adán sino hacia el Padre? La mujer que tendrá le llega desde el Padre, en el primer flechazo. Lo interesante también es que, claramente, ella fue desprendida del cuerpo del hombre. Resulta interesante que Adán, en el momento de verla, no haya dicho: “Prefiero la cabra”; es decir que, con la primera y hasta ese momento la única, se trata de una elección de objeto. Porque ya había otras, no humanas.
No voy a continuar con todo lo que se puede deducir de ese primer flechazo. Notamos que lo primero que interesa a Adán es que ella tiene como un pequeño aire de familia. Ese pequeño aire de familia seguramente condiciona la elección del objeto narcisista, pero también condiciona la elección de objeto “anaclítica”: es decir, cuando la elección de objeto se dirige hacia la madre. En esto, encontramos la temática desarrollada por Freud en “Contribuciones a la psicología del amor”. Y debemos decir que el carácter de amor como repetición se encuentra ya en los “Tres ensayos para una teoría sexual”, en 1905.
El rebajamiento del amor por parte de Freud parece indudable cuando uno lee lo que para él es el prototipo, Vorbild, de toda relación amorosa, de todo Liebe. El prototipo de toda relación amorosa o erótica –esta palabra es mejor traducción– es un niño que toma el pecho de su madre. Si fuese ésta la definición del amor, podríamos decir que es un rebajamiento del amor. Por excelencia se define el amor como la repetición de esa satisfacción primaria. Podemos considerar lo que hay de insatisfactorio en esta definición si la tomamos como una definición desarrollada del amor. Amar no es sólo gozar a partir de un objeto: es un cortocircuito en la definición del amor definirlo inmediatamente por la relación entre un sujeto como falto de goce y un objeto que constituye esa satisfacción; el amor desarrollado necesita que ese objeto sea encontrado en una persona; una persona, con su carácter imaginario y no puramente objetal. Esta es la ambigüedad del Liebe freudiano: por un lado, es amor; por otro, incluye el goce. El pecho, hay que decirlo, no es una persona. Por eso es tan divertida una novela de Philip Roth, el escritor norteamericano, llamada El pecho, que imagina la relación propiamente amorosa de un hombre con un pecho solo. La escritura literaria permite hablar de un pecho como de una persona y mostrar la relación amorosa del personaje con ese pecho personalizado. Vemos esto también en Gogol, en su cuento “La nariz”, que narra el encuentro de un personaje con una nariz que anda por las calles.
Personalizar el objeto o dar más importancia al objeto que a la persona: podemos decir que en esto encontramos el fetichismo.

Brillo en la nariz

Vale la pena pensar el ejemplo que presenta Freud en su artículo de 1927, donde encontramos la elección de lo que él llama allí fetiche. Nos presenta las circunstancias accidentales, contingentes, que condujeron al sujeto a esa elección que es precisamente de la nariz. Es decir, lo que Freud llama la elección del fetiche. Es muy curioso el fetiche que Freud toma como paradigma. No toma el zapato, no toma una cosa material, sino una cosa casi insustancial: un brillo sobre la nariz, el Glanz auf der nase. Esto depende de muchas cosas, es algo infinitamente fugitivo; depende de la luz o del tiempo que tenga la mujer para ponerse un poco de polvo. Y ése es el ejemplo paradigmático que toma Freud. Ese fetiche, nuestro objeto “a” como causa del deseo, se ilustra de manera abierta en ese ejemplo donde no sólo se trata de una cosa casi insustancial, o una sustancia casi inmaterial, sino que sólo depende de un juego significante. Como ustedes saben, el fetichista presentado por Freud fue educado en Inglaterra, y la frase inicial era Glance on the nose, es decir, “una mirada sobre la nariz”, y por homofonía y por el malentendido de la traducción, se produce lo que Freud llama un fetiche.
Esto demuestra la tesis lacaniana de que el significante estructura el deseo. Ese fetiche se produce por una homofonía entre dos lenguas. En el ejemplo, el fetiche es la nariz pero, como dice Freud, en cuanto desplazamiento de la nariz debajo de las faldas. En esto el fetiche freudiano es un recuerdo encubridor y constituye lo que Freud llama un sustituto del pene, no de cualquiera, sino que esa nariz debajo de las faldas es un desplazamiento, un sustituto de un pene que no existe. Esta es la paradoja: esa nariz debajo de las faldas es un murciélago que, a la luz del día, no existe sino desplazado; a la luz del día, la nariz debajo de las faldas no existe como tal. Es decir que se trata de algo que se esconde en el Otro, algo que no puede soportar la luz del día, algo que no existe sino en cuanto escondido. Y, en el momento en que se trata de verlo, no es nada más que un brillo.
Esto no es un síntoma, un fetiche no es un síntoma, no hace en absoluto mal. Un brillo sobre la nariz no es demasiado difícil de encontrar en una mujer. Los fetichistas freudianos pueden estar muy contentos porque esto les facilita el deseo. Por ejemplo, sólo es necesario obtener de una mujer que no se ponga polvo en la nariz. No sé si Adán hubiera querido a Eva con la nariz brillante. Además, el fetiche freudiano se produce entre dos significantes, es la estructura de ese malentendido la que lo produce. Todo lo que Freud, en Contribuciones a la psicología del amor, presenta como condiciones de amor se exhibe también entre dos significantes, como algo que emerge entre dos.

Madre, puta

En la primera de las “Contribuciones…”, nos ofrece la conjunción entre la significación de la madre y, para decirlo rápidamente, la significación de la puta. En su segunda contribución, nos presenta, al contrario, la disyunción entre la significación de la madre y la de la puta. Lo importante es que se trata de un juego entre dos significantes; ésta es una estructura común, donde lo que toma el lugar de causa, como objeto, siempre se produce entre dos significantes.
La temática de la condición de amor ya se presenta en el primer texto de Freud a partir de dos condiciones articuladas: la del tercero perjudicado, y las que Freud llama Dirnenhaftbarkeit, que puede traducirse como la “condición de puta”.
El perjuicio al tercero es la primera condición destacada por Freud en el tipo peculiar que nos presenta en la primera de las “Contribuciones…”. Se trata de un sujeto para el cual la Liebesbedingung, la condición amorosa, es que la mujer en cuestión sea de otro hombre. Esto se articula con la segunda condición que, dice Freud, es secundaria y no se encuentra sin la primera: que no se trata de una mujer muy fiel; es decir, que sea una mujer de mala reputación. La palabra que Freud utiliza, Dirne, se traduce como “mujer de mala reputación”, “mujer ligera”. En la ópera Carmen, por ejemplo, esto es representado en el personaje de la cigarrera mediante el humo. Mujeres ligeras, fuman y el humo representa el carácter mismo de su vida sexual. Estas son las dos condiciones. Freud da una interpretación edípica que construye a partir de la conducta del sujeto en cuestión: la sobreestimación que hace del objeto y la voluntad del sujeto de salvar a esa mujer de la pérdida. Freud, de manera extraordinaria, demuestra en el tema de la salvación el equivalente de tener un niño. No retomaré esto que ya está muy comentado.
Creo que hay otra interpretación que la puramente edípica, una interpretación más general a partir de la cual la edípica parece particularizada. Esta interpretación se vincula con el hecho de que, ya en Adán, es Dios el que le lleva a Eva; allí también la temática es la de la mujer que pertenece al Otro. Y ese otro hombre del cual Freud habla, ese tercero, no es un doble del sujeto en cuestión, al contrario, no se trata de que el sujeto tenga celos de ese hombre. Porque, y esto es fundamental, ese hombre es necesario por cuanto es el que tiene derecho a la mujer en cuestión. Ese marido, digamos, tiene el derecho de su lado y es fundamental para el sujeto estar en una relación ilegítima. El otro hombre, del cual Freud no habla, no es un doble del sujeto sino el propietario legítimo de la mujer. De tal manera que la mujer aparece como un bien, un tener de ese otro que merece ser llamado Otro, porque no es un doble del sujeto sino alguien que tiene el derecho de su lado, estando la mujer en la posición de un bien, del tener, del haber de ese hombre, su posesión.
Aquí, creo, puede leerse inmediatamente una disyunción entre el derecho y el goce. En esta configuración, la condición del acceso al goce es no tener derecho a; tener derecho a una mujer mata el goce. El libro 3 de Gargantúa y Pantagruel está ocupado enteramente por la cuestión que se plantea Panurgo: “Quiero casarme pero, si me caso, voy a ser cornudo”. Las trescientas páginas están dedicadas a esa cuestión, central: que tener derecho legal a una mujer asegura que el goce, el goce de ella, estará en otro lugar. Se ve que sólo se puede tener acceso al goce a través de la infracción a la ley. Esto tiene una vertiente positiva: el sujeto necesita la interdicción del Otro, el sujeto necesita al Otro para que el Otro pueda indicarle el camino del goce.
Ya en la condición llamada del tercero perjudicado tenemos un ternario: el sujeto, el Otro, tachado o no, según se lo considere desde el ángulo del tener o del engaño, y el objeto, presente en la persona que debe tener una relación con ese Otro. Para ser interesante, debe ser el objeto del Otro, debe ser tomado del Otro: esto es lo que le da valor. Y, a propósito de la vida erótica, no hay un término que se encuentre más en Freud que Wert, “valor”. Siempre hay que saber el valor del objeto, es decir, lo que el Otro está dispuesto a pagar por él. En otros tiempos era más fácil saberlo, por ejemplo, por una estimación en cierta cantidad de camellos, etcétera, lo cual permitía orientarse en el mundo erótico de manera clara. Tratándose de camellos, era más difícil la hiperinflación.
Es claro que en Freud no se trata sólo del papel, famoso, de la denegación, la Verneinung, del juicio de existencia, y del juicio de atribución, sino que en la vida erótica se trata de la cuestión del juicio de valor. Lacan ha desarrollado la cuestión del juicio de valor a propósito del goce mediante la oposición de valor de uso y valor de cambio. Cuando Lacan desarrolla estas dos categorías, puede apoyarse en el Wert freudiano. Freud mismo habla de Sexualwert, del valor sexual. Y siempre encontramos en Freud el término “rebajamiento”, que es un término de valor, o “sobrestimación”. La libido freudiana es el valor psíquico, a partir de lo cual puede pensarse lo que da valor.
Hice una pequeña investigación sobre la palabra Dirne (prostituta), que utiliza Freud; la hizo en realidad alguien que trabaja conmigo, Franz Kaltenbeck. Yo supuse que esta palabra se encontraría en el Fausto, de Goethe, y efectivamente se la encuentra y en un momento muy destacado. Se trata del momento en que Fausto habla por primera vez a Margarita, y dice “Meine schönes Fräulein” (“Hermosa señorita”), a lo que Margarita responde: “Yo no soy señorita ni hermosa”. Más tarde, cuando Mefistófeles la visita en casa de Marta, también la llama Fräulein, y Marta dice: “El señor te toma por una señorita”. Y ella responde: “Soy sólo una pobre jovencita…”. Esos son los términos: Fräulein (señorita), Blutjung (jovencita). Pero, cuando Margarita no está, Fausto dice en el tono más imperativo a Mefistófeles: “Escucha, debes procurarme esa Dirne”. Este es el empleo de Dirne: a la chica, le dice “Fräulein”, etcétera, y al Otro le dice: “Tú debes procurarme esa Dirne”. Hay varios otros ejemplos. Lo interesante del término, que conocemos gracias a la investigación de Kaltenbeck, es que se trata de una palabra utilizada desde el siglo XVI, que antiguamente significaba “mujer pública”, “puta”, “prostituta”.

James Tissot – Fausto y Margarita en el jardín

Freud toma el tema de Dirne como una repetición desplazada de la madre, por cuanto hay una infidelidad de la madre hacia el niño con el padre, con el partenaire sexual. Pero esto se puede leer de otra manera. Esa supuesta Dirne está sufriendo una difamación –tomo a Lacan–, la difamación de la mujer. Cuando se dice Dirne, se trata de la siguiente condición de amor: que la mujer en cuestión no sea toda para el sujeto; es una versión de la exigencia de que la mujer no sea toda para poder reconocerla como mujer.
Esta separación entre propiedad y goce es una separación entre el orden del significante, necesario para constituir el derecho, y aquello que escapa, como goce, a la captura por lo simbólico.
Es una manera de decir que, en el nivel del goce, la mujer se escapa, la mujer huye. De este modo, las mujeres son infieles, aun cuando sean fieles. Son esencialmente infieles.
Quizá sea una estupidez, una burla, una ingenuidad necesaria decirle a una mujer: “Tú eres mi mujer”. Lo único serio que se le puede decir, y esto es una generalización de lo que Freud presenta con las condiciones del tercero perjudicado y de la Dirnenhaftbarkeit es: “Tú eres la mujer del Otro, siempre, y yo te deseo por cuanto eres la mujer del Otro”. Todo lo dicho por Freud sobre la vida amorosa confluye en la temática de que la mujer, para ser reconocida, debe serlo del Otro.


* Fundador de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Texto extraído de “Mi chica y yo”, en Desde Lacan. Conferencias porteñas, que distribuye editorial Paidós.



Fuente: Página 12

«En la urgencia la vida cambia de golpe y llega a perder el sentido»

Entrevista a Ricardo Seldes

“Son los tiempos de lo efímero, lo veloz, lo urgente. Vivimos en crisis. Lo que aún no queda claro es si la urgencia es el síntoma de una época o si la época toda es un síntoma. Pero lo cierto es que la vida en crisis es un paradigma que se está armando”, dice el psicoanalista Ricardo Seldes. Sus palabras sacuden como una bofetada, pero la sacudida ayuda a pensar, en estos tiempos en que -también resalta- la urgencia compele a actuar “y se clausura el pensar”.

Seldes dictó en la Facultad de Psicología de la UNT un curso sobre abordaje de las urgencias subjetivas, “esas situaciones en las que de repente el sistema en el que los sujetos funcionan en el mundo deja de funcionar”. Y en esos momentos, explota la angustia o ataca el pánico (cosas que, cabe acotar, no son lo mismo; ver “Diferencias importantes”). Del dictado del curso, organizado por la Secretaría de Extensión Universitaria, participó también el tucumano Rafael Krasnogor.

En el principio, el hospital

“En las urgencias, algo en la vida se modifica profundamente, produciéndole al sujeto un sufrimiento intolerable. Ofrecerle una asistencia inmediata le da la posibilidad de captar, con las variables que trae, aquello que lo ha sumido en la desesperación, lo ha dejado perplejo, agobiado e incluso descorazonado. Y el psicoanálisis puede hacerlo”, asegura, y cuenta que en su vida este tipo de abordaje nació en el Hospital de Lanús.

“A finales de los 80 los efectos de la dictadura eran complicados. Ni psicólogos ni psiquiatras querían ocuparse de las urgencias, y estas eran muchas. De a poco armamos un equipo de trabajo diurno, sin guardias, para tratar de inmediato, en forma breve y en equipo, las situaciones de crisis”, recuerda. E ironiza: “había que intentarlo; mal no podía hacer: el psicoanálisis no tiene contraindicaciones”. Enfatiza que la experiencia de hacer psicoanálisis en el hospital -“la trinchera”, lo llama- fue una increíble escuela. “La desesperación empuja a hacer… y la gente desesperada recurre al hospital. Allí están los pacientes más difíciles, y por eso mismo, la práctica hospitalaria debería ser el pivote esencial de la formación del psicólogo”, advierte.

Asegura que el mejor modelo para pensar las emergencias es el de la psicosis: “comparten la falla, la irrupción de un fenómeno, que se produce en el pensamiento o en el cuerpo, que carece de sentido para el sujeto”, describe. “Cuando el sujeto viene al hospital por la urgencia, como en el delirio, quiere entender qué le pasa; hay una búsqueda de sentido. Por eso la escucha puede operar, porque permite desplegar lo que no pudo ser dicho”, explica. Pero -señala Seldes- no para “reinstaurar” el orden: no se trata de volver al punto anterior, sino de poder encontrarse con lo nuevo que surge, aunque ello implique un paso por la historia de vida.

De urgencia a emergencia

Aunque la clave sea la palabra, no se niega a las respuestas medicamentosas. “A veces la angustia es tan invasiva que el pacientes se queda sin poder decir. Lo ideal es trabajar en buenas relaciones con el equipo de psiquiatras”, destaca.

“En la urgencia la vida cambia de golpe y pierde sentido. Abruptamente, se clausura el pensamiento -insiste-; el sujeto se siente empujado a actuar y sus acciones en muchos casos lo ponen en riesgo”.

La salida, entonces, es provocar una emergencia subjetiva, cosa que se consigue con la escucha. “El padecimiento del sujeto que sufre la urgencia es masivo y sin sentido. Aunque no puede sostener una demanda, poner en palabras su angustia amorfa le permite trasladar de alguna manera su sufrimiento a otro y organizarlo de a poco en segmentos que, al ser dichos, van cobrando sentido. Este paso de la urgencia a la emergencia abre las puertas a que aparezca lo silenciado… Si una demanda puede articularse luego de eso, habrá lugar para una nueva decisión”.

Diferencias importantes

Los desbordes de angustia y los ataques de pánico son justamente lo opuesto

“Las urgencias subjetivas pueden tomar diferentes formas, y dos de las más frecuentes son, también con frecuencia, confundidas entre sí: los desbordes de angustia y los ataques de pánico”, señala Rafael Krasnogor, responsable académico del curso. Y explica: “en la angustia lo que aparece es el miedo a la muerte como consecuencia de un otro (imaginario) amenazante; en el ataque de pánico, en cambio, lo que da miedo es la vida, a hacer la vida con otros, a jugarse… En el ataque de pánico el sujeto queda confrontado al temor de perder, por eso es que no arriesga. Hoy sabemos en general cómo administrar las ganancias, sobre todo si son de otros; pero administrar las pérdidas es algo intolerable”.

LA GACETA / FOTO DE ANALÍA JARAMILLO

2017


Fuente: La Gaceta

El pase, entonces, se terminó

Sebastián A. Digirónimo

Comentario de la clase del 25 de marzo de 2009 del curso Sutilezas Analíticas de Jacques-Alain Miller


Primer punto es el título de la clase: “se terminó, entonces, el pase.” Es un condicional que nos remite a la lógica. Podemos leerla forma lógica de las premisas y la conclusión. Se trata, ciertamente, de una conclusión. Y de una conclusión en el sentido de la lógica.

Así se le presenta a ese analizante la cuestión del fin, pero podemos tomarlo al revés para sostener algunas cosas acerca del pase. Por eso quería, en el comentario, llegar a la fórmula inversa: “el pase, entonces, se terminó.” Esto se puede formular radicalmente de la siguiente manera: sin pase no hay fin de análisis. Hacia allí querría empujar la lectura.

Esa sería una enseñanza que podemos extraer de “Se terminó,entonces, el pase.” Pero preferiría extraer una doble enseñanza y, por tanto, un segundo punto. Ese segundo punto, que está a lo largo de todo el testimonio, encuentra su punto más alto cuando Miller señala lo del Eclesiastés: hay un tiempo para cada cosa y, por lo tanto, en un análisis no se pueden ahorrar pasos.

Punto uno, entonces, sin el pase no se termina. Esto queda bien claro en la página 206¹, cuando el analizante devenido psicoanalista señala esa frase que considera la descripción exacta de su acto hacia el pase. Dice: “no sé dónde voy, pero allí voy.” Esa frase no sólo es una definición del último paso del análisis sino una definición del análisis todo. De principio a fin el análisis debería estar marcado por un “no sé dónde voy, pero allí voy.” Esto queda mencionado con claridad al señalar el consentimiento del analizante al acto psicoanalítico. Solano comenta el testimonio y señala “cómo prueba, demuestra que esta salida del análisis y esta entrada en el pase, este pasaje de analizante a analista, no es más que una consecuencia, en el fondo, del acto analítico al cual el analizante consintió.” Entonces ahí tenemos que empujar la lectura y preguntar si, sin esta consecuencia lógica, hay acto y hay fin.

Para intentar una respuesta a estas preguntas tenemos que ir a lo básico: lo primero es la definición misma de lo que descubre el psicoanálisis y a lo que se reduce todo el mundo humano, es decir, el mundo del ser que habla. Justamente por ser hablante se abren al mismo tiempo dos dimensiones: la del saber y la del goce humano. Pero en ese mismo movimiento se descubre que ese saber es siempre menor que ese goce: eso se llama trauma. Por habitar el lenguaje → saber y goce; pero saber < goce. Es decir: hablar hace surgir un saber y un goce que están desproporcionados; no hay proporción entre ese saber y ese goce. Esto es lo que quiere decir el famoso no hay relación sexual, que es el descubrimiento del psicoanálisis. El descubrimiento de Freud es, ciertamente,el inconsciente, pero el inconsciente es, justamente, que no hay relación sexual. Agreguemos esto: Freud hace un descubrimiento y una invención (lo dice Lacan); descubre el inconsciente e inventa un modo de tratarlo, que es el dispositivo psicoanalítico.

Esto nos hace pasar al segundo punto, que tiene que ver con qué esperar de un psicoanálisis. No hay que esperar, por supuesto, la desaparición del trauma. No hay que esperar la curación de la desproporción. Más bien lo que hace el psicoanálisis es demostrar lo incurable. Lo incurable de esa desproporción (que podemos llamar también inadecuación de la verdad para ceñir lo real.) Se puede decir que el psicoanálisis no cura del inconsciente por el simple motivo que un analizado (es decir alguien que llega al fin del análisis) no deja de ser un ser hablante. Pero sí se puede esperar curarse del tratamiento espontáneo que hace el sujeto de esa desproporción incurable. Ese tratamiento espontáneo se llama neurosis (o perversión o psicosis, pero vamos a concentrarnos en la neurosis, por donde entra Freud mismo.) Ese tratamiento espontáneo implica la religión del Otro; es decir, creer en ese Otro que se supone que sabe o goza. Esa suposición es, por supuesto, el sujeto supuesto saber. (Dos ejemplos rápidos: un paciente dijo una vez: “yo creo que vos sabés qué me pasa pero no me lo decís para que yo llegue a descubrirlo solo.” Esto del lado del saber, y lo que dice es agudo pero, al mismo tiempo, neurótico. Ese “que yo llegue a descubrirlo solo” está bien, pero que hay Otro que sabe es lo que debe caer. Del lado del Otro que goza, otro paciente dijo: “yo creo que me contagió a propósito”, también, “para mí toda la gente es mala.” El colmo de esto lo roza hablando de una mujer a la cual él no quiere ver más porque él tiene cierto problema y no quiere abrumarla con eso, ella le dice que eso no le importa y que ella quiere seguir con él, sin embargo, él toma distancia de ella y, después, se queja porque la nota fría y distante y dice “me decepcionó.”)

Entonces, de lo que cura el psicoanálisis es de ese tratamiento salvaje de la desproporción que se llama neurosis y que implica la religión del Otro. Ese Otro es el parche salvaje sobre la desproporción entre saber y goce. Por supuesto que el fin del análisis implica, así, la destitución del Otro. (Hay que notar la ambigüedad de la palabra fin, que es el final, el término, pero también la meta o el objetivo.)

Vamos a lo tercero: curar la religión del Otro implica el acto. (Algunos inventan el neologismo de acteísmo, por acto y ateísmo, como el movimiento de la destitución del Otro.) Es fácil entender cómo esto lleva a la curación de la neurosis. Tomemos los dos ejemplos de aquellos pacientes y veremos que sería fácil notar que el Otro no sabe ni goza si hubieran llegado a soportar que el Otro no existe. Aquello de que el psicoanalista no se autoriza más que en sí mismo quiere decir que no se autoriza en el Otro por eso mismo, porque el Otro no existe. Y en este lugar hay que hacer una precisión: el Otro que no existe del fin del análisis no es el Otro que no existe de la época actual. El Otro que no existe de la época actual es otro desdibujado, impotente, inútil, incluso podemos tomarlo como el lugar del Otro vacío, pero el lugar sigue allí y la pasión del neurótico sigue tan vigente como siempre o, quizá, más. El Otro que no existe del fin del análisis es completamente distinto. No está desdibujado, ni es impotente, ni es un inútil, simplemente porque no está más.

Vuelvo al principio de este punto tercero. Curar la religión del Otro implica el acto. Soler habló alguna vez de la resolución de la neurosis como del fin de la vacilación neurótica sobre el Otro. Eso está muy bien por un simple motivo: fin de la vacilación es una definición del acto, quizá la mejor definición del acto.

Resumamos: 1) ser hablante y, por lo tanto, no hay relación sexual. 2) Religión del Otro como tapón salvaje del punto anterior. 3) Acto psicoanalítico.

Este resumen es un psicoanálisis en sus líneas mínimas o en sus rasgos mayores.

Después de este resumen en tres pasos, entonces, volvamos a eso que el psicoanálisis pone de manifiesto: lo incurable. Es lo incurable lo que hace llegar a la tesis de que sin el pase no hay fin de análisis. (Por supuesto, mucho más acá, en el psicoanálisis no hay “alta” –como se oye de tanto en tanto: “le di de alta” o “me dio el alta.”)

Podríamos incluso vaticinar algo: dentro de diez o quince años todos van a comenzar a decir, como algo natural que hoy les parece demasiado brusco, que sólo el pase es el que implica el fin de análisis (y que un análisis que finaliza sin que el analizante se precipitara en acto a dar el pase no es un análisis finalizado –incluso si ese analizante que hiciera el pase no fuera nunca un psicoanalista practicante.)

El punto es, por lo tanto, “el pase y lo incurable.”

Vamos a dejar a Miller de lado por un momento y concentrarnos en algo que está en el último libro de Soler. Allí ronda la tesis de que sin pase no hay fin de análisis pero no llega a decirla de lleno. Trascribo (y pongamos el acento en que a lo que dice le falta cierta radicalidad, es decir, cierta fuerza): «No basta un analizado para producir un analista: además se necesita una posición que no todo análisis produce. Es lo que Lacan desarrolla en su “Nota italiana” con consecuencias para el dispositivo del pase: si haber ceñido su “horror de saber” no ha conducido al candidato al entusiasmo, “devuélvalo a sus caros estudios”, dice Lacan. Dicho de otro modo, no será AE, analista de la Escuela. Esto es lo que distingue claramente el análisis terminado del análisis del analista. A decir verdad, esta tesis ya estaba presente desde el “Discurso de la EFP”, pero parece no haber sido leída. Ya decía Lacan: “el no analista no implica el no analizado” y, contra toda psicologización del deseo del analista que no puede funcionar como atributo, subrayaba en esa época que en lo único que hay que reparar es en el acto analítico.»

Lo que le interesa a Soler, como parte del libro que tituló Los afectos lacanianos, es ese entusiasmo que ella toma como afecto. Dice que no importa el “término del análisis en lo que al saber se refiere, sino de seleccionar según el efecto de afecto de ese saber.” Entonces cita a Lacan: “si no es conducido al entusiasmo, bien puede haber habido un análisis allí, pero de ser analista no tiene ninguna posibilidad.”

Volvamos hacia atrás. El saber tiene relación con el goce, por lo tanto el fin de análisis relacionado con el saber tiene que ver con la ética. La ética del acto analítico es lo que permite leer correctamente eso que Lacan llama entusiasmo. ¿Se trata de un afecto o hablamos de otra cosa? ¿Qué es el entusiasmo del fin de análisis? Parece estar relacionado con las dos metáforas que produce un psicoanálisis que llega al fin. Donde había un analizante aparece un psicoanalista y donde había un psicoanalista aparece la causa psicoanalítica. Esta doble sustitución, es decir esta doble metáfora, se da a un mismo tiempo. Si se separan, no hay fin de análisis verdadero. Notemos que, separadas, la primera parte tendría que ver con un análisis interrumpido en un momento avanzado pero sin eso que Lacan llama entusiasmo. El verdadero fin de análisis tiene que ver con la segunda metáfora unida a la primera. Que, podríamos decir, es más estable con respecto al acto.

Hay que radicalizar, entonces, y decir que el horizonte de todo análisis es un psicoanalista que es la superficie de decir que el horizonte de todo análisis es sustituir un psicoanalista por la causa psicoanalítica y, por lo tanto, no hay fin de análisis sin pase.

Creo que se ve la radicalidad de lo que decimos.

Otro ejemplo más. La conclusión que saca Soler en esa parte del libro es esta: «hacer de un afecto como el entusiasmo, más allá del saber adquirido, el signo del analista, es indicar que el Eureka de saber no basta, que está subestimado y que la “insondable decisión del ser” en su contingencia se pone en el candelero. Dicho de otro modo, el deseo del analista –quizá raro, a distinguir además del deseo de ser analista, que le es frecuente– no es para todo analizado.»

En esa insondable decisión del ser está el consentimiento del cual se habla en el testimonio. Pero a esto le falta algo. Primero, decir que ese debe ser el horizonte de todo análisis, aunque no se llegue allí. Pero más importante es lo siguiente: hay que considerar lo incurable. ¿Qué haría analizado del analizante sin el pase? Y esto queda más que claro en el testimonio. Es el acto hacia el pase  lo que termina con el análisis en cuestión. El “se terminó, entonces, el pase” es el motor que lleva al final, pero el final no es “se terminó” sino “el pase” (por eso “el pase, entonces, se terminó.”) Nunca se trató de una ganancia de saber, como dice esta mujer, sobre todo porque hablando así el saber no es saber sino conocimiento. El analizado, para esta frase, es alguien que se conoce más a sí mismo. Pero el saber es goce, y se trata de una nueva relación del sujeto con el goce (hay una clara diferencia entre saber sobre el goce, saber-hacer con el goce y, para peor, saber-hacer-ahí con el goce.) Con el goce, además, incurable. El entusiasmo es esa nueva relación y el pase es la única forma de verificarlo. Por ende, sin pase no hay análisis concluido y, claramente, sin pase no hay analizado, sigue habiendo analizante (por eso las dos metáforas deben ir juntas.) Esta es la conclusión radical a la cual todavía no se llega. Estamos en el umbral. Los que abren camino llegarán a ella, podemos suponer, en algunos años. Sin embargo, se trata de una conclusión lógica desprendida de lo que enseña el psicoanálisis: lo incurable (el psicoanálisis no enseña una cura sino lo incurable.) Repitamosla conclusión lógica que se desprende de aquí: sin pase no hay fin de análisis.

Para terminar podemos extraer un axioma y, al mismo tiempo, una conclusión de todo lo que venimos diciendo: el sujeto natural trabaja para lo incurable y el pase implica poner lo incurable a trabajar para la causa psicoanalítica.

Segundo punto, o segunda enseñanza, que es mucho más explícita en el testimonio, dijimos: lo que menciona Miller acerca del Eclesiastés, es decir, hay un tiempo para la siembra y un tiempo para la cosecha. Esto queda perfectamente marcado en el testimonio en la lógica de las dos interpretaciones (ambas, por supuesto, generadas por el lector, es decir, por el analizante.) Queda claro que sin la primera no habría posibilidad para la segunda. Sin el “debería haberme hablado de eso” no hay posibilidad del “usted ama demasiado a sus fantasmas.” Sin la unión S1-S2 no había posibilidad de separarlos (S1//S2) en un segundo tiempo. Llega al desierto por haber gozado hablando. Esto es lo que Tarrab señalaba como “hacia lo real pero con amor por el inconsciente” y que puede decirse “el último Lacan pero a través del primero.” Lo dice el testimonio (página 209): “lógicamente, había que pasar por el inconsciente transferencial para que la segunda interpretación pudiera surgir.” Lo que sostiene esa lógica es, claramente, el acto psicoanalítico en su doble faz señalada en el mismo testimonio: “el acto del analista, necesario al acto del analizante en su pasaje a analista.”

En la página 214 Miller señala muy bien esta cuestión (allí lo del Eclesiastés): “hay un tiempo para gozar de hablar, un tiempo en que gozar de hablar sirve a la verdad –es la condición para acceder a ésta– y hay un momento en que gozar de hablar bloquea, digamos, el acceso a lo real, aunque ha llegado la hora.” Un tiempo para la siembra y un tiempo para la cosecha. Podemos decirlo así: un momento para la verdad y un momento para su fracaso en ceñir lo real. Esos momentos están articulados por el acto psicoanalítico.

Esto tiene que ver con el concepto de ficción y, por lo tanto, con qué hacemos con lo simbólico. El que separa fiction de non-fiction no toma en serio la ficción. Tampoco la toma en serio el que cree que se puede llegar al sinthome sin pasar por el fantasma. El sinthome, que une síntoma y fantasma, no abole esos dos términos por separado. Se trata de un camino que no se puede no recorrer. De síntoma y fantasma al sinthome y retorno. El ahorrarse el trabajo de pasar por la ficción  es como querer volver de la playa sin haber ido primero a ella. Y éste, un poco burdo, es, sin embargo, un buen ejemplo. Porque justamente hay que ir y volver para descubrir que uno está, al final, en el mismo lugar, pero de otra manera.

Desde acá, volvamos por un momento al pase: un día alguien mencionó el famoso libro de Pierre Rey como ejemplo de un psicoanálisis que llega al fin sin generar un psicoanalista (en el sentido de un practicante del psicoanálisis.) La pregunta que se presentaba era, entonces, si había generado un psicoanalista o no. Podemos decir, como se dijo en ese momento, que sí. Pero también podríamos sostener lo de antes y llegar a decir, con toda la fuerza, lo contrario: que un psicoanálisis que no desemboca en el pase no llegó a su fin. Para esto vamos a tomar algo que Miller dijo en 1997: «la finalidad [del pase] es que el desprendimiento de la cura no se concluya por un desprendimiento del psicoanálisis como disciplina, porque hay algo en el funcionamiento del mismo psicoanálisis que amenaza la existencia del psicoanálisis. Hay como una pendiente interna del psicoanálisis que conduce al sujeto fuera de una comunidad analítica.» En este punto tenemos que tratar de anotar algunas cuestiones que nos marcan qué es eso que genera este resultado. Y el esclarecimiento mejor lo encontramos en su reverso. Nos preguntamos qué lleva al sujeto a entrar en una comunidad analítica y encontramos que la respuesta suele ser reconocimiento y brillo. Un psicoanálisis, en ese punto, lleva hacia el otro lado. De hecho lo primero que suelen decir muchos que no llegaron al pase, al hablar de él, es para qué haría el pase alguien que llegó al final del análisis si no le importa ya el reconocimiento. Podemos decir que quien se hace esta pregunta así, ciertamente, muestra que no llegó al pase en la pregunta misma. Volvamos a decir, entonces, que quizá un psicoanálisis que llega a su fin y no desemboca en el pase podría ponerse en duda como terminado. Y que sería conveniente ponerlo en duda. Quizá la conclusión lógica de un psicoanálisis es el pase (y sin el pase no hay conclusión lógica.) Otro párrafo: «en Lacan existía la idea que se podía dejar funcionar el discurso analítico de manera pura pero a la salida tomar de nuevo al sujeto para introducirlo en la Escuela. Es decir, no dejar el saber en un estado de suposición. La cura analítica no puede funcionar si no es con el saber en estado de saber supuesto y eso conduce al analista al desprecio del saber expuesto. En este sentido, la Escuela hace esfuerzos en contra del funcionamiento natural del psicoanálisis.» En este punto tenemos que seguir preguntándonos lo de antes: si en ese funcionamiento natural del psicoanálisis se puede hablar de un final de análisis o si para eso es necesario darle lugar a este esfuerzo que va, de alguna manera, en contra de ese funcionamiento natural o espontáneo. Y agreguemos una cosa más: «la idea de Lacan, para la Escuela, era que daría el paso al saber expuesto. En eso era fundamental su insistencia propia –la de él–de avergonzar al analista por su culto del saber supuesto. Obligarlo en contra de lo más profundo de su posición al saber expuesto.» Y esta es una tarea que debe hacerse todo el tiempo: avergonzar al psicoanalista en su culto del saber supuesto.

Volvamos al segundo punto: no se pueden ahorrar pasos en un análisis. Ante esta cuestión se ponen de manifiesto dos tendencias que siempre entran en tensión (aunque toman distintas formas a lo largo de la historia.) Un psicoanalista, con respecto a esto, hablaba alguna vez de dos tendencias erróneas dentro del psicoanálisis. Decía, además, que son dos tendencias que responden a dos grandes corrientes epistemológicas actuales. A esto le agregamos que no, que no son actuales, que son más antiguas que otra cosa y que nunca cesan de aparearse de ese modo. El psicoanálisis, como él decía, debería estar destinado a abrir una tercera vía media que, sin embargo, no va a extinguir las otras dos vías erróneas porque son, de alguna manera, estructurales. Borges las mencionaba citando a Coleridge: los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Ésas son las dos tendencias y, como se ve, responderán a dos grandes corrientes epistemológicas actuales, pero lejos están de ser novedades.

Cito: «yo destaco dos vías en este debate, cada una relacionada con dos grandes corrientes epistemológicas actuales: la positivista del real sin sentido de la ciencia y la relativista del sentido sin real de la retórica (representada, en especial, por Rorty.) La vía positivista de la ciencia sin sentido lleva a algunos psicoanalistas a desear que el psicoanálisis sea reconocido por los médicos, por los psiquiatras llamados biológicos, por los neurocientistas. Intentan así demostrar, es un ejemplo, cómo en el “Proyecto de psicología para neurólogos” Freud ya entreveía el surgimiento de los neurotransmisores –me remito a la entrevista de Etchegoyen y Miller sobre este punto.

»La vía relativista de la retórica desemboca en la idea de que hay tantos psicoanálisis como psicoanalistas; en la ideología del psicoanalista independiente del final del análisis como final de la transferencia y no de su engaño. En la conceptualización de Lacan en el “Prefacio a la edición alemana de los Escritos”, ha sido tomado por Miller recientemente como que el real del psicoanálisis tiene sentido y coloca al psicoanálisis en una tercera posición entre la ciencia y la retórica. Queda, por lo tanto, la dificultad a nuestro cargo de probar que más allá de la evidencia científica o de la acomodación utilitarista del relativismo, existe algo nuevo que el psicoanálisis ofrece al malestar en la civilización.»

Vamos a notar que al exagerar y tirar por la borda al primer Lacan, es decir al no tomar en serio la ficción, uno se alista sin notarlo del lado del positivista del real sin sentido. Y no es la respuesta buena pasarse, también sin notarlo, del lado del sentido sin real.

Tendríamos que rehacer la frase de Coleridge y decir, aunque luego hubiera que explicar la frase porque cada cual va a entender algo distinto, que los hombres nacen aristotélicos o platónicos pero pueden volverse, por el psicoanálisis, lacanianos. Y hay que entender que no basta decirse lacaniano para haberse vuelto lacaniano, y hasta podríamos decir que la demostración del haberse vuelto lacaniano es el pase y entonces sostener que, lo que vuelve lacaniano, es el final del análisis que podríamos llamar, después de todas estas vueltas, verdadero.

La Plata, 2012

Footprints-Namib-Desert-Namibia-Africa
Huellas en el desierto de Namibia

Fuente: Letras – Poesía – Psicoanálisis

¹De la edición de Paidós, Buenos Aires, 2011.

La sutileza del psicoanálisis

Jacques-Alain Miller

Dije sutileza, que es la palabra con la que Pascal construye el antónimo de geometría. Pascal era geómetra, incluso un genio precoz de la geometría, pero sabía al mismo tiempo que no todo es geometría, que no todo se deja tratar como matema. De este modo se aclara lo que Lacan intentó en su última enseñanza, su ultimísima enseñanza, que es un intento de flexibilizar el matema para volverlo capaz de capturar sutilezas analíticas. Se trata sin embardo de un intento desesperado porque las sutilezas, en definitiva, no se dejan matemizar.

No hay salud mental

Si hablé de sutileza no fue solo a causa de Pascal, sino debido al texto de Freud de 1933 que se titula «Die Feinheit einer Fehlhandlung» («La sutileza de un acto fallido»).  Freud no se sentía disminuido por presentar tan tardíamente en su elaboración un acto fallido de su inconsciente, por presentarlo a la comunidad de los psicoanalistas. En efecto, él quería recordarles -muy tardíamente- que un analista sigue aprendiendo de su inconsciente y que ser analistas no los exonera de este testimonio. Ser analista no es analizar a los demás, sino en primer lugar seguir analizándose, seguir siendo analizante. Como ven, es una lección de humildad. La otra vía sería la infatuación, es decir, si el analista creyera estar en regla con su inconsciente. Nunca lo estamos.
He aquí lo que en acto de escritura Freud comunicaba a sus alumnos. Habrá que ver si estaremos en condiciones de entenderlo. La sutileza de este acto fallido, según lo califica Freud, es un lapsus calami, una divagación de la pluma, no en un mensaje dirigido a los analistas, sino en unas palabras enviadas a un joyero donde debería haber figurado dos veces la preposición para y donde, en lugar de la segunda ocurrencia, escribió el término bis, que debió tachar. Y esta tachadura fue, justamente, lo que lo motivó a escribir su texto.
Entonces, en lugar de escribir dos veces la preposición para, escribió, luego de la primera aparición, la palabra bis, y su lapsus se deja interpretar la primera vez de este modo: «Al releer esta breve inscripción advierto que contiene dos veces la palabra für [‘para’] en rápida sucesión […] Esto no queda bien y debía ser corregido. Luego se me ocurrió que al insertar el bis en lugar del für trataba de evitar esa torpeza estilística». Esta es la primera interpretación de esta formación del inconsciente que testimonia -una nadería que vale sin embargo para ser comunicada-. Pero el lapsus se presta a una segunda interpretación, que según subraya, proviene de su hija (Freud acepta eso, que de su familia le venga una interpretación), quien le dice: «Pero si tú ya le regalaste antes a esa persona una gema semejante para un anillo. Probablemente sea ésa la repetición que quieres evitar».
Freud admite esta interpretación familiar, pero entonces surge una tercera interpretación, que él agrega: «Busco un motivo para no regalar esa piedra, y el motivo se me presenta en la reflexión de que ya he regalado una vez lo mismo, o algo muy parecido. ¿Por qué debe ocultarse o disfrazarse esta objeción? No tardo en advertir el motivo: es que ni siquiera quiero regalar esa piedra; a mí mismo me gusta demasiado».
Esta es la verdad del regalo: no se ofrece sino la falta que uno sabe que padecerá, no se da, de manera auténtica, más que lo que profundizará en ustedes la falta de eso de lo que se separaron. Freud lo expresa con una exquisita discreción: «¿Qué regalo sería aquel que no nos diese o procurase un poco de pena dar?». Doy lo que no quiero dar, doy con el trasfondo de que no quiero dar, y es esta represión de un yo no quiero lo que le otorga su valor. La sutileza (die Feinheit) obedece a que la represión se  insinúa en lo que el yo emprende, obedece a esta represión misma. Y esto precisamente, lo que debe recordarse, el yo no quiero, es olvidado y constituye en última instancia la razón de ser de lo que aparece en la escena del mundo. La generosidad encuentra su fundamento en la retención, en el egoísmo, en un es para mí, que constituye propiamente lo que se deja de interpretar. Esta es la sutileza, que pasa por cosas ínfimas, en las que el análisis halló el resorte de un deseo que desmiente lo que se propone de manera abierta.
Les recomiendo la lectura de este texto breve que ocupa tres páginas en la edición francesa. Yo lo tomo como guía, como paradigma de lo que quiero desarrollar este año ante ustedes.
Ahora bien, este modesto soporte vale más que lo que triunfa en la escena del mundo y que es la terapéutica. Justamente, a ella se pretende reducir el psicoanálisis, a una terapéutica de lo psíquico, y se incita a los psicoanalistas a encontrar así la justificación de su ejercicio.
En primer lugar, se opone a esta idea un cliché filosófico que afirma que el hombre como tal es un animal enfermo, que la enfermedad no es para él un accidente, sino que le es intrínseca, que forma parte de su ser, de lo que podemos definir como su esencia. Pertenece a la esencia del hombre ser enfermo, hay una falla esencial que le impide estar completamente sano. Nunca lo está. Y no lo decimos solo porque tenemos la experiencia de los que vienen a nosotros… De esta experiencia inferimos que nadie puede estar en armonía con su naturaleza, sino que en cada uno se profundiza esta falla -no importa cómo se la designe- por ser pensante.
Luego, nada de lo que haga es natural porque reflexiona, es reflexivo. Este es un modo de decir que está alejado de sí mismo, que le resulta problemático coincidir consigo mismo, que su esencia es no coincidir con su ser, que su para sí se aleja de su en sí. Y el psicoanálisis dice algo de este sí, dice que este sí es su gozar, su plus de gozar, y que alcanzarlo sólo puede ser el resultado de una severa ascesis. Así pensaba Lacan la experiencia analítica, como el acercamiento, por parte del sujeto, a este en sí. Y su esperanza era que dicha experiencia le permitiera alcanzarlo, que pudiera elucidar el plus de gozar en que reside su sustancia. Lacan creía que la falla que vuelve para siempre al hombre enfermo era la ausencia de relación sexual, que esa enfermedad era irremediable, que nada podría colmar ni curar la distancia entre un sexo y otro, que cada uno, como sexuado, está aislado de lo que siempre quiso considerar como su complemento. La ausencia de relación sexual invalida toda noción de salud mental y de terapéutica como retorno a la salud mental.
Vemos entonces que, contrariamente a lo que el optimismo gubernamental profesa, no hay salud mental. Se opone a la salud mental -y a la terapéutica, que se supone que conduce a ella- la erótica. En otras palabras, el aparato del deseo, que es singular para cada uno, objeta la salud mental.
El deseo está en el  polo opuesto de cualquier norma, es como tal extranormativo. Y si el psicoanálisis es la experiencia que permitiría al sujeto explicitar su deseo en su singularidad, este no puede desarrollarse más que rechazando toda intención terapéutica. Así, la terapia de lo psíquico es el intento profundamente vano de estandarizar el deseo para encarrilar al sujeto en el sendero de los ideales comunes, de un como todo el mundo. Sin embargo, el deseo implica esencialmente en el ser que habla y que es hablado, en el parlêtre,¹ un no como todo el mundo, un aparte, una desviación fundamental y no adventicia. El discurso del amo siempre quiere lo mismo, el discurso del amo quiere el como todo el mundo. Y el psicoanálisis representa justamente la reivindicación, la rebelión del no como todo el mundo, el derecho a una desviación experimentada como tal, que no se mide con ninguna norma. Esta desviación afirma su singularidad y es incompatible con un totalitarismo, con un para todo x. El psicoanálisis promueve el derecho de uno solo, a diferencia del discurso del amo, que hace valer el derecho de todos. ¡Qué frágil es el psicoanálisis! ¡Qué delicado! ¡Y qué amenazado está siempre! Sólo se sostiene por el deseo del analista de dar lugar a lo singular del Uno… Respecto del todos, que sin dudas tiene sus derechos -y los agentes del discurso del amo se pavonean hablando en nombre de estos-, el deseo del analista se pone del lado del Uno. Con una voz temblorosa y bajita, el psicoanalista hace valer el derecho a la singularidad.

Erato Sin Edward Poynter
Erato, Musa de la poesía. Sir Edward John Poynter (1870)

¹Parlêtre: neologismo que condensa los términos parler (hablar) y être (ser). [N. de la T.]


Jacques-Alain Miller: Sutilezas analíticas, Paidós, Buenos Aires, 2011, página 33

La ética del psicoanálisis

Jacques-Alain Miller


Fragmento de la conferencia dictada a los docentes de psicología de la Universidad de Buenos Aires,  por invitación de la decana Sara Slapak, en 1989.


En ocasiones se imagina que fue Lacan con su supuesto intelectualismo quien introdujo en el psicoanálisis el tema de la ética, quizá porque en su juventud fue un lector apasionado de Spinoza, pero es un error pensar que el tema de la ética fue introducido en el psicoanálisis por él. Pueden remitirse al capítulo VIII de «El malestar en la cultura», donde Freud se refiere explícitamente a la ética en relación con la terapia.
No parece inmediato que un analista tengo derecho a hablar de la ética. Parece salir de su competencia, aunque es verdad que hoy la ética se cruza a veces con la ciencia, por ejemplo, el miedo colectivo que tenemos, desde hace cinco o diez años, a las investigaciones bioquímicas. Estas investigaciones que tocan la reproducción misma de la vida humana.
El miedo colectivo que tenemos al progreso de la ciencia ha producido en los gobiernos el deseo de someter a un control esas investigaciones científicas. En Francia se hace a través de lo que se llama Comité Estatal de Ética, que trata de someter el desarrollo de la ciencia a una supuesta ética que sería: no tocar a la humanidad, no tocar la reproducción de la humanidad. Así, existe la idea de que hay un bien que vale más que la investigación o la búsqueda de la verdad científica. Estamos, en este fin de siglo, en una coyuntura muy distinta de la del siglo anterior, en el cual se podía pensar que, como por un milagro, el progreso del conocimiento científico debía confluir naturalmente con el bien de la humanidad. Nosotros ahora estamos en el período del malestar en la cultura y quizá un poco más adelante, en la época del horror en la cultura.
Ahora es la supervivencia de la humanidad misma la que está en discusión por el desarrollo de la ciencia, en ese sentido, con relación a la época de Freud; ahora cuando hablamos de la ética del psicoanálisis el problema es distinto. Por el momento nadie piensa que el desarrollo del psicoanálisis amenaza la supervivencia de la especie humana. El desarrollo del psicoanálisis puede amenazar a tal o cual persona por un error terapéutico, pero por el momento nadie piensa que el psicoanálisis amenaza a la humanidad.
Un análisis no es una aventura intelectual, la praxis de un análisis es un sufrimiento, es una queja, es la declaración de un ser que quiere cambiar, y cuando esos elementos faltan, un análisis es muy difícil. Alguien que se siente bien, alguien que se siente en el colmo de sus posibilidades y que quisiera hacer un análisis para poder ser analista, por ejemplo, no daría una praxis a la experiencia. Siempre hay que esperar cuando alguien dice: «Todo va bien para mí», hay que esperar hasta el segundo, tercer encuentro. Pero la praxis del psicoanálisis es un sufrimiento y no una búsqueda intelectual. Así, es claro que nada podría autorizar al analista a acoger esa queja si él no pensara en tener los medios de remediar ese sufrimiento. De tal manera que el analista está en una posición de terapeuta, de aquel que cura, que piensa poder curar. De este modo, tanto para los discípulos de Lacan como para Lacan mismo, y para Freud seguramente, el psicoanálisis cura, el psicoanálisis es una terapia. Pero no es por esa razón que podemos excluir, pensar, que no tenemos nada que ver con la ética, y la noción misma de cura —en el sentido de lo que resulta— no en el sentido de proceso sino del resultado, que sería la curación. Si el psicoanálisis es una cura, se crea un problema con la noción de curación, que es problemática en psicoanálisis, y eso se puede entender de manera muy sencilla: la noción misma de curación es solidaria de la noción de síntoma.
El síntoma analítico no tiene objetividad, a diferencia del síntoma psiquiátrico. El síntoma analítico está fundado sobre una autoevaluación del sujeto mismo, de tal manera que a veces, regularmente, es imperceptible para los demás. El síntoma obsesivo a veces se traduce claramente en la conducta, pero puede estar también únicamente reservado a la intimidad del sujeto, su imperceptible, a diferencia de los pacientes mandados al psiquiatra. A veces hay gente mandada al análisis por los padres, por los compañeros, etcétera, y sabemos que eso crea una cuestión propia en el análisis, que cuando la llegada de un sujeto a análisis se hace por un mandato exterior, una subjetivación de ese mandato es necesaria. Freud mismo en su comentario del caso de la joven homosexual nota la dificultad propia del caso debido a ese pedido exterior, y quizás el fracaso de ese análisis tiene que ver con la modalidad misma de la entrada en la experiencia.
Se entiende que si el síntoma analítico depende de la autoevaluación del sujeto, correlativamente la curación misma está fundada sobre dicha autoevaluación. Seguramente contamos también con una evaluación por parte del analista sobre la curación del paciente, pero sucede que a pesar de que el analista puede pensar que el paciente ha sido curado, el paciente no o cree; es lo que Freud llamó la reacción terapéutica negativa, y que describe, en cierto modo, que Freud pensaba que el paciente estaba curado y que el paciente no creía estar curado, no quería ser curado.
Así, creo que esa consideración bastante elemental puede explicar muy bien las impasses de la estadística. Cada vez que voy a los Estados Unidos hay preguntas sobre las cifras de curación, los norteamericanos han hecho muchos esfuerzos costosos para evaluar el resultado de la cura psicoanalítica, y las cifras nunca caen bien, no sirven, porque los criterios de la curación en análisis son subjetivos, dependen de la palabra del sujeto, y el hecho mismo de la transferencia hace esa evaluación difícil a tal punto que si uno se pregunta de qué puede curar el psicoanálisis, qué es la curación que realmente un análisis puede probar, puede ser la curación la transferencia analítica misma, y a menudo, dejar de ver al analista es ya curarse del analista como enfermedad.
De tal manera que eso conduce quizás a pensar que no hay otra finalidad en un análisis, ni otro fundamento de la curación analítica, sino una satisfacción; que el análisis se termina cuando ha producido en el sujeto una satisfacción, que se satisface de lo que ha ocurrido. Esta satisfacción depende de la confesión, del consentimiento del sujeto; es difícil pensar un bienestar, una felicidad que no incluyera el cuerpo del sujeto mismo. Difícilmente se puede pensar que otro puede decir: «Tú eres feliz» cuando el sujeto dice lo contrario; ahí es difícil pensar una objetividad de la felicidad. Así, eso hace ya de la ética del psicoanálisis quizás un hedonismo y eso se traduciría —y ha sido traducido— como un amoralismo psicoanalítico, lo que en el momento de la emergencia del psicoanálisis parecía parte integrante de éste.


Jacques-Alain Miller: Conferencias porteñas, Paidós, Buenos Aires, 2009, Tomo I, página 253.