El talento para la lectura

Clase 2*

Sebastián A. Digirónimo

Nuestro primer punto del programa tiene que ver con la lectura, pero ¿qué es la lectura?, ¿qué es leer? Tenemos que subvertir la idea vulgar de lectura porque hay un problema ya que, espontáneamente, entendemos demasiado rápido qué es leer. Leer de verdad no es el mero estar alfabetizados, leer es construir eso que Stevenson llamó talento para la lectura y que implica, ni más ni menos, que no encontrar en el texto que leemos lo que ya sabíamos antes de leerlo, es decir, no reflejar sobre el texto nuestros propios prejuicios. Es fácil entender cómo esto se relaciona con algo fundamental de la clínica psicoanalítica. Podemos decir que sin talento para la lectura el practicante comprende sin saberlo y se vuelve enteramente sordo para con el texto que tiene delante de sí. Pero hay más, porque no sólo tiene que ver con el texto que trae un paciente sino, primero, con el texto que él mismo es y que debería poder leer desde la posición analizante verdadera, que implica la no comprensión de lo que él cree saber espontáneamente de sí mismo. Podemos dar de pasada una de las definiciones de un psicoanálisis que no deben nunca cerrar la pregunta. Un psicoanálisis es hacer la experiencia de construcción del talento para la lectura en el lugar más difícil, es decir, relacionándola con los puntos ciegos propios. Y es claro que, desde aquí, el talento para la lectura no es algo anodino, es lo único que nos permite no rechazar el inconsciente. Porque lejos está de creer en el inconsciente quien sólo cree en él académicamente, en la teoría, como concepto dentro de un juego intelectual, y rechaza la experiencia de él. Y quien lejos está de creer en el inconsciente, lejos está de la posición analizante verdadera y, por ende, también de la posición del analista. Por más que diga que tiene años de psicoanálisis encima y se diga psicoanalista él mismo. El talento para la lectura es, entonces, algo fundamental para la posición del analista aunque los psicoanalistas, en general, no se hubieran dado cuenta de ello por sumergirse rápidamente en las bondades narcisistas que propicia el discurso universitario cuando nos subimos a la cátedra y miramos desde lo alto del engaño yoico. Entre paréntesis, hay algunos que miran los programas que hacen otros y tratan de copiarlos, sin ver que es inútil, porque lo que importa no es el programa en sí sino la manera de abordar los puntos que lo componen, exactamente de la misma manera que no es lo mismo la lectura en sentido vulgar que el talento para la lectura. Notemos con esto que el talento para la lectura es siempre singular y que, sin embargo, ello no implica que fuera siempre talento para la lectura. Hay, entre la lectura en sentido vulgar y el talento para la lectura, la misma relación que hay entre el deseo a secas y el deseo del analista como concepto formalizable. El talento para la lectura también es formalizable, tiene una forma universalizable aunque fuera siempre singular.

Los practicantes del psicoanálisis suelen partir por la pregunta equivocada. Ellos se preguntan qué es leer en psicoanálisis, pero esa pregunta deja intacta, por detrás de sí, la idea vulgar de lectura como mera alfabetización. Y los que más recorrido tienen lo transmiten así a los que recién empiezan, y el prejuicio queda intacto, invisible y fortalecido. Todo ocurre por un agujero cultural que podría evitarse con trabajo y atreviéndose a dudar de lo ya sabido. Pero, en general, el que más recorrido tiene prefiere tapar ese agujero cultural con jerga psicoanalítica que se convierte fácilmente en hueca erudición, y el que recién empieza no suele estar interesado por el discurso psicoanalítico sino por pertenecer al grupo, que es, en realidad, la mejor manera de defenderse del discurso psicoanalítico. El resultado es que hoy los prejuicios quedan intactos y mañana también, porque el practicante con más recorrido fue ayer el iniciado que quiere pertenecer al grupo y el iniciado que quiere pertenecer al grupo será mañana el practicante con más recorrido. Y así el psicoanálisis muere desde adentro y la escuela, idealizada, directamente no existe. Pero puede existir en cada uno, si ese uno se atreve a otra cosa. La construcción del talento para la lectura es parte de ese atreverse a otra cosa.

Aprovechamos aquí, entonces, lo que Borges llamó lectura inocente en sus Nueve ensayos dantescos. Esa inocencia tiene que ver con evitar los prejuicios del sentido. Y este es un punto clave: los prejuicios son, siempre, prejuicios del sentido. Por eso decíamos la vez anterior que una clave es entender por qué la asociación psicoanalítica no se funda en el sentido sino en el sonido. Y eso sólo es posible si hay talento para la lectura que evita el embate espontáneo de los prejuicios del sentido. Los prejuicios nos acechan todo el tiempo porque el sentido nos acecha todo el tiempo. Y es por eso que no comprender no es tan simple como decirlo y repetirlo como papagayo crónico. Todo esto quiere decir que la regla fundamental no recae, como se cree, sobre el paciente. La regla fundamental recae sobre el practicante e implica que sin el talento para la lectura, sin lo formal del deseo del analista, no hay regla fundamental posible. Y de nuevo, cuando decimos formal, hablamos de una forma lógica, precisa y universalizable, que hace al deseo del analista y a su presencia o ausencia.

Todo esto quiere decir que no basta con postularse psicoanalista para que psicoanalista hubiera y que cuando Lacan dice que el psicoanalista se autoriza en sí mismo dice algo muy preciso y que tiene que ver con la experiencia de un camino recorrido en posición analizante verdadera, es decir, con la experiencia de un camino de construcción del talento para la lectura. Y es un camino que va de la historia a la poesía, que va del sentido al sonido, que va de la lectura a la escritura. Con esto podemos decir que la escritura es una lectura que no se pierde en los recovecos del sentido y no es el mero marcar signos en alguna superficie propicia para ello. Y aquí hay un malentendido que es necesario que evitemos, un prejuicio muy común que nos puede perder. Cuando decimos que hay un camino que va de la historia a la poesía, del sentido al sonido y de la lectura a la escritura, no decimos para nada que los primeros términos de ese camino son innecesarios y prescindibles, por más que pueden perdernos porque pueden obstaculizar el ir más allá de ellos. No rechacemos la historia, el sentido y la lectura. Sin ellos no podría haber poesía, sonido ni escritura. Sólo atravesándolos de la buena manera no nos vamos a perder en sus recodos. Es decir, sólo si construimos el talento para la lectura que nos lleva de la lectura en sentido vulgar a la escritura en sentido formal.

Había una vez alguien que se decía psicoanalista y que cometía este error común y entonces decía que en la poesía la dimensión del sentido no existe. Error garrafal. Y como razonaba muy mal, para demostrar eso que aseveraba, dijo lo siguiente: “por eso, cuando leo poesía, no entiendo nada”. Sí, eso último seguro que sí. Lo anterior, sin embargo, no. La dimensión del sentido en la poesía existe, existe tanto que se amplía casi al infinito, y como se amplía casi al infinito podemos ceñirnos luego a un núcleo que no se pierde en esa dimensión del sentido. Exactamente igual que el resultado que logra la asociación libre en el psicoanálisis. Amplía tanto la dimensión del sentido que nos permite ver, cara a cara, que no sabemos lo que decimos y podemos entrever, de esa manera y sólo si nos atrevemos y consentimos a ello, que, como escribió Quignard en la página 79 de El niño de Ingolstadt, «es el lenguaje el que vive a expensas de quien lo escucha».

El mismo personaje que dijo aquello de la poesía y el sentido dijo también que en un cuento, por breve que fuera, siempre existe el sentido (y que él, por lo tanto, los cuentos sí los entendía, cosa, esta última, dudable). La dimensión del sentido existe siempre, y tanto en la poesía como en el cuento, esa dimensión se amplía hasta no ser ya la dimensión fundamental y es por eso que cuento y poesía son estructuralmente análogos. No ocurre lo mismo en la novela, que, podemos decir, habla de más. Lo mismo que la neurosis. Por eso decimos con Chejov que el arte es recortar lo que sobra, y ello es así sobre todo en el arte de la escritura. Vamos a ver ahora cómo ese recortar lo que sobra se relaciona íntimamente con el talento para la lectura y su construcción, que implica también el hacerse sordos de un oído que mencionaba Lacan.

En el camino de este primer punto se nos va a hacer presente, por todo esto que estamos diciendo, la noción de ficción. Sin entender lo que acabamos de decir acerca del cuento y la poesía, se va a dificultar mucho eliminar el prejuicio fundamental que surge cuando se piensa en el concepto de ficción. Ese prejuicio fundamental implica, básicamente, identificar la ficción con lo falso. Desde allí, por supuesto, oponerlo a lo verdadero. Esa falsa oposición es defensiva e imposibilita ver la buena oposición que queda oculta por detrás de ella, que es entre lo verdadero y lo real. Vamos a tratar de precisar esto que no es fácil porque implica romper con un prejuicio muy arraigado. Y es un prejuicio al que, además, la actualidad alimenta todo el tiempo porque hay un empuje a no tomar en serio la ficción que es funcional al capitalismo extremo (esto último no lo vamos a desarrollar, por lo menos no ahora).

La ficción, sin embargo, es mucho más seria de lo que parece si no sucumbimos a ese prejuicio enorme. La ficción, de hecho, es más seria que la verdad misma, porque la verdad no es otra cosa que una ficción que no se reconoce como tal.

Vamos de nuevo: oponer lo ficcional a lo verdadero es defensivo y oculta la dimensión sobre la cual no queremos saber nada: lo real. Los practicantes del psicoanálisis lacaniano, cuando leen a Lacan que les señala que la verdad tiene estructura de ficción creen descubrir algo que solamente quien leyó a Lacan podría descubrir. Nada más falso que eso. Y, para peor, ni siquiera entienden del todo bien qué quiere decir, hasta sus últimas consecuencias lógicas, que la verdad tiene estructura de ficción.

Tenemos que partir por donde nunca empiezan ellos. Es que ven la luz demasiado rápido y se encandilan. Eso porque, creyendo derribar un prejuicio, lo arrastran al creerlo derribado. Un excelente ejemplo de cómo los desengañados se engañan. Otro buen ejemplo es el progresismo políticamente correcto de la actualidad. ¿Qué manera mejor de mantenerse dormido que creer estar despierto? Es por eso que el progresismo políticamente correcto lejos está de ser reaccionario y es conservador a ultranza, nada más funcional para el statu quo del mundo que básicamente hace cada vez más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Pero volvamos a partir por donde nunca empiezan ellos. Ellos empiezan por el hecho de creer haber entendido que la verdad tiene estructura de ficción. Pongamos el acento, por una vez, en la definición complementaria, que ellos no suelen considerar jamás: la ficción tiene estructura de verdad. Notemos la cosa más sutil. Si decimos, enteramente satisfechos, que la verdad tiene estructura de ficción, es muy posible que quede intacto el prejuicio que sostiene la ficción como idéntica a lo falso, lo único que hacemos es pensar que la verdad misma es idéntica también a lo falso. Pero vamos a seguir oponiendo lo falso a lo verdadero que ya no vamos a llamar verdadero y que podemos llamar como quisiéramos. Desplazamos los sentidos, pero el prejuicio se mantiene intacto por detrás. Al considerar la definición complementaria escondida decimos que la ficción tiene estructura de verdad y ya no podríamos oponer lo falso a lo verdadero sin más y se nos podría facilitar desplazar la oposición hacia otra dimensión, que es lo que tenemos que hacer. Lo que importa es no caer en la oposición errónea entre falso y verdadero. Si sostenemos solamente que la verdad tiene estructura de ficción no tocamos, en general, la falsa oposición, solamente la desplazamos, si agregamos que, al mismo tiempo, la ficción tiene estructura de verdad, ya sostener el prejuicio se complica un poco.

Aprovechemos un ejemplo para ver cómo la oposición entre falso y verdadero, entre verdad y mentira, no nos permite distinguir nada y, fundamentalmente, no nos permite distinguir nada en cuanto a los conceptos de ficción y real.

Volvemos a Quignard. Es relato que menciona en uno de sus libros. Él lo menciona, nosotros le tenemos que agregar los comentarios. Para eso citemos fragmentos: “Petrarca está en su mula. Sigue el sendero sinuoso. En el cruce de caminos dos pastores avanzan. Uno dice siempre la verdad. El otro miente siempre. Nunca se sabe qué camino elegir una vez que se presta oídos a lo que cuentan. Después de que han dado sus argumentos, ya no se sabe siquiera cómo arreglárselas, a tal punto sus respuestas son detalladas y sus argumentos contradictorios”.

Ahí tenemos la escenografía del relato. Petrarca en su mula sin saber qué camino elegir en la encrucijada y dos personajes que le dicen al viajero, con mucho detalle, cuál es el camino mejor, sólo que uno miente siempre y el otro dice siempre la verdad. En el relato, además, después de que los pastores dan sus argumentos, les podemos hacer solamente una pregunta a cada uno, una sola.

El relato demuestra algo estructural: por más que opongamos verdad y mentira, eso no nos permite distinguir nada. Sabemos que uno miente y el otro no. Si venimos con el prejuicio que nos hace identificar la ficción con lo falso, no entendemos nada. Qué camino tomamos. Da lo mismo, los dos argumentan con precisión y detalle y jamás vamos a saber distinguir entre verdad y mentira, salvo que supiéramos de antemano quién miente y quién dice la verdad, o que supiéramos de antemano cuál es el camino bueno y entonces para qué preguntaríamos. La verdad y la mentira no nos permiten distinguir nada y no se distinguen entre sí. Esto quiere decir que la verdad tiene estructura de ficción y que la ficción tiene estructura de verdad.

Más de una vez algún paciente me preguntó qué pasaba si él mentía en lo que contaba en el consultorio, les dije siempre que nada, que mintiera tranquilo porque cualquier mentira que dijera la iba a decir desde la misma posición que si decía la supuesta verdad y lo que nos interesaba era esa posición y no el contenido de lo que decía. Al preguntar el eventual paciente sólo veía la defensiva oposición entre mentira y verdad y no llegaba a ver cómo la ficción nos da acceso a lo real. Si sabemos leer posiciones de enunciación y no nos perdemos en los enunciados, es decir, si hay el talento para la lectura que nos permite abstenernos de los sentidos propios y de la comprensión, entonces vamos a poder entender de qué manera la ficción nos permite acceder a lo real inaccesible.

El relato de Petrarca y los pastores termina así, con Petrarca introduciendo otra dimensión aprovechando la única pregunta que les podía formular a cada uno de ellos, tanto al que siempre miente como al que dice siempre la verdad. “Petrarca el letrado llega con su mula”, Petrarca el psicoanalista. “No les presta atención a los discursos que profieren”, es decir, se hace sordo de un oído y no se pierde en el blablablá hueco. “Alza los hombros. Les pregunta a los dos pastores lo siguiente: ¿cuál es la ruta que me indicaría su compañero como la mejor ruta?”.

Con esto accede a otra dimensión. El que dice la verdad va a señalar la mala ruta. El que miente va a señalar también la mala ruta. La buena ruta es la otra, la no señalada. Es una buena metáfora también de cómo vamos a tener acceso a lo real desde la ficción si la sabemos leer. Un acceso siempre indirecto, porque lo real es lo real y sólo podemos pensarlo como la rajadura en la pantalla simbólica, como lo imposible lógico a lo cual no podemos acceder pero que tenemos que situar en el buen lugar.

Petrarca, con sus preguntas, que son la misma para los dos, introduce otra dimensión porque no se engaña con la oposición entre falso y verdadero. Quignard escribe “resulta pues que lo contrario de lo verdadero y lo falso es lo no-lingüístico”. Que no quiere decir, esta es la clave, la ausencia de lo lingüístico. Lo real impensable sólo existe para el ser hablante y siempre en los límites del lenguaje. En los límites. Jamás más allá de los límites. Jamás más acá de los límites. Como la rajadura en la pantalla simbólica. Ni fuera ni dentro de la pantalla. Por eso aquella practicante que decía, en plena pandemia, que el virus es real hasta que sepamos cómo funciona, lejos está de poder pensar la radicalidad de lo impensable de lo real lacaniano. Podía pensar en un más allá o en un más acá del límite, pero no en el límite mismo que, a la vez, no se puede localizar. Es en el límite, en el límite ilocalizable de lo lingüístico. En cuanto creamos localizarlo, lo perdemos.

¿Y saben de qué está lejos esa practicante aunque no lo supiera? Del talento para la lectura y entonces de la posición del analista. Aunque se dijera psicoanalista lacaniana y fuera miembro de la institución con más renombre, galardones y etcéteras.


Mark Pugh Autumn roses by the sea
Mark Pugh – Autumn roses by the sea

*Clase 2 del curso teórico-clínico anual 2023 ¿Qué hace un psicoanalista?


13 de abril, 1901

13 de abril. Aniversario del nacimiento de Jacques Marie Émile Lacan.

Hace 122 años nació en París, y, a partir de una lectura rigurosa de Freud transmitió un estilo y orientó a un psicoanálisis que se hallaba perdido por los vacíos caminos del yo. Lacan ha sido acusado de amo, de esclavo, de diva, de rey, de dictador, de todo. Él, sabiendo el camino del héroe, avanzó solo. Dejó un legado, una enseñanza de la que cada uno debe apropiarse, enseñanza que indica una incompletud que uno mismo puede continuar.

Cuando se habla de obra se habla de Freud, cuando se habla de enseñanza se habla de Lacan. El movimiento de Lacan sigue los movimientos de un análisis, pasó por los tres registros, y volvió sobre ellos. La enseñanza de Lacan es una banda de Moebius, es infinita y nueva cada vez. ¿Cuál es la manera de continuar con su propuesta? Imitarlo en su posición, apropiarse del estilo propio, no copiando el de Lacan. Tomar eso que él transmite que va más allá de lo escrito y que se escucha.

Desde aquí celebramos su nacimiento y tomamos sus palabras.

Nosotros nos descubrimos lacanianos.

Mercedes Ávila


13 de abril

La confusión entre el desconocimiento y el saber

Clase 1*

Sebastián A. Digirónimo

Nuestra tarea en este curso es fundamentalmente una: subvertir el sentido común. ¿Qué es el sentido común que ni siquiera es tan común pues toma una forma singular para cada uno? Un cúmulo de prejuicios que funcionan a favor de la defensa. Y si funcionan a favor de la defensa funcionan en contra de nuestro objetivo que es, en última instancia, un psicoanálisis. Y notemos que estamos diciendo un psicoanálisis y no el psicoanálisis. Entonces podemos aprovechar esto para empezar a subvertir el sentido común con una sentencia que va a parecer chocante en un primer vistazo: el psicoanálisis no existe. Agregamos, en seguida, que lo que sí existe es un psicoanálisis singular y en acto llevado hasta sus últimas consecuencias lógicas. Cada vez que digamos en el futuro el psicoanálisis hay que entender que nos estamos refiriendo a un psicoanálisis singular y en acto llevado hasta sus últimas consecuencias lógicas. Esta es nuestra primera definición fuerte. Tenemos que ir viendo qué quiere decir singular, qué quiere decir en acto y qué quiere decir últimas consecuencias lógicas. Vamos a empezar con esta pregunta que no vamos a cerrar nunca, la pregunta fundamental que requiere una posición particular y difícil ante ella: ¿qué es un psicoanálisis singular y en acto llevado hasta sus últimas consecuencias lógicas? Se puede formular también así: ¿qué es un psicoanálisis lacaniano?, o, ¿qué es un psicoanálisis orientado por y hacia lo real lacaniano? Estas preguntas no deben encontrar nunca una respuesta fácil y requieren, y esto es lo más importante, una posición con respecto al saber que espontáneamente los seres hablantes no pueden adoptar. De allí vamos a enunciar otra aseveración que a los prejuicios del sentido común, académico o no, le parece siempre fuerte: un psicoanálisis no es una psicoterapia. Este es el primer prejuicio universitario a derribar: psicoanálisis y psicoterapia no solamente no son lo mismo sino que se oponen de principio a fin. Y lo que importa es entender cómo se oponen.

El psicoanálisis (recordemos que cada vez que digamos el psicoanálisis estamos diciendo un psicoanálisis singular y en acto llevado hasta las últimas consecuencias lógicas) es profundamente anti intuitivo, por eso en él cobra más valor que en cualquiera otra disciplina la noción de obstáculo epistemológico que Bachelard acuñó en su libro titulado La formación del espíritu científico. ¿Qué quiere decir esto traducido en la práctica? Que todo lo que creemos saber sobre el psicoanálisis y sobre cómo funciona el ser humano (llamado técnicamente parlêtre -y ya vamos a ir viendo qué es) está, básica y crudamente, mal.
Sí, todo lo que creemos saber está mal y es necesario un coraje singular: el de soportar que el saber se agujeree. Y, después de eso y en última instancia, en el horizonte, soportar lo insoportable: que el saber no puede más que estar agujereado.
Vamos a empezar, entonces, con tres puntos cruciales:

  • El yo es desconocimiento.
  • Hay inconsciente y por ende inadecuación inevitable con respecto al inconsciente.
  • La asociación psicoanalítica no es lo que se cree y supone el sonido y no el sentido.

Todo esto quiere decir que se pueden tener muchos años de terapia encima y, sin embargo, no sólo no tener ningún recorrido psicoanalítico sino un enorme obstáculo para cualquier recorrido psicoanalítico posible porque son años de trabajo a favor de los obstáculos epistemológicos. El yo que cree saber (el del paciente y el del terapeuta) impide la pasión de la ignorancia en la cual se inscribe el acto psicoanalítico. Y esto implica también que hay que dudar de la palabra psicoanálisis y saber que hay muchas cosas que se llaman psicoanálisis y van exactamente en contra de la dirección que sigue un psicoanálisis verdadero. Esto ya ocurría en la época de Freud y sus disputas con Jung y Adler tienen que ver básicamente con esto.
Dijimos pasión de la ignorancia y podemos interrogar qué es eso y qué estructura tiene todo saber. Saltamos al final, entonces, con algo que ya anticipamos en líneas anteriores: todo saber está allí para no saber nada sobre el hecho fundamental de la vida del ser hablante, que sólo el psicoanálisis y la poesía se atreven a enfrentar: no hay relación sexual. Que quiere decir que no hay adecuación posible porque hay inconsciente. No hay comunicación, hay un núcleo irreductible de soledad del cual tenemos que hacernos cargo, hay extimidad, hay goce.
Esto hace que el esquema básico de la comunicación que todos conocen, en el cual hay un emisor, un mensaje y un receptor, está incompleto de la peor manera, porque entre el emisor y su mensaje hay el inconsciente y lo mismo hay entre el receptor y el mensaje que le llega. Ya vamos a ver qué quería decir Lacan cuando señalaba que el sujeto recibe su mensaje, desde el Otro, en forma invertida. Tiene que ver con el engaño que implica negar la existencia del inconsciente, que es lo que hace el ser hablante espontáneamente pese a tener, cada día, los mil y un indicios de su existencia y de cómo nos atraviesa.
Por eso tenemos en el consultorio un cartelito que dice Lasciate ogni speranza (voi ch’entrate) que quiere decir dejad toda esperanza (vosotros que entráis) y que es lo que leyó Dante en el umbral del infierno y es lo que implica un psicoanálisis y su entrada en él. Porque un psicoanálisis es un infierno para la neurosis y la neurosis, aunque espontáneamente nos engañemos, es un infierno para la vida. Se vive mejor sin la neurosis, pero, parafraseando a Quevedo en su famoso poema sobre el amor, sólo quien lo probó lo sabe.
Y ya que mencionamos al amor vamos a ver en este recorrido cómo es en el campo del amor donde más nos engañamos con la neurosis.
Entonces, todo saber está allí para no saber nada sobre la no-relación sexual. Y el ejemplo clínico mejor para entender esto (subrayamos una vez más que las aseveraciones del psicoanálisis verdadero siempre se desprenden de hechos clínicos), el mejor ejemplo para entender que todo saber está allí para no saber nada sobre la no-relación sexual son las teorías sexuales infantiles, esas mismas que Freud descubrió con sus pacientes y que cualquier practicante del psicoanálisis verdadero puede redescubrir con sus propios pacientes. Esas teorías no están allí para conocer sobre la sexualidad sino, siempre, para tapar el agujero de la no-relación.
De pasada podemos notar algo más. Dijimos que todo practicante puede redescubrir con sus propios pacientes lo que Freud descubrió con los suyos. Pero hay más, porque mejor lo puede descubrir en su propio análisis, en la posición analizante sostenida con coraje. Y es gracioso, porque al psicoanálisis lo acusan de tener postulados no falsables en el sentido de, por ejemplo, la epistemología de Popper. Nada más lejano a eso. ¿Leyeron la obra de Freud? Nada más lejano a eso. Freud todo el tiempo, al chocar con los hechos clínicos que le echaban por tierra lo que creía haber entendido, no hacía otra cosa que empezar de nuevo la teoría ya que, evidentemente, no se sostenía.
Pero es claro que a Freud no lo leen. Incluso muchos que creen leerlo. Porque a Freud no basta con leerlo, hay que saber leerlo, además, porque es más complejo de lo que parece. Una persona que se postuló para iniciar el curso decía estar muy interesada en la enseñanza de Lacan pero no había leído nunca, ni quería leer en el futuro, la obra de Freud. Es evidente que tampoco había leído a Lacan, por muy interesada que estuviera en su nombre, porque leer a Lacan es entender que Lacan es Freud. Y leer bien a Freud es entender que Freud, en muchos momentos, es profundamente lacaniano. Lacan, en algún momento, tuvo que explicarles a los que lo escuchaban por qué él era freudiano, y en ciertos momentos de la historia del psicoanálisis podemos decir que el único freudiano. Es decir, el único que no retrocedía ante las consecuencias que el descubrimiento freudiano implica.
Acá iniciamos un camino contrario al motivo por el cual Bertrand Russell se dedicó a la filosofía. Él decía que se dedicó a la filosofía porque quería encontrar una certeza allí donde había percibido hasta allí solamente duda. No es casual que sus ideas se alinearan fácilmente con el conductismo, que es lo anti psicoanalítico por excelencia. Nosotros tenemos que atrevernos a la duda allí donde el sentido común, ignorante y cobarde, sólo percibe certezas.
Es un camino que subraya la necesidad de no retroceder para que pudiera haber psicoanálisis verdadero. Postulo ahora, por experiencia y por conocer la pendiente natural por la cual nos deslizamos como seres hablantes, que en diciembre, en la última reunión del año, vamos a ser menos que hoy. Salvo, por supuesto, que estemos ante un grupo inusualmente corajudo. Ojalá que sí. Si hay psicoanalista y si hay posición analizante de verdad, hay también lugar para la sorpresa. Vamos a tratar de sorprendernos mutuamente para ir en contra del desconocimiento que confundimos con el saber.

Mark Pugh A brief moment of clarity (walking through the woods at night)
Mark Pugh, A brief moment of clarity (walking through the woods at night)

*Clase 1 del curso teórico-clínico anual 2023 ¿Qué hace un psicoanalista?

¿Qué es un Psicoanálisis?

Andrea Sudarovich

Intentar responder la pregunta qué es un psicoanálisis es referirnos a decir que es una experiencia, por oposición -aquí también- a lo que llamamos juego intelectual.

Experiencia del inconsciente, carente de técnica, que se vale de la “regla fundamental” como resguardo del practicante a responder a la demanda del analizante.

Experiencia que, llevada hasta las últimas consecuencias, empuja a atreverse a lo desconocido, a todo aquello que no puede anticiparse, a lo que se escapa en tanto inconsciente. En definitiva, al pasaje de lo determinado a lo contingente.

Decir que hay carencia de técnica -no hay técnica- es equivalente a “no hay relación sexual”, pues el inconsciente es el agujero de la no-relación. Agujero irreductible, insoportable, disfrazado en ese “no querer saber nada de eso” que es estructural/universal y que tomará, para para cada uno, una forma singular.

Escenario, esta experiencia, en donde no hay garantías en esa lucha con lo inmutable-estructural del sujeto, donde la exigencia es la de un esfuerzo de precisión, debidamente advertidos del modo de funcionamiento del aparato significante y del goce.

Experiencia en la que se pone en juego la responsabilidad del “hacerse cargo” y el atreverse a soportar la vida y dejar de gozar, dejar de regocijarnos en el peor lugar para nosotros mismos. En definitiva, es atreverse a saber que el saber está agujereado y no hay Otro que garantice.

Posibilita el pasaje de lo que desde la neurosis se considera “pérdida” al agujero estructural que horroriza al ser hablante: situar aquello que de modo singular horroriza a un sujeto en particular, convirtiendo la tragedia, que ese horror supone, en comedia.

Un psicoanálisis llevado hasta las últimas consecuencias, en ese intento de precisión, remite, por una parte, a la escucha del analista pasando de la palabra a la escritura, particular, despojada de sentido. Por otra, al convencimiento y firmeza, devenidos del propio análisis, de ir contra la defensa a ese “no querer saber” que se sostiene en la ilusión/engaño de que puede haber garantías, de que hay “ser” (“yo soy así”). Precisamente, es la carencia de Ser lo que está en el corazón de la experiencia analítica.

Pone en juego la ética del analista que, absteniéndose de comprender y aportar sentido, que resulta aplastante y anudado al goce, no descree del inconsciente como saber: un saber no sabido del que se desprende el sujeto en tanto sujeto dividido, sujeto deseante, sujeto del inconsciente.

Un psicoanálisis es situar bien el goce y la palabra, puesto que, al tiempo que se mueve la relación con aquél, cambia la relación con el  mundo y con el deseo propio.

Experiencia cuyos efectos analíticos indican una salida a partir de aquello que ha operado, resultando nuevas relaciones con el goce, y que, por consiguiente, aportan fuerza al deseo.

Un psicoanálisis no enseña una cura, sino lo incurable. No aporta ganancia de saber, que es conocimiento; que es también goce.

Su horizonte no es nunca un saber sobre el goce sino una nueva relación con él. Esto es: saber-hacer con el goce.

San Francisco, diciembre de 2022.


Artículo presentado para la finalización del curso teórico-clínico anual 2022


The Pond at Benten Shrine in Shiba, Kawase Hasui,1883-1957
The Pond at Benten Shrine in Shiba, Kawase Hasui,1883-1957

La serpiente negra

Laura García Cairoli

 

“…es en nuestro ocio
nuestros sueños
cuando la verdad sumergida
sube a la superficie.”
Virginia Woolf

I.

Mientras recorría algunos libros para intentar responder hoy nuevamente y de una manera distinta -¿qué hace un psicoanalista?-, mientras navegaba por las palabras desde una lectura lo más libre posible de prejuicio, una lectura inocente, me encontré con dos escenas que por cierta sutil coincidencia llamaron inmediatamente mi atención. Pensé que esa coincidencia no podía ser casualidad, entonces me detuve. Mi intuición decía que por ahí podría encontrar eso que buscaba, una nueva manera de responder, tal vez una mejor, más precisa, más poética, a esta pregunta que nos convoca hoy.

Las dos escenas son dos situaciones relatadas por sus protagonistas donde desarrollan una especie de “autoconfesión”. En ambos casos, Sigmund Freud y Virginia Woolf nos relatan haberse encontrado con un fenómeno que podemos designar como una formación del inconsciente, una irrupción de él. En ambos surge un proceso psíquico considerado por ellos inconsciente, nos cuentan su aparición y su resolución.

Por un lado, un olvido de Sigmund Freud “confesado” en una carta que le escribe a un colega psiquiatra, director de un hospital en Budapest, donde se disculpa por no haberle agradecido y respondido a tiempo el envío de un libro que le había realizado. Allí Freud, como ese gran investigador de la psiquis humana que fue, se percata que la causa no se debía a una simple “falla en la memoria” sino a haberse sentido afectado, perturbado, por la lectura de su libro. Freud alega que esta omisión está arraigada en procesos psíquicos que él mismo no tiene en claro, puesto que su causa permanece inconsciente. Momento después lo descubre, se confiesa que la razón de su oposición era que no le gustaban “esos enfermos”, refiriéndose a los enfermos de hospicio, aquellos de los que el libro hablaba. La causa era su inconsciente repulsión hacia la psicosis. Dice Freud: “Mi actitud sería la consecuencia de una toma de posición cada vez más clara de la primacía del intelecto y la expresión de mi hostilidad hacia el ello.”[1]

Por el otro lado, la escritora y ensayista Virginia Woolf, también una gran investigadora de la psiquis humana, donde pareciera haber tomado la misma actitud que Freud frente a su olvido. Cito el fragmento del libro Una habitación propia basado en una conferencia acerca de las mujeres y la literatura:

“Mientras meditaba, había ido haciendo, en mi apatía, mi desesperación, un dibujo en la parte de la hoja donde hubiera debido estar escribiendo una conclusión. Había dibujado una cara, una silueta. Eran la del profesor Von X entretenido en escribir su obra monumental titulada “La inferioridad mental, moral y física del sexo femenino.” Aparecía en mi dibujo encolerizado y feo. Un esfuerzo psicológico muy elemental, al que no puedo dar el digno nombre de psicoanálisis, me mostró, mirando mi cuaderno, que el dibujo del profesor era obra de la cólera. La cólera me había arrebatado el lápiz mientras soñaba. Pero, ¿qué hacía allí la cólera?” Interés, confusión, diversión, aburrimiento, todas estas emociones se habían venido sucediendo durante el transcurso de la mañana, las podía recordar y nombrar, ¿acaso la cólera, la serpiente negra, se había estado escondiendo entre ellas? Sí, decía el dibujo, así había sido. Me indicaba, sin lugar a dudas, el libro exacto, la frase exacta que había hostigado el demonio: era la afirmación del profesor sobre la inferioridad mental, moral y física de las mujeres. Mi corazón había dado un brinco. Mis mejillas habían ardido. Me había ruborizado de cólera. No había nada particularmente sorprendente en esta reacción, por tonta que fuera. A una no le gusta que le digan que es inferior por naturaleza a un hombrecito. Una tiene sus locas vanidades. Es la naturaleza humana, medité, y me puse a dibujar ruedas de carro y círculos sobre la cara del encolerizado profesor, hasta que pareció un arbusto ardiendo o un cometa llameante, en todo caso una imagen sin apariencia o significado humano. Pronto fue explicada y eliminada mi propia cólera, pero quedó la curiosidad.” [2]

Aman Daharwall Cracked
Aman Daharwall «Cracked» 2022

II.

¿Pueden ser estos dos ejemplos, dos testimonios nítidos, vivos, demostrativos, de la posición que le conviene tener no sólo al analista, sino a cualquier ser hablante respecto de su inconsciente, de su propio no querer saber? ¿Qué hace un psicoanalista que lo vuelve psicoanalista al hacerlo? ¿Qué no deja de hacer para que pueda seguir siéndolo? Lo que hace, ante todo, es creer en la existencia del inconsciente y no retroceder ante su aparición, frente al retorno de lo reprimido. ¿Y cómo hace para no retroceder ante ese no querer saber tan implacable y siempre amenazante? Se esfuerza y fuerza algo para mantenerse en posición analizante respecto del propio inconsciente, se compromete éticamente a cifrarlo y descifrarlo cada vez que sea necesario y para siempre.

Dirá Miller en Sutilezas analíticas: “Cuando enseñamos, cuando pensamos, cuando intentamos pensar como psicoanalistas, resulta todo muy ventajoso que sigamos en relación con nuestro yo no quiero saber nada de eso, simplemente porque es algo que no se agota nunca. Freud está en su vida cotidiana en relación con su yo no quiero saber nada de eso, así como Lacan lo estaba y su enseñanza resultaba de esa relación. El analista –ya sea el nominado, el autoinstituido, el experimentado o el debutante- no está en ningún caso eximido de intentar esclarecer su relación con el inconsciente. No digo de amarlo…”.[3]

Omisión y rechazo de Freud por un lado y cólera y vanidad de Woolf por otro, ambos en posición de analistas de su propio inconsciente. Ambos en un esfuerzo común en ir más allá del rechazo espontáneo que genera el efecto de división subjetiva, esa escisión necesaria para la aparición del inconsciente, del deseo y su interpretación.

 

III.

Escher Snakes detalle
Snakes (detalle) Maurits Cornelis Escher- Grabado, 1969, 49.8×44.7 cm

Todos somos potencialmente analistas, por haber nacido seres hablantes, somos potencialmente analistas de nuestro propio inconsciente. La experiencia de un análisis, la experiencia de creer en el inconsciente, de ser efecto de él, de atravesarlo por un psicoanálisis, no es algo posible sólo para una minoría o determinado sector geopolítico, no es algo que sólo la élite intelectual podría llegar a alcanzar.

La posición analítica no es cuestión de economía monetaria o poder mediático, es una posición ética, subversiva siempre a todo poder que atente contra ella. Un psicoanalista es entonces alguien que se anima a ocupar ese lugar siempre éxtimo, ese discurso poético, esa ética de no retroceso frente al propio horror. Un psicoanalista es alguien que se deja morder por la propia serpiente negra.


[1] Jaques-Alain Miller, Sutilezas analíticas, Paidós, página 48.

[2] Virginia Woolf, Un cuarto propio, Austral, página 49.

[3]  Jaques-Alain Miller, Sutilezas analíticas, Paidós, página 49.


Presentado el 26/11/2022 en la actividad introductoria al curso 2023 ¿Qué hace un psicoanalista?


¿Qué hace un psicoanalista?

Sebastián A. Digirónimo

 

La pregunta que nos convoca es qué hace un psicoanalista. Vamos a partir por la respuesta más sencilla para descubrir, en seguida, que en este campo es necesario todo el tiempo un esfuerzo de precisión que no ocurre jamás espontáneamente porque lo que nos mueve como seres hablantes es el no-querer-saber. Lacan definió alguna vez al psicoanalista como aquel de quien se espera un psicoanálisis. Al mismo tiempo que desplaza la pregunta a qué es un psicoanálisis, dice mucho más de lo que parece incluso desde el punto de vista de lo que Freud llamaba economía libidinal. Vamos a intentar, para iniciar un movimiento de precisión, una respuesta similar: ¿qué hace un psicoanalista? Psicoanaliza. Desplazamos la pregunta a qué es psicoanalizar. Y aquí tenemos que diseccionar la respuesta en muchas unidades formadas por distintos puntos de vista complementarios considerados uno por uno y, al mismo tiempo, todos a la vez. Voy a elegir unos pocos, de complejidad creciente, sin desarrollarlos en profundidad para incitar el debate posterior, en el cual está el espíritu de la lógica del tres contra uno en la que se funda este encuentro y que constituye una forma de trabajo que sostenemos en pos del esfuerzo de precisión.
Señalemos, entonces, doce puntos tomados desde distintos ángulos, enlazados y de complejidad creciente.
Primero: ¿qué hace un psicoanalista? Le responde al “decir cualquier cosa sin censurar” de la regla fundamental que debe comunicársele al futuro analizante con un “no decir nada”. Y, entonces, vamos con el primer esfuerzo de precisión: ese “decir cualquier cosa sin censurar” suele formularse como un “decirlo todo”, incurriendo así en una imprecisión lógica porque ese “todo” debería entenderse siempre entre comillas ya que el decir está agujereado por estructura pese a la ilusión de la neurosis, pero la imprecisión fundamental, la que genera los mayores problemas, queda del lado del practicante y su “no decir nada”. Porque suele entendérselo como un silencio forzado en la realidad: no hablar, no decir nada literalmente quedándose mudo desde el primer momento al último de cada sesión. Pero ese “no decir nada” quiere decir, en realidad, no poner sentido. No interferir con el sentido propio en el decir del futuro analizante. Y nos sirve un ejemplo práctico de esto que tomamos de pasada: una paciente dice, ante una práctica médica a la cual debía someterse, que tiene miedo de morir desangrada. La psicóloga de turno, sin interrogar ello en la menor medida, responde, comprendiéndolo todo –que es lo que no hay que hacer– “eso es porque esta práctica antes estaba prohibida y, por lo tanto, era clandestina”. En este ejemplo se ve la contracara exacta de ese “no decir nada” que no implica la mudez sino la no comprensión.
Segundo, y en consonancia con ello, cambiando muy poquito el ángulo del punto de vista: ¿qué hace un psicoanalista? Se abstiene. Pero hay que precisar dos cosas: ¿de qué y cuándo? De su fantasma y su goce y en el acto psicoanalítico que, agreguemos, espontáneamente siempre horroriza porque necesariamente siempre nos sobrepasa.
Esto nos lleva, en su lógica, al tercer punto. ¿Qué hace un psicoanalista? Lleva, antes, en términos lógicos y no cronológicos, su propio análisis hasta las últimas consecuencias (también lógicas). Formulemos así: ¿qué hace un psicoanalista? Se desprende, en varias de las acepciones del término, de la posición analizante.
Cuarto: ¿qué hace un psicoanalista? No responde a la demanda.
Quinto: ¿qué hace un psicoanalista? Mantiene, desde el primer momento, el rumbo fijo hacia el horizonte que implica el final de un análisis. La noción de firmeza es imprescindible para entender la metáfora.
Sexto: ¿qué hace un psicoanalista? No descree en ningún momento del inconsciente como saber ni pierde jamás la certidumbre de que todo ser hablante es un ser sintomático atravesado en la carne por el significante. Todo ser hablante es sujeto deseante y sustancia gozante.
Y aquí se nos complican las cosas, porque hasta aquí podría pensarse que un psicoanalista atiende pacientes. Séptimo: ¿qué hace un psicoanalista? No necesariamente recibe pacientes. Un psicoanálisis no se reduce a una praxis terapéutica y, en forma complementaria, no es un juego teórico-académico-intelectual.
Octavo: ¿qué hace un psicoanalista? Atraviesa una experiencia que puede transmitirse y, fundamentalmente, contagiarse. Sostiene, por lo tanto, en acto, el coraje de la experiencia que lucha contra el no-querer-saber espontáneo del ser hablante. De allí el “atrévete a saber” que se instaura como divisa posible de esa experiencia.
Noveno. Y aquí se complican más las cosas en términos de los que tratan de entender con apresuramiento. ¿Qué hace un psicoanalista? Se atreve a soportar que el psicoanalista no existe, como la mujer. No hay ser del psicoanalista, es decir, esencia o universal. Sí hay, sin embargo, deseo del analista con sus coordenadas lógicas universalizables. Por eso ni el “todo vale” que quieren algunos (y que desplazaría el psicoanálisis en estafa) ni el ideal universal cientificista que quieren otros (y que haría que el psicoanálisis renegara de su propio origen renegando del concepto de verdad que la histeria le enseñó a Freud porque Freud se dejó enseñar. Digamos de pasada que el psicoanálisis va de la verdad al saber y ninguno de los dos términos puede ser entendido sin un esfuerzo de precisión).
Décimo. ¿Qué hace un psicoanalista? Se autoriza en sí mismo evitando, además, el cinismo canalla en el cual cae el neurótico desengañado.
Decimoprimero. ¿Qué hace un psicoanalista? Renuncia a la infatuación narcisista.
Decimosegundo. ¿Qué hace un psicoanalista? Contribuye, demostrando lógicamente su propio análisis, es decir, demostrando cómo aquello de lo que goza ya no interfiere con lo que escucha, a la pregunta siguiente: ¿qué es un psicoanalista?


Presentado el 26/11/2022 en la actividad introductoria al curso 2023 ¿Qué hace un psicoanalista?

La présence pure Welder Wings
La présence pure, Welder Wings

Enunciaciones

La pregunta por la transmisión o la enseñanza de la práctica del psicoanálisis está viva y sigue resultando fértil para no adormecernos en lo ya-sabido. ¿Cómo enseñar lo que no se puede sistematizar, asir, saber anticipadamente? ¿Cómo enseñar a no aplicar una teoría? ¿Cómo enseñar a no estar prevenidos en la transferencia? ¿Cómo enseñar a disponerse al hallazgo, a la sorpresa? ¿Cómo enseñar la atención flotante? ¿Cómo enseñar a leer? Hay, en la transmisión del psicoanálisis, un imposible. La experiencia acerca de la práctica del psicoanálisis no depende de la cantidad de pacientes que se atienden, ni de los años que transcurrieron en el oficio. Tampoco de la edad cronológica del practicante. No se trata de acumular horas de vuelo.  Los que creen que se trata de eso son los mismos que suelen estar en piloto automático. La experiencia analítica no deja de ser novedosa cada vez, ya que el inconsciente es, él mismo, lo que no ocurrió antes, la sorpresa y la novedad.

Considero que esa experiencia se obtiene, sobre todo, atravesando la experiencia del análisis. Y no porque ahí uno aprenda, sino porque ahí es donde se horada esa roca insoportable llamada inhibición. Porque el análisis es el lugar -aunque no el único- en donde se trata de sacar la piedra del camino, esa piedra que nos impide movernos. Y la inhibición que cae gracias al análisis abre la posibilidad de leer más allá de la fascinación por el saber del otro, esa fascinación que impide cualquier acto de lectura. La inhibición que cae gracias al análisis sacude entonces la parálisis -una de sus formas-, pero también sacude el espejo -otra de ellas-. Y entonces ya no hace falta imitar a otros, hacer como si, pretender, aparentar o ser psicoanalista -“hagan como yo, no me imiten”, decía Lacan ya advertido de sus imitadores-. Una vez atravesado el espejo -que no se atraviesa de una vez y para siempre-, ya no se necesita la ortopedia de la impostura de ser. Ya se puede andar sin la evitación aparatosa del tropiezo. En todo caso, habrá que ver qué se hace con los tropiezos, pero de ningún modo pretender que no existan.

Lacan dijo que la transmisión del psicoanálisis se sostiene en “un estilo”. Y un estilo no se elige, está hecho de marcas inconscientes, se trama más en la enunciación que en los enunciados. Un estilo es entonces lo opuesto a una imitación, a una copia; un estilo no puede copiarse. Imitar a otros, copiarlos, incluso tragárselos, no es sino un artificio ortopédico que remeda una inhibición que es puro impedimento.

Mientras fui estudiante en la facultad padecí, como muchos otros, ciertas posiciones: las de aquellos que, en materias psicoanalíticas, se presentaban ante el auditorio como psicoanalistas que lo sabían todo, que nunca trastabillaban, que nunca dudaban. No me refiero a los contenidos de los programas, a las clases que debían dar, sino a su relación respecto de esos contenidos, de esos saberes y, sobre todo, de la práctica clínica. Hemos escuchado intervenciones que maravillaban al auditorio, “curas exitosas”, casos complejos “manejados” sin ningún obstáculo, etc. Esos modos de presentación, lejos de transmitir algún saber, producían muchas veces, en los que pretendían aprender algo, bastante inhibición. Una inhibición que se expresaba a veces como parálisis, otras como acción. Porque existe la inhibición disfrazada de acción: la acción de imitar -y entonces el ámbito psi está plagado de personas que hablan igual, que adoptan los gestos de aquellos a los que “admiran”-. Los imitan en espejo, copian sus modos de hablar, de dar clase, de “analizar”. Por supuesto que este fenómeno puede pasar y pasa en muchos ámbitos, pero el ámbito del psicoanálisis acaso lleve esta particularidad: un analista deviene de su propio análisis, no nace psicoanalista. Parafraseando a Hebe Uhart cuando se refirió a los escritores: “no se nace psicoanalista, se nace bebé”. La formación del analista se extrae, sobre todo, del propio análisis. La experiencia del análisis es una experiencia de lectura y leer es lo opuesto a fascinarse con el saber del otro -y con el propio-. Sin análisis no hay analista, aunque el analista no está garantizado nunca. Por eso no hay un ser psicoanalista. Habrá, o no, acto analítico y eso nunca puede saberse de antemano, ni es el psicoanalista el que dará cuenta de ello. Pienso entonces en las distintas enunciaciones dentro del psicoanálisis y advierto que son muy pocas las que no se sostienen en el espejo que les devuelve la imagen de psicoanalista ideal. Hay muy pocos que, al tomar la palabra, evidencian que no necesitan aferrarse al poder que viene adosado al saber y a la imagen de ser. Son muy pocos los que pueden dar testimonio de lo que el psicoanálisis hizo en ellos. Es decir: son muy pocos los que, al tomar la palabra, lo hacen del único modo en que considero que se puede decir algo: en tanto que analizantes. Hay muchas personas que enseñan la barradura del sujeto, la castración, el Otro que no existe, mientras se sostienen férreamente en la pretensión de que esa barradura no se les note a ellos. Estar dispuestos a caer de los lugares de saber, de los lugares de ser, abre el juego y deja entrar, no solo aire fresco, sino también deja entrar a otros en el juego. Empezando por Freud, que inventó el psicoanálisis con materiales propios y no temió perder legitimidad por ponerse en juego, por escribir y analizar sus sueños, sus angustias y los demonios que lo atravesaban, pasando por Lacan que explicitó -como si hubiera hecho falta- que hablaba desde el lugar de analizante, los analistas que más me han enseñado son aquellos que no pretenden, son aquellos que están dispuestos a dar cuenta de las consecuencias del análisis. Hablen o no de sus análisis, en su enunciación se transmite ese hiato gracias al cual pasan cosas. Y lo que pasa es la posibilidad de un “saber leer». Lejos de enseñarnos qué leer, estos analistas nos enseñan de qué se trata leer. No se trata de lo que dicen, del contenido, sino de la posición desde la que toman la palabra. Y no la eligen o no la eligen voluntariamente: eso pasa o no, y si pasa, es porque ahí pasó el psicoanálisis.

Pienso en estas cosas cuando leo el final de El sujeto según Lacan, de Guy Le Gaufey, donde el autor relata un recuerdo de su infancia en relación a la lectura para dar cuenta de su interés por el sujeto del psicoanálisis; pienso en estas cosas cuando leo La erótica del duelo en tiempos de la muerte seca, de Jean Allouch, escrito con la muerte de su hija y las pesadillas que tuvo; pienso en José Luis Juresa cuando escribió Hallazgo de analista. Y pienso en Gérard Haddad que escribió El día que Lacan me adoptó, el relato de su análisis. Y pienso en algunos otros que no escribieron pero me transmitieron esto mismo. No estoy diciendo que las personas que se dedican a la transmisión del psicoanálisis estén obligadas a escribir sus experiencias. Digo que me llama la atención la cantidad de personas que se llenan la boca hablando de división, escisión, barradura, castración y que pretendan que todo eso no los atraviese en absoluto. Y sí, eso también pasa en otras disciplinas, pero en el psicoanálisis no hay distinción entre teoría y práctica, porque se trata, más bien, de una praxis. Me pregunto entonces por la enunciación, por el modo en que se toma la palabra, por el miedo que muestran algunos a exponerse en sus fallas, en sus fragilidades, en sus tropiezos. No digo que estén obligados a hacerlo, digo que me llama la atención ese constante disimulo, esas constantes imposturas. Y entonces pienso también en Anne Dufourmantelle que, con su obra, ha sabido darle lugar al otro, ahí donde su escritura, como la de los otros que mencioné, conlleva su propio riesgo. Nicolás Freibrun escribió acerca de la psicoanalista francesa y dijo: “Si su trabajo habla de uno mismo, es a condición de interrogar qué significa y quién sería, hoy, uno-mismo. Su escritura está hecha de un conjunto de registros orales que salta el espejo narcisista para adentrarse en las condiciones inmediatas del mundo: aquellas que constituyen el lazo siempre frágil con los otros”. Para seguir pensando la práctica del psicoanálisis no hace falta hablar de los pacientes -eso es un espectáculo que no enseña nada a nadie-. El psicoanálisis que me interesa es aquél que se hace y se trama con lo que no anda. Las personas que más me enseñaron y que me siguen enseñando son aquellas que no están preocupadas por las apariencias, son aquellas que no repelen los agujeros. Dejar de babearme por el saber del otro, eso también se lo debo a mis análisis.


Fuente: elDiarioAR 


Fajar P. Domingo. Lonely crow
Fajar P. Domingo. Lonely crow, 2014