La «solución Lacan»

Jacques-Alain Miller

Hay que decir que el retorno a Freud, como se expresaba Lacan, era más bien hacerle una buena treta a Freud. La buena treta es que la solución Lacan no pasó en absoluto por los caminos de Freud. Pareció que pasaba por los mismo, pues Lacan creó una Escuela. Nos dijimos ¡Bravo, es un lugar! ¡Por fin un lugar de clasificación! Es un lugar donde manejaremos el sello, la estampilla, y podremos recomenzar para mejorar la operación que había fallado luego de Freud. Pero hete aquí que esa no era en absoluto la solución Lacan, y la prueba es que él llegó a la disolución de esa Escuela, la suya, la única que fuera suya. Su decir sostenía a esta Escuela, la perforaba. Y antes de que la Escuela del decir se volviera una Escuela de los dichos, en la que todos pudieran estar juntos, la hace volar en mil pedazos.
La conclusión que extraigo de esto y de algunos otros datos es que la solución Lacan no pasa por el lugar freudiano, no pasa por el lugar concebido en forma freudiana. La solución Lacan, la que él practicó e indicó, pasaba por hacer existir el psicoanálisis. Esto es algo totalmente diferente de guarecerse en un lugar.
¿Qué implica? Hacer existir el psicoanálisis de otra manera que por la historia, pues eso no es más que hacerlo existir por la tradición. ¡Tradición, traición! Para Lacan, hacer existir el psicoanálisis era claramente hacerlo existir por medio de la lógica, no de la historia, hacerlo existir por medio de su necesario y su imposible, y también alojar su posible y su contingente. Pero demos aquí a lo necesario el primer lugar. El filo de la enseñanza de Lacan consiste no obstante en plantear que el psicoanálisis conduce a algún lado, que, si comienza como es debido, también puede terminar como es debido, y que hay allí una determinación que pertenece a la esencia del psicoanálisis, una determinación esencial de la experiencia analítica. Es algo totalmente distinto de tomar nuestra taza de té con quien corresponda, pasearnos, saber que nos relacionamos con alguien que se relacionó con alguien, etc., hasta llegar a Freud.
En el psicoanálisis siempre se ocuparon mucho de las filiaciones, de hacerlo existir por medio de la tradición y de la filiación. A Lacan le interesó hacerlo ex-sistir mediante lo que por ahora llamo su lógica, por su necesario; despejar su esencia, pues aquí la ex-sistencia del análisis depende de su esencia.
Para él era muy poco el infinito freudiano, ese infinito que afectaría a la experiencia psicoanalítica, o la idea de que habría que retornar periódicamente a esa experiencia. Es una diferencia absolutamente esencial, que depende de la elección de Lacan. El infinito en Lacan existe, sí, pero es el infinito analizante. Y este infinito analizante tiene el nombre de enseñanza del psicoanálisis. Se basa en el lazo que él establece entre el psicoanálisis puro y la enseñanza del psicoanálisis. Para decirlo con mucha precisión, los remito a la página 228 de los Escritos, donde evoca, en modo imperativo, «la restauración del estatuto idéntico del psicoanálisis didáctico y de la enseñanza del psicoanálisis, en la abertura científica de ambos», fórmula de la que podemos decir que aún es ingenua, pero que muestra la dirección que tomó Lacan. Digo ingenua porque ella todavía habla de psicoanálisis didáctico, una expresión que Lacan abandonará porque implicaría que el psicoanálisis se aprende. Si eso fuera posible, sus operadores no necesitarían pasar por un análisis. De hecho, esta frase, esta ecuación formulada entre el psicoanálisis didáctico y la enseñanza del psicoanálisis significa exactamente lo mismo que decir que el psicoanálisis es intransmisible. El psicoanálisis no pasa como por un tubo. Tiene medios de transmisión, pero no pasa así. La prueba es que ustedes mismos deben pasar por él como una carta. No es que el muchacho vaya a depositar su pequeña misiva para que enseguida eso siga su curso, es él mismo quien se desliza allí dentro, como una carta; el sujeto es lo que se transmite y se transforma en esa transmisión, al menos para saber leer la carta que él es.
Podemos incluso hacer de ello una bella historia. Además es mucho mejor que esta historia sea buena antes que bella -es la tesis de Lacan. Es lo que denominó pase: cuando podemos contar la carta que somos, o que fuimos, como una buena historia. Y felizmente escuchamos buenas historias de este tipo. Si no las hubiera, nos preguntaríamos qué hacemos. Felizmente hay buenas historias, que nos cuentan quienes son invitados a hacerlo por haber cumplido un procedimiento -el pase- pero noten que esto nada dice aún acerca de lo que el sujeto de esta buena historia hará, a su turno, en el psicoanálisis. Por otra parte, a menudo se mantiene allí una distancia, un hiato, incluso podría decirse un hiatus irrationalis.


Jacques-Alain Miller: El lugar y el lazo, Paidós, Buenos Aires, 2013, página 19.


UN POEMA DE JACQUES LACAN

Hiatus irrationalis (1929)

Choses que coule en vous la sueur ou la sève,
Formes, que vous naissiez de la forge ou du sang,
Votre torrent n’est pas plus dense que mon rêve,
Et si je ne vous bats d’un désir incessant,

Je traverse votre eau, je tombe vers la grève
Où m’attire le poids de mon démon pensant;
Seul il heurte au sol dur sur quoi l’être s’élève,
Le mal aveugle et sourd, le dieu privé de sens.

Mais, sitôt que tout verbe a péri dans ma gorge,
Choses qui jaillissez du sang ou de la forge,
Nature –, je me perds au flux d’un élément :

Celui qui couve en moi, le même vous soulève,
Formes que coule en vous la sueur ou la sève,
C’est le feu qui me fait votre immortel amant.


Cosas, ya fluya en vosotras el sudor o la savia,
Formas, ya nazcáis de la fragua o de la sangre,
Vuestro torrente no es más denso que mi sueño;
y, cuando no os golpeo con un deseo incesante,

Atravieso vuestra agua, caigo hacia la arena
Donde me arroja el peso de mi demonio pensante.
Sólo, choca contra el duro suelo donde se eleva el ser
Al mal ciego y sordo, hacia el dios privado de sentido.

Pero, al perecer todo verbo en mi garganta,
Cosas, ya nazcáis de la sangre o de la fragua,
Naturaleza, -me pierdo en el flujo de un elemento:

Aquel que arde en mí, el mismo que os subleva,
Formas, ya fluya en vosotras el sudor o la savia,
El fuego me hace vuestro inmortal amante.¹

(Versión de Oscar Masotta)
¹ Publicado en la sección “Fronteras”, de la Revista El Caldero de la Escuela, N°51, mayo 1997


Diogenes buscando a un hombre
Diógenes buscando a un hombre, Castiglione, Giovanni Benedetto 1645 – 1655. Óleo sobre lienzo, 97 x 145 cm. Museo del Prado

 

El psicoanalista: del deseo al goce

Mercedes Ávila


Andrew Wyeth - Christina’s World2
Andrew Wyeth – Christina’s World- 1948

En 1977 Lacan dijo: “queda el interrogante de lo que puede empujar a alguien, sobre todo después de un análisis, a hystorizarse por sí mismo.”[1]

En el momento en que un parlêtre accede a devenir en analizante brota cierta posibilidad de querer saber sobre cómo está implicado en aquello que le ocurre. Consiente, en parte inadvertidamente, en devenir analista, que es también analista de sí mismo. Ése es el comienzo, ése es el germen. Todo el análisis consiste en hacer germinar esa semilla.

Podemos pensar, entonces, que el deseo del psicoanalista es un deseo que nace en el consentimiento del acto analítico de la entrada de un análisis. Es importante entender que al hablar del psicoanalista no estamos hablando de una profesión, ni de alguien que escucha personas, sino de una posición advertida frente al goce y a lo único del goce propio. Un analista es, como señaló Miller, siempre analizante[2]. Se olvida todo el tiempo que no se puede establecer de antemano el alcance de un análisis. La más tajante y radical subversión de Lacan es la más difícil de soportar: no hay análisis didáctico, es decir, no hay nada especial en el lugar del psicoanalista más que el consentimiento del analizante llevado hasta sus últimas consecuencias.

Entonces, el psicoanálisis, tal como lo propone Lacan, no se trata de un grado, una jerarquía o una adquisición de conocimiento, sino que se trata de una disciplina que aspira a cambiar la relación del ser humano con su goce, apunta a descubrir lo inclasificable del goce propio. Un goce advertido de lo inconmensurable del goce, es decir, que se sabe único. Por ello, desde allí, se sabe que el otro goza distinto, y entonces en el encuentro con el otro no está el ruido de fondo del propio goce. El camino analizante es aprender a escucharse para por fin poder escuchar al otro sin la interferencia de lo propio. Y allí el psicoanalista.

El deseo del analista se trata de un querer-saber distinto al saber[3], que se opone al no-querer-saber estructural de todo ser humano.

Aquel que inicie un análisis no puede establecer de antemano el alcance que tendrá el mismo, y será cuestionado en sus deseos. Si persiste, llegará hasta tocar su forma de goce, y si ese nuevo deseo lo impulsa hasta el final, la conclusión a la que arribará es la demostración lógica de su propio análisis por medio del pase. Es así que el pase no tiene únicamente importancia como dispositivo dentro de la Escuela, sino que es también una herramienta de demostración lógica y válida que un propio analizante puede usar para dar por terminado su propio análisis. Desde esta perspectiva, un verdadero final de análisis implica necesariamente el pase, porque sólo en el pase se pone en juego la demostración lógica de ese final. Sin el paso del pase no hay conclusión lógica.

Pero hay más. El deseo del analista, llevado hasta el final en el análisis, comporta un nuevo goce[4]. En su acto, el analista es vacío, no goza. Pero fuera, en su vida, sí. Ése goce, tocado por el propio análisis y que puede llevar a la práctica del psicoanálisis, tiene incidencias. Se escucha en los testimonios de pase, abre la práctica, la saca de los estándares, le aplica el sello de la singularidad. Alguien que inicia un análisis al final ya no es alguien sino Uno.

Frente a la pregunta del inicio, entonces, ¿qué empujaría a alguien a querer hystorizar?, que no es otra que: ¿por qué alguien querría ser psicoanalista?, la mejor respuesta es, por supuesto, ¿por qué no? Y es que está mal formulada porque se trata de pasar del alguien al Uno.

De la pregunta de Lacan al principio podríamos llegar a estas otras de Miller, para hacerlas resonar: «¡Qué frágil es el psicoanálisis! ¡Qué delicado! ¡Y qué amenazado está siempre! ¡Sólo se sostiene por el deseo del analista de dar lugar a lo singular del Uno…»[5]


[1] Jacques Lacan (1977): “Prefacio a la edición inglesa del Seminario 11”, en Otros Escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, página 600.

[2] Jacques-Alain Miller: Sutilezas analíticas, Paidós, Buenos Aires, 2011, página 33.

[3] Margarita Álvarez Villanueva(2015): “El deseo del analista un recorrido conceptual” en www.elblogdemargaritaalvarez.com

[4] AA.VV:“El pase, actualidad del pase”, en El orden simbólico en el siglo XXI, Grama, Buenos Aires, 2012, página 312.

[5] Jacques-Alain Miller: Sutilezas analíticas, Paidós, Buenos Aires, 2011, página 36.


Trabajo presentado en las XXV Jornadas Nacionales de Carteles de la EOL, 2016.

En el nombre del padre, entrevista a Judith Miller

por Pablo Zunino

Hija de Jacques Lacan, el gran renovador del psicoanálisis, y esposa del polémico Jacques-Alain Miller, la presidenta de la Fundación del Campo Freudiano jamás se tendió en un diván como paciente ni tampoco ejerció la clínica, pero lidera una de las escuelas psicoanalíticas más importantes del mundo


Tiene bellísimos ojos claros, rasgos afilados y pómulos altos, la sonrisa siempre a flor de labios y un encanto cuyo mayor atractivo radica en esa austeridad de los verdaderos portes imperiales. Nació bajo el nombre de Judith durante la Segunda Guerra y ya va por el tercer apellido. El autor Georges Bataille le dio el primero. Sabía que su mujer, la actriz Sylvia Maklés, estaba en amoríos con Jacques Lacan, un antes y un después en la historia del psicoanálisis, y que éste era el verdadero padre de la niña. Pero como todavía no habían firmado el divorcio, para la ley francesa el apellido del escritor era la única salida posible para inscribirla en el registro civil. Luego, sí, fue por fin Judith Lacan hasta que, al casarse, se convirtió en Judith Miller. Bajo ese nombre, esta doctora en filosofía preside la Fundación del Campo Freudiano. Vino a Buenos Aires para encabezar las concurridísimas sesiones del XI Encuentro Internacional del Campo Freudiano (el tema central fue «La sesión analítica») y las del II Congreso de la Asociación Mundial del Psicoanálisis.

-¿Qué se imaginaba del trabajo de su padre cuando era pequeña?

-Era terrible cada vez que tenía que llenar papeles de la escuela. En francés, «psychanalyste» lleva dos «y», y es muy difícil de escribir (risas). Era una niña que veía llegar al consultorio gente que sufría. Y recuerdo cambios en los pacientes: poco a poco no los podía reconocer. He visto cambios en dirección a un lugar donde la vida parecía posible para gente que estaba completamente trabada en la dificultad de vivir.

 

-Editó un libro de fotos para contar la vida de su padre. ¿Por qué no un texto?

-Porque pienso que cada cual hace las cosas a partir de sus propias capacidades. Tenía el privilegio de tener muchas fotos de mi padre. No tenía ni tengo con qué hablar mejor que los otros que hablan de su obra, o mejor dicho (se corrige), que algunos de los otros.

-¿Algunos?

-Sí, porque hay algunos que hablan de afuera. Hay muchos textos que son completamente falsos, o sin interés, o un poco parásitos.

-¿Se refiere, por ejemplo, a la biografía que escribió Elizabeth Roudinesco?

-No, porque no habla de la obra, habla del hombre.

-Hubo calificados lectores que la interpretaron como una historia no oficial muy útil para asomarse de otro modo a la obra de Lacan.

-No habla de la obra, habla del hombre.

-En Imágenes de mi padre no aparecen tomas que retraten a sus medio hermanos Thibaut y Sybille, hijos del primer matrimonio de Lacan.

-Fue decisión de ellos y la respeté.

Por testamento de Jacques Lacan, Judith fue nombrada heredera casi absoluta, y eso provocó duros enfrentamientos en la familia. Además, Sybille, una de las hijas desheredadas, escribió su propio libro acerca de su padre. Una relación complicada y dolorosa, según se desliza en ese relato. Al respecto, Judith Miller aclara: «Ese tampoco es un texto sobre la obra de mi padre. Es sobre su padre, que era también mi padre. No hablamos del mismo hombre».

En el libro editado por Judith, tres fotos muestran al padre y a la hija en Estocolmo, en 1963, durante el agitado congreso de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA) en el que se cocinó la expulsión de Lacan, por presuntas transgresiones a las reglas del psicoanálisis «ortodoxo». En el epígrafe dice: «Me sentía como un balón de oxígeno».

-Lo llevé en auto desde Nápoles hasta allí. Un viaje muy largo. Entendí mucho después lo que estaba pasando. Cuando mi padre volvía del congreso, caminábamos por la ciudad y después cenábamos. Era conmigo con quien él podía no pensar en las cosas sórdidas que ocurrían dentro del ámbito psicoanalítico. Yo era su oxígeno.

-Después de la muerte de Lacan, usted quedó como presidenta de la Fundación del Campo Freudiano. ¿Alguna vez participó en negociaciones sórdidas?

-Nunca. Tuve la suerte de ubicarme en la historia del psicoanálisis directamente como presidenta del Campo. En Estocolmo empezaba la separación definitiva entre Lacan y la IPA. Él pensaba que ya no tenía nada más que hacer allí, y cortar la relación lo alivió. A partir de ese momento trabajó con los suyos.

-También a Lacan lo abandonaron discípulos y colegas. Y, después de su muerte, la corriente lacaniana se fragmentó.

-Fue entonces cuando la IPA pensó que el movimiento lacaniano iba a morirse con él. Yo y algunos otros hemos tomado la responsabilidad (que se nos imponía) de impedir ese entierro.


Fieles y herejes

Desde que Freud fundó la Sociedad Psicoanalítica de Viena hasta el presente transcurrió un agitado siglo de historia del movimiento psicoanalítico. Hoy prima la diversidad, con distintos modelos institucionales que le permitieron, pese a todo, su supervivencia, en un momento caracterizado, además, por una fuerte disputa entre el psicoanálisis y otros saberes, otras prácticas «psi», en el terreno terapéutico.

-Freud hizo lo que pudo con la institución. Con Lacan, en 1964, se operó un corte histórico, porque él reflexionó sobre el peligro que representa la institución psicoanalítica para el psicoanálisis. Su preocupación por abrirle a éste un porvenir no fue ni es compartida por todos. Hay muchos analistas que viven muy bien sin preocuparse por el futuro. Muchos alumnos abandonaron a Lacan porque pedía demasiado. Profesionales bien instalados, con clientela y reputación, se pusieron ferozmente en su contra cuando él les dijo que los que pueden enseñar algo son aquellos que acaban de concluir su propio tratamiento y que van a empezar a trabajar como analistas. Los alumnos experimentados rechazaron esa idea un poco loca. ¿Cómo un jovencito podía saber más que un veterano?

-Cuando murió Freud, su hija Anna tomó las riendas del psicoanálisis, para evitar las desviaciones. Sé que la comparación no le gusta pero…

-Por supuesto, porque también soy la hija de otro gran psicoanalista. Ella hacía sus elecciones en nombre del padre, pero en contra de la obra de él. Ahora no estoy amenazada por esa imagen, pero es verdad que he rechazado implicarme en la experiencia analítica como analista.

¿Interviene en discusiones sobre casos clínicos? ¿Desde qué punto de vista lo hace, si no tiene experiencia ni en el sillón ni en el diván?

-Hemos retomado la reconquista del corpus freudiano en los países del Este. Allí, el psicoanálisis es una novedad completa. Empezamos en el momento de la Perestroika y fue un éxito. Después no hicimos nada hasta el 98, cuando pensé que no teníamos que olvidar el porvenir en esos países. Este momento de mundialización implica que el psicoanálisis está en el mundo entero. Creo que las conferencias en la universidad no son la mejor vía para dejar huellas. Eso sólo no surte ningún efecto en países donde existen el gestaltismo, el conductismo y toda la panoplia de las psicologías. Nos pareció, más bien, que el camino era trabajar con los clínicos en sus dificultades concretas. Fue así como me vi llamada a hablar de clínica cuando no soy clínica y no tendría que hablar de clínica. Empecé a discutir sobre casos hace uno o dos años a lo sumo. Puede ocurrir que tome la palabra en una reunión, pero nunca lo hago sin haber discutido previamente con un analista acerca del caso.

Su marido, Jacques-Alain Miller, es el curador de los textos de Lacan, tiene práctica como analista desde hace más de veinte años y es un teórico de extensa producción. A lo largo de su trayectoria, cosechó adhesiones fervorosas (en el congreso realizado en Buenos Aires participaron casi 1200 profesionales) y críticas durísimas de otros seguidores de Lacan. Según ellos, la lectura del yerno se autoerigió como la única posible con respecto a la obra del suegro. Entre las muchas actividades que desarrolló aquí, dio una conferencia por invitación de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires, institución que forma parte de la IPA, la misma que expulsó a Lacan. Hace quince años, por poner una fecha, ese encuentro habría sido impensable.

-En ese momento, a mediados de los 80, el Campo Freudiano tenía ocho años de existencia. Ya había muchos lectores de la obra de Lacan en la Argentina, pero los grupos no estaban constituidos en escuelas.

-No es así. Ya existía la Escuela Freudiana de Buenos Aires, entre unas cuantas más.

-Pero estaba fuera del Campo Freudiano. Pienso que Miller puede aceptar hoy esa invitación porque existe la Asociación Mundial del Psicoanálisis, con diversas escuelas en Europa, Latinoamérica y Francia, entre otros lugares. Hoy hay otra posibilidad de debatir con la IPA.

-Comparte tareas con su marido. Se dice que las personas que trabajan en empresas familiares suelen padecer cierto malestar. ¿A usted le pasa algo de eso?

-En chiste, en nuestra pareja decimos que tenemos que venir a Buenos Aires para hablar juntos sobre psicoanálisis. Miller es un analista con un trabajo propio muy importante. Está muy ocupado en París. Salvo en situaciones excepcionales, al final de día no hablamos demasiado del tema. Además, no tengo la impresión de participar en una empresa familiar.

(2000)


Fuente: La Nación


 

Rio de janeiro, 07/06/2011. Judith Miller Foto: Guillermo Giansanti

«Pero más adelante, ¿cuándo era?»

Pierre ReyPierre Rey

Más avanzaba, y mayor percepción tenía de esos «algos» por plasmar. Para devolver en parte lo que había recibido del análisis, me prometía escribir más adelante lo que me había enseñado acerca de materias que yo había buscado en vano que me fueran enseñadas durante el tiempo en que erraba (según el tan conocido aforismo «los no-incautos yerran».)
Pero más adelante, ¿cuándo era?
Empecé la escritura de este libro hace más de diez años. En su redacción actual, había escrito los dos primeros capítulos. Hay que creer que en esa época yo no podía aportar más. ¿Acaso las cosas debían madurar más? No lo sé. Lo que persiste es que después de esas veinte o treinta páginas abandoné mi trabajo para pasar a ese extenso período de nada al que me referí más arriba.
En el momento en que escribo estas líneas, nueve años más tarde, me doy cuenta hasta qué punto, sin darme cuenta, reviví, mientras procuraba limpiar los síntomas que tenía atragantados, los síntomas de angustia y regresión que había conocido durante el desarrollo de mi análisis. Aderezados con un fenómeno psicosomático novedoso para mí.
En estos últimos días, tan cerca de la meta —dar término a estas últimas páginas— una bola me obstruyó la garganta. Con «bola» intento describir una sensación afín a la úlcera, a un peso sobre el pecho, a un ahogo acompañado de un dolor preciso en un lugar impreciso, en la zona del plexo: ¿y cómo podría no saltar a los ojos, a propósito de plexus, la etimología en común con complejo, no mencionada en los diccionarios especializados?
Atribuí esa señal al cansancio: había escrito demasiado, me había entregado en demasía a la escritura. Sin embargo, en sí, escribir no es nada. La dificultad consiste en alcanzar ese estado de receptividad en que las palabras se encadenan con tanta velocidad que a uno le cuesta transcribirlas: eso se llama estado de gracia. El percherón se vuelve un pura sangre, las frases llegan con tanta felicidad, como hechas de antemano con su forma definitiva, que no hay necesidad alguna de releerlas para saber que no se las podría haber escrito de otro modo. A veces esa gracia se ausenta. Entonces nada es posible. Pese a los días y noches de concentración, ninguna palabra toma la posta de lo que se dijo y lo que queda por decir; en ese preciso punto de silencio yace el bloqueo. Una vez más, hay que ganarse la gracia, buscar el fuego, atizar las brazas hasta conseguir el equivalente de ese punto de fusión en que se transforma la materia, sube la llama y finalmente se  produce ese cambio de estado, de estado de gracia.
De hecho lo que estaba en juego en esa bola que me irritaba el plexo y la garganta era el acto de escritura en sí y, metafóricamente, por medio del final que implicaba, el temor inconsciente de llegar a término, de revivir como una muerte la conclusión de mi análisis, y la muerte de mi padre, y la muerte del Gordo, y la muerte de Lacan.
Apenas lo hube verbalizado, instantáneamente, todos los síntomas somáticos que me atormentaban desaparecieron, tan de improviso como se habían manifestado.
El punto de bloqueo se ubicaba unas líneas más arriba en la frase: «Pero más adelante, ¿cuándo era.»
Más adelante siempre es ya mismo.


Pierre Rey: Una temporada con Lacan, Letra Viva, Buenos Aires, 2005, página 198.

El psicoanálisis: «políticamente es un señuelo»

Entrevista a Jacques-Alain Miller por Jean-Pierre Cléro y Lynda Lotte para Cités (fragmento)

J.-A. Miller: —Le responderé rápidamente. El psicoanálisis, ¿revolucionario o reaccionario? Es un Jano. Políticamente es un señuelo. ¿Se hace de él hoy en día un uso político explícito? En los debates de la sociedad se le hace decir lo  que está a favor y en contra. ¿Qué es que está implicado a través de su doctrina? Que un psicoanalista está ahí para hacer psicoanálisis, accesoriamente para hacer avanzar el psicoanálisis, y para expandirlo en el mundo, y si interviene en los debates públicos con ese fin, está muy bien. Ahora, detallémoslo.
Revolucionario, el psicoanálisis por cierto no lo es. Durante la época en la que se hablaba todavía de la revolución, hacia 1968, Lacan evocaba la revolución de las órbitas celestes. Una revolución está hecha para volver al punto de partida. El psicoanálisis es llevado a poner en valor lo que puede llamar las invariantes antropológicas más que a ubicar sus esperanzas en los cambios de orden político. Pretende operar en un nivel más fundamental del sujeto, el del inconsciente, y que no conoce el tiempo o, más bien, en el que los puntos del espacio y tiempo están en relación topológica y no métrica: lo más distante se revela de golpe como lo próximo. El psicoanálisis es por lo tanto con gusto del partido nihil novi, que profesa que cuanto eso más cambia tanto más es lo mismo, salvo que eso puede empeorar puesto que se creyó que sería mejor.
El psicoanálisis no es revolucionario, sino que es subversivo, lo que no es lo mismo, y por razones que yo he esbozado, a saber que va en contra de las identificaciones, los ideales, los significantes amo. Por otra parte, todo el mundo lo sabe. Cuando ustedes ven a alguno de sus próximos en análisis, temen que dejen de honrar a su padre, a su madre, a su esposo y al buen Dios. Se lo ha querido hacer más adaptativo que subversivo pero en vano. ¡Antes bien! Cuando el sujeto es subvertido, cuando es destituido de su dominio imaginario, sale de la caja de su narcisismo, y tiene una oportunidad de hacer frente a todas las eventualidades.
Ahora, atención, cuanto más cambia tanto más es lo mismo, sin duda, pero eso cambia. Que siga siendo lo mismo quiere decir que lo que usted gana de un lado, lo pierde del otro, y que eso no se reabsorbe. Entonces, si bien es subversivo, el psicoanálisis no es lo por lo tanto progresista, ni tampoco reaccionario. ¿Acaso es desesperado? Digamos que opera con la esperanza. Es la ablación del Príncipe Esperanza, para retomar el título para matarse de risa de Ernst Bloch. De ahí resulta un alivio seguro.
Con este hecho, los psicoanalistas no solamente no son militantes, salvo a veces, y no necesariamente para su felicidad, la del psicoanálisis, sino que más bien son llevados a decepcionar a los militantes. De ello resulta que están sobrepasados por las consecuencias de su operación. Eso hace vacilar los semblantes, en particular las normas que temperan la relación sexual insertándola en la familia y en el orden de la procreación. Los psicoanalistas hubieran querido que esos semblantes se mantengan hasta el fin de los tiempos. Y bien, para nada. El derecho natural, que se perpetuaba bajo formas diversas desde antaño, ha recibido el impacto. Junto con los daños sensacionales que el psicoanálisis hizo en la tradición se unieron, como por milagro, las posibilidades inéditas ofrecidas a través del progreso de la biología, la procreación asistida, la clonación, el desciframiento del genoma humano, la perspectiva que el hombre se vuelva él mismo un organismo genéticamente modificado.
Entonces, el Nombre-del-Padre no es más lo que era. Hace largo tiempo que aleteaba, Balzac hubiera dicho desde el regicidio francés, desde la desaparición de la sociedad del orden, y del coqueteo planteado hacia los asuntos del mundo por el capitalismo, como lo previó el Manifiesto comunista. Lacan notaba ya en 1938, como un hecho adquirido, el declive social dela imago paterna, luego en los años 1950, el complejo de Edipo no podría indefinidamente mantenerse en nuestras sociedades. Estamos en eso. La decisión de la Corte Suprema de la que hablaba al comenzar abre la vía del matrimonio gay y lesbiano. La derecha religiosa pide el voto de una sanción en la Constitución que define al matrimonio como un lazo heterosexual con finalidad reproductiva. La iglesia se moviliza. La guerra de la civilización, pero interna, será apasionante para seguirla.
El psicoanálisis es subversivo mientras que los psicoanalistas son espontáneamente conservadores. Con mucho derecho, puesto que el cambio simbólico se pagará. Pero de todas maneras, ¡qué ceguera será no reconocer allí las consecuencias de su acción!

Cités: —¿Pero qué es ahora entonces el primado acordado de falo?

J.-A. Miller: —¿Quién otorga este primado?

Cités: —El psicoanálisis

J.-A. Miller: —Si en el campo que es el de ustedes, proceden a un ordenamiento de los símbolos de poder, no tendrán duda sobre el primado inmemorial del falo y sobre el primado político viril. Esta configuración ha entrado en contradicción con el espíritu de la modernidad, los derechos del hombre, si puedo decirlo, el desarrollo de las fuerzas productivas, etc., y apenas hace cincuenta años que en Francia se renunció al monopolio electoral del falo, la mitad menos del tiempo con que el aborto fue legalizado. Fue ayer. ¿La nueva noticia ya alcanzó a un inconsciente que da vueltas en el mismo sillón desde hace tiempo y que, por lo demás, no conoce el tiempo? El psicoanálisis no otorga ningún primado al falo, lo reconoce puesto que es lo que le suministra su experiencia. Del cuerpo del macho es tomada la forma que simboliza por excelencia la turgencia del goce, forma gloriosa que sublima una realidad que lo es menos, para serlo por eclipses. Es sin duda por su carácter a la vez cautivante, visible y disipable, transformista, entre presencia y ausencia, que el órgano erigido del macho pasa al estado de significante y de significación.
Reconocerlo es al mismo reconocer la «significación fálica», como decía Freud, se va más lejos de su punto de partida. Esta significación y el órgano macho, eso hace dos. Nada está más facilizado que el cuerpo femenino, y especialmente cuando su falta está puesta en evidencia. Alrededor de esta falta, y en particular cuando se ha señalado sobre el cuerpo de la madre, Freud hace girar su clínica. Muestra que el encuentro con las modalidades de esta falta tiene una función decisiva en cuanto a la elección de la neurosis y de la orientación sexual.
Ahora bien, preguntémonos cuál ha sido de hecho el alcance político de los descubrimientos del psicoanálisis al respecto. ¿Fue jugado en el sentido de justificar el privilegio político viril por una especie de derecho natural? Es lo contrario. El psicoanálisis ha puesto a la luz el montaje significante del primado del falo. El falo es un semblante: lo real en juego es el goce; la norma sexual es un artificio; el deseo no tiene objeto natural como tal, es perverso. Como último término, Lacan dijo que no hay relación sexual, que el modo de gozar no está programado en la naturaleza a nivel de la especie humana, que se establece de forma diferente para cada uno de los sexos, y, en otro nivel, para cada uno, uno por uno. ¿Por qué, si no, el feminismo francés de los años 1970 se hubiera reagrupado alrededor de Lacan, para estudiar sus textos?
Sin duda los psicoanalistas, Freud mismo, estaban en retraso sobre el psicoanálisis, sin duda se han mostrado sobrepasados por las consecuencias de su acto, sin duda lo están todavía. Han abierto la caja de Pandora y, como Pandora, ellos querrían cerrarla, pero es en vano. No les pidan compartir las esperanzas de los militantes. Incluso el montaje «Nombre-del-Padre y significación fálica», que temperaba deseo y goce, está sometido ahora a una dura prueba en todos los niveles de la civilización, y da muestras de su insuficiencia. Para hablar como Lacan, su decadencia se acompaña del ascenso al cenit social del plus-de-gozar. Me parece que podríamos ponernos de acuerdo en decir que la persecución del goce, de ahora en adelante, es una idea nueva en política.

Señuelos ilustración(2003)


Jacques-Alain Miller: Punto cenit Política, religión y el psicoanálisis, Colección Diva, Buenos Aires, 2012, página 29.

En versión original (francés):
Miller Jacques-Alain, Clero Jean-Pierre, Lotte Lynda, «Lacan et la politique», Cités 4/2003 (n°16), p. 105-123.
URL : www.cairn.info/revue-cites-2003-4-page-105.htm.
DOI : 10.3917/cite.016.0105.

«Cuando se echa el síntoma por la puerta vuelve por la ventana»

Entrevista a Judith Miller, por Héctor Pavón

La hija de Lacan, filósofa y presidenta de la Fundación del Campo Freudiano, sostuvo la vigencia absoluta del psicoanálisis. Y dijo que su padre ya predijo en 1973 la crisis financiera actual.

«Es difícil saber lo que es un padre y también lo que es una madre…» Dice una intrigante Judith Miller, hija de Jacques Lacan, esposa de Jacques-Alain Miller. Pero no se refiere a la pesada herencia psicoanalítica de su padre sino que las palabras surgen ante la pregunta sobre la paternidad que ostentan presidentes como Sarkozy y los Kirchner en países donde el psicoanálisis es una característica constitutiva de sus identidades. Judith Miller vino a Buenos Aires al XVI Encuentro Internacional del Campo Freudiano y al Encuentro Americano de Psicoanálisis Aplicado de Orientación Lacaniana, organizados por la EOL. En el octavo piso del hotel Plaza, Judith acomoda su elegancia parisina y habla de su padre, la persona a la que le debe tantos agradecimientos como reproches.

Han pasado 28 años de la muerte de Jacques Lacan. ¿Cómo ha envejecido su obra psicoanalítica? ¿Siguen vigentes sus palabras?

No entiendo. No puedo entender su pregunta porque todo esto tiene tanta actualidad, no sólo para mí, sino para cada persona. Cuando veo el esfuerzo que tenemos que hacer aún hoy para entender que Lacan en 1973 ya hablaba de la crisis que vivimos hoy y ver que eso no fue una profecía. Él ha entendido la lógica del capitalismo. Hoy estamos sorprendidos por la crisis, pero Lacan dijo que no podía ser evitada: «hay un cambio del capitalismo que conduce a una reedición de sí mismo a través de una actividad que no tiene nada que ver con el desarrollo de un historial que será puramente financiero». Y concluía diciendo que eso iba a tener un efecto. Yo no podía entender cuando él decía que «somos todos proletarios.» Yo no soy proletaria, soy parte de la burguesía. Pero tenía razón, hay una precarización general, mundial, de cada uno, que corresponde al desarrollo actual del capitalismo y que él ha entendido hace más de 40 años.

¿Y cómo se prepara al analista de hoy frente a esta precarización?

Es difícil. No formo parte de los que tienen que hacer eso, pero los analistas lacanianos tienen que inventar, recibir las sorpresas que puedan aparecer en la clínica de hoy. Eso no es nuevo, Freud ya había dicho que el psicoanálisis marcha con el mundo; y Freud en sí mismo ha visto que por ejemplo la histeria, desde que el psicoanálisis empezó a ser practicado, ha cambiado. Cada histérica, a partir del momento que hay un vínculo analítico, encuentra otras vías para resolver su pregunta, su enigma. Lacan decía en chiste que la histérica es histórica. El chiste juega con las coincidencias. La novedad permanente es la enseñanza de Lacan. Pero no quiero que sea equivalente a decir tenemos únicamente a la enseñanza de Lacan y no tenemos que hacer nada más que repetir lo que él ha dicho. Los analistas y la gente que trabajan con ellos, los analizantes, particularmente, me parece, participan de una búsqueda al nivel clínico, de la doctrina analítica, a cada nivel que hace parte de las luces lacanianas.

Usted se refería a las sorpresas que llegan al diván y para las que tienen que prepararse los analistas. ¿Cuáles serían?

La definición de una sorpresa es que es imprevisible. La profesión necesita una formación larga, amplia, intensa, profunda, que a la vez implica que los analistas siguen sabiendo que tienen que no saber. Y saben que ellos no saben lo que van a encontrar, ahí está la sorpresa. No es fácil eso, porque hay que ser uno mismo, muy bien analizado, quizás reanalizado, para mantener esta disponibilidad, esta capacidad de aprender una nueva cosa. Lo he visto con mis ojos en mi propia familia, no sólo con mi padre, también con otros analistas que estaban muy viejos, muy cansados, y que han seguido trabajando hasta el último día porque estaban de pie. También por mi padre: Lacan ha trabajado hasta el último día.

¿Y qué hace un analista cuando en su consultorio llega un empleado de Telecom donde se han suicidado 26 personas?

Pienso que constituyen una epidemia de suicidios los de France Telecom. Encarna lo que Lacan llamaba la precarización generalizada de cada uno en el momento de la historia humana que conocemos, en la cultura globalizada. Aunque tenemos el progreso de las tecnologías, el desarrollo de la ciencia, el malestar de la cultura persiste. Quizás porque tenemos todo eso, el malestar sigue, no hay liberación. Hay consecuencias también de lo que se llama el progreso, y es por eso que Lacan no se decía progresista y Freud tampoco. Pienso que el malestar está en el corazón del hecho de que estamos condenados a ser humanos.

¿Este momento de crisis general repercute también de modo singular en la consulta al analista?

Es evidente. Creo que fue así en cada época, no hay tantos períodos que hayan separado las épocas de la historia freudiana, pero creo que la Primera Guerra fue un momento importante para la obra de Freud. La Segunda Guerra también fue muy importante y Freud había previsto todo el horror que iba a producirse, en su obra de 1920 La psicología de las masas. Él había hablado de los que sería el fascismo antes de que se produjera.

Se repiten las voces que aseguran que los jóvenes latinoamericanos no pueden avizorar el futuro… ¿El psicoanálisis piensa en el futuro?

En primer lugar no conozco ninguna persona que no esté pensándose a sí misma en el futuro. Ahora, quizás un niño que no sabe cuál será su propio futuro, eso es diferente. Hay una angustia especial. Hoy los jóvenes conocen esta angustia. Quizás ellos no pueden decirla, pero tienen esta angustia. Es importante permitir a cada uno acercarse para ver de qué se trata esa angustia. Pero no podemos decir que ellos no tengan la dimensión del porvenir. Es una paradoja del capitalismo. Hoy, cuando el capitalismo trabaja cada día más sobre el tema de la seguridad, la inseguridad aumenta. Y de una cierta manera la infelicidad del capitalismo es que cuando empieza a trabajar sobre un punto para suprimirlo, lo refuerza. Es así para la exclusión, la segregación, todos los medios que se toma en el cuadro del capitalismo refuerzan la segregación. Y la precariedad aumenta en la medida que aumenta la seguridad, la promesa de seguridad. Pero pensar una vida sin seguridad, es pensar la vida como la muerte. Y, estar muerto para vivir bien es una paradoja también.

Existen terapias como las de las neurociencias que proponen tratamientos acotados. ¿Qué respuesta tiene el psicoanálisis ante el pedido de terapias breves?

Las neurociencias proponen tratamientos más breves, más cortos. Es verdad que el efecto de un análisis no es de normalizar a nadie. Un análisis saca a la luz la singularidad de la persona que ha consultado. Es muy difícil saber quién soy yo. Una experiencia analítica permite ubicar cuál es mi deseo; si quiero lo que deseo. Es decir ubicar la división que cada uno tiene. Eso toma tiempo, es completamente antipático al apuro contemporáneo. Queremos ahora, inmediatamente lo que esperamos y es difícil de no ceder a este apuro. Pero el psicoanálisis no puede ceder a eso. Es una trampa. Cuando se echa el síntoma por la puerta, vuelve a entrar por la ventana. Ese es un principio fundamental del funcionamiento de la repetición.

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Intervención urbana en Santiago: entrar por la ventana. 2012.

 

(2009)


Fuente: Clarín
Fuente de la imagen: Plataforma Urbana

El autista y su voz

Jean-Claude Maleval

Al tratar de reducir el sujeto a su cuerpo, la psiquiatría, hoy día, le confisca su competencia en lo referente al conocimiento de sus propios trastornos. El psicoanálisis parte de la hipótesis inversa. Nadie puede enseñar a los clínicos tanto como el mismo sujeto acerca de su funcionamiento. Ahora bien, el autista «tiene su propio mundo», constataba Lacan en la década de 1950 a propósito de Dick, que había estado con Melanie Klein. Pero, concluía, «como él no nos dice nada al respecto, no tenemos ningún medio para penetrar allí». En consecuencia, el psicoanálisis parece tropezar con un obstáculo en lo concerniente al estudio del sujeto autista, agravado por el hecho de que, durante mucho tiempo, ha habido especialistas que se habían limitado al estudio del autismo infantil precoz partiendo de la hipótesis de que se trata de una patología gravísima, que no deja ninguna esperanza de cura, de tal manera que difícilmente se puede esperar una vida autónoma ulterior.

Medio siglo después de su descubrimiento por Kanner, el autista sigue siendo todavía para muchos clínicos un niño que presenta trastornos graves, que efectúa movimientos estereotipados, se golpea la cabeza contra las paredes, profiere aullidos y sólo dispone de un lenguaje rudimentario. De hecho, constataba Sacks en 1995, resulta extraño que los especialistas del autismo «se conforman con hablar de niños autistas y permanezcan mudos en lo que se refiere a los adultos por este mismo trastorno, un poco como si los niños en cuestión desaparecieran bajo tierra a partir de cierta edad». Y añade: «Pero, por devastador que sea el cuadro clínico que se constata a la edad de tres años, algunos jóvenes autistas, contra todo pronóstico, acaban adquiriendo competencias verbales y sociales lo bastante satisfactorias como para que de ello resulten a veces sorprendentes logros intelectuales —algunos consiguen llegar a ser seres humanos autónomos, capaces de llevar una vida que tiene al menos la apariencia de la normalidad y la plenitud, aunque persista en ellos subterráneamente una profunda singularidad».

El término «autismo» sigue marcado por su origen, que se encuentra en la clínica de la esquizofrenia: como se sabe, fue forjado por Bleuler a principios del siglo XX para describir el repliegue del sujeto en un mundo interior auterótico. Todavía hoy resulta difícil aprehender el autismo sin pasar por el prisma deformande de la psicosis.

Hasta ahora, los psicoanalistas no han tenido muchas oportunidades para escuchar a autistas capaces de expresarse con precisión acerca de su estado. Esto por una razón fundamental: todos testimonian que en el origen de sus trastornos se encuentra una dificultad para tomar la palabra de un modo auténtico, de forma que la propuesta planteada por el psicoanalista resulta ser para ellos inquietante, pues no se adapta a su funcionamiento. Por otro lado, los autistas coinciden en la constatación de que le es mucho más fácil dar cuenta mediante la escritura de aquello de lo que sufren. Tratan de que se les escuche por este medio. Esta es una de las razones por las que Birgen Sellin, autista mudo, teclea con gran dificultad, en 1993, las siguientes palabras en su ordenador:

quiero que tomemos la palabra yo mismo
como podemos
nuestro mundo interior debe ser revelado

Es conveniente que hoy día estos sujetos sean escuchados, de modo que el método de investigación del autismo no se limite a lo que se deposita en las curas, en la práctica entre varios y otras formas diversas de tratamientos. Es un deber para los psicoanalistas prestar atención a las autobiografías de autistas de alto nivel, así como a los textos redactados por sujetos que presentan trastornos mucho más severos, mediante los cuales tratan de dar a conocer la lógica de su singular funcionamiento. Recordemos, por otra parte, que ni Freud, ni Lacan desdeñaron apoyarse en un texto para fundar en él sus respectivas teorías de la psicosis.

Jean-Claude Maleval: El autista y su voz, Gredos, Madrid, 2011, página 11.


Entrevista a Jacqueline Léger, quien habla sobre su experiencia como autista.