13 de abril. Aniversario del nacimiento de Jacques Marie Émile Lacan.
Hace 122 años nació en París, y, a partir de una lectura rigurosa de Freud transmitió un estilo y orientó a un psicoanálisis que se hallaba perdido por los vacíos caminos del yo. Lacan ha sido acusado de amo, de esclavo, de diva, de rey, de dictador, de todo. Él, sabiendo el camino del héroe, avanzó solo. Dejó un legado, una enseñanza de la que cada uno debe apropiarse, enseñanza que indica una incompletud que uno mismo puede continuar.
Cuando se habla de obra se habla de Freud, cuando se habla de enseñanza se habla de Lacan. El movimiento de Lacan sigue los movimientos de un análisis, pasó por los tres registros, y volvió sobre ellos. La enseñanza de Lacan es una banda de Moebius, es infinita y nueva cada vez. ¿Cuál es la manera de continuar con su propuesta? Imitarlo en su posición, apropiarse del estilo propio, no copiando el de Lacan. Tomar eso que él transmite que va más allá de lo escrito y que se escucha.
Desde aquí celebramos su nacimiento y tomamos sus palabras.
Nuestra tarea en este curso es fundamentalmente una: subvertir el sentido común. ¿Qué es el sentido común que ni siquiera es tan común pues toma una forma singular para cada uno? Un cúmulo de prejuicios que funcionan a favor de la defensa. Y si funcionan a favor de la defensa funcionan en contra de nuestro objetivo que es, en última instancia, un psicoanálisis. Y notemos que estamos diciendo un psicoanálisis y no el psicoanálisis. Entonces podemos aprovechar esto para empezar a subvertir el sentido común con una sentencia que va a parecer chocante en un primer vistazo: el psicoanálisis no existe. Agregamos, en seguida, que lo que sí existe es un psicoanálisis singular y en acto llevado hasta sus últimas consecuencias lógicas. Cada vez que digamos en el futuro el psicoanálisis hay que entender que nos estamos refiriendo a un psicoanálisis singular y en acto llevado hasta sus últimas consecuencias lógicas. Esta es nuestra primera definición fuerte. Tenemos que ir viendo qué quiere decir singular, qué quiere decir en acto y qué quiere decir últimas consecuencias lógicas. Vamos a empezar con esta pregunta que no vamos a cerrar nunca, la pregunta fundamental que requiere una posición particular y difícil ante ella: ¿qué es un psicoanálisis singular y en acto llevado hasta sus últimas consecuencias lógicas? Se puede formular también así: ¿qué es un psicoanálisis lacaniano?, o, ¿qué es un psicoanálisis orientado por y hacia lo real lacaniano? Estas preguntas no deben encontrar nunca una respuesta fácil y requieren, y esto es lo más importante, una posición con respecto al saber que espontáneamente los seres hablantes no pueden adoptar. De allí vamos a enunciar otra aseveración que a los prejuicios del sentido común, académico o no, le parece siempre fuerte: un psicoanálisis no es una psicoterapia. Este es el primer prejuicio universitario a derribar: psicoanálisis y psicoterapia no solamente no son lo mismo sino que se oponen de principio a fin. Y lo que importa es entender cómo se oponen.
El psicoanálisis (recordemos que cada vez que digamos el psicoanálisis estamos diciendo un psicoanálisis singular y en acto llevado hasta las últimas consecuencias lógicas) es profundamente anti intuitivo, por eso en él cobra más valor que en cualquiera otra disciplina la noción de obstáculo epistemológico que Bachelard acuñó en su libro titulado La formación del espíritu científico. ¿Qué quiere decir esto traducido en la práctica? Que todo lo que creemos saber sobre el psicoanálisis y sobre cómo funciona el ser humano (llamado técnicamente parlêtre -y ya vamos a ir viendo qué es) está, básica y crudamente, mal. Sí, todo lo que creemos saber está mal y es necesario un coraje singular: el de soportar que el saber se agujeree. Y, después de eso y en última instancia, en el horizonte, soportar lo insoportable: que el saber no puede más que estar agujereado. Vamos a empezar, entonces, con tres puntos cruciales:
El yo es desconocimiento.
Hay inconsciente y por ende inadecuación inevitable con respecto al inconsciente.
La asociación psicoanalítica no es lo que se cree y supone el sonido y no el sentido.
Todo esto quiere decir que se pueden tener muchos años de terapia encima y, sin embargo, no sólo no tener ningún recorrido psicoanalítico sino un enorme obstáculo para cualquier recorrido psicoanalítico posible porque son años de trabajo a favor de los obstáculos epistemológicos. El yo que cree saber (el del paciente y el del terapeuta) impide la pasión de la ignorancia en la cual se inscribe el acto psicoanalítico.Y esto implica también que hay que dudar de la palabra psicoanálisis y saber que hay muchas cosas que se llaman psicoanálisis y van exactamente en contra de la dirección que sigue un psicoanálisis verdadero. Esto ya ocurría en la época de Freud y sus disputas con Jung y Adler tienen que ver básicamente con esto.
Dijimos pasión de la ignorancia y podemos interrogar qué es eso y qué estructura tiene todo saber. Saltamos al final, entonces, con algo que ya anticipamos en líneas anteriores: todo saber está allí para no saber nada sobre el hecho fundamental de la vida del ser hablante, que sólo el psicoanálisis y la poesía se atreven a enfrentar: no hay relación sexual. Que quiere decir que no hay adecuación posible porque hay inconsciente. No hay comunicación, hay un núcleo irreductible de soledad del cual tenemos que hacernos cargo, hay extimidad, hay goce. Esto hace que el esquema básico de la comunicación que todos conocen, en el cual hay un emisor, un mensaje y un receptor, está incompleto de la peor manera, porque entre el emisor y su mensaje hay el inconsciente y lo mismo hay entre el receptor y el mensaje que le llega. Ya vamos a ver qué quería decir Lacan cuando señalaba que el sujeto recibe su mensaje, desde el Otro, en forma invertida. Tiene que ver con el engaño que implica negar la existencia del inconsciente, que es lo que hace el ser hablante espontáneamente pese a tener, cada día, los mil y un indicios de su existencia y de cómo nos atraviesa.
Por eso tenemos en el consultorio un cartelito que dice Lasciate ogni speranza (voi ch’entrate) que quiere decir dejad toda esperanza (vosotros que entráis) y que es lo que leyó Dante en el umbral del infierno y es lo que implica un psicoanálisis y su entrada en él. Porque un psicoanálisis es un infierno para la neurosis y la neurosis, aunque espontáneamente nos engañemos, es un infierno para la vida. Se vive mejor sin la neurosis, pero, parafraseando a Quevedo en su famoso poema sobre el amor, sólo quien lo probó lo sabe.
Y ya que mencionamos al amor vamos a ver en este recorrido cómo es en el campo del amor donde más nos engañamos con la neurosis.
Entonces, todo saber está allí para no saber nada sobre la no-relación sexual. Y el ejemplo clínico mejor para entender esto (subrayamos una vez más que las aseveraciones del psicoanálisis verdadero siempre se desprenden de hechos clínicos), el mejor ejemplo para entender que todo saber está allí para no saber nada sobre la no-relación sexual son las teorías sexuales infantiles, esas mismas que Freud descubrió con sus pacientes y que cualquier practicante del psicoanálisis verdadero puede redescubrir con sus propios pacientes. Esas teorías no están allí para conocer sobre la sexualidad sino, siempre, para tapar el agujero de la no-relación.
De pasada podemos notar algo más. Dijimos que todo practicante puede redescubrir con sus propios pacientes lo que Freud descubrió con los suyos. Pero hay más, porque mejor lo puede descubrir en su propio análisis, en la posición analizante sostenida con coraje. Y es gracioso, porque al psicoanálisis lo acusan de tener postulados no falsables en el sentido de, por ejemplo, la epistemología de Popper. Nada más lejano a eso. ¿Leyeron la obra de Freud? Nada más lejano a eso. Freud todo el tiempo, al chocar con los hechos clínicos que le echaban por tierra lo que creía haber entendido, no hacía otra cosa que empezar de nuevo la teoría ya que, evidentemente, no se sostenía.
Pero es claro que a Freud no lo leen. Incluso muchos que creen leerlo. Porque a Freud no basta con leerlo, hay que saber leerlo, además, porque es más complejo de lo que parece. Una persona que se postuló para iniciar el curso decía estar muy interesada en la enseñanza de Lacan pero no había leído nunca, ni quería leer en el futuro, la obra de Freud. Es evidente que tampoco había leído a Lacan, por muy interesada que estuviera en su nombre, porque leer a Lacan es entender que Lacan es Freud. Y leer bien a Freud es entender que Freud, en muchos momentos, es profundamente lacaniano. Lacan, en algún momento, tuvo que explicarles a los que lo escuchaban por qué él era freudiano, y en ciertos momentos de la historia del psicoanálisis podemos decir que el único freudiano. Es decir, el único que no retrocedía ante las consecuencias que el descubrimiento freudiano implica.
Acá iniciamos un camino contrario al motivo por el cual Bertrand Russell se dedicó a la filosofía. Él decía que se dedicó a la filosofía porque quería encontrar una certeza allí donde había percibido hasta allí solamente duda. No es casual que sus ideas se alinearan fácilmente con el conductismo, que es lo anti psicoanalítico por excelencia. Nosotros tenemos que atrevernos a la duda allí donde el sentido común, ignorante y cobarde, sólo percibe certezas.
Es un camino que subraya la necesidad de no retroceder para que pudiera haber psicoanálisis verdadero. Postulo ahora, por experiencia y por conocer la pendiente natural por la cual nos deslizamos como seres hablantes, que en diciembre, en la última reunión del año, vamos a ser menos que hoy. Salvo, por supuesto, que estemos ante un grupo inusualmente corajudo. Ojalá que sí. Si hay psicoanalista y si hay posición analizante de verdad, hay también lugar para la sorpresa. Vamos a tratar de sorprendernos mutuamente para ir en contra del desconocimiento que confundimos con el saber.
Mark Pugh, A brief moment of clarity (walking through the woods at night)
*Clase 1 del curso teórico-clínico anual 2023 ¿Qué hace un psicoanalista?
Intentar responder la pregunta qué es un psicoanálisis es referirnos a decir que es una experiencia, por oposición -aquí también- a lo que llamamos juego intelectual.
Experiencia del inconsciente, carente de técnica, que se vale de la “regla fundamental” como resguardo del practicante a responder a la demanda del analizante.
Experiencia que, llevada hasta las últimas consecuencias, empuja a atreverse a lo desconocido, a todo aquello que no puede anticiparse, a lo que se escapa en tanto inconsciente. En definitiva, al pasaje de lo determinado a lo contingente.
Decir que hay carencia de técnica -no hay técnica- es equivalente a “no hay relación sexual”, pues el inconsciente es el agujero de la no-relación. Agujero irreductible, insoportable, disfrazado en ese “no querer saber nada de eso” que es estructural/universal y que tomará, para para cada uno, una forma singular.
Escenario, esta experiencia, en donde no hay garantías en esa lucha con lo inmutable-estructural del sujeto, donde la exigencia es la de un esfuerzo de precisión, debidamente advertidos del modo de funcionamiento del aparato significante y del goce.
Experiencia en la que se pone en juego la responsabilidad del “hacerse cargo” y el atreverse a soportar la vida y dejar de gozar, dejar de regocijarnos en el peor lugar para nosotros mismos. En definitiva, es atreverse a saber que el saber está agujereado y no hay Otro que garantice.
Posibilita el pasaje de lo que desde la neurosis se considera “pérdida” al agujero estructural que horroriza al ser hablante: situar aquello que de modo singular horroriza a un sujeto en particular, convirtiendo la tragedia, que ese horror supone, en comedia.
Un psicoanálisis llevado hasta las últimas consecuencias, en ese intento de precisión, remite, por una parte, a la escucha del analista pasando de la palabra a la escritura, particular, despojada de sentido. Por otra, al convencimiento y firmeza, devenidos del propio análisis, de ir contra la defensa a ese “no querer saber” que se sostiene en la ilusión/engaño de que puede haber garantías, de que hay “ser” (“yo soy así”). Precisamente, es la carencia de Ser lo que está en el corazón de la experiencia analítica.
Pone en juego la ética del analista que, absteniéndose de comprender y aportar sentido, que resulta aplastante y anudado al goce, no descree del inconsciente como saber: un saber no sabido del que se desprende el sujeto en tanto sujeto dividido, sujeto deseante, sujeto del inconsciente.
Un psicoanálisis es situar bien el goce y la palabra, puesto que, al tiempo que se mueve la relación con aquél, cambia la relación con el mundo y con el deseo propio.
Experiencia cuyos efectos analíticos indican una salida a partir de aquello que ha operado, resultando nuevas relaciones con el goce, y que, por consiguiente, aportan fuerza al deseo.
Un psicoanálisis no enseña una cura, sino lo incurable. No aporta ganancia de saber, que es conocimiento; que es también goce.
Su horizonte no es nunca un saber sobre el goce sino una nueva relación con él. Esto es: saber-hacer con el goce.
San Francisco, diciembre de 2022.
Artículo presentado para la finalización del curso teórico-clínico anual 2022
The Pond at Benten Shrine in Shiba, Kawase Hasui,1883-1957
Araña, corcho, perla
Y cuatro más que no digo
Son palabras perfectas.
Morir es insuperable.
Dios no tiene ningún peso.
Mariposa es asopiram,
un jabón hirviendo en la olla.
Ojalá estas rarezas
sean psicologismos,
desviaciones debidas
al pecado original.
Palabras, las querría antes como cosas.
Mi cabeza se cansa
en este discurso infeliz.
Jonathan me dijo:
“¿Ya tomaste tu yogurt?”
¡Qué dulzura me cubrió, qué consuelo!
Las lenguas son imperfectas
para que los poemas existan
y yo pregunté de dónde vienen
los insectos alados y este afecto,
tu brazo rozando el mío
Adelia Prado
Imprecisiones sobre lo indecible:
Un acertijo:
Se dici il mio nome non esisto più. ¿Chi sono?
Primero:
“El hombre es invitado a hablar de su verdad”.
Un día cualquiera el encuentro con el inconsciente me habilitó a hacerme una pregunta… de pronto el otro podía quedar en un- tiempo fuera- cuando me atrevía a preguntarme ¿qué quiero decir?; ¿por qué hablo más allá de lo que quiero decir?; ¿qué es eso que habla?…
Me topé con el inconsciente… vivo, encontraba su salida a través de una mano escribiente sin dejarme siquiera ordenar lo que aparecía, eran arrebatos, garabatos sin sentido, trazos de pintura en un papel cualquiera, que me ofrecía grietas para salir a un afuera que no estaba más que adentro…
No hay actualidad. Hay historización.
¿Cuántas capas me envuelven? ¿Cuánto recubre lo que no podré saber jamás?
El psicoanálisis era el telonero del teatro de lo que sólo puede decirse a medias, en acto. ¿El guión? ¿Está escrito? ¿El papel? ¿Cómo se interpreta si la cortina está cerrada? ¿Hay un final para esta obra? El final se empieza a escribir cuando la función ya terminó. Si la palabra se alza ya no será a condición de que el telón se abra al espectador.
Palabras para decir de un algo… un algo inmenso… ¿quién ha sido mi interlocutor?
El psicoanálisis me llevó a sacar de a poco toda la utilería de mi escenario… se vació, para que en el eco resonara algo… a veces aparecían por allí un florero, una silla, un vestido… y los objetos se devoraban mis palabras…
¿Cuántas obras se escribieron?… ¿sólo una?
¿Qué hace un psicoanálisis?
¿Desmonta la obra? ¿Y el guión? ¿Y el papel? ¿Y el espectador? Sólo quien se atreve a escribir podrá encontrar en su acto un nombre para eso.
“Un amor real es como dormir y estar despierto” dice Charly: palabras que dicen de aquel día cualquiera en que me topé con el inconsciente.
Alguna precisión
“Ningún amo está en posición de dominar el trabajo acéfalo del significante una vez alcanzado”.
“Lo que Lacan califica como deseo de saber no debe confundirse con el deseo de saber científico y tampoco con el deseo de no saber que es el estilo propio de la docta ignorancia. Es el problema- definir ese deseo de saber, inédito que encuentra su fuente en el saber científico sin por ello confundirse con él y que atraviesa la docta ignorancia para llegar a esta práctica extraña que se llama psicoanálisis”
Qué es un analista y cómo reconocerlo.
“Ahora bien, es tan necesario plantearla como imposible darle una respuesta válida para todos y verificable por todos, objetiva a falta de ser científica. ¿Cómo podría ser de otro modo, si es cierto que el analista es el producto de su propio análisis, es decir, de una confidencia que no se parece a ninguna otra, que sólo puede hacerse a uno solo? Ahí está la tragedia- y la comedia- de los que practican el análisis”.
“Ni los psicoanalistas, ni nadie, pueden decir lo que es El psicoanalista como tal. Es un hecho de experiencia sin duda, pero porque es un impasse estructural: El psicoanalista no existe- lo cual no impide, por el contrario, que los psicoanalistas crezcan y se multipliquen-.
La verdad es que no hay esencia del analista.
Nunca hay “todos los analistas”, no hay “el analista de los analistas”, sólo hay analistas, uno y uno y uno, cada uno “autorizándose a sí mismo”, y que forman una serie, pero no un universo”.
(MILLER, J.A. “Cómo terminan los análisis”. Ed. Gramma. 2022)
¿Y qué más?
¿Será que sólo se puede decir del psicoanálisis aquello que de la experiencia analítica se puede extraer sólo en acto? La fe, el amor al inconsciente… tragedia y comedia, como es el amor y el inconsciente… coraje de un decir que sólo puede hacer condescender el horror, en un acto de fe y amor… en y por el inconsciente.
Hasta acá.
Artículo presentado para la finalización del curso teórico-clínico anual 2022.
“…es en nuestro ocio nuestros sueños cuando la verdad sumergida sube a la superficie.” Virginia Woolf
I.
Mientras recorría algunos libros para intentar responder hoy nuevamente y de una manera distinta -¿qué hace un psicoanalista?-, mientras navegaba por las palabras desde una lectura lo más libre posible de prejuicio, una lectura inocente, me encontré con dos escenas que por cierta sutil coincidencia llamaron inmediatamente mi atención. Pensé que esa coincidencia no podía ser casualidad, entonces me detuve. Mi intuición decía que por ahí podría encontrar eso que buscaba, una nueva manera de responder, tal vez una mejor, más precisa, más poética, a esta pregunta que nos convoca hoy.
Las dos escenas son dos situaciones relatadas por sus protagonistas donde desarrollan una especie de “autoconfesión”.En ambos casos, Sigmund Freud y Virginia Woolf nos relatan haberse encontrado con un fenómeno que podemos designar como una formación del inconsciente, una irrupción de él. En ambos surge un proceso psíquico considerado por ellos inconsciente, nos cuentan su aparición y su resolución.
Por un lado, un olvido de Sigmund Freud “confesado” en una carta que le escribe a un colega psiquiatra, director de un hospital en Budapest, donde se disculpa por no haberle agradecido y respondido a tiempo el envío de un libro que le había realizado. Allí Freud, como ese gran investigador de la psiquis humana que fue, se percata que la causa no se debía a una simple “falla en la memoria” sino a haberse sentido afectado, perturbado, por la lectura de su libro. Freud alega que esta omisión está arraigada en procesos psíquicos que él mismo no tiene en claro, puesto que su causa permanece inconsciente. Momento después lo descubre, se confiesa que la razón de su oposición era que no le gustaban “esos enfermos”, refiriéndose a los enfermos de hospicio, aquellos de los que el libro hablaba. La causa era su inconsciente repulsión hacia la psicosis. Dice Freud: “Mi actitud sería la consecuencia de una toma de posición cada vez más clara de la primacía del intelecto y la expresión de mi hostilidad hacia el ello.”[1]
Por el otro lado, la escritora y ensayista Virginia Woolf, también una gran investigadora de la psiquis humana, donde pareciera haber tomado la misma actitud que Freud frente a su olvido. Cito el fragmento del libro Una habitación propia basado en una conferencia acerca de las mujeres y la literatura:
“Mientras meditaba, había ido haciendo, en mi apatía, mi desesperación, un dibujo en la parte de la hoja donde hubiera debido estar escribiendo una conclusión. Había dibujado una cara, una silueta. Eran la del profesor Von X entretenido en escribir su obra monumental titulada “La inferioridad mental, moral y física del sexo femenino.” Aparecía en mi dibujo encolerizado y feo. Un esfuerzo psicológico muy elemental, al que no puedo dar el digno nombre de psicoanálisis, me mostró, mirando mi cuaderno, que el dibujo del profesor era obra de la cólera. La cólera me había arrebatado el lápiz mientras soñaba. Pero, ¿qué hacía allí la cólera?” Interés, confusión, diversión, aburrimiento, todas estas emociones se habían venido sucediendo durante el transcurso de la mañana, las podía recordar y nombrar, ¿acaso la cólera, la serpiente negra, se había estado escondiendo entre ellas? Sí, decía el dibujo, así había sido. Me indicaba, sin lugar a dudas, el libro exacto, la frase exacta que había hostigado el demonio: era la afirmación del profesor sobre la inferioridad mental, moral y física de las mujeres. Mi corazón había dado un brinco. Mis mejillas habían ardido. Me había ruborizado de cólera. No había nada particularmente sorprendente en esta reacción, por tonta que fuera. A una no le gusta que le digan que es inferior por naturaleza a un hombrecito. Una tiene sus locas vanidades. Es la naturaleza humana, medité, y me puse a dibujar ruedas de carro y círculos sobre la cara del encolerizado profesor, hasta que pareció un arbusto ardiendo o un cometa llameante, en todo caso una imagen sin apariencia o significado humano. Pronto fue explicada y eliminada mi propia cólera, pero quedó la curiosidad.” [2]
Aman Daharwall «Cracked» 2022
II.
¿Pueden ser estos dos ejemplos, dos testimonios nítidos, vivos, demostrativos, de la posición que le conviene tener no sólo al analista, sino a cualquier ser hablante respecto de su inconsciente, de su propio no querer saber? ¿Qué hace un psicoanalista que lo vuelve psicoanalista al hacerlo? ¿Qué no deja de hacer para que pueda seguir siéndolo? Lo que hace, ante todo, es creer en la existencia del inconsciente y no retroceder ante su aparición, frente al retorno de lo reprimido. ¿Y cómo hace para no retroceder ante ese no querer saber tan implacable y siempre amenazante? Se esfuerza y fuerza algo para mantenerse en posición analizante respecto del propio inconsciente, se compromete éticamente a cifrarlo y descifrarlo cada vez que sea necesario y para siempre.
Dirá Miller en Sutilezas analíticas: “Cuando enseñamos, cuando pensamos, cuando intentamos pensar como psicoanalistas, resulta todo muy ventajoso que sigamos en relación con nuestro yo no quiero saber nada de eso, simplemente porque es algo que no se agota nunca. Freud está en su vida cotidiana en relación con su yo no quiero saber nada de eso, así como Lacan lo estaba y su enseñanza resultaba de esa relación. El analista –ya sea el nominado, el autoinstituido, el experimentado o el debutante- no está en ningún caso eximido de intentar esclarecer su relación con el inconsciente. No digo de amarlo…”.[3]
Omisión y rechazo de Freud por un lado y cólera y vanidad de Woolf por otro, ambos en posición de analistas de su propio inconsciente. Ambos en un esfuerzo común en ir más allá del rechazo espontáneo que genera el efecto de división subjetiva, esa escisión necesaria para la aparición del inconsciente, del deseo y su interpretación.
III.
Snakes (detalle) Maurits Cornelis Escher- Grabado, 1969, 49.8×44.7 cm
Todos somos potencialmente analistas, por haber nacido seres hablantes, somos potencialmente analistas de nuestro propio inconsciente. La experiencia de un análisis, la experiencia de creer en el inconsciente, de ser efecto de él, de atravesarlo por un psicoanálisis, no es algo posible sólo para una minoría o determinado sector geopolítico, no es algo que sólo la élite intelectual podría llegar a alcanzar.
La posición analítica no es cuestión de economía monetaria o poder mediático, es una posición ética, subversiva siempre a todo poder que atente contra ella. Un psicoanalista es entonces alguien que se anima a ocupar ese lugar siempre éxtimo, ese discurso poético, esa ética de no retroceso frente al propio horror. Un psicoanalista es alguien que se deja morder por la propia serpiente negra.
El 26 de noviembre de 2022 se realizó un encuentro virtual para hablar acerca de “¿qué hace un psicoanalista?”, en el marco de una actividad introductoria al curso 2023 que ofrece la Red Psicoanalítica de Atención.
La exposición estuvo a cargo de Rodrigo Airola, Laura García Cairoli y Sebastián Digirónimo. Cada uno de los trabajos presentó, sin que haya habido intención previa, dado que la premisa de la actividad supone la sorpresa sobre el contenido que se ha de presentar, una relación lógica con los otros dos, se trazó un camino desde lo más público y social hasta lo más íntimo, desde lo fundamental de las bases hasta lo más elaborado y complejo.
En un comienzo, con la primera presentación se puso en juego aquello considerado como el inicio necesario de todo análisis: la creencia en el síntoma y en el inconsciente. Rodrigo Airola sostuvo que un psicoanalista “es aquel que reintroduce en el malestar cultural la creencia de que el síntoma quiere decir algo, que posee cierta verdad y que esa verdad, además, es ficción”.
En la segunda exposición Laura García Cairoli tomó dos experiencias, una de Virginia Woolf y la otra de Sigmund Freud, y relató cómo cada uno de ellos respondió frente a un detalle que cualquiera otra persona podría considerar un mero error. Ambas figuras, con su posición, volvieron el error íntimo, causal, cargado de sentido. El error, el acto fallido, era portador de una verdad que sólo valía para quien se convirtiera en destinatario de su mensaje. Tal como ocurriera con Rosencrantz y Guildenstern, el mensaje, si se lee correctamente, implica la vida de su portador. Pero hay un detalle más que es imprescindible señalar: si se libra la pelea contra el no-querer-saber propio, surge la posibilidad de ver que “todos somos potencialmente analistas”.
Por último, la presentación de Sebastián Digirónimo trazó un camino desde el inicio hasta el final de un análisis, en un orden de complejidad creciente, sin nunca dejar de señalar que la posición analizante y la posición del analista se excluyen en acto, y a la vez son necesarias y complementarias: todo analista primero es su propio analista, pero en acto, para escuchar a otro, debe abandonar la propia subjetividad y goce. A pesar de los hay y no hay del psicoanálisis: “sí hay, sin embargo, deseo del analista con sus coordenadas lógicas universalizables” y por eso no es un “vale todo”. El trabajo del psicoanalista exige un esfuerzo de precisión continuo. Luego de las exposiciones se abrió lugar a las preguntas y al debate. Se agradeció el trabajo de los expositores y la participación del público, y se le dio cierre al encuentro.
*Los escritos de las presentaciones serán publicados en la página web de la Red. *Las citas no son textuales.
La pregunta que nos convoca es qué hace un psicoanalista. Vamos a partir por la respuesta más sencilla para descubrir, en seguida, que en este campo es necesario todo el tiempo un esfuerzo de precisión que no ocurre jamás espontáneamente porque lo que nos mueve como seres hablantes es el no-querer-saber. Lacan definió alguna vez al psicoanalista como aquel de quien se espera un psicoanálisis. Al mismo tiempo que desplaza la pregunta a qué es un psicoanálisis, dice mucho más de lo que parece incluso desde el punto de vista de lo que Freud llamaba economía libidinal. Vamos a intentar, para iniciar un movimiento de precisión, una respuesta similar: ¿qué hace un psicoanalista? Psicoanaliza. Desplazamos la pregunta a qué es psicoanalizar. Y aquí tenemos que diseccionar la respuesta en muchas unidades formadas por distintos puntos de vista complementarios considerados uno por uno y, al mismo tiempo, todos a la vez. Voy a elegir unos pocos, de complejidad creciente, sin desarrollarlos en profundidad para incitar el debate posterior, en el cual está el espíritu de la lógica del tres contra uno en la que se funda este encuentro y que constituye una forma de trabajo que sostenemos en pos del esfuerzo de precisión. Señalemos, entonces, doce puntos tomados desde distintos ángulos, enlazados y de complejidad creciente. Primero: ¿qué hace un psicoanalista? Le responde al “decir cualquier cosa sin censurar” de la regla fundamental que debe comunicársele al futuro analizante con un “no decir nada”. Y, entonces, vamos con el primer esfuerzo de precisión: ese “decir cualquier cosa sin censurar” suele formularse como un “decirlo todo”, incurriendo así en una imprecisión lógica porque ese “todo” debería entenderse siempre entre comillas ya que el decir está agujereado por estructura pese a la ilusión de la neurosis, pero la imprecisión fundamental, la que genera los mayores problemas, queda del lado del practicante y su “no decir nada”. Porque suele entendérselo como un silencio forzado en la realidad: no hablar, no decir nada literalmente quedándose mudo desde el primer momento al último de cada sesión. Pero ese “no decir nada” quiere decir, en realidad, no poner sentido. No interferir con el sentido propio en el decir del futuro analizante. Y nos sirve un ejemplo práctico de esto que tomamos de pasada: una paciente dice, ante una práctica médica a la cual debía someterse, que tiene miedo de morir desangrada. La psicóloga de turno, sin interrogar ello en la menor medida, responde, comprendiéndolo todo –que es lo que no hay que hacer– “eso es porque esta práctica antes estaba prohibida y, por lo tanto, era clandestina”. En este ejemplo se ve la contracara exacta de ese “no decir nada” que no implica la mudez sino la no comprensión. Segundo, y en consonancia con ello, cambiando muy poquito el ángulo del punto de vista: ¿qué hace un psicoanalista? Se abstiene. Pero hay que precisar dos cosas: ¿de qué y cuándo? De su fantasma y su goce y en el acto psicoanalítico que, agreguemos, espontáneamente siempre horroriza porque necesariamente siempre nos sobrepasa. Esto nos lleva, en su lógica, al tercer punto. ¿Qué hace un psicoanalista? Lleva, antes, en términos lógicos y no cronológicos, su propio análisis hasta las últimas consecuencias (también lógicas). Formulemos así: ¿qué hace un psicoanalista? Se desprende, en varias de las acepciones del término, de la posición analizante. Cuarto: ¿qué hace un psicoanalista? No responde a la demanda. Quinto: ¿qué hace un psicoanalista? Mantiene, desde el primer momento, el rumbo fijo hacia el horizonte que implica el final de un análisis. La noción de firmeza es imprescindible para entender la metáfora. Sexto: ¿qué hace un psicoanalista? No descree en ningún momento del inconsciente como saber ni pierde jamás la certidumbre de que todo ser hablante es un ser sintomático atravesado en la carne por el significante. Todo ser hablante es sujeto deseante y sustancia gozante. Y aquí se nos complican las cosas, porque hasta aquí podría pensarse que un psicoanalista atiende pacientes. Séptimo: ¿qué hace un psicoanalista? No necesariamente recibe pacientes. Un psicoanálisis no se reduce a una praxis terapéutica y, en forma complementaria, no es un juego teórico-académico-intelectual. Octavo: ¿qué hace un psicoanalista? Atraviesa una experiencia que puede transmitirse y, fundamentalmente, contagiarse. Sostiene, por lo tanto, en acto, el coraje de la experiencia que lucha contra el no-querer-saber espontáneo del ser hablante. De allí el “atrévete a saber” que se instaura como divisa posible de esa experiencia. Noveno. Y aquí se complican más las cosas en términos de los que tratan de entender con apresuramiento. ¿Qué hace un psicoanalista? Se atreve a soportar que el psicoanalista no existe, como la mujer. No hay ser del psicoanalista, es decir, esencia o universal. Sí hay, sin embargo, deseo del analista con sus coordenadas lógicas universalizables. Por eso ni el “todo vale” que quieren algunos (y que desplazaría el psicoanálisis en estafa) ni el ideal universal cientificista que quieren otros (y que haría que el psicoanálisis renegara de su propio origen renegando del concepto de verdad que la histeria le enseñó a Freud porque Freud se dejó enseñar. Digamos de pasada que el psicoanálisis va de la verdad al saber y ninguno de los dos términos puede ser entendido sin un esfuerzo de precisión). Décimo. ¿Qué hace un psicoanalista? Se autoriza en sí mismo evitando, además, el cinismo canalla en el cual cae el neurótico desengañado. Decimoprimero. ¿Qué hace un psicoanalista? Renuncia a la infatuación narcisista. Decimosegundo. ¿Qué hace un psicoanalista? Contribuye, demostrando lógicamente su propio análisis, es decir, demostrando cómo aquello de lo que goza ya no interfiere con lo que escucha, a la pregunta siguiente: ¿qué es un psicoanalista?
Presentado el 26/11/2022 en la actividad introductoria al curso 2023 ¿Qué hace un psicoanalista?