El origen de la monstruosidad

Entrevista a Jorge Bafico, por Mora Cordeu

El libro El origen de la monstruosidad indaga en el mal siguiendo el itinerario trazado por nueve asesinos seriales famosos -dos de ficción, Hannibal Lecter y Dexter- cuyos crímenes no pueden ser inscritos en un patrón general sino que a a partir de historias diferentes y formas diversas irrumpe el lado más oscuro de la naturaleza humana.

En la entrevista, el psicoanalista mencionó el rol cumplido por el ex agente de FBI Robert Ressler en los años 70

– ¿Cuál fue el principal aporte de Ressler?
– Ressler introdujo el concepto de un perfil psicológico específico del asesino serial y partió de la idea de que sus comportamientos, precursores del asesinato, siempre han estado presentes, desde la infancia, y lo relaciona directamente a la falta de amor, con historias marcadas por problemas de adaptación social y de abuso infantil. Basado en un protocolo que realizó a 36 de los asesinos más importantes de Estados Unidos, llegó a algunas conclusiones sorprendentes. La más importante para nosotros es la que plantea que el problema del asesino en serie es un problema de amor. En este punto no se aleja de lo que planteamos los psicoanalistas: somos producto de nuestra historia.

– ¿Cómo ha ido evolucionando el estudio de la psicopatología moderna? Los casos elegidos en el libro ¿apuntan a ejemplificar la diversidad de la monstruosidad, la imposibilidad de definirla?
– Exactamente, el concepto de asesino en serie es un verdadero problema desde el punto de vista psicopatológico ya que no es claro de que estructura psicopatológica se trata. Algunos autores lo ubican en las perversiones, otros en las psicopatías y otros en las psicosis. Lo que si están de acuerdo la mayoría de los investigadores es que se trata de un problema del mal.

– Ustedes afirman que no hay una patología del asesino serial como piensa Ressler ¿Les interesa remarcar que no es posible establecer un patrón general?
– No hay un patrón general. A través de lo trabajado podemos decir que no existe un perfil del asesino serial, cada caso analizado fue diferente, con diferentes historias de vida y con diferentes subjetividades. A priori se podría pensar que encontraríamos asesinos al estilo del personaje de ficción Hannibal Lecter. Sin embargo, nos encontramos que solo dos encierran características parecidas: el norteamericano Ted Bundy (Burlington, 1946-ejecutado en 1989) y el colombiano Luis Alfredo Garavito (Genova, Colombia,1957).
Muchos de los casos que hemos visto, como el de John Wayne Gacy (Chicago, 1942- ejecutado en 1994), Jeffrey Dahmer (Wisconsin, 1960-fallecido en 1994); Ed Gein (Wisconsin, 1906-fallecido en 1984) y Albert Fish (1870, Washington, ejecutado en 1936), basculan entre la perversión y la psicosis, eso que llaman «montajes perversos» o «montajes psicopáticos», pero que en el fondo responden a una estructura psicótica. Además presentan dis­tintos tipos de psicosis, que pueden o no estar asociadas a la perversión: desde las psicosis «extraordinarias» -con desencadenamiento de la psicosis, como el caso de Richard Chase (California, 1950-se suicidó en 1980) o David Berkowitz (Brooklyn, 1953), hasta las psicosis que pueden llamarse «incalificables», como las de Gacy y Dahmer. Son psicosis, pero no presentan síntomas típicos. No hubo desencadenamiento ruidoso, ni alucinaciones ni delirios ni trastornos en el lenguaje o en el pensamiento, como sí ocurre en las psicosis delirantes agudas, donde la persona hace un corte abrupto con la realidad.
El inclasificable presenta una sintomatología casi imperceptible. El caso de Dahmer y Gacy, y el personaje de la ficción Dexter, protagonista de la serie televisiva por ejemplo, son paradigmáticos. El psicoanalista argentino Manuel Zlotnik plantea que los inclasificables son sujetos que pueden pasar por cambios muy abruptos en su vida y no preguntarse nada al respecto. También pueden llevar una vida chata, gris, sin ningún tipo de accidente, y tampoco hacer nada al respecto. No se preguntan por nada, no entran en conflictos morales -como podrían entrar los neuróticos- no hay mucha elucubración por saber y hay poca implicación subjetiva.

– ¿Alguien se puede convertir en un asesino serial sin haber sido abusado de niño u otros ejemplos mencionados? ¿Es posible que el mal se despierte sin previo aviso, sin condiciones favorables para ello?
– Bajo determinadas circunstancias podemos sacar lo peor de nosotros, podemos descompensarnos, angustiarnos, inhibirnos, y en algunos casos, bajo determinadas condiciones podemos llegar a matar de esta manera. En pocas palabras: somos complejidades singulares.

– ¿Que herramientas permiten analizar mejor esas subjetividades atravesadas por una locura monstruosa?
– Creo que el psicoanálisis es una buena herramienta. La clínica psicoanalítica se fundamenta en una clínica del detalle y no de la claridad fenomenológica. Lacan, por ejemplo, indicaba que lo significativo no era la acumulación de hechos, sino el recorte de uno solo con sus correlaciones; llamaba a esto pequeñas particularidades de un caso. Se trataría de reconocer la estructura aun en los más imperceptibles elementos, en los más sutiles y en los que, por lo general, pueden pasar desapercibidos, de algunos detalles para poder interrogarnos sobre la subjetividad singular de cada uno de estos asesinos. Digo asesinos, no seriales, porque la «serialidad» es bien diferente en cada uno de ellos.

– Ante un tiempo donde se observa una crisis de valores éticos y morales ¿avizora que el panorama a de la monstruosidad puede incrementarse?
– Por supuesto. No nos olvidemos que cada época caracteriza y desarrolla un tipo particular de discurso que atraviesa y construye la subjetividad de quienes la viven. A esto algunos le llaman «subjetividad de época» y las características que la constituyen no se pueden determinar como algo fijo y homogéneo, sino como una construc­ción dinámica y variable.
La subjetividad con­temporánea, tal como se manifiesta en el cine y en la series de televisión, poseería algunas de las ca­racterísticas definitorias de la hipermodernidad y en eso el significante de asesino en serie es uno de los protagonistas.
Dada las condiciones en el mundo globalizado y con las posibilidades de penetración cultural que brinda el desarrollo tecnológico, el discurso cinematográfico y el de las series de televisión, particularmente el de los Estados Unidos, se ha convertido en uno de los modos más extendidos de discursividad social.
Drácula, Frankenstein y otros monstruos de antaño han sido sustituidos por un fenómeno mucho más terrorífico: el asesino serial, un hombre que podríamos encontrar en cualquier esquina. Y que se ha convertido en uno de los personajes más recurrentes en la ficción contemporánea y en el protagonista de un marco genérico que lleva su nombre: la ficción de asesinos en serie. Su capacidad para asustar es grande, ya que no se trata de un ser ficticio ni sobrenatural, existe en el mundo real. Son además asesinos anónimos que se esconden entre nosotros y pasan como vecinos, compañeros de trabajo e incluso amigos o familiares. Sus asesinatos suelen ser atroces y matan además por motivos que sólo son relevantes en la mente del asesino y, por lo tanto, sus víctimas son personas inocentes que han tenido la mala suerte de cruzarse en su camino.

(2016)

Fuente: Télam
Fuente: TUportalRTV

Nuevos síntomas: un llamado a los psicoanalistas

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Massimo Recalcati

Recalcati es docente en la Universidad de Bergamo, promueve la “salida” de los analistas del consultorio, pero cuidando el rigor de su práctica, para evitar “infecciones” disciplinadoras.
Publicó, entre otros libros, El vacío y el resto. Lacan y el problema de lo real, La clínica del vacío: anorexia, dependencias y psicosis, Sobre el odio y La última cena: anorexia y bulimia.

-Se habla de nuevos síntomas como señales del malestar en la cultura contemporánea.
-Cuando uso la expresión nuevos síntomas refiero a aquellas patologías que en el capitalismo avanzado han alcanzado una difusión epidémica. Las anorexias, las bulimias, las toxicomanías, la neurosis de angustia (el ataque de pánico) o las depresiones. Estos síntomas son nuevos si se los comparan con los síntomas clásicos que el psicoanálisis trató desde su origen: las neurosis histéricas, las neurosis obsesivas, las psicosis. La diferencia está en que los nuevos síntomas no señalan tanto un antagonismo entre la persona y el programa de la civilización -como sucedía con la histérica que impugnaba el orden patriarcal-, sino que subrayan, del sujeto, su inserción conformista.
Hay que pensar, por ejemplo, en la anorexia, su valorización patológica de la imagen del cuerpo-delgado, enfatizado por el sistema social como un icono de belleza; en el cocainómano que usa la sustancia para amplificar sus prestaciones sociales (a propósito, acaban de publicarse dos testimonios invalorables, Días sin hambre, de Delphine de Vigan, y Retrato de un joven adicto a todo, de Bill Clegg). Nos encontramos frente a patologías que surgen no tanto de la tensión conflictiva entre deseo y realidad, sino con productos de una cierta mitología social, entre ellos el de la competencia, el consumo o la imagen. En todos los casos, lo que emerge es un malestar que no opera como una crítica al carácter alienante del sistema sino como exigencia conformista al mismo.

Imagen de la campaña contra la anorexia titulada “You are not sketch”, de 2013

-Usted sostiene que el psicoanálisis está llamado a salir del consultorio para atender a lo social.
-Exacto. El psicoanalista corre el peligro de convertirse en una especie en vías de extinción. La cura propuesta corre el riesgo de verse reducida a una cuestión moral. De igual modo que frente a la palabra, un psicofármaco reivindica una utilidad inmediata, las terapias cognitivo-conductuales serían, en cambio, las que se postularían hoy para tratar las patologías más graves. La ciencia experimental promete dar con los genes de la anorexia y de la obesidad.
Las terapias químicas o las centradas en el llamado síntoma–clave, como las TCC, prometen una mayor eficacia y rapidez frente a los tiempos largos de un análisis. Así, esta práctica corre el riesgo de convertirse en un residuo arqueológico. Pero los psicoanalistas comprometidos podemos atestiguar en la clínica de los nuevos síntomas, que el análisis también posee su eficacia terapéutica. Hemos experimentado esa eficacia no sólo en el consultorio sino también en el compromiso institucional.
El psicoanálisis no es una filosofía, obtiene resultados importantes porque da sentido a la palabra del sujeto, porque presta a esa palabra una atención nueva. Es preciso evitar gozar del privilegio de analistas de consultorio. Es necesario dar vida a instituciones diseminadas por el territorio, abiertas a un público no privilegiado, en las que se pueda practicar el psicoanálisis no como una cura elitista sino como una experiencia para cualquiera, la del propio inconsciente y su poder terapéutico.
Esa es la experiencia analítica: que la cura haga posible una nueva alianza con el inconsciente, una nueva relación del sujeto con su deseo, que ya no es rechazado o delegado en los demás. Hace años creamos Jonas. Hoy existen en Italia 15 sedes, esparcidas en las mayores ciudades. La creación de Jonas es un modo concreto de defender el psicoanálisis y su eficacia en la época del psicofármaco y de las terapias cognitivo-conductuales.

-En esta mirada del psicoanálisis sobre lo social ¿usted incluye también la problemática de los migrantes y sus culturas?
-Para el psicoanálisis cada sujeto es un nómade, un migrante. La identidad es una máscara. Cada uno de nosotros no sólo es un nómade, un migrante, sino que tiene que hacer frente, como ha enseñado Freud, a una multitud de instancias internas. En el mundo contemporáneo no es posible evitar interrogarse por una identidad constituida no sobre la exclusión del extranjero sino sobre su progresiva inclusión. Extranjero, o excluido de las relaciones de producción.

-¿Puede el psicoanálisis ofrecer una posibilidad de lectura del clima de miedo que se respira por todas partes?
-Diría que lo que está más difundido no es el miedo sino el pánico. El miedo, de hecho, es una reacción emotiva frente a un objeto determinado. El pánico es una reacción frente a la imposibilidad de identificar, de delimitar el objeto dañino del cual proviene la amenaza. En ese sentido, la inseguridad lo es en relación con la pérdida de los límites, de los límites simbólicos de nuestra experiencia. Incluso aquello que amenaza la propia vida hoy parece carecer de rostro determinado.
El fundamentalismo, desde este punto de vista, es un ejemplo dramático; ha convertido en inservible la idea de un enemigo visible, localizable. Una bomba puede estar en cualquier lado, desbaratar cualquier medida de protección. Ni siquiera la vida de los niños supone una barrera a la furia del terror. La experiencia del análisis ayuda a reconocer lo extranjero que nos habita, nuestro ser más terrorífico, y así nos vuelve más tolerantes frente a las incógnitas de la vida.

(2013)

Fuente: Télam

Un nuevo amor, frente a la decadencia del amor

Entrevista a Mercedes de Francisco

De Francisco es miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, también es docente del Nuevo Centro de Estudios Psicoanalíticos (NUCEP).

-¿Hay un nuevo amor, propio del siglo XXI, o hay una nueva manera de vivir el amor? En cualquier caso, ¿cuál sería el rasgo diferencial de ese nuevo amor?

El diagnóstico que sociólogos, politólogos, filósofos hacen del siglo XXI, es que el amor ha perdido intensidad, se ha devaluado, está en decadencia y ello preocupa. Sin embargo, parece haber un acuerdo en considerar que el amor es parte fundamental de la vida para los seres hablantes. Freud afirmó que una civilización donde el amor pierde su valor, es una civilización en decadencia, y desde luego en este momento dichos signos no pueden ignorarse. Los estudios de campo que realiza la socióloga Eva Illouz le sirven para constatar los cambios en las costumbres amorosas y el impacto que la técnica está teniendo en ellas. Se buscan causas, donde se invoca a la psicología y al psicoanálisis como si se tratara de la misma cosa, y cuando hay una mención más específica (al psicoanálisis) se apela a los posfreudianos, dejando de lado el camino que abrió Jacques Lacan. Estos sociólogos oscilan entre la constatación de los hechos, la nostalgia por tiempos pasados y la dificultad para encontrar una salida frente a los efectos que está teniendo la tecnociencia sobre los cuerpos, el discurso y los afectos. Hace años comencé a interesarme por este nuevo amor que Lacan extrae del poema de (Arthur) Rimbaud, A una razón, y al que Jacques-Alain Miller alude en varios de sus cursos para mostrar cómo el amor es una suplencia frente a la imposibilidad de proporción sexual.
Es evidente que si sólo existiera esta imposibilidad y la respuesta de goce sinthomático que cada uno tiene, no podríamos hacer ningún tipo de lazo que hiciera posible la existencia. Lacan muestra que en todas las épocas el amor ha tenido la función de suplir esa imposibilidad, taponándola, olvidándola detrás de los velos fálicos de la significación.
En el capitalismo salvaje que se basa en eliminar todo eco de lo imposible lo nuevo del amor será lacaniano. Un nuevo amor que hunda sus raíces en dicho imposible.

-El libro está ilustrado por cantidad de referencias a libros y a películas. Pero te nombro tres, más o menos nuevas, que quizá ayuden a pensar este nuevo aire de época: La gran belleza, de Paolo Sorrentino; Jeune et jolie, de Francois Ozon; y Don Jon, de Joseph Gordon-Levitt. No sé si la figura del varón aparece degradada. Pero creo que a la figura de la mujer, en los tres casos, se le supone un saber, pero un saber incognoscible. Si agregamos Nymphomaniac, de Lars von Trier, completamos un pequeño cuadro.

-Dejo de lado Nymphomaniac, que todavía no he visto, sólo se ha estrenado la primera parte en Madrid. La gran belleza y Jeune et jolie creo que son ejemplo de los momentos que estamos transitando y no considero que las mujeres salgan mejor paradas que los hombres. En la película de Sorrentino, que pinta la decadencia de una determinada clase social italiana, las mujeres están inmersas, como los hombres, en un mundo de banalidad y de goce cínico donde no se diferencian unos de otras. La voz del relato, que coincide con el protagonista, lo reconoce y avanza hacia su decrepitud. En este film, a mi parecer, la única mujer que tímidamente da signos de su feminidad es la criada. Desde luego, no entro aquí en consideraciones estéticas, aunque creo que Roma, con sus fuentes, plazas, puentes y palacios, o la monja mística que hace una clara alusión a la madre Teresa de Calcuta, ni siquiera sirven como antídoto o barrera a una decadencia fútil y obscena.
Algo distinta es Don Jon. Sin ser una película pretenciosa, con ese tono de comedia al uso… parece tratar con bastante inteligencia las dos posiciones solipsistas, tanto la del protagonista, Jon, con su adicción a la pornografía, como la que interpreta Scarlett Johansson, y su adicción a la idea de un novio hecho a su imagen y semejanza. Bajo la apariencia de que el encuentro se torne significativo, ella esconde su afán de dominarlo en cada una de las facetas de su vida. Amigos, familia, sexualidad, hobbies, todo tiene que quedar sometido a la mirada de esta aparente mujer.
Diré, con cierta ironía, que gracias a que descubre el historial de visitas a páginas porno, y por eso rompe con él, Jon logra liberarse. Me gustaría señalar el papel que cumple su hermana, que en todas las escenas familiares, incluso en la iglesia, está presente, siempre absorta en su iPhone; sin embargo, es la única que ha sabido apreciar el tipo de mujer que era Scarlett Johansson. Y es gracias al encuentro con una mujer, Julianne Moore, que se abre para Jon la posibilidad de amar, de hacer el amor y asumir una posición masculina que nada le debe a la versión edípica. Jon nos dirá que cuando está con ella, lo demás se esfuma y entonces él puede perderse, sentir el encuentro como real. Y el porno queda atrás no por obligaciones maritales o indicaciones terapéuticas sino por el encuentro con una mujer.

-La prostitución a la que se entrega la protagonista de Ozon, ¿tiene alguna relación con la clandestinidad a la que hacés referencia en uno de los capítulos del libro?

-En el capítulo amores clandestinos hago una distinción entre el secreto y lo clandestino como atributo del amor. Justamente, la protagonista de Jeune et jolie lleve en secreto sus prácticas en el mundo de la prostitución, que es lo que más se aleja a lo que trabajé como lo clandestino. En esta película, a mi entender, se trata del encuentro con el otro sexo de una joven de 17 años. Su primera relación está marcada porque el varón va a lo suyo, y lo que ella repite cada vez que se cita con sus clientes a través de su iPhone, es eso. ¿Qué mejor que la prostitución para encontrar este va a lo suyo del macho, una y otra vez?… con la salvedad de que en estas citas ellos pagarán y cuanto más, mejor. Es con la aparición de la contingencia dramática que su embrollo, fundamentalmente edípico, de rivalidad con la madre saldrá a la luz. Pero para tener algún atisbo de lo clandestino, hay que amar, esta joven no ama. Por eso su personaje es tan actual, no por su experiencia como prostituta. Su desapego, incluso ese estilo algo cínico y provocador en sus lazos familiares y de pareja, trae ecos de la actualidad. Cuando surge la chispa del encuentro amoroso, sentimos, por un lado, una certeza y por otro, un desconocimiento de las razones que nos llevan a elegir a esa persona. Lo desconocido para nosotros lo nombré clandestino, tomándolo de una novela de Philippe Sollers.

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-Pregunto eso porque paradójicamente, cuando esa práctica se extiende (pienso también en la película donde Juliette Binoche hace de una periodista que cede a la tentación), también se extiende la violencia de género -esto es, la impotencia masculina.

-Son varias las cuestiones que planteás en esta pregunta. Es evidente que la prostitución es algo que atraviesa las épocas. Y la mal llamada violencia de género, pues hablamos violencia contra la mujer, no es un fenómeno nuevo. Los maltratos por parte de los hombres en las relaciones de pareja han existido en épocas pasadas, incluso estaban legalizadas pues la mujer era una pertenencia del marido o del padre. El momento donde matrimonio y amor, que estaban separados, se unieron, afectó a la institución familiar que se vio zarandeada por los avatares del amor. A mitad del siglo XX, el avance del control de la natalidad unido a los derechos conseguidos con el voto y en el trabajo, supuso un vuelco definitivo. Este cambio ha sido incomparable respecto a los anteriores. Considerar a la mujer como un ser en pie de igualdad con el hombre desde el punto de vista civil, filosófico y espiritual, es algo inédito. Hasta el siglo XX -y no debe ser casual que nazca en este siglo el psicoanálisis-, las diferencias anatómicas, psicológicas, etcétera, entre hombres y mujeres, servían para justificar la no igualdad de derechos civiles, políticos, laborales.
Y ahora que se sigue luchando por la igualdad, se está corriendo el riesgo de querer borrar estas diferencias. Las igualdades innegables de los derechos humanos no pueden subsumir las diferencias subjetivas y tampoco la diferencia que introduce en el mundo el cuerpo de la mujer. Muchos movimientos feministas critican al psicoanálisis porque consideran que nuestra insistencia en no soslayar esta diferencia sexuada, implicaría un tratamiento discriminatorio. Nada más lejos de nuestros planteos, sobre todo desde la perspectiva de Lacan, que en su retorno a Freud subvirtió la consideración de lo femenino. Posiciones conservadoras y progresistas en el capitalismo actual promueven una homogeneización de los sujetos, que tiende a borrar la diferencia existencial y la posición sexuada de cada uno. Lo homogéneo, lo idéntico, aunque pueda creerse que llevará a algo armónico, lo que genera es un aumento de la agresividad y de la violencia en los vínculos.
Esta violencia está ligada con la diferencia de sexos. Se trata de cómo asume cada sujeto su posición sexuada, y cómo se las arregla con la alteridad que representa una mujer. 
Frente a la incapacidad de amar esa alteridad que supone el cuerpo de la mujer, el hombre está tentado a violarlo, degradarlo, humillarlo, en un intento desesperado de hacerlo todo suyo, como lo expresa Marguerite Duras en El mal de la muerte. Pero la relación con esa diferencia es problemática para hombres y mujeres. No hay un saber ni una técnica que diga cómo afrontar lo traumático de la sexualidad. Ni un modelo para saber cómo ser hombre o mujer.
El goce, en el hombre, está referido al órgano que porta, su condición de amor es fetichista, parcializada, metonímica. Y en la mujer (su condición) es erotómana, su amor depende del signo del Otro. Para la mujer, su satisfacción, su goce sexual pasa por el amor. Las diferentes formas de goce sexual implican una imposibilidad irreductible, que solamente puede ser tratada por la vía del amor. Pero si este amor no tiene en el horizonte esta diferencia con la imposibilidad, si no está advertido, la guerra de los sexos pasará a la escena.

-Sabrás corregirme. ¿Cómo pensar al amor cortés, incluso al amor en la época que Lacan habla de Antígona y más tarde, durante mayo del 68, frente a estos nuevos fenómenos?

-La historia deja sedimentos simbólicos, vigentes en el presente. Somos platónicos, aristotélicos, ocurre lo mismo con el amor. Sobre el Banquete de Platón, Lacan hace un análisis de gran finura, muestra esto mismo. En el seminario sobre la psicosis, dice que el amor cortés sigue teniendo vigencia a través de la sala oscura del cine. La nouvelle vague que tiene a Françoise Sagan y a Bonjour tristesse, de 1954, como un exponente, a través de la relación de una joven y su padre, muestra el declive de la posición viril, a la vez que el nudo rígido de la histérica, de enorme vigencia. Encontramos a hombres y mujeres desorientados frente a lo femenino. Si en los hombres esto es una impotencia cuya consecuencia en la vida sentimental actual se nombra fobia al compromiso, en las mujeres encontramos la deriva hacer de hombre. Hombres y mujeres, cómplices del capitalismo que llama a la erradicación de lo imposible, con el apoyo de la evaluación y del conductismo.
El amor se aleja de la poesía, de su intensidad y valor como tratamiento de lo imposible, se transforma en una mercancía más, a la cual se aplican un sinnúmero de técnicas. Existen ya aplicaciones para el iPhone que evaluarán nuestras relaciones sexuales, o un sujetador con un mecanismo que solamente se abre cuando se trata de un amor verdadero, es la forma que en la actualidad se instala la medida fálica por medio del objeto técnico y su anudamiento con la neurociencia.
Si consideramos la definición de Lacan de lo real como lo imposible de escribir, los nuevos desórdenes de lo real que padecemos tienen que ver con el afán de aniquilar la imposibilidad. Y si el amor es la suplencia de esta imposibilidad, es en ese campo donde se experimentan desórdenes inéditos. La intervención del capitalismo en su maridaje con la ciencia sobre el campo de la sexualidad genera enorme dividendos, pornografía, prostitución, estética. ¿Cuál será el futuro de los seres hablantes si no contamos con lo imposible y con el amor como su suplencia?

(2014)


Fuente: Télam