La autobiografía y el pase

Jacques-Alain Miller

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Por Vida de Lacan entiendo algo totalmente distinto de una biografía.

Lo que más se parece a la autobiografía es la operación llamada el pase, cuando el sujeto, una vez que ha resuelto que su análisis está acabado, se considera en condiciones de dar cuenta ¿de qué? —no tanto de la historia de su vida como del curso de ese análisis.

Esta operación, allí donde se practica —lo que sin embargo no es así en todas partes en el psicoanálisis sino sólo allí donde se ajustan más o menos a la invención de Lacan— es siempre inseparable, lo perciba o no el sujeto, de una precipitación. Esta modalidad temporal, la prisa, es a decir verdad fundamental porque el sujeto, en el momento del pase, juega su partida con relación a la represión primaria, es decir, debe contar con la posibilidad ineliminable de que haya otras interpretaciones, ahora y siempre.

Por lo que se refiere a la represión primaria, uno sólo puede declararse pasante por un efecto de «certeza anticipada», expresión de Lacan en su artículo del Tiempo lógico. Es si puedo decirlo así, la certeza anticipada de que las interpretaciones venideras serán inesenciales. Desde el punto al que ha llegado, prevé de manera que nil novi: por mucho que eso cambie, en adelante seguirá siendo lo mismo. Esta certeza que es la tuya exige todavía ser verificada.

Lo es de la manera siguiente. Tu relato es escuchado por otros dos que están en el mismo punto que tú, pero en la modalidad del «todavía no.» No han decidido todavía anticipar por su propia cuenta el fin de su análisis; vacilan en el filo de la cresta, se preguntan en qué punto están; están tanto más pendientes de tus palabras. Estos dos pasadores transmiten entonces el testimonio que han escuchado, por separado, de ti, a un areópago selecto de los que deciden, que sólo conocerán de ti, el pasante, esa relación indirecta de tus decires. Así ,cuando eres pasante, no estás allí cuando se defiende tu causa ante el jurado: como en la Corte de casación, son otros, es decir, tus dos pasadores, quienes te representan ante él en tu obligada ausencia. Estos pasadores serán, según tu actuación los haya convencido o no, o bien abogado, o bien procuradores, o bien se repartirán los papeles, o incluso pasarán de un papel a otro.

Ya lo sé: es rebuscado —es decir, retorcido, pero el motivo es fácil de captar. El objetivo es reducir a nada, o al menos minimizar la incidencia de la persona del pasante, ya sea que juegue a su favor o en detrimento suyo. Dado que lo imaginario hace de pantalla a lo simbólico, se trata de hacer de pantalla a lo imaginario para despejar lo simbólico. Es precisamente la razón por la que , en análisis, se hace uso de buen grado del diván.

Existe, siempre, para el sujeto, forzamiento cuando se decide a hacer el pase. El fin de análisis exige poner un término a la dinámica de la interpretación, que en sí misma está cargada de infinito, y este término sólo puede fijarse en la dimensión del riesgo, sin garantía preliminar de triunfar en la prueba de validación.


Jacques-Alain Miller: Vida de Lacan, Grama, Buenos aires, 2011, página 20

«Me había vestido para seducirlo»

Pierre Rey

Me había vestido para seducirlo. Tweed, terciopelo, cachemir. Por añadidura, ese encanto mío iba acompañado por la molestia de una leve renguera debida a una patada recibida durante un combate de savate. Tomé como cuestión de orgullo personal llegar a la hora exacta en que me había convocado. Él siguió el juego más allá: no me hizo esperar siquiera un segundo. Sincronismo perfecto. Gloria ni había terminado de abrirme la puerta cuando se corrió la hoja de la correspondiente a su estudio. Nos dirigimos una gran sonrisa. Con toda evidencia, pese a los pacientes que yo había visto en la sala de espera, él sólo me esperaba a mí. La puerta de su consultorio se cerró detrás de nosotros. Ubicó su silla en paralelo a su escritorio. Me senté en la mía.
Cara a cara.
Ya desde la noche anterior había tenido tiempo para organizar mis defensas. Lo observé con una curiosidad divertida, crucé las piernas y encendí un cigarrillo —no, eso no le molestaba en absoluto; me tendió un cenicero— y en unas frases púdicas, en las que esparcía, como si el relato lo requiriera, nombres cargados de importancia que tornaba cotidianos para mí, le tracé el retrato resplandeciente de un diletante con condiciones, llegado a él —no estaba formulado, pero era un presupuesto— prácticamente por conjunción del azar y la curiosidad intelectual.
Dio la impresión de entender muy bien. Estaba subyugado. Yo también. Cuando le hablaba de mis ocupaciones profesionales en el diario en que trabajaba, me preguntó si conocía a la señora Z., que también trabajaba allí. Yo nunca antes había oído ese nombre, y se lo dije. De golpe me preguntó si bebía. Me quedé desconcertado. No, yo no bebía. Algo de vino, como todo el mundo, pero beber por beber, no. Yo era un deportista, ¿cómo habría podido? Él asintió de buena gana.
Encendí un cigarrillo tras otro. Él no dejó de tenderme el cenicero. Después, con una última sonrisa, se puso de pie. La entrevista había terminado. ¿Cuánto tiempo había transcurrido? ¿Una hora? Acaso más. Le pregunté cuánto le debía. Por más que nadie me hubiera informado al respecto, ya conocía la cifra que me lanzó. Yo había decidido que sería exorbitante. Lo fue. Correspondía exactamente a la suma que había conseguido en préstamo el día anterior de manos de dos amigos tan insolventes como yo. Por ende, le tendí mis tres billetes, sin sorpresa. Desaparecieron instantáneamente en un bolsillo de su pantalón. Me estrechó la mano con una gran sonrisa y me dijo: «Hasta mañana.» Le contesté que desgraciadamente eso era imposible, porque no tenía con qué pagarle. Él no dejaba que su mano soltara la mía; busqué el modo de retirársela sin que tomara mi gesto como una ofensa. Abrió la puerta como si no hubiera oído y repitió: «Hasta mañana.»

Pierre Rey: Una temporada con Lacan, Letra Viva, Buenos Aires, 2005, página 54.

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Pierre Rey (1930-2006)
Fue novelista, dramaturgo, crítico de cine y periodista. Publicó numerosas novelas, entre ellas El griego, Out, La viuda del sigloLa sombra del paraíso.
Pierre Rey realizó con Jacques Lacan un análisis que duró más de diez años. De ese tratamiento da testimonio en Una temporada con Lacan.

«La videocámara más difícil de desactivar es la que se nos ha metido dentro»

Entrevista a Gustavo Dessal

-¿En qué dirección pensar algunas conjeturas para el psicoanálisis en el siglo XXI?

-Ayer por la noche una colega de nuestra Escuela dictó una magnífica conferencia sobre el deseo. Resulta muy interesante volver de tanto en tanto a revisar los conceptos clásicos, fundamentales del psicoanálisis, una buena ocasión para encontrar algo nuevo, especialmente si hacemos el esfuerzo de situarnos en la contemporaneidad que nos toca vivir.
El deseo. Todo un clásico del psicoanálisis, y que Lacan, incluso a pesar de su teoría del goce, no olvidó jamás. ¿Cómo pensar el problema del deseo en el siglo XXI? Algo salta a la vista, que no podemos pasar por alto. Tanto Freud como Lacan definieron el deseo como inconsciente e insatisfecho. Hoy en día, estos dos términos tropiezan con el obstáculo de un discurso que se confabula en su contra. Por una parte, la sociedad de la transparencia ve con muy malos ojos (¡valga la metáfora!) que algo pueda ser invisible.
El inconsciente ya no despierta en la actualidad el sentimiento de ofensa narcisista del que hablaba Freud en Las resistencias al psicoanálisis. Nadie es hoy en día tan necio como para creer que la conciencia sea capaz de agotar la gigantesca y compleja actividad que supone la vida mental. Hasta el más mediocre neurocientífico sabe eso. Otra cosa es aceptar que el deseo no puede hacerse visible ni por la palabra ni por las imágenes cerebrales; que el deseo humano sólo puede vivir si no se ataca su derecho al misterio y al medio decir.
Por otra parte, tenemos el bendito asunto de la insatisfacción, palabra de la que actualmente nadie quiere siquiera oír hablar. ¿Insatisfacción? Eso hiere mucho más la sensibilidad contemporánea que las observaciones de Freud sobre la sexualidad en la Viena de principios del siglo pasado. En El malestar en la cultura, texto de 1930, la civilización se define por aquello que es capaz de limitar y de inhibir. Hoy día es todo lo contrario: vivimos en la cultura de la satisfacción, que se exige rotunda, inmediata, absoluta.
Ello no significa que sea posible, sino que la desdicha que esa imposibilidad genera se ha vuelto definitivamente insoportable. Vivimos en un estado de la civilización que propicia la cobardía moral, y que ha degradado la falta fecunda del deseo, lo que Freud llamaba la pulsión de vida. Thanatos no ha nacido en el siglo XXI, pero actualmente está más contento que nunca con las condiciones tan ventajosas en la que puede ejercer su viejo oficio.

-¿Por qué crees que hay tantas personas que eligen otros modos de tratar su malestar? El psicoanálisis no creo que esté reservado sólo a una élite que hará o no el pase. Incluyo a la religión entre esos otros modos.

-Desde luego, existen muchas formas de abordar el malestar humano. La religión ha sido (y continúa siendo) un método por excelencia. A título personal, estoy tan convencido de la potencia del método analítico que no necesito aplicarme a la crítica feroz que otros colegas dedican a las múltiples terapias que existen. En primer lugar, porque Lacan nos enseñó que el secreto reside en saber cómo actuar con el propio ser.
Muchos psicoanalistas no lo consiguen, y a veces algunos psicoterapeutas sí. Por lo tanto, cuando recibo a un paciente que proviene de alguna experiencia terapéutica anterior, no investigo ni el método, ni la corriente del tratamiento que ha realizado. Prefiero preguntarle qué es lo que aprendió en dicha experiencia. La respuesta me resulta más instructiva que conocer el modo en que la ha alcanzado.
Y desde luego, el psicoanálisis no está reservado para ninguna élite. En primer lugar, porque el deseo de saber no existe para nadie, y si acaso logramos hacer surgir una pequeña chispa, esta puede darse en un aristócrata o en un cartonero. Y no debemos desdeñar la religión, que a mucha gente le aporta un sostén fundamental en la vida. ¿Con qué derecho habríamos de oponernos a que existan algunas personas que se dediquen a salvar almas? Los psicoanalistas deberían preocuparse más por no sucumbir a esa misma tentación, y sobre todo a no contribuir a que sus instituciones se parezcan demasiado a la Iglesia. Y subrayo lo de demasiado. Pretender que no se parezcan en nada ya está visto que es imposible…

-Al respecto, Lacan, si entendí bien, forjó, alguna vez, una ley de hierro: psicoanálisis o religión. En ese caso, la religión gana por robo.

-Lacan era lo suficientemente astuto como para comprender que el verdadero ateísmo es algo muy difícil de obtener. Creer que por definición el pase nos librará de la creencia religiosa es una ingenuidad. Podría ser hasta divertida si no fuese porque no tiene gracia.

-Si el psicoanálisis es una experiencia del ser, ¿están los psicoanalistas, los que se nombran así, a la altura de semejante desafío? Consideremos la cantidad de repeticiones y habladurías que se escuchan en un congreso, las cantidades que ignoran que la escritura de William Faulkner también es una experiencia del ser.

-Sin duda, un psicoanálisis es una experiencia del ser. Eso es inobjetable. Claro que no es la única, desde luego. No estoy muy seguro de que los analistas suelan frecuentar a Faulkner. Si lo hicieran probablemente analizarían mucho mejor a sus pacientes. Muchos escritores me han ayudado a entender algunos de mis casos bastante mejor que lo que a veces me aportan los locos literarios, como ironizaba Lacan respecto de la literatura analítica. Pero ¡ojo!, sin olvidar el deber de la supervisión, y desde luego el principio de los principios: el propio análisis.
Tu comentario encierra además un dilema muy grave, y hasta cierto punto insoluble. La soledad del analista suele conducirlo al delirio. En el extremo opuesto, la comunión con sus compañeros de partido, produce en demasiadas ocasiones efectos de identificación que estrangulan los postulados éticos del psicoanálisis. Puesto a elegir entre un psicoanalista delirante, o un delirio psicoanalítico entre varios, necesito pensarlo un buen rato.

-Los psicoanalistas lacanianos no quieren adaptarse, ni renunciar a sus principios, estructuralmente es una práctica refractaria al poder. ¿Cómo entender entonces que en la AMP no esté más Colette Soler, Stuart Schneiderman, Slavoj Zizek, Jean Allouch? ¿O no son lacanianos?

-Bueno, que el psicoanálisis sea una práctica refractaria al poder…, suena muy bien. Lacan inicia su escrito La dirección de la cura diciendo que el poder que los analistas quieren ejercer traduce una impotencia para sostener una práctica verdadera. Si empezó de este modo, es porque sabía que el poder no está en absoluto reñido con la práctica analítica, o al menos con los analistas. Como lo decía él con su habitual acidez: mirémonos a las caras.
¿De verdad podemos creer que estamos hechos de otra pasta? Por otra parte, la ausencia de esos nombres en la AMP responde a vicisitudes e historias que desconozco en detalle, y que además no puede explicarse en virtud de una fórmula general. De todos modos, nunca ha sido fácil que varios amos convivan bajo un mismo techo. ¿Por qué habría de serlo bajo el techo del psicoanálisis?

Algo incurable habita al ser hablante. En tiempos de vigilancia global, policía, fundamentalismo, disolución de lo público y lo privado, ¿cuál pensás qué es el estatuto de la intimidad frente a esa invasión?, ¿cómo decir no en un mundo que obliga todo el tiempo a decir ?

Los esclavos romanos solían llevar un cartel colgado del cuello que decía: Tenemene fucia et revo cameadomnum et viventium in aracallisti, o sea: Detenedme si escapo y devolvedme a mi dueño. Claro que en esa época no había cámaras de videovigilancia. Ahora lo tenemos un poco más difícil, y no necesitamos llevar ese cartelito para que nos devuelvan a nuestro dueño. Peor aún: nos devolvemos solos, sin que nadie nos lleve. Después de todo, en eso consiste el discurso rayado del que hablaba Lacan.
Tu pregunta me evoca el eterno problema del superyó: Freud creyó al principio que era el policía que soplaba el silbato y nos hacía ¡No! con el dedo. Al final de su obra se dio cuenta de que era al revés, y eso Lacan lo pescó al vuelo. Es el policía, desde luego, pero uno muy especial, porque nos incita a decir que sí. Sí al goce. Más que una incitación, es un mandato. Como lo dice Zygmunt Bauman: ser hoy un buen ciudadano es cumplir con los deberes del shopping game. El psicoanálisis descubrió una cosa muy interesante: el no es una invención del padre. No ser loco consiste en decir al no paterno.
Pero en el siglo XXI las reglas del juego han cambiado. Se puede decir  ¡no! al no paterno, hacerle pito catalán, y sin embargo no estar completamente loco. Hay síntomas con las que uno se puede arreglar para solventar ese problema. El neurótico suele quejarse (y es un motivo frecuente para consultar a un analista) de que no sabe decir que no, que con tal de sentirse amado es capaz de soportar cualquier cosa. Va a necesitar un tiempito para comprender que soportar cualquier cosa es un goce que puede rozar el éxtasis, y que debe librarse de ese goce, y no del Otro al que procura complacer. La videocámara más difícil de desactivar es la que se nos ha instalado adentro. Para que se le agote la batería, hay que usar mucho el diván.

(2013)


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Banksy

Fuente: Télam

El deseo de ser psicoanalista es un deseo del tipo moneda falsa

Jacques-Alain Miller

Como se sabe, el acto analítico es distinto de cualquier acción, el acto analítico no consiste en hacer, sino en autorizar el hacer del sujeto. El acto analítico es como tal un corte, es practicar un corte en el discurso, es amputarlo de cualquier censura, al menos virtualmente. El acto analítico es liberar la asociación -es decir, la palabra- de lo que la constriñe, para que discurra libremente. Y entonces constatamos que la palabra liberada recupera recuerdos, pone en presente el pasado, y bosqueja un porvenir.
Este acto, el acto analítico, depende y compete al deseo del analista, que no es del orden del hacer. Consiste esencialmente en la suspensión de cualquier demanda de parte del analista, en la suspensión de cualquier demanda de ser: no se les pide ser inteligentes, no se les pide siquiera ser verídicos, no se les pide ser buenos, no se les pide ser decentes, sólo se les pide hablar de lo que se les pasa por la cabeza, se les pide que entreguen lo más superficial de lo que viene a su conciencia. Y el deseo del analista no es ajustarlos a, no es hacerles el bien, no es curarlos, sino justamente obtener lo más singular de lo que constituye su ser; esto es, que sean capaces de delimitar lo que los diferencia como tales y de asumirlo, de decir: Yo soy esto que no está bien, que no es como los demás, que no apruebo, pero que es esto -lo cual sólo se obtiene, en efecto, por una ascesis, una reducción-.
Este deseo del analista de obtener la diferencia absoluta no se vincula con ninguna pureza, porque esta diferencia nunca es pura. Al contrario está enganchada con algo que Lacan no dudaba en llamar cochinada, esa que ustedes pescaron del discurso del otro y que rechazan, sobre la que no quieren saber nada. Hay un matema para eso, que es el objeto a. Aunque en la práctica nunca se lo puede deducir, sino que se presenta. Hay un matema, es decir es asunto de geometría. Pero en la práctica es siempre una sutileza, que sólo se capta de un vistazo, cuando al cabo de un tiempo para comprender, se precipita una certeza que se condensa en un es eso. Y sin duda, eventualmente, no una vez. Y hasta tanto ustedes no obtengan un es eso, no vale la pena jugar a hacer el pase. Justamente, lo que Lacan llamaba pase demandaba la captura de un es eso en su singularidad. De modo que mientras ustedes piensen que pertenecen a una categoría, deben renunciar a hacer el pase.
El deseo del psicoanalista no tiene evidentemente nada que ver con el deseo de ser psicoanalista. ¡Ah, ser psicoanalista…! ¡Qué sensacional! El hombre, la mujer, que presenta los semblantes de… ¿cuáles? ¿Afabilidad, comprensión condescendiente, cierta distinción, una supuesta experiencia en esas materias? Y que los tomará de la mano para que ustedes se vuelvan como él o ella. El deseo de ser psicoanalista en el fondo es siempre de mala calidad, es un deseo del tipo moneda falsa. La idea de Lacan era que uno se vuelve analista porque no puede hacer otra cosa, que esta elección tiene valor cuando es forzada, es decir, cuando se ha hecho un recorrido por otros discursos y se volvió a él, se volvió a ese punto donde todos los otros discursos parecen débiles, y uno sólo se arroja en el discurso del analista porque no puede hacer otra cosa. Como ven es algo muy diferente de un cursus honorum, es muy distinto de franquear etapas de un gradus, es a falta de algo mejor, a falta de dejarse seducir por las ilusiones de otros discursos.

Jacques-Alain Miller: Sutilezas analíticas,  Buenos Aires, Editorial Paidós, 2011, página 40.

Tres canas

En una sesión de mi análisis descubrí sorprendida que estaba quejándome porque me salieron canas.
Las había contado: ¡tres!
Con horror las encontré, una a una. Del horror pasé a la risa, pues la situación misma era ridícula.
Esas tres canas me llevaron a pensar que el problema no eran ellas. El problema era la frase: “sos igual a tu madre”, que siempre atravesó mi vida.
Mi madre no llegó a envejecer, murió mucho antes.

Mis tres canas indican, en su silencioso crecimiento, que había algo que yo había sobrepasado.
No sólo estoy envejeciendo sino que esa frase, que siempre viví como una verdad indiscutible, era una verdad mentirosa.

No soy igual a mi madre.
En verdad nunca lo fui.
Sin duda, los tiempos del sujeto no van de la mano con la cronología.

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Elizabeth Winthrop Chanler,1893. John Singer Sargent

Mercedes Ávila

(2014)

Fuente: Niebla Roja

¿Por qué se le hacen regalos a una mujer?

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¿Por qué se le hacen regalos a una mujer? ¿Por qué se regala a una mujer que se ama o se desea o que se ama y se desea? Sucede que al hacerle un regalo se apunta a ella como carente de lo que se le va a dar, se apunta a ella como castrada; mientras que en el acto sexual, precisamente, ella no pierde nada. Y por eso se habla tanto de tomarla, cuando por el contrario es el hombre el que da.

No hay relación sexual: se trata de una verdadera forclusión del significante La mujer, y esta forclusión -que no haya concepto universal de La mujer– justifica la proposición de Lacan todo el mundo está loco. En este nivel se justifica; es decir que sobre este tema, el de la mujer y la relación sexual, cada uno tiene su construcción, cada uno tiene su delirio sexual. Entonces, más especialmente, todas las mujeres son locas, según Lacan, en la medida en que, al faltar un concepto universal de feminidad, ellas no saben quiénes son. Pero agrega que ellas no están locas del todo, dado que saben que no saben. Los hombres, en cambio, sabe, creen saber lo que es ser un hombre, y eso no se hace más que en el registro de la impostura.

De aquí que se hagan regalos a una mujer para que ella encarne el objeto no detumescente, no evanescente del deseo. Y eso es por excelencia la piedra, el objeto eterno.

diamante

(2008)

Jacques-Alain Miller: Sutilezas analíticas,  Buenos Aires, Editorial Paidós, 2011, página 62.

«Hay diagnósticos de TDAH que se hacen por los padres»

Entrevista a José R. Ubieto, autor de TDAH: Jose R Ubietohablar con el cuerpo (editorial UOC.)

TDAH. ¿A qué alude ese acrónimo? Uno, a la falta de atención. O dos, a la hiperactividad y la impulsividad. O tres, a una combinación de las anteriores. Se estima que el 6% de la población infantil padece este trastorno. El TDAH es una alteración real. Pero para ciertos ámbitos del psicoanálisis es sólo una etiqueta diagnóstica sin evidencias neurobiológicas ni genéticas.

¿Qué es el TDAH?

Es el nombre prêt-à-porter con el que hoy designamos el malestar en la infancia en sus diferentes formas: inquietud, problemas de conducta, dificultades de aprendizaje. En sentido más estricto se refiere a un diagnóstico psiquiátrico aplicable desde niños a adultos con síntomas de hiperactividad o falta de atención.

¿Cómo se diagnostica?

El diagnóstico debería hacerse por especialistas clínicos en un contexto de entrevistas personalizadas y con ayuda, cuando sea preciso, de otros instrumentos diagnósticos. En la práctica, profesionales del ámbito educativo o de la salud (no especialistas), e incluso los mismos padres, a veces «cuelgan» esa etiqueta para nombrar algo que los perturba y que no saben bien cómo comprender. El abordaje clínico debe priorizar la escucha de ese malestar y a partir de allí pensar las ofertas posibles: tratamiento psicológico, farmacológico, educativo.

Un niño es desatento, se muestra inquieto, rinde poco en clase. ¿Qué pueden hacer los padres?

Primero hablar con su tutor de la escuela para buscar juntos estrategias que mejoren ese rendimiento. Pensar también en el trabajo en casa, en cómo acompañarlo en sus deberes y en sus dificultades vitales, cómo estar al lado tomando en cuenta lo que a él le puede inquietar, que no siempre coincide con lo que nos inquieta a los padres o a los docentes. Cuando todo eso no funciona es el momento de consultar a un clínico. Pero primero la educación.

¿Cómo es un niño con TDAH?

Es alguien que muestra una inquietud. Algo hace que no pare de moverse, que lo despista y le complica la existencia y el vínculo educativo. Pero al mismo tiempo, y esto ya no es tan evidente, es alguien fijado a un punto, a un cierto impasse que le hace sufrir. Fijado a algo que no ha podido resolver de su relación familiar, de su relación con los compañeros o de la relación consigo mismo. De allí la paradoja de niños incapaces de concentrarse en una tarea escolar y, sin embargo, pendientes todo el tiempo de los cambios de humor de los adultos, del tono de su voz o de un videojuego.

El psicoanálisis niega que el TDAH tenga base genética o neurobiológica en contra de numerosos criterios científicos.

No es una afirmación del psicoanálisis, sino una constatación de la propia Guía de práctica clínica sobre el TDAH en niños y adolescentes del Ministerio de Sanidad. Es una evidencia que hoy por hoy no hay marcadores biológicos o genéticos que permitan determinar la existencia del TDAH.

No todos los que padecen el trastorno llegan a las consultas y, al mismo tiempo, hay un hiperdiagnóstico en chicos con problemas de aprendizaje y conducta. ¿Hay mucho diagnóstico erróneo?

La citada guía del ministerio admite también las dificultades en la detección, el proceso diagnóstico y la metodología que originan amplias variaciones (geográficas y demográficas), lo que conduce a un infradiagnóstico o un sobrediagnóstico del TDAH. Pediatras americanos admitían en un relevante reportaje publicado en The New York Times que lo diagnostican empujados por la demanda de los padres y por las abultadas ratios escolares, más que por criterios clínicos. En nuestro país empezamos a constatar este mismo efecto, lo que aumentará sin duda la prevalencia del cuadro.

¿Cuándo hay que medicar?

La medicación habitual son psicoestimulantes que funcionan como las anfetaminas. Mejoran el rendimiento a corto plazo, pero también tienen efectos secundarios que hay que considerar. No hay ninguna evidencia probada de que la ausencia de medicación comporte fracaso escolar.

Los detractores de los tratamientos con medicación suelen culpabilizar a los padres por buscar una «solución rápida».

Los padres buscan explicaciones y soluciones para problemas que a veces los desbordan. Se guían por consejos de otros padres o por indicaciones profesionales buscando lo mejor para sus hijos. Lo importante es que encuentren orientaciones que tomen en cuenta la subjetividad, la suya y la de sus hijos, y que no se limiten a contabilizar conductas y aplicar fórmulas universales que prometen curas imposibles.

Subjetividad. Hablar con el cuerpo. ¿A qué se refiere?

Cada niño o niña hiperactivo tiene sus propias razones para moverse o no prestar atención. Esos motivos, que él desconoce, hablan a través de su cuerpo, en esa inquietud que lo atraviesa. Son palabras apresadas que sin embargo contienen un mensaje cifrado que se dirige a los adultos cercanos (padres, profesores, clínicos). Escuchar ese malestar singular a cada uno es la tarea que nos hará comprender la función que cumple esa hiperactividad y cómo entonces tomar distancia de ese movimiento incesante.

Se está extendiendo el diagnóstico de TDAH a los adultos.

En los adultos se trata básicamente de la desatención como síntoma principal. No deja de ser curiosa la proliferación de este diagnostico en un mundo dominado por el zapping, los hipervínculos, los tuits de 140 caracteres y una cierta desresponsabilización sobre nuestros asuntos. Hoy cualquiera puede sentirse víctima de algo. Nombrar esa actitud como un trastorno puede aliviarnos de responder de nuestros actos. Es una falsa salida.

Ritalin

(2015)

Fuente: La Vanguardia