Fragmentos. Acerca de una experiencia del intervalo

Rodrigo Airola

 

Un presente intenso es lo anterior que vive. Un presente verdaderamente vivo es el pasado que se quebró, fundido en la lava ferrosa que formó y forma el corazón de la tierra. La marca de lo anterior es ese pasado fundido y líquido. De tal modo aguijonea a quien lo experimenta, lo apasiona, aflora al término de los verbos así como al término de los cuerpos.

Pascal Quignard – Sobre lo anterior

Hay malentendidos fructíferos y otros que degradan la potencia enunciativa ­y, por tanto, evocativa del lenguaje. De este último orden son gran parte de aquellos desacuerdos y penosos acuerdos que se producen cada vez que desde el psicoanálisis se pretende debatir con otras disciplinas o discursos sin tomarse el trabajo de resituar la especificidad de su práctica, de la que se desprenden sus conceptos. El psicoanálisis no es una ciencia por mucho que no abandone sus lazos con ella. Ni siquiera si se postula su sostenida y siempre diferida pretensión de alcanzar tal condición en algún horizonte de sus necesarios esfuerzos de formalización teórica. Y nunca será tal cosa por una razón elemental: las condiciones de su práctica se forjaron y se consolidaron en el punto exacto en que el discurso científico se abisma en los límites de su propia configuración. En lo esencial psicoanálisis y ciencia se excluyen.

La dimensión que concierne al psicoanálisis sólo encuentra representación allí donde (paradoja insoslayable) su representación es imposible: en la experiencia misma de su particular dispositivo de lectura. ¿De qué se trata en esta experiencia? ¿Qué y cómo se lee en ella? ¿Quién o qué ejerce dicha operación (a la que podríamos llamar interpretación)? No se formulan estas preguntas para ser respondidas aquí, al menos no directamente, sino para sostener que no hay manera de un decir mínimamente riguroso desde o hacia el psicoanálisis si no se está atravesado de verdad por estas preguntas. Esto último implica hacer la experiencia misma de un análisis orientado. Es desde ahí que se configura su corpus teórico, que estará necesariamente afectado por las formas de las que procede. Reconocida esta particularidad, el diálogo puede desplegarse, y ser propicio. O no.

Si decimos que esta experiencia supone un particular dispositivo de lectura, y que ello impone la presencia, en su seno, de un discurso (correlativo) de características también excepcionales, entonces, ¿de qué orden son esta experiencia y discurso analíticos? ¿Qué caracteriza lo propio de su operación? Estas preguntas podrían ser tratadas desde diversos ángulos. Sin embargo, me interesa situar como centro de este abordaje aquello que considero brinda la textura, el núcleo y horizonte de su condición: el psicoanálisis es por sobre todas las cosas una experiencia de asunción y, por lo tanto, de trasmisión de la castración –del Otro–. Para ser más preciso: de las diferentes dimensiones de la castración. Es una experiencia de franqueamiento, que compromete al ser en su causa última y más íntima. Y las preguntas necesarias: ¿Franqueamiento de qué? ¿Cuál ser? ¿Qué implica “trasmitir la castración”?  

Hace varias semanas que escribo ideas sueltas, en diferentes papeles, márgenes de libros, etcétera. Escribir sobre “El Psicoanálisis” convoca imaginarios totalizantes. Mi respuesta fue ir dejando por ahí diversos fragmentos de escritura, dispersos. Intento componer algo con ello. Me veo, por tanto, obligado a dar ciertos rodeos apoyado en estos fragmentos. 

Poco tiempo atrás escuché a Jorge Alemán, en una entrevista, formular que el amor es “respetar lo que en el otro debe o merece permanecer oculto. No obligar al otro a que revele todas las preguntas ni que responda por todo. Custodiar en el otro aquello que merece permanecer en el ocultamiento”. Anoté donde pude esas palabras. No podría asegurar que sea una cita textual –si es que algo así existe–, pero recuerdo que sus palabras me provocaron cierta conmoción. Entiendo que el psicoanalista no aludía directamente a la experiencia analítica en sí, sino a una orientación política, en sentido amplio, que preserve lo irreductible del sujeto del inconsciente frente al avance homogeneizador implacable de la Sociedad de Control que impone el capitalismo tecno–financiero. Sus palabras clamaban dejar que el misterio que hay en el Otro pueda seguir viviendo, que no se obligue al sujeto a responder por todo. Sigo encontrando en esa definición algo tan sencillo como profundo, y el nudo esencial de nuestra práctica. Y buena parte de lo que me gustaría expresar hoy tiene que ver con eso que sus palabras evocan en mí.

Pero retomemos. ¿De qué “ser” se trata en nuestra experiencia? El ser que nos concierne es el ser hablante. “Hablante” no es un mero atributo, es aquello que define su propia condición. Y al decir “ser hablante” decimos atravesado por el lenguaje y el goce. Un ser en falta, que reclama por su consistencia. En síntesis: inacabado, incompleto. ¿Qué le falta? En principio, nada. O mejor: le falta asumir que no le falta nada. Dicha asunción es lo que nombramos al comienzo como “castración”. En este punto, podríamos seguir dos caminos: el de profundizar en los conceptos que intentan capturar a este ser paradójico, escurridizo –conceptualizaciones que van desde aquel primerísimo Proyecto de Freud de constituir una teoría del aparato psíquico, de carácter cuantitativo, en el que se articulaban un sistema de neuronas con características diferenciadas (fi, psi, omega) y cantidades fluyentes que provenían tanto del mundo exterior como del interior; hasta los últimos desarrollos de Lacan acerca de la cualidad nodal del parlêtre, con su condición RSI,  registros simbólico-imaginario-real que permanecen equivalentes aunque disyuntos, y cuya articulación está determinada por la particular naturaleza y función del sinthome. El otro camino, el que me interesa seguir, opta por deslizar una mirada al sesgo que más acá de cada uno de estos importantes desarrollos teóricos, nos permita figurar de manera práctica el problema que abordamos.

Para ello me voy a servir primero de una metáfora geológica. No desconozco sus limitaciones, y los errores que pueda inducir, pero en este caso vamos a asumir el riesgo –no sin las advertencias mencionadas–. A primera vista se suele imponer la imagen de la corteza terrestre como una esfera compuesta por una sola pieza, dotada de cierta estabilidad y armonía (para no dejar afuera ningún “terraplanista”, lo mismo vale para ellos. Que si hay más o menos debilidad mental –en el sentido lacaniano de no ser incautos de lo real– en este caso no hace la diferencia). Más allá de los conocimientos específicos que se pudieran tener sobre esta materia, la primera representación que emerge al evocar la superficie de la Tierra es la de una lisa y llana continuidad sin fisuras. Y si alguna fisura se manifiesta la primera atribución es a la de una falla accidental. Ahora bien, si se piensa por ejemplo en las placas tectónicas que conforman la corteza terrestre, las fisuras lejos de ser un accidente, son el principio y la condición de toda la estructura. El “accidente”, para decirlo de otra manera, no es una excepción, sino su estado permanente y la forma que dota al planeta de vida. Así, la dinámica de dicha superficie terrestre es cualquier cosa menos regular, el discurso tiende a cavar regularidades y desmentir lo que no cesa de convocar una falta de ellas, rechazar aquello que resurge incesante desde los intersticios. Transformar la fisura constitutiva en irregularidad, en falla, es la tendencia espontánea propia de los seres hablantes, y su manera de defenderse de ella. Intenten soldar nuestras placas tectónicas y vean qué ocurre… ¡Como mínimo saltará todo por los aires! (O más o menos lentamente se irá apagando en su inmovilidad). Algo así observamos diariamente en la clínica: esfuerzos infructuosos por tratar la castración negándola. Eso que se niega, retorna. Y lo hace en idéntica proporción a la forma en que se procura rechazarla.

Pero mejor dejemos acá, que al igual que sucede con el capitalismo y los recursos del planeta, también nosotros agotamos rápidamente los alcances de esta metáfora. Ya que al pasar mencionamos al capitalismo, y antes a la ciencia, digamos que ambos configuran las bases de eso que Lacan llegó a denominar “discurso capitalista”. Al que caracterizó como circular. Eso significa que rechaza lo imposible. Con ello decimos que reniega de “la castración”, y, como él mismo lo expresa, este discurso “deja fuera las cosas del amor”. ¿Qué supone esto? Si al comienzo nos propusimos revalorizar lo singular de la experiencia analítica en sí misma es porque, si tomamos en serio que para el psicoanálisis el inconsciente es la política, y que ello equivale a decir que nuestra ética presupone, entre otras cosas, preservar las condiciones de posibilidad de la emergencia del sujeto que llamamos dividido, entonces no se pueden ignorar los diferentes presupuestos de este discurso de época cuando de concepciones acerca de la subjetividad se trata, si las mismas atentan contra los fundamentos mismos de nuestra experiencia. Para ser más preciso: por totalitarias, no son menos problemáticas para la emergencia del sujeto del inconsciente las intenciones progresistas, y políticamente correctas, que pretenden reducir completamente al sujeto a una construcción producto del control social, histórico y cultural, que aquellas otras corrientes que lo reducen a mero organismo biológico, sea de la mano de las neurociencias o cualquier otra especialidad, con sus correlativas terapias cognitivo-comportamentales que profesan la buena adaptación de los individuos y que suelen encontrar sustento en la enorme industria farmacológica que las impulsa. Ambas tienden –o podrían hacerlo en mayor o menor medida– a operar igual reduccionismo. Ambas se ven inclinadas a hacerlo con igual y despiadado rechazo de la castración. No es menor la desmentida del inconsciente cuando se pretende, por ejemplo, circunscribir en su totalidad la inconmensurable e irreductible diferencia sexual a una cuestión de géneros reconocidos “auto-percibidos” y localizables, que, de igual manera, cuando se reduce al sujeto a una conexión neuronal o una secuencia escrita de ADN. No se trata en ningún caso de oponerse porque sí a estos representantes del discurso del amo actual, ni mucho menos desestimar lo que pudieran tener de interesantes, por ejemplo, con relación a la promoción de derechos civiles igualitarios (y otras tantas y legítimas conquistas políticas y sociales); pero eso no debería hacernos perder de vista que conviene estar atentos cuando la creencia en el progreso adquiere el carácter de una certeza sin grieta alguna, con larvada vocación totalitaria. Ser guardianes de la castración es hoy una función que atraviesa las paredes de los consultorios (sean estos más o menos virtuales), dado que nuestra experiencia nos sitúa inexorablemente en la condición de ser testigos partícipes, casi exclusivos, de las paradojas irreductibles que comporta cualquier progreso.   

Vuelvo a nuestra pregunta: pero, entonces, ¿qué es eso que llamamos “castración”? El ser hablante está parasitado por el lenguaje, más precisamente por eso que Lacan llamó lalengua, esta condición condena a cada uno a tener que habitar el reino de las inevitables elecciones inconscientes –eso que Lacan denominó insondable decisión del ser–; el ser hablante no puede escapar de su condición sexuada y mortal, que son dos nombres de lo real. Escollos que deberá franquear sin resolver. Real podría traducirse por lo que no cierra. Lo que no cierra, aquello que no alcanza representación, que rebasa lo simbólico y sin embargo sólo puede ser delimitado por él. Asumir la castración es, sobre todas las cosas, abandonar la pretensión de que cierre, de que lo real pueda ser finalmente absorbido por lo simbólico. ¿Cómo afrontar lo que por estructura es imposible? Desde el momento que se da nacimiento, todo ser hablante se ve confrontado a la imposible tarea, que lo acompañará toda su vida, de tener que hacer un arreglo con su inadecuación. De lo mucho o poco que consienta en alojar lo que permanecerá siempre extraño a sí mismo, dependerá su suerte.

Doy otro rodeo. Entre mis notas de estos días había escrito un sueño de análisis de bastante tiempo atrás. No lo voy a reproducir por completo acá, sólo voy a mencionar un detalle, que aparecía en ese sueño, a los fines de lo que nos proponemos desarrollar: se trata de “un charco de ácido”, y el sujeto del sueño (neuróticamente, podríamos decir), se metía de lleno en él. En el sueño este sujeto pretendía escapar de la demanda de un Otro, enterrándose en el ácido. Tomo este fragmento porque me interesa una asociación que surge de la homofonía de este significante “ácido”, si lo escuchan me refiero a la conjugación “ha sido”; y me interesa extraer de él una lógica, más allá del devenir singular del sueño, y que entiendo podría generalizarse. “Ha sido” conjuga el verbo “ser” en el tiempo “pretérito perfecto compuesto”. Este “ha sido” es una buena manera de nombrar la forma en que el sujeto, todo sujeto, cifra su relación con el Otro. “Lo que ha sido” podría ser el título de toda narración de la novela familiar que las personas no dejan de contarnos (y contarse). Destaca de esta expresión su fijeza. Traza un destino, y configura una repetición. Lo que llamamos con Freud compulsión de repetición podría fácilmente conjugarse en esos términos: “lo que ha sido” no deja de configurar la realidad, suprimiendo lo nuevo y con ello el devenir. El tiempo se coagula, y reniega del principio y el final. A ese lugar van a inscribirse las identificaciones que anhelan soldar una identidad. De ese “charco de ácido”, permítanme la digresión, se nutren los ideales que comulgan con el absoluto. Y se inscriben las coordenadas que cifran aquello que con Lacan denominamos fantasma. El forzamiento al que se somete y por el cual sufre de más el ser hablante se desprende necesariamente de esta lógica, ya que si algo caracteriza su existencia sexuada y mortal es que ni es “pretérita” –por mucho que no reniegue de sus marcas (y conviene que no lo haga), ni mucho menos es “perfecta”, y si es “compuesta” sólo podrá serlo de lo que permanecerá siempre heterogéneo a sí mismo. ¿Cómo salir de este atolladero? ¿Qué permite el devenir, la emergencia de un acontecimiento distinto? Digamos que nuestra brújula es el síntoma, y ello porque nos grita en la cara que hay un real que no puede ser encapsulado por tal o cual sentido –“lo que ha sido”–, ni completamente ni para siempre. ¿Qué tratamiento del sentido? ¿Qué abordaje del síntoma?

Sigo revisando mis notas y encuentro otra ocasión para el desvío. Intentemos, ahora, enfocar las cosas desde otro ángulo. Hay un cuento de Julio Cortázar que se llama “La orientación de los gatos”. Es un relato breve en primera persona. El narrador, apelando al monólogo interior, nos ofrece el testimonio de una relación, la que tiene con su mujer Alana, y su gato Osiris, y estos dos últimos entre sí. Relaciones que configuran un triángulo, caracterizado por el protagonista en términos de la “distancia o dominio” que existiría entre unos y otros. Así, dice que Alana y Osiris lo miran a él de frente: “Cuando Alana y Osiris me miran no puedo quejarme del menor disimulo, de la menor duplicidad”, y agrega “también entre ellos se miran así”. Por el contrario, él siente que hay algo que le impide acceder directamente a ellos, una distancia infranqueable, que se le escapa y pretendería reducir, sobre todo con su mujer –en cambio del animal dice “hace tiempo que he renunciado a todo dominio sobre Osiris”–. Y entonces nos relata cómo despliega una intensa búsqueda obstinado en comprender, en descubrir eso que impediría mirarla a ella como ella lo mira a él. Dice: “Detrás de esos ojos azules hay más, en el fondo de las palabras y los gemidos y los silencios alienta otro reino, respira otra Alana”. No voy a comentar los detalles de esta búsqueda, sólo digo que está signada por el encuentro sucesivo de esas otras Alanas que nunca terminan de develar la definitiva, que parecerían emplazarse un poco más allá justo cuando él creería haber revelado su conformación última. Su ilusión es explícita: “yo sabiendo que mi larga búsqueda había llegado a puerto y que mi amor abarcaría desde ahora lo visible y lo invisible”. El final del cuento rompe maravillosamente con esta ilusión. Los invito a leerlo. ¿Por qué este cuento? Creo que escenifica muy bien el real con el que nos confrontamos en nuestra experiencia, el que postula que “no hay relación sexual”; pero la manera en que la narración –y la búsqueda de nuestro narrador– acceden a dicho real no es tal sin el despliegue de la creencia. No es sin ese recorrido que permite que la verdad se escamotee hasta su consunción.

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Dios Osiris. Muro de la tumba de Nefertari.

El intervalo que separa a unos de otros es ineliminable. Asimismo, refuerza nuestra idea el detalle de los nombres escogidos por el autor: “Alana” en la Biblia y “Osiris” en la mitología egipcia, evocan, respectivamente, alusiones a la armonía y la eternidad. La orientación de los gatos, que debería ser brújula de todo psicoanálisis, es la orientación hacia lo que no cesa de permanecer inaccesible.  

Para concluir, volvamos al comienzo. La castración que se trata de asumir en el recorrido de un análisis comporta múltiples y diversas dimensiones, que sin embargo están articuladas, pues todas ellas confluyen en un denominador común: un sistemático proceso de depuración del sentido anquilosado que habilite al sujeto a acceder al acto. ¿Por qué este estado del sentido se opone al acto? Porque el acto por definición comporta un cambio de posición subjetiva, algo se altera de la posición del sujeto en este pasaje que el acto abre en el devenir. El sentido con el que espontáneamente los seres hablantes se alimentan suele renegar de la castración, alimenta el narcisismo y rechaza la alteridad. Quiere más de lo mismo, y lo quiere sin cesar. ¿Qué lugar para los fragmentos que no encajan en una totalidad coherente, cerrada sobre sí? ¿Qué lugar para la oportunidad y el encuentro? Lo mucho o poco que se consienta a lo que no encaja, a lo que no puede sino permanecer en la opacidad, será acaso lo que permita a un sujeto tener mayor o menor apertura a la contingencia. Señalemos dos tendencias opuestas: una pendiente que insiste siempre idéntica a sí misma, procurando infructuosamente hacer Uno con el Otro, es la que conserva un anhelo de fusión –es imposible, ya lo sabemos, dado que el Otro no existe, pero nada impide la ingratitud de pasar la vida intentándolo–. La otra dirección es la de un análisis: que en la reducción de los semblantes que aprisionan al sujeto logra despejar un real –siempre éxtimo–, singular, del cual pueda servirse; y de esta manera, desde lo radicalmente Uno, su diferencia absoluta, soledad irreductible, dirigirse a lo que siempre permanecerá Otro. Ese intervalo entre el Uno y lo Otro, intervalo infranqueable, es un real a conquistar, y no será de una vez y para siempre, sino que requiere un permanente irle en contra a esa tendencia insidiosa del sujeto de cerrarse sobre sí.

Es el intervalo de la vida. También el intervalo de un nuevo amor. Ese que permite resguardar aquello que merece permanecer oculto, ese que al comienzo advertimos que debemos custodiar.


Cuando miro en mi corazón, contemplo una estación que no comprendo. Es una serie de estados dispares en los que mi pasado no está muy interesado. Tal indiferencia hacia mí en el centro de mí mismo, luego de haber angustiado, destruye la angustia y comunica una premura.

Pascal Quignard – Sobre lo anterior  


Presentado en “Tres contra uno”, el 22 de agosto de 2020, en la plataforma Zoom.

 

Island, de Aykut Aydogdu

Consentir a un engaño necesario

Presentación de El hombre sin forma de Sebastián Digirónimo

Rodrigo S. Airola

Rodrigo Airola (2)


Mi presencia esta tarde-noche sólo se explica por aquello que vengo a denunciar, y es lo siguiente: fui víctima de un engaño. Como escuchan: me han tendido una trampa. No ignoro que puede sonar algo paranoico, pero voy a tratar de hacerme entender. Para ello debo, en primer lugar, remontarme un año atrás en el tiempo y traerles lo que fue quizá el primer indicio de esta maniobra. En esta misma institución, en ocasión de una de las tantas actividades de formación que compartimos los integrantes de la Red, Mercedes, y recuerdo su rostro severo, esos ojos repentinos que se clavaron en mí, y aquella frase inequívoca que me lanzó: “Vos vas a presentar El hombre sin forma”. Así, sin más, como suena… ¿Por qué esas palabras, ese tono intransigente?, nunca me había hablado así, ¿y por qué no me lo pedía Sebastián –que, a fin de cuentas, era el presunto autor del libro? Tuve la sensación de estar ingresando en una zona enrarecida… Sólo recuerdo que no me pronuncié al respecto. Estaba algo perplejo. “Vos vas a presentar El hombre sin forma”. Se imaginarán que ya por la forma que tomaba dicha “invitación”, literalmente irresistible, yo no podía menos que sospechar que había en esta demanda como mínimo poca tolerancia a un “veo”, “dejámelo pensar”, ninguna vacilación era aceptable. Su voz en extremo resuelta abría en mí como correlato una insidiosa desconfianza. Como verán, una situación delicada. (Un paréntesis: Al escribir estas líneas no puedo imaginar exactamente el público al que me dirijo, pero seguramente hay entre ellos al menos uno que no puede saber que he tenido alguna vez un par de pesadillas en las que Mercedes era una figura, para decirlo rápido, protagónica, y amenazante.) De cualquier manera, en este caso el supuesto estado de vigilia y un gesto que en concreto me resultaba por demás gratificante, contribuyeron a mis esfuerzos por intentar olvidar lo demás. (Otro paréntesis: mientras escribo esto asocio rápidamente “Misery”, la novela de Stephen King… libros, escritura, pesadilla, demandas, no me gusta nada haber asociado eso).81VvBLFev9L

Todo parecía indicar el éxito de mi defensa, hasta que hace un par de meses atrás, leo, como quien es sorprendido igual que en las películas esas que uno ya sabe que la entidad va a salir abruptamente y sin embargo uno igual se asusta, bueno, así, en un grupo de whatsapp: “Mercedes: Rodrigo, te recuerdo que vos vas a presentar El hombre sin forma”… un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, ¿de dónde salía aquella demanda insistente? Ni siquiera me dice “Ro”, siempre me trata de “Ro”, pero con este asunto apelaba al distante “Rodrigo”, al “te recuerdo”, a “vas a presentar”… había en todo esto algo demasiado maternal como para no resultar siniestro. Esa vez decidí seguirle la corriente, “si no puedes contra ellos (y está visto que yo no podía), úneteles”, dicen. Bien. Con la mecánica entereza que la virtualidad me permitía simular, respondo: “Será un placer”. (Imagino mi tarea no sólo como una más de aquellas pesadillas sino también como situada en un lugar homólogo al encargo que recibe el protagonista de Misery. Me río por la ocurrencia, pero como el caminante nocturno de Freud, no por eso veo más claro.)

Pero ese era sólo el comienzo. La urgencia por escapar del clima de pesadilla que comenzaba a inundar toda esta situación me condujo, torpemente, a adentrarme cada vez más en ella: me dispuse a leer y releer el libro que debía obligatoriamente presentar, y más me ocupaba en él más percibía la emboscada que maliciosamente me habían preparado. ¿Cuál era la trampa? La respuesta es sencilla: el libro que debo presentar, El hombre sin forma, no está hecho para ser presentado. Ojo que no digo, para vengarme, que el libro sea impresentable. Lejos de eso, el libro es sencillamente maravilloso. Pero su presentación es imposible. Este libro resiste toda presentación. Mi descargo hoy, mi denuncia, intentarán dar cuenta de esta imposibilidad.

Pero antes otra digresión. Aclaro que no creo conocer mucho de la persona que da en llamarse Sebastián Digirónimo. A excepción de algunos detalles más o menos triviales como que se ve con innecesaria frecuencia inclinado a hacer “chistes” con los sonidos de las palabras o que sufre sobremanera cada vez que tiene que visitar al odontólogo… cosas, como verán, nada extraordinarias. Por el contrario, estoy seguro de haber compartido con el autor de El hombre sin forma un tiempo cuya densidad e importancia me resultan inestimables. Espero que me sigan en este último rodeo –y disculpen el sesgo personal. Hace ya casi una década tuve en mis manos una revista que publicaba una institución psicoanalítica  que ya no existe. La revista prometía en su tapa un tema: “síntoma y escritura”. Uno de los textos llamó particularmente mi atención, se titulaba “Hacia la escritura sin firma o qué es leer”, y lo escribía este tal Digirónimo que yo no había oído nombrar antes. Comenzaba así (cito, muy breve): “Cuando una conferencia o charla o lo que fuere, es común echar sobre la mesa títulos y laureles antes de toda palabra enunciada. Ello implica abusar del saber supuesto, evitando con ello llegar a los abismos del saber expuesto”, podría seguir, pero sólo me interesa que capturen algo del tono… ¡los abismos del saber expuesto! Ese artículo, el lugar desde el cual hablaba este autor, disruptivo, provocador, pero sin abandonar rigurosidad ni cierto aire poético, me provocaron tal impacto que al terminar de leerlo volví directamente al índice a ver si, como me había parecido, había otros textos del mismo personaje. Efectivamente, dos textos más, que lejos de decepcionar esa primera impresión la reforzaron. Creía haber encontrado ahí algo verdaderamente original, y eso más allá del contenido. Tiempo después, sin proponérmelo –al menos no conscientemente- me encontraría con dicho psicoanalista en persona, en lo que fue al mismo tiempo –y sobre todo- un reencuentro con el autor de aquellos artículos, dado que no tardé mucho en corroborar que “eso” que había capturado mi atención lectora se reproducía ahora en su trasmisión oral con idéntica forma –subrayo la palabra forma-, exacta enunciación, en los diferentes dispositivos que compartí a través de los años desde entonces hasta hoy: supervisiones, espacios de lectura, de comentario de textos, en fin, diversos dispositivos de formación y trasmisión del psicoanálisis.

Hace unos días, mientras intentaba preparar este comentario, tuve ocasión de volver a encontrarme también con estas palabras de Lacan al comienzo del Seminario 20, cito: “no hay ningún impase –dice Lacan frente a su auditorio- entre mi posición de analista y lo que aquí hago”.

En estos dos reencuentros mencionados, con la frase de Lacan dirigida a sus oyentes, y el otro, el que supuso corroborar que había un autor que podía soportar los dispositivos más diversos y encontrar en ellos igual expresión, en ambos reencuentros identifico un denominador común: es posible que no haya distancia entre la posición del analista y la trasmisión de un psicoanálisis. Eso, que siempre supe que debería ser así, sólo ahora, encarnado, cobraba la consistencia suficiente para ser distinguido de cualquier eslogan. El hombre sin forma es la prueba ejemplar de esto que intento cernir, que para mí tiene el carácter de un descubrimiento, y lo tiene cada vez que lo redescubro. Por esto, presentar El hombre sin forma es una tarea imposible. Y al mismo tiempo tengo ahora la íntima convicción de que ya no puedo escapar de ella.

Hasta ahí las digresiones personales. Pero la pesadilla para mí sigue…

Retomo, y avanzo a pesar de todo: El hombre sin forma no puede presentarse porque es una demostración en acto, todo el libro, el libro como un todo, su estructura, el modo en que son tratados los múltiples temas que disecciona, el lugar inédito desde el cuál aborda los contenidos más diversos, todo el libro está escrito para ser experimentado, para ser vivido, el libro todo es una experiencia en sí misma, como lo es un análisis llevado hasta sus últimas consecuencias, como debería serlo también una sola sesión de psicoanálisis, o el encuentro con un poema de verdad, con un verso de verdad, con una palabra auténtica.

Es imposible presentar este libro porque describirlo sería infinito, categorizarlo sería estúpido, enumerarlo empobrecerlo, reflexionar acerca de él un desperdicio, e intentar resumirlo una empresa destinada a un fracaso indigno. Porque hay fracasos dignos. Y se podrían hacer todas esas cosas juntas y aún así lo esencial quedaría intocado. Porque lo que el autor propone es una travesía, una invocación, una apuesta incomparable, que no reconoce más destinatario que aquel que se atreva a estar a la altura de eso mismo que el autor despliega. El autor soporta en, con y por su escritura un recorrido que al mismo tiempo que se efectúa, se demuestra y se convierte en un desafío arrojado al viento. Un desafío que no contempla la cobardía.

¿Pero qué dijimos hasta ahora del libro? Nada. Aquello que late desde el comienzo hasta el final de este Hombre sin forma no hay manera de decirlo. ¿La Furia?, ¿Debería escribir acerca de la furia? ¿Digo: “Furia dos puntos, tomen nota”? Lo dije al comienzo: es una tarea imposible. Porque lo que se nombra como “furia” y se define –paradójicamente- infinidad de veces, no es un concepto, es una tempestad, o mejor: un tornado, algo que convierte en migajas todo aquello que merece ser destruido. La furia sólo puede contagiarse, y dicho contagio sólo puede ocurrir uno por uno, en acto. Es lo que en el primer número de esta saga –recordemos que El hombre sin forma  es un Nuevo elogio de la furia que sucede a el Elogio de la furia-, decía que es lo que en este primer libro el autor desprende de lo que llama la “enfermedad de Flaubert”, una enfermedad que consistiría en “adquirir la capacidad de ver la estupidez humana y no poder ya soportarla”. Esta es la condición de la furia. ¿Y entonces qué es la furia?

Quien escribe o eso que escribe este libro se propuso la tarea más ambiciosa de todas y no apela a estériles promesas, ni admite la posibilidad de postergar sus propósitos, se lanza desde la primera página con una convicción innegociable, cito: “no es lo mismo escribir una tesis de doctorado o maestría o lo que fuere sobre el psicoanálisis, que escribir una tesis sintomática a través de un psicoanálisis.”, y al enunciarla ya se está escribiendo eso que se postula: se está escribiendo en el título de cada uno de los apartados, en cada epígrafe, en la manera en que se estructuran los párrafos, en los temas que escoge, en el ritmo que le imprime a las palabras, eso se expresa ahí todo el tiempo, sin respiro, a cada paso. Desde el momento que se consiente mínimamente a encontrarse con este autor la furia arremete, te empuja en su interior y es muy difícil soltarse. Como trasfondo la pregunta que se realimenta sin tregua: ¿Qué es un psicoanálisis orientado?

¿Dije algo del libro ya? No, ya lo dije, me engañaron, y sólo puedo dar rodeos desesperados en esta que es mi pesadilla: la de tener que presentar un libro imposible de presentar. Cuando se presenta algo o alguien se apela a algunos nombres, imágenes, referencias a las que se les supone alguna estabilidad y sobre todo la posibilidad de ser reconocidas. “Hola, mi nombre es tal, soy así, vengo de allá”. El hombre sin forma es irreconocible, no nos sirven los parámetros con los que contamos. Y sin embargo está allí. Su presencia es indudable. Pero no puede ser puesto en serie. El hombre sin forma inventa sus coordenadas y emerge de ellas para encontrarse con un lector dispuesto a ir siempre más allá de lo que creía saber, se trata de andar con paso firme, sin hacer pie y sin ahogarse por un océano embravecido. Imposible, ya lo dije. Pero ahí está el libro, hagan la prueba.

¿Cómo se hace para hablar de un texto que está escrito desde el silencio que se extrajo del lenguaje, y se dirige –con el lenguaje- hacia el silencio que habita, aún, un poco más allá de cada universo sobre el que se posa? Un autor que se propone con su mirada silenciar lo que sobra, acallar el sentido perezoso, parasitario, glotón. Y extraer de los ruidos circundantes, del ruido habitual, el común a todos, el espontáneo, el cómodo, el del sentido, extraerle una lógica, una melodía. La melodía que le corresponde. Su música. Esa que estaba ahí sin que se la oyera, bastaba sumergirse para extraerla, afinar el oído de verdad, atreverse y hacerlo con la determinación suficiente, pero sobre todo dejarse tomar por ello. Y para eso, el autor insiste, se requiere: un psicoanálisis verdadero. El hombre sin forma para mí es una tesis sobre esto: sobre cómo proceder para traer a la superficie las melodías dormidas, saturadas. Pero no es un manual de instrucciones ni nada que se le parezca –es más bien lo contrario de ello-, es una tesis en acto. Acallar el propio ruido es condición. Y es imposible. Sin embargo el autor no retrocede. Como lo hace el poeta de verdad. Aunque es imposible. Pero la música está ahí, puede escucharse, requiere un esfuerzo singular.

Avanzo entre abstracciones, más o menos imprecisas, más o menos desordenadas. Lo sé. Ya lo saben. Pero en el fondo no queremos saber, este libro lo expone con claridad. El ruido, que es sentido, siempre juega al servicio de la defensa. Porque los seres hablantes no quieren saber. El saber mismo es no querer saber, ¿no querer saber acerca de qué? El autor exclama una y otra vez que somos seres que por habitar el lenguaje no queremos saber nada de lo real, de un real que tiene muchos nombres: somos sustancia gozante, hay lo femenino, hay la muerte, No hay relación sexual, hay dos goces, estamos solos… elijan el que quieran, son todos distintos pero nos espantan desde el mismo lugar y con la misma fuerza. Y frente a eso: dos caminos. En eso el autor es de una insistencia incansable: o la ira o la furia, o retroceder o avanzar, pretender desentenderse o querer saber, sentido o poesía. Hay sólo dos, el primero es fácil, cómodo, pero tortuoso. El segundo requiere un psicoanálisis verdadero, mirar a los ojos la propia pesadilla, inventar con ello un sueño advertido de su imposibilidad, acceder a la lectura verdadera, devenir poeta.

Cargo con la sensación, lo reitero, de no haber dicho aún nada del libro que debo presentar, nada de eso que considero esencial al libro, al autor que se confunde con él. De ese grito que habita en cada una de sus páginas, un grito cristalino y contundente, una exclamación impostergable, una exigencia irrenunciable que, sin embargo, no espera nada. El hombre sin forma, como una cinta de Moebius, se basta a sí mismo, y sin embargo… se ofrece a cualquiera. ¿Cómo presento lo que no puede presentarse? ¿Digo que este libro no se priva de Borges, ni Shakespeare, que en él no faltan las citas a las Sagradas escrituras, al Dante, o a los griegos, que no le escapa a la filosofía ni a los poetas mayores de cualquier época?, ¿digo que en todas y cada una de esas -y tantas otras- innumerables referencias el autor aplica idéntico procedimiento de lectura, y lo mismo hace con diversas situaciones cotidianas, problemáticas sociales, culturales, políticas?, ¿que va, en todos los casos, como un cirujano con su instrumento a realizar la precisa incisión que permite extraer eso que se dice más allá de las intenciones?, ¿que va a la carga una y otra vez, y hay que contener la respiración junto con él -porque él lo hace- y arranca lo que se entromete entre él y aquel hueso?, ¿y qué queda de ello? Por lo menos tres cosas: una trasmisión de lo que leer verdaderamente debería ser; un estilo que se expresa en acto, que –créanme- se padece o se degusta –o ambas al mismo tiempo- pero que ha sido cuidadosa, y artesanalmente depurado y no admite el permanecer indiferente; y por supuesto también desechos… sí, el autor tampoco esconde sus desechos, los restos de esta travesía furiosa…

Sigo metido en mi pesadilla, pero también es cierto que ya no intento escapar. De cualquier manera, sigue retumbando bajito: Vos vas a presentar el Hombre sin formaRodrigo, te recuerdovos vas a… No importa, avanzo. En uno de los capítulos del libro nuestro autor, que –con soltura- va de lo íntimo a lo público, de la coyuntura actual a los diversos pasados imaginables, en este caso refiere a una escena de su infancia que me interesa particularmente, no voy a contar los pormenores, sólo figúrense lo siguiente: está este niño de apenas dos años y su padre dentro de un auto, esperan a su madre. El padre insiste en que su hijo pronuncie de manera “correcta” una palabra, el nombre de una calle. El niño lo hace, convencido de que cuando pronuncia la palabra de su boca surge eso que el padre le está demandando. Su padre sin embargo lo corrige e insiste una y otra vez incluso cambiando de método –no importa eso-, hasta que por fin el niño pronuncia la tan requerida palabra, y todos contentos, como dice el autor. Hasta ahí. Lo que me interesa de este episodio es lo que el autor dice a continuación, cito: “Hoy no recuerdo cómo viví su presión. ¿Habrá estado en juego, con ese niño tan pequeño, el profesor impaciente, o habrá puesto en juego algo más?”. No sabría cómo decir esto sin ser impreciso pero ese “algo más” –que el autor se pregunta si estuvo en juego en su padre- me parece hecho de la misma madera que este otro “algo más” que insisto en definir como lo esencial de este Hombre sin forma imposible de presentar, y sin lo cual todo lo demás no tiene ningún valor. Por supuesto, que es un “algo más” sin “profesor impaciente”, un “algo más” furioso…

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Comencé hablando de mi engaño, de una pesadilla que evocaba otras, y apareció Misery… y pienso en aquel personaje que imaginó Stephen King, encerrado en aquella habitación perdida en el aislamiento perpetuo de los bosques de Maine. ¿Cómo sé que no voy a despertar finalmente allí añorando esta otra pesadilla: la de un psicoanalista que es obligado por una voz vestida de mujer a presentar un libro imposible de presentar?, ¿acaso no es mejor esa que aquella otra del novelista: la de un escritor que es obligado por una voz de apariencia femenina a escribir ese capítulo final que se le presenta como imposible? Nuestro autor nos empuja a no subestimar la estructura real de la ficción, nos muestra cómo dicho real importa más que cualquier realidad. ¿No alcanza, por ejemplo, con tomar en serio el significante ‘Misery’ para escuchar en sus resonancias aquello que sugiere? Dejo esa, mi pregunta, ahí. Y, agrego, que el problema con las pesadillas es que empujan espontáneamente a despertar, y este empuje nos sumerge en otra ensoñación al servicio de no querer saber. ¿Qué hacer entonces? El autor de El hombre sin forma nos exhorta a tomar la ficción en serio, comprometiéndonos a darle todo el valor a los semblantes, y por lo tanto no ceder a la pendiente fácil que lleva a la comprensión, al falso despertar. No retroceder. Y esto a pesar de que es imposible. Adentrarse con furia en el infierno singular. Volverse amo y señor de ese hábitat inhabitable que es, paradójicamente, y por estructura, absolutamente refractario de alojar cualquier clase de amo y señor. En algún lugar el mismo autor escribió un axioma: “no atentar contra la ambigüedad de los vocablos”. El hombre sin forma se expresa en y por ese axioma.

Vale decir que esta escritura surge de la furia y al mismo tiempo es la condición de la furia. Pienso al hombre sin forma, ya no al libro –aunque también, porque significante y libro se continúan uno en el otro-, como figuraría al ser hablante despojado de los ropajes del Otro; nuestro autor, para forjarse como tal, como un autor furioso, debió transformar progresivamente todos los sentidos iracundos en desechos. Pero, aunque resulte impensable, El hombre sin forma estuvo siempre ahí, sólo había que inventarlo, es decir leerlo. Saber escucharlo. Mientras escribo esto pienso en el-hombre-sin-forma escrito con guiones, un significante solo, el-hombre-sin-forma todo junto, y me evoca rápidamente aquel artículo que mencioné -que fue mi primer encuentro con el autor (“Hacia la escritura sin firma o qué es leer”)- y no puedo evitar decir que el-hombre-sin-forma también podría ser el-hombre-sin-firma. Me pregunto qué me lleva a pensar este significante como lógicamente situado en el punto impensable del encuentro del cuerpo con el lenguaje. Quizá porque el-hombre-sin-forma lleva adherido en su reverso el silencio que el autor reivindica.

Para finalizar, hay un movimiento correlativo que puede leerse en esta enunciación que se intentó, más o menos inútilmente, presentar, una correlación inherente a la furia: es la que existe entre un esfuerzo de precisión inédito, creciente, y una posición en acto advertida de lo imposible. Parafraseando al autor: es por dejar de creer que todo puede decirse que el psicoanalista, que es poeta, puede alcanzar una escritura pura. El hombre sin forma se ofrece como una demostración de ello. Pero hay que dejarse engañar. De la buena manera. Por el lenguaje, por sus ficciones. Atreverse a lo imposible. Consentir y dejarse agujerear por la manera en que el significante nos determina, que es también hacer la experiencia de lo irreductible de un goce único, y así, hacer un uso, cada vez, que encuentre su singular amalgama con un deseo igualmente original. Un deseo furioso.

Al comienzo hablé de una mirada, de una insistencia, de una voz y una demanda, también hablé de una tarea imposible, y de un engaño. Decidí avanzar por esa misma senda. Me pregunto ahora, habiendo llegado hasta aquí, si no había en mí, desde antes de todo ello, un deseo, latente, íntimo, muy profundo, de estar esta noche, con todos ustedes, presentando este libro que me atraviesa de principio a fin. Los invito a dejarse atravesar también por él, es un libro fantástico.

El hombre sin forma tapa