Basta de quejas

Todo el mundo se queja todo el tiempo. Del tiempo: un día del calor, otro día, del frío. Del trabajo: porque es mucho, o porque es poco. Del cariño: “qué frío”, o “qué empalagoso”. De las pruebas: “dificilísima”, o “demasiado fácil.” Y de los políticos, de la mujer, y del marido, y de los hijos, y de los tíos, abuelos, primos; del padre, de la madre, en fin, de haber nacido. La queja es solidaria, sirve como motivo de conversación, desde el pequeño ascensor hasta el salón grande. La queja es motor de unión de los grupos, es caldo de cultura social; quien tiene una queja siempre encuentra un compañero. La queja llega a ser la propia persona, su sello, su identidad: “Yo soy mi queja”, podría decirse.Quejas Tute
La queja debería ser la justa expresión de un dolor o un malestar, sin embargo raramente ocurre así. Es habitual que la expresión de la queja exagere mucho el dolor, hasta el punto en que este, el dolor, acaba conformándose con la exageración de la queja, aumentando el sufrimiento. Es común que las personas crean tanto en sus lamentos que acaban prestando su cuerpo, quedando dolientes, para comprobar lo que dicen.
La causa primordial de toda queja es la pereza de vivir. Vivir da trabajo, pues a cada minuto surge un hecho nuevo, una sorpresa, algo inesperado que exige cierta corrección de la ruta en la vida. Si no fuera posible pasar por encima o desconocer el impedimento, menospreciando el acontecimiento que perturba la inercia de cada uno, surge la queja, la inmediata voluntad de culpar a alguien que puede ir aumentando hasta el punto en que la persona llega a convencerse paranoicamente que todos están contra ella, que el mundo no la comprende y por eso ella es infeliz, porque nada de lo que hace le sale bien, cuando otros, con menos cualidades, obtienen el éxito. Oímos entonces aquel lamento común, auto elogioso: “creo que soy bueno, o demasiado bueno para este mundo, tengo que aprender a ser menos honesto y más agresivo…” Conclusión: si no fuera por los otros, él, el quejoso, sería maravilloso. Por eso toda queja es narcisista.
Tenemos que añadir que la queja no surge sólo de un dolor, o de un desasosiego, sino también cuando se consigue una oportunidad, una realización. Ahí la queja sirve de protección contra la envidia del otro – ¡siempre los otros!– y tal como un niño que esconde los huevos de pascua hasta el otro año, el quejoso no declara su felicidad para que ella no termine en la voracidad de los demás, pudiendo disfrutarla en su esquina, escondido hasta el año que viene, cuando el conejito pasa de nuevo.

Maitena Superadas 2
Maitena

En síntesis, tres puntos: la queja es un cerramiento sobre sí mismo, una negación de la realidad y un desconocimiento del dolor real. No nos confundamos: es importante separar la queja narcisista de la reivindicación justa, pero eso es otro capítulo. Por cierto, es común que el quejoso se valga de la nobleza de las justas reivindicaciones sociales para enmascarar su amor propio exagerado.
Un momento fundamental en todo tratamiento por el psicoanálisis es el día en que el analizante descubre que no hay más de qué quejarse. No es que las dificultades hayan desaparecido por encanto, sino que el “sáquenme esto”, base de toda queja, pierde su vigor, se revela para la persona en todo su aspecto fantasioso. Es duro no tener para quien quejarse, no tener un obispo, un departamento de defensa de los vivos, como lo tienen los consumidores. La persona puede perder el rumbo, no saber qué va a hacer, y también no saber quién es.
En ese punto, la conducción del tratamiento ha de ser precisa: se ha de ajustar la palabra a la vida, conciliar la palabra con el cuerpo, hacer de la palabra la propia piel hasta alcanzar que el deseante se sienta “bien en su propia piel”. También será necesario soportar lo inexorable sin lastimarse y abandonar la rigidez del lamento por la elegancia de la danza con lo nuevo.
Más importante que una política de acuerdos, que es hecha a partir de concesiones de posiciones individuales, es estar de acuerdo con el movimiento de las sorpresas de la vida, de los encuentros buenos y malos. Y todo esto sin resignación, sino con el entusiasmo de la apuesta. Basta de quejas.

 Jorge Forbes

(2007)

-Traducción de Mercedes Ávila-


Jorge Forbes
Es psicoanalista y psiquiatra, en Sao Paulo. Doctor en Teoría Psicoanalítica de la Universidad Federal de Río de Janeiro – UFRJ. Doctor en Ciencias de la Universidad de Sao Paulo – USP – Facultad de Medicina (Neurología). Master en Psicoanálisis de la Universidad de París VIII. A.M.E. – Analista Miembro de la Escuela Brasileña de Psicoanálisis y de la Escuela Europea de Psicoanálisis. Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis – AMP.

María y yo, sobre el autismo

Sobre el autismo, diagnóstico que se ha incrementado exponencialmente en los últimos años, nada mejor que el testimonio de alguien que comparte su vida con un autista para entender que el autista es una persona con un guión de vida diferente y que ello no tiene por qué implicar un déficit.

Por supuesto, guión de vida diferente no significa sin dificultades…

La entrevista a Miguel Gallardo, transmite de primera mano la experiencia de un padre que le ha buscado la vuelta a la relación con su hija, y habla de temas que no suelen tocarse con respecto al autismo, por ejemplo, la sexualidad.


“Cuando tenés un hijo con autismo, el entorno está en contra”

Entrevista a Miguel Gallardo, por Sonia Santoro

–¿Cómo se convirtió en ilustrador?

–Yo era el típico niño que responde a los tópicos: siempre estaba con un lápiz sin prestar atención a nada más. Mi padre era profesor de matemática, física y química, que era lo que yo suspendía regularmente. Desde siempre me tiraba eso. Vivíamos en Lérida, y al final conseguí viajar a Barcelona, que era la ciudad grande y allí empecé a trabajar. Intenté ir a un par de escuelas que no me quisieron.

–¿Escuelas de qué?

–Intenté ingresar a Bellas Artes, que me suspendieron. Y luego en una escuela de artes y oficios y a los tres años me echaron por no presentarme. Y de ahí con un compañero que es guionista empezamos a dibujar comics. Y acabamos en El Víbora, que aquí se recuerda porque fue una de las primeras revistas underground. Y creamos un personaje que se llamaba Makoki, que fue top muchos años porque era representación del nuevo comic. Luego abandoné el comic porque ya comercialmente no funcionaba.

–O sea que no trabajó nunca de otra cosa.

–No. Bueno he trabajado dentro del sector en todo. He hecho ilustraciones de prensa, he hecho carteles, publicidad… Pero siempre he tenido la suerte de trabajar en algo que me gustaba. Y durante 20 años he trabajado en La Vanguardia, que es el segundo periódico, y entre medio hacía de todo. Pero la historieta es un veneno que se te mete dentro. Y entonces tarde o temprano tenía que volver. Hice un libro en el año 97 sobre mi padre, que estuvo en la Guerra Civil, fue de los que perdieron. Estuvo preso en Francia y luego en España… y todo eso. Hice una novela gráfica explicando la historia.

-¿Y él como vivió que fuera ilustrador?

–Mal (risas). Yo era un fracaso. Yo tengo otro hermano que era el triunfador de la familia, que trabajaba en un banco, era ingeniero industrial y todo eso. Al final acabó siendo un fiasco mi hermano… Y cuando yo hice el libro sobre mi padre –justo el año que se murió, aun- que tuvo tiempo de ver el libro– ya estaba muy orgulloso. Solo que de vez en cuando me decía “bueno, pero un trabajo fijo no puedes encontrar”.

–Estaba preocupado por su futuro.

–Sí. Y luego en el 94 tuvimos a mi hija María que hoy tiene 20 años. A ver si tengo una foto… (revuelve su bolso). En el año 2007 hice el libro María y yo, de nuestra historia.

–Antes quería que me hablara sobre qué se necesita para ser un buen ilustrador. Es importante poder comunicar, ¿no?

–Sí. Yo digo una cosa que todos los compañeros se tiran encima de mí y me quieren matar. Siempre digo que el dibujo no es importante. Que lo más importante es la capacidad de comunicar. Si tú sabes explicar historias bien, puedes hacerlo con cualquier cosa.

–Y el poder de síntesis también…

–Sí. Eso es algo que aprendí de María. Porque sabes que me comunico con ella a través del dibujo y eso… Parte de su conversación son listas que ella elabora de gente que le gusta y entonces –ella no sabe leer ni escribir–, entonces yo le voy dibujando esas listas con el nombre encima, entonces María es capaz de acordarse quién es quién en 300 personas.

–Impresionante.

–Y gracias a hacer ese trabajo con María –porque es un trabajo que tienes que hacer, en la playa, en la acera, en cualquier sitio– aprendí. O sea, volví a descubrir el dibujo no para ilustrar cosas de otros o hacer cosas bonitas sino como herramienta de comunicación.

–Hizo el libro sobre su papá, después el de María, es una veta importante lo autobiográfico.

–El de mi padre fue un proyecto que tenía desde hace muchos años. Se llama Un largo silencio. Porque durante toda mi infancia mi padre no habló nunca de la guerra. Yo no sabía que había estado en la guerra. Hasta que murió Franco no habló. Y cuando empezó a hablar no paró nunca más. Entonces dije: si hago un libro a lo mejor acabaremos este tema.

Para hacer este libro, yo que venía del mundo del humor, tuve que reinventar.

–Difícil…

–Inventar un estilo nuevo para poder contar la historia desde un punto de vista diferente. Y con María fue un poco lo mismo. Intenté hacer un libro en el mismo estilo en que yo dibujaba para María, pensando: si puedo comunicar con María así de fácil, seguramente puedo comunicar lo mismo a un montón de gente diferente que ni siquiera lee comics, gente mayor, niños, quien sea. Y así ha sido. El libro está traducido en ocho idiomas y yo he dado la vuelta al mundo básicamente con el libro, el documental…

–Lo abrió a otras tareas.

–Totalmente. Antes era un carajo de ilustrador, dibujante, que es todo un ghetto también. Bueno, durante cuatro días he estado en Comicópolis, en todo el ambiente del cómic, que está muy bien porque puedo ver a mis compañeros y todo. Y de pronto cuando se acabó el festival pasé a mi otro ámbito. Ayer por ejemplo estaba en la Escuela de Orientación Lacaniana (EOL) hablando para 60 psicólogos… Pero yo me lo paso muy bien porque el autismo es algo mucho más cercano a mí.

–¿Por qué decidió contar la historia de María?

–Básicamente porque es la historia de mi vida, lo más importante que me ha pasado. Pero no era una cosa como un proyecto (tengo que hacer este libro…). Una cosa como ésta solo se puede hacer desde el corazón, cuando te sale. Si lo hubiera hecho en los primeros años de María, hubiera hecho un libro muy diferente porque estábamos en un estadio de frustración, ira, negación de todo eso. O sea que tuvieron que pasar muchos años para que yo pudiera sacar de alguna manera eso desde un punto de vista diferente, desde el humor. El libro es un diario. Nosotros íbamos en Semana Santa a un resort en Gran Canaria y estábamos una semana los dos. Era un sitio muy raro para un padre con una hija autista. Ahí decidí empezar a dibujar en un cuaderno lo que nos pasaba, lo que hacía María, lo raro que era estar en aquel sitio. Pero no con la intención de hacer un libro sino con la intención de lo que hace la gente cuando vuelve de las vacaciones que es enseñar las fotos a los demás y se enteran de lo que hemos hecho. Además, no estaba hecho con la intención de ser publicado, estaba hecho con rotulador, en una libreta de mierda… Pero el desafío era llevar eso a los editores y decirles “esto es lo que yo quiero, no quiero hacer una cosa bonita… es lo que hay”, fresco, directo. Y salió.

–¿Y antes de María conocía el autismo?

–Para nada. Conocía lo que conoce la mayoría de la gente, que es la referencia de la película Rain Man, por ejemplo. Y una vez que te metes te das cuenta deque todos son tópicos, imaginarios. O piensan que son como Rain Man o piensan que es el típico niño que está en una esquina balanceándose. Y el espectro es súper amplio. Hay ciertos tópicos como que no pueden tener relaciones sociales, que no pueden con la gente, y María es la mejor directora de marketing social que he conocido en mi vida. Que no miran a los ojos…

–Aprendió mucho.

–Mi vida cambió completamente. Es como si hubiera hecho un master de zen y comprensión de la vida. Entonces todos los valores que tenía antes se fueron por tierra y ahora tengo unos valores nuevos con los que me siento mucho más a gusto.

–¿Cuáles serían los valores nuevos?

–Cuando tú estás con alguien como María, cuando vas por la calle no puedes evitar las miradas. María es así de grande –estira los brazos hacia el techo–, pisa como un elefante. Entonces tienes que decidir si ponerte en el lado de los que miran o ponerte en el lado de María. Porque la gente a veces te mira a ti buscando la complicidad en los ojos, como diciendo qué pena. Pero yo miro a María, yo estoy en el bando de María. Ella me ha enseñado mucho a ver todo de forma diferente. Cuando miro a la gente pienso: pensáis que nosotros tenemos una vida pobre pero la vuestra es la vida pobre, aburrida, viendo la televisión y todo eso. María me ha enseñado paciencia y a través de la paciencia cómo aprender. Porque si yo no tengo paciencia no puedo llegar a ella. Es básicamente como si estuvieras con una persona que tiene un guión de vida diferente y tú no tienes nada. No tienes manual de instrucciones, pero tienes que llegar a ella. Entonces es cuestión a veces de pequeños detalles, de observar. Eso me ha hecho observar la vida alrededor mío, ser más consciente de las cosas. Y luego aparte todos los valores que yo tenía de “quiero ser famoso, quiero ganar mucho dinero”… de pronto se van por los suelos, no tienen ninguna importancia.

–Fue muy buena la recepción del libro, ¿cómo lo recibió María?

–María no es consciente de su trastorno, entonces como en el libro estaban sus listas, pues no dejaba de ser una libreta más. Entonces alguna vez tomaba el libro, le arrancaba la página y se la llevaba. Es lo mismo que con la película. Hicimos el documental que era básicamente como Gran Hermano. El equipo nos seguía y hacíamos lo que nos daba la gana. Pero tampoco estás muy seguro de lo que persigue María en el cine, porque el cine es un código aprendido y a veces es complicado. Se trata de personas que no están allí, que no huelen. A veces veíamos la película con María y ella se iba o te decía que la apagaras. Pero fue muy divertido porque ella decía “no quiero ver la peli donde sale el papi”. Y al final hicimos una presentación en Canarias, donde viven con su madre, inauguraron una sala digital y la nombraron madrina. Entonces subió al escenario, le dieron flores, chocolates, y lo mejor era que el patio de butacas eran sus listas: sus amigos del colegio, sus primos y tal. Y a partir de allí fue “mi película”. Ahora a partir de que la película fue nominada a los Goya, María se convirtió en una especie de pop star. Nos paraban por la calle. Para mí fue un cambio importante. A María más o menos le da igual, le da por pellizcarles o lo que sea. Pero el cambio de actitud de la gente es muy beneficioso para nosotros.

–¿Se está conociendo más sobre el autismo?

–No, lo que pasa es que está aumentando mucho y entonces es una presión que no se puede disimular. Está aumentando el índice de autismo en todo el mundo. Yo había prometido sobre la Biblia que no iba a hacer un segundo libro sobre María. Pero lo hice porque me di cuenta de que María tenía 20 años y de que no hay autistas adultos, no se ven. Todos los autistas en los que piensa la gente son niños, sin sexo. Son como una especie de ángeles. Entonces yo estoy mucho por la visibilización. La única forma de que la gente entienda es verlos personalmente.

–¿La ha llevado en sus viajes?María y yo

–Bueno, ella vive en Canarias con su madre y yo vivo en Barcelona, entonces hago una media de 16 viajes al año. Ella ha hecho los trucos habidos y por haber en los aeropuertos. He estado con María en las estaciones, he estado hasta las cinco de la mañana bailando en una fiesta. He hecho cosas que en los manuales dicen no hacer. Pero yo no estoy por los límites. Luego sí, te atienes a las consecuencias. La última vez por ejemplo, el viaje Barcelona – Canarias, que dura tres horas, había un embotellamiento en el aeropuerto, entonces fueron dos horas en pista encerrados en el avión, más tres, son cinco horas. María subiéndose por las paredes. Solo teníamos un tipo adelante que era un productor inglés lleno de tatuajes. Y toda la intención de María era meter la mano por medio de los asientos para poder pellizcarle.

–¿Por qué hay más autismo?

–Hay más diagnósticos tempranos. Y luego porque no se saben todavía las causas, son ambientales, circunstanciales, hereditarias, cosas que pasan en el embarazo. O sea, que no hay una causa. Puede haber un montón de causas que hacen que la ratio suba. Antes era 1 cada 150 y ahora ha bajado a 1 cada 85.

–Acá también estuvo dando charlas en relación con el autismo. ¿Cuál fue su público?

–Padres, profesionales. La mayoría de la gente ha leído el libro o ha visto los cortos. Cuando voy a los sitios contacto con las distintas instituciones, busco enterarme como está el autismo en cada país. Intercambiar cosas con los padres, porque siempre tenemos trucos que intercambiar. Estuve en EOL, en Brincar, una asociación, y el miércoles fui a ver los talleres de estampación, donde los chicos hacen los dibujos, estampas. Ese es el mundo donde me siento a gusto porque con los padres tenemos tantas cosas en común.

–Pensaba en que lo interesante es trasmitir desde el humor, sin golpes bajos.

–Sí, es un mundo donde ha imperado durante mucho tiempo la pena. Todos los documentales que había visto antes de hacer el nuestro eran en blanco y negro, los padres tomados de la mano, el piano… y con eso no puedes empatizar con la gente. La única reacción que logras es “pobrecitos”. Entonces el documental es brillante, en colores, pasa en un resort, y te ríes con María. El humor es la cosa más humana que hay. Si tú intercambias, te ríes de esa persona que aparentemente tiene muchísimas dificultades inmediatamente empatizas con ella. Pero, por ejemplo, en las jornadas de lacanianos estaba en una mesa con cuatro psicoanalistas y empezaron con el discurso serio de los psicoanalistas y es lo que intento romper. Lo que dije es que los padres nos veíamos frente a un discurso que no entendíamos y necesitamos muchas cosas prácticas, a veces aprendemos más de otros padres que no de los profesionales.

–¿Cómo es la vida cotidiana de María?

María y yo 2–Tiene varias vidas cotidianas. En la vida en Canarias, este año ha empezado en un centro de adultos, va de nueve a cinco. Su madre trabaja y cuando sale del centro la recibe una chica que está con ella hasta que viene la madre. Es una vida muy pautada. Cuando viene a Barcelona no, porque vamos a la playa, hacemos esto o lo otro, es creativo en cierta forma. Dibujamos mucho con ella. Escuchamos música. Para ella está bien aunque es un problema porque cambiar de ambiente así por las buenas a nosotros ya nos cuesta, pero a María le cuesta una semana adecuarse. Traspasar los límites está bien porque María tiene dos mundos, Canarias y Barcelona, y de eso aprende mucho.

–¿Algo que no le haya preguntado?

–Hay algo que nadie pregunta por esta idea de que son niños pequeños y asexuados.

–Ah, sí, es un tema el de la sexualidad.

–Claro. María es así, tiene un par de tetas así -las dibuja con las manos. Las hormonas están por todas partes. Entonces tú puedes tener la opción de decir “no quiero meterme en esto del sexo”. Pero si tú no te quieres meter el sexo se va a meter. María se autoestimula como todo el mundo porque es algo inherente a la persona. Entonces hay una capa importante de los padres –incluso de los profesionales también que lo derivan a los padres–, del “no quiero saber”. O sea, tengo tantos problemas con las relaciones que añadir el tema del sexo es muy complicado. Pero si lo haces así tarde o temprano se va a convertir en un problema de verdad. Si tú no acotas o intentas informar. Pero es algo completamente tabú. Quizás es algo que lleva a los padres a pensar en violaciones, abusos, pero es mucho mejor prepararlos. María tiene 20 años. Tienes que pensar que María tiene la regla, que tiene un montón de cosas.

–Ha tenido novio, ¿cómo se vincula?

–No, no tiene capacidad. Porque cada uno va por su cuenta. Pero no está limitado el sexo a la pareja.

–¿Y ustedes cómo lo abordaron con María?

–Bueno, pues intentar que cuando María se estimule esté en un sitio íntimo. Pero a veces se escapa y puede aparecer en mitad en la calle (risas). Lo bueno y lo malo con el autismo es que tienes que tener soluciones inmediatas a las cosas. Soluciones a cosas que no te puedes imaginar y que surgen. A veces has encontrado soluciones pero no permanecen. Lo que funciona hoy a lo mejor la semana que viene no funciona.

–Qué desafío.

–Un desafío. Cuando yo acabo con María, cuando la devuelvo, me ha agotado totalmente, estoy defenestrado y me gustaría tirarme por la ventana. Pero he aprendido un montón sobre solucionar rápido las cosas, no pensar que estás cometiendo un error sino que da lo mismo, tienes que solucionar.

Comunicarse –cómo llegar a ella, cómo intentar averiguar sus deseos y sus cosas– es continuamente para mí un desafío intelectual. Y si falla es un problema nuestro, no de ellos.

–¿Ella dibuja?

–Empezó hace dos años (toma el libro María y yo y pasa las páginas). Estas son las listas que yo le hago. Aquí hay caras pero pueden ser personas. Le hago agendas para pautar lo que hacemos. Hago pedidos suyos porque le gusta que dibuje a la gente en la cama enferma. Lo más raro que he dibujado a pedido suyo es a compañeros suyos metiendo la cabeza en el plato en el comedor del colegio (risas). De pronto hace dos años empezó a dibujar como una loca, como una posesa. Y lo que dibuja es esto (muestra caras de distintos tamaños en fila).

–Las listas…

–Claro, nosotros ponemos los nombres, y ella es capaz de distinguir entre quien es quien. Es importante porque ha encontrado otro medio de expresión. Lo que les falla un poco a ellos es que tienen pocos intereses, focalizan mucho en unos pocos, entonces que tenga otro más es evidentemente muy importante.

–Cuesta entenderlo.

–Mucho. Es un trastorno que cuando empiezas no encuentras consuelo en nadie. Ni siquiera la familia. Y ya el resto de la gente que no tiene nadie con autismo es muy difícil que entiendan que una persona como María, de un aspecto súper guay, porque es guapa y viste bien, grite o haga movimientos raros. Entonces hay un primer momento de choque total.

–¿Qué políticas públicas faltan?

–Educar en la diferencia en los colegios debería ser la cosa más importante. No solo para personas como María, sino para la gente diferente, de diferente color, lo que sea. Educar no solo a los niños sino a los padres. Hacer talleres para padres de personas con discapacidad. Teníamos por ejemplo un programa que se llamaba Padre a padre, que era de padres veteranos enseñando a padres nuevos. Y luego todos los estamentos de la sociedad donde vamos a pasar algún día. Si yo quiero viajar, debería tener facilidades para viajar porque María es diferente. Cuando se habla de discapacidad todo está enfocado a discapacidad física, la silla de ruedas está en todas partes. Porque todo el mundo entiende una silla de ruedas pero a mí que haya una rampa en un sitio no me sirve para nada. Es más, a María le asustan las rampas. Lo que debería haber es información visual, pictogramas para que ellos entiendan. Y hasta en los estamentos de la Policía, se pierde un niño con autismo y lo policías deberían saber que no pueden agarrarlo, que eso puede desembocar en una crisis. La mía es una visión de padre, no es desde el punto de vista médico. Yo se los decía a los lacanianos. Muy bien con las teorías pero no los veo estando 48 horas con mi hija.

–Claro, el día a día.

–En las vacaciones estoy pegado con María las 24 horas del día. Es agotador, es obsesivo pero es el único sitio donde soy capaz de entender a María.

–¿Han hecho consultas psicológicas, acompañamientos?

–Como todos los padres, sólo nos ha faltado un chamán. Hemos hecho equinoterapia, hemos hecho psicoanálisis. Ha sido siempre intentar, desde el punto de vista de los padres, que en casa siempre hubiera mucho movimiento y pudiéramos hacer las cosas. Yo no soy partidario de sistemas cerrados. Ella ha ido siempre a una escuela especial. No de autismo sino general de discapacidad. Tampoco creo mucho en las escuelas pero es lo único que hay.

–¿En las escuelas en general o en las especiales?

–En ninguna (risas). Uno lo quiere controlar todo pero llega un momento que tienes que dejarlo, no puedes controlarlo todo. Por ejemplo, María, como muchos, es obsesivocompulsiva con la comida. Se comería esta puerta si está bien aderezada. Y lo que hago cuando está conmigo es que la someto a unas dietas que la mato. Se enfada conmigo. Pero sé que María no puede engordar no por una cuestión estética sino porque camina muy mal, no hace deportes, entonces el equilibrio es muy inestable. Hay que estar en todo.

–Es como con todos los hijos pero más.

–Sí, porque en este caso el entorno está en contra. Si yo busco un dentista es como encontrar una aguja en un pajar. O una ginecóloga.

Miguel Gallardo, historietista, ilustrador.

 

Fuente: Página 12

Para ver el documental, o algunas de las historietas de Miguel Gallardo y María:
María y yo
Documental María y yo

¿Muerte del psicoanálisis?

El psicoanálisis es una disciplina que ha sufrido ataques desde su nacimiento porque es insoportable lo que tiene para decir. Para el ser hablante es insoportable descubrir su propia naturaleza.
En el año 2005 se publicó El Libro Negro del Psicoanálisis. Y fue una gran propaganda en contra del psicoanálisis, aprovechada rápidamente por el mercado, al cual el psicoanálisis no le conviene. Situaciones similares ya habían ocurrido antes y seguirán ocurriendo.
“Muerte del psicoanálisis” es el título de la carta que, ese mismo año, Fernando Polack envió al espacio de lectores del diario La Nación como respuesta a una entrevista a Mikkel Borch-Jacobsen, advertido de la propaganda y con temor de que se difundiera en Argentina.


A continuación compartimos una entrevista realizada (en el mes de septiembre de 2005) a Fernando Polack en la que desarrolla los motivos de su carta de lectores y habla de su experiencia de vida inmerso en la sociedad norteamericana, en la cual se espera la adaptación y el éxito. Por eso la psicología conductista es el modelo de tratamiento para casi todo malestar psíquico.


ENTREVISTA AL Dr. Fernando Polack

José Ioskyn: Para comenzar, ¿podrías contarnos sobre su traslado a Estados Unidos, tus motivaciones, tu expectativa con ese viaje?

Dr. Fernando Polack: Mi mujer y yo fuimos a Estados Unidos en 1993, porque surgió la oportunidad de hacer una formación pediátrica en Michigan. Yo había estudiado medicina en Argentina y tenía muchas dudas con hacer una carrera en infectología pediátrica en Buenos Aires, porque percibía que el foco total de la formación profesional en Argentina estaba en lo asistencial. Y un infectólogo pediatra debe tener un panorama más amplio en términos de biología, ciencias básicas y epidemiología, que yo no veía cómo obtener en Buenos Aires. La formación científica y médica, a nivel orgánico, es sin duda extraordinaria en los centros grandes de EE.UU., y es esa posibilidad de participar -a veces sólo leyendo los reportes diarios, a veces como consultor, o como agente directo- de procesos que suceden en otras partes del mundo -como la fiebre de los pollos en Hong Kong, el SARS, la eliminación del sarampión en partes de África, o hallazgos nuevos en áreas de ciencias básicas- lo que a uno lo deslumbra en las universidades como John Hopkins. Así que desde ese punto de vista, todas mis expectativas fueron cumplidas. EE.UU. es muy generoso e inteligente en proveer a extranjeros educados de oportunidades enormes de desarrollo profesional, y debo decir que no recuerdo ni una sola instancia en que ser extranjero ha jugado en contra mío en estos temas. Para los expatriados que viven su traslado como un ascenso casi étnico, acomodarse en el sistema es un deseo desesperado y, en general, resulta más fácil. Por ejemplo, a mi me sorprendía cómo mucha gente de los países de Europa del Este cambiaban sus apellidos por apellidos anglos, ponían la bandera americana en el jardín de su casa apenas podían, y adoptaban las costumbres más americanas con una devoción insólita. A veces es imposible conseguir que algunos centroamericanos de origen humilde te hablen en español. Hay otros grupos que tienen un nexo cultural/social muy fuerte con sus países de origen y no pueden ignorar ese vínculo fácilmente. Entre estos estamos los argentinos.

J.I.: En tu nota al diario La Nación hacés alusión a tu situación en tanto padre en esa sociedad que describís. ¿Podrías contarnos tu experiencia como padre allí, y tu impresión acerca de la intervención del estado a través de la escuela, el hospital, etc, sobre los niños?

F.P.: Sin duda la experiencia más difícil para los argentinos, que yo conozco y he conocido en doce años en EE.UU., es ejercer de padre. La diferencia de valores y costumbres jaquean las convicciones más sólidas y, si algo es para mí un orgullo, es haber sostenido a mis hijos a través de años durísimos en Maryland. Y te digo esto porque lo más fácil es ceder, ser convertido, y ver los resultados inmediatos de esa maniobra en la aceptación social y/o escolar. Pasar de ser un díscolo a ser un bobo bueno. Yo tengo muchos amigos argentinos cuyos hijos -chicos piolas y simpáticos, chicos al fin- se pasaron años en escuelas de educación especial por no portarse tan bien como se debe en las escuelas americanas. Y los he visto agradecer la decisión, porque por fin dejaban de suspender al hijo en el jardín de infantes, de llamarlos constantemente al trabajo para que vayan inmediatamente a buscarlo porque estaba llorando y la maestra tiene que ocuparse de enseñar, de llamarlos a la noche a sus casas para discutir la inadaptación de sus hijos al sistema, de discutir la conducta de sus hijos con gente que habla en otro idioma de vida y a la que jamás le podés llegar. Esta es una de las sensaciones más angustiosas, porque cuando la maestra del colegio te mira y te sonríe, pero no te escucha en absoluto, y no tiene ni un centésimo de la profundidad necesaria para entender algo bastante básico como el miedo de un nene a la primera semana de escuela, te das cuenta que estas muy jodido y solo. Hay una sonrisa impersonal terrible, que es una estrategia engranada en la cultura americana, y que se usa de inmediato ante cualquier personalización de la charla. En mi experiencia en EEUU, el chico debe transformarse en un adulto al entrar al jardín de infantes, y entra en una carrera para llegar a Harvard desde los tres años en los sectores más cultos y progres, para ser un good citizen en el resto del país. Las tardes que he pasado buscando libros educativos para mis hijos en las librerías de suburbio, buscando milestones de desarrollo psicomotor oscurísimos en libros especializados que atiborran las librerías, para ver si mi hijo mayor estaba on track -a pesar de que toda nuestra familia lo consideraba un genio– y parado entre docenas de padres socialmente presionados a angustias similares. Conozco personalmente gente que ha contratado asesores para que su chico de tres años esté a los dieciocho en las mejores condiciones de competir por una plaza en Harvard, Hopkins o Yale. Tengo amigos que tomaron una institutriz china para sus hijas de seis, cuatro y dos años -además de mandarlas por la tarde a un programa de inmersión en lenguaje chino- para prepararlas para comerciar con China en el futuro; y otros que a su hija de tres años le retiraron la batería de juguete para que practique con un violín, ya que este es un instrumento mejor visto en las entrevistas de ingreso a la universidad. Todas estas cosas no son ninguna broma cuando uno vive allí. El chico es un receptáculo vacío que hay que llenar de información. Y ese es tu deber como padre o madre. No importa si son los nombres de 50 dinosaurios, los volcanes del mundo, o las constelaciones estelares. Hay que llenar a ese chico de datos porque ese es nuestro deber para garantizar su éxito futuro. Así que una hora perdida en juego es una hora menos de información. Hasta una canción en la tele siempre debe tener datos. Y hay que bancarse tener una visión crítica sobre ese modo de vida, cuando todos alrededor tuyo lo ejercen sin parar y te miran como un abusador de menores por haber pasado la tarde mirando fútbol en la tele con tu pibe. Igualmente, el meollo de la historia está en otro tema. Esta carrera al éxito durante los primeros años no se basa en el rendimiento escolar sino en la observación de las reglas más estrictas de comportamiento. La disciplina es todo en la educación temprana americana. Los ingresos a la primaria se realizan con aplicación previa, entrevistas donde el chico se luce nombrando las lunas de Júpiter o los volcanes de Asia y cartas de recomendación a sobre cerrado escritas por las maestras del jardín. Luego la escuela publica un ranking -por los que esta gente muere- de niños de seis años. El que gana es un winner, y el que pierde un loser. Pero ante todo, un loser sabe que las cosas son así, porque “este es el sistema que nos hizo el mejor país del mundo“. Así que con esto no se bromea, porque si te caes del tren un par de veces posiblemente te caíste para siempre. A veces me entristecía mucho mirar la angustia con que las madres trataban de moldear a sus chicos para machacar esa expectativa. Igualmente, no hay nada más difícil que el absolutismo moral que rige la educación americana en los años iniciales, y esto es particularmente difícil para gente como nosotros, los argentinos, que venimos de una concepción muy cínica de la moral concebida en esos términos. Una cosa más. No quería ignorar esa pregunta sobre el rol del estado. Yo creo que esta concepción de vida que relato corta verticalmente a la sociedad americana, y no veo que el estado hoy necesite activamente ejercer ningún tipo de influencia para su cumplimiento. Aún más, no creo que haya empeorado ni mejorado con distintas administraciones porque es constitutivo a la dinámica social allí, y lo llevan puesto desde el progresista de la costa este hasta el conservador del sur profundo. Es casi como imaginar que el doble sentido, la irreverencia o la ironía en nosotros va a cambiar por el efecto de uno u otro gobierno democrático.

J.I.: En tanto pediatra que trabaja en EEUU, que tipo de síntomas resultan más frecuentes en la interfase entre pediatría y psiquiatría infantil. ¿Cuáles son los trastornos que merecen la derivación al especialista?

F.P.: Nosotros tenemos la suerte de recibir consultas de muchas áreas del país porque Johns Hopkins es enormemente prestigiosa y existe siempre la expectativa de que llegaremos a un diagnóstico que eludió a los médicos en otro lado. Eso genera un sesgo muy grande de los pacientes que asisten a nuestra clínica, ya que son los que “superaron” las instancias anteriores. Con esta introducción, uno imaginaría que no hay nada más interesante que practicar allí, pero esto es verdad solo en parte. Yo estimaría que el cincuenta por ciento de los pacientes pediátricos que yo veo en la clínica de infectología tienen como diagnóstico generador de los síntomas que los traen a la consulta una depresión.

J.I.: Entonces, ¿cuál es específicamente la orientación o la respuesta social en EE.UU. en cuanto al síntoma de un niño?

F.P: Todo problema psíquico es un estigma de tal magnitud en EEUU que los padres prefieren cualquier etiología orgánica infecciosa u oncológica con tal de no irse de la consulta con un diagnóstico de depresión. Esto me ha traído varios problemas, y he sido increpado muchas veces a los gritos por negarme a confirmar cánceres, encefalitis virales -que destruyen el cerebro-, enfermedad de Lyme -una enfermedad bacteriana muy bien delineada, pero también una gran bolsa diagnóstica para gente con cualquier neurosis en EEUU-, y otros deseos desesperados de la familia para esquivar lo más temido. Esto se complica aún más ya que la mayoría de los médicos comparte las aprehensiones de los pacientes, por lo que el que parece loco generalmente es uno. Quizás un ejemplo revelador es el de la clínica de SIDA pediátrico, que con más de doscientos pacientes pediátricos activos en la década del noventa, y todavía entonces con una considerable morbimortalidad, tenían una terapia de dos horas dos veces por mes. Imaginate que estos chicos son casi todos huérfanos de madre -o la pierden durante sus años de concurrencia a la clínica-, no tienen padre -o lo tienen en la cárcel- y viven con un estigma equivalente a la lepra en siglos anteriores -al punto que no pueden decirle a nadie en el barrio su diagnóstico. Sin embargo, el clásico problema era convencer al departamento de psiquiatría de siquiera ver a los chicos. Lo típico era que llegaran, y frente al chico angustiado y agresivo lo diagnosticaran como psicosis por SIDA y al deprimido moribundo como demencia por SIDA, recetaran un par de medicaciones y hasta más ver. Estos diagnósticos irreversibles descartaban el beneficio de toda intervención terapéutica y, como frecuentemente las intervenciones necesarias hubieran sido monumentales -dadas las condiciones familiares, sociales y financieras de estos chicos-, empezar a discutir desde si valía la pena siquiera ir a verlos hacía la tarea imposible. Sin ignorar que muy poca gente en salud allí -y menos a nivel poblacional- considera que haya algún beneficio en la terapia y la gran mayoría está convencida que todo se maneja desde la voluntad. Como la llegada al psicoanálisis es extremadamente rara y difícil en EEUU, toda persona que tenga un interés en analizarse o llevar a su hijo a terapia tiene enormes chances de terminar en el consultorio de una trabajadora social que aplica un abordaje conductista a todo problema. Siempre recuerdo cuando empecé a hacer pediatría en Michigan, y en la clínica ambulatoria vimos una chica que tenía una parálisis histérica. Yo estaba fascinado y llamé al supervisor muy entusiasmado. Casi me desmayo cuando el supervisor mandó llamar al kinesiólogo. Le dije, entonces, ¿cuál sería el plan si el síntoma se trasladaba a otro lado? Textualmente le dije: -“¿Y si mañana amanece ciega?” Y el hombre me miró sonriente y me dijo: -“Pues irá al oculista”.

J.I.: En relación con lo anterior, ¿qué espera esa cultura de un niño en cuanto a su comportamiento y desenvolvimiento? ¿Para qué se supone que se prepara a una persona?

F.P.: Del chico se espera disciplina en la sociedad y éxito profesional y económico en lo familiar. Pero uno de los principales problemas de EEUU es la inmensa y desoladora soledad en la que vive todo el mundo. Yo he estado vinculado con cuatro personas que terminaron suicidándose o intentándolo, cuando jamás había visto una en veinticinco años en Argentina. El problema -refiriéndome a la carta de La Nación- no es sólo que la abuela venga a la reunión desde la otra punta del país por única vez en el año en la noche de Navidad, sino que a la abuela tampoco le importa. Yo tengo un compañero de trabajo muy bueno que contrajo paludismo en uno de nuestros viajes al África. Llegó al hospital casi moribundo y para la primera noche las cosas se veían aún peores. Sólo tres personas -incluyéndome a mí y a un guatemalteco- fuimos a acompañar a la esposa a la terapia intensiva. Nuestra jefa de entonces, que lo había mandado personalmente a Zambia, estaba muy ocupada en su oficina y no pudo cruzar al otro edificio donde estaba la terapia -eso que es monstruoso para nosotros es normal allí. Entonces a la noche yo me acerqué a la esposa -que también es infectóloga y sabía muy bien la situación que estábamos viviendo- y le sugerí que llamara a los padres de mi compañero. Ella me miró fijo y me dijo: “Yo sé muy bien lo que pasa, pero hoy es el día que sus padres comparten con la hermana mayor. Por lo tanto debo ser respetuosa de esto y de ninguna manera voy a entrometerme llamando para avisarles nada. Si pasa algo, ya vendrán mañana”. Decime si te quedan ganas de enfermarte. El norteamericano se realiza esencialmente a partir de sus logros laborales. Estos se reflejan luego en adquisiciones materiales, prestigio social y confort. Esto a mi no me parece mal aunque como todo es muy superficial, todos están muy, pero muy solos. Un amigo mío los llama “los reyes tristes“. El americano medio educado cree absolutamente en la palabra hablada. Lo que intento decir es que si una persona hierve de odio contra otra, pero consigue decirle “I love you“, ambos creen que ese amor existe. Esto se liga a lo que llaman “transformational vocabulary“. Este es un tema fascinante donde enseñan a los profesionales y ejecutivos a reemplazar ciertas palabras por otras “menos malas”. Por ejemplo, uno nunca está enojado sino perturbado. Enojado es malo. Uno nunca está disgustado sino confundido. Disgustado también es malo. Con una actitud positiva se arregla todo. Mi hermano es odontólogo en Washington DC, y nos revolcábamos de risa leyendo las instrucciones escritas que le daba el “motivador profesional” del trabajo. El problema era que todos los otros dentistas del trabajo se lo creían, o hacían como si se lo creyeran. Por lo que en el trabajo no había lugar para reírse. En estas sesiones confesionales entre odontólogos, algún director testimoniaba sus culpas y luego todos cantaban una canción que aún recuerdo de memoria. “Me levanto a la mañana con el sol en mi cara. Mis necesidades son metafóricas y el mundo es un lugar feliz“. El que no se rió tanto era mi hermano, cuando estaba inmerso en esa dinámica absurda y necesitaba el trabajo porque recién llegaba a la ciudad. Estos motivadores son los psicoanalistas de los ejecutivos exitosos de EEUU. Creo que no hace falta decir más.

J.I.: Una cuestión en relación con la incomodidad de escuchar al otro, que has mencionado en tu nota. Parecería por tus palabras existir un rechazo profundo del malestar del prójimo, malestar que sería necesario eliminar o desterrar del contacto intersubjetivo. ¿Los fármacos supuestamente ayudarían a eso, despersonalizando o tercerizando la relación al malestar y desalojándolo de las relaciones entre las personas?

F.P.: Fuera de las hordas de chicos en Ritalina -supuestamente por el ADD, pero miles de veces por problemas familiares, maestras neuróticas, conflictos escolares, neurólogo medicador, o vaya uno a saber por qué- yo no sé decir quién entre los adultos recibe fármacos o cuántos lo hacen. Pero esto que yo decía parte de una característica muy arraigada en EEUU. Personalmente creo que EEUU es un país cien por ciento protestante. Los judíos son protestantes, los católicos también lo son. Hasta la segunda generación de orientales se vuelve protestante y quienes más sed tienen de aceptación lo hacen antes que nadie, sin importar su origen. Y el protestantismo es muy, pero muy severo. No tiene el margen de las otras religiones y tiene una profunda raigambre moralista. En el protestantismo no se juega ni se jode, y por lo tanto en EEUU tampoco. He demorado diez años en aprenderlo. En este sentido, toda expresión de subjetividad es muy incómoda. No se discute casi nunca política, no se discute de nada personal, no se pregunta nada familiar. Levantar la voz es antihigiénico. El contacto físico es muy temido. De hecho, los chicos argentinos suelen recibir un diagnóstico conductista de sensorios, o sea chicos que necesitan mucho estímulo táctil dado que abrazan a sus compañeros, a sus padres y hasta a veces a las maestras. Pero no hay que temer. Eso se trata. Hay que comprar un cepillo de pelo grueso y cepillar en sentido longitudinal las piernas. Así que quien quiera estar a la vanguardia de la ciencia psíquica, vaya por su cepillo. Igualmente, no es fácil resistir la presión escolar de “cepillar” a tus chicos, ya que de negarte a hacerlo con la estúpida excusa de que “nosotros en Argentina nos abrazamos mucho”, te encontrás con el subtexto que dice: “¿Y a mí qué me importa? Acá tu hijo es un sensorio, y si no querés problemas con nosotros en la escuela comprate el cepillo, inadaptado”.

J.I.: Por último, ¿te podría preguntar si te has analizado aquí en Argentina? Si es así, ¿cuál ha sido tu experiencia en tanto analizante o paciente? ¿Te ha ayudado en un sentido concreto el análisis?

F.P.: Sin duda alguna el análisis actual en Argentina me ha ayudado mucho -yo viajo muchísimo ida y vuelta por motivos de trabajo- y en EE.UU. me mantuvo sano. Yo me analicé en Argentina varios años y lo hice en EE.UU. con un psicoanalista argentino al que veía tras manejar sesenta kilómetros los viernes de tarde. Alguien en algún lado, que no esta agarrado de la misma balsa, te tiene que reasegurar que no sos un chiflado y que tus decisiones, por raras que parezcan allí, tienen su lógica. Hay muchísimos chicos argentinos que se analizan desde EE.UU. por teléfono con terapeutas argentinos. Esto es bastante común y a veces mucho más importante desde tan lejos. No te imaginas la cantidad de mails de desconocidos argentinos que viven en EE.UU. que he recibido en estos días contándome brevemente experiencias por el estilo. Yo simplemente estaba laburando y cuando leí esa historia en el diario no pude concentrarme más. Pensaba algo así como que si bien yo había tenido que jugar con esas reglas en su casa, no podía consentir en que alegremente pensaran en imponerlas en la mía. Así que mandé una carta de cuatro páginas que terminó condensada en esas líneas. La ironía, que despertó tanto interés en Argentina, me hubiera generado una condena “moral” en un diario en Baltimore.

(2015)


Fernando Polack
Médico Pediatra Infectólogo, graduado con honores en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires en 1990. Fue Residente de Pediatría en el Hospital Francés de Buenos Aires, Argentina y continuó su formación profesional en los Estados Unidos, donde fue Residente de Pediatría en el William Beaumont Hospital en Michigan y Fellow Post-Doctoral en la División de Infectología Pediátrica de la Universidad Johns Hopkins en Baltimore, Maryland. Hasta fines de 2008 fue miembro del cuerpo de profesores de los Departamentos de Pediatría, Inmunología y Microbiología Molecular, y Salud Internacional de Johns Hopkins University, Baltimore, Estados Unidos. Actualmente, es Director Científico de la Fundación INFANT y profesor titular del departamento de Pediatría de la Universidad de Vanderbilt (Nashville, Tennesse EEUU).

José Ioskyn
Psicoanalista y escritor. Publicó artículos y ensayos en diversos medios periodísticos y en libros. Autor de Literatura y vacío (Letra Viva, 2013), y El mundo después (Paradiso Ediciones, 2013) Nunca vi el mar (Editorial HDJ, 2014), “Acerca de un imperio” (Ediciones del Dock, 2016); “Manual de jardinería” (Editorial Barnacle, 2016), “Un lugar inalcanzable” (Editorial Griselda García, 2018).