Doctora en psicoanálisis, profesora en la Universidad de París VIII, agregada en
Filosofía, también se considera feminista. Es miembro de la Escuela de la Causa Freudiana de París (ECF), y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP.) Publicó una compilación titulada El psicoanálisis a prueba de la guerra.
-Si no existe guerra sin discurso, ¿qué cambió -además de las teorías de Freud- entre la primera y la segunda guerra, y después, durante la llamada guerra fría y luego, después del 11-S?
–Cambió el discurso. Bajo la presión de distintos elementos, el reino de un significante amo (S1) se acaba: en lo real, con los avances de la ciencia; en lo simbólico, con los enfrentamientos, como dice Lacan, con discursos minoritarios. Lo imaginario acompaña estos cambios con los procesos de rivalidad y competencia (concurrence.) Lacan llama a estos momentos de cambio crisis de la pregunta por la verdad. Los avances de la doxa, es decir, los cambios en el discurso del amo, se producen en esos momentos de crisis, respecto a la verdad de un momento histórico. La guerra fría se reduce a dos tipos de verdades enfrentándose, compitiendo hasta que uno se impone. La caída del muro de Berlín marcó la victoria del discurso del capitalismo. Después del 11-S, se manifiesta la subida de otro discurso, presentándose como religioso, challenger del capitalismo. Por ejemplo, hay bancos musulmanes con sus propios valores y reglas. No fueron víctimas de la crisis bancaria de las subprimes por tener otras reglas en relación con el uso del dinero. Uno de esos bancos acaba de instalarse en Alemania. Los turcos instalados en Alemania eligen esos bancos. El discurso amo no es sino un modo de goce que se considera el único posible.
-Los mercados comunes, la segregación, ¿han crecido, objetivamente, desde que Lacan hablara de ello, o es un movimiento de la época que el propio Lacan dedujo?
-En efecto, lo que dice Lacan en los sesenta se verifica totalmente. Lo universal es la consecuencia lógica del imperio del Uno; incluso cuando se modifica este Uno, pasando del Padre y su evaporación al imperio de otro Uno, esencialmente el Uno del discurso matemático. La mayor universalidad, en la economía global, en el saber -el de la ciencia-, en la difusión de la información tanto como en la de los objetos mercantiles, eso es lo que produce mayor segregación. Pero una segregación voluntaria, la de las minorías, que se constituyen a partir de una referencia a unos supuestos orígenes (siempre perdidos) o a cualquier modo de goce. La segregación ahora es un modo de gobernabilidad: como tal, se llama diversidad y se agrega, interpretando, al principio de Igualdad de los Derechos Humanos de las Luces.
-En cualquier caso, ¿por qué la guerra, más allá de los sujetos, importa al psicoanálisis?
-La guerra importa al psicoanálisis desde la primera guerra mundial. Fue con los traumatizados de entonces que Freud cambió su topología. La guerra cumplió, para Freud, la misma función de objeción al principio de placer que la pesadilla. En la guerra se puede estudiar el lazo entre lo simbólico y lo real. La paz es un sueño; la guerra, una pesadilla. La guerra entonces despierta el nudo entre real y lenguaje, que de manera mítica, Freud llamo pulsión de muerte.
-¿Puede preguntarse un analista si ahora se vive mejor que antes (digamos, antes de la invención de los sistemas inmunológicos), sin caer en una obviedad?
–Para un analista, el único valor es apuntar a los ideales de vida de cada sujeto en su singularidad. Del lado de la objetividad, es decir, bajo criterios precisos (duracion de la vida, dolor físico, etcétera), se puede hablar de mejoría. Pero no se puede del lado del sujeto y de su modo de goce.
-El mito fáustico (vivir más tiempo a cambio de vaya a saber qué), ¿es un deseo que organiza la existencia del viviente? Si lo fuera, ¿por qué cree usted que es así?
–Lo que organiza la vida de un serhablante es el lenguaje; vive en él, es su realidad, de la cual no puede salir; el serhablante es un efecto de significantes sin sentido; el lenguaje es el lugar de las satisfacciones y de los objetos. Este Otro lo considera completo y le permite pensarse así también. El psicoanálisis, como experiencia de discurso, permite descubrir que este Otro en el cual creemos es incompleto, inconsistente. La muerte en este sentido funciona como una figura fundamental de lo real, como dice Lacan en el Seminario 21: como límite de las palabras. Lacan, en la conferencia de Lovaina, acentúa esta función de límite de la muerte. Límite a los goces de la lengua y de la palabra. Es un límite que puede producir un mito.
Eugene Delacroix -The liberty leading the people-1830
-Finalmente, le pido una pequeña reflexión sobre su participación en las reuniones que organizó la ONU respecto a las mujeres, el género y el empoderamiento en el siglo XXI.
-Bueno, se trató de una Babel de discursos. Cada uno en su delirio. El sexo, reducido al género, que opera identificaciones simbólicas e imaginarias. El empoderamiento de las mujeres, en estrategias para poseer el falo, que como Lacan dice en el Seminario 5, no le falta a las mujeres. Y la solución a la guerra de los sexos, pues más género. La inclusión es el significante que reemplaza a la fraternidad de la revolución francesa de 1789.
Banksy -Sobre Francia y el trato que les brinda a los refugiados-
De Francisco es miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, también es docente del Nuevo Centro de Estudios Psicoanalíticos (NUCEP).
-¿Hay un nuevo amor, propio del siglo XXI, o hay una nueva manera de vivir el amor? En cualquier caso, ¿cuál sería el rasgo diferencial de ese nuevo amor?
–El diagnóstico que sociólogos, politólogos, filósofos hacen del siglo XXI, es que el amor ha perdido intensidad, se ha devaluado, está en decadencia y ello preocupa.Sin embargo, parece haber un acuerdo en considerar que el amor es parte fundamental de la vida para los seres hablantes. Freud afirmó que una civilización donde el amor pierde su valor, es una civilización en decadencia, y desde luego en este momento dichos signos no pueden ignorarse. Los estudios de campo que realiza la socióloga Eva Illouz le sirven para constatar los cambios en las costumbres amorosas y el impacto que la técnica está teniendo en ellas. Se buscan causas, donde se invoca a la psicología y al psicoanálisis como si se tratara de la misma cosa, y cuando hay una mención más específica (al psicoanálisis) se apela a los posfreudianos, dejando de lado el camino que abrió Jacques Lacan. Estos sociólogos oscilan entre la constatación de los hechos, la nostalgia por tiempos pasados y la dificultad para encontrar una salida frente a los efectos que está teniendo la tecnociencia sobre los cuerpos, el discurso y los afectos. Hace años comencé a interesarme por este nuevo amor que Lacan extrae del poema de (Arthur) Rimbaud, A una razón, y al que Jacques-Alain Miller alude en varios de sus cursos para mostrar cómo el amor es una suplencia frente a la imposibilidad de proporción sexual.
Es evidente que si sólo existiera esta imposibilidad y la respuesta de goce sinthomático que cada uno tiene, no podríamos hacer ningún tipo de lazo que hiciera posible la existencia. Lacan muestra que en todas las épocas el amor ha tenido la función de suplir esa imposibilidad, taponándola, olvidándola detrás de los velos fálicos de la significación. En el capitalismo salvaje que se basa en eliminar todo eco de lo imposible lo nuevo del amor será lacaniano. Un nuevo amor que hunda sus raíces en dicho imposible.
-El libro está ilustrado por cantidad de referencias a libros y a películas. Pero te nombro tres, más o menos nuevas, que quizá ayuden a pensar este nuevo aire de época: La gran belleza, de Paolo Sorrentino; Jeune et jolie, de Francois Ozon; y Don Jon, de Joseph Gordon-Levitt. No sé si la figura del varón aparece degradada. Pero creo que a la figura de la mujer, en los tres casos, se le supone un saber, pero un saber incognoscible. Si agregamos Nymphomaniac, de Lars von Trier, completamos un pequeño cuadro.
-Dejo de lado Nymphomaniac, que todavía no he visto, sólo se ha estrenado la primera parte en Madrid. La gran belleza y Jeune et jolie creo que son ejemplo de los momentos que estamos transitando y no considero que las mujeres salgan mejor paradas que los hombres. En la película de Sorrentino, que pinta la decadencia de una determinada clase social italiana, las mujeres están inmersas, como los hombres, en un mundo de banalidad y de goce cínico donde no se diferencian unos de otras. La voz del relato, que coincide con el protagonista, lo reconoce y avanza hacia su decrepitud. En este film, a mi parecer, la única mujer que tímidamente da signos de su feminidad es la criada. Desde luego, no entro aquí en consideraciones estéticas, aunque creo que Roma, con sus fuentes, plazas, puentes y palacios, o la monja mística que hace una clara alusión a la madre Teresa de Calcuta, ni siquiera sirven como antídoto o barrera a una decadencia fútil y obscena. Algo distinta es Don Jon. Sin ser una película pretenciosa, con ese tono de comedia al uso… parece tratar con bastante inteligencia las dos posiciones solipsistas, tanto la del protagonista, Jon, con su adicción a la pornografía, como la que interpreta Scarlett Johansson, y su adicción a la idea de un novio hecho a su imagen y semejanza. Bajo la apariencia de que el encuentro se torne significativo, ella esconde su afán de dominarlo en cada una de las facetas de su vida. Amigos, familia, sexualidad, hobbies, todo tiene que quedar sometido a la mirada de esta aparente mujer.
Diré, con cierta ironía, que gracias a que descubre el historial de visitas a páginas porno, y por eso rompe con él, Jon logra liberarse. Me gustaría señalar el papel que cumple su hermana, que en todas las escenas familiares, incluso en la iglesia, está presente, siempre absorta en su iPhone; sin embargo, es la única que ha sabido apreciar el tipo de mujer que era Scarlett Johansson. Y es gracias al encuentro con una mujer, Julianne Moore, que se abre para Jon la posibilidad de amar, de hacer el amor y asumir una posición masculina que nada le debe a la versión edípica. Jon nos dirá que cuando está con ella, lo demás se esfuma y entonces él puede perderse, sentir el encuentro como real. Y el porno queda atrás no por obligaciones maritales o indicaciones terapéuticas sino por el encuentro con una mujer.
-La prostitución a la que se entrega la protagonista de Ozon, ¿tiene alguna relación con la clandestinidad a la que hacés referencia en uno de los capítulos del libro?
-En el capítulo amores clandestinoshago una distinción entre el secreto y lo clandestino como atributo del amor. Justamente, la protagonista de Jeune et jolie lleve en secreto sus prácticas en el mundo de la prostitución, que es lo que más se aleja a lo que trabajé como lo clandestino. En esta película, a mi entender, se trata del encuentro con el otro sexo de una joven de 17 años. Su primera relación está marcada porque el varón va a lo suyo, y lo que ella repite cada vez que se cita con sus clientes a través de su iPhone, es eso. ¿Qué mejor que la prostitución para encontrar este va a lo suyo del macho, una y otra vez?… con la salvedad de que en estas citas ellos pagarán y cuanto más, mejor. Es con la aparición de la contingencia dramática que su embrollo, fundamentalmente edípico, de rivalidad con la madre saldrá a la luz. Pero para tener algún atisbo de lo clandestino, hay que amar, esta joven no ama. Por eso su personaje es tan actual, no por su experiencia como prostituta. Su desapego, incluso ese estilo algo cínico y provocador en sus lazos familiares y de pareja, trae ecos de la actualidad. Cuando surge la chispa del encuentro amoroso, sentimos, por un lado, una certeza y por otro, un desconocimiento de las razones que nos llevan a elegir a esa persona. Lo desconocido para nosotros lo nombré clandestino, tomándolo de una novela de Philippe Sollers.
-Pregunto eso porque paradójicamente, cuando esa práctica se extiende (pienso también en la película donde Juliette Binoche hace de una periodista que cede a la tentación), también se extiende la violencia de género -esto es, la impotencia masculina.
-Son varias las cuestiones que planteás en esta pregunta. Es evidente que la prostitución es algo que atraviesa las épocas. Y la mal llamada violencia de género, pues hablamos violencia contra la mujer, no es un fenómeno nuevo. Los maltratos por parte de los hombres en las relaciones de pareja han existido en épocas pasadas, incluso estaban legalizadas pues la mujer era una pertenencia del marido o del padre. El momento donde matrimonio y amor, que estaban separados, se unieron, afectó a la institución familiar que se vio zarandeada por los avatares del amor. A mitad del siglo XX, el avance del control de la natalidad unido a los derechos conseguidos con el voto y en el trabajo, supuso un vuelco definitivo. Este cambio ha sido incomparable respecto a los anteriores. Considerar a la mujer como un ser en pie de igualdad con el hombre desde el punto de vista civil, filosófico y espiritual, es algo inédito. Hasta el siglo XX -y no debe ser casual que nazca en este siglo el psicoanálisis-, las diferencias anatómicas, psicológicas, etcétera, entre hombres y mujeres, servían para justificar la no igualdad de derechos civiles, políticos, laborales.
Y ahora que se sigue luchando por la igualdad, se está corriendo el riesgo de querer borrar estas diferencias.Las igualdades innegables de los derechos humanos no pueden subsumir las diferencias subjetivas y tampoco la diferencia que introduce en el mundo el cuerpo de la mujer. Muchos movimientos feministas critican al psicoanálisis porque consideran que nuestra insistencia en no soslayar esta diferencia sexuada, implicaría un tratamiento discriminatorio. Nada más lejos de nuestros planteos, sobre todo desde la perspectiva de Lacan, que en su retorno a Freud subvirtió la consideración de lo femenino. Posiciones conservadoras y progresistas en el capitalismo actual promueven una homogeneización de los sujetos, que tiende a borrar la diferencia existencial y la posición sexuada de cada uno. Lo homogéneo, lo idéntico, aunque pueda creerse que llevará a algo armónico, lo que genera es un aumento de la agresividad y de la violencia en los vínculos.
Esta violencia está ligada con la diferencia de sexos. Se trata de cómo asume cada sujeto su posición sexuada, y cómo se las arregla con la alteridad que representa una mujer. Frente a la incapacidad de amar esa alteridad que supone el cuerpo de la mujer, el hombre está tentado a violarlo, degradarlo, humillarlo, en un intento desesperado de hacerlo todo suyo, como lo expresa Marguerite Duras en El mal de la muerte. Pero la relación con esa diferencia es problemática para hombres y mujeres. No hay un saber ni una técnica que diga cómo afrontar lo traumático de la sexualidad. Ni un modelo para saber cómo ser hombre o mujer.
El goce, en el hombre, está referido al órgano que porta, su condición de amor es fetichista, parcializada, metonímica. Y en la mujer (su condición) es erotómana, su amor depende del signo del Otro. Para la mujer, su satisfacción, su goce sexual pasa por el amor. Las diferentes formas de goce sexual implican una imposibilidad irreductible, que solamente puede ser tratada por la vía del amor. Pero si este amor no tiene en el horizonte esta diferencia con la imposibilidad, si no está advertido, la guerra de los sexos pasará a la escena.
-Sabrás corregirme. ¿Cómo pensar al amor cortés, incluso al amor en la época que Lacan habla de Antígona y más tarde, durante mayo del 68, frente a estos nuevos fenómenos?
-La historia deja sedimentos simbólicos, vigentes en el presente. Somos platónicos, aristotélicos, ocurre lo mismo con el amor. Sobre el Banquete de Platón, Lacan hace un análisis de gran finura, muestra esto mismo. En el seminario sobre la psicosis, dice que el amor cortés sigue teniendo vigencia a través de la sala oscura del cine. La nouvelle vague que tiene a Françoise Sagan y a Bonjour tristesse, de 1954, como un exponente, a través de la relación de una joven y su padre, muestra el declive de la posición viril, a la vez que el nudo rígido de la histérica, de enorme vigencia. Encontramos a hombres y mujeres desorientados frente a lo femenino. Si en los hombres esto es una impotencia cuya consecuencia en la vida sentimental actual se nombra fobia al compromiso, en las mujeres encontramos la deriva hacer de hombre. Hombres y mujeres, cómplices del capitalismo que llama a la erradicación de lo imposible, con el apoyo de la evaluación y del conductismo. El amor se aleja de la poesía, de su intensidad y valor como tratamiento de lo imposible, se transforma en una mercancía más, a la cual se aplican un sinnúmero de técnicas. Existen ya aplicaciones para el iPhone que evaluarán nuestras relaciones sexuales, o un sujetador con un mecanismo que solamente se abre cuando se trata de un amor verdadero, es la forma que en la actualidad se instala la medida fálica por medio del objeto técnico y su anudamiento con la neurociencia. Si consideramos la definición de Lacan de lo real como lo imposible de escribir, los nuevos desórdenes de lo real que padecemos tienen que ver con el afán de aniquilar la imposibilidad. Y si el amor es la suplencia de esta imposibilidad, es en ese campo donde se experimentan desórdenes inéditos. La intervención del capitalismo en su maridaje con la ciencia sobre el campo de la sexualidad genera enorme dividendos, pornografía, prostitución, estética. ¿Cuál será el futuro de los seres hablantes si no contamos con lo imposible y con el amor como su suplencia?
Gustavo Dessal tiene “62 años jóvenes”. Y los tiene, dice, “porque cada día invento una razón para desear algo”. Nació en Buenos Aires y se define así: “Soy tozudo. Soy un agnóstico, pero judío, porque creo en el saber. Tengo dos hijas y voy a ser abuelo: eso es estar cerca de la felicidad”. Pero además de tozudo, agnóstico, judío y abuelo, Dessal es psicoanalista y recientemente publicó un libro –El retorno del péndulo– con uno de los grandes pensadores contemporáneos, Zygmunt Bauman.
–Bauman y usted coinciden en que vivimos en el apogeo del principio del placer, pero que eso… ¡nos hace sufrir!
–La historia de la humanidad oscila entre el principio del placer y el de realidad, que lo modula. Y hoy estamos en el apogeo del placer y sufrimos.
–¿En qué lo observa?
–En que ya no vemos la felicidad como la mera aspiración que es sino como un derecho. Y eso no puede sino frustrarnos.
–La felicidad son momentitos.
–Antaño ser feliz era poder comer, y antes bastaba con no ser comido. Pero hoy creemos que si no somos felices es o porque hacemos algo mal o porque nos lo están haciendo. Los pacientes llegan frustrados el lunes porque el fin de semana se las prometían muy felices… y no pasa nada. Ese malestar tiene un denominador común: malinterpreta el amor.
–¿En qué sentido?
–Hablo de otra ilusión: el enamoramiento; ese momento fugaz en el que crees haber encontrado en otro lo que te falta y al unirte a él alcanzas la plenitud que es sólo una chispa, pero suficiente para encender la pasión, que a veces lleva a la locura y a la muerte.
–¿Lo de “locura y muerte” es retórico?
–Para muchos, me temo que no. Me he especializado en pacientes que sufren, mueren y matan por lo que confunden con amor.
–¿Por qué enferman?
–Buscando la felicidad que creen merecer sufren otra patología de esta época: la adicción. Se atan hasta la esclavitud a relaciones y conductas que los hacen gozar y sufrir con tal intensidad que les resulta insoportable dejarlas.
–¿Por qué enganchan tanto?
–Porque todo placer lleva aparejado su displacer. Hay quien se vuelve adicto a una relación tóxica y soporta ser humillado por un espejismo de goce. Y también quien abandona frívolamente a una pareja sólida porque ya no soporta “que tenga tanto vello”.
–La relación extraña es la que dura.
–Porque a la relación de pareja se le exige autenticidad, y antaño, en cambio, se le permitía al otro conciliar realidad y deseo discretamente por otros canales.
–Eras libre mientras el otro no supiera.
–Hoy no se tolera esa dualidad. Y la intensidad exigible en pareja contrasta con las relaciones digitales: tengo pacientes con mil amigos en Facebook que se quedan solos en su cumpleaños.
–¿Por qué el mundo online es leve?
–En el mundo digital lo que decís sólo dura el tiempo en que lo estás diciendo, por eso resulta tan vacuo y conduce a la banalidad y el déficit de atención. La comunicación universal tiene su correlato en una soledad universal.
–¿Cómo se cura la relación patológica?
–El psicoanálisis no persigue la curación, sino un diálogo que te ayude a conocerte para que toleres la frustración ante la adversidad. Paradójicamente, el adicto, al alcanzar la madurez que le libra al fin de su esclavitud, experimenta una sensación de vacío…
–¿El amor también se ha vuelto líquido?
–Como la pareja, ha cambiado mucho, pero su fondo sigue siendo el mismo. Seguimos creyendo en el amor sólido, por eso aspiramos a relaciones sinceras, leales y estables.
-¿Y también ilusorias?
–El amor participa siempre de algo ilusorio que le es irrenunciable y que lo emancipa de la biología para hacerlo singularmente humano. El amor es ilusión o no es.
–¿Cómo lo sabe?
–La inmensa mayoría de los separados aún esperan encontrar una relación genuina.
Psique reanimada por el beso del amor -1793, Antonio Cánova-
Miquel Bassols: “Freud era un misógino contrariado, pero se dejó enseñar por las mujeres”
Entrevista de Ángela Molina
-¿Tuvo el psicoanálisis un momento iniciático, un big bang?
Nació a finales del siglo XIX del encuentro de Freud con algunas mujeres que sufrían de síntomas histéricos. La inventora fue una mujer que le dijo a Freud: “Calle un poco, escuche lo que me hace sufrir y no puedo decir en otra parte”.
-Esto explicaría la supuesta misoginia del austriaco cuando afirma: “La mujer es un hombre incompleto” o “La mujer tiene envidia del pene.”
Freud, fruto de su tiempo, era un misógino contrariado, así como hablamos de un zurdo contrariado. A la vez, se dejó enseñar por las mujeres. Le dio la palabra a la mujer reprimida por la época victoriana y planteó la pregunta: ¿qué quiere una mujer?, más allá de las convenciones del momento. Terminó admitiendo que la sexualidad femenina era un “continente negro” cuya topografía desconocía. En todo caso, no quedó satisfecho con la respuesta que puede tranquilizar, hoy incluso, a las buenas conciencias de la igualdad cuando afirman: “No quiere nada distinto que un hombre”. Toda reivindicación de igualdad debe tener en cuenta la asimetría radical que existe entre los sexos, incluso la imposible reciprocidad cuando se trata de sus formas de gozar, del goce sexual en primer lugar. Freud fue el primero que intentó elaborar una teoría de esta asimetría, una teoría que han seguido varias corrientes feministas. El goce femenino sigue siendo hoy rechazado, segregado de múltiples formas.
-¿Se refiere a la violencia machista?
Por ejemplo. La violencia contra las mujeres es una verdadera epidemia de nuestro tiempo. Se es misógino de una manera similar a la que se es racista, por un rechazo de la alteridad, de otras formas de gozar que nos parecen extrañas y que intentamos reducir a una sola forma homogénea y globalizada. Y de esta nueva misoginia no se sale tan fácilmente. Cualquier empresa educativa parece aquí destinada al fracaso. El inconsciente, esa alteridad radical que produce sueños, lapsus, actos fallidos, síntomas, está claramente del lado femenino. Y es a este inconsciente al que debemos saber escuchar en este siglo de identidades, amores y fronteras líquidas.
-Dos frases más, esta vez de Lacan: “La mujer no existe” y “La mujer es el síntoma del hombre.” La primera implica que cada mujer debe inventarse a sí misma, que no hay identificación posible con un modelo, menos todavía con el modelo de la madre.La lógica fálica, la que suele caer del lado masculino, quiere que un vaso sea un vaso y una mujer sea una mujer, siempre según un concepto previo.Peroprecisamente la feminidad es lo que hace que algo pueda ser siempre otra cosa distinta de lo que parece. Es conocido aquel malentendido de un hombre que le dice a una mujer: “Te querré toda la vida”. Y ella le responde: “Me contentaría con que me quisieras cada día, uno por uno”. Y podríamos añadir: “Y que cada día sea de un modo distinto”. Si de algo sufre el amor es de la locura fálica que supone querer el Todo sin soportar la alteridad, hasta querer aniquilarla con el famoso “la maté porque era mía”. No, no era tuya, era siempre otra, incluso Otra para sí misma.
-¿Cuándo surgió su interés por el psicoanálisis?
Tuve una crisis de angustia a los 16 años, una caída en el abismo, ninguna identificación me servía. Quería saber pero no sabía qué quería, y los ideales familiares eran una contradicción imposible de resolver. Acudí a un analista y empecé a descifrar el jeroglífico en el que me había convertido. Ahora sigo descifrando jeroglíficos trabajando con otros, en esa especie de comunidad de los que no tienen comunidad y que es la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP), fundada por Jacques-Alain Miller. A nivel institucional la llamamos Escuela, un concepto más cercano al de la antigüedad griega que a lo que hoy se puede entender como una escuela universitaria o un colegio profesional. Lacan la definió como una base de operaciones contra el malestar en la civilización.
-¿Qué hace un presidente de la AMP?
Ser el agente provocador de una comunidad internacional de casi 2.000 miembros que sigue la enseñanza de Lacan, algo parecido a una ONG. De hecho, lo es formalmente, reconocida por la ONU como institución consultora.
-¿Cuáles son los problemas más comunes a los que se enfrenta en su consulta?
Problemas con el amor, el miedo a la muerte, la tristeza y el abandono ante el deseo de hacer algo en la vida. Muchas personas ven la felicidad como algo que hay que alcanzar a toda costa y ese imperativo puede llegar a ser tan feroz como otras morales que hoy denostamos por reaccionarias. Es por eso también que la felicidad se ha convertido en un factor de la política, y esta no sabe ya cómo responder a ese imperativo. Se terminó la época en que la política, también la política de la salud mental, daba respuestas a la pregunta de los pacientes por el sentido de la vida con recetas inmediatas. El goce es adictivo y las promesas de goce ilimitado dejan al sujeto profundamente desorientado. Lo vemos en las mil y una adicciones que empujan hoy a las personas al límite de la muerte, también en el propio campo de la sexualidad. El deseo, tal como lo entiende el psicoanálisis y también cierta tradición ética, es el mejor límite al goce de la pulsión de muerte. “Desea y vivirás”, decía Ramon Llull.
-La religión nos pide renunciar ahora a un goce para obtener uno mayor… en el paraíso.
Sí, es otra forma de alimentar ese feroz imperativo, pero en diferido, por decirlo así. El propio imperativo de goce se nutre de las renuncias a la satisfacción que la civilización exige a cada sujeto, pero prometiéndole una satisfacción mayor. Es también la maquinaria infernal del yihadismo.
-El psicoanálisis dice: Dios es inconsciente. ¿Cómo trata a la religión y al ateísmo?
Dios es tal vez la palabra que ha tenido y sigue teniendo más poder en la humanidad. Se sigue masacrando en su nombre, aunque se hagan también en su nombre las acciones más piadosas. El sentido religioso es viral, se extiende y se cuela por todas partes. No es tan fácil ser ateo, a no ser bajo la forma buñuelesca del “Soy ateo, gracias a Dios”. Lea a alguien tan decididamente ateo como parece ser Stephen Hawking y puedo indicarle párrafos en los que el buen Dios, ya sea el de Newton o el de Einstein, se sigue colando inevitablemente por algunos agujeros de su universo. No es nada fácil tampoco exorcizar a Dios de la ciencia. Sí, Lacan afirmó que Dios es inconsciente, aunque nunca dijo que Dios fuera el inconsciente, lo que sería no sólo delirante, sino también entrar de lleno en una nueva religión. El psicoanálisis trata a la religión como una neurosis colectiva y a la neurosis como una religión privada, aunque no siempre como la peor ni la más insidiosa.
-Las sombras de Freud y Lacan recorren muchas de las disciplinas del siglo XX hasta hoy. ¿Tiene el psicoanálisis el estatuto de ciencia?
No en las condiciones actuales que se requieren de una disciplina para que sea considerada ciencia: que sus resultados sean reproducibles experimentalmente y falsables en todos los casos. Pero, según este criterio, tampoco es una ciencia la pedagogía o la política, y estamos cada día en manos de sus más nobles agentes. El mundo psi trata de lo más singular e irrepetible de cada ser humano y está siempre a la espera de ser considerado ciencia.El psicoanálisis es hijo de la ciencia, no podría entenderse sin ella, pero le plantea objeciones de principio cuando se trata del sufrimiento humano, nunca reproducible experimentalmente.
-¿Puede el arte ser un buen sustituto? El arte puede producir en algunos casos, y por otros caminos, resultados tan eficaces como un psicoanálisis. Es, por ejemplo, lo que Lacan encontró en James Joyce, que sorteó el precipicio de la locura con una obra que sigue dando trabajo a una multitud de lectores y estudiosos. Acabo de venir de Cuenca, donde he podido volver a ver, después de varios años, las obras de una generación de artistas que me impresionó, el grupo El Paso. Antonio Saura hablaba, por ejemplo, de “fijar las capturas del inconsciente” con su obra, y responde a la psiquiatría de su época, en una interesante carta al doctor López Ibor, contra el cientificismo y la ideología normalizadora que ya invadía al mundo psi. Los síntomas tienen un sentido y es trabajando sobre él como conseguimos verdaderas transformaciones. En esta vía, el artista siempre nos lleva la delantera.
-¿Cómo aplicarlo al gran malestar del sujeto contemporáneo, la soledad?
Hay distintas soledades. El gran dramaturgo Eugène Ionesco decía que no es de soledad de lo que sufrimos, sino de falta de soledad. El sentimiento de abandono que a veces llamamos soledad es en realidad encontrarse con la peor compañía en uno mismo. Hace poco tuve oportunidad de comentar en unas jornadas con mis colegas de Argentina el testimonio que recogieron de una monja de clausura. Ella distinguía muy bien la soledad como un medio hacia otra soledad a la que sólo podía acceder atravesando la primera para encontrarse a solas con el Otro. Ella lo llamaba Dios, pero costaba poco entender ese Otro como una forma de su propio goce más ignorado por ella misma.
-Frente a la cada vez mayor tendencia de la psiquiatría a dar medicamentos, el psicoanálisis propone el deseo de saber como sanación. La palabra como medicina.
Sí, sin excluir el recurso a la medicación cuando sea necesaria. El psicoanálisis es un método terapéutico basado en el único instrumento del poder de la palabra, pero utilizado fuera de los efectos de coacción o de pura sugestión propios de otras prácticas. Vivimos en una sociedad profundamente medicalizada, pero el llamado efecto placebo sigue siendo el enigma inexplicado. Como saben muy bien los médicos desde hace siglos, muchas veces la mejor medicina es el propio médico, sus palabras y su modo de escuchar al paciente.
-¿Sirve de algo en la política del día a día? El psicoanálisis no es una disciplina apolítica, nunca lo ha sido, ha sido perseguido y excluido bajo regímenes autoritarios. Reivindica la libertad de palabra como condición irrenunciable del sujeto. Y eso también en contra de algunas tradiciones psicológicas para quienes esta libertad no ha sido siempre defendida. “La libertad es un lujo, un riesgo, que la sociedad no puede permitirse”, decía B. F. Skinner, padre del conductismo. Frente a eso, cabría recordar las palabras del mejor lector de Lacan, Jacques-Alain Miller: “La insurrección vigilante, perpetua, de Lacan hacía ver por contraste hasta qué punto a cada momento nos resignamos, hasta qué punto somos borreguiles”.
-¿Qué diría el psicoanálisis del conflicto de identidades entre España y Cataluña?
Parece la historia de un amor imposible y fatal, al estilo Almodóvar; un conflicto de identidades que no encuentra reconocimiento mutuo, pero es que la propia noción de identidad ha entrado en crisis en nuestras sociedades. Ya no hay identidades verdaderas, identidades únicas de grupo, como no las hay tampoco en una sola persona. El buen padre clásico parecía dar esa identidad con su Ley, pero ya ve lo que ocurre hoy con los padres de la patria. Es un signo del declive de la función del padre, y que nosotros verificamos cada día en el diván. Frente a esto, el recurso único que el Estado español hace a la ley jurídica no resuelve la situación, más bien la agrava. El número de independentistas se ha triplicado en esta última década. Era previsible este reforzamiento de una voluntad de ser que pide ser reconocida de manera creciente como un sujeto de hecho. Imposible ignorarlo ya. Ha faltado el diálogo.
-Estamos acostumbrados a ver caricaturizada su disciplina, por ejemplo en las películas de Woody Allen.
¡Pero la vida real es mucho más caricaturesca todavía! Los psicoanalistas tratamos en el diván con esos fantasmas que vemos en la pantalla, están a la vista de todos, pero permanecen indescifrados para cada uno. Descifrarlos ayuda a soportar el sinsentido de la vida, esa necesaria imperfección con la que Billy Wilder terminó magistralmente su película Con faldas y a lo loco: “Nadie es perfecto”. Me parece una sabia ironía.
-¿Contempla el psicoanálisis ese mundo Otro, el de los alienígenas?
Si me permite una mala noticia, o buena según se mire, ¡los extraterrestres ya están aquí! ¿Por qué no? Todo depende, de nuevo, de lo que entendamos por vida, y también por vida extraterrestre. La ciencia-ficción siempre ha imaginado lo extraterrestre a imagen y semejanza de lo terrestre, solo que un poco diferente. Cuando en realidad el primer alien con el que nos las tenemos que ver es nuestro propio inconsciente.
Debido a cierta polémica generada alrededor del título de la entrevista, Miquel Bassols escribió un artículo en su blog personal, en el que se explaya acerca de su expresión y la fundamenta.
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“Freud, misógino contrariado”
La expresión ha causado cierta extrañeza en algunos. ¡Cómo es posible! ¿Un psicoanalista tachando a Freud, el padre del psicoanálisis, de misógino? ¿Sabrá lo que esta palabra invoca de los más oscuros resentimientos? ¿No está tal vez al tanto de la agria polémica que el tema ha suscitado ya demasiadas veces, desde las filas del feminismo hasta los detractores más acérrimos de su propia disciplina? ¿No conoce el debate que ha tenido lugar, no hace tanto, en el país vecino entre el filósofo académico y la historiadora oficial, el uno para denostar a Freud, la otra para salvarlo de la ignominia? ¿Por quién toma partido entonces?
De hecho, toma partido por Freud, si se lee su obra como conviene a partir de la enseñanza de Jacques Lacan.
Veamos primero el contexto de la expresión que ha sido bien pescada, aunque acortada por la redacción —no por la periodista— de El País Semanal para el titular de la entrevista en la que el psicoanalista sostiene lo siguiente: “Freud, fruto de su tiempo, era un misógino contrariado, así como hablamos de un zurdo contrariado. A la vez, se dejó enseñar por las mujeres. Le dio la palabra a la mujer reprimida por la época victoriana y planteó la pregunta: ¿qué quiere una mujer? más allá de las convenciones del momento.” Más adelante habla de una “nueva misoginia de la que no se sale tan fácilmente”, una misoginia más sutil que puede recubrirse incluso con la reivindicación justificada de la igualdad de género, una igualdad que puede rechazar sin embargo la alteridad del goce en la que se funda la diferencia de los sexos.
La paradoja está servida: zurdo o diestro, contrariado o no, ¿cómo un misógino puede dejarse enseñar por las mujeres? ¿y para aprender qué? La paradoja es inherente al discurso del psicoanálisis, pero es sobre todo porque se encuentra ya formulada, y por primera vez, en la propia obra freudiana.
Es el Freud de “Análisis finito e infinito” quien habla del “repudio de la feminidad” como la roca dura contra la que choca cada análisis en su final, ya sea el análisis de un hombre o el de una mujer. Parece sin duda que Freud considera la misoginia como un hecho estructural, como una posición primera de defensa ante el goce, como el límite con el que se confrontará inevitablemente, vaya por el camino que vaya, cada análisis.
En realidad, existe esta premisa en la obra freudiana que salta a la vista desde el principio: todos los hombres son misóginos, todos los hombres rechazan, desprecian y minusvaloran a la mujer a partir del descubrimiento de la diferencia de los sexos, de la castración del Otro para tomar la expresión lacaniana. Todos los hombres rechazan así la feminidad por estructura. Conviene añadir: y también algunas mujeres. No todas, sin embargo.
Rebobinemos entonces el razonamiento a partir de la premisa para seguir el silogismo:
Freud considera a todos los hombres misóginos.
Freud se considera un hombre. (Aunque no del todo, podría añadir el avispado. Y seguramente no le falta razón: cf. su relación con Fliess y el tema de la homosexualidad).
Ergo: Freud mismo se considera misógino.
Pero no del todo, añadimos nosotros.
Y esa fue precisamente la raíz de su descubrimiento del inconsciente, desde el famoso sueño de la inyección de Irma por ejemplo, donde la garganta sufriente de la mujer interrogó su deseo hasta hacerlo despertar. Pero supo despertar un poco más allá del horror de la castración para escribir el texto que ha hecho que ese deseo sea fundador de un nuevo discurso, el discurso del psicoanalista.
Y es en este punto donde Freud se revela como un “misógino contrariado”, un misógino que sabe que rechaza la feminidad allí donde más lo interroga, donde más lo divide a él como sujeto.
Hará falta que Jacques Lacan interprete un tiempo después la paradoja del deseo de Freud para mostrar lo que le debe a la lógica fálica, la lógica misógina por excelencia, la lógica que quiere que “un vaso sea un vaso, una mujer una mujer”, y no Otra cosa.
Para apoyar nuestro razonamiento, vendrán bien aquí dos referencias de Jacques Lacan al respecto.
La primera se encuentra en su Seminario 4, La relación de objeto, el 6 de Marzo de 1957: “En algunos momentos Freud adopta en sus escritos un tono singularmente misógino, para quejarse amargamente de la gran dificultad que supone, al menos en determinados sujetos femeninos, sacarlos de una especie de moral, dice, de estar por casa, acompañada de exigencias muy imperiosas en cuanto a las satisfacciones a obtener, por ejemplo, del propio análisis.”[1] Señalemos, sin embargo, que Lacan sitúa este rasgo misógino de Freud en un lugar muy distinto del lugar en el que lo suelen encontrar, falsa evidencia, sus detractores menos lúcidos. No lo encuentra en sus juicios sobre la supuesta inferioridad de la mujer con respecto al hombre sino en su dificultad para soportar la exigencia de una satisfacción que la mujer espera del Otro, una suerte de fijación libidinal al objeto distinto del objeto de amor. Y parece cierto, Freud soportaba mal esta exigencia de satisfacción inmediata en la transferencia de las mujeres en análisis.
La segunda referencia sitúa curiosamente este rasgo misógino de Freud del lado de una lucidez a la hora de escuchar las resonancias del significante con relación a los ideales femeninos de su época. Se trata del comentario sobre el análisis del caso Schreber y se encuentra en el texto de 1958, De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis: “[…] el campo de los seres que no saben lo que dicen, de los seres de vacuidad, tales como esos pájaros tocados por el milagro, esos pájaros parlantes, esos vestíbulos del cielo (Vorhöfe des Himmels), en los que la misoginia de Freud detectó al primer vistazo las ocas blancas que eran las muchachas en los ideales de su época, para verlo confirmado por los nombres propios que el sujeto más lejos les da.”[2]
El párrafo, como siempre en Lacan, merecería un buen y denso trabajo de lectura siguiendo la referencia a las ocas blancas, a los pajaritos saltarines de cabeza hueca que charlan sin parar y sin saber lo que dicen, pero que “parecen estar dotados de una sensibilidad natural para la homofonía”[3], para los juegos de palabras. Son las voces que el delirio de Schreber atribuye a los pajaritos, a cuyas almas dará más adelante nombres femeninos, en una operación de lenguaje, entre el humor y la poesía, nada ajena a su propio proceso de conversión en la mujer de Dios, esa mujer que falta a todos los hombres. Estos pajaritos son seres vacuos pero también milagrosos desde el momento en que nos permiten descubrir, como hizo el propio Presidente Schreber en su delirio, las relaciones significantes más poéticas. Para Freud “al leer esta descripción no podemos menos de pensar que con ella se alude a las muchachitas adolescentes, a las cuales se suele calificar, sin la menor galantería, de pasitas o atribuir cabecitas de pájaro y de las que se afirma que sólo deben repetir lo que a otros oyen, descubriendo además su incultura con el empleo equivocado de palabras extranjeras homófonas”[4]. Misoginia fruto de la época, decíamos nosotros. Pues bien, es este rasgo misógino —tan sutil por otra parte— el que, según Lacan, le permitió a Freud detectar enseguida el vínculo entre los ideales de su época, la degradación del objeto femenino, el goce sexual y su relación con la estructura del lenguaje. Nada más y nada menos.
¿Es que habría que ser entonces siempre un poco misógino para atravesar los ideales que cada época promueve sobre la feminidad, sea la época que sea, y adentrarse en aquella zona del goce que el lenguaje no puede simbolizar, sólo evocar con las resonancias del juego del significante?
El psicoanálisis, el lacaniano al menos, encuentra en este rasgo razones para aprender algo de la hoy llamada “feminización del mundo”.
[1] Jacques Lacan, Seminario 4: La relación de objeto, Paidós, Buenos Aires 1994, p. 206.
[2] Jacques Lacan, Escritos, Ed. Siglo XXI, México 1984, p. 543.
[3] D. P. Schreber, Memorias de un Neurópata, Ediciones Petrel, Buenos Aires 1978, p. 210-211.
[4] El comentario de Freud se encuentra en “Observaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia autobiográficamente descrito”, Obras Completas, tomo IV, Biblioteca Nueva, Madrid 1972, p. 1502-1503.
Miquel Bassols
Es miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis y doctor por el Departamento de Psicoanálisis de la Universidad de París 8. Es autor de numerosos ensayos y libros: La interpretación como malentendido(2001), Finales de análisis (2007), Llull con Lacan (Barcelona, 2010), Lecturas de la página en blanco (2010), El caballo del pensamiento (2011) o Tu Yo no es tuyo(2011). Desde 2014 dirige la AMP. Bassols recomienda la lectura Vida de Lacan.Escrita para la opinión ilustrada(Gredos), de Jacques-Alain Miller.
En el orden simbólico cuyos cambios estamos experimentando en el presente siglo, esta voz parece resonar cada vez con más fuerza en cada rincón del planeta… y más allá*. Es la época anunciada por Internet y por Facebook, donde las identidades vuelan y cambian de lugar más rápidamente de lo que podría decirse o imaginarse. Es la época de los MUD (multiuser domains), de la multiplicación de avatares —significante también multiuso—, en realidades, o ventanas, diversas. Y la ventana llamada realidad no es necesariamente la que más puede interesarle a este Yo desmultiplicado que goza de la no identidad consigo mismo. Para su ración de goce puede pasarse muy bien de esa llamada realidad, a pesar de los síntomas que lo acucien en su falta irremediable de identidad. Entonces:
—Tu yo no es tu Yo.
Y, sin embargo, la reivindicación de un Yo más fuerte e independiente, más autónomo, a pesar de más anónimo, se hace hoy totalmente compatible con su desmultiplicación. Es lo que verificamos como una exigencia de identificación llevada hasta los mayores extremos del control social. Hay razones de estructura para ello y las veremos aquí. Pero enseguida constatamos la extensión progresiva de un campo abonado para los viejos espejismos del Yo y de sus artificios: tu yo no es tu Yo, tampoco es tuyo, necesitas autoayuda, coaching, corrección de algún error cognitivo[1]. El Otro te dirá entonces quién es tu Yo o, en el mejor de los peores casos, de quién es. Por el momento, la ciencia ha hecho ya posible que algunas secuencias de tu ADN estén patentadas, y que no puedas disponer de ellas… sin pagar un precio a determinar por el Otro. Pero también, por la misma razón, ese Yo podrá muy bien decir que él no es el responsable de sus actos y de sus elecciones, que lo son sus genes, los del Otro.
Sí, también es ésta la voz de la ciencia contemporánea:
—Tu yo no es tuyo.
Tu yo es del Otro que se hace existir en el gen o en la neurona.Ese tu Yo anida, aunque tal vez un poco diseminado, entre las circunvoluciones del cerebro coloreado que estamos a punto de cartografiar en su totalidad. Solo que allí mismo donde empezábamos a localizar tu Yo, resulta que también estamos detectando, con los mismos colores, lo que tú llamas “Tú”, tu Otro tan exterior como íntimo a la vez. Sorpresa entonces: la ciencia contemporánea no hace más que toparse con el fantasma del Yo —llamado también “conciencia”,— en cada rincón donde había localizado lo más real de su objeto: en la física, en la biología, y sobre todo en las llamadas neurociencias. Lo veremos también aquí. Como señalaba J.-A. Miller en su Curso, “lo neuro-real es lo que está llamado a dominar los próximos años”[2]. Nuevo significante amo para todo uso, lo neuro ha venido a significar supuestamente lo más real del ser, aunque sea un real ya pasado varias veces por el cedazo de lo simbólico.
Cerebro (National Geographic)
Pero entonces, de este simbólico agujerado por lo real, sin otra imagen que el vacío que habita y carcome al Yo, ¿quién se ocupa de este simbólico? En una época, Lacan pensó que el psicoanálisis —ciencia conjetural—, encontraría su lugar en la ciencia con una referencia de su experiencia a las ciencias del lenguaje. El inconsciente estructurado como un lenguaje se localizaba en lo simbólico, registro donde se distingue y se separa muy bien al Yo y sus espejismos del sujeto del inconsciente y su verdad. De ahí la máxima que marcó esta época en el psicoanálisis:
— Tú no eres tu Yo.
Es cierto: desde la perspectiva del Ello freudiano, no solo tú, como sujeto, no eres tu Yo sino que, a consecuencia de ello, eres un sujeto dividido. Eres un sujeto dividido al que le falta el ser, pero sin Otro posible en el que puedas resolver esta división ni esta falta —vano sueño que prometen realizar terapias de aspecto científico—. La experiencia analítica te presta en realidad una apariencia, un semblante decimos también, de ese Otro en la función de un objeto singular que el analista sostiene durante cierto tiempo. Es el famoso objeto a en el que finalmente encuentras la razón de que tu yo no sea tuyo, así como la razón de tus síntomas. Con este objeto a, Lacan pudo reformular el imperativo ético freudiano: “Donde ello era, Yo —como sujeto— debo llegar a ser”.
—¿Tú eres, entonces, tu objeto a?
Una ciencia del objeto a, este hubiera sido tal vez un destino para el psicoanálisis. La idea posterior de Lacan de que la lógica era una ciencia de lo real y que el psicoanálisis debía seguir su referencia, es también una vía a explorar. Pero el problema se complica si seguimos esta lógica en la enseñanza de Lacan tal como Jacques-Alain Miller la ha mostrado y la sigue elucidando. La idea de que habría una ciencia de lo real parece entonces más bien una quimera, una futilidad de la que es necesario seguir los impasses para aislar aquello que no cesa de no escribirse en ella. Condición indispensable para aislar lo real propio del psicoanálisis, lo real que se hace presente en el síntoma. Por este sesgo, tú eres más bien tu síntoma.
Me parece que es por esta vía, vía de impasse siempre sintomático, vía de desencuentro, incluso de malentendido, que debemos seguir investigando el lugar de lo real del psicoanálisis en la ciencia de nuestros días. En esta perspectiva, ha sido para mí un acicate el trabajo desarrollado en el Laboratorio de la Universidad Jacques-Lacan sobre “Psicoanálisis y criterios de cientificidad”, trabajo que seguimos en Barcelona con el asesoramiento de Guy Briole y Vicente Palomera. Varios puntos tratados aquí tienen su origen en este marco de trabajo.
De hecho, una vez localizado el lugar de extimidad que lo real del psicoanálisis ocupa en la ciencia de nuestro tiempo, una serie de textos —algunos más antiguos, otros más recientes—, se ordenaron para venir a formar parte del sumario que ofrezco a la lectura. Fue la amable invitación de Florencia Dassen la que me animó a dar forma de libro a este recorrido de discontinuidades. Su ordenación ni es ni pide, pues, una lectura cronológica: permite los saltos de los que guste la lectura, las idas y vueltas necesarias y las referencias recíprocas entre capítulos.
*Prefacio del libro: Tu Yo no es tuyo (Lo real del psicoanálisis en la ciencia) en la editorial Tres Haches (Buenos Aires.)
[1] MAMI (Métodos de Autocoerción Mental Inducida) sería, en realidad, el nombre más adecuado para muchas de las terapias que hoy se ofrecen con un sello científico. Ver Miller, J.-A. en Jacques Lacan, Le Sinthome, du Seuil, Paris 2005, p. 158.
[2] Miller, J.-A. (2007-2008), curso del 16 de enero de 2008.
-¿Por qué titular un encuentro hoy como El imperio de las imágenes?
-Tu pregunta me parece muy pertinente, ¿por qué ese título para el VII Encuentro Americano de Psicoanálisis de Orientación Lacaniana? Es verdad que la respuesta no va de suyo pero brevemente te puedo responder lo siguiente: como siempre, nuestras Jornadas Anuales, Encuentros Americanos y Congresos Mundiales, constituyen para los psicoanalistas de la Orientación Lacaniana la ocasión de una puesta al día, dado que nuestra práctica se renueva siguiendo las transformaciones vertiginosas de la realidad efectiva en la que la misma se desarrolla.
En ese sentido, es indudable que el título El imperio de las imágenes es una manera precisa de caracterizar uno de los aspectos más notorios de esa transformación. No decimos nada nuevo con solo afirmar las posibilidades que los nuevos dispositivos surgidos de las tecno-ciencias han permitido realizar en el mercado de las imágenes, tanto que han transformado en unos pocos años el mundo en que vivimos. Lo que tenemos que investigar en tanto psicoanalistas, son los nuevos síntomas que acompañan ese proceso. Respecto de eso, podemos constatar que paradójicamente al mismo tiempo que el sujeto contemporáneo parece tener al alcance de su mano, a toda hora y para los fines más diversos, las imágenes que se nos ocurran, lo que observamos en nuestra clínica es una dificultad creciente en el anudamiento de lo Imaginario en el armado corporal. Tendremos que explorar por qué en esa misma civilización que despliega triunfalmente todas esas posibilidades en el campo de las imágenes, la clínica parece mostrarnos que los cuerpos nos informan de algo que hace obstáculo y que no podemos dejar de indagar.
Times Square
-Si nos remitimos al estadio del espejo, ¿se observan cambios en el estatuto de las mismas en la actualidad?
-Creo que la enorme riqueza clínica de las enseñanzas que Lacan nos dejó en sus elaboraciones de eso que se hizo célebre bajo el nombre de El estadio del espejo siguen siendo hoy de un valor fundamental para un psicoanalista. Retengamos por el momento lo mínimo: la imagen de completud anticipada que captura al sujeto en la experiencia del espejo, implica al mismo tiempo el desconocimiento más profundo del cuerpo real y sus límites. Podemos afirmar que el tipo de imagen que se hace imperio, bajo la promesa del impossible is nothing, deja al sujeto cada vez más solo y sin recursos frente a los embates de lo real.
No hay que olvidar que al final de su enseñanza, Lacan reinterroga el registro de lo Imaginario planteando que frente al sin límites del empuje al goce, el único limite real, es cómo cada cuerpo encuentra la manera de poder sostener anudadas sus tres consistencias. Desde esa perspectiva, el registro de lo Imaginario que había quedado un poco olvidado en nuestras consideraciones, recobra un lugar de pleno derecho y nos abre un nuevo campo de investigación en el que poder interesarnos.
-¿Cuál sería el valor antropológico de la imagen en la institución de las sociedades occidentales, o en las que están bajo las protocolos de las lenguas indoeuropeas?
-Si hay algo que demuestra la experiencia analítica es que tenemos que poner seriamente en cuestión aquello que se querría nombrar bajo el término de naturaleza humana. Lo que me preguntás me hace pensar en un libro muy interesante que leí recientemente por sugerencia de Juan Carlos Indart. Un libro de Francois Jullien que se llama De la esencia o del desnudo. Jullien plantea allí que si hay un rasgo revelador de la aventura intelectual de Occidente tanto estética como teórica desde Grecia hasta nuestros días: ese rasgo es el desnudo. Ubica en la omnipresencia del desnudo, el intento de atrapar lo real mediante una imagen que lo diga todo, poder finalmente hacer entrar lo real en el campo de la representación; lograr verdaderamente poder contemplar lo real al desnudo. Contrapone a eso, por sus estudios de sinólogo, el hallazgo de la ausencia completa del tema en la cultura China tradicional.
Podríamos considerar una ilustración de esto en los esfuerzos comtemporáneos por medio de los cuales se pretende querer capturar por medio de neuroimágenes los enigmas del cuerpo real.
-¿Cómo relacionar esos cambios (si los hay) con una sociabilidad atravesada por la cultura digital?
-Una cuestión en la que me parece importante detenernos: si con la expresión El imperio de las imágenes nos estamos refiriendo a una transformación definible solamente en su aspecto cuantitativo o si hay allí un salto cualitativo. Jacques-Alain Miller ha planteado que la voluntad en juego detrás de esas imágenes, acarrea una lógica que es siempre de incitación, intrusión, provocación y forzamiento respecto de cualquier límite que quisiera oponérsele. El empuje al goce contemporáneo somete a los cuerpos a una ley de hierro cuyas consecuencias hay que estudiar con detenimiento. Es lo que Lacan profetizaba como el ascenso al cenit social del objeto a en tanto plus de goce, siempre dócil a vestirse de imágenes que se renuevan sin cesar.
“Amor, deseo y goce. Cada uno encuentra su solución”
-Fragmentos del capítulo «Soluciones masculinas»-
Voy a desarrollar ahora el tema de las nuevas virilidades. Este es un tema que yo he trabajado bastante. Quiero que ustedes entiendan que las nuevas virilidades que se dan en nuestro tiempo son correlativas de las nuevas mujeres, o de las nuevas patronas. Las mujeres de Sex and the city son las nuevas patronas: trabajan, tienen casa propia, auto, se mantienen. Ante estas mujeres los hombres sienten que su terror a la castración se agudiza terriblemente porque esas mujeres ya lo tienen todo.Pero, ¿qué les falta? Les falta el amor. De eso se trata en Sex and the city. No es el caso de Amas de casa desesperadas donde, salvo una, las mujeres no trabajan, viven en countries, donde se producen crímenes. En Amas de casa desesperadas hay también muchos hombres asesinados, a la manera de la manzana que aplasta a Adán.
Las nuevas virilidades uno las puede encontrar en cualquier lado. El otro día un paciente de alrededor de cincuenta años me decía que no entendía bien cómo se daban las relaciones hoy día, que se quedó mudo porque ocurría que las mujeres toman la iniciativa. Mujeres de veintipico que tenían tanto empuje que, para decirlo en términos de Lacan, «les quitan los pantalones»¹ a los hombres.
En la última parte del Seminario 4, La relación de objeto, en el capítulo 24 titulado «De Juan el fetiche a Leonardo el espejo», Lacan aborda el tema de las nuevas virilidades.
Es increíble que Lacan se haya dado cuenta de las nuevas virilidades en esa época. En su trabajo sobre Juanito trata de discernir si Juanito va a ser o no heterosexual. La fobia la trabaja a partir de Juanito y la homosexualidad a partir de Leonardo o de Gide. Toma esos tres casos: Juanito, Leonardo y Gide, para hablar de hombres que encontraron una cierta legalidad en su función de hombres, no por vía de la función del padre sino por la vía de la doble madre. Esto que es muy común en nuestro tiempo y Lacan ya avizoraba. Se trata de hombres que encuentran una solución, una respuesta, a la cuestión de la virilidad por la vía del ideal materno. Dice textualmente Lacan: «Juanito se sitúa en determinada posición pasivizada, y cualquiera que sea la legalidad heterosexual de su objeto…» —porque Juanito va a ser heterosexual— «no podemos considerar que agote la legitimidad de su posición». Por un lado dice que la legalidad es heterosexual, pero la legitimidad no lo es necesariamente, su virilidad no es del todo legítima. Quizás es una manera un poco prejuiciosa de decirlo. Podríamos preguntarnos entonces ¿qué tipos de hombres piensa Lacan que son los únicos posibles? Dice así: «Se acerca en este sentido a determinado tipo que no les parecerá ajeno a nuestra época, el de la generación de cierto estilo que conocemos, el estilo de 1945». Lacan había visto en 1945 que los hombres ya no llevaban las botas puestas. «Esta gente encantadora que espera que las iniciativas vengan del otro lado. Esperan para decirlo todo que les quiten los pantalones. En este estilo debe dibujarse el porvenir de este encantador Juanito por muy heterosexual que parezca.» Porque Juanito es heterosexual pero necesita que la iniciativa venga del lado de las mujeres. Las nuevas virilidades de nuestro tiempo cada vez se acercan más a que la iniciativa venga del lado de las mujeres. No estoy diciendo todas las virilidades, porque seguimos teniendo obsesivos, seguimos teniendo la elección particular, pero también hay las nuevas virilidades, como hay nuevas feminidades. Ahora, las nuevas virilidades ¿son histéricas? Lo dejo como pregunta. Obsesiones no son. ¿Son fobias? ¿Son histerias masculinas?
Lacan dice que legalmente los hombres como Juanito van a ser heterosexuales, pero que esa virilidad, de alguna manera no es legítima. Podemos preguntarnos, porque pasaron muchos años desde el Seminario 4 hasta ahora, si podríamos seguir diciendo que no es legítima esa virilidad.
Distintas figuras de la masculinidad
Yo he llamado a esta cuestión, y es de mi cosecha «Juanito, el dandy», para ubicar estas nuevas virilidades. Se ven hoy como nunca antes lo que son los metrosexuales. Tenemos hoy, en lo que es el lado izquierdo de las fórmulas, en la lógica del «existe uno que dice que no a la función fálica», que falta ese existente, hay una caída estrepitosa. Es lo que plantea Miller en «Buenos días, sabiduría». ¿Qué pasa si borramos ese «no»? ¿Cómo se ve afectada la virilidad si quitamos la excepción del padre? Hay cada vez más familias en la que es la madre la que las lleva adelante. Porque cada vez falta más el padre, el padre tradicional, el padre obsesivo, el padre con las botas puestas. Además hay un empuje social a que los padres sean muy comprensivos, como el padre de Juanito. No es lo que decimos los lacanianos y lo digo para que estén advertidos. ¿Qué sucede con las virilidades si quitamos la excepción? Puede que se presenten bajo la modalidad de la fobia de Juanito, puede ser la homosexualidad de Gide. Se trata en todo caso de sujetos que tuvieron que encontrar la solución a su virilidad por el lado de la madre.
Finalmente Kojève empieza a reírse de los nuevos hombres, sin botas, sin armadura, sin bata. Pero es irónico con todos, desde Hegel hasta Napoleón. Ironiza sobre los nuevos tiempos y la caída del padre. Dice: «Antes los hombres tomaban a las mujeres sin pedirles su opinión, más tarde las mujeres les daban su opinión y se entregaban, y ahora estamos en una época en la que son los hombres tomados por las mujeres».² Las nuevas virilidades tienen algo de Brummel, quien era llamado «el árbitro de la elegancia» por su exquisitez en el vestir. Hay un artículo de Henry Rey-Flaud llamado «Sublime vanidad o el enigma del dandismo».³ Y es que la vanidad en las nuevas virilidades está muy puesta en juego, desde que pueden maquillarse, depilarse, etc. Todavía escucho lo que Lacan dice y Kojève en 1956, algo del orden de cierta crítica a este tipo de virilidad, que ¿por qué no sería legítima? En nuestro tiempo, en el 2008, ¿seguiríamos diciendo que estas virilidades no son legítimas? ¿Que las virilidades legítimas son las de la obsesión? Evidentemente este tipo de virilidades deberíamos situarlas del lado de la histeria. Y con esto me contesto la pregunta que hice antes, pero quisiera dejarlo abierto. Porque en efecto estamos en tiempos en que las nuevas patronas, como las chicas de Sex and the city, les bajan los pantalones a los hombres. Una de las protagonistas, la más exitosa profesionalmente, la abogada Miranda, se casa finalmente con el barman, o sea que hay una inversión de la situación. Hay cierta degradación de la masculinidad, si podemos llamar a eso degradación, porque lo que nos trata de demostrar la serie es que es una buena solución que ella encuentra. Y en el caso de El sabor de la noche muchísimo más. Porque es ella la que hace todo el periplo de Ulises, mientras él, como Penélope, se queda esperándola. Sin embargo es un encuentro amoroso y la posición de él nos parece del todo viril. Pero es cierto que no es la virilidad del obsesivo que hubiera dicho: «¿Qué le pasa a esta mina?, o la voy a buscar y la encuentro o le digo adiós para siempre. No me voy a quedar acá esperándola, sirviéndole toda la noche la torta de arándanos por si viene». Pareciera que las nuevas virilidades tienen este otro costado, muy bien señalado por Alejandro Daumas: son los hombres que podrían soportar quedarse esperando a una mujer. En ese sentido, estas nuevas virilidades también podrían tener una cara de hombre sin ambages.
11 de setiembre de 2008
¹ Lacan, J., El seminario, Libro 4, La relación de objeto, Paidós, Buenos Aires, 1994, p. 418.
² Kojève, A, «Fraçoise Sagan: El último mundo nuevo», Revista Descartes, N° 14, Anáfora, Buenos Aires, 1995, p. 128
³Rey Flaud, H., «Sublime vanidad -o- El enigma del dandismo», Revista Enlaces, N° 4, Buenos Aires, 200, p. 22.
Mónica Torres, “Amor, deseo y goce. Cada uno encuentra su solución”, página 144.