La lámpara de Edison

Pauline Prost
Psicoanalista

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En El racionalismo aplicado Gastón Bachelard nos ofrece una hermosa imagen de corte epistemológico: la humanidad, dice, ha producido luz siempre por medio de técnicas e combustión, haciendo arder algo; el genio de Edison es haber inventado el medio para dar luz impidiendo que arda una materia: en el vacío, el filamento titila pero no se consume. En ello se puede encontrar la alegoría, el emblema de la revolución freudiana.
El inconsciente freudiano no es el inconsciente de siempre, dice Lacan. ¿Por qué? ¿De qué fuente bebían los humanos, qué fuego atizaban para iluminar su camino en la existencia? Puede arriesgarse esta respuesta: el inconsciente se apagaba en el amor.
«Al principio era el amor». Amor al amo, variante del amor al padre, en las sociedades autoritarias y en las religiones, amor al saber, bajo el régimen de la Sabiduría y, más tarde, de la Ciencia, amor por la Verdad finalmente, acorralando el saber en sus fallas y sus límites, en los momentos de subversión, colectiva o individual. Cada uno de los momentos de la Historia, que Lacan llama universos de discurso, encuentran el limite donde se consume el deseo, y dejan el lugar a un nuevo amor. Freud se adelanta en la escena donde flamea la histérica, figura eminente de la subversión, y, nuevo Edison, inventa el lugar vacío donde ella titila y traza el camino de un saber inédito.

Lo ídolos y el completamente -otro

En la caravana del mundo, la escena analítica cual tabernáculo del Éxodo, es una tienda vacía. En este espacio despejado, si no deshabitado, la queja, la demanda, los remordimientos y la angustia pueden desplegar su letanía evitando los dos escollos de todo diálogo: la pregunta y la respuesta. Si el otro, en efecto, me pregunta, me interroga, él me impone, bajo el velo de su interés, sus esperas, sus referencias, su vocabulario. La pregunta, a fortiori, el cuestionario, es siempre hipócrita, porque aunque aparenta ignorar, es a partir de lo que se sabe que se pregunta, a partir de lo que parece importante, útil, sensato. Por eso toda pregunta, y ésa es su astucia, contiene ya su respuesta. Al sujeto que llega con su pregunta «¿Qué debo hacer?» o «¿Quién soy yo?», el análisis le ofrece tan sólo una respuesta: tú puedes saber, con un saber que nadie más que tú detentas, pero que solamente puede  enunciarse con una palabra, dirigida a otro que se convierte en testigo de ella, palabra en la que cada uno hace entrar sus maneras de decir, sus imágenes, sus sueños, su historia, procediendo a una «puesta en intriga» de su vida. Ningún diagnóstico, psicológico o médico, puede desposeer al sujeto de esta dramaturgia singular en la que, al construir su épos, el sujeto no puede compararse con ningún otro.
Porque el análisis desidentifica. Toda identificación es un esfuerzo por vestirse con los oropeles de otro, tomar prestado su hábito, su prestancia, sus certezas. El análisis cura para siempre de la supuesta consistencia del otro. El sujeto desidentificado sabe ver la división, la falla, escapando a la fascinación celosa por quien se ofrece en la brillantez del espejo.
Por eso el psicoanálisis está a contracorriente de todos los ofrecimientos de ayuda al desarrollo de sí, del aprendizaje de la autonomía, del vademécum del «saber seducir o saber imponerse», ser amado u obedecido, doble impasse de la demanda, doble fracaso del deseo. La abdicación del sujeto, bajo la apariencia de «desarrollo personal», toma su forma más monstruosa en la práctica del coaching, en el cual el sujeto delega en el experto, ángel de la guarda, daimon o suplente, doble, el cuidado de su existencia.

Pasajero clandestino

Intempestivo, inactual, a contracorriente de cualquier intención de normalización, el psicoanálisis sufre las consecuencias en la opinión pública, y muchas veces las desencadena, al revelar y asumir lo que se esconde detrás del llamado a los semblantes de la conformidad: la búsqueda de goce, el individualismo, la aspiración a un «ser sí mismo» sin límites ni trabas, llamado ciego pero tanto más insistente en una singularidad refractaria al lazo social, a los grandes ideales de identidad como han sido la religión, la política o la familia. Ese lazo social inencontrable se busca paradójicamente en la «comunicación», «la transparencia», la exhibición de sí.
El psicoanálisis tiene el privilegio de ir hasta el fondo de esta lógica de lo único. Sabe y hace apreciar a quien se compromete que el «sí» tiene cierta relación con el goce imposible de compartir. Aprende a no dejarse engañar por el llamado del otro «que me comprende», porque por haber ido hasta el fondo de los poderes de la palabra, escapando de la impostura del «lo he comprendido», él sabe que, sobre eso que le es más cercano, hay un imposible de decir que abre el campo a lo que es para hacer.
Al filo de una palabra que descubre la obligación escondida bajo su aparente libertad, la cura analítica depura la voluntad de decir, disipa el espejismo de cualquier elucidación. La ascesis del análisis, su lentitud, su eternización a veces, testifican la dignidad de la palabra, su valentía interpretativa, sus efectos de sorpresa, de creación, de poesía, difiriendo sin cesar y haciendo retroceder al infinito el punto en el que el sujeto es liberado de la pasión por hacerse comprender.
Solamente el silencio atento del otro, invitando al sujeto a recorrer sin descanso los meandros de su historia, a utilizar sus significaciones hasta los límites del sinsentido, ofrece a cada uno el acceso a su punto de silencio, reserva y recelo de su voluntad de vivir, que lo hace apto para acoger todos los ruidos del mundo.


Jacques-Alain Miller, Bernard-Heri Levy (Comp.): La regla del juego – Testimonios de encuentros con el psicoanálisis, Gredos, Madrid, 2008, página 246.

El aprendizaje de saber perder

Jorge Alemán Lavigne
Filósofo, psicoanalista

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Jorge Alemán Lavigne -fotografía de Marta Jara- (modificada)

¿Cómo saber cuándo alguien se encuentra con una disciplina? Un encuentro que merezca ese nombre es siempre portador de las marcas de lo imprevisible. Todo lo importante nos llega de modo imprevisto, pero lo imprevisto necesita tiempo para prepararse. En este caso lo imprevisible se fue preparando a partir de distintas escenas, escenas que de algún modo introducían una orientación hacia un cierto tipo de psicoanálisis. En primer lugar algunos sueños y pesadillas de la infancia, pues de manera muy temprana supe, de modo espontáneo, sin reflexión y sin indicación de nadie, que esos sueños concernían a lo más crucial de mi vida. especialmente me impactaba el carácter «ultraclaro», la extraña nitidez de algunos sueños y el tiempo que le llevaba a la vigilia reponerse de ese impacto. De un modo prerreflexivo, intuí que si algo no se puede significar y se presenta a nosotros con una opacidad radical y a la vez, sin saber por qué, nos concierne, esto exige que intentemos ponerlo en palabras o por escrito o narrarlo para alguien. Y esto lo empecé a intentar desde mi adolescencia. Por ello, siento haber tenido un presentimiento muy primario de lo «real lacaniano», en particular, a partir de sentir que podía intentar pensar algunas cosas por mi cuenta y descubrir que pensar sin obsesionarse es una especie de felicidad.
También el hecho de que mi escritura fuese ilegible desde el punto de vista caligráfico, y que muchas veces el profesor devolviera un examen sin haberlo leído despertó en mí una gran atracción por las inscripciones en paredes, la letra impresa, los neologismos de la lengua, el argot de la calle y los diversos puntos de fuga de la gramática. En este sentido, antes de empezar la cura analítica, la experiencia del inconsciente me llegó a través del poema que «el» habla por sí misma desliza en la lengua sin saberlo.
Luego, en la adolescencia, la militancia política incluyó en el centro de la propia existencia una nueva aporía, una cuestión indecidible de gran calado, a saber, por un lado la «causa revolucionaria» demandaba una entrega incondicional donde obviamente una desventura personal siempre tenía que ser irrelevante con respecto a la marcha ineluctable y necesaria de la historia. Pero, por otra parte, en la cura analítica, en su propio discurrir, fui abriéndome en cambio a mi propia «finitud», a las cosas importantes que nos alcanzan de un modo contingente, a los traumas que se repiten, a los dilemas que sólo se resuelven con una elección sin garantías; en suma, a todo aquello que sólo uno debe saber si es capaz de soportar o no. Esta aporía, esta tensión inaugural entre la lógica interna de un proceso histórico y la exigencia ética del propio deseo, de distintas maneras aún insiste en todos mis proyectos. Me apasiona en la disciplina freudiana la relación de conjunción y disyunción entre la marcha de la civilización y la experiencia subjetiva.
¿Qué le debo al psicoanálisis? Haber aprendido a saber perder. ¿Qué es la vida para el que no sabe perder? Pero saber perder es siempre no identificarse con lo perdido. Saber perder sin estar derrotado. Le debo al psicoanálisis entender la vida como un desafío el que uno no puede sentirse víctima; en definitiva, el psicoanálisis me ha enseñado que uno debe entregarse durante toda una vida a una tarea imposible: aceptar las consecuencias imprevisibles de lo que uno elige.
Por otra parte, a diferencia de otras disciplinas o corrientes del pensamiento más propicias para dejarse seducir con los espejismos intelectuales del saber, lo que más me importa en el psicoanálisis es su honestidad con respecto a una verdad que nunca puede ser dominada por el saber, el psicoanálisis es una experiencia de pensamiento donde el saber queda «desidealizado», pero que nos advierte de la infatuación que implica identificarse con la verdad. Su honestidad mayor radica en verificar siempre que es posible e imposible en una experiencia humana con otro. Sin coartadas nos abre a la impotencia o imposibilidad que toda auténtica empresa de transformación pone en juego irremediablemente.


Jacques-Alain Miller, Bernard-Heri Levy (Comp.): La regla del juego – Testimonios de encuentros con el psicoanálisis, Gredos, Madrid, 2008, página 21.

Incesantemente

Judith Miller

Filósofa, presidenta de la Fundación del Campo Freudiano

Judith Miller (del blog de Guillermo Giasanti)
Judith Miller (del blog de Guillermo Giasanti)

Yo me di cuenta de que había nacido en la poción mágica el día en que, a los seis años, tuve que rellenar la ficha del comienzo de clases donde debía consignarse la profesión de los padres: pychanalyste con sus dos «y» y su «ch» me hizo envidiar a mis compañeritos cuyos padres eran médicos.
Antes enredarme que renunciar. Fue mi elección para otras fichas en otros años.
El gusto de esa poción siempre ha sido de una incierta certeza, porque siempre se repetía en un contrapunto. Muy pronto tuve eco de las exigencias de esa disciplina rara, al punto de ser excepcional. En el movimiento analítico tan absorbente para sus protagonistas había una «princesa» que era temible. Recuerdo la tensión que produjo su llegada al 5 de la calle de Lille, en los primerísimos comienzos de los años cincuenta. Era como un hada mala, poderosa e incómoda, seguramente por las ojeras que tenía, las mismas que llevaban algunos cuyos nombres me eran familiares sin poder en todos los casos ponerles un rostro.
Después vino la ruptura, múltiple y destructora de amistades. Impresionante para una niña de un poco más de diez años. No me provocó una gran conmoción, porque entendí que era «liberadora de los jóvenes». De ese tiempo, conservé la idea de que debería cuidar de no encontrarme en la posición de Anna, que, como hija de Freud que fue, contribuía a dar lustre a su invento.
En esos mismos años, aprendí poco a poco que lo más importante era aquello que todavía se llamaba los «pacientes». Entre esas personas frente a las que lo correcto era la mayor discreción (evitar cruzarse con ellos, o hacer ruido en las horas en que estaban allí, no mirarlos), estaban los «jóvenes». Ese calificativo nunca me sorprendió, aunque tuvieran edad de tener hijos. En el momento de la «escisión», instalamos las sillas en el salón para quienes venían a propósito del Seminario sobre la transferencia. Seminario al que yo asistiría a pedido mío, con aceptación inmediata de mi padre, cuando pasó a dictarlo en el hospital Sainte-Anne.
Esa audacia estaba relacionada con una pura contingencia: un estudiante, entusiasta, me había recomendado que fuera a escuchar a alguien maravilloso, el doctor Lacan. Difícil decirle que me hablaba de mi padre (yo no llevaba su nombre). Pero indispensable saber si yo también… A mí también me maravilló: siendo estudiante de filosofía, nunca había escuchado hablar de Platón de esa manera, cada línea, cada palabra de su texto se tomaba en cuenta, y saltaban los tapones de «la teoría de las Ideas» y otras sandeces. Debería releer todo mejor, o mejor leer, por fin.
Mientras tanto, entre los pacientes, algunos comenzaron a resultarme muy conocidos porque «andaban tan mal» que a veces era yo quien les respondía cuando llamaban a todos los sitios donde tuvieran posibilidad de poder encontrar a su analista. Algunos de ellos me han hecho constatar las mutaciones que puede producir un analista. Jamás olvidaré mi sorpresa al reconocer en la persona del vendedor muy dispuesto de un comercio del Boul′mich* a quien en varias ocasiones había venido en plena noche a llamar a la puerta del departamento donde yo vivía para saber cuándo y que tan pronto podría ver a mi padre. Mucho más allá de la anécdota, también otros recuerdos hacen que se entienda lo que quiere decir que el psicoanálisis es una praxis.
También vino el tiempo en que aprendí que las rupturas son el precio que se debe pagar para que esta praxis no sea ni poción mágica ni anestesia. Llega el congreso de Estocolmo. Desde ese momento quedo advertida de que el psicoanálisis puede desaparecer, y que su existencia depende de su dinamismo. Es histórico  como el inconsciente y, como él, en movimiento porque es inventivo. Prueba de lo que tienen de único la experiencia de la cura y el acto del analista.
Nunca he hecho esta experiencia. Las mejores y las peores razones son, sin duda, el hecho de que yo he nadado siempre en su elemento, que no tiene nada de mágico, sin haber probado su sal. Continué viendo sus efectos. Por muy temibles que éstos sean para el consuelo de los canallas, son demasiado decisivos para demasiadas vidas que no serían más que tristes destinos enredados en identificaciones sofocantes como para no querer salvaguardar sus condiciones de posibilidad. Esos efectos están relacionados con la particularidad inconmensurable de la poesía propia de cada uno. Por muy mediata que sea la experiencia que tengo de eso, sigo contribuyendo con decisión a que la clínica analítica persevere en su devenir y que permanezca animada por el deseo que ella supone. Si no existiera la experiencia del diván, ¿habría vivido soñando?¿Yo soy de esos, descritos por Lacan y en lo que cada uno de los que lo han escuchado puede reconocerse, que «se abandonan hasta ser presa de esos espejismos por los que su vida, desperdiciando la oportunidad, deja escapar su esencia, por lo que su pasión se juega, por lo que su ser, en el mejor de los casos, consigue alcanzar apenas ese poco de realidad, afirmada nada más que por no haber sido desilusionado nunca»?
Los conflictos que mantienen vivo al psicoanálisis me han indicado periódicamente cuál  era la pesadilla ortopédica que amenazaba: la desaparición de un lazo social inédito, que renueva incesantemente el trabajo del inconsciente, y la supresión de una experiencia que, fuera de las condiciones espacio-temporales kantianas, no es por eso menos transmisible. Sin los recursos de lo que Jean-Claude Milner designaba recientemente como «dislocación», las nuevas generaciones estarían condenadas a un condicionamiento salvaje, entre títere y desheredado, que ve Rilke en el habitante de ciudad de su siglo.
Lo que cotidianamente aprendo de la práctica tanto privada como institucional, en el sentido estricto y en el sentido amplio, confirma mi elección. También en los últimos tres días he recibido testimonios. A una joven amiga decidida a dejarse librada a las manipulaciones más penosas para tener un hijo se la exime de su propósito por el solo hecho de haber decidido ver a un analista. Ese joven esquizofrénico que, al salir de la presentación de su caso ante un auditorio de clínicos, interroga al responsable del equipo con el cual ha podido encontrar la justa distancia respecto de las voces perturbadoras: «¿He hablado bien?». Efectivamente, cada una de sus palabras, medida, elegida, a lo largo de una hora, estaba marcada por la delicada atención que hacía posible su  entrada en un modo de vida nuevo. Finalmente, la lectura de una recopilación de algunos de los informes de una enseñante, muy buena con las lecciones de su análisis, pudo producir en alumnos que sufren, me convencía de que la puesta a prueba de la clínica de lo «social» que ha tomado como iniciativa el Centro Interdisciplinario sobre el Niño (CIEN) y otras comunidades de investigación, estaba bien fundada.
Me atrevo a pensar que la explosión actual en los barrios periféricos, donde resuena el grito que conduce sin falta a una voluntad de formateo segregativo, evidenciará la pertinencia del psicoanálisis para sacar a cada «uno» del ciclo infernal de la pulsión de muerte. Emprenderla hoy contra el psicoanálisis participa de una lógica de exclusión de las cuales las peores son portadoras de vocaciones no solamente mortíferas.
Los analistas están en condiciones de proponer acogerlos. Su presencia asegura el único lazo social susceptible de aflojar el atenazamiento obsceno de la destrucción superyoica. El camino es estrecho como para que, desprendido de amor, no vire hacia el odio y permita a cada cual ejercer la responsabilidad de su síntoma. De lo inesperado a la sorpresa de las invenciones singulares que produce el discurso analítico, espero activamente que no cese de inventarse y reinventarse de poéticas resistencias a la pendiente segregativa de nuestra sociedad.
Que todo lo que se arguya en su desfavor constituya su atractivo y su potencia.

*Boulevard Saint Michel.

Jacques-Alain Miller, Bernard-Heri Levy: La regla del juego – Testimonios de encuentros con el psicoanálisis, Gredos, Madrid, 2008, página 215.

Imagen: Guillermo Giasanti- Blog

 

La cena

Llega la noche y el sueño se apodera de mí…
Fuimos invitados a una cena en la casa de mi psicoanalista. No sabía si la cena era una sesión de psicoanálisis o no. No sabía si era un sueño.
En la mesa había comidas elaboradas, complejas, muy ricas. Había un plato distinto para cada comensal, un plato único para cada uno.
Yo comía con cuidado, pues todo el tiempo estaba alerta por lo que hacía o dejaba de hacer, y pensaba en lo que el otro podría decir sobre mí. Sentía la mirada del otro sobre mí.
Mi psicoanalista iba y venía: era el anfitrión. De vez en cuando ponía su atención en mí y luego la retiraba rápidamente. Atendía también a los otros invitados.
A veces se acercaban también sus hijos y su esposa, y hablaban con nosotros, los comensales, con total naturalidad… Eso me extrañaba pero no sé por qué: si estábamos en su casa, en una cena…
Cuando estábamos a punto de pasar al postre, mi psicoanalista se acercó, me miró y me preguntó:
–¿Terminaste, o seguís?
Luego me pidió que lo ayudara a barrer las migas, para comer después el postre. Me tocó la cabeza con un gesto casi paternal, como una caricia amable que indica que está todo bien. Recordé, al instante, un consejo de mi madre: “que nadie ponga su mano sobre tu cabeza porque eso es señal de dominio.” Pensé en mi madre, pensé que ese gesto, esa caricia, me gustó. Ya no importó más lo que pensara el otro.
Entendí finalmente que puedo disfrutar. No importa si es una sesión o no, no importa si es un sueño: estamos cenando, la comida es rica, la gente es agradable.
Me levanté de mi silla, tomé la escoba y comencé a barrer.

M. Ávila

(2015)

John Singer Sargent – Le verre de porto (A Dinner Table at Night) –

Fuente: Niebla Roja

Tres canas

En una sesión de mi análisis descubrí sorprendida que estaba quejándome porque me salieron canas.
Las había contado: ¡tres!
Con horror las encontré, una a una. Del horror pasé a la risa, pues la situación misma era ridícula.
Esas tres canas me llevaron a pensar que el problema no eran ellas. El problema era la frase: “sos igual a tu madre”, que siempre atravesó mi vida.
Mi madre no llegó a envejecer, murió mucho antes.

Mis tres canas indican, en su silencioso crecimiento, que había algo que yo había sobrepasado.
No sólo estoy envejeciendo sino que esa frase, que siempre viví como una verdad indiscutible, era una verdad mentirosa.

No soy igual a mi madre.
En verdad nunca lo fui.
Sin duda, los tiempos del sujeto no van de la mano con la cronología.

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Elizabeth Winthrop Chanler,1893. John Singer Sargent

Mercedes Ávila

(2014)

Fuente: Niebla Roja